miércoles, 23 de junio de 2010

John Reed con Lenin

[Extracto de la primera entrevista del periodista estadounidense John Reed a Lenin, el día después del asalto al Palacio de Invierno (8 de noviembre de 1917). En ella se puede vislumbrar las intenciones bolcheviques hacia los anarquistas de antemano, y no como consecuencia de circunstancias posteriores...]

John Reed: Bueno y… ¿Del movimiento anarquista qué opinas?

Lenin: La verdad es que Rusia al ser un país atrasado los anarquistas predominan aquí y eso no es bueno para nosotros claro está, pero tampoco nos podemos unir con ellos ya que son distintos pensamientos, distintas políticas y seguramente eso a Marx y a Bakunin no les hubiera gustado ni un pelo, je, je...

John Reed: La verdad es que no… ¿y usted cree que los anarquistas se van a quedar tan tranquilos viendo que vuestra revolución ha triunfado?

Lenin: Pues mira… obviamente van a intentar por todos los medios atacarnos e intentar quitarnos el poder junto con las clases altas y medias, es decir con la burguesía y la Iglesia ortodoxa, que seguramente van a perder el poder y el prestigio y eso a ellos no les gusta para nada. Entonces a nosotros no nos queda otra alternativa que contraatacar con nuestro ejercito soviético, pero bueno no adelantemos capítulos, eso es muy probable que pase pero también hay una muy pequeña probabilidad de que no ocurra, pero muy pequeña, ja, ja...

John Reed: Y en caso de que surja ese enfrentamiento, ¿lideraría usted vuestro propio ejército?

Lenin: Bueno, eso no lo he pensado, realmente esa decisión se tomaría en la caso de que hubiese ese enfrentamiento, pero así pensándolo ahora, pues pondría al mando de nuestro ejercito a Trotski ya que en mi opinión es el más capacitado para esto, más que yo e incluso más que Stalin.

[De aquí se comprende la famosa frase de Trotski del año siguiente: «¡Al fin el poder soviético barre de Rusia, con escoba de hierro, al anarquismo!».]

jueves, 17 de junio de 2010

¡Le Pen tiene un antepasado negro!


«¡Cada uno en su casa!» nos repite Le Pen, desde lo alto de su desprecio por los árabes y los negros.

Por desgracia para él, la investigación de la paleontología, es decir, la ciencia de la historia de la humanidad antigua, nos enteramos de que los primeros humanos vivieron… en África. Emigraron a Europa ya muy tarde, cuando se liberó de sus glaciares.

Así, los antepasados de Le Pen eran... ¡negros! Peor aún, de camino a Europa, hicieron un largo alto en el Oriente Medio. En resumen, nuestro racista es también «un poco árabe». ¡Qué vergüenza!

Conclusión: si se hubiesen prohibido las migraciones y si se hubiese aplicado a sus antepasados el infame «¡Cada uno en su casa!», Le Pen sería tan oscuro como Martin Luther King o Mandela.

¡Qué es, finálmente, el destino de un pequeño racista depravado!

El Papa no está por encima de la Ley

Los crímenes dentro de la Iglesia católica exigen justicia.


Una por una, tal como predije, las patéticas disculpas de los apologetas de Joseph Ratzinger se evaporan ante nuestros propios ojos. Se decía hasta hace poco que cuando el Reverendo Peter Hullermann resultó ser un cruel pederasta en 1980, el hombre que es ahora el Papa no tuvo ninguna participación personal en el traslado subsiguiente a su propia diócesis o en su posterior carrera sin obstáculos como violador y acosador. Pero ahora nos encontramos con que el psiquiatra a quien la Iglesia encargo la «terapia» se mantuvo firme para que a Hullermann nunca más se le permitiese estar cerca de niños. También descubrimos que Ratzinger fue uno a los que se envió el memorándum sobre el traslado de Hullermann. Todos los intentos de echar la culpa a un subordinado leal, como el vicario general de Ratzinger, el Reverendo Gerhard Gruber, previsiblemente fallaron. Según un informe reciente, «el traslado del Padre Hullermann de Essen no habría sido una cuestión rutinaria», dijeron los expertos. O esa condena es en sí suficiente o habría sido quizás un asunto de rutina, que es aún peor. Ciertamente este patrón a seguir—de buscar otra parroquia con niños frescos para que el cura pueda abordar— es lo que se ha convertido horriblemente en «rutina» después, y se hizo norma cuando a Ratzinger le hicieron cardenal siendo el responsable de la respuesta general de la Iglesia sobre la pederastia clerical.

Así que, ahora ha tenido que ser improvisada una nueva defensa a toda prisa. Se discute que, durante su etapa como arzobispo de Munich y Freising, Alemania, Ratzinger estaba más preocupado por cuestiones doctrinales que con las meramente disciplinarias. Por supuesto, desde luego: El futuro Papa tenía sus ojos fijos en cuestiones etéreas y divinas y no podía esperarse verse envuelto en atrocidades a nivel de parroquia. Esta apología construida de manera precipitada merece un breve estudio. ¿Cuáles eran exactamente esas cuestiones doctrinales? Bien, aparte de castigar a un sacerdote que celebró una misa en una manifestación pacifista —que por cierto sí que parece abogar por una aproximación práctica a los clérigos como individuos— el interés principal de Ratzinger parece haber sido sobre la Primera Comunión y la primera confesión. Durante la década anterior, se había hecho costumbre en Baviera para dar a los niños pequeños su Primera Comunión a una tierna edad, pero había que esperar un año para que hiciesen su primera confesión. La cuestión era que si ellos son lo bastante mayores para comprenderlo. Basta ya de tanta liberalización, dijo Ratzinger, la primera confesión debe ser en el mismo año que la Primera Comunión. Un sacerdote, el Reverendo Wilfried Sussbauer, informa que escribió a Ratzinger en la que expresaba sus dudas sobre esto y recibió «una carta extremadamente cortante» como respuesta.

Así que parece que 1) Ratzinger estaba lo bastante preparado para encargarse de sacerdotes individuales que le diesen cualquier problema, y 2) era muy firme en un punto crucial de la doctrina: Conseguirles jóvenes. Decirles en su primera infancia que son ellos los pecadores. Inculcarles el sentimiento de culpa necesario. No es en absoluto irrelevante para el asqueroso escándalo en el cual el Papa ha metido irreparablemente a la Iglesia que él dirige. Casi cada episodio de esta película de terror ha implicado a niños pequeños que eran seducidos y acosados en el mismo confesionario. Para abordar los casos más desgarradores que han surgido recientemente, a saber del tormento en las escuelas católicas para niños sordos en Wisconsin y Verona, Italia, es imposible no ver la manera calculada con la que estos depredadores se valían de la autoridad del confesionario para salirse con la suya. Y de nuevo un patrón idéntico se repite: La compasión debe ser mostrada sólo a los delincuentes. El clero de Wisconsin escribió urgentemente a Ratzinger —en aquel momento ya era cardenal en Roma, supervisando el encubrimiento global católico de violaciones y torturas— suplicando que les quitara al Reverendo Lorenzo C. Murphy, quien a conciencia había arruinado las vidas de unos 200 niños que no podían comunicar su sufrimiento excepto en el lenguaje de los signos. Y no se produjo respuesta alguna hasta que el mismo Padre Murphy suplicó a Ratzinger por clemencia, y se le concedió.

Para Ratzinger, la única prueba de un buen sacerdote es ésta: ¿Es obediente, prudente y leal con el ala tradicionalista de la Iglesia? Lo hemos visto en sus otras acciones como Papa, en particular en el levantamiento de la excomunión de cuatro obispos que eran miembros de la llamada Fraternidad de San Pío X, un grupo cismático ultraderechista fundado por el Padre Marcel Lefebvre que incluye al negacionista del Holocausto Richard Williamson. Lo vimos cuando era cardenal, defendiendo la sectaria y espeluznante Legión de Cristo, cuyo fanático líder se las arregló para ser padre de algunos niños así como para encubrir el abuso sexual de muchos más. Y nosotros lo vemos hoy, cuando incontables violadores y pederastas están siendo desenmascarados. Uno de ellos, acusado en el caso de una escuela para sordos de Verona, es el difunto arzobispo de la ciudad, Giuseppe Carraro. El siguiente, si nuestros tribunales pueden tener tiempo, será el Padre Donald McGuire, un delincuente reincidente contra niños que era también el confesor y el «director espiritual» de la Madre Teresa. (A él, también, le pareció que el confesionario era el lugar idóneo y privado del que hizo un empleo a fondo del mismo.)

Esto es lo que hace al escándalo institucional y no unos casos aislados de delincuencia. La Iglesia necesita y quiere el control de los más jóvenes y pide a sus padres que confíen sus niños a ciertos «confesores», que hasta hace poco gozaban de enorme prestigio e inmunidad. No se puede permitir admitir que a muchos de estos confesores, y sus superiores, sean inveterados sádicos con suerte. Tampoco se puede permitir admitir que la Iglesia con regularidad abandonó a los niños e hizo todo lo posible proteger y a veces aún promover a sus torturadores. Así que en vez de eso se afirma de manera victimista y embustera que todos los cargos contra el Papa —ninguno de los cuales ha salido excepto de ningun otro sitio que no sea desde dentro la comunidad católica— es parte de un plan de ponerlo en un aprieto.

Esto no ha sido verificado hasta hoy, pero debería ser verdad de ahora en adelante. Este hombrecito espantoso no está ni por encima ni al margen de la ley. Él es el jefe titular de un pequeño estado. Conocemos cada vez más los nombres de los niños que fueron sus víctimas y los de los pederastas que les tenían como sus mascotas. Esto es un delito conforme a cualquier ley (así como un pecado), y el crimen exige no las asquerosas ceremonias privadas «de arrepentimiento» o el pago de falsas indemnizaciones por la Iglesia, sino de justicia y castigo. Las autoridades seculares han sido débiles durante mucho tiempo pero ahora algunos abogados y fiscales están empezando a movilizarse. Sé que algunos juristas serios están debatiendo qué hacer si Benedicto intenta llevar adelante su propósito de visitar Gran Bretaña en otoño. Ya está bien. Hay que rendir cuentas, y tiene que ser ahora.

29 de marzo de 2010.

(Traducción libre conjunta de Krates, Radowitzky y Sorrow, con la colaboración de Pirrón.)

sábado, 12 de junio de 2010

Por una izquierda cosmopolita


«Si bien no en la sustancia aunque sí en la forma, la lucha del proletariado contra la burguesía es al principio una lucha nacional. El proletariado de cada país debe en primer lugar saldar cuentas con su propia burguesía, por supuesto (...). Los trabajadores no tienen patria; así pues no podemos arrebatarles lo que no tienen. Puesto que el proletariado debe ante todo adquirir la supremacía potencial, debe ponerse en pie para convertirse en la clase más importante de la nación, debe constituir la nación misma, el proletariado es en cierto sentido nacional, aunque no en el sentido burgués de la palabra (...). ¡Trabajadores del mundo unios!»

(MARX y ENGELS, El Manifiesto comunista.)

Como dice el imprescindible Wallerstein, ningún documento refleja mejor la ambivalencia central del mundo moderno en relación con la identidad nacional y mundial que el anterior. De lo que se trata entonces es de saber cómo se concreta hoy en la sociedad tardocapitalista globalizada este mensaje que hay que situar siempre históricamente. Independientemente de que algunas reivindicaciones de los pueblos que se ven privados de libertades culturales específicas sean justas (empezando por la lengua) no pienso que el comunitarismo, el nacionalismo o el multiculturalismo deban ser una bandera de la izquierda. Por el contrario, considero que hay que recuperar como alternativa un viejo término, el de cosmopolitismo, tal como nos propone un filósofo contemporáneo de ascendencia africana, Kenenth Appiah. Su crítica al multiculturalismo, extensible al nacionalismo, es la de basarse en la cultura como eje identitario básico. Las particularidades culturales (entre ellas la lengua) hay que defenderlas en la medida que las personas quieren mantenerlas y potenciarlas, no como algo bueno en sí mismo. Pero estos rasgos culturales no forman conjuntos homogéneos, ya que las influencias que tenemos cada uno de nosotros son diversas y nosotros mismos podemos organizarlas o modificarlas en nuestra dinámica vital subjetiva. Una propuesta transformadora de la sociedad debe incluir esta defensa de la libertad individual y del respeto a la autonomia personal por encima de supuestas identidades culturales.

En defensa de la libertad individual y la autonomía personal

Cuando identificamos la identidad (personal o social) con una cultura específica nos olvidamos de que la identidad cultural no es nunca homogénea con respecto a nosotros mismos ni al grupo al que la adscribimos. La identidad personal la construimos socialmente a partir de rasgos culturales diversos, cada uno de los cuales nos vincula a un grupo diferente. Aquí únicamente podríamos excluir, y también relativamente, las sociedades realmente tradicionales, que cada vez son más extrañas en el mundo globalizado en que vivimos. Quizás un ejemplo, por sus condiciones peculiares y excepcionales, podría ser el pueblo saharaui. Pero en el marco de los países que se dan en el tardocapitalismo globalizado, hemos de defender un margen de elección desde nuestra autonomía personal. No para elegir cualquier identidad, que es imposible, sino para disponer de la capacidad de priorizar entre los rasgos culturales que de manera simultánea nos conforman como sujetos. Es decir, que todos tenemos una raíz cultural diversa que vamos transformando, voluntaria o involuntariamente, de manera dinámica. Podemos elegir cambiar de creencias, de valores o de hábitos, ya que la identidad originaria nos condiciona pero no nos determina.

El filósofo y economista de Amartya Sen lo ejemplifica muy bien en su estudio de la sociedad india, que es totalmente diversa y que se presenta falsamente como una civilización homogénea. Un indio puede ser musulmán y pertenecer a una etnia específica diferenciada de otro indio, que a la vez puede ser budista, ateo o cristiano. Veamos cómo en este ejemplo ni aparece el hinduismo, que sería la religión «propia» de la India. Un marroquí puede tener en común la religión con un pakistaní o con un español aunque las lenguas y otros rasgos culturales sean diferentes. Sen nos avisa de los peligros que derivan de la ilusión de una identidad cultural colectiva única, ya que conducen al sectarismo y, en el límite, a la violencia. Lo hemos visto en Ruanda y en Bosnia. Pero aún alejándonos de estas legitimaciones de la violencia podemos constatar que también los que se presentan como víctimas pueden esconder oscuros intereses. Tomemos por ejemplo el caso del Dalai Lama, que dice que China comete un genocidio en el Tíbet porque quiere destruir «la lengua, la religión y la cultura del pueblo tibetano» y analicemos en detalle esta afirmación a partir de los tres elementos que formula. La lengua es un rasgo cultural importante pero no definitorio de una manera de ser. Es totalmente denunciable el pretender reprimir una lengua pero es un exceso injustificable identificar la represión de una lengua con el genocidio cultural. Por otra parte identificar un pueblo con una cultura y a ésta con la religión es falso y peligroso. Finalmente cuando habla de cultura, excluyendo la lengua y la religión ¿qué es lo que queda?

Un sociólogo crítico, Gerd Baumann analiza en un libro excelente llamado El enigma multicultural que la identidad cultural únicamente se sostiene en la religiosa, la étnica o la nacional y que las tres son muy problemáticas ya que se constituyen básicamente sobre identificaciones imaginarias. ¿Y qué pasa cuando alguien no se identifica con esta identidad que se atribuye a la comunidad en la que se le sitúa?: pues que quedaría excluido de la comunidad y se le llegaría incluso a considerar un traidor.

Muchas veces cuando hablamos de tradiciones entendemos la cultura de una manera esencialista, como un conjunto de prácticas que se transmiten estáticamente por generaciones y que hay que conservar. La realidad cultural es mucho más compleja y más abierta y mejor entender la cultura como una realidad viva, en constante creación y transformación, como muy bien nos mostró el filósofo griego-francés Cornelius Castoriadis. La tradición lo es siempre de algo, que puede ser una creencia o una práctica pero creo sinceramente que no hay ni creencias ni prácticas absolutas en ninguna de las naciones actuales. Más bien estas supuestas tradiciones se promocionan artificialmente para reforzar la propia ideología nacionalista. La lengua hay que mantenerla en la medida que los sujetos parlantes, es decir las personas quieran hacerlo pero es muy discutible identificar la lengua con la cultura y ésta con la nación, como suelen hacer de hecho los nacionalistas, envolviéndola en un retórica culturalista más amplia (tradiciones, creencias, costumbres) que resulta difícil de especificar como algo común del colectivo del que se habla. Es la idea romántica de nación que hereda la fuerza emocional de la religión para dar cohesión a la comunidad. Pero ¿no es otro tipo de cohesión la que es deseable desde la ciudadanía democrática? ¿No es el ideal de ciudadano autónomo y a la vez cooperativo, que es capaz de vincularse a la sociedad desde su creatividad, que recoge a la vez lo que es propio y lo que es común?

Algunos autores comunitaristas, como Charles Taylor, han sostenido que centrarse en lo individual significa olvidar nuestro horizonte social y caer en una concepción atomista que lleva a posiciones políticas individualistas, en el peor sentido del liberalismo. Esto no tiene porque ser así porque también podemos afirmar la dimensión social del hombre desde este punto de vista cosmopolita sin orientarla en un sentido culturalista, buscando los elementos comunes y respetando las diferencias. Y no dejemos la defensa de la libertad individual en manos de los liberales, porque la mayoría la defienden únicamente de manera retórica y es la izquierda la que también ha de asumir su defensa en equilibrio con la defensa de otros principios como la igualdad.

En defensa del respeto y la democracia

Pero en el respeto a las diferencias hay que señalar dos matices importantes. El primero es que el respeto es, como dice el sociólogo de izquierdas Richard Sennet, un trabajo activo, expresivo de aproximación al otro. Slavoj Zizek ya nos ha advertido de que la ideología políticamente correcta de la tolerancia hacia la diferencia es en cierto modo una manera de justificar la distancia hacia el Otro. A este Otro, que es el extranjero, lo toleramos pero manteniendo las distancias y desde la superioridad del que cree que tiene una visión amplia frente a los que están limitados por sus tradiciones culturales. La propia curiosidad hacia el exotismo de este Otro es la otra cara de la misma moneda. Lo segundo que hemos de señalar es que este respeto, cuando es aceptación de la diferencia, es más que tolerancia. Pero también tiene unos límites, que son precisamente la reciprocidad y la democracia. Reciprocidad quiere decir que ni respetamos ni toleramos las conductas ni las creencias que se basan en el no respeto hacia el otro. Ni tampoco las posturas antidemocráticas, en el sentido fuerte de la palabra, del que nos hablan autores como Charles Tilly, Jacques Rancière, Immanuel Wallerstein y Cornelius Castoriadis. Para Tilly y Wallerstein la democracia es la lucha de los sectores populares, de los trabajadores, de las mujeres, para tener acceso al poder político, a la capacidad de decisión sobre los asuntos públicos. Para el filósofo francés Jacques Rancière la democracia es que cualquiera puede decidir sobre los asuntos públicos, que la emancipación pasa por el desarrollo de las capacidades de todos, entre las cuales está su capacidad política. Para Castoriadis la democracia sólo es posible si hay participación autogestionaria, por un lado, y autonomía personal por otro. En este sentido no merecen ni respeto ni tolerancia las teorías elitistas y jerárquicas que plantean que sólo una minoría tiene acceso a los mecanismos decisorios, al poder. La lucha de la izquierda debe ser por que todos seamos capaces de realizarnos en todos los ámbitos y debe ser la sociedad la que ponga los medios para hacerlo.

Una propuesta cosmopolita de izquierdas para la sociedad globalizada

La sociedad globalizada es un hecho y cumple la previsión de Marx de que el capitalismo rompe todos los vínculos comunitarios anteriores (étnicos, familiares, corporativos). Desde la izquierda pienso que no hemos de reivindicar estos lazos perdidos y muchas veces idealizados sino que hemos de plantear dar una orientación diferente a la globalización, alternativa a la lógica devastadora del capitalismo. Éste podemos considerarlo como la máxima tecnología al servicio de la acumulación constante de capital. Hemos de reivindicar una racionalidad práctica orientada hacia la felicidad colectiva. En esta sociedad globalizada hemos de transformar esta dinámica en una concepción cosmopolita que busque una identidad social no basada en una identificación cultural sino en un proyecto común democrático basado en el respeto al otro. Pero el respeto es el esfuerzo por compartir, conversar y conseguir una vida digna para todos. Proceso que no podemos sostener si no es sobre la base de algo que nos une. Porque no olvidemos que este encuentro con el otro sólo es posible a partir de la afinidad y no de la diferencia. No se trata de buscar la uniformidad sino lo común.

Las identidades culturales deben servir, y esto nunca deben olvidarlo las izquierdas, para ocultar o diluir otras identidades mucho más objetivas como la de la clase social. Cuando en EEUU se habla de «voto latino» o de «voto negro», aún recogiendo un estatus real, que puede ser una discriminación con respecto a la mayoría blanca anglosajona, se está ocultando la identidad de clase que puede haber entre un obrero blanco, negro y chicano, los intereses comunes que se derivan de ello y las consecuencias políticas que implican.

No contrapongamos la libertad de los antiguos, la de la participación política, con la de los modernos, la personal. Porque la lógica del capitalismo se las carga a las dos, que son la garantía de la felicidad personal y colectiva.


viernes, 11 de junio de 2010

Chimpancés cazando

En los bosques de Tanzania, donde se estudiaron los chimpancés en el campo intensivamente por primera vez, estos primates viven a base de una dieta herbívora de frutas y hojas, además de insectos como los termes. En raras ocasiones se ha visto a estos chimpancés matar y devorar otros animales como papiones jóvenes y pequeños antílopes. A veces la captura la lleva a cabo un individuo, sin ayuda de los demás. A veces toman parte en la cacería varios chimpancés, pero no parecen colaborar en mayor grado que los leones y los lobos. Pero recientemente un estudio llevado a cabo durante diez años en la selva de Costa de Marfil ha revelado que los chimpancés que allí viven cazan regularmente y lo hacen en equipos dentro de los cuales hay ocupaciones especializadas, que normalmente desempeñan individuos concretos. Como al parecer el hábitat original de los chimpancés es la selva y no la sabana, la caza debe considerarse típica de este animal.


La selva de Costa de Marfil es espesa. Los chimpancés viven en grupos de unos setenta, aunque se desplazan en partidas mucho más pequeñas. Los individuos pueden pasar de una partida a otra. A veces las partidas se unen, otras veces están muy dispersas. Las partidas se comunican entre sí mediante gritos o con toques de tambor. Para esto último se requiere una complicada actuación gimnástica. Un macho, después de unos gritos preliminares, pega un gran salto contra una de las planchas que constituyen los contrafuertes que rodean la base de algunos árboles muy altos de la selva. Se coge al borde superior con las manos, golpea la superficie del contrafuerte varias veces con los pies y luego hace lo mismo en el otro lado con las manos antes de saltar al suelo. Toda la representación se realiza en un movimiento continuo y se acaba con una serie de gritos. A cierta distancia los gritos quedan amortiguados por la selva y sólo se oye el rápido tamborileo. Es fácil creer que es obra humana.


Al igual que los de sabana, los chimpancés de bosque comen frutas, hojas y semillas. Pero por lo menos una vez a la semana cazan para tener carne; durante los dos meses de la estación lluviosa pueden hacerlo cada día. Sus presas son monos, principalmente dos especies de colobos, el rojo y el blanquinegro, que abundan en la selva. Un colobo pesa menos de la mitad de un chimpancé, por lo que pueden aventurarse en ramas que se romperían bajo el peso de un chimpancé. También son grandes saltadores, pudiendo saltar de un árbol si las ramas están muy juntas y pueden cogerse con las manos. Aunque se vean obligados a saltar, no alcanzan ni mucho menos la distancia que consigue el colobo. Por lo tanto, en teoría para un colobo debería ser fácil escapar de un chimpancé. Los chimpancés sólo puede capturarlos trabajando en equipo.


Los cazadores son los cinco o seis machos adultos experimentados del grupo. Entre ellos han de desempeñar cuatro papeles bien distintos. El ojeador se encarga de que el grupo de colobos se mueva continuamente por los árboles. Puede ser el más joven del equipo, a veces incluso un joven adolescente. No intenta capturar los monos, sólo impide que se queden quietos. Los bloqueadores, de los que puede haber varios, deben situarse en lugares visibles a ambos lados del paso impidiendo que los colobos se dispersen. Los perseguidores intervienen cuando los colobos ya se están desplazando; tienen que subir a los árboles a los que son conducidos los monos y normalmente son os que los matan. Y por último está el trabajo más difícil de todos, el que requiere mayor experiencia y discernimiento, el emboscador. Normalmente se trata de un viejo macho que sabe prever por dónde irán los colobos y sube a un árbol para interceptarles el paso y cerrar así el círculo. Siempre tiene más de veinticinco años de edad y suele ser siempre el mismo individuo en cada equipo.


Antes de la cacería, el equipo se reúne gradualmente. Quizá los tamborileos de los machos han servido para comunicar no sólo dónde se encuentra cada uno de ellos, sino además su estado de ánimo. Los machos abandonan sus partidas para formar el grupo de cazadores; al hacerlo, cambian por completo su comportamiento: ya no hay voces ni gritos, dejan de arrancar hojas y coger frutas. Caminan juntos por la selva en silencio, escrutando la bóveda verde, deteniéndose a veces para escuchar los gritos de los colobos. Pueden pasar de veinte minutos a dos horas hasta que encuentren los monos y estén lo suficientemente cerca para lanzar un ataque. De repente, el ojeador trepa ágilmente a un árbol. Aislará, si puede, uno o dos colobos de la tropa inicial; la mayor parte de los chimpancés se quedan en el suelo a la expectativa. Las hembras adultas bailan excitadas de pie, levantando la cabeza para ver lo que pasa. Si un colobo queda separado, los bloqueadores se precipitan hacia los árboles para tomar posiciones llevándose las ramas por delante de una manera bastante distinta de sus movimientos habituales.


Ahora todo es actividad. El emboscador corre hacia delante para encontrar el lugar donde se ocultará entre las hojas, mientras los perseguidores corren por delante del ojeador intentando coger a la presa y conduciéndola hacia donde se encuentra el emboscado. El colobo, obligado a huir en una sola dirección por los bloqueadores, cree que ante él se abre una vía de escape, hasta que el emboscador se deja ver repentinamente, el perseguido duda, da media vuelta y los perseguidores lo capturan. Al hacerlo gritan excitados, estos gritos los secundan enseguida el resto del equipo y los espectadores del suelo, por lo que toda la selva resuena con aullidos salvajes y terroríficos.


Más de la mitad de estas cacerías tiene éxito. Algunas duran unos pocos minutos. Si un mono en concreto sufre persecución y acoso durante diez minutos, puede llegar a tal grado de tensión nerviosa que acaba por abandonar todo intento de escapar y se detiene a esperar la muerte sin chillar ni siquiera resistirse cuando los cazadores finalmente lo capturan y lo descuartizan en el árbol. A veces lo llevan al suelo, allí un tumulto de adultos excitados, tanto machos como hembras, lo rodean. Dos de los machos viejos del grupo, hayan tomado parte o no en la cacería, parten el cuerpo en dos; cada uno de ellos se ve rodeado por otros miembros del grupo, a los que, por orden de edad, se les entregan trozos o se les permite arrancarlos. Si el colobo es pequeño, los cazadores jóvenes pueden quedarse sin algo. A los adolescentes y crías nunca se les da nada.


A lo lejos, los afligidos colobos aún lanzan gritos de alarma. Los chimpancés, mordisqueando las articulaciones, arrancando músculos del hueso, gruñen irritados en alguna disputa ocasional, pero en general, tras las carreras y los aullidos de triunfo, muestran satisfacción. A un observador humano la escena puede parecerle horripilante: el cuerpo flácido del mono es de proporciones humanas, los gritos de triunfo nos recuerdan los aullidos de los seguidores de un equipo de fútbol en plena explosión de violencia callejera. Alguien puede ver en esas caras simiescas manchadas de sangre la imagen de nuestros antepasados cazadores, pero, si es así, deberá distinguir también los orígenes del trabajo en equipo y la colaboración que nos han llevado a un estado inigualado de complejidad y nos han proporcionado nuestros mayores logros.



domingo, 6 de junio de 2010

Pater Noster

Por Jacques Prévert


Padre nuestro que estás en los cielos

Sigue allí
Y nosotros seguiremos en la tierra
A veces tan linda
Con los misterios de Nueva York
Y los misterios de París
Que bien valen los de la Trinidad
Con el pequeño canal del Ourcq
La Gran Muralla China
El río de Morlaix
Los bombones de menta
El océano Pacífico
Y las dos fuentes de las Tullerías
Con los niños buenos y los tipos malos
Con todas las maravillas del mundo
Que están aquí
Simplemente en la tierra
Al alcance de todo el mundo
Dispersas
Maravilladas ellas mismas de ser tales maravillas
Y sin atreverse a confesárselo
Como una jovencita desnuda que no se atreve a mostrarse
Con las espantosas desgracias del mundo
Que son legión
Con los legionarios
Con los verdugos
Con los poderosos de este mundo
Los poderosos con sus sacerdotes sus traidores y sus reitres
Con las estaciones
Con los años
Con las chicas bonitas y con los viejos verdes
Con los jergones de la miseria pudriéndose entre el acero de los cañones


Jacques Prévert, el fresco del barrio.

El regreso de la ballena gris

En unos días se van a concentrar en aguas del Estrecho de Gibraltar varios expertos en cetáceos, para poder obtener datos y estudiar al ejemplar de ballena gris (Eschrichtius robustus) que se observó, hace unos días, frente aguas catalanas y, hace unas tres semanas, frente las israelíes.


Este animal ha llamado la atención porque pertenece a una especie de aguas costeras del Pacífico Norte y extinguida en el Atlántico desde inicios del siglo XVIII. Lo más probable es que este individuo provenga del norte de Alaska y aprovechando el deshielo del verano ártico alcanzase el Atlántico bordeando las costas canadienses. Algunos especulan que pueda ser representante de una población desconocida, ¡tal vez!, pero los estudios genéticos confimarán una o la otra de las hipótesis.

De esta especie solamente se conoce las dos poblaciones del Pacífico: la reducida población asiática, que pasa el invierno en aguas coreanas y el verano junto la siberiana Península de Kamchatka; y la americana, más amplia, que inverna en aguas californianas y el verano lo pasa en aguas de Alaska.

sábado, 5 de junio de 2010

La monja atea


Las monjas adoran a su Dios que no existe
mientras el Papa aprieta el gatillo
y dice Dios no existe
es una imaginación de la Iglesia
que está muriendo poco a poco
los ateos lloran al pie de una estatua.
Y el mundo dice Dios no existe
es una imaginación del Papa
mientras los ateos
lloran y lloran por su belleza perdida
y Dios ya no existe
está llorando en el Infierno.

Ésta es la estatua entera de la nada.

LEOPOLDO MARÍA PANERO

jueves, 3 de junio de 2010

Mierda de festejos taurinos

Lo llamaran «cultura» o «tradición» lo que es simplemente tortura y maltrato. Unos cuantos paletos borrachos de mierda ven una vaquilla, y se comportan como auténticas bestias. Y las autoridades locales de Alhaurín el Grande no hacen nada y se declaran impotentes, mejor dicho, incompetentes.

Dicen que han sido malinterpretadas las imágenes... ¡Ja, ja, ja! ¿Tenemos pintado en nuestros rostros un cartel que ponga que somos idiotas? ¡Paletos de mierda! O, como dice unos de los ediles de este pueblo malagueño: «Una cosa es la fiesta taurina y otra cuestión diferente es la actitud de los que asisten». Y se quedan tan tranquilos estos incompetentes pueblerinos. Ya que se organizan festejos, los organizadores, desde el principio hasta el final, se tienen que hacer responsables e intervenir cuando sea preciso, cosa que como se ve en las imágenes no ocurrió.



Ya va siendo hora que tales festejos y afines costumbres, donde la diversión es a costa de terceros, en este caso animales no humanos, tengan su fin. Y me da igual que lo justifiquen en base a unas tradiciones, identidades, costumbres o culturas... ¡Qué se acaben! Y como decía Heráclito: «Todo cambia, nada permanece».