lunes, 20 de marzo de 2017

Activistas piden boicotear camarones mexicanos para salvar a vaquita marina


CIUDAD DE MÉXICO, 16 mar (Reuters) - Organizaciones conservacionistas pidieron el jueves a consumidores de Estados Unidos y empresas de mariscos que boicoteen a los camarones mexicanos como parte de una campaña para salvar a la vaquita marina, que está a punto de desaparecer.

La población de la pequeña marsopa con nariz chata [también llamada vaquita marina o cochito] que reside en el Golfo de California, ha caído bruscamente en los últimos años víctima de las redes para pescar camarón y totoaba, un manjar popular en Asia.

México impuso en 2015 una prohibición de dos años en la pesca con redes de enmalle en el hábitat de la vaquita, pero está programado que expire, y defensores del medio ambiente dicen que ha sido mal aplicada.

Una coalición de decenas de grupos conservacionistas están pidiendo que el Gobierno mexicano promulgue una prohibición permanente, y que refuerce su aplicación.

«Está claro que las medidas adoptadas por México hasta la fecha no han sido lo suficientemente consistentes o suficientes para proteger a la especie», dijo a periodistas Kate O'Connell, consultora de fauna marina del Animal Welfare Institute.

 
En una conferencia de prensa el jueves, José Calzada, secretario de Agricultura de México, destacó que el Gobierno está trabajando para proteger la vaquita marina, agregando que la Secretaría de Medio Ambiente ha elaborado un «programa ambicioso».

«Por ningún motivo vamos a dañar a la vaquita marina (...) yo conozco este plan (...) va a ser un manejo de la protección de la especie única en el mundo», dijo Calzada.

Sólo quedan unos 30 vaquitas y la población ha estado disminuyendo en un 50 por ciento cada año, dijo Thomas Jefferson, director de Viva Vaquita.

16 marzo 2017

viernes, 17 de marzo de 2017

El velo y la kipá: juntos por un racismo divino


 «Una imagen potente». Bajo este lema ha corrido por las redes una foto tomada en Chicago. Sus protagonistas se creen la oposición a Trump, pero constituyen su base ideológica

Por ILYA TOPPER*

«Una imagen potente» Bajo este lema ha corrido por las redes una fotografía tomada el 30 de enero en Chicago: una niña de siete años, con un pañuelo negro en la cabeza, y un niño de nueve, con una kipá, el gorrito judío. Ambos sostienen carteles a favor del amor y contra el odio. Participan con sus padres en una protesta contra el decreto del Gobierno de Donald Trump que prohíbe la entrada a los ciudadanos de siete países, ese decreto que se conoce como «veto contra los musulmanes».

Es potente la imagen, porque certifica el fracaso de una humanidad que alguna vez creía en ideales como la igualdad de todas las personas. La foto explica por qué Trump ganó en Estados Unidos, y por qué sus semejantes van ganando en Europa y en las dictaduras del mundo musulmán. Los manifestantes de la foto se creen la oposición a Trump, pero constituyen su base ideológica.

Tras la primera fascinación del «¡oh qué bonito, una niña musulmana y un niño judío juntos ¡qué exótico!», surgieron algunas críticas: ¿Es admisible disfrazar a una cría de siete años con el hiyab reglamentario islamista, aquel velo que los teólogos fundamentalistas, en el poder desde hace unas décadas, prescriben a todas las mujeres decentes para ocultar sus encantos al varón y no incitarlo a pensamientos impuros?

Porque esa es la base teológica del hiyab, como sabe cualquier musulmán (por mucho que nos intenten tomar el pelo las conversas españolas). Cualquiera que le coloque a su hija el hiyab está considerando que se trata de una mujer con atributos sexuales que podrían incitar a los varones. Este ideario tiene un nombre cuando la cria tiene siete años: pedofilia.

Retiro la acusación. La oleada del fundamentalismo wahabí ha llegado ya tan lejos que incluso en países conservadores, desde Marruecos a Iraq, donde hace 20 años era impensable ponerle hiyab a una niña antes de la pubertad, se están empezando a ver crías disfrazadas con esta prenda de adultas. Más o menos como las familias europeas le ponen a una niña de cuatro años un bikini en la playa: sin darse cuenta siquiera de que están sexualizando el cuerpo de una niña. «Para que se acostumbren», lo justifican algunas madres islamistas. En otras palabras: para que, cuando por fin tomen consciencia de su cuerpo, ni siquiera sean capaces de recordar una época en la que no eran un objeto sexual. Para que no puedan imaginar, nunca, la libertad de mostrar su pelo ante un hombre o las tetas en la playa.

¿Y el niño? Si el velo trajo polémica, con motivo, ¿no nos debería escandalizar también la kipá del crío?

Por supuesto debe escandalizarnos, aunque como pieza de tela no reúne la misma carga de dogma sexista. Por el simple hecho de que se trata de un varón, y tanto judaísmo como islam reservan los símbolos sexistas a las mujeres. La kipá solo se interpreta como una señal de reconocer que Dios está por arriba, vigilante siempre, dispuesto a enfurecerse, siempre.

Cabría imaginar la foto al revés: un niño con una taguía, esa prenda igual a la kipá que en las últimas décadas se ha popularizado entre hombres salafistas, y una niña con el pelo rapado al cero para no excitar a los hombresy cubierta con una peluca. Que es la versión que el judaismo fundamentalista reserva a sus mujeres. Un grado más chungo que el islam, si queremos comparar, como lo es el resto de los mandamientos que rigen, limitan y asfixian la vida de una mujer judía muy practicante (aunque quiero pensar que lo de raparlas no se hace antes de que cumplan 12 años, edad fijada para el 'bat mitzva').

El rabino padre del crío de la foto no parece demasiado practicante. Tal vez no haya puesto a su hijo la kipá para exhibir una fiel adherencia a los dogmas sexistas e inhumanos (no tienen otro nombre) de su fe. Tal vez no piense en acostumbrarlo a no quitársela nunca más una vez que cumpla los 13 años y deba empezar a observar las normas, como aquella que manda no tocar a la esposa durante dos semanas al mes, por impura. Tal vez, el rabino simplemente le haya colocado este trozo de tela para identificar a su hijo como miembro de una religión determinada, para decir al mundo: Miren, somos judíos.

Miren, somos musulmanas es también el significado que muchas musulmanas, sobre todo las conversas, en Europa y Estados Unidos atribuyen a su hiyab, aunque prácticamente nunca renuncian a la otra componente, la de «Miren, soy una mujer decente», porque siguen cumpliendo la norma de no quitárselo nunca ante varones (salvo marido y familia). Pero quedémonos con esta interpretación: los dos padres, musulmán y judío, han disfrazados a sus hijos con lo que creen los símbolos de sus respectivas religiones. Unas religiones que llamarán, tal vez, identidades.

Esta es la tendencia de estas primeras décadas del siglo XXI: ya no nos sentimos, como se soñó desde finales del XIX, personas humanas nacidas libres e iguales. Ya no nos manifestamos a favor de unos derechos universales, aplicables a toda persona. Ahora, incluso cuando nos manifestamos contra un decreto racista lo hacemos exhibiendo nuestra condición no de personas sino de representantes de un colectivo determinado, definido, bien colocado en un cajón con número de identificación fiscal y escriturado.

He dicho racista, empleando la palabra con ligereza, en referencia a aquel racismo que divide el mundo entre pobres y ricos. Porque eso de que el veto de Trump contra ciudadanos de Irán, Iraq, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen tenga algo ver con un rechazo de musulmanes, eso espero que ustedes no se lo hayan creído. Siete países, que juntos no representan ni el 20% de la población musulmana del planeta, con uno nombrado desde hace décadas enemigo oficial, y otros cinco con una población reducida a la pobreza por guerras civiles estratégicamente alimentadas. Los dueños del mundo islámico, los patrocinadores del radicalismo, de Qatar a Arabia Saudí y a los jeques de Al Azhar en Egipto, los financiadores de las mezquitas que educan a yihadistas por toda Europa, esos siguen siendo bienvenidos en el aeropuerto Kennedy. Son sus víctimas las que Trump echa a la calle.

Y contra ese racismo de Trump, el que castiga a las víctimas del islamismo, no a los verdugos, se manifiestan ahora los ciudadanos en Chicago, exhibiendo los símbolos del islamismo y de su mejor aliado, el judaismo practicante, que en todo el mundo, salvo minúsculos colectivos rebeldes, ha sido absorbido y usurpado por el sionismo israelí, la ideología política que necesita a ese islamismo y lo fomenta para mantener su visión de la división del mundo entre buenos y malos.

¿Esta división la pretenden superar los manifestantes exhibiendo los símbolos de ella? Claro, es muy fácil exhibir «tolerancia» en una América cuya legislación (no los fundamentos ideológicos de la sociedad) ha llegado a ser laica. ¿Amor entre judíos y musulmanes? ¿Amor, han dicho? El cartel es una tremenda estafa. Una mentira.

Es esa ideología, que pinta un mundo dividido entre bloques, la que está impulsando la ultraderecha en EEUU y Europa, donde proliferan los movimientos contra 'los musulmanes'. Es ese pensamiento de bloques que impulsa a la ultraderecha islamista a marcar a todas 'sus' mujeres con el hiyab.

Porque si estos críos crecen y a la edad de veinte, quizás recordando su primer encuentro en ese hermoso momento de protesta, les da por enamorarse, solo podrán casarse arrancándose velo y kipá. Ningún imán leerá la fatua ante una musulmana cogida de la mano de un hombre que no sea de su fe; ningún rabino declarará marido y mujer a este chico y su novia, si uno de ellos no es judío. Podrán dar gracias a Dios por vivir en Estados Unidos, si quieren casarse.

De tener la mala suerte de que sus padres en algún momento emigren a un país donde sea oficial esa religión cuyos símbolos colocan con tanto orgullo en la cabeza de sus hijos, ya podrán joderse: no se casarán. De Marruecos a Malasia, pasando por todos aquellos países destruidos que recoge el decreto de Trump, y por los otros que no recoge y que financian la destrucción, ella no puede firmar un acta de matrimonio con nadie que no sea musulmán: lo prohíbe la ley, esa ley decretada por los imanes. Y en Israel, él no podrá firmar un acta de matrimonio con ninguna chica que no sea judía: lo prohíbe la ley, esa ley decretada por los rabinos y de aplicación obligada.

La «tolerancia» expresada por los símbolos de esos imanes y esos rabinos, los que previenen, allá donde tienen el poder, que formen pareja una musulmana y un judío (o un cristiano, para el caso es lo mismo, también la Iglesia Cristiana aplica esta ley en todo ámbito en el que tenga poder de hacerlo) no es más que un eufemismo para un término mucho más exacto: segregación. En holandés lo llamaron apartheid. Vivir cerca unos de los otros, sí. Pero el amor, que sea divino. Nunca humano, nunca carnal.

Es esa ideología, que pinta un mundo dividido entre bloques dirigidos cada uno por una cabeza aureolada, imán, rabino o cura, la que está impulsando la ultraderecha tanto en Estados Unidos como en Europa, donde proliferan los movimientos contra «los musulmanes» y a favor de «nuestros valores cristianos». En esta ideología, la misma que tiene Trump, los seres humanos no nacen iguales: nacen cada uno en su embalaje con código de barras divino, y se les pone precio acorde.

Es ese pensamiento de bloques que impulsa a la ultraderecha islamista a marcar a todas «sus» mujeres con el hiyab, para que sean fáciles de categorizar, identificar, vigilar y, llegado el caso, amonestar. Esa ultraderecha islamista a la que invitan con tanta diligencia a sus convenciones los partidos de la izquierda europea, porque queda oh tan exótica una conferenciante con pañuelo. Tan tolerante. No es anecdótico: Linda Sarsour, defensora del hiyab, islamista, que pide a las musulmanas norteamericanas vivir acorde a la sharia, fue una de las impulsoras de la marcha de mujeres contra Trump en enero.

Esta es la tragedia de la humanidad en este recién estrenado siglo XXI: que Trump ya ni siquiera necesita decir que su decreto se dirige contra los musulmanes. Basta con nombrar siete países, para que todos sepamos que solo se trata de musulmanes. Porque hasta ahí ya le han preparado el camino a Trump los islamistas: han conseguido hacernos creer que todos estos países que juntos albergan a tres millones de cristianos son islámicos. Exclusivamente.

La fotografía de Chicago es una potente imagen: certifica nuestra capacidad de condenar a nuestros hijos, nuestras hijas, a no poder pensar siquiera la libertad, a aherrojarlos con los dogmas de la religión desde que nacen. Fingiendo que es racismo y crimen separar por ley a blancos y negros, pero que no lo es separar por ley a musulmanes y judíos. No fuera de América, al menos. ¿Y aún nos sorprende que gane Trump?

Sin Permiso
27/02/2017



  * Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe. Criado en Marruecos, Topper empieza a escribir en la prensa local de Cádiz en 1994. Entre 1996 y 2003 dirige los gabinetes de comunicación de varias ONGs españolas en Granada y Madrid. En 2004 coordina en Iraq la producción del largometraje documental Invierno en Bagdad, dirigido por Javier Corcuera y producido por Elías Querejeta. Tras cubrir como periodista freelance noticias en Turquía, Iraq, Siria, Líbano y Marruecos, Topper trabaja de 2005 a 2008 como jefe de Internacional en la revista española La Clave. En 2009, Topper lanza, junto con Alejandro Luque, la revista digital MediterráneoSur, hoy M'Sur, que dirige desde entonces como editor jefe. En 2010 se traslada como colaborador del diario El Mundo a Estambul y en 2011 asume el puesto de corresponsal de la Agencia Efe en la misma ciudad.

lunes, 13 de marzo de 2017

Podemos, APM y la libertad de expresión


Por PASCUAL SERRANO

Ya tenemos en portada de periódicos, apertura de informativos y centro de tertulias la denuncia de la Asociación de la Prensa de Madrid contra Podemos por su «acoso» y «presión» a periodistas. La organización de periodistas ha convertido en principal noticia nacional una información sin fuentes identificadas, ni datos, ni pruebas ni testimonios de periodistas con nombre y apellidos. O sea, un rumor, eso que en primer curso de Periodismo dejan claro que no es noticia.

La siguiente reflexión es analizar ¿qué puede hacer más daño, lo que diga un diputado de Podemos en la oposición a un periodista de un diario, una radio o una televisión nacional, o lo que publique o difunda uno de esos periodistas sobre un diputado?

Decir que un diputado de Podemos, o un tuitero de Podemos, coacciona y limita la independencia de un periodista de El País, Antena3, La Ser o de un tertuliano de LaSexta es como si Goliath denunciase la agresión de David. Es evidente que un periodista en cualquiera de esos medios tiene muchas más capacidad de fuego contra cualquier político de la oposición que al contrario.

La denuncia de la APM habla de «ataques a periodistas en sus propias tribunas, en reproches y alusiones personales en entrevistas, foros y actos públicos, o directamente en Twitter». Añade que «el acoso pretende minar la credibilidad y el prestigio de estos profesionales, sometidos en ocasiones a un bombardeo constante de mensajes que intentan descalificar o ridiculizar su trabajo y recortar su libertad de información. La APM considera totalmente incompatible con el sistema democrático que un partido, sea el que sea, trate de orientar y controlar el trabajo de los periodistas y limitar su independencia».

¿Y por qué un político no puede pretender descalificar y minar la credibilidad de un periodista si considera que el trabajo que muestra esa periodista no está contrastado, o, lo que es lo mismo, miente? Los políticos, además de recibir rapapolvos constantes de ciudadanos y, por supuesto, de periodistas, critican y descalifican si lo consideran oportuno (y dentro de la legalidad) a todo tipo de profesionales: a fiscales como el del juicio del caso Noos, a arquitectos como Santiago Calatrava, a directores de hospitales, a abogados, a banqueros, a policías y comisarios, a militares, al rey, incluso a jueces. La APM pretende que los periodistas, esos profesionales que pueden desde sus tribunas (precisamente) «minar la credibilidad y el prestigio» de políticos o quien consideren bajo la cobertura de la libertad de expresión, después no puedan recibir críticas. Un político, e incluso un militante, puede (y debe) denunciar y criticar si el periodista ha difundido mal sus palabras, le acusa de algo falso o silencia su voz ante la opinión pública. Eso también es luchar por la libertad de expresión.

Como ya señaló Ignacio Ramonet, vivimos en una sociedad donde la mayoría de los grupos de presión tiene un contrapoder: Frente al Gobierno hay una oposición, frente a los empresarios existen sindicatos, ante el poder de las empresas se crean asociación de consumidores. Sin embargo, el llamado cuarto poder no tiene ningún contrapoder ante el que responder o que pueda denunciar su insalubridad si la hubiere. El derecho a la información no es patrimonio de los periodistas, sino de los ciudadanos, por eso debemos conocer las quejas que tiene un político de los periodistas, con nombre y apellidos.

En el programa Salvados del pasado domingo, alguien le recriminaba a Pablo Iglesias que «se metía mucho con Eduardo Inda». ¿Y por qué no puede hacerlo si no está de acuerdo con la mala praxis de ese periodista? Incluso ya se han demostrado mentiras de ese periodista contra Pablo Iglesias sobre financiación de Venezuela por las que ha acabado en el banquillo. ¿Se imaginan a un político quejándose de que un periodista se mete mucho con él? Le responderíamos que se aguante, que eso forma parte de libertad de expresión.

No deja de ser curioso que está denuncia de la APM aparezca dos meses después de que, con los votos de Podemos, esta asociación haya perdido la subvención de 8,6 millones de euros que recibía del gobierno madrileño para que sus periodistas y familiares pudieran tener una sanidad privada y no tuvieran que mezclarse en salas de espera y quirófanos con el resto de los mortales. Les faltó decir que eso también era un ataque a la libertad de expresión.

Los periodistas saben bien que quién atenta contra la libertad de expresión no es un fan de Podemos conectado a Twitter ni Pablo Iglesias durante el acto de presentación de un libro, sino esos bancos que retiran o niegan financiación a los medios que no les gustan, esos grandes anunciantes que con sus anuncios deciden quiénes se mantienen y quiénes desaparecen, esa publicidad institucional que políticos gobernantes reparten entre los medios sumisos. También saben que la principal censura que sufren es una precariedad laboral por la que cada día se van a casa sabiendo que trabajaran mañana solo si lo que han escrito le gusta (en forma, pero también en contenido) a sus jefes y a los que pagan a sus jefes.

Lo que es un ataque al periodismo, querida presidenta de la APM, es ocultar durante veinte años a los españoles que el presidente del gobierno de entonces le confesase en una entrevista que no convocó un referéndum sobre la monarquía porque sabía que lo perdía.

PÚBLICO
07 marzo 2017

domingo, 12 de marzo de 2017

En defensa del lobo ibérico – Manifiesto 2017


EN DEFENSA DEL LOBO IBERICO

Un año después de la histórica manifestación en defensa del lobo ibérico, esta especie emblemática se sigue desangrando, y la necesidad de reclamar su protección desde la calle es más urgente si cabe. El lobo es el controlador natural de los herbívoros salvajes, y su presencia garantiza la salud de los ecosistemas, y por ello la Unión Europea lo ha declarado especie de interés comunitario.

La ganadería extensiva ha sido históricamente clave en la conservación de los ecosistemas y la sociedad debe valorar sus productos y su trabajo como guardianes de la naturaleza. Durante siglos ha habido una coexistencia entre fauna salvaje y ganadería, que hoy en día, es necesario restablecer. La promoción y defensa desde Europa hacia la protección del lobo y en favor de la coexistencia, contrasta con la gestión cortoplacista de las administraciones públicas españolas.

Al norte del Duero, las autoridades fomentan auténticas campañas de exterminio sin ningún criterio científico, mientras el negocio de la muerte del lobo se mantiene para diversión de unos pocos y para enriquecimiento, a menudo ilegal, de los tratantes de la muerte de nuestra fauna. El lobo está protegido en Portugal, pero cada vez que los lobos portugueses entran en España son acribillados a tiros. Incluso en nuestros Parques Nacionales los gestores prestan oídos a intereses privados que piden la muerte de la fauna silvestre. El lobo está protegido al sur del Duero, pero las autoridades favorecen su persecución amparándose en supuestas excepciones.

Esta continua matanza impide que el lobo alcance un estado de conservación favorable (exigido por la normativa europea) en la mayor parte del territorio que se le arrebató, pero también impide el cambio en el mundo rural hacia un modelo más moderno, donde actividades tradicionales y otras nuevas como el turismo de naturaleza contribuyan a la diversidad económica necesaria para traer prosperidad y empleo a las nuevas generaciones. Ésas que desean una verdadera convivencia con la fauna y no quieren perpetuar prácticas insostenibles y enemigas del medio ambiente.

Los ciudadanos no queremos seguir tolerando esta matanza y estamos a favor de la coexistencia de la ganadería extensiva y el lobo. Y para que nuestra voz se escuche alta y clara nos vamos a manifestar el domingo 12 de Marzo de 2017 en Madrid. Vamos a demostrar una vez más que el lobo no está solo ante los que quieren masacrarlo involucrando a toda la sociedad rural. Somos muchos los que reclamamos el derecho a una naturaleza saludable para nosotros y para nuestros hijos.

Con la convocatoria de este acto hacemos una petición muy concreta: solicitamos la declaración del lobo como especie estrictamente protegida por ley en todo el territorio español, y exigimos el fin inmediato de su caza y de los controles letales de su población.

LOBO MARLEY
11 marzo, 2017

miércoles, 8 de marzo de 2017

Febrero [Marzo] 1917: Las mujeres inician la revolución

Rusia, Revolución de Febrero de 1917.
 
MIGUEL SALAS *

Al avanzar juntas, bajo la bella luz del día,
Mil oscuras cocinas, mil lúgubres fábricas
Se alumbran con el esplendor de un rayo de luz,
Porque la gente nos oye cantar: «Pan y Rosas, Pan y Rosas»
(JAMES OPPENHEIMER.
Poesía inspirada en la huelga de obreras textiles
en 1912 en Lawrence, Massachusetts)

Entre las diversas complejidades de la Revolución rusa, una consiste en llamar Revolución de Febrero a lo que en realidad empezó el 8 de marzo. Bajo el zarismo, Rusia mantenía el calendario juliano, que difería en 13 días del calendario occidental. Así que, mientras en Rusia amanecía un 23 de febrero, en España 8 era de marzo, el Día Internacional de la Mujer. Parece que ese día amaneció frío y soleado. Uno de los temas de conversación en el Petrogrado burgués era el estreno en el teatro Alexandrinskii de la obra teatral Mascarada, dirigida por Meyerhold (autor y director teatral que se unirá a la revolución y que ejercerá una gran influencia en el teatro del siglo XX). En los barrios obreros las preocupaciones eran muy diferentes. A mediados de enero comenzó a faltar el pan; en febrero, Petrogrado recibió apenas la mitad de lo percibido en diciembre, y en el resto de Rusia la situación no era mejor. Desde el inicio de la guerra el precio del carbón se había quintuplicado y los alimentos multiplicado por siete. El pan se había convertido en la comida principal y casi única. La policía política, la Ojrana, tiene los ojos bien abiertos y advierte: «Los niños se mueren de hambre en el sentido más literal de la palabra». Otro informante escribe: «Si hay una revolución, será una revuelta del hambre». «Un abismo se abre entre las masas y el gobierno», advertía otro agente.

Para el 8 de marzo no estaban previstas grandes acciones, más allá del reparto de octavillas y alguna asamblea. El primer Día de la Mujer en Rusia fue conmemorado el 3 de marzo de 1913. En 1914, cuando se instituyó el 8 de marzo, las organizadoras cayeron presas y no hubo convocatoria. Los años siguientes, en plena guerra imperialista, la conmemoración no tuvo una especial importancia. Nadie había previsto que ese día las mujeres obreras iniciaran la revolución.

En febrero de 1917, el 47 por ciento de la clase obrera de Petrogrado eran mujeres. Muchos hombres estaban en el frente. Las obreras eran mayoría en la industria textil, del cuero y del caucho, y numerosas en oficios que antes habían tenido vedados: los tranvías, las imprentas o la industria metalúrgica, donde había unas 20.000. Las obreras eran también madres: debían garantizar el pan de sus hijos. Y, antes de ir a la fábrica, hacían interminables colas (unas 40 horas semanales) para conseguir algo de comida, acampando durante la noche, en pleno invierno ruso. Los informes policiales recogen que allí aprendieron «a insultar a Dios y al zar, pero más al zar»; y alertan de que: «son material inflamable que sólo necesita una chispa para estallar».

El hecho es que las mujeres de algunas empresas textiles del barrio de Viborg decidieron declararse en huelga. A las diez de la mañana se habían reunido unas veinte mil. Al llamamiento de las mujeres, los obreros de algunas fábricas se unieron a la manifestación. Un trabajador de la fábrica mecánica Nobel recuerda: «Podíamos oír las voces de las mujeres en las calles desde las ventanas de nuestro departamento: "¡Abajo la carestía! ¡Abajo el hambre! ¡Pan para los trabajadores!". Varios camaradas corrimos a las ventanas... Las puertas del molino número 1 Bolshaia Sampsonievskaia habían sido abiertas. Masas de mujeres trabajadoras llenaban las calles. Aquellas que nos habían visto comenzaron a mover sus brazos y gritaban "¡Vengan! ¡Dejen de trabajar!". Arrojaban bolas de nieve a las ventanas. Decidimos unirnos a la manifestación». Se calcula que alrededor de 90.000 obreras y obreros participaron en la huelga. En sus Memorias, el que era gobernador de la ciudad, Alexander P. Balk, escribe: «Al retirarse, el general Goblachev me informó, una vez más, de que la manifestación del día era un completo misterio para él y que era posible que nada ocurriera al día siguiente». Se equivocaba.

Al día siguiente, 24 de febrero, el movimiento se amplía aún mucho más. Casi la mitad de las obreras y obreros están en huelga. A la exigencia de «¡Pan!» se le unen las consignas de «¡Abajo el zar!» y «¡Abajo la guerra!». Grandes manifestaciones se dirigen hacia el centro de la ciudad. La policía ha levantado los puentes que separan los barrios obreros del centro, pero el río Neva todavía está helado y miles de huelguistas se atreven a cruzarlo. Se suceden los enfrentamientos con la policía y aparecen también los temidos cosacos. El obrero Ilya Mitrofanovich Gordienko recuerda la jornada: «Las obreras tomaron la iniciativa, rodearon a los cosacos con una compacta cadena humana. Gritaban: "¡Nuestros esposos, padres y hermanos están en el frente!". "Y aquí soportamos el hambre, la carga de trabajo, los insultos, las humillaciones y los abusos. Ustedes también tienen madres, esposas, hermanas e hijos, ¡exigimos pan y el fin de la guerra!". Los oficiales, temiendo la influencia de la agitación sobre los cosacos, dieron una orden. Los cosacos se prepararon. Todos corrieron a cubrirse, agarrando piedras o piezas de metal, listos para lanzarlos. Sin embargo, los cosacos cabalgaron, pasaron sin atacarnos; luego dieron media vuelta y regresaron. Las masas los saludaron con gritos de "¡Viva!", pese a que el corazón no podía creerlo y la mente dictaba precaución».

El movimiento ya es imparable. La huelga es ya una huelga general, sobre todo después de que el día 25 la fábrica Putilov, en la que trabajan 30.000 personas, decide unirse. También se suman los estudiantes. Al final del día algunos barrios están en manos de los rebeldes. Las comisarías han sido asaltadas o abandonadas. «Un alzamiento revolucionario que dure varios días sólo se puede imponer y triunfar con tal de elevarse progresivamente de peldaño en peldaño, registrando todos los días nuevos éxitos. Una tregua en el desarrollo de los éxitos es peligrosa. Si el movimiento se detiene y patina, puede ser el fracaso», escribe Trotski en La Historia de la Revolución Rusa.

El 26 es domingo, y están cerradas las fábricas, el lugar natural donde reunirse. Surgen algunas dudas. ¿Es posible seguir adelante? ¿Cuál será la actitud del ejército? En el recuerdo está presente la experiencia de 1905. El zar Nicolás II ha dado la orden de acabar con los disturbios «mañana mismo». Durante el día, miles de personas siguen manifestándose por la ciudad. Se suceden los enfrentamientos, pero también el contacto entre los obreros y obreras y los cosacos y los soldados. Crece la confianza de la masa obrera, a pesar de las cargas e incluso ametrallamientos, las manifestaciones no se disuelven, vuelven a reunirse, vuelven a encontrarse con los soldados, y les dicen: «No dispares contra tus hermanos y hermanas», y añaden: «Únete a nosotros». Las dudas comienzan a surgir. Los soldados ya no son los de 1905. Muchos han estado en el frente y han visto lo que supone la guerra. Saben del sufrimiento y hambre de la población, y también de sus madres y hermanos y hermanas. Las dudas empiezan a asaltar las conciencias. También las mujeres jugaron un papel decisivo. Escribe Trotski: «La mujer obrera representa un gran papel en el acercamiento entre los obreros y los soldados. Más audazmente que el hombre, penetra en las filas de los soldados, coge con sus manos los fusiles, implora, casi ordena: "¡Desviad las bayonetas y venid con nosotros!". Los soldados se conmueven, se avergüenzan, se miran inquietos, vacilan; uno de ellos se decide: las bayonetas desaparecen, las filas se abren, estremece el aire un hurra entusiasta y agradecido; los soldados se ven rodeados de gente que discute, increpa e incita: la revolución ha dado otro paso hacia adelante.»

El momento decisivo ha llegado. Se organizan mítines a las puertas de los cuarteles. En algunos los oficiales logran disolver a la masa obrera, en otros no se atreven. Al caer la noche, se rebela el regimiento Pavlovsky. En las primeras horas de la mañana del 27, los oficiales del regimiento Volynski intentan movilizar sus tropas contra los trabajadores. Los soldados se niegan a marchar. Frente a las amenazas de los oficiales, un sargento dispara contra un comandante; en el tiroteo mueren varios oficiales. Con esos disparos, los soldados del Volynski se unen a la revolución: sólo su victoria podrá salvarlos de la horca. Copiando la táctica de las obreras y obreros, se dirigen al resto de cuarteles para animarles a unirse a la lucha de todo el pueblo. Las condiciones estaban maduras, sólo encontraron oposición en algunos oficiales. La insurrección ha triunfado. Las obreras y obreros, toda la clase trabajadora, los soldados, en su mayoría campesinos con uniforme, han vencido. Es el fin de una monarquía, de supuesto origen divino, de más de 300 años de existencia que apenas logra encontrar fuerza social o armada que la defienda.

La emancipación de la mujer

En febrero (marzo) de 1917 las mujeres iniciaron la revolución y, sin embargo, en la memoria ha quedado poco reconocimiento de sus hazañas. Ni siquiera entre los dirigentes de la revolución se recuerdan los nombres de Alexandra Kolontai o de Nadiezna Krupskaia, mujeres que ocuparon un puesto dirigente durante el proceso revolucionario o en el gobierno soviético. Las obreras de Petrogrado simbolizaron con su acción también una ruptura con su opresión específica como mujeres, y la revolución reconoció de inmediato que las grandes transformaciones sociales y políticas serían incompletas sin lograr la plena emancipación de las mujeres.

Desde febrero a octubre de 1917, participaron en el movimiento revolucionario y se organizaron autónomamente en la defensa de sus propias reivindicaciones. Sirva como ejemplo que en los días previos a la insurrección de octubre (noviembre) se reunió una conferencia de mujeres representantes de 50.000 trabajadoras de toda Rusia. Para las mujeres la victoria de la revolución era también el primer paso para su emancipación. En esa época, las leyes zaristas declaraban que la mujer debía «obedecer a su marido como cabeza de familia, ser amante y respetuosa…»; no podía tener pasaporte o trabajar sin el consentimiento del marido; el divorcio estaba en manos de la Iglesia, o sea, prácticamente no existía; el marido se convertía incluso en dueño de cualquier herencia que recibiera la mujer; en las fábricas, las mujeres debían soportar jornadas agotadoras cobrando menos que los hombres y sin ninguna protección por la maternidad. En el campo, la situación aún era peor, la mujer campesina era casi una esclava, del trabajo y del hogar.

El gobierno surgido de la Revolución de Octubre estableció leyes que permitían o hacían posible la igualdad política y social de la mujer. Se estableció el derecho al voto y a ser elegidas para cargos públicos; se legalizó el derecho al divorcio y la igualdad absoluta ante la ley entre marido y mujer, se acabó con la dominación legal del marido y las mujeres podían elegir sus propios apellidos; se legalizó el aborto; se abolieron las leyes en contra de la homosexualidad; se legisló a favor de la igualdad del salario entre hombres y mujeres; se aprobó la licencia por maternidad de 4 meses antes y después del alumbramiento, la gratuidad del cuidado de los niños y medidas para la protección en el trabajo para las mujeres embarazadas. Puede que hoy algunas de estas medidas no parezcan extraordinarias, pero en los inicios del siglo XX, y más en la atrasada Rusia, cambiaron radicalmente las bases sociales de la opresión de la mujer.

No obstante, una cosa son las leyes y otra la dura realidad. No es este el lugar para profundizar en los déficits, errores y retrocesos que la emancipación de la mujer sufrió en la Rusia soviética. Digamos sólo que se quebró la esperanza de que el desarrollo económico facilitaría la igualdad real, que no fue capaz de imponerse a la realidad de un país atrasado y aislado por el fracaso de la revolución en el resto de Europa; y que posteriormente se encontró con la reacción social que a partir de los años 30 representó el estalinismo, especialmente en el ámbito de los derechos de la mujer (prohibición del aborto, enaltecimiento de la mujer como madre, limitaciones al divorcio, etc.). Estudiar y recuperar las experiencias de la emancipación de la mujer en el proceso revolucionario pueden ser útiles para el actual proceso de su liberación. Las tendencias de la sociedad, hacia adelante o hacia atrás, tienen siempre su línea más sensible en el reconocimiento de los derechos de la mujer, no sólo legales sino también en el establecimiento de las bases materiales para lograr la igualdad real.

Alexandra Kolontai, una de las revolucionarias rusas que más trabajó y luchó por la igualdad, se imaginó así el futuro: «1. Igualdad, con la desaparición de la poderosa autosuficiencia masculina y de la sumisión servil de la mujer. 2. Reconocimiento mutuo y recíproco de los derechos y desaparición de los sentimientos de propiedad. 3. Sensibilidad fraterna, junto con un arte que permitirá la asimilación y comprensión de las transformaciones psíquicas que se reproducen en el alma del amado».


La paradoja de febrero

Bastó el levantamiento de la población de Petrogrado para acabar con el zarismo. Moscú, la segunda ciudad de Rusia en ese momento, se unió cuando el triunfo ya estaba asegurado y así fue también en el resto del país. No hay ninguna duda del carácter de clase de la revolución. Un economista liberal de la época, Tugan Baranovski, lo explicó con precisión: «No fueron las tropas, sino los obreros quienes iniciaron la insurrección; no los generales, sino los soldados quienes se personaron ante la Duma (Parlamento ruso). Los soldados apoyaban a los obreros no porque obedecieran dócilmente las órdenes de sus oficiales, sino porque (…) sentían el lazo que les unía a los obreros como una clase compuesta de trabajadores, como parte de ellos mismos. Los campesinos y los obreros: he ahí las dos clases sociales a cuyo cargo ha corrido la revolución rusa». Otra de las complejidades del movimiento revolucionario consiste en entender por qué si las fuerzas que lucharon tenían un contenido de clase tan determinado, el poder acabó, en primera instancia, en manos de la burguesía, que nada había hecho para acabar con el zarismo. A menudo, las revoluciones no son capaces de expresar una relación directa entre las clases sociales y el poder. En todo movimiento revolucionario las clases trabajadoras y los campesinos, los estudiantes o los soldados han sido la base movilizada de los procesos revolucionarios, pero, en la mayoría de las ocasiones, al vencer, algún sector de la burguesía o la pequeña burguesía les ha arrebatado lo que habían conquistado en la calle.

En febrero de 1917, los burgueses temían más a las masas que al zarismo, con el que habían establecido estrechos lazos. En los primeros días de la revolución intentaron buscar un acuerdo con el zar, y cuando vieron que era imposible, intentaron mantener el zarismo eligiendo a su hijo o, como regente, a un hermano del zar. Era tanta su desesperación que a Miliukov, el dirigente del partido de la burguesía, no le importaba decir: «Uno de ellos es un niño enfermo y el otro un hombre completamente tonto», pero que lo importante era salvar a Rusia, o sea, sus negocios.

En los mismos días, incluso en el mismo edificio (el palacio de la Duma) donde los burgueses suspiraban por la continuidad del zarismo, se formaba el soviet, el organismo que representaba legítima y directamente a las masas trabajadores. Los soviets surgieron en la revolución de 1905, y desde entonces formaron parte del imaginario de la clase trabajadora. Su formación fue un hecho natural, impulsado y aceptado por todas las tendencias políticas del movimiento obrero como expresión de la huelga general y la insurrección. Al principio fue una coordinación de dirigentes políticos y representantes reconocidos de la clase trabajadora, pero inmediatamente se procedió a la elección de representantes directos en las fábricas, barrios y cuarteles. En la práctica, los soviets empezaron a ejercer el poder, eran los únicos organismos reconocidos por la población. Un diputado del bloque burgués recuerda: «El soviet se apoderó de todas las oficinas de Correos y Telégrafos y de la Radio, de todas las estaciones de ferrocarril, de todas las imprentas, de modo que, sin autorización, era imposible cursar un telegrama, salir de Petrogrado o escribir un manifiesto». Un representante del zarismo les dice a dirigentes de la izquierda: «El poder está en vuestras manos; nos podéis mandar detener a todos nosotros». Y, sin embargo, el Gobierno Provisional que surge de la Revolución de Febrero está encabezado por los burgueses.

La paradoja consiste en que los socialistas moderados, los mencheviques, que en ese momento tienen la confianza de la mayoría trabajadora, consideraban que la revolución que derrocara al zarismo debía ser «una revolución burguesa», limitarse al reconocimiento de las libertades y a algunas reformas. Esa visión escolástica de que el desarrollo de la sociedad está predeterminado y debe seguir unas etapas fijadas de antemano no encajaba con la evolución de la sociedad, y menos aún con el estallido de la guerra imperialista. Las masas trabajadoras habían realizado la revolución; no confiaban en los partidos burgueses y empezaban a construir sus organismos de gobierno (los soviets), y los socialistas moderados dejaban al margen la solución de los graves problemas de la guerra, la república, la tierra, la jornada de ocho horas, etc. para dar el poder a los burgueses. Paradojas de los procesos revolucionarios. Serán necesarios unos cuantos meses para que la experiencia convenza a las masas trabajadoras de que deben tomar el destino en sus propias manos, adueñarse del poder para lograr la paz, repartir la tierra, ejercer todos los derechos democráticos e iniciar el camino hacia el socialismo.

Lenin, que todavía no había podido viajar a Rusia, escribió en sus Cartas desde lejos: «La revolución fue obra del proletariado (…) exige pan, paz y libertad; exige una república y simpatiza con el socialismo (…) (los burgueses) quieren burlar la voluntad, o los anhelos de la inmensa mayoría de la población» Ante los supuestos disturbios y anarquía, Lenin insistía: «Los obreros quieren una república, y una república es un gobierno más "de orden" que la monarquía (…) Son precisamente los capitalistas quienes introducen la anarquía y la guerra en la sociedad humana».

Atraso en derechos

Las condiciones de las mujeres en la España de 1917 no eran mejores que las de Rusia bajo el zarismo. La mujer necesitaba la autorización del marido para cualquier iniciativa; firmar contratos, realizar compras, ni siquiera podía vender propiedades que fueran suyas por herencia de padres, etc. El Código Penal imponía duras sanciones para aquellas esposas que insultasen o desobedeciesen al marido. Las mujeres no tenían derecho al voto, ni existía el divorcio, ni mucho menos el derecho al aborto. La influencia de la Iglesia Católica en todos los ámbitos de la vida social y política impuso condiciones terribles a las mujeres. En esa época, el 70% de la población femenina es analfabeta, frente a un 55% de los hombres. En 1910, unas 729.628 mujeres reciben enseñanza, lo que supone el 23’6% de aquellas que se encontraban en edad de hacerlo Hasta 1910, no se les reconoce el derecho a la educación superior. La primera catedrática, la escritora Emilia Pardo Bazán, lo es en 1916. En 1919 sólo hay 300 universitarias en toda España.

En el ámbito laboral la situación no era mejor. La neutralidad española facilitó durante los primeros años de la guerra un desarrollo industrial y comercial muy importante. De 1910 a 1918, el número de mineros pasó de 90.000 a 133.000; el de metalúrgicos de 61.000 a 200.000; en el textil de 125.000 a 213.000 y en los transportes de 155.000 a 212.000. (Juan A. Lacomba. La crisis española de 1917) Eso representó también una importante incorporación de la mujer, difícil de cuantificar porque en muchos casos se trató de empleo irregular. Las mujeres eran mayoría en el sector del textil, cuero, o alimentación, y su presencia era notable en sectores muy masculinizados. Por ejemplo, a principios de siglo, el 10% de la plantilla del carbón en Asturias eran mujeres; también el 7% en la minería de hierro de Vizcaya y en las minas de plomo de Córdoba, por lo que es fácil deducir que en 1917 su presencia debía de ser mayor. Se ocupaban del acarreo y del machaqueo del mineral en superficie y de otras ocupaciones complementarias. Su sueldo, sin embargo, solía ser un 50% inferior al del hombre; se consideraba que formaba parte del complemento salarial del hombre y poquísimas, si había alguna, ocupaban puestos de responsabilidad. Para minusvalorar el peso de la mujer en el mundo del trabajo, las campesinas, como las empleadas del hogar, muy numerosas en las ciudades, apenas existen en las estadísticas.

Durante el primer decenio del siglo se fundan las primeras asociaciones de mujeres, socialmente muy diferenciadas, las que tienen un origen socialista o anarquista y las que son iniciativa de mujeres de clase media. Todas defienden la mejora de las condiciones de vida y de reconocimiento social de las mujeres, aunque con perspectivas sociales y políticas diferentes. Debido al atraso económico y social español y al peso de la Iglesia Católica existe un evidente retraso con respecto a otros países en la lucha por los derechos de las mujeres. Hasta mayo de 1921 no se celebra la primera manifestación a favor del sufragio femenino.

España, Huelga General de 1917.

El año 1917, representó también un cambio de tendencia en la lucha y en la incorporación de las mujeres. En febrero, Alemania decide un bloqueo general de los puertos europeos que afecta enormemente a la economía española. Las importaciones y exportaciones marítimas quedan seriamente dañadas y afectan a casi todos los sectores productivos. Empieza el final de la «alegría» económica. La guerra había ensanchado aún más la desigualdad entre las clases. Para mantener el trabajo, para comer, para criar a los hijos, para poder vivir habrá que luchar, y muchas mujeres ya han ocupado su lugar en la fábrica y en la sociedad. Para la mayoría de ellas, la participación en la huelga general de agosto de 1917 será su prueba de fuego social, pero también de exigencia de sus propios derechos. Ese año, confluyen diferentes crisis: las protestas de la oficialidad del Ejército (Juntas de Defensa); el conflicto que se agudiza con Cataluña (Asamblea de Parlamentarios opuesta al bipartidismo) y una huelga general revolucionaria convocada por UGT y CNT. A diferencia de lo que ese mismo año sucede en Rusia, en nuestro país cada una de esas crisis irá por separado y eso retrasará el hundimiento de la monarquía hasta 1931. Las obreras rusas iniciaron la revolución para acabar con el zarismo y conquistar sus derechos como mujeres, incluso los más mínimos. En España, también se tuvo que echar a la monarquía para que se reconocieran los derechos de las mujeres.

Años antes, Teresa Claramunt, una de las pioneras anarquistas organizadora de las mujeres trabajadoras lo expresó así: «Ya lo ves, mujer proletaria, nuestros hijos no inspiran a nadie ningún sentimiento noble. Nosotras, las mujeres obreras, no per-tenecemos al sexo débil, ya que esos sietemesinos consideran muy natural que recaiga sobre nosotras el trabajo pesado de las fábricas. No pertenecemos tampoco al sexo bello, porque nuestros cuerpos destrozados no les despiertan el sentimiento de justicia. (…) Nada de eso ven. Ya lo sabéis, obreras, en la sociedad actual existen dos castas, dos razas: la de nosotras y nuestros compañeros y las de esos zánganos con toda su corte. No tendremos pan, ni dicha, ni vida, ni segu¬ridad para nuestros seres queridos y para nosotras, hasta que desaparezca del todo esa maldita raza de parásitos. ¡A trabajar, pues, proletarias; nuestra dignidad y nuestro amor lo exige!».

26/02/2017


* Miguel Salas: sindicalista, miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.

sábado, 4 de marzo de 2017

Opus Dei, ¿Obra del diablo?


Jaime Galarza Zavala

Dentro de la Iglesia Católica hay una secta denominada Opus Dei, nombre que se traduce por 'Obra de Dios', a la cual sus adictos la llaman simplemente 'La Obra'. Pues bien, esta secta fue fundada en 1928 por el sacerdote español José María Escrivá de Balaguer, con el celestial objetivo de producir santos en masa, los mismos que los reclutaba entre jóvenes de las clases ricas, aristocráticas, dominantes, con el propósito de encumbrarlos al poder político.

Desde su fundación las características de esta organización fueron el fanatismo, el secretismo y el sectarismo, orientados hacia el servicio a la ultraderecha para sojuzgar material y espiritualmente a los pueblos. Varios ejemplos lo demuestran, siendo el más notable el maridaje del Opus Dei con el régimen fascista de Francisco Franco, tenebrosa dictadura que tiranizó a España por cuarenta años, asesinó, encarceló y lanzó al exilio a miles de hombres y mujeres. El gran poeta Federico García Lorca fue fusilado por una milicia fascista, mientras al sabio Miguel de Unamuno le gritó el general Millan Astray «¡Abajo la inteligencia, viva la muerte!».

En nuestra América figuras del Opus Dei estuvieron siempre de lado de las más sanguinarias y corruptas dictaduras, lo mismo con Pinochet en Chile que con Videla en Argentina.

¿Y en el Ecuador? El personaje del Opus Dei más conocido es el exarzobispo de Guayaquil, Antonio Arregui, sostén apasionado de León Febres-Cordero, para cuyo monumento presidió el comité montado en Guayaquil por la oligarquía y fungió de tesorero del mismo. Los crímenes de lesa humanidad y el latrocinio cometidos en montón por el febrescorderato fueron bendecidos por este altísimo dignatario del Opus Dei.

¿Y ahora, cuál es la estrella más brillante del momento? Pues nada menos que Guillermo Lasso Mendoza, quien años atrás se vanagloriaba públicamente de ser parte de esta secta, aunque ahora, de candidato presidencial, ha optado por silenciar esta oscura faceta de su historia, para evitar que los electores particularmente la juventud le interroguen acerca de esta turbia y oscura militancia, que se une a su faz de banquero causante, entre otros, del feriado bancario que decretó Jamil Mahuad y que lanzó al hambre y al exilio a incontables millones de ecuatorianos.

¿Obra de Dios u obra del diablo? Júzguelo usted, indulgente lector. Y no olvide, de paso, que este banquero, aparte de ser superministro de Economía con Mahuad, fue embajador viajero (itinerante) de Lucio Gutiérrez, y antes se desempeñó como Presidente de la Comisión de Tránsito del Guayas, durante el gobierno de Fabián Alarcón, símbolo de la más desvergonzada corrupción que se instauró en 1997 bajo el golpe de Estado capitaneado por Paco Moncayo y los socialcristianos, con la desembozada anuencia del embajador norteamericano Leslie Alexander.

EL TELÉGRAFO
02 marzo 2017

martes, 28 de febrero de 2017

Activismoterapia


La participación política como terapia

Diego Díaz

En un documental sobre los indignados de la Plaza Syntagma de Atenas una mujer que participa en el movimiento dice a la cámara que, aunque suene mal decirlo, nunca ha sido tan feliz como desde el estallido de la crisis. Pese a la precariedad y las estrecheces económicas, ahora ya no está sola frente al televisor contemplando cómo todo se desmorona, sino que participa, se siente útil y ha multiplicado sus relaciones sociales.

Creo que algo parecido le ha pasado en España a mucha gente desde el 15-M. Muchos ciudadanos han descubierto que acudir a las asambleas, las charlas políticas y las manifestaciones puede ser tan gratificante como el gimnasio, el yoga o las clases de inglés. A pesar de los sinsabores de los inevitables conflictos internos, de la sensación de que nunca somos suficientes para la que está cayendo y de lo tediosas que pueden llegar a ser las interminables reuniones semanales, la «activismoterapia» rebaja la sensación de impotencia. Desahoga, canaliza la frustración y nos conecta con otros seres humanos con las mismas preocupaciones, esperanzas e ilusiones que nosotros. Puede unir a las parejas que la practican juntos más que un crucero romántico por el Mediterráneo y permite reencontrarse en la lucha a padres e hijos que hacía tiempo que no tenían mucho que decirse en las comidas y cenas familiares.

Quizá desde los tiempos de la Transición no había tantas personas dedicadas al activismo en nuestro país. El maestro Guillermo Rendueles suele decir que uno de los mayores éxitos del neoliberalismo en sus décadas de mayor apogeo cultural fue precisamente despolitizar a la sociedad y aislar los problemas colectivos, convirtiéndolos en problemas individuales que allá cada uno se apañase en la consulta del médico y con una buena dosis de antidepresivos.

Frente a la interiorización de la culpa y de la condición de perdedor como algo natural, la resistencia de los de abajo siempre ha pasado por romper el aislamiento que nos separa de nuestros iguales y convertir el sufrimiento individual en fuerza colectiva que impugne el relato oficial de los gobernantes. Recordemos que en inglés sindicato es sencillamente union. Y es que unirse a otros semejantes para luchar puede ser mucho más terapéutico que los consejos del mejor psicólogo, psiquiatra, coach o maestro yogui. En un espléndido libro sobre las trabajadoras de IKE en el Gijón de la desindustrialización, Rendueles se refiere a ellas como un grupo de terapeutas silvestres, y apunta los indudables beneficios de la lucha sindical para la salud mental, frente a aquellas otras muchas obreras de la fábrica que optando por la salida, teóricamente más racional, de aceptar la indemnización y marcharse a sus casas, terminaron entrando en un itinerario de depresión y medicalización.

El apoyo mutuo, no solo material, sino también psicológico y emocional, está en el ADN de todos los movimientos sociales: desde los colectivos de gays y lesbianas al movimiento obrero. Nos quieren en soledad, como dice la canción de Nacho Vegas, pero además avergonzados por pecados que no son nuestros. En los años noventa el colectivo Madres unidas contra la Droga politizó el sufrimiento de muchas mujeres que padecían en solitario la adicción de sus hijos y el estigma de «malas madres». Las madres contra la droga comenzaron pidiendo más medios sanitarios para atender a sus hijos y menos policías para reprimirlos, y terminaron denunciando que la situación de los toxicómanos tenía unos claros culpables políticos y económicos que al contrario que sus hijos nunca terminaban en prisión.

Hoy las asambleas de parados, de afectados por las preferentes o las de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca representan esa mezcla de espacio de lucha y de terapia colectiva que históricamente han sido los movimientos populares. Frente a la vergüenza y la culpabilidad, la PAH ha venido politizando el sufrimiento individual de miles de familias, salvándoles no solo de perder su casa, sino también su cordura e incluso su vida. Ante un relato oficial de la crisis en el que no hay más culpables que unos ciudadanos irresponsables y derrochadores que han «vivido por encima de las posibilidades», la PAH nos ha explicado que el origen del problema no está en una suma de decisiones erróneas, sino en todo un sistema económico que hizo de un derecho básico como la vivienda un negocio más.

En un contexto marcado por la demolición de los derechos sociales más básicos y la desfachatez de unos líderes que han saqueado lo público, y encima nos toman por estúpidos, el sistema está haciendo de la activismoterapia no ya una opción más, sino la única alternativa que nos queda para no caer en la resignación, el cinismo o la emigración, vete tú a saber dónde.

20/01/15