jueves, 17 de enero de 2019

El fin de las cucarachas


La entomología nos dice muchas cosas. Nos dice que somos una especie asesina pero también nos advierte de que estamos construyendo nuestra propia tumba

Por GUSTAVO DUCH

Como preparación a mis estudios de veterinario, de bien jovencito practiqué 6 o 7 veranos la ciencia de la entomología. Aún conservo en la casa del pueblo la caja con las mejores piezas. Clavados con sus agujas entomológicas debe de haber una decena de ejemplares de mantis religiosas de diferentes tamaños y colores pero todas en su posición de rezo; de escarabajos con cuernos de rinoceronte y con cuernos de ciervo; abejas y avispas; y varias libélulas con sus alas extendidas para contemplar su belleza. Tiempo después cuestiono esta práctica que, «por el bien de la ciencia», supuso la muerte de 100 o 200 individuos, pero reconozco que la disfruté mucho, saliendo todas las tardes cargado de artilugios para la observación y captura de insectos, de los cuales llevaba un registro y unas fichas descriptivas bastante trabajadas. La afición me llevó a visitar con cierta asiduidad la famosa tienda 'El Taxidermista' en la Plaza Real de Barcelona, donde se podía encontrar todo el material necesario así como algunas muestras de insectos grandes y exóticos de otros países. Les tomé cariño a los invertebrados, incluso a las cucarachas.

Les hablo de cuarenta años atrás, tiempo corto desde el punto de vista geológico, pero que nos permite, empíricamente, sacar muchas conclusiones. No es que estén desapareciendo las abejas, es que estamos acabando con todos los insectos. Yo mismo, recorriendo los mismos lugares de mi infancia, este verano solo he visto una mantis religiosa. Hace mucho que no tropiezo con ningún escarabajo rinoceronte y mi hija y mi hijo, con más de 20 años, solo han visto luciérnagas en un par de ocasiones. Y en el piso de Barcelona, ya ni recuerdo cuántos años han pasado sin la presencia de las repelentes cucarachas.

He querido contrastar estas observaciones personales buscando información. Efectivamente, son muchos los estudios y artículos que hablan del «apocalipsis de los insectos». A los más numerosos, que hablan de la desaparición de las abejas, podemos añadir estudios en Estados Unidos, donde han podido tasar, por ejemplo, en un 90% el descenso de la población de mariposas monarca en los últimos 20 años; o un tipo de abejorro endémico en 28 estados, el abejorro parcheado, que ha descendido en un 87% también en los últimos 20 años. En Alemania, un estudio de 2017 explica que las poblaciones de insectos voladores en reservas naturales han descendido en más del 75% en un periodo de 27 años de estudio. Cifras de 75, 80, 90% son gravísimas, casi definitivas, que se repiten en muchos otros casos de insectos que, no olvidemos, son el 70% de todas las especies animales.

En los diferentes informes que he podido leer, las causas de la desaparición de los insectos coinciden. De hecho, coinciden también con mi propia experiencia. Los hábitats naturales de todo el mundo están cada vez más degradados y cada vez son más reducidos, como los lugares donde cacé las mantis religiosas, hoy es una urbanización perfectamente cuadriculada y cementada, solo con algunos árboles dispersos. Las pozas reducto de las libélulas ya están secas. Y mis admirados escarabajos, seguro, que han sido víctimas de la segunda gran causa de la extinción animal en el planeta: el uso indiscriminado de todo tipo de pesticidas en las prácticas de la agricultura industrial. Entre ellos, sus asesinos más eficaces, los insecticidas organoclorados, organosfosforados, piretroides o neonicotinoides, elaborados y vendidos por multinacionales bien conocidas como Syngenta o Bayer.

La entomología nos dice muchas cosas. Nos dice que somos una especie asesina pero también nos advierte de que estamos construyendo nuestra propia tumba. Quien nos observe en un futuro, solo dispondrá de algunos especímenes de humanos disecados y clavados en bonitas cajas de madera. Es evidente que necesitamos las abejas y otros insectos para polinizar nuestros campos de cultivo; es evidente que los insectos están en la base de la cadena trófica y que de ellos depende, por ejemplo, todas las aves insectívoras, pero es que hasta la repudiada cucaracha es vital para la vida en el Planeta...

Como he podido leer, el profesor Srini Kambhampati, titular de una cátedra de biología de la Universidad de Texas, explica que en la Tierra viven de 5.000 a 10.000 especies de cucarachas y son también una fuente importante de alimento para muchas aves y pequeños mamíferos como ratones y ratas. A su vez, estos depredadores son el alimento de otros animales como gatos, coyotes, lobos y reptiles, así como para las águilas y otras aves rapaces. Además, la mayoría de las cucarachas se alimentan de materia orgánica en descomposición, que contienen gran cantidad de nitrógeno. Vamos, que son unas basureras que limpian los bajos fondos de las casas de cualquier resto orgánico, y que posteriormente liberan por sus heces el nitrógeno que en la tierra es esencial para el crecimiento de las plantas.

Las cucarachas, ¿nos sobrevivirán?

Aunque como les decía al principio, yo he dejado de ver cucarachas, no tengo datos claros sobre la amenaza de extinción de esta especie, pero no debería extrañarnos que pronto tengamos que incluirla en el catálogo.

Es cierto que la cucaracha puede vivir un mes sin comer, que incluso vive un tiempo con la cabeza separada del cuerpo. Es cierto que una cucaracha con el nombre de Nadezhda fue enviada al espacio por científicos rusos durante la prueba de Fotón-M, y que incluso fue capaz de parir en el espacio. No es leyenda sostener que las cucarachas son (casi) inmortales. Es cierto, como narró Gabriel García Márquez, que las cucarachas pueden sobrevivir a un holocausto nuclear, y «que los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, sólo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos; la creación habrá terminado; en el caos final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas». Incluso podemos dar por buena la afirmación de Mohinder Suresh que «son las cucarachas, y no los humanos, la cima de la evolución».

Pero lo que ya no sé si será realidad es la explicación de Richard Morris en favor de la adaptabilidad de la cucaracha frente la fragilidad del ser humano: «Aunque el género Homo sólo tiene dos millones de años de existencia, ya dispone de la capacidad para destruirse a sí mismo. (...) Ni tan siquiera lograremos probablemente emular la trayectoria de la cucaracha, que viene evolucionando desde hace aproximadamente 250 millones de años.» O la de Madonna, que dijo: «Soy una superviviente. Soy como una cucaracha, no puedes simplemente deshacerte de mí.» Mucho me temo que, al ritmo de agricultura industrial, pesticidas y desruralización de la vida, las inmortales cucarachas, y todos los insectos van a desaparecer antes que su cucarachicida, el ser humano.

2 enero 2019

viernes, 11 de enero de 2019

Microbios en la niebla

DESCUBRIENDO EL PAPEL
DE LOS MICROBIOS EN LA BIOSFERA

R. GUERRERO y M. BERLANGA

Hasta alcanzar el conocimiento actual sobre la historia de la Tierra y de la vida, muchas hipótesis han intentado explicar lo que tal vez sucedió en los orígenes. Durante mucho tiempo los humanos creyeron que nuestro planeta era el centro del universo y que desde el principio había ido preparándose para albergar la vida en su seno. Una vida cuya máxima representación iba a ser nuestra especie; una preparación cuya máxima gestación no pasaba de seis días. Y aunque ahora sabemos que nuestro planeta es un punto azul minúsculo perdido en un espacio inmenso, mantenemos la idea de que fueron las características especiales (constitución química, posición en el espacio) de la Tierra las que permitieron que la vida se originase aquí y no en otros lugares.

Una trémula luciérnaga viajera

Nuestro Sol empezó su existencia hace unos 5.000 millones de años. Desde entonces, gira alrededor de la Vía Láctea en una órbita casi circular y tarda en hacerlo unos 226 millones de años. El Sol tiene pequeños cuerpos no luminosos que giran a su alrededor; son los planetas. En el que ocupa la tercera posición a partir del centro, la Tierra, se distingue claramente de sus vecinos: tiene una atmósfera alejada del equilibrio y produce luz propia debido a los grandes incendios de bosques, o la luminosidad de las ciudades. Cada año da una vuelta a su estrella. Pero un año no es mucho para la vida de una persona. Ni 226 millones de años, para la de la Tierra. La biosfera es muy antigua; la Tierra «viva» tiene aproximadamente 3.800 millones de años, «sólo» 750 millones de años menos que el propio planeta. El origen de la vida, o biopoyesis, pudo haberse producido en nuestro planeta, quizás varias veces, poco después de que hubiera agua líquida. Si la biopoyesis se produjo en Venus y Marte en algún momento de su historia «geológica», tal vez no continuó en ninguno de ellos. Lo que hizo posible el mantenimiento de la vida en la Tierra fue el desarrollo de los ecosistemas, o ecopoyesis, que evitó el agotamiento de los elementos biogénicos de la superficie del planeta, cosa que habría ocurrido en un tiempo máximo de 200 o 300 millones de años y que habría provocado la extinción primigenia de la vida. Desde entonces, el establecimiento de las cadenas tróficas, en el que los productos del metabolismo de unos organismos sirven de nutrientes para otros, permite el reciclado de la materia. La actividad de estos ecosistemas determinó la evolución posterior del planeta, que hasta hace aproximadamente 1.800 millones de años tuvo como únicos habitantes los procariotas (Guerrero, 1998). La vida es una fuerza geológica y actúa sobre el planeta de manera que las condiciones ambientales necesarias para el mantenimiento de la misma vida sean «estables» (adecuación de la temperatura, de la composición química de los suelos y de las proporciones de gases presentes en la atmósfera). Eugene Odum (1913-2002) apoyó la idea de la biosfera como un sistema homeostático formado por componentes vivos. La vida puede ser una ineludible consecuencia de la evolución planetaria, una continuación del desarrollo físico del Universo (Guerrero et al., 2002). Sabemos que hay vida en la Tierra «algunos dicen que hasta inteligente»; sabemos que no hay vida en la Luna; el siglo XXI nos dirá si hay vida, o la hubo, en nuestros vecinos más cercanos del sistema solar, como Marte, Venus, Europa (luna de Júpiter) o Titán (luna de Saturno).


Contribución de los microorganismos a la biología

The Microbe's Contribution to Biology (Harvard University Press, 1956) es el título del libro de Albert Jan Kluyver (1886-1956) y Cornelis Bernardus van Niel (1897-1985) basado en las conferencias «John M. Prather» que estos microbiólogos impartieron en la Universidad de Harvard el mes de abril de 1954. Kluyver es el padre de la bioquímica comparativa, propuso la idea de la unidad bioquímica de la vida y promulgó la utilización de los microorganismos para elucidar las vías metabólicas y las transformaciones energéticas de la materia; en su aplicación supuso que toda la vida estaba conectada por el reciclado de la materia y todos los organismos estaban conectados a través de la red de los ecosistemas.

La continuidad y unidad de la vida que conocemos se pone de manifiesto en la uniformidad de los sistemas genéticos y de la composición molecular que la integran («Lo que es cierto para Escherichia coli lo es también para el elefante», según Jacques Monod [1910-1976]). La vida es químicamente conservadora. La biología molecular muestra de forma convincente que toda la vida actual sobre la Tierra comparte un antecesor común. La vida que conocemos siempre está compuesta de la combinación de compuestos químicos (carbono, hidrógeno, oxígeno, azufre, fósforo y migajas de otros) en una solución acuosa. Las primeras células de nuestro linaje fueron sistemas proteicos limitados por membranas, basados en el ARN y ADN y dotados de autopoyesis (automantenimiento) (Maturana y Varela, 1980). Intercambiaban constantemente sus materiales constituyentes con el medio externo. Daban salida a los residuos a medida que adquirían alimento y energía. Nuestros genes provienen, a través de una secuencia ininterrumpida, de las mismas moléculas que estaban presentes en las células primitivas que se formaron en las orillas de las primeras masas de aguas cálidas y poco profundas.

Existe un lazo íntimo entre la evolución y los organismos. La evolución conecta la vida a través del tiempo y, como en todo proceso evolutivo, los organismos y sistemas posteriores no pueden prescindir de los organismos y sistemas que los precedieron. Las primeras formas de vida eran células procariotas y durante el 85% de historia de la vida sobre la Tierra fueron sus únicos habitantes. Los procariotas (bacterias y arqueas) inventaron todas las estrategias metabólicas que conocemos (Leigh, 2002). Un «error» metabólico, la producción de oxígeno, originó la vida aeróbica; otro estratégico, la endosimbiosis, originó la célula eucariota (con núcleo diferenciado). Ambos «errores» han permitido que la vida adopte formas y dimensiones muy variadas, desde los microorganismos y plantas microscópicas hasta las secuoyas, los grandes dinosaurios, las ballenas o los seres humanos. Las plantas y animales emergieron de un mundo microbiano y mantienen un estrecho vínculo de dependencia con los microorganismos (Guerrero y Berlanga, 2003).

Los seres 'invisibles'

La vida no sólo comenzó con los microorganismos procariotas, sino que la continuidad de la existencia de la vida sobre la Tierra recae inconspicuamente sobre ellos. La ubicuidad de los microorganismos se basa en cinco características principales: (1) su tamaño pequeño, que les permite una gran capacidad de dispersión; (2) su variabilidad que les permite ocupar nichos ecológicos muy diversos; (3) su flexibilidad metabólica, que les permite tolerar y adaptarse rápidamente a condiciones ambientales desfavorables; (4) su plasticidad genética (o gran capacidad de transferencia horizontal de genes), que les permite recombinar y recolectar los caracteres favorables; y (5) su capacidad de anabiosis o «letargo» (con formas no activas), que les permite persistir durante largo tiempo adaptándose a condiciones ambientales cambiantes.

Aunque todos sabemos que las bacterias son pequeñas, la importancia de este «simple» hecho no es siempre apreciado. Dado que el principal papel ecológico de estos organismos es el reciclado de elementos, probablemente no es un accidente que las bacterias sean y hayan permanecido pequeñas durante toda la historia evolutiva de la vida en la Tierra. La velocidad y sentido de las reacciones químicas están profundamente determinadas por la relación entre la superficie y el volumen (S/V) de los reactantes (las células), por lo que las células frecuentemente intentan maximizar esta variable.

Las bacterias, cuyos tamaños celulares oscilan entre 0,5 a pocos micrómetros de diámetro, tienen valores de S/V 100-1.000 veces mayor que la mayoría de las células eucariotas, entre 20 y 100 μm de diámetro. El tamaño de las bacterias básicamente está regido por limitaciones en la difusión de los sustratos (límite superior de tamaño) y por el volumen (acumulado) que ocupan las diferentes moléculas y/o estructuras (límite inferior de tamaño) (Nealson, 1997; Schulz y Jørgensen, 2001). Según esto, las periódicas reclamaciones del «descubrimiento» de procariotas de diámetro inferior a 80-100 nm son difíciles de creer (Tabla 1). El último caso que conocemos (primero a través de los media, que dieron de la noticia una amplia difusión) es el del artículo: «Evidence of nanobacterial-like structures in calcified human arteries and cardiac valves», de Miller et al., 2004). Según los autores (catorce, la mayoría médicos del departamento de cirugía de la Clínica Mayo de Rochester, Minnesota), habían descubierto procariotas de 30 nm de diámetro, responsables de la formación de partículas calcificadas en arterias. Ese tamaño, 30 nm es aproximadamente el que tiene un solo ribosoma eucariótico, 80S (el procariótico, 70S, tiene unos 20 nm).


Según el modelo actual de la «célula mínima» que admitimos (unos pocos centenares de genes, maquinaria sintetizadora de proteínas completa), esas dimensiones mínimas no serían posibles, por mucho que nos empeñemos en añadir el prefijo «nano-» delante de la palabra bacteria. (Nota: incluimos la cita del artículo de Miller et al. [2004] no sólo para que el lector/a pueda juzgar por sí mismo/a, sino para contribuir a aumentar el IF [«impact factor», del Institute for Science Information, Philadelphia, Pennsylvania] del artículo en cuestión, con lo cual llegará a ser muy citado dentro de su año de publicación.)

En la naturaleza, la carencia de nutrientes y la exposición a otros factores abióticos adversos constituyen la norma, más que la excepción. Las condiciones de abundancia y hambruna («feast and famine») y la competencia con el resto de la microbiota en un hábitat resultan habituales. Toda célula consume todo lo que tiene alrededor. El destino de una célula, de una bacteria, de cualquier vida, es reproducirse, ocupar un espacio y agotar el ambiente donde se encuentra. La búsqueda de alimento y el movimiento celular es una propiedad emergente de las primeras etapas de la vida donde, independientemente de lo suculento de la «sopa», la presencia de comensales conducía necesariamente a la oligotrofia y a la hambruna.

En los medios acuáticos está ampliamente extendida la alternancia entre microorganismos en estado planctónico, o movible, y células en estado béntico, o sésil. Los microorganismos sésiles forman biopelículas («biofilms»). Una biopelícula es una asociación compleja de microorganismos, constituida por una o varias especies, unidos a una superficie y embebidos en una matriz de polímeros extracelulares de origen microbiano (Stoodley et al., 2002). Las biopelículas carecen generalmente de productores primarios y dependen de fuentes exógenas para el aporte de materia orgánica. La adhesión de los microorganismos desencadena la expresión de compuestos que favorecen la activación de un gran número de genes. Fenotípicamente, estas células sésiles son distintas de cuando eran o se hacen planctónicas. La formación de la biopelícula es un fenómeno de percepción de quórum («quorum-sensing») (Henke y Bassler, 2004; Parkinson, 2004). Generalmente, cada célula secreta pequeñas cantidades de una «molécula de comunicación» (p.ej. N-acil-homoserina lactona). Cuando se agrega un número suficiente de células (es decir, cuando se ha alcanzado un determinado nivel de densidad poblacional), la concentración de esta sustancia en el medio aumenta, con lo que se activan diferentes genes de cada célula de la población. Los tapetes microbianos son unas biopelículas complejas y multilaminares que constituyen auténticos ecosistemas gracias a la presencia de representantes de tres grupos funcionales: productores primarios (es decir, fotoautótrofos), consumidores y descomponedores. Los tapetes microbianos pueden considerarse ecosistemas en el sentido de que presentan un ciclo de materia casi cerrado, al menos en sentido vertical (eje Z), y una expansión superficial no limitada (ejes X, Y) (Guerrero et al., 2002).

Las bacterias en el interior de la biopelícula, o de los tapetes microbianos, forman una comunidad funcional coordinada. De hecho, las biopelículas se asemejarían a los tejidos formados por células eucariotas en su cooperatividad, y en que están «protegidas» de las variaciones bruscas de las condiciones ambientales mediante el mantenimiento de una «homeostasis primitiva» dentro de la matriz de exopolímeros (Paerl et al., 2000; Des Marais, 2003). Estos polímeros retienen la humedad y los nutrientes, y permiten la formación de microambientes dentro de la matriz, que distribuyen los organismos en función de las condiciones abióticas óptimas o permisivas imperantes. Es importante considerar el valor de esta estrategia en la Tierra primitiva. En los primeros ecosistemas acuáticos las bacterias eran atraídas hacia los nutrientes que se concentraban de forma natural sobre las superficies. El agrupamiento, en ausencia de depredación, hacía que las bacterias estuvieran protegidas de la deshidratación, radiación ultravioleta, dispersión por el movimiento del agua, etc. La selección positiva de las biopelículas en los ecosistemas actuales se pone de manifiesto por el predominio de este modo de crecimiento de células «inmovilizadas» en una matriz de exopolisacárido en todos aquellos ecosistemas que lo permiten. G. Evelyn Hutchinson (1903-1991) observó que los actores (microorganismos) pueden cambiar de un teatro (hábitat) a otro, pero la representación en el escenario (procesos fisiológicos) será igual para la misma obra (un ambiente determinado, unas relaciones específicas). Un ejemplo de esta observación puede comprobarse en la gran variedad de tapetes microbianos estudiados (entre otros, Navarrete et al., 2000; Abed y García-Pichel, 2001; Che et al., 2001; Wieland et al., 2003; Villanueva et al., 2004).

Haciendo 'visibles' los microorganismos

En el descubrimiento de los microorganismos se pueden destacar tres etapas: la etapa microscópica, la etapa patogénica y la etapa ecológica. En la primera, se sabía que los microorganismos existían, que tenían una forma definida en el espacio y que permanecían con el tiempo, pero se consideraban simples «curiosidades» para el intelecto humano. Nos resultaba imposible pensar que aquellas minúsculas criaturas tuvieran alguna función. En la segunda etapa, con los padres de la microbiología, Louis Pasteur (1822-1895) y Robert Koch (1843-1910), se tiene la certeza que los microorganismos son los causantes de las enfermedades infecciosas y los agentes contaminantes de los alimentos y las aguas. En la tercera, con la ecología microbiana, que empieza con las investigaciones pioneras de Martinus Beijerinck (1851-1931), Sergei Winogradsky (1856-1952), los microorganismos y sus actividades cierran el reciclado de la materia en los ecosistemas y por tanto controlan la evolución de la biosfera.

La ecología microbiana se desarrolla como disciplina independiente sólo durante la segunda mitad del siglo XX. El primer libro de texto con el nombre de ecología microbiana (Principles of Microbial Ecology) fue publicado en 1966 por Thomas D. Brock (nacido en Cleveland, Ohio, en 1926). Esta ciencia ha demostrado que los principios ecológicos generales son aplicables a los microorganismos y que estos principios pueden integrarse en los actuales paradigmas ecológicos (Pedrós-Alió y Guerrero, 1994). El estudio de la biodiversidad de un determinado ecosistema (un bosque, un lago, un mar) estaría incompleto sin la inclusión de los microorganismos, ya que ellos contribuyen de manera esencial al funcionamiento global del planeta y al desarrollo sostenible de la biosfera (Schaechter et al., 2004).


Es tarea de la ecología microbiana investigar el papel de los microorganismos en la naturaleza. En el pasado, la ecología microbiana estaba fragmentada en muchas disciplinas distintas, tales como la microbiología del suelo, la microbiología de los alimentos, la microbiología marina, etc. Sin embargo, ahora se intenta integrar todos estos campos en una visión unificada y unificadora. Un ejemplo es la nueva visión de cómo actúan los microorganismos que causan las enfermedades infecciosas; de hecho, se piensa que es un problema ecológico del microbio y su ambiente, del huésped en el caso de la enfermedad (Lederberg, 2003; Hall-Stoodley et al., 2004).

El campo de la ecología microbiana ha experimentado cambios revolucionarios en estos últimos años debido al impacto de las nuevas tecnologías de la biología celular y molecular. Los microorganismos constituyen el principal componente de biodiversidad, pero se requiere unas herramientas (avances tecnológicos e intelectuales) apropiadas para cuantificar esta diversidad, tanto en «modelos» como en las comunidades naturales. La evaluación de la diversidad (microorganismos presentes), de la distribución (heterogeneidad espacial y temporal de las comunidades en su ambiente), y de la actividad (funciones de los microorganismos) han estado limitadas durante muchos años al estudio de la microbiota que puede ser cultivada en el laboratorio (cultivos axénicos). Las técnicas de enriquecimiento y aislamiento de microorganismos establecen unas condiciones ambientales artificiales que sólo permiten el desarrollo de unos pocos microorganismos, los más aptos para este ambiente fabricado. Sin embargo, estas «condiciones» son resultado de la habilidad, persistencia y suerte del investigador (Guerrero et al., 1999). No debe sorprendernos, pues, que la vasta inmensidad del mundo microbiano permanezca incultivable (Stahl y Tiedje, 2002). De las especies actualmente conocidas se estima que se han descrito el 85 al 90% de las de plantas y animales vertebrados, menos del 5% de las de hongos y menos del 1% de las «especies» de procariotas (Schaechter et al., 2004).

La información genética proporciona la vía de acceso a aquellas criaturas que son difíciles de cultivar en el laboratorio. La «secuenciación del mundo microbiano» permitirá descubrir qué microorganismos tienen determinados genes necesarios para un particular ambiente y cómo estos genes les permiten adaptarse a otros hábitats menos usuales. Además, aportará las bases para predecir qué características podría tener un nuevo microorganismo basándonos en las actividades (genes) de sus vecinos. No obstante, la genómica por sí sola no puede representar un cuadro acabado de la realidad biológica. Una de las limitaciones de la aplicación de las técnicas moleculares de muestras ambientales es que los resultados obtenidos por el momento suelen ser cualitativos y no cuantitativos. Aunque obviamente sí que es útil saber qué hay en una muestra, en microbiología es también importante conocer la abundancia relativa de los diferentes organismos. Otro reto de la biología molecular es poder convertir estas «piezas inanimadas de información» (genes) en conocimiento de la actividad celular. La integración de los estudios tradicionales de fisiología y genética con las técnicas modernas de la genómica ofrece la oportunidad de avanzar en el estudio de la evolución microbiana y entender cómo actúan los microorganismos y cómo controlan la biosfera. La única manera de comprender un genoma es mirar dónde vive este genoma, conocer su hábitat natural y comprender el complejo entramado de interacciones bióticas y abióticas. El ambiente es el contexto en el que evoluciona y funciona un material genético, y el que, en el fondo, determina la supervivencia y complejidad del genoma (Stahl y Tiedje, 2002).

Otro aspecto de la ecología microbiana que está en sus inicios es el estudio de las asociaciones microbianas con plantas y animales, o entre microorganismos. Es importante determinar la naturaleza fisicoquímica e interdependencia funcional entre los diferentes organismos implicados en una simbiosis. Sin estas relaciones simbióticas con microorganismos, ninguna planta o animal podría sobrevivir en el ambiente natural. Estamos acostumbrados a seguir el proceso de cambio de alimentación en un bebé, desde que nace hasta que tiene año o año y medio. Pero ¿qué es el progresivo cambio de alimentación? ¿Leche sola, leche y papillas, papillas solas, alimentos sólidos desmenuzados? Sino la lenta incorporación de distintas poblaciones microbianas y el establecimiento de una microbiota intestinal cada vez más parecida a la del adulto.

Los microorganismos, componentes imprescindibles de la biosfera

Dos enzimas esenciales para la vida, la rubisco y la nitrogenasa, son exclusivamente procarióticas y cumplen una función primordial en los ciclos biogeoquímicos. La rubisco (ribulosa bisfosfato carboxilasa oxilasa), es la enzima responsable de captar el CO2 de la atmosfera o del agua y juntarlo a una pentosa, para fabricar nuevo alimento. La encontramos en las bacterias fotosintéticas oxigénicas, en las fotosintéticas anoxigénicas rojas del azufre, en muchos quimiolitotrofos y en unos corpúsculos de la célula eucariótica: los cloroplastos de algas y plantas. Los cloroplastos tienen ADN, ARN y ribosomas propios. Su ADN presenta una homología del 95% con algunos grupos de cianobacterias. Los cloroplastos son cianobacterias que han establecido una endosimbiosis permanente. Sin lugar a dudas, la rubisco es una enzima procariótica que ha pasado a la célula eucariota por endosimbiosis permanente.

Pero la nitrogenasa no ha pasado nunca al mundo eucariótico, ni siquiera por endosimbiosis. La nitrogenasa utiliza el nitrógeno atmosférico para la formación de aminoácidos. Esta enzima sólo funciona en condiciones anóxicas, y es exclusiva de bacterias y arqueas. Los procariotas fijadores de nitrógeno pueden ser de vida libre o formar simbiosis, por ejemplo con plantas leguminosas, o con el aliso (Alnus), o con Coriaria, etc. Otra contribución imprescindible de los procariotas en el ciclo del nitrógeno recientemente observada es la oxidación anaeróbica del amonio (proceso denominado «anamox»). La anamox implica la oxidación de amoníaco con nitrito como aceptor de electrones, obteniendo nitrógeno gaseoso. Brocadia anammoxidans es el organismo que cataliza la anamox mejor conocida (Jetten et al., 2002; Guerrero y Berlanga, 2003).


Los microorganismos son los responsables del reciclado de los elementos esenciales para la vida, carbono, nitrógeno, azufre, hidrógeno y oxígeno, etc. Mediante el reciclado de estos elementos en el suelo, los microorganismos regulan la disponibilidad de nutrientes para las plantas, gobiernan la fertilidad del suelo y el desarrollo de las plantas que sustentan la vida animal, incluida la humana. Los microorganismos son capaces de utilizar nutrientes y otros elementos que otros organismos «superiores» no pueden explotar. Por tanto, suelen constituir la base de la cadena alimentaria en la que las sustancias inertes pasan a la biosfera. Los microorganismos desempeñan un papel fundamental en el reciclado de los gases atmosféricos, como los responsables del efecto «invernadero», que, paradójicamente, por un lado sustentan la vida en nuestro planeta pero, por otro, debido al aumento global de la temperatura ponen en peligro la propia vida (eucariótica).

Los microorganismos son los principales, si no los únicos, responsables de la degradación de una gran variedad de compuestos orgánicos, como la celulosa, hemicelulosa, lignina y quitina (los compuestos orgánicos más abundantes en la Tierra). Si no fuera por la degradación microbiana, toda esta materia orgánica se acumularía en los bosques y sedimentos. Además, los microorganismos son responsables de la degradación de compuestos químicos tóxicos derivados de la actividad antropogénica, tales como los policlorinados bifenilos (PCB), dioxinas, pesticidas, etc.

Las plantas, los humanos y otros animales somos completamente dependientes de la vida microbiana. Más del 90% de las células en nuestro cuerpo son microorganismos; bacterias y hongos cubren nuestra piel, tapizan nuestra boca y mucosas, proliferan en nuestro intestino. Aquí, facilitan una correcta digestión de los alimentos, sintetizan nutrientes esenciales, y estimulan nuestro sistema inmunitario. Su presencia influye en nuestra salud. Los humanos vivimos en un estado dinámico de coexistencia con una miríada de formas microbianas. El cuerpo humano constituye el hábitat exclusivo para muchas comunidades microbianas que interaccionan mutualísticamente con «nosotros», ya que podríamos decir que «nosotros somos nosotros y nuestras circunstancias microbianas». La mayoría de los microorganismos del cuerpo son beneficiosos (nos mantienen sanos), mientras que otros nos provocan efectos adversos (microorganismos patógenos). ¿Es esta relación negativa la que ha marcado nuestro «odio» durante décadas a las bacterias? ¿Por qué en la publicidad de los media, especialmente de la televisión, no aparecen las palabras «microbio» o «bacteria» excepto en el contexto de cuando hay que eliminarlas con el desinfectante tal o son un peligro que hay que evitar con el medicamento tal?

Coda

Todos los seres vivos de la Tierra dependen de la vida procariótica. Los procariotas están presentes en todos los lugares en los que puede existir vida, ocupando un amplio abanico de condiciones ambientales, desde aquellos ambientes en que se dan las condiciones «ideales» para el crecimiento (ideales, obviamente desde el punto de vista de los «macroorganismos»), hasta los ambientes extremos (impensables para las formas «más evolucionadas», es decir, más recientes). Sin el conocimiento de los microorganismos la biología sería mucho más limitada, no sabríamos que hay vida en condiciones de temperatura, salinidad o pH extremas (para nosotros), la fotosíntesis solamente sería aeróbica y oxigénica (cuando fue «inventada» por los procariotas como anaeróbica y anoxigénica) y los seres vivos más longevos (como las secuoyas) no superarían los mil años de edad (que son unas «jovencitas» si las comparamos con los matusalenes de las endoesporas de las baciláceas).

La Tierra es una gran roca en el espacio, pero una roca viva, con múltiples formas cambiantes. Dentro de 5.000 millones de años, nuestro Sol «como le ocurrió a su antecesora, la estrella que nos dio origen» se convertirá en una gigante roja, se expandirá y quemará todos los planetas que tiene alrededor. Ni tan siquiera las bacterias, que desde el origen de la vida han poblado nuestro planeta y han sido capaces de resistir a unas 30 extinciones masivas, podrán escapar a la hecatombe. ¿O tal vez sí? Algunos científicos sospechan que las endoesporas, u otras formas de resistencia de las bacterias, pueden escapar de la Tierra. Polizones en fragmentos de roca disparadas hacia el exterior por el impacto de violentos asteroides, hace tiempo que viajan por el espacio buscando nuevos planetas donde anidar.

Vol 14, Nº 2 – Mayo/Agosto 2005.



  Referencias:
  Abed R.M.M., García-Pichel, F. 2001. «Long-term compositional changes after transplant in a microbial mat cyanobacterial community revealed using a polyphasic approach». Environ. Microbiol. 3:53-62.
  Che LM, Andréfouët S, Bothorel V, y nueve autores más. 2001. «Physical, chemical, and microbial characteristics of microbial mats (KOPARA) in the South Pacific atolls of French Polinesia». Can. J. Microbiol. 47:994-1012.
  Des Marais DJ (2003) «Biogeochemistry of hypersaline microbial mats illustrates the dynamics of modern microbial ecosystems and the early evolution of the biosphere». Biol. Bull. 204:160-167.
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sábado, 5 de enero de 2019

La réplica de un heterodoxo


Por MÁXIMO SANDÍN

(…) En mis experiencias previas en debates sobre evolución siempre he terminado con la convicción de que será imposible, no ya avanzar en algún tipo de conclusión o de llegar a algún acuerdo sino, simplemente, debatir sobre evolución, mientras no exista un criterio común para definir lo que se está debatiendo. El resultado de esta ausencia suele ser una especie de «diálogo de sordos» en el que uno defiende ardientemente el Plan Hidrológico Nacional y otro la continuidad del entrenador de la Selección de futbol. Es decir, casi parece que la labor fundamental (y apremiante) de los estudios sobre evolución es aclarar de qué estamos hablando o, lo que es lo mismo, definir el objeto de estudio. Cabe suponer que habrá alguna forma de llegar a un acuerdo sobre lo que se observa en el registro fósil y en la naturaleza (es decir, lo que encontramos, no lo que buscamos). Lo que observamos son distintos tipos de organización animal y vegetal (invertebrados, peces, tetrápodos, angiospermas, gimnospermas) que «aparecen» de una forma discontinua en los sucesivos estratos geológicos (que han recibido su nombre de las faunas y floras que los caracterizan) y que están delimitados por evidencias de grandes catástrofes naturales. Se trataría, por tanto, de explicar, a la luz de los conocimientos biológicos actuales, cómo se pueden relacionar estos fenómenos con la forma en que se ha podido producir la evolución de los seres vivos.

El papel de los retrovirus

Comencemos por los tipos de organización. Parece evidente que las diferencias morfológicas se han de producir por cambios en la morfogénesis, es decir, en el desarrollo embrionario. Hoy sabemos (hace tiempo que sabemos) que el desarrollo embrionario es un proceso extremadamente interconectado y jerarquizado en el que un cambio en cualquiera de sus etapas afecta en cascada a todas las subsiguientes y, por tanto, al patrón general del organismo, y este cambio será mayor cuanto más temprana sea la etapa afectada. Esto quiere decir que un cambio estructural significativo no puede producirse gradualmente mediante acumulación de pequeños cambios en características superficiales producidas en etapas finales del desarrollo. De hecho, existen evidencias experimentales sobre el cambio brusco de organización de miriápodo a hexápodo por la inactivación de proteínas Hox. Y no estamos sólo de cambio en el número de extremidades, sino de organización general. En cuanto a los procesos responsables de estos cambios, tenemos datos muy recientes y abundantes que nos dan una idea de cómo están implicados en los cambios evolutivos. El desarrollo embrionario en animales y plantas está controlado por unos conjuntos de genes/proteínas denominados homeoboxes, en los que los genes están organizados en forma de secuencias repetidas en tándem. Sabemos que los responsables de las repeticiones del ADN son los retrotransposones, elementos móviles capaces de hacer copias de sí mismos y cuyo origen resulta aplastantemente evidente que está en retrovirus que han perdido, en mayor o menor medida, los genes codificadores de la cápsida. Unos retrovirus que, por otra parte, son extremadamente abundantes en los genomas de los seres vivos en forma de retrovirus endógenos (ERs), cuyas proteínas participan en gran cantidad de procesos tan importantes como puede ser la placentación. Tanto los elementos móviles (y las secuencias repetidas) como los virus endógenos, que constituyen la mayor parte de los genomas, se pueden activar experimentalmente mediante agresiones ambientales y los últimos estudios derivados de la secuenciación de genomas animales y vegetales han puesto de manifiesto que los grandes (y súbitos) cambios de organización que se observan en el registro fósil y que están asociados con grandes disturbios ambientales, coinciden con duplicaciones a mayor y menor escala y reorganizaciones genómicas. Es decir, por fin tenemos fenómenos verificables experimentalmente que pueden explicar lo que vemos en el registro fósil.


Binomio genes-entorno

En cuanto a la forma en que se transmite la información genética, está resultando de una complejidad tan sorprendente como inabarcable. La información no se encuentra depositada en el ADN, sino que es producto de la interacción de ADN, ARN y una enorme cantidad de proteínas, y depende de multitud de factores entre los cuales los más importantes son el resto del genoma y el ambiente celular (dependiente, a su vez, del ambiente externo). Es decir, los genes son parte de un circuito que es el verdadero responsable de la información. Un parte muy importante, pero no más que el resto.

Todo esto (todos estos datos) nos conduce necesariamente a una conclusión: los términos y los conceptos de la genética de poblaciones (y, como consecuencia, de la síntesis neodarwinista moderna) basados en hipótesis matemáticas y en supuestos teóricos y condiciones inexistentes en la naturaleza, pueden ser descartados como método de estudio de la evolución.

Es perfectamente comprensible (y respetable) que esto resulte muy difícil de asumir por personas que han dedicado su vida a intentar comprender la evolución como un proceso de «adaptación gradual al ambiente», una concepción que es el origen de la confusión (la incomunicación) en los debates sobre evolución. La adaptación (a veces de una complejidad y sutileza difícilmente explicables) es un ajuste al ambiente derivada de las capacidades de los seres vivos para intercambiar información con el entorno y es un proceso diferente (cualitativa y cuantitativamente) de las remodelaciones genéticas, morfológicas y fisiológicas implicadas en los cambios evolutivos.

Se están conociendo diferentes y complejos procesos por los que esta respuesta al ambiente tiene lugar: el splicing alternativo y la «edición de ARN», los cambios epigenéticos, la activación de «elementos móviles», los retrogenes y retropseudogenes… Todo ello está inducido por factores ambientales y muestra las complejas redes de procesamiento y comunicación de información que caracterizan a las relaciones de los seres vivos entre sí y con el entorno.

El problema fundamental de esta confusión es que los términos derivados de la concepción tradicional (por no decir obsoleta) de la evolución están tan arraigados en el lenguaje científico que han pasado a formar parte de la estructura mental de los expertos en evolución: la competencia por los recursos, la selección sexual, las estrategias vitales, el cuidado parental, los sistemas de apareamiento… Todos se utilizan como términos evolutivos, aunque el significado real que se les pretende atribuir es adaptativo (lo que también resulta una interpretación muy discutible a la luz de los nuevos datos sobre los procesos moleculares implicados en las adaptaciones). Y es de esta confusión de la que deriva la esterilidad de los debates: mientras unos hablamos de cambios de organización, de estrés genómico, de activaciones de proteínas Hox, de transferencia genética horizontal, de integración de sistemas complejos, otros siguen hablando del más apto, de coste-beneficio, de egoísmo y altruismo y de jerarquías de grupo. Aunque resulten interpretaciones antropocentristas (más concretamente etnocentristas) sin la menor relación con los complejos fenómenos genéticos y embriológicos implicados en la evolución.


Hacia una nueva biología

Insisto en que es perfectamente comprensible que científicos que han dedicado su vida profesional a explicar (o a comprender) la evolución mediante estos conceptos no se sientan muy predispuestos a un cambio tan radical en su interpretación, porque se trata de toda una nueva concepción de la naturaleza. Pero si la experiencia de Max Planck nos puede ser de utilidad, habrá que mantener la esperanza en la creación de una nueva biología construida por nuevas generaciones que estén familiarizadas con ella. Una «forma diferente de mirar» que nos permita una mayor comprensión y respeto por una naturaleza que está resultando con unas características y un significado diametralmente opuesto al de la rancia e hipócrita visión victoriana de la supervivencia del más adecuado, concebida desde la óptica de los vencedores. De la lucha por la vida, de explotación de recursos, de superiores e inferiores, de egoísmo y altruismo y de prejuicios (que más bien parecen obsesiones) culturales que han conducido a toda una macabra y violenta concepción de la naturaleza (y de la realidad) en la que estos prejuicios se han disfrazado de conceptos científicos.

Los nuevos datos están mostrando una naturaleza en la que, desde el más elemental proceso de los seres vivos, desde la actividad celular y la diferenciación de tejidos y órganos hasta las relaciones entre organismos, poblaciones o ecosistemas, están involucradas complejas redes de procesamiento y comunicación de información y una estrecha e imprescindible interdependencia en el más estricto y material sentido, en la que están relacionados tanto factores bióticos como abióticos, lo que, en definitiva, disuelve la frontera organismo-entorno.

En definitiva, una nueva visión con un significado radicalmente opuesto al de la vieja biología: de cooperación frente a competencia, de integración en el ambiente frente a lucha contra él y, sobre todo, de procesos explicables científicamente frente al absurdo azar sin sentido. Una nueva concepción que relegue los viejos tópicos y prejuicios al verdadero lugar que les corresponde: el de los accidentes históricos que han supuesto (entre otras muchas cosas) un freno al progreso del conocimiento.

QUERCUS
Cuaderno 222 / Agosto 2004

domingo, 23 de diciembre de 2018

Contra el patriotismo

       [EN RECUERDO AL COMPAÑERO CURIO DENTATO Y A SU INTERNACIONALISMO MARXISTA.]


«¡Proletarios de todos los países, uníos!» es uno de los lemas clave del Manifiesto Comunista. Algunos parecen haber olvidado este ejemplar principio y lo han transformado en: «¡Proletarios de todos los países, uníos a vuestros burgueses!».

Cuando la burguesía llama a engrosar las filas del nacionalismo, nunca faltarán los que, con un discurso «progre-guay», querrán arrastrar a los trabajadores y se disfrazan de adalides del socialismo. Realmente no pasan de ser tardíos imitadores de Fichte y Wagner, dignos herederos de aquellos socialdemócratas alemanes que empujaron al proletariado alemán a la matanza de la Primera Guerra Mundial.

A los filisteos nacionalistas solo se les puede enfrentar con internacionalismo proletario: la unión mundial de todos los trabajadores por encima de fronteras y contra todas las burguesías. El paraíso de los nacionalistas es el enfrentamiento entre los trabajadores y el alzamiento de nuevas fronteras.

Es fácil reconocer como el nacionalismo pintarrajeado de rojo ha tenido una gran influencia sobre las izquierdas españolas desde hace ya demasiado tiempo. Del patriotismo español del PCE de los 30, a los abertzales, la CUP y compañía desde finales de los 60 hasta ahora. Cada territorio español parece haber generado sus hooligans nacionalistas, con banderas de estrellas rojas y diversas lamentaciones históricas y nostalgias feudales. Estos grupos, salvadores de patrias felizmente olvidadas hasta entonces han intentado hacer una curiosa mezcla entre lo que una apariencia de léxico marxista y las más pintorescas ideologías pequeñoburguesas y clericales. Basten de ejemplo Sabino Arana o Blas Infante. El pos-carlista vasco, conocido por sus exabruptos racistas y su clericalismo ultramontano, y el notario andaluz, conocido por el nacionalismo pequeñoburgués que defendía una nueva patria fantasiosa y por su filia del Islam. Pintorescos ambos, sin duda.

Pero en los sesenta, entre las excrecencias de grupos parroquiales y seminarios, aparecen los «comunistas» de la liberación nacional. Siguiendo la estela de la contrarrevolución, dieron unas cuantas pinceladas de rojo al nacionalismo y nos presentaron las versiones provinciales de la «unión nacional» como lo más revolucionario que podía hacer un comunista.

¿Cuáles eran sus programas revolucionarios? Manifestarse contra el opresor Estado español, quitar banderas españolas y hablar de «boquilla» de un «socialismo» que ni siquiera era tal sino capitalismo estatalizado. Ya va siendo hora de que los llamemos por lo que realmente son: nacionalistas que ni a 'socialpatriotas' llegan, porque socialpatriota significa socialista de palabra y nacionalista en los hechos. Estos son nacionalistas que hablan como nacionalistas y llaman socialismo al resultado por ponerle un parche rojo a la bandera de turno… o una franja morada, que es lo mismo.


Estos nacionalistas actúan como verdaderos parásitos, a la búsqueda continua de aprovechar de las luchas de los trabajadores, no pierden ocasión de envenenar con propaganda nacionalista. Está claro que casi siempre fracasan en su intención de confundir a los trabajadores, por lo que deben nutrir sus filas de jóvenes pequeñoburgueses, ilusionados en la lucha nacional que les promete puestos de gobierno en un futuro Estado independiente. Por mucho que se vean a sí mismos como comunistas, no son más que la vanguardia romántica e idealista… del mismo Estado burgués que ya conocemos.

En el culmen del despropósito, no falta quien pretende responder a estos patriotas con patriotismo español vestido con citas marxistas… contra el nacionalismo. Se pueden sentir, como es natural, apegos culturales, pero es infame utilizar los gustos culturales como banderín de enganche de lucha política en defensa de patrias y naciones. Y lo es aún más si se dicen comunistas. La lucha comunista va indivisiblemente unida al internacionalismo, que no es otra cosa que anti-nacionalismo proletario, pues nuestra lucha no es la lucha del proletariado de un país o de otro, de un sector ni de otro, sino la lucha del proletariado mundial.

Los tiempos de las revoluciones nacionalistas-burguesas ya pasaron. En todo el mundo se han ido conformando las naciones políticas más tarde o temprano y ya no tiene ningún sentido progresista la lucha de ninguna burguesía particular por hacerse con un estado. El siguiente escenario es el de la alternativa entre la revolución mundial o una nueva guerra mundial imperialista.

Por eso, todos los que se mantienen en la defensa de una causa nacionalista, sea cual sea, como unos auténticos reaccionarios ante el devenir histórico. El llamamiento a la defensa del derecho a la autodeterminación —ya ampliamente desmontado por Rosa Luxemburgo— sirve como el nuevo banderín de enganche de oportunistas, socialpatriotas y patriotas a secas de los que tantas muestras tenemos. Todos ellos, al fiel servicio de la pequeña burguesía, perdedora de la crisis que se descubre súbitamente enfrentada a los monopolios y el centralismo capitalista.

Aunque hay que mantener a distancia la telebasura, a veces se encuentran perlas en el fango. En un debate que se dio a altas horas de la noche entre dos economistas, uno socialdemócrata españolista y otro independentista, éste vino a evidenciar cuales eran las verdaderas razones que alimentan el conflicto, las razones de la pequeña burguesía catalana. El economista criticaba que desde la desaparición del franquismo, la importancia productiva y económica de Cataluña había venido disminuyendo en detrimento de Madrid. La pequeña burguesía catalana ha venido perdiendo oportunidades de negocio, mientras que la burguesía española (que incluye a la catalana), se ha ido concentrando en la capital del país. En unos escasos minutos, entre el murmullo y el griterío de la telebasura, se evidenció el verdadero enfado de su clase. Y es que con Franco algunos vivían mejor.

¿Es a estos pequeño-burgueses en acción a los que ciertos «comunistas» les muestran pleitesía vasalla? Si quieren ser mamporreros de una pequeña burguesía reaccionaria, es normal que no encuentren el apoyo de la clase trabajadora, ni de los marxistas que nos negamos al colaboracionismo.

La respuesta al nacionalismo y al oportunismo es la acción internacionalista, uniendo lazos con entre los trabajadores de todo el mundo en la lucha por las condiciones de vida. Es hora de manifestarse abiertamente contra el particularismo y los amantes del terruño, que de buena gana nos lanzarían a la reyerta contra sus vecinos por la defensa de los intereses de sus amos.

15 noviembre 2017

domingo, 16 de diciembre de 2018

Kropotkin frente al darwinismo

'El apoyo mutuo' supuso una gran respuesta
a la visión competitiva y cruel de la Naturaleza
del darwinismo ortodoxo.

Por GEORGE WOODCOK e IVAN AVAKUMOVIC

Kropotkin se enfrentó siempre con una poderosa serie de argumentos que tenían el apoyo de varios científicos y que mientras no se abordasen en su propio terreno amenazaban con destruir aquel edificio racional que él había levantado. Estos argumentos se relacionaban con la teoría darwiniana de la evolución, tan de moda entonces, y proclamaban que en la naturaleza nunca hay bastante para todos y que sería en realidad, poco deseable que lo hubiese, pues la fuerza más potente de la evolución del mundo animal y, por tanto, de la humanidad, es la lucha por la vida dentro de las especies, que al suponer la supervivencia de los más aptos actúa como medio de selección natural asegurando el progreso de la raza. Los apologistas del capitalismo ya habían adoptado estas ideas de competencia ilimitada, y también los marxistas, que veían en el proletariado la clase más «apta».

El principal exponente de la teoría de la lucha por la existencia fue, en el siglo XIX, Thomas Henry Huxley, pero la base fundamental de la discusión, y su utilidad como justificación del orden social existente, eran mucho más antiguas que el siglo XIX o que la polémica evolucionista en su forma moderna. Durante el siglo XVII, el filósofo autoritario Thomas Hobbes, autor de Leviatán, había basado su justificación del Estado y de la autoridad monárquica en la teoría de que el hombre primitivo es por naturaleza dado a la lucha fratricida y que sólo pueden implantarse en él las virtudes sociales por la fuerza de una autoridad superior. Y al final del siglo XVIII se traspasó el argumento al campo de la economía, y, en lo que difícilmente puede considerarse una coincidencia, estuvo estrechamente ligado a la primera aparición del anarquismo como doctrina social madura y completa. En 1793 publicó William Godwin su Investigación acerca de la justicia política, que tuvo en aquel tiempo gran influencia intelectual, y en el que abogaba por la benevolencia universal como base de las relaciones humanas (idea no muy lejana del apoyo mutuo de Kropotkin) y sugería, como Kropotkin, que si todos los hombres hiciesen su cuota de trabajo manual, si se eliminasen toda clase de actividades socialmente inútiles y de derroche, y si la potencialidad de la ciencia se explotase plenamente en beneficio de todos, sería posible gozar de bienestar al coste de un gasto mucho menor de energía que el habitual en sociedades anteriores.

Durante algunos años prácticamente nadie refutó los argumentos de Godwin. Pero luego apareció un clérigo, T. H. Malthus, que sostenía que la población tendía naturalmente a incrementarse en una proporción más alta que la de cualquier incremento del suministro de alimentos. Este proceso conduciría inevitablemente al desastre si no se ponían «barreras positivas» al crecimiento demográfico; es decir, fenómenos naturales, como la enfermedad y el hambre, y fenómenos sociales, como la lucha generalizada de los individuos, en la que los más débiles perecen. Con el fin de preservar al bienestar existente, era necesario, según Malthus, que no se alterase este proceso, y denunciaba, en consecuencia, la doctrina de la benevolencia universal de Godwin como concepción peligrosa que podría alterar la limitación natural de la población y producir una sociedad en la que el crecimiento demográfico, superando el incremento en el suministro de alimentos, conduciría inevitablemente al desastre y al hambre para todos, y no sólo para las minorías, que son eliminadas antes de alcanzar su plenitud en proceso normal de competencia sin trabas. El resultado último de cualquier tentativa de cambio sería, en consecuencia, un regreso a través de terribles pruebas a la vieja situación. Las cosas eran, en realidad, como tenían que ser, y, en conclusión, hablar de una mejora de la sociedad humana era pura quimera.

Era una doctrina consoladora para los propietarios de la industria, los generales y los administradores del comienzo de la revolución industrial, y sin duda más de un capitalista, cuyos obreros infantiles sucumbían en la atmósfera mefítica de su fábrica, más de un terrateniente que se apoderaba de las tierras comunales y ayudaba a hacer de labradores bien alimentados un proletariado rural hambriento, se sentía confortado con el consuelo de las prédicas del reverendo Malthus. Las teorías de este bondadoso cristiano adquirieron estatus de enseñanza clásica en el sistema económico victoriano, y aunque hoy resulta difícil entenderlo, fueron aceptadas por muchos científicos de talla. Pero incluso entonces sus bases racionales y matemáticas fueron eficazmente refutadas no sólo por la tardía respuesta de Godwin en 1820, sino también por la pronta Respuesta a Malthus de Hazlitt. Hoy, cuando la posibilidad de un vasto incremento de producción de bienes esenciales se halla situada más allá de la duda razonable, y en que se ha mostrado en la práctica que un mayor bienestar y una mayor instrucción producen una caída de la tasa de natalidad, la teoría básica de Malthus resulta insostenible, y quienes buscan una razón en que apoyar su argumento de que la situación de la humanidad no puede alterarse deben buscarlo en otro sitio.

Darwin y Wallace, coautores de la Teoría
de la Selección Natural.

El advenimiento de Darwin trasladó el argumento del campo económico al biológico. Al formular su teoría, Darwin se apartó de los evolucionistas anteriores, como Lamarck, Buffon y su propio abuelo, utilizando la lucha por la vida como mecanismo clave mediante el cual la «selección natural» favorecía las variaciones positivas y destruía las negativas; aceptaba que había influido poderosamente en él para llegar a esta conclusión, la teoría de Malthus del freno positivo al incremento de población, que también consideraba Darwin un importante factor para seleccionar, eliminando a los individuos inferiores, en la lucha por la vida. Aunque Darwin advierte a veces contra el uso del término «lucha por la existencia» de forma demasiado literal, resulta evidente que imaginaba no sólo una lucha contra los factores ambientales, sino también de los individuos entre sí, como elemento dominante del proceso evolutivo. Aunque en años posteriores reconoció que también era importante la cooperación, nunca llegó a desarrollar esta idea en grado apreciable, y la base principal de su concepción de la evolución continuó siendo la idea de conflicto.

Thomas Henry Huxley, su principal apóstol y divulgador, llevó esta tendencia a su extremo al hablar del mundo animal como «un duelo de gladiadores» y de la vida del hombre primitivo como «una lucha libre y constante». Competencia, lucha, animosidad, envidia y odio eran las cualidades que surgían automáticamente de la concepción de Huxley como factores necesarios de progreso. La lucha entre grupos e individuos era para él la ley de vida. No sólo era deseable como condición de progreso, sino que era también inevitable.

Se verá cómo esta teoría complacía a los apologistas del capitalismo del siglo XIX en aquel período de escepticismo en que los valores de la religión ortodoxa perdían su poder; el materialismo científico del tipo huxleyano, violentamente atacado al principio de su aparición, alcanzó muy pronto la misma respetabilidad que las insostenibles doctrinas de la Iglesia. Los que se sentían incómodos basando sus acciones en una dudosa ley divina se alegraron mucho al descubrir que la ley natural había sido interpretada por el profesor Huxley de modo que constituía igualmente una justificación firme de la competencia ilimitada. No hay duda de que si tales doctrinas eran ciertas, la teoría base de los anarquistas de que los hombres tienden naturalmente a la cooperación estaba amenazada. Cualquier concepción de una sociedad basada en el acuerdo voluntario debía aportar una respuesta eficaz a los evolucionistas neomaltusianos, y esto fue lo que aportó Kropotkin en El apoyo mutuo.

Su preocupación por este aspecto de la evolución databa de años antes de que se interesase por las teorías revolucionarias, pues ya en la década de 1860 él y su hermano habían analizado ampliamente la teoría de la variación de Darwin, y se habían planteado sus dudas en la cuestión de la herencia, y además, durante sus exploraciones siberianas, le sorprendió descubrir que había, de hecho, menos pruebas de lucha que de cooperación entre individuos de la misma especie. Más tarde, cuando se hizo anarquista e intentó fundar sus creencias en una base científica, se vio de nuevo afectado por esta cuestión. Ya hemos hablado de su defensa, en 1882, de la solidaridad mutualista como factor evolutivo, y su estudio, en Clairvaux, de la tesis de Fiodorovich Kessler. Pero fueron las afirmaciones extremadas de Huxley sobre la ferocidad de la lucha por la vida las que decidieron finalmente a Kropotkin a aceptar el desafío. Ha de subrayarse que, pese a la poco delicada conducta de Huxley en el asunto de la solicitud de liberación de Kropotkin cuando éste se hallaba preso en Clairvaux, Kropotkin nunca tuvo la menor animosidad personal hacia él y siempre estuvo dispuesto, sin dejar de señalar el peligro de la perversión que Huxley hacía del darwinismo, a alabar el valor, los conocimientos y la inteligencia con que había defendido al principio la teoría evolucionista contra la ortodoxia eclesiástica.

Hobbes y Malthus, predecesores del darwinismo.

Kropotkin inicia El apoyo mutuo con un examen de la vida de las especies animales. Su estudio está lleno de citas de las obras de los naturalistas de campo y de sus propias observaciones, que muestran que la sociabilidad o el apoyo mutuo entre individuos de la misma especie se halla tan extendida en todos los niveles del mundo animal, desde los insectos a los mamíferos superiores, que puede considerarse una ley de la naturaleza:

«Las especies que viven en solitario o en pequeñas familias son, en realidad, relativamente pocas y su número es limitado. Además, parece muy probable que, aparte de unas cuantas excepciones, las aves y mamíferos que no son gregarios vivieran en sociedades antes de que el hombre se multiplicase sobre la tierra y desencadenase una guerra permanente contra ellos, o destruyese las fuentes de las que antes obtenían alimentos.»

El apoyo mutuo no sólo es una ley de la naturaleza, salvo en animales que viven en condiciones un tanto artificiales, o entre especies en decadencia, sino que también es, según Kropotkin, el factor de evolución más importante en las especies sociales:

«La vida en sociedad permite resistir a los animales más débiles, las aves más débiles y los mamíferos más débiles, les permite protegerse de las aves más terribles y de los animales de presa; permite la longevidad; permite a la especie criar a sus retoños con el mínimo gasto de energía y mantener su número pese a una tasa de nacimientos muy baja; permite a los animales gregarios emigrar en busca de nuevos asentamientos. En consecuencia, aunque admitiendo plenamente que fuerza, rapidez, colores protectores, astucia y resistencia al hambre y al frío, que mencionan Darwin y Wallace, son otras tantas cualidades que hacen al individuo, o a la especie, más aptos en determinadas circunstancias, creemos que la sociabilidad, en cualquier circunstancia, es la mayor ventaja en la lucha por la vida. Las especies que voluntaria o involuntariamente la abandonan están condenadas a la decadencia; mientras que los animales que saben combinar mejor sus esfuerzos tienen mayores oportunidades de supervivencia y de posterior evolución, aunque puedan ser inferiores a otros en esas facultades enumeradas por Darwin y Wallace, salvo la facultad intelectual.»

Inteligencia, nutrida por el lenguaje, imitación y experiencia acumulada, son para Kropotkin «una facultad eminentemente social». Además, el hecho mismo de vivir en sociedad fuerza a desarrollar, aunque sea en forma rudimentaria, ese «sentido colectivo de justicia que acaba convirtiéndose en un hábito» sin el cual es imposible toda vida social.

Las pruebas que Kropotkin aduce en apoyo de estos argumentos convierten la visión de Huxley de «naturaleza de colmillo y garra» en una pesadilla de científico de salón. Pero Kropotkin no elimina del todo la lucha por la existencia. Admite que juega su papel, metafóricamente, en la forma de la lucha contra circunstancias adversas. Pero en forma de competencia dentro de las especies sólo se presenta en circunstancias excepcionales, e incluso entonces es más perjudicial que ventajosa, pues destruye las ventajas obtenidas con la sociabilidad. La selección natural, lejos de estimular la competencia, aporta medios por los que puede evitarse.

Si estas ideas pueden aplicarse de modo casi universal a los animales, se aplican también al hombre primitivo, que debe su dominio sobre el mundo animal a su sociabilidad y a las aptitudes que cultiva en sociedad. Tres generaciones de antropólogos han demostrado la falsedad de la visión huxleyana de un hombre primitivo enzarzado en una perpetua vendetta entre individuos y familias, similar a la hipótesis freudiana de la horda primigenia centrada en el padre. Los estudiosos del hombre primitivo, desde los tiempos de Lewis Morgan hasta el presente, han hallado en todas partes una tendencia a vivir no en grupos familiares, sino en agrupaciones tribales en las que la ley como tal es desconocida, y está reemplazada por un completo sistema de costumbres que aseguran cooperación y apoyo mutuo. Tampoco hay prueba alguna de que el hombre primitivo no fuese una especie social; en realidad, los restos de las culturas primitivas aportan abundantes indicios de su primigenia sociabilidad y cooperatividad.

Huxley y Spencer, verdaderos 'padres'
del darwinismo y la lucha por la existencia.

Kropotkin, utilizando los datos de los antropólogos de vanguardia de su época, demostró que dentro de la tribu primitiva el apoyo mutuo era la regla y no la excepción, y mostró cómo entre los bárbaros el campo de cooperación mutua se convirtió en pueblo y, a través de la aparición de las primitivas formas de gremio, asumió incluso proporciones nacionales e internacionales. Finalmente, el papel del apoyo mutuo en las instituciones humanas alcanzó su más alto desarrollo en la ciudad libre medieval. Kropotkin, incluso en su juventud, había investigado mucho la naturaleza de las relaciones sociales en estas ciudades, y podía por ello aportar gran cantidad de pruebas, ilustradas por relatos contemporáneos, que mostraban que las ideas imperantes en el siglo XIX sobre la vida medieval era casi por completo erróneas, y que tras las murallas de las ciudades libres y antes de su decadencia en el Renacimiento, había existido una rica vida comunal en la que la ayuda mutua y el comunismo cooperativo jugaban un gran papel.

Estos capítulos del libro de Kropotkin están escritos con entusiasmo y puede que tendiesen a menospreciar el lado oscuro de la vida en tales sociedades. Sin embargo, nos muestra con clara conciencia la debilidad interna que llevó al colapso del espíritu comunal a final de la Edad Media. Y, considerando el conjunto de su información, aporta importantes datos que corroboran el papel decisivo que el apoyo mutuo jugó en el desarrollo de la actividad social y su papel vital como lazo orgánico entre los seres humanos. Incluso hoy, pese a que el Estado haya asumido tan amenazadora importancia en la vida humana, el apoyo mutuo sigue siendo el factor más importante en la interrelación entre hombres y mujeres, considerados como individuos.

«Ni los poderes aplastantes del Estado centralizado, ni las doctrinas de odio mutuo y de lucha implacable que, adornadas con los atributos de la ciencia, predican oficiosos filósofos y sociólogos, podrían desarraigar el sentimiento de solidaridad, profundamente asentado en el entendimiento y el corazón del hombre, porque está nutrido de toda nuestra evolución anterior… Lo que fue resultado de la evolución desde sus etapas primigenias, no puede verse aplastado por uno de los aspectos de esa misma evolución. Y la necesidad de la ayuda mutua y del mutuo apoyo que últimamente se había refugiado en el círculo estrecho de la familia, o en los barrios pobres, o en la secreta unión de los obreros, se reafirma una vez más, incluso en esta sociedad moderna nuestra, y proclama su derecho a ser, como ha sido siempre, primer caudillo del progreso.»

Apoyo mutuo y sociabilidad son de hecho, fundamentos de todo credo de ética social, de toda práctica de cooperación, y si no condicionaran de modo natural casi todos nuestros actos diarios hacia nuestros semejantes, ni siquiera la más austera tiranía podría impedir la desintegración de la sociedad.

Kropotkin estuvo bien documentado para
poder refutar la tesis darwinista.

(…)

En cuanto completó su obra sobre la Revolución Francesa, Kropotkin comenzó a caminar por otra vía nueva. La consideración de las cuestiones éticas le había hecho pensar de nuevo en la cuestión general de la evolución. Veía ahora con mayor claridad ciertos errores del darwinismo, y creía que en algunos aspectos se había desechado injustamente a Lamarck, sobre todo en la cuestión del influjo directo del medio en el desarrollo de plantas y animales. En consecuencia, se puso a trabajar sobre el asunto, y de ello se derivó una serie completa de artículos que se publicaron en The Nineteenth Century durante los cinco años siguientes. «Evolución y apoyo mutuo», «La acción directa del medio sobre las plantas» y un ensayo doble, «La respuesta de los animales a su medio», aparecieron en 1910. En 1912 publicó «La herencia de características adquiridas», y en 1914, «Variaciones heredadas en las plantas», y en 1915, a modo de conclusión, «Variaciones heredadas en los animales». Estos ensayos eran de carácter sumamente polémico, e incluían un ataque a la teoría de August Weismann sobre el plasma germinal, y pretendían demostrar la herencia de caracteres adquiridos a través de la acción directa del medio. Como siempre, Kropotkin acumulaba gran cantidad de datos y pruebas para apoyar sus argumentaciones, aunque no dijo en modo alguno la última palabra sobre esta cuestión, aún ferozmente polémica.

El príncipe anarquista
(1971)