lunes, 19 de marzo de 2018

Mamíferos venenosos

El musgaño, el único mamífero
venenoso de Europa.
La capacidad de matar mediante la inoculación de veneno, pródigamente difundida a lo largo y ancho de toda la escala ecológica, confiere a los predadores que la poseen una singularidad evidente. Aunque estos recursos ponzoñosos son más frecuentes entre los invertebrados, como lo atestiguan infinidad de celentéreos, varios moluscos y también muchos arácnidos e insectos, no faltan tampoco entre los vertebrados, cuyos más insignes representantes son, indudablemente, las serpientes venenosas. Pero no son los únicos, y junto a estos reptiles ápodos también poseen los secretos iniciáticos del envenenamiento algún lagarto, determinadas clases de peces y, por sorprendente que parezca, ciertos mamíferos. En efecto, los almiquíes antillanos y varias especies de musarañas, pertenecientes todos ellos al primitivo orden de los insectívoros, son capaces de acabar con sus víctimas por medio del veneno, fenómeno que debe calificarse como muy raro entre los mamíferos.

Los almiquíes, nativos de las islas de Cuba y Haití y casi totalmente extinguidos en la actualidad, se caracterizan entre otras cosas por poseer varios incisivos notablemente desarrollados, los cuales sirven de vector para la introducción de su saliva tóxica en el interior de cuerpo de sus presas.

Los almiquíes de La Española y Cuba.
Las musarañas, cuyas trescientas especies han sido agrupadas en la familia de los sorícidos, cuentan con una distribución casi cosmopolita, y como curiosidad puede mencionarse que una de ellas ostenta el récord de ser el mamífero de talla más diminuta. Su figura, bastante uniforme, recuerda someramente a la de los ratones, pero su hocico largo y puntiagudo y también el reducido tamaño de sus ojos y de sus apéndices auriculares permiten distinguirlas, a primera vista, de tan familiares roedores. Animalitos inquietos y muy nerviosos, las musarañas están dotadas de un metabolismo sumamente acelerado, del que nos informa con precisión la altísima frecuencia de 800 latidos por minuto que mantiene su corazón. En consecuencia, y para compensar semejante gasto de energía, las hiperactivas musarañas precisan de un aporte continuo y abundante de alimento, lo que las lleva a ingerir una cantidad equivalente a su propio peso en un periodo de 24 horas. Casi podría decirse que viven para comer, pues un ayuno obligado de más de seis horas bastaría para provocar su muerte.

Mordisco letal

Los musgaños o musarañas acuáticas, que comparten todas las características que acabamos de mencionar, son algunos de los miembros de esta familia con mordedura venenosa. Bastante repartidas por Europa y parte de Asia, las dos especies conocidas de musgaños viven asociados a los arroyos, torrentes y otras masas de agua, y aunque presentan unas lógicas diferencias, se asemejan bastante entre sí. El musgaño patiblanco, algo mayor y más estrictamente acuático, se distingue del musgaño de Cabrera, que tiene una distribución más meridional, por el mayor tamaño de los mechones de pelos rígidos que bordean sus patas y la parte inferior de su cola; se cree que estos mechones son una ayuda para los desplazamientos en el agua.
 
La hilera de pelos de la cola es
lo que diferencia a ambas especies.
Activos principalmente durante la noche, los musgaños nadan y bucean con soltura y habilidad, afanándose compulsivamente en la búsqueda de su alimento. La voracidad de que hacen gala y la nula especialización de su dieta convierten en interminable la lista de sus presas, que de una manera genérica incluye cualquier animal de pequeño tamaño, desde artrópodos y moluscos hasta ranas, pececillos y también algunos pájaros y roedores. En la mayoría de las ocasiones basta la presión de sus afilados dientes para acabar con sus víctimas invertebradas, pero en algún caso, como con los grandes escarabajos acuáticos y por supuesto con todas sus presas vertebradas, la secreción venenosa de sus glándulas submaxilares juega un importante papel, por cuanto paralizan y disminuyen la previsible resistencia que puedan oponer estos animales. La saliva ponzoñosa de los musgaños, si bien no representa ningún peligro para el hombre, resulta particularmente tóxica para los animales de pequeño tamaño, y en el caso concreto de la musaraña colicorta de Norteamérica se ha podido comprobar que, inyectada por vía intravenosa, puede llegar a matar a un conejo.

El reto de la vida.
Enciclopedia Salvat del comportamiento animal
Tomo 12: «Los cazadores II»

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