martes, 16 de agosto de 2016

Disparatado discurso

Onésimo Redondo (1905-1936),
ahora vuelve a la actualidad debido
al cambio de nombre que se producirá
en su pueblo natal tarde o temprano—
y su faceta que muchos desconocen.

Por ALFONSO LAZO

Es frecuente en la historiografía actual, cuando se estudia el fascismo español, conceder una mínima importancia a sus rasgos antijudíos. No obstante, textos y actitudes demuestran que el antisemitismo estuvo muy vivo en la Falange desde sus orígenes. José Antonio Primo de Ribera no fue antisemita, tampoco lo fue Ledesma Ramos; pero el tercero de los considerados fundadores del nacionalsindicalismo, Onésimo Redondo, demostró en su vida política un antisemitismo casi patológico.

Onésimo estaba convencido, contra toda evidencia, que la influencia judía seguía siendo enorme en España; que era la responsable de lo que él consideraba un crimen contra las mujeres decentes —la coeducación escolar—, y que la República significaba el retorno de las juderías masónicas y marxistas. Sobre estas ideas, llegó a elaborar una estremecedora filosofía de la Historia de España:

«España, como Hungría un tiempo, como Polonia, Grecia y hasta la Armenia y la Siria, es por la Geografía y por la Historia, una zona fronteriza entre los núcleos seculares de civilización, y las mansiones también seculares de la barbarie... Somos históricamente una "zona de frotamiento" entre lo civilizado y lo africano, entre lo ario y lo semita... Por eso se expulsó a la morisma, organizada en reinos, y luego a los semitas de Judá, y por fin a los africanos que quedaban: a los moriscos... Pero hoy aparece el peligro de la nueva africanización: el marxismo... Vedle florecer con toda su lozanía en las provincias del Sur, donde la sangre mora perdura en el subsuelo de la raza... El marxismo español, y más andaluz, toma pronto la tea incendiaria, proclama "la guerra santa" y penetra en los cortijos y las dehesas alentada por los semitas de Madrid.»

«En España la aniquilación del marxismo es la continuación de la historia nacional (pues) la victoria definitiva del marxismo sería la reafricanización de España, la victoria conjunta de los elementos semitas, judíos y moriscos conservados étnica o espiritualmente en la Península y en Europa.»

«Por eso ahora nos invaden los judíos expulsados de otras naciones. Por eso el poder marxista lanza miradas de ternura y protección a los hebreos del Norte de África» (El regreso de la barbarie; en JONS, mayo de 1933).

Semejante sarta de disparates no fue un hecho aislado dentro de nuestro fascismo doméstico. Iniciada la Guerra Civil, Falange, convertida en un enorme partido de masas, acentuó su antisemitismo. Hedilla, sucesor de José Antonio al frente del partido, declaró en agosto de 1936 que la obligación de todos los falangistas era perseguir al judaísmo junto con la masonería y el separatismo; mientras que en el primer diario que tuvo Falange, el Arriba España de Pamplona, en su primer número del 1 de agosto de 1936, y en su primera página, el director, un altisonante clérigo con el yugo y las flechas bordadas sobre la sotana, incitaba a la destrucción de periódicos y libros judíos.


Al parecer, no importaba lo más mínimo que en España no hubiese apenas comunidad judía y que ésta careciese de toda influencia social y económica; bastaban los impresos, las películas, la literatura o el arte, supuestamente en manos hebreas más allá de nuestras fronteras, para que la propaganda falangista durante la guerra achacase ésta a las maniobras secretas de la judería internacional.

«Un antisemitismo sin judíos»
LA AVENTURA DE LA HISTORIA
Número 5 – Marzo 1999

viernes, 5 de agosto de 2016

Carta abierta a los charlatanes de la revolución siria

Por BRUNO GUIGUE
Oumma


Ahora que un dirigente histórico de la resistencia árabe libanesa (Mustafa Amin Badreddin, N. de T.) acaba de morir en Siria bajo el ataque del ejército sionista, envío esta carta abierta a los intelectuales y militantes de «izquierda» que tomaron partido por la rebelión siria y creyeron defender la causa palestina mientras soñaban con la caída de Damasco.

En la primavera de 2011 nos dijisteis que las revoluciones árabes representaban una esperanza sin precedentes para los pueblos que sufrían el yugo de déspotas sanguinarios. En un exceso de optimismo os escuchamos, sensibles a vuestros argumentos, hablar de esa democracia que nacía milagrosamente y vuestras proclamas sobre la universalidad de los derechos humanos. Casi lograsteis convencernos de que aquella protesta popular que derrocó a los dictadores de Túnez y Egipto borraría la tiranía en todo el mundo árabe, tanto en Libia como en Siria, en Yemen como en Bahréin y más allá.

Pero tras ese bello arrebato lírico rápidamente aparecieron algunos fallos. El primero, enorme, en Libia. Una resolución adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU «para auxiliar a las poblaciones civiles amenazadas» se convirtió en un cheque en blanco para derrocar manu militari a un jefe de Estado que se había vuelto una molestia para sus socios occidentales. Digna de los peores momentos de la era neoconservadora, aquella operación de «cambio de régimen» llevada a cabo por cuenta de Estados Unidos por dos potencias europeas, a falta de la afirmación neoimperial, desembocó en un desastre del que la desgraciada Libia sigue pagando el precio. El hundimiento de aquel joven Estado unitario entregó el país a las ambiciones desenfrenadas de las facciones y las tribus, envalentonadas deliberadamente por la codicia petrolera de los carroñeros occidentales.

Pero había entre vosotros buenas almas para brindar circunstancias atenuantes a esa operación. Lo mismo que había, todavía más, para exigir que se infligiera el mismo tratamiento al régimen de Damasco. Porque el viento revolucionario que soplaba entonces en Siria parecía validar vuestra interpretación de los hechos y justificar, a posteriori, el belicismo humanitario desencadenado contra el potentado de Trípoli. Sin embargo, lejos de los medios de comunicación dominantes, algunos analistas señalaban que el pueblo sirio no era unánime, que las manifestaciones antigubernamentales se desarrollaban sobre todo en algunas ciudades, bastiones tradicionales de la oposición islamista, y que el ardor social de los sectores pauperizados por la crisis no implicaba necesariamente la caída del Gobierno sirio.

Ignorasteis esas sensatas advertencias. Como los hechos no se acomodaban a vuestro relato los ordenasteis como os pareció conveniente. Donde los observadores imparciales veían una polarización de la sociedad vosotros quisisteis ver un tirano sanguinario que asesinaba a su pueblo. Donde una observación desapasionada permitía discernir las debilidades, pero también la fuerza del Estado sirio, vosotros abusasteis de la retórica moralista para acusar a un Gobierno que está lejos de ser el único responsable de las violencias. Visteis las numerosas manifestaciones contra Bashar Al-Assad, pero no las gigantescas concentraciones de apoyo al Gobierno y a las reformas que abarrotaban las calles de Damasco, Alepo y Tartús. Habéis dirigido la contabilidad macabra de las víctimas del Gobierno, pero habéis olvidado a las víctimas de la oposición armada. Según vosotros hay víctimas buenas y víctimas malas, las que merecen reconocimiento y las que no se mencionan. Deliberadamente habéis visto a las primeras y habéis permanecido ciegos ante las segundas.

Al mismo tiempo, a ese Gobierno francés cuya política interior criticáis encantados para mantener la ilusión de vuestra independencia le habéis dado la razón totalmente. Curiosamente vuestro relato del drama sirio coincidía con la política exterior de Fabius, capataz del servilismo que mezcla el apoyo incondicional a la guerra israelí contra los palestinos, la alineación «pavloviana» con el líder estadounidense y la hostilidad recocida a la resistencia árabe. Pero vuestro ostensible idilio con el Quaid’Orsay no parece avergonzaros. Defendéis a los palestinos de cara a la galería y por detrás coméis con sus asesinos. Incluso habéis llegado a acompañar a los dirigentes franceses en visitas de Estado a Israel. Ahí estáis embarcados, cómplices, asistiendo al espectáculo de un presidente que declara que «siempre querrá a los dirigentes israelíes». Pero no os escandalizáis y subís al avión del presidente, como todo el mundo.

Condenasteis, con razón, la intervención militar estadounidense contra Irak en 2003. La excusa de bombardear para llevar la democracia no os convenció y dudasteis de la eficacia de los ataques quirúrgicos. Pero vuestra indignación con respecto a esa política de las cañoneras de alta tecnología parece extrañamente selectiva. Porque reclamabais a grito pelado contra Damasco en 2013 lo que os parecía intolerable diez años antes contra Bagdad. Bastó un decenio para volveros tan maleables que considerabais que lo mejor para el pueblo sirio era una lluvia de misiles de crucero sobre ese país que no os ha hecho nada. Renegando de vuestras convicciones antiimperialistas abrazasteis con entusiasmo la agenda de Washington.

Sin vergüenza no solamente aplaudisteis de antemano a los B-52, sino que además recuperasteis la propaganda estadounidense más burda de la que el precedente iraquí y las mentiras memorables de la era Bush deberían haberos inmunizado.

Mientras inundabais la prensa francesa con vuestras estupideces un periodista estadounidense e investigador excepcional (Seymour Hersh, N. de T.) hizo pedazos la patética operación de «falsa bandera» destinada a cargar a Bashar Al-Assad la responsabilidad de un ataque químico del que ninguna instancia internacional le acusó y que los expertos del Instituto Tecnológico de Massachussets y la Organización para la prohibición de las armas químicas atribuyeron a la parte contraria. Ignorasteis los hechos y los tergiversasteis a conveniencia. En esa ocasión desempeñasteis vuestro miserable papel en la cacofonía de mentiras. Peor todavía, seguís haciéndolo. Mientras el propio Obama da a entender que no lo cree vosotros os obstináis en reiterar esas sandeces como los perros guardianes que siguen ladrando tras la desaparición del intruso. ¿Por qué motivo? Para justificar el bombardeo de vuestro propio Gobierno a un pequeño Estado soberano cuyo mayor error es su rechazo al orden imperial. Para acudir en ayuda de una rebelión siria cuyo verdadero aspecto habéis enmascarado fomentando el mito de una oposición democrática y laica que solo existe en los salones de los grandes hoteles de Doha, París o Ankara.

Santiago Alba Rico y Carlos Taibo otros ejemplos similares
de 'intelectuales' del orbe hispánico que apoyaron tales revueltas.

Habéis exaltado esta «revolución siria» pero habéis apartado los ojos pudorosamente de sus prácticas mafiosas, de su ideología sectaria y de su financiación turbia y dudosa. Habéis ocultado cuidadosamente el odio interreligioso que la inspira, su aversión sañuda a las demás confesiones directamente inspirada en el wahabismo, que es su cimiento ideológico. Sabéis que el régimen baasista, porque es laico y aconfesional, constituye un seguro de vida de las minorías, pero no rectificáis, llegando incluso a calificar de «cretinos» a los que tomaban la defensa de los cristianos perseguidos. Pero eso no es todo. A la hora del balance todavía quedará una última ignominia: habéis avalado la política de Laurent Fabius para que Al-Nusra, la rama siria de Al-Qaeda, «haga un buen trabajo». Qué importan los transeúntes destripados en las calles de Homs o los alauítas de Zahra asesinados por los rebeldes, para vosotros solo son morralla.

Entre 2001 y 2016 caen las máscaras. Os llenabais la boca con el derecho internacional pero aplaudíais su violación contra un Estado soberano. Pretendéis promover la democracia para los sirios pero os habéis convertido en furrieles del terrorismo que padecen. Decís que defendéis a los palestinos pero estáis en el mismo bando que Israel.

Cuando cae un misil sionista sobre Siria nadie grita, nunca golpeará a vuestros amigos. Gracias a Israel, gracias a la CIA, y gracias a vosotros, esos «valientes rebeldes» van a seguir preparando el radiante futuro de Siria bajo el emblema del takfir. El misil sionista habrá asesinado a uno de los dirigentes de la resistencia árabe que habéis traicionado.


Bruno Guigue, en la actualidad profesor de Filosofía, es titulado en Geopolítica por la École National d’Administration (ENA), ensayista y autor de los siguientes libros: Aux origines du conflit israélo-arabe, L’Economie solidaire, Faut-il brûler Lénine?, Proche-Orient: la guerre des mots y Les raisons de l’esclavage, todos publicados por L’Harmattan.


Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.

domingo, 31 de julio de 2016

La víbora que se disfraza de araña para engañar a sus presas


La técnica de las serpientes que se camuflan en su entorno no es siempre suficiente, por eso algunas de ellas recurren a un truco aún más sofisticado: disfrazarse de presa –de araña, en este caso– para atrapar mejor a sus propias víctimas, que suelen ser pájaros. Así actúa la víbora cola de araña, protagonista de #Cienciaalobestia, descubierta hace diez años al oeste de Irán. Ahora ha sido observada por primera vez en acción.

8 mayo 2016

Para muchos, la víbora cola de araña (Pseudocerastes urarachnoides) representa la peor de las pesadillas. Une dos de las mayores fobias que tenemos los humanos: serpientes y arácnidos. Aunque este reptil tiene una apariencia normal, el final de su cola o región caudal adopta la forma y hasta los movimientos de una araña, convirtiéndose en un verdadero señuelo para atraer a sus presas, sobre todo pájaros.

Los movimientos generados por la cola de las serpientes tienen dos principales funciones: sirven de defensa a través de la vibración de la cola y para cazar a través del caudal que se convierte en señuelo o en distracción para las presas, como ocurre por ejemplo con la serpiente de cascabel.

En algunos casos, esta parte final de la cola suele presentar una coloración distinta y más llamativa que la del resto del cuerpo. En otros, como el de esta especie, que sigue siendo una gran desconocida ante el pequeño número de ejemplares hallados, la forma es diferente.

Estudios anteriores habían especulado sobre el papel que desempeña de la estructura final de la cola en la víbora cola de araña, y hasta ahora no se había observado cómo esta víbora venenosa, descubierta en las montañas de Zagros al oeste de Irán en 2006, la emplea para cazar a sus víctimas.

Un trabajo, publicado en la revista Amphibia-Reptilia, demuestra por primera vez tras más de dos años de estudio cómo actúa este reptil para atrapar a sus presas. «Al mover la cola, la estructura final tiene reminiscencia de una araña en movimiento», señalan los autores en el trabajo, liderado por Behzad Fathinia, biólogo en la Universidad Yasouj de Irán.


Una vez que las aves se acercan a la cola 'disfrazada' de araña para capturarla, la víbora reacciona y atrapa al pájaro que no se ha percatado de la presencia del reptil. Pero, según la investigación, no todos los pájaros son atraídos por este reclamo, que se desarrolla después del nacimiento de las serpientes.

La especie vive en áreas escarpadas, cerca de grietas en las rocas, donde se oculta gracias al color de su piel, y deja asomar el señuelo de su cola. Al igual que esta serpiente, otros reptiles, como lagartos e incluso el tiburón alfombra teselado (Eucrossorinus dasypogon) utilizan su cola como señuelo para cazar.


martes, 19 de julio de 2016

Y el 18 de julio estalló la revolución en España


80 ANIVERSARIO DEL GOLPE DE ESTADO
CONTRA LA REPÚBLICA

Si algo consiguió el franquismo, junto a cunetas y fosas comunes repletas de antifascistas, fue crear un manto de olvido sobre ese proceso revolucionario que estalló también en julio de 1936.

18/07/2016
«(…) la creencia de que las causas que triunfan tendrían que ser las únicas de interés para los historiadores conduce, como James Joll observó recientemente, al menosprecio de muchos aspectos del pasado que son estimables y tienen interés, y reduce nuestra visión del mundo.»
Ésta es una de las frases con la que Paul Avrich nos deleita en la introducción de su clásico libro Los anarquistas rusos publicado en EEUU en 1967 y editado en España por Alianza en 1974. Y este ejemplo que Avrich ponía para la historia del anarquismo ruso lo puede también hacer suyo para hablar de lo que sucedió en España en julio de 1936.

En estos días de aniversario, vemos y leemos multitud de artículos al respecto. Algunos muy serios, trabajados, realizado por historiadores o investigadores que ofrecen una visión aproximativa a lo que fue aquel golpe de Estado.

Otros menos afortunados, tendenciosos o justificativos de lo que fue un golpe contra la República que condujo a España a una guerra civil y a la larga noche de la dictadura.

Pero en pocos sitios se recuerda que junto a esa resistencia del pueblo español contra un grupo de militares y las fuerzas conservadoras, se desarrolló en muchos lugares de la retaguardia republicana una profunda transformación social donde se pudo comprobar la capacidad de construcción que la clase obrera tenía.

Porque en España aquel 18 de julio comenzó una Revolución social. Una Revolución canalizada por los anarquistas pero de la que fue partícipe la clase obrera en su conjunto.

La capacidad del obrerismo

Si hubo un protagonista en aquel proceso revolucionario, ése fue la clase obrera. Desde que en 1868 la Internacional llegó a España y se comenzaron a desarrollar las sociedades obreras, el movimiento obrero fue haciéndose con un papel protagonista en la política española.

Un movimiento obrero dividido en escuelas. Siendo sintéticos (a la par que reduccionistas), se puede hablar de una escuela de pensamiento socialista, que representó el Partido Socialista Obrero Español, fundado en 1879, y la Unión General de Trabajadores fundada en 1888, y una escuela de pensamiento libertaria o anarquista que tuvo diversos proyectos en el siglo XIX y que cristalizó con fuerza en 1910 con la fundación de la Confederación Nacional del Trabajo.

Luego aparecerían otras opciones del marxismo más o menos ortodoxo, o distintas visiones de los libertarios, pero cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la República, ésas eran las grandes organizaciones donde se encuadraba la clase obrera española.

Ese obrerismo no sólo desarrolló sociedades obreras y sindicatos que sirvieron, ya fuese desde el reformismo o desde la acción directa, para defender a la clase obrera. Se preocupó de instruir y formar a la clase obrera. Se preocupó de capacitarla, de mostrarle a través de la formación la importancia de lo que significaba ser obrero. De cómo los medios de producción y consumo estaban en sus manos pero que al mismo tiempo era enajenado por una economía opuesta a sus intereses.

Ese obrerismo formó una cultura obrera. Un modo de comportamiento, de hábitos, de simbología, etc., para contrarrestar a la sociedad burguesa y capitalista. El obrerismo revolucionario creía firmemente en la alternativa a la sociedad económica capitalista.

El obrero se instruyó en todos los sentidos: en las letras, las artes, las ciencias, etc. Se crearon bibliotecas para combatir a la taberna. Se crearon ateneos, centros culturales, escuelas para combatir el analfabetismo. La instrucción y la educación.

El movimiento obrero era consciente que tenía que acabar con el capitalismo y tenía que tener capacidad de asumir los resortes sociales. Algunos creían que eso se podía hacer conquistando las instituciones del Estado y de ahí transformar. Otros destruyendo el Estado y creando una sociedad horizontal. Aquel 18 de julio de 1936 el movimiento obrero pasó de agente de resistencia a protagonista de dirección.



…y estalló la Revolución

La sublevación militar fue frenada en la mayoría de puntos de España. El anarquismo, que era uno de los movimientos más dinámicos del país, se hizo con el control de la situación en muchos lugares.

Mientras se organizaban milicias para combatir a los rebeldes en los frentes de batalla, los libertarios españoles ocuparon puestos en los centros de trabajo y en los campos.

Muchos empresarios, complotados con los rebeldes contra la República, huyeron de la España republicana.

Los obreros se vieron con el control de la producción. Las fábricas tenían que producir. Los campos tenían que ser cultivados. Y los trabajadores y sus organizaciones, tras décadas de formación, tomaron el control de la situación.

En las fábricas se constituyeron comités obreros que gestionaron la producción. En el campo se desarrollaron colectividades agrarias que puso la tierra al servicio de quien la trabajaba.

Aunque existieron individualistas que siguieron cultivando a su manera la tierra, estar en la colectividad se planteaba como beneficioso para la marcha de la sociedad. Producción al servicio de guerra pero también para mostrar que las cosas se podían hacer de otra forma.

En la mayoría de los casos los anarquistas fueron entusiastas seguidores de un proceso revolucionario que habían reivindicado desde sus orígenes. En otros muchos la UGT también participó de ese control obrero y de esas colectividades. En sitios se llegó a la situación, incluso, de la desaparición del dinero. Una sociedad horizontal, antiautoritaria y comunista plena.

Todo en la vida de la retaguardia se colectivizó. La CNT desarrolló una intensa propaganda a favor de la socialización de los medios de producción y consumo. Se crearon Consejos Económicos con el objetivo de hacer eficiente de la producción. Se crearon organismos como el CLUEA (Consejo Levantino Unificado de Exportación de Agrios) para poder controlar la producción.

Todas las fábricas tuvieron su comité de control o consejo obrero. Pero no sólo fue en el ámbito económico. En Cataluña, por ejemplo, se desarrolló el CENU (Consejo de la Escuela Nueva Unificada) para el desarrollo educativo. Algo que también se hizo en otros puntos de España.

El Sindicato Único de Industria de Espectáculos Públicos de la CNT se hizo con el control de los principales centros audiovisuales y creo todo un sistema de cine. Propaganda y cine ficción estuvo en manos de los trabajadores del espectáculos. El celuloide se hizo colectivo. Las salas de cine, de teatro, de ocio, estaban bajo el control obrero. También el transporte, la vivienda, etc.

Todo un esfuerzo revolucionario que fue defendido con tesón por muchos trabajadores porque veían así algo tangible por lo que luchar.

Sin embargo, los anarquistas, que siempre fueron los grandes olvidados al haber sido derrotados por varios frentes, también vieron que la realidad de la guerra imponía sacrificios. Los anarquistas eran antiestatalistas y sin embargo dieron cinco ministros, alcaldes, concejales, consejeros, etc,. Los anarquistas eran antimilitaristas y sin embargo dieron cargos al Ejército Popular de la República, a los carabineros, etc. Se imponía la victoria sobre el fascismo. Y eso lo entendían a cualquier precio pero sin perder lo conquistado. Y esfuerzo y un sacrificio que bien es cierto que no todos hicieron.

Ese desarrollo revolucionario hay quien lo vio como lesivo e hizo todo lo que tuvo a su alcance para frenarlo. Fuerzas que eran igual de antifascistas que los libertarios pero que diferían en estrategias y tácticas. En ocasiones los procedimientos fueron criminales.

Lo cierto fue que esas colectividades, que ese control obrero, tuvieron exitosos resultados en muchos lugares. En otros no lo fue tanto. No hay que olvidar que se desarrollaron en un contexto de guerra. Y aunque a partir de 1937 la efervescencia revolucionaria fue en declive, lo cierto es que hasta el final de la guerra las experiencias comunistas libertarias tuvieron desarrollo en muchos puntos de la España republicana.

Ese sueño colectivo fue aniquilado cuando el 1 de abril de 1939 finalizaba la contienda militar. Y ese movimiento obrero que había sido formado con abnegación durante décadas fue cruelmente reprimido. Se buscó su aniquilamiento físico e ideológico.

Y si algo consiguió el franquismo, junto a cunetas y fosas comunes repletas de antifascistas, fue crear un manto de olvido sobre ese proceso revolucionario que estalló también en julio de 1936.

Desde ese momento la historia la escribieron los vencedores. Pero, como dice Avrich, a veces hay que aprovechar algunas fisuras para mostrar que hubo un momento en el que todo fue posible.


Julián Vadillo Muñoz

sábado, 16 de julio de 2016

El señoritismo

 

Por MIGUEL LORENTE

Con frecuencia se habla de «populismo», pero nunca de «señoritismo».

Definir la realidad según la interpreta quien ocupa las posiciones de poder permite describirla de manera interesada a sus necesidades y conveniencia, y de ese modo perpetuar la desigualdad y las ventajas que les proporciona. El resultado es muy variado y diverso, lo hemos visto, entre otros escenarios, en las pasadas elecciones.

Durante este tiempo hemos oído calificar de «populismo» todas aquellas propuestas que tienen un impacto directo, casi inmediato, sobre cuestiones y problemas que afectan a quienes cuentan con menos recursos y oportunidades para afrontarlos, especialmente si la propuesta, además, impacta en quienes ocupan las posiciones de poder y reconocimiento en nuestra sociedad. El mensaje que se manda con esa consideración «populista» suele ser doble: por un lado, la imposibilidad de llevarla a cabo, y por otro, la inconveniencia o inoportunidad de hacerlo, dadas las consecuencias negativas que tendría para el sistema.

De este modo la crítica es doble, por una parte, sobre su mentira, y por otra, sobre el hipotético daño que ocasionaría en caso de que se pudiera realizar. De ahí que la consecuencia inmediata sea presentar al populista como «mentiroso y peligroso». A partir de ese momento, ya no hace falta ningún otro argumento, se desacredita a la fuente por «populista» y se evita tener que contra-argumentar sobre lo propuesto, o tener que plantear iniciativas que resulten más prácticas o interesantes para la sociedad. Y quien actúa de ese modo es, precisamente, quien dispone de más medios y recursos para sacar adelante múltiples iniciativas para abordar las cuestiones que intentan resolver las propuestas consideradas «populistas».

El populismo queda de ese modo identificado como el espacio al que recurren quienes no tienen la capacidad, la preparación o la responsabilidad para actuar con sentido de Estado y en nombre del bien común, y sólo lo harán en busca del interés personal, incluso sin importarle destruir el Estado si fuera necesario. El populismo, por tanto, no es sólo la propuesta puntual, sino que además se convierte en el espacio donde situar cualquier medida que actúe contra el orden social establecido sobre las referencias de una cultura desigual, machista y estructurada sobre referencias de poder levantadas a partir de determinadas ideas, valores y creencias.

Nadie cuestiona ese orden dado como un contexto interesado que carga de significado a la realidad, cuando en verdad actúa de modo similar al espacio considerado como «populismo», pero a partir de las ideas, valores, objetivos e intereses de quienes han tenido la posibilidad de decidir en su nombre qué era lo que más interesaba al conjunto de la sociedad, haciendo de sus posiciones la normalidad a través de la cultura. Y del mismo modo que se ha identificado con lo del pueblo aquello que de alguna manera se considera contrario al orden establecido, hasta el punto de considerarlo «populismo», deberíamos aceptar como «señoritismo» el espacio y las referencias dadas en nombre de la cultura jerarquizada y desigual que define posiciones de poder sobre el sexo, las ideas, la diversidad sexual, el grupo étnico, las creencias, el origen, la diversidad funcional... Un «señoritismo» que juega con una imagen opuesta al «populismo» al presentar sus iniciativas como las únicas capaces de resolver los problemas, por ser propuestas y desarrolladas por personas preparadas y responsables. De ese modo se defiende a la élite operativa y la esencia ideológica.

Las consecuencias son muy amplias y diversas, puesto que hablamos de la normalidad y la cultura, pero centrándonos en lo ocurrido en las elecciones, no sólo en estas últimas del 26J, pero sí sobre algunas de las cuestiones que se han planteado tras sus resultados, podemos ver cómo actúa el juego entre «populismo» y «señoritismo».

Subir los impuestos a quienes más tienen y se aprovechan de la legislación para cotizar menos, cuestionar la precariedad laboral, pedir una educación y una sanidad públicas y de calidad, hablar de dependencia, exigir medidas contra la violencia de género, reclamar medios contra la corrupción... todo eso es populismo. En cambio, mantener un sistema fiscal que ahoga a clases medias y bajas, facilitar el desarrollo de la sanidad y la educación privada, incluso con segregación en las aulas, olvidarse de las personas mayores y dependientes más allá de la caridad, recortar los recursos para erradicar la violencia de género, permitir que la corrupción se resuelva por medio del olvido... todo ello no se considera «señoritismo», aunque es reflejo de ese orden de ideas y valores en armonía con la parte conservadora que la propia cultura defiende como esencia de presencia y continuidad.

Y no sólo es que las políticas conservadoras y tradicionales no se ven como algo ajeno a la propia normalidad y cultura, sino que, además, cuando son descubiertas como algo contrario al interés común y cuando sus resultados son objetivamente negativos, la posición de quien las lleva a cabo y el significado que se les da no adquiere el nivel de rechazo y exigencia de responsabilidad, por haber sido realizadas por quienes tienen una cierta legitimidad para actuar de ese modo, y porque quedan integradas dentro de otras medidas y políticas que presentan como positivas para la sociedad y el sistema.

El ejemplo de esta situación lo tenemos en lo que ocurre cada día en muchos pueblos. Cuando el señorito del pueblo o un empresario se levanta a las 12 del mediodía y se va directamente a tomarse un vino al bar de la plaza del pueblo, nadie lo cuestiona porque se entiende que esa conducta forma parte de su condición, algo que no aceptarían en un trabajador. Algo parecido sucede, por ejemplo, ante las críticas a algún mensaje lanzado por representantes de la Iglesia (rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo, propuestas de salud sexual y reproductiva, impuestos que no paga...), que se consideran como un ataque a la libertad religiosa, pero cuando desde la Iglesia se cuestiona la política y se llama a la desobediencia civil frente a las leyes de Igualdad, se dice que es libertad de expresión.

Cada cosa tiene un significado diferente dependiendo de lo que afecte al modelo pero, además, si las propuestas coinciden con él son consideradas propias y adecuadas, y por tanto, no cuestionables ni motivo para exigir responsabilidad a quien las haga por entenderlas como parte de ese contexto de «señoritismo».

Y no es que se acepte el resultado negativo cuando se produce, pero no se entiende con la suficiente entidad como para cuestionar al contexto o al partido político que la lleva a cabo. Es lo que hemos visto con los casos de corrupción en el PP, que no les pasan factura electoral por entender muchas personas que son «cosas que suceden donde se mueve mucho dinero» y que «no es un problema del modelo de organización, aunque haya sido permisivo y ausente, sino de unos pocos que lo han traicionado».

Esa valoración y justificación es imposible en otros partidos y contextos en los que los casos de corrupción no forman parte de las posibilidades que les otorga el reconocimiento de su normalidad. Es lo del señorito del pueblo y el trabajador. Si un trabajador se levanta a las 12 y se va al bar de la plaza a tomarse un vino es considerado un gandul o un borracho, algo que nunca se dirá del señorito.

¿Alguien ha hablado en esta legislatura de los coches oficiales, del número de asesores de Moncloa, del inglés de Rajoy, de la ropa o las parejas de las ministras del Gobierno, de las colocaciones de los ex-ministros, como por ejemplo Wert en Paris...? Todo eso forma parte del «señoritismo», y mientras no se modifiquen las referencias de una cultura desigual y machista, una gran parte de la sociedad siempre será condescendiente con el poderoso, con las ideas, valores y creencias que configuran el «señoritismo».

EL HUFFINGTON POST
6 julio 2016

lunes, 11 de julio de 2016

Mercadona impone silencio a trabajadores despedidos a cambio de su indemnización


La empresa de Juan Roig exige a los trabajadores despedidos para recibir la indemnización que les corresponde firmar una cláusula que les prohíbe hablar de su caso con periodistas. Tampoco pueden criticar a la empresa en redes sociales o cualquier otro medio.

7 julio 2016

MADRID// Mercadona utiliza cláusulas de confidencialidad con extrabajadores despedidos para evitar que critiquen, hablen con periodistas, o cuenten su experiencia en redes sociales y así ensucien la marca de la empresa de distribución alimentaria o de su presidente, Juan Roig. Las cláusulas son incluidas en los acuerdos privados firmados con trabajadores que fueron despedidos mediante expedientes disciplinarios con el fin de reconocer tales despidos como improcedentes y cambiar la indemnización a la que tiene derecho el trabajador por su silencio.

La cláusulas que Mercadona fija incluyen la prohibición expresa de hablar con periodistas y medios de comunicación en los siguientes términos:
«…el trabajador/ra se obliga a no realizar acciones divulgativas con dicha información, o cualquier otra a la que por cualquier medio haya tenido y haga referencia a Mercadona, cualquiera que sea la forma, modo y contenido, que puedan comprometer, perjudicar o dañar los intereses de Mercadona o sus empleados, bien personalmente, bien cuando lo haga mediante seudónimo, ya sea en el orden jurídico, ya en el de las relaciones personales del trabajador/ra, o mediante los medios de comunicación cualquiera que sea su vía (TV, radio, prensa escrita o internet, redes sociales, entre otros). Igualmente el trabajador/ra no se podrá manifestar públicamente en contra de los intereses de la empresa, ni verter información que pueda dañar la imagen y buena reputación de Mercadona, ni realizar acciones con dicha información, cualquiera que sea la forma y contenido»
En las cláusulas del contrato que preceden a la aquí reproducida se acuerda la extinción de la relación laboral, la transacción en materia económica e indemnizatoria, el saldo y finiquito, y la renuncia a acciones judiciales, entre otros.


Mercadona suele utilizar el despido disciplinario como método para ahorrarse la indemnización y además mantener el orden entre los trabajadores que permanecen en la empresa. Como contamos anteriormente en La Marea, se alegan para motivar estos despidos disciplinarios hechos como colocar mal una botella en las estanterías, no sonreír a un cliente, dar un golpe a una puerta o quejarse del trato del servicio médico.

Si los trabajadores no aceptan el despido disciplinario por estas causas y acuden a la vía judicial la primera instancia que utiliza Mercadona para evitarse los tribunales es el acuerdo mediante contratos privados con los trabajadores para acordar una indemnización menor que la que el trabajador tiene derecho a cambio de firmar estas cláusulas de confidencialidad que impiden a los exempleados criticar de cualquier forma a Mercadona. El incumplimiento de esta cláusula puede conllevar indemnizaciones a favor de la empresa que oscilan entre los 3.000 € y cantidades que triplican el importe de la indemnización por el despido recibido.

Al ser cuestionada por estos tratados de confidencialidad, Mercadona no ha negado su existencia y ha afirmado lo siguiente: «Sobre la confidencialidad que dices que se exige a los trabajadores, tú mismo llevas varios meses hablando con todos aquellos que has considerado, tanto con trabajadores como con extrabajadores».


En La Marea hemos publicado varios reportajes y noticias sobre el trato que la empresa de Juan Roig daba a sus empleados. En el artículo Mercadona, derechos laborales de marca blanca se contó con diversos testimonios de trabajadores, pero nunca un empleado de esta empresa con un contrato de confidencialidad firmado había accedido a que se publicara el documento ni a hablar con esta revista por miedo a las represalias que Mercadona pudiera tomar contra ellos.

jueves, 23 de junio de 2016

Tu rato de diversión, su vida de reclusión


No hay nada educativo en ver a una tigresa, en cuyo hábitat natural dispondría de un territorio de unos 20 kilómetros cuadrados, confinada en pocos metros. No es divertido, sino atroz, ver cómo media docena de delfines, que nadarían entre 150 y 180 kilómetros al día, se ven obligados a vivir en una pequeña piscina y a realizar constantes espectáculos para entretenernos durante unos pocos minutos. El pasado sábado 18 de junio un grupo de activistas se concentró en la entrada del Zoo Aquarium de Madrid para pedir el fin de esos centros de cautividad y ofrecer información a los visitantes. Países como Costa Rica ya han prohibido los zoos con animales, adelantándose a un futuro en el que veremos estos lugares con el sentimiento de vergüenza y rechazo con el que hoy recordamos los zoos humanos.

EL CABALLO DE NIETZSCHE
21/06/2016

«Si nos gustan los animales, ¿por qué los encerramos tras rejas y cristales?». Una proclama sencilla y directa. Y una pregunta que, probablemente, muchos de los niños que este sábado acudieron al Zoo Aquarium de Madrid hicieron a sus padres y madres al ver a un nutrido grupo de activistas protestando y repartiendo folletos informativos a las puertas del recinto. «¿Qué es lo que quieren, papá? ¿Por qué protestan?», se preguntaban los pequeños. Sus progenitores guardaban silencio y miraban hacia otro lado. Quizá porque hay respuestas que caen por su propio peso.

Los niños sienten una curiosidad y fascinación innatas por los animales. Es comprensible que sean muchas las familias que, sin mala intención, lleven a sus hijos a recintos como el Zoo de Madrid para que puedan admirarlos de cerca. Ver cómo se comportan, cómo interaccionan con sus semejantes. Cómo nadan, trepan o nos miran a los ojos. No hay crueldad, sino ignorancia o ausencia de preguntas, de esas que los niños realizan constantemente. Y sin embargo, en un tiempo en el que la información está a golpe de clic, seguir contribuyendo a un negocio tan despiadado como este empieza a ser difícilmente defendible.

No hay nada educativo en ver a una tigresa, en cuyo hábitat natural dispondría de un territorio de unos 20 kilómetros cuadrados, confinada en pocos metros. No es divertido, sino atroz, ver cómo media docena de delfines, que nadarían entre 150 y 180 kilómetros al día, se ven obligados a vivir en una pequeña piscina y a realizar constantes espectáculos para entretenernos durante unos pocos minutos. Y pese a que en algunos zoos los animales viven en mejores condiciones que en otros, no hay bienestar posible cuando se habla de explotación. Tampoco valor pedagógico alguno: sencillamente, porque tratar de mostrar cómo es la vida de unos seres libres por naturaleza a través de su cautiverio es tan absurdo como carente del más mínimo rigor científico.

Si los zoos y acuarios no benefician en modo alguno a nuestros hijos y a la manera en que deberían relacionarse con los animales y la naturaleza, peor parte se llevan los propios habitantes de este tipo de recintos. Hasta un 80% de ellos desarrolla la denominada zoocosis, patología, acuñada en 1992 por Bill Travers, que aglutina todos los síntomas de sufrimiento asociados a la vida en cautividad, desde estrés y depresión hasta autolesiones, y que provoca que su esperanza de vida sea, en muchos casos, muy inferior a la que se daría en su hábitat natural.

Como es lógico, los responsables de zoos y acuarios esgrimen un argumento para defender su condena de por vida: la conservación de determinadas especies que, de no ser por su labor, se verían abocadas a la extinción. La realidad es que sólo unos pocos de los individuos que se muestran en un zoo se encuentran en tal circunstancia. Y parece obvio pensar que, si verdaderamente tuvieran interés en tal empresa, bastaría con destinar las cuantiosas sumas de dinero que se obtienen a su costa en programas para recuperar a esos animales y reintroducirlos en la vida en libertad. Nada de eso ocurre: por el contrario, la compraventa y captura de animales en su entorno natural, así como su cría indiscriminada en cautividad, siguen perpetuando un modelo de negocio cruel e innecesario.

Los animales merecen nuestro respeto. Y ese respeto pasa por entender que no son de nuestra propiedad. Que no son juguetes para entretener a nuestros hijos. Y que antes de llegar a esa jaula tenían una familia y una vida que les ha sido negada con la complicidad de quienes deciden pagar una entrada para verlos enjaulados, desnaturalizados y confusos. Países como Costa Rica ya han prohibido los zoos con animales, adelantándose a un futuro en el que, con total seguridad, veremos estos lugares con el sentimiento de vergüenza y rechazo con el que hoy recordamos los zoos humanos que hasta bien entrado el siglo XX mostraban en las potencias coloniales de Europa a individuos de tribus lejanas bajo un pretexto antropológico y de divulgación

Dani Cabezas