domingo, 15 de julio de 2018

19 de julio de 1936: El género humano de vacaciones


Por MICHEL SUÁREZ

En su último parte de guerra firmado el 1 de abril de 1939, el general Francisco Franco proclamaba exultante la victoria definitiva de los «nacionales», dando por concluido un conflicto que había desgarrado España durante casi tres años. El júbilo de los vencedores estaba justificado: no se trataba simplemente de un triunfo militar o de un relevo en el gobierno; lo que el final de la guerra definió fue el establecimiento de una tiranía rapaz y asesina cuyos fundamentos nacional-católicos han perdurado en buena medida hasta nuestros días.

Atildado y pomposo, con aire de criatura grotesca y ridícula, el general Franco jamás pensó en resignar su poder autocrático. A lo largo de su reinado llevó a cabo minuciosamente el plan original diseñado por los militares, esto es: un asalto a la República que encubría la voluntad de aniquilar a un combativo movimiento obrero. Aunque no fuese el escogido en un primer momento, nadie más indicado que Franco para hacer prosperar aquél encargo: astuto, implacable, cruel, despiadado y profundamente resentido con la República, el «Caudillo» conocía bien su oficio. En 1917 había prestado sus servicios para sofocar una huelga general, y en 1934 capitaneó la violencia legal contra los trabajadores asturianos; bajo su mando, por primera vez los temibles «Regulares» y la Legión, integrados por tropas africanas, actuaron como cabeza de puente de la represión del Estado contra su propia población.

Tras el flirteo inicial con un fascismo de corte mussoliniano, el panorama internacional resultante de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, así como el proceso de industrialización masiva y la bonanza económica de los años sesenta, impusieron algunas correcciones ideológicas al régimen franquista. Sin embargo, ninguna de estas adaptaciones a las diferentes coyunturas fue tan audaz como para conmover sus sagrados fundamentos, esto es, el catolicismo, el militarismo y un contumaz nacionalismo. Carente de modelos de referencia históricos, el franquismo rescató el legado de los Reyes Católicos para cocinar una papilla ideológica donde no faltaron ni la exaltación del glorioso pasado imperial y del ejército, ni el elogio del racismo y el machismo más rampantes, ni elementos tomados del fascismo como las liturgias de masas o el culto al caudillo redentor. Abanderando las fuerzas de la «España eterna» contra las ideologías de importación, Franco simbolizó la victoria de la Contrarreforma, del patriotismo militante y del catolicismo fundamentalista; triunfo de la usura moral, pero también de la ambición personal sin límites encarnada en un hombre sediento de poder absoluto.

Es posible que las teorizaciones sociológicas del franquismo nos hagan perder de vista la verdadera naturaleza de un régimen mórbido y brutal. Durante casi cuatro décadas, una España de uniformes y sotanas albergó campos de concentración, prisiones abarrotadas de presos políticos y patios de ejecuciones, y fue escenario de torturas, extorsiones laborales, expolios, saqueos y robos de bebés. Pero sería un error pensar que un reinado de terror puede perdurar sostenido únicamente en la coacción y la violencia. No hay tiranía capaz de perpetuarse apelando al temor y al castigo como únicos estímulos. Cicerón ya advirtió de que «no hay poder tan grande que dure mucho tiempo bajo la presión del miedo». En estos casos, el descontento general acaba por tambalear el statu quo y se crea un estado de excepción permanente que hace imposible la gobernabilidad.

Como tantos otros tiranos que nunca se dejaron tentar por el remordimiento y jamás pensaron en abandonar la escena de la Historia por otra puerta que no fuese la muerte, Franco contó hasta el final con la lealtad de las élites y con la adhesión entusiasta de sus correligionarios, pero también con la pasividad y la aquiescencia de grandes bolsas de población beneficiadas por el ciclo de bonanza económica derivado de la industrialización del país. En efecto, Franco falleció de forma agónica en la cama de un hospital después de haberlo dejado todo atado y bien atado.

En cualquier caso, lo verdaderamente significativo del régimen fue su carácter inaugural; si obviamos los elementos puramente propagandísticos, el franquismo carecía de antecedentes históricos y de puntos de referencia en el pasado. Había, claro está, la remisión a los Reyes Católicos, forjadores de la gloria de España, a la proyección de un destino providencial, al bastión de la cristiandad, etc.; pero, desde un punto de vista estrictamente político, la ideología nacional-católica aquilatada en torno a un líder carismático era algo novedoso. De ahí que fuese necesario tejer una épica de la Guerra Civil y conferirle un sentido seminal, mítico. Así, definida como combate decisivo entre las dos Españas tradicionalmente en conflicto, la Guerra Civil habría puesto fin a siglos de insidias y maquinaciones de los enemigos de la patria, de los partidarios de nocivas ideologías ajenas a la esencia nacional, de los liberales, los socialistas, los sin Dios.

En los anales de la historia oficial quedó registrado que el general Franco, auxiliado por la Providencia, había arrancado el país de las garras del comunismo, un casus belli que poseía el inmenso valor de presentar al nuevo régimen bajo una luz heroica y salvadora. Los numerosos propagandistas del «espíritu del 18 de julio» difundieron sin desmayo la letanía de la lucha fratricida entre la España devota y eterna, y la anti-España, diseminadora de desorden y anarquía. De este modo, la victoria militar significó para el franquismo una fuente de legitimación, una autoinvestidura que le permitió sentar las bases de su propia legalidad.

No obstante, más allá del barniz doctrinario y propagandístico, hoy en día restan pocas dudas de que la Guerra Civil española debe ser leída en clave de lucha de clases, más concretamente, como el último de los grandes conflictos marcados por un agudo antagonismo de clases. El movimiento obrero español de los años treinta había cobrado una dimensión y una capacidad de organización y combate realmente amedrentadoras para las élites tradicionales que fiaron, una vez más, la custodia de sus privilegios a un ejército ultramontano de raigambre golpista. Dados los antecedentes de las primeras décadas del siglo y la esgrima permanente entre tentativas revolucionarias y represión estatal que había generado un clima social inflamable, los sectores dirigentes comenzaron a temer por sus posiciones. La victoria del «Movimiento Nacional» dejó el camino expedito para llevar a cabo una «limpieza» definitiva que adquirió la categoría de genocidio.

La claudicación del movimiento obrero fue completa; a excepción de algunos focos de resistencia encarnados en el maquis, se vio abocado a una larga travesía en el desierto del exilio y únicamente lograría rehacerse durante los años sesenta, con la creación en Asturias de las primeras «Comisiones Obreras». De esta forma, los trabajadores resurgían tras un hiato de «25 Años de Paz» y emprendían el duro camino de la resistencia organizada contra el régimen.

* * *

Con independencia de las particularidades de sus respectivos análisis, vencedores y vencidos comparten una memoria de la Guerra Civil entendida como conflicto entre dos concepciones antagónicas del Estado. Aunque esta visión ofrece numerosas variantes sobre las causas y las consecuencias de la guerra, preserva la dicotomía esencial que opone a «nacionales» contra «republicanos». Naturalmente, no se trató simplemente de una lucha entre modelos estatales, sino de cosmovisiones contrapuestas. En todo caso, cuando se estudia la literatura producida por republicanos y «nacionales» lo que resta en el filtro de la crítica historiográfica es una batalla entre un proyecto de orden nimbado de patriotismo y clericalismo, por un lado, y un proyecto de democracia liberal, por el otro. Este contexto explicativo de la Guerra Civil ha ofrecido estupendas oportunidades para escamotear aspectos decisivos del conflicto. En primer lugar, se ha obviado la paradoja de que la guerra tuvo lugar debido a que el movimiento obrero, de fuerte impronta anarcosindicalista y consciente de la inminencia del golpe, se preparó para dar una respuesta armada, mientras los dirigentes republicanos hacían desesperadas concesiones entre bastidores a los militares.

Por otro lado, se ha negligenciado que durante el colapso del aparato estatal republicano los combates en muchos puntos del país no se saldaron con un claro vencedor. Fue precisamente durante ese periodo de indeterminación cuando el movimiento obrero español modificó de forma «espontánea» a respuesta defensiva inicial en un proyecto revolucionario de transformación social radical.

Principalmente en Barcelona, un tradicional 'feudo' anarcosindicalista, la fisionomía urbana y el pulso de la ciudad se vieron alterados de forma espectacular. Tras contener y reducir los últimos enclaves golpistas, los trabajadores crearon nuevos órganos de poder popular que procedieron inmediatamente a colectivizar la producción: las fábricas fueron ocupadas y en algunos casos reconvertidas en centros de producción militar con el objetivo de contribuir al esfuerzo bélico. Se expropiaron casas de simpatizantes del golpe huidos o detenidos que fueron reformadas para dar cabida a mendigos, ancianos, niños y refugiados de otras regiones, o transformadas en bibliotecas y comedores populares. Los Comités de Distrito y la Federación de Barricadas controlaron la circulación de los vehículos e individuos en el interior de la ciudad y establecieron perímetros de seguridad para los habitantes de los barrios; en este sentido, algunos elementos considerados nocivos para la sociedad como los proxenetas y los traficantes fueron eliminados.


En estas y otras medidas resonaban los ecos de otros episodios en los que la clase obrera había tratado de anticipar su proyecto de una sociedad sin dirigentes y dirigidos; y tal como había sucedido en el pasado, surgieron los mismos problemas a la hora de superar una situación en la que una multiplicidad de poderes no federados competían con un poder estatal que iba poco a poco recobrando el aliento. A pesar de controlar la calle y la producción, los trabajadores no se desembarazaron por completo del Estado; destacados líderes anarcosindicalistas auspiciaron la creación del Comité Central de Milicias Antifascistas, un órgano que, apelando a la unidad con fuerzas políticas sin la menor representación en la calle, acabaría por convertirse en la palanca que expulsaría a los trabajadores revolucionarios de su posición de fuerza. Pero antes de ese desenlace, se organizaron columnas de milicianos con el objetivo de socorrer Zaragoza y apoyar la formación de las colectividades que habían ido brotando en diversos pueblos de Aragón.

Animados por un ideal de igualdad y fraternidad, estas milicias precariamente pertrechadas, compuestas en su gran mayoría por trabajadores y trabajadoras sin formación militar, apelaron a la responsabilidad individual y no a la tradicional jerarquía castrense. Acatando los acuerdos adoptados en asamblea, sus integrantes recibían la misma remuneración y no se contemplaban ni jerarquías ni estados mayores, aunque existiese un mando escogido según un principio electivo y sujeto a revocación inmediata. Este espíritu suplió, al menos en un primer momento, todas las adversidades; sin embargo, con el desarrollo de los eventos y los giros internacionales del conflicto, en especial la intervención de Italia y Alemania, y el fortalecimiento de la influencia comunista en la retaguardia, el vigor inicial fue cediendo frente a las carencias militares y el boicot soviético.

A medida que las milicias avanzaban hacia Zaragoza asistieron al surgimiento o la consolidación de colectividades rurales que plasmaban en la práctica décadas de decantación de las ideas libertarias en la Península. El vacío de poder dejado por el derrumbe del Estado propició en numerosas localidades la puesta en funcionamiento de una organización social horizontal y democrática. Como consecuencia de este proceso, se produjo un colosal cambio de clima mental, una transformación que apenas tenía parangón en la historia contemporánea.

* * *

Hoy disponemos de un saber bastante aproximado de estas colectividades. En las últimas décadas el interés por el estudio de diferentes aspectos de la experiencia colectivista dio como resultado un buen número de obras rigurosas desde el punto de vista metodológico, así como trabajos más acentuadamente ideológicos, a los que debemos agregar una extensa lista de memorias y testimonios de los protagonistas, nos ofrecen una pintura general del proceso colectivizador. Sin embargo, en los años sesenta, cuando Frank Mintz comenzó a preguntarse por el alcance real de las colectividades, no disponía ni de una vasta bibliografía ni de una base empírica documental accesible. Mediante una ardua labor de investigación y con el espíritu del buen estudioso que busca la verdad más allá de sus propias preferencias, trató de calibrar el impacto del proceso autoinstituyente que los campesinos españoles habían emprendido y de verificar si poseía algún valor de ejemplo para el presente. La minuciosidad de Mintz en el manejo de las fuentes y de la documentación permitió contemplar desde otro ángulo un acontecimiento sometido hasta entonces al disimulo académico. El estudio fue enriqueciéndose con nuevo material con el paso del tiempo y a mediados de los años setenta obtuvo su primera edición en español, convirtiéndose de inmediato en una obra de referencia.

Mintz nunca ocultó su simpatía por la obra de los anarcosindicalistas, pero no se dejó llevar por el entusiasmo militante y subrayó la complejidad de un proceso rodeado de luces y sombras. Desde el primer momento entendió que una hagiografía de las colectividades obstaculizaría el camino para un entendimiento cabal del fenómeno; la única forma de ser fiel al espíritu que animó a aquellos hombres y mujeres del 36 era estudiar con rigor sus actos y analizar sus posibles movimientos en falso. No se trataba en absoluto de erigir un tribunal desde el que emitir un veredicto post festum, jugando con la ventaja de conocer el desenlace. Mintz cobró distancia tanto de la glosa aduladora como de la resentida acusación del purista. Por encima de todo trató de entender.

Con ese talante, su trabajo situó en su justa perspectiva una de esas contadas brechas históricas en las que se rompe con la inercia de lo establecido y se esbozan formas de organización democráticas. No era una alternativa a un liberalismo refutado exhaustivamente tres décadas antes por la realidad y la academia, ni un precoz esbozo del Estado del bienestar; se trataba de otra cosa completamente diferente: la impugnación del capitalismo.

Las colectividades esculpieron en la fachada de su obra constructiva un único lema: «Queda abolida la explotación del hombre por el hombre». Con ese bello principio bastaba, o casi, ya que como toda declaración de intenciones tuvo que enfrentar de inmediato la realidad de los hechos. En el inflamable contexto rural español de los años treinta, marcado por la enorme concentración de la propiedad de la tierra, la explotación despiadada de los jornaleros, la represión estatal implacable, tasas de desempleo exorbitantes y una deficiente productividad, los campesinos comenzaron su transformación por la puesta en común de la propiedad del suelo. De modo general, tras la fuga o la neutralización de las fuerzas represivas del Estado se procedía a convocar una asamblea general que involucraba a todos los miembros de la comunidad, excepto a los «individualistas», poseedores del derecho de voz en la asamblea, aunque excluidos de las votaciones. Se decidía cuál sería el funcionamiento de la colectividad y el papel de los técnicos, y se formaron brigadas o grupos de trabajo para atender las cuestiones perentorias como la recogida de la cosecha.

Los comités dimanados de la asamblea coordinaban los diferentes sectores de la vida social, y en muchos casos se apeló a un sistema rotativo para que todos, por lo menos durante un pequeño periodo, participasen de las tareas propias de gobierno, teniendo la prudencia de someter a los cargos a revocación inmediata por parte de la base.

La abolición de la propiedad privada de los medios de producción vino acompañada de un reparto horizontal del poder que trataba de dar voz a todos los implicados sin consideraciones de fortuna personal o posición social. En muchas colectividades el dinero fue suprimido y reemplazado por vales. Se realizó un extraordinario esfuerzo educador: se crearon bibliotecas por doquier y se organizaron cursos de capacitación profesional; de igual modo, se tejieron vastas redes de solidaridad para atender a los ancianos, los enfermos, los huérfanos y las viudas.

No podemos olvidar que estas medidas fueron desplegadas en el fragor de una guerra civil, en un contexto económico devastado, con una carencia absoluta de apoyos entre la burguesía nacional e internacional y en un marco geopolítico claramente hostil a los anarcosindicalistas en el que las potencias europeas, a pesar de su neutralidad, evitaron por todos los medios establecer acuerdos comerciales con las colectividades. Sin embargo, a pesar de este cuadro catastrófico y contra todo pronóstico, el nivel de vida y las condiciones de trabajo de los miembros de las colectividades se elevaron de forma considerable.

Este descuidado e incompleto cuadro general pretende esbozar de forma esquemática la naturaleza del impulso que orientó la construcción de un poder democrático en circunstancias tan dramáticas. Es probable que la ambición de los campesinos españoles de vivir según los principios del comunismo libertario tuviese trazos de puritanismo revolucionario, como se podría inferir del rechazo al dinero o la condena del alcohol y los cafés, o que incluso estuviese impregnado de un cierto utopismo mesiánico como apuntaron insistentemente sus abundantes críticos. Sin embargo, esa visión de los campesinos como furibundos milenaristas dispuestos a erigir el Reino de Dios en la Tierra pasaba por alto que, en un sentido muy profundo, el campo español asistió a la reedición de uno de los artefactos más valiosos para la vida en sociedad creado por los hombres: la política como democracia.

Resulta sintomático comprobar cómo las críticas elaboradas por los detractores de las colectividades coinciden punto por punto con las que Platón y Aristóteles dirigieron al régimen democrático ateniense veinticuatro siglos antes. En primer lugar, para estos críticos, la concesión de la capacidad de decidir a «ignorantes» equivale a la ruina de la ciudad, puesto que no conocen, ni pueden conocer, el arte de gobernar. En segundo lugar, y estrechamente relacionado con lo anterior, se ha afirmado que la ausencia de un poder centralizado coloca la suerte de la polis a merced de los más hábiles sofistas. En consecuencia, la deliberación y la toma de decisiones en común son un camino seguro para la parálisis de la vida social y una invitación para la proliferación de tiranos. Por último, contra la organización democrática se ha argüido que la supremacía del poder público restringe la autonomía y el círculo de acción de los ciudadanos, sistemáticamente expuestos a las exigencias de lo común.

A estos argumentos genéricos tan antiguos como la democracia debemos agregar un rosario de críticas específicas al proceso revolucionario español que en la mayor parte de los casos son fruto de la obstinación ideológica. Entre ellas, la favorita del Partido Comunista, que atribuía a la impaciencia revolucionaria de los «aventureros» libertarios no haber respetado las necesarias etapas de desarrollo capitalista prescritas por Marx y determinadas por los Comités centrales de los respectivos partidos comunistas. Para los exégetas del materialismo dialéctico, el desconocimiento de las leyes de la historia no exime de su cumplimiento. No nos detendremos en estas mistificaciones ideológicas.

En definitiva, ¿cuál era, en realidad, el motivo de tanta inquina, de tanta injuria en relación al proceso colectivizador? ¿Por qué atrajeron la cólera indisimulada de todo el espectro político, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda?

* * *

En el siglo XVIII, Rousseau espetaba a sus conciudadanos ginebrinos: «No sois ni romanos ni espartanos, ni siquiera atenienses. Sois mercaderes, burgueses, siempre ocupados en vuestros intereses privados, en vuestro trabajo, en vuestro tráfico, en vuestro lucro. Gentes para quienes la libertad no es más que un medio para adquirir sin obstáculos y poseer en seguridad». En el muy improbable caso de haber recorrido el campo español en julio de 1936, Jean-Jacques tampoco podría haber acusado a los campesinos anarcosindicalistas de ser romanos o espartanos, mucho menos burgueses. Su puesta en común del suelo, la prohibición de contratar mano de obra de forma privada por constituir un acto de explotación del prójimo, la nivelación de los salarios o la posibilidad de participar de forma efectiva en el poder eran medidas que reflejaban coordenadas mentales muy alejadas de la sed de beneficio y del deseo de acumulación. Sin embargo, Rousseau habría tenido más problemas para negar un cierto aire de familia con los atenienses. De hecho, lo supiesen o no, la arquitectura social que implementaron enraizaba en la Grecia del periodo clásico. Veamos brevemente algunos rasgos en común.

En primer lugar, de igual manera que los atenienses del siglo V a.N.E., los campesinos anarcosindicalistas inauguraron un proceso instituyente cuya última fuente de legitimidad era la propia colectividad. La consigna: «fue decidido por el pueblo» institucionalizó el poder del demos y situó a la Asamblea como su marco fundamental de actividad política. De este modo, los campesinos de las colectividades se erigieron en legisladores supremos sin ajustarse a un corpus jurídico dado desde fuera y desde lo alto de la propia comunidad. Fue el conjunto de ciudadanos, de politeai, y no sus representantes, quien se dio las pautas para el desarrollo de la vida en común. En este elemento residía la cuestión central de la reedición democrática: la recuperación de la isonomia entendida como reparto equitativo del poder bloqueaba la emergencia de una autoridad suprema ajena al demos. Esto suponía una ruptura radical en relación a cualquier forma de organización estatal. Al autoerigirse en juez supremo y exclusivo de su destino, el demos anuló la soberanía popular y el imperio de la ley. Ejerció la soberanía debatiendo, deliberando y decidiendo qué ley debía ser aplicada y cuál, llegado el caso, derogada. En consecuencia, al perfilarse la asamblea como el único órgano capaz de legislar y definir los códigos de conducta se imposibilitó la existencia de una instancia superior que pudiese contravenir o revocar las decisiones tomadas por el demos.

Esta medida, lo suficientemente profunda en sí misma como para suscitar un debate de calado sobre la naturaleza del poder, refuta, además, las acusaciones de milenarismo, pues deja sentado que más allá de las leyes que la propia colectividad se otorgó no existía ninguna profecía que plasmar ni ningún mandato divino que cumplir. Las leyes dimanaban del pueblo para el pueblo y a través del pueblo, hic et nunc.


Pero a partir de esta premisa elemental del reparto del poder, es decir, de la «política», surge una enorme cantidad de cuestiones complejas y profundas. El demos se otorgó la potestad de autogobernarse, ¿pero quién integraba el demos? En principio, las asambleas eran fundadas sin diferencias de clase ni género; sin embargo, esta afirmación merece una elucidación. Por un lado, el mundo del trabajo tenía una representación mayoritaria debido al sustrato anarcosindicalista del proceso; y, por otro lado, la inercia de la tradición y la vigencia de prácticas inveteradas de discriminación de género constituyeron un grave obstáculo para la igualdad entre hombres y mujeres, imposible de ser eliminado en apenas unos meses. No obstante, exceptuando a todos los afectos al golpe y a los que libremente decidieron no adherirse al proceso constituyente, el demos no estaba pensado en virtud de la hegemonía de determinadas categorías profesionales; no era ni la mayoría ni la minoría, ni los ricos ni los pobres; era, antes, un colectivo que involucraba a todos en la necesidad de poner en común el kratos, el poder.

La rotación del ejercicio de ese poder limitado, no ejecutivo y sometido al control de la base, trasparentaba la intención de incluir a todos los ciudadanos en el proceso. De hecho, el desprecio por el mando propició situaciones que ilustran el poso dejado por décadas de pedagogía libertaria en el campo español. Los cargos «representativos» se remuneraban según lo percibido por un trabajador cualificado, aunque hubo individuos que decidieron voluntariamente rebajar sus emolumentos en un veinticinco por ciento con la intención de conjurar posibles suspicacias sobre sus expectativas en relación al cargo. Contrariamente a lo que sucede en nuestros días, la voluntad de servicio constituía una auténtica pasión y no un vil pretexto para la promoción personal.

Por otra parte, tal y como había sucedido en Atenas, la oralidad fue el vehículo principal para la participación de los ciudadanos. No eran necesarias grandes construcciones intelectuales ni una sólida base teórica para que cada individuo expusiese lo que consideraba más beneficioso para la colectividad. En ese espacio verdaderamente público de la toma de decisiones, la ekklesia, nadie era rebajado por sus carencias intelectuales. Los especialistas, especialmente los juristas, no jugaron ningún papel en un proceso de transformación que no fundaba su legitimidad en leyes elaboradas sin la participación del demos.

Sin duda, la oralidad como terreno de la democracia entrañaba el peligro de la ápate, de la persuasión mendaz propia de los demagogos y los arribistas sin escrúpulos. De hecho, en Atenas fueron los propios ciudadanos quienes, prestando oídos a sus enemigos, votaron contra la continuidad del régimen democrático. En esencia, lo que la oralidad exigía de los ciudadanos era una mínima claridad para la exposición de argumentos a favor o en contra de determinada propuesta. Reflexionar, fundamentar y emitir un juicio político es algo muy diferente de deglutir toneladas de propaganda electoral y decidir quién ha de decidir por nosotros.

Análogamente, en el lenguaje usado por los campesinos en las asambleas para defender sus posiciones con credibilidad y rigor no hay resonancias de la habitual retórica sibilina de los representantes políticos. La publicidad de la discusión política es exactamente lo contrario del secuestro de la toma de decisiones por una burocracia partidista. Lo que estaba en juego no era el habitual cinismo de los políticos ni la mejora de la imagen del partido en las encuestas ni la necesidad de crear las condiciones para la reelección. En ese sentido, el derecho a tomar la palabra, la isegoria, y la libertad de hablar sin censura, la parresia, incluso para los menos instruidos, acarreaba la obligación de ser responsable de sus palabras. La libertad para hablar no autorizaba la estupidez espontánea ni el rebuzno sabihondo que se pretende ilustrado; por encima de todo, demandaba responsabilidad personal.

No se trataba únicamente, entiéndase bien, de «verdad» o de «mentira», sino de ser conscientes de las repercusiones del discurso y las decisiones de cada uno. En la arena política no existen, ni pueden existir, verdades definitivas. Las decisiones alcanzadas por la asamblea no podían ser consideradas «verdaderas» o «falsas», puesto que eran verdaderas en virtud de la fuente, es decir, la propia asamblea. Determinar verdades políticas de antemano significa anular el debate; si esa verdad existiese y no emanase de la colectividad, la única cuestión a elucidar para una colectividad sería encontrar al responsable de ejecutarla. Toda tiranía comparte con los partidos políticos «democráticos» esta mistificación.

Por otro lado, la forja de un politeai consciente de las implicaciones de hacer parte de un régimen democrático no era una cuestión de enseñanza, educación o formación en un sentido político del término. «La erudición llega, la sabiduría tarda», afirmó Lewis Mumford, en una síntesis perfecta de lo que para los atenienses constituía la necesidad vital de vincular de forma estrecha las tareas propias de la política democrática y las de la vida cultural. La elección de formas organizativas basadas en la horizontalidad y la igualdad proporcionaron una vívida educación política a los integrantes del movimiento libertario español. Además, la paideia, entendida como proyecto integral de formación de ciudadanos autónomos que no rendían culto a la obediencia ciega en política ni a la ignorancia complacida en la cultura, fue reeditada por los libertarios a través de la creación de una vasta red de ateneos, bibliotecas, grupos de teatro, cursos de alfabetización y escuelas populares.

La participación efectiva en organizaciones no jerárquicas, así como el esfuerzo continuado a lo largo de los años por generar pasión democrática, fueron la clave del desarrollo del proceso transformador de 1936, un proceso colectivizador que mostró a las claras que no son necesarios Estados, partidos, burócratas, militares profesionales, gendarmes y pastores de almas para construir un modelo de sociedad donde la libertad, la autonomía y la dignidad sean algo más que conceptos huecos y lugares comunes del léxico político.

Sin dejar nunca de lado el deseo de revelar las cuestiones más estridentes y de iluminar sus puntos más oscuros, el estudio de Mintz llegó a la conclusión de que la importancia de esta experiencia radicaba en la decisión de organizarse sin necesidad de tutelas y jerarquías. Los historiadores no afines a los postulados libertarios que siguieron el surco abierto por la obra de Mintz aportaron posteriormente nuevos datos y ángulos de interpretación; gracias a todas esas contribuciones es posible afirmar que las colectividades no fueron un fracaso. Por el contrario, el nivel de vida de los habitantes de los miserables pueblos organizados en comunas mejoró, y, más aún, después de ser arrasadas militarmente por la República, muchos campesinos porfiaron en reconstruirlas. En cualquier caso, lo verdaderamente importante no son los resultados materiales, sino el testimonio de grandeza y amor por la libertad que legaron al futuro.

Lo cierto es que esos escasos episodios históricos en los que los individuos toman las riendas de sus propias vidas siempre tuvieron perturbadoras implicaciones para los amantes del orden. Nadie las expresó mejor que Chateaubriand cuando, refiriéndose a la Revolución francesa, escribió que en una sociedad consumida por el cambio traumático «el género humano de vacaciones pasea por las calles, libre de sus pedagogos, volviendo por un momento al estado de naturaleza, y no siente de nuevo la necesidad del freno social más que cuando lleva el yugo de los nuevos tiempos engendrados por la licencia». Como el gran escritor francés, también los detractores de la revolución social trataron de acabar con las vacaciones del género humano e imaginaron en la irreductible voluntad de ser libres de sus protagonistas un acceso de demencia que amenazaba con desintegrar la sociedad. Contrariamente a lo sucedido en Francia, en el caso español los nuevos tiempos que siguieron a la derrota no fueron «engendrados por la licencia», sino por la represión y el olvido.

Frank Mintz puso una de las primeras y duraderas piedras en el edificio de la memoria de estos hechos y demostró que no había en ellos el menor rastro de extravagancia ni de fervor milenario, sino un sentido muy profundo del bien común como principio de la vida colectiva. Han pasado cuatro décadas desde la gestación de este libro, pero continúa tan vigente como el primer día. Ese es el gran mérito del trabajo de Mintz; posee la cualidad de los clásicos: la perdurabilidad.
Nº 359-360 / junio-julio 2018

viernes, 13 de julio de 2018

Poder mirarla a la cara


«El anuncio de la ministra de Justicia sobre las exhumaciones y las sentencias del franquismo es aún un anuncio, pero es también, sin duda, un paso imprescindible para poder mirar a miles de hombres y miles de mujeres como ellos a la cara».

Por OLIVIA CARBALLAR

Adelia Hermoso lleva años sin faltar a un solo acto sobre memoria histórica. Ella busca a Baldomero Durán, el primer marido de su madre, Beatriz. Antonio Narváez lleva desde los tres años sin su madre y sin su padre, ambos asesinados en 1936. Ascensión Mendieta consiguió enterrar a su padre sola, sin ayuda del Estado, casi 80 años después.

El anuncio de la ministra de Justicia, Dolores Delgado —asumir el deber del Estado de exhumar las fosas del franquismo, ilegalizar todas aquellas organizaciones que hagan apología del franquismo y declarar nulas las sentencias del franquismo— es aún un anuncio, pero es también, sin duda, un paso imprescindible para poder mirar a miles de hombres y miles de mujeres como ellos a la cara.

«No puede ser que personas con más de 90 años se desesperen intentando recuperar los restos de sus padres ante la negativa de un juez o la arbitrariedad de un ayuntamiento», ha dicho la ministra de Justicia. «Ha sido el día más feliz de mi vida», dijo Antonio Narváez cuando declaró en la causa de la querella argentina, que investiga los crímenes del franquismo al otro lado del Atlántico. Había contado esto:
«A mi padre lo mataron luchando por la libertad. Ya habían dado el golpe de Estado, dos días después, el 20 de julio del 36. Era un hombre que sabía leer y escribir y por eso mayormente lo tenían entre ceja y ceja. Ese día, él iba andando por la calle y salió un tiro de una reja. No estaban luchando ni nada. Lo hirieron, lo llevaron al hospital y al otro día al cementerio. Como todavía no habían empezado las matanzas, lo metieron en un nicho. Luego lo sacaron y lo echaron en una fosa común. Tres o cuatro semanas después, a mi madre, después de raparla junto a su madre y otra hermana, la sacaron de la cama y le dijeron que la llevaban a dar un paseo. Mi hermano, de cinco años —ya fallecido— y yo, de tres, estábamos dormidos».
Nunca más la volvió a ver: «No me acuerdo de su cara, pero jamás la he olvidado y quiero darles a los dos un entierro digno». ¿Es esto acaso reabrir heridas? ¿Es esto acaso una venganza? No, es una obligación del Estado, una necesidad de la democracia.

12 julio 2018

sábado, 7 de julio de 2018

¿Será España una democracia?


Por JEAN ORTIZ

Ya no me acuerdo de quien dijo un día algo así: en España se puede ser demócrata (de pandereta, añado yo) sin haber sido antifascista, sin haber roto con el franquismo.

Es difícil hablar de democracia a propósito de un país que no hace del antifascismo un referente de su identidad, tras largos años de crímenes fascistas masivos, un país que deja tirados en las fosas comunes, en las cunetas, a unos 130.000 republicanos antifascistas (entre 114.000 y 150.000 según las fuentes), fusilados por los franquistas. España es el segundo país en el mundo, después de Camboya, donde más hubo (y quedan), cantidad de «desaparecidos», asesinados y amontonados en fosas: 1.850 fosas localizadas en el primer «mapa de fosas». (Para «comparar»: Chile tiene unos 3.000 «desaparecidos»).

Es difícil hablar de «democracia» a propósito de un país donde el pasado ha sido y sigue siendo, de alguna manera, casi ocultado, enterrado, sin asumir, un país donde el franquismo («centinela de Occidente») sociológico, ideológico, impregna todavía amplios sectores de la sociedad, un país donde el olvido del pasado ha sido una estrategia política impuesta por las clases dominantes. El franquismo sigue, 80 años después del golpe cívico-militar de julio del 36, globalmente impune. El fascismo español no ha sido juzgado, ni como tal, como régimen, ni a través de sus verdugos. Esa exigencia callada (la impunidad para el franquismo), entraba en el famoso «pacto» (consensuado) de «la Transición», en los anos 1977-78, tras la muerte del dictador el 20 de noviembre de 1975... «Pacto del silencio y del olvido».

España es un país donde un juez prestigioso y pertinente, eficaz, independiente: el juez Baltazar Garzón, ha sido condenado a muerte profesional, sometido a juicio y obligado a dimitir, por querer investigar la feroz dictadura franquista (sus crímenes de toda clase), sus jefes (ninguno ha sido juzgado). El diario El País del 15 de mayo del 2010, lleva en su primera plana, el titular: «Garzón cae por querer investigar el franquismo».

Los verdugos han muerto en sus camas, o pasean todavía libres, pese a sus crímenes de lesa-humanidad, (crímenes que no prescriben). España es un país donde un alto dirigente socialista, exjefe del Gobierno de «alternancia» de octubre de 1982, Felipe González, (que alecciona al mundo entero sobre «derechos humanos») se jacta de haberlos violados. González confesó al diario El País el 20 de abril del 2001: «nosotros decidimos no hablar del pasado»; es decir explícitamente: no tocar al franquismo y a su heredera, la monarquía, ilegítima. Desde la Iglesia hasta sectores de la «izquierda moderada», muchos falsos demócratas siguen cacareando sin fin, cínicamente, las mismas mentiras, y nos contestan, cuando exigimos «justicia»: «no se pueden reabrir las heridas del pasado»… ¡Heridas que nunca antes fueron cerradas, y un pasado que no pasa! El revisionismo es tan peligroso como el olvido. Hoy en día, el riesgo principal, en la «batalla de la memoria», me parece ser la «re-escritura», neo-conservadora, de la historia de la República, de la Guerra de España, del franquismo, de las Resistencias… criminalizando a los Republicanos, a los combatientes por la República, a los guerrilleros, presentándoles como «agentes del comunismo internacional», «títeres de la KGB», como si el antifascismo fuese una manipulación de Moscú…

En España, poco a poco, desde hace unos diez años, gracias al trabajo militante de las «asociaciones de memoria» (ARMH, Foro de la memoria, Federación de los foros, etc.), de las asociaciones de víctimas, y a las investigaciones de historiadores «progres», se está recuperando paulatinamente la memoria republicana (de la Segunda República proclamada el 14 de abril de 1931). Ahora se puede hablar e incluso reivindicar la República, la «Tercera», que sea más social, más anticapitalista que la de 1931, exigir un referéndum entre monarquía y República, como lo proponen los comunistas, los militantes de Izquierda Unida, los de Podemos, algunos sectores minoritarios del PSOE, la izquierda radical, los anarquistas, los movimientos sociales de maestros, de jornaleros del campo, el sindicato andaluz de trabajadores (SAT), de enfermeras, de «sin techo», de desahuciados… Los partidos del sistema, ellos, niegan y se oponen a la necesidad de una democracia completa, en un país que sea múltiple.

La derecha cavernícola y la mayor parte de los dirigentes «socialistas», adheridos al social-liberalismo, rechazan la perspectiva constituyente y se aferran todavía a un modelo caducado de «transición modélica», de colaboración de clases…

Hoy en día, se ve la bandera tricolor republicana en la mayoría de los actos militantes. Van hablando «los silencios de la historia», que fue hasta hace poco historia oficial, la de los «vencedores»de la «Cruzada», y van rellenándose los huecos del olvido pactado.

Estamos rompiendo el cerco de la desmemoria. Fundamentalmente por el compromiso de los militantes de la memoria, en España, apoyados por un fuerte movimiento memorial al otro lado del Pirineo, en Francia. En los dos países, las clases dominantes temen que esos movimientos «memorialistas» enlacen con, (o se vuelvan) los movimientos sociales. Frente al auge del «retorno republicano», como lo escribí en el libro Espagne, la République est de retour, los dos grandes partidos, ex-pilares del sistema, los socialistas (PSOE) y la derecha neo-franquista (el Partido Popular, apoyado por «Ciudadanos»), se niegan a cualquier referéndum sobre la monarquía y la autodeterminación de los pueblos de España. Rechazan la propuesta democrática, que va creciendo, de un proceso constituyente para institucionalizar lo que España es: una «nación de naciones», y avanzar hacia una «federación» o «confederación» (para otros), acabar con la España al revés, «una», uni-nacional, para derogar la Constitución de 1978, bastante continuista y democrática solo en apariencia. El Ejército es presentado como «garante de la unidad de España», un país, según la Constitución, «no confesional”», pero no definido como «laico». Bajo el seudo-referéndum de 1978 sobre la Constitución, iba pareja la transformación de España en una monarquía parlamentaria. Pero no fue eso —monarquía o república— lo que se le preguntó a los españoles. Para la mayoría del pueblo (y ahí radicaba el engaño), votar «sí» a la Constitución no era asumir la monarquía.

La crisis, el fracaso del «modelo de la transición pactada», de un proceso supervisado en la primavera de 1977 por Estados Unidos y la Internacional Socialista (Vernon Walters, H. Smith, W. Brandt, H. Kissinger) trastoca todos los papeles. En realidad, la «transición modélica» resulta pura leyenda, puro mito, pura falacia y montaje politiquero. El franquismo se recicló muy rápidamente en «monarquía parlamentaria», en «democracia». Como dicen algunos españoles «rojos»: muchos franquistas se acostaron «fachas» y despertaron demócratas.

El golpe militar del 18 de julio del 1936 y la larguísima dictadura franquista no fueron ni un «pronunciamiento» de los habituales ni una «dictadura» como otras. El destacado historiador anglosajón Paul Preston habla de «holocausto» premeditado, planificado. Los vencedores lo querían irreversible para aplastar definitivamente a las clases populares. «Holocausto» según Preston para caracterizar el terror y la represión franquista, y ese miedo que no acaba nunca, que se trasmite de generación en generación. Desde el principio, Franco, como Mola, Queipo de Llano, planteaban la necesidad de «depurar», de «limpiar» a España del «gen» de la revolución, del marxismo, del anarquismo… Entrevistado el 27 de julio de 1936 en Tetuán, por el periodista Jay Allen, Franco declaraba querer «salvar a España del marxismo a cualquier precio». No se trataba sólo de ganar la guerra sino de paralizar al pueblo por el terror. Los golpistas concebían la guerra como una guerra de exterminio. En agosto del 1936, en Badajoz, mataron a más de 10.000 personas; la plaza de toros se tiñó de sangre. La «columna de la muerte» arrasó a pueblos enteros. Un terror estimulado desde arriba, desde la dirigencia; llamamientos repetidos a violar (una terrible violencia de género), a matar, a «depurar»...

En septiembre de 2013 («Cadena Ser», 30 de septiembre), una vez más, la ONU exigió a España que acabase con la Ley de Amnistía del 15 de octubre de 1977, en realidad ley de auto-amnistía, de impunidad, ley finalmente de «punto final» (la expresión es latinoamericana). El artículo 2 de la ley da la tónica: se amnistía al personal del régimen por los delitos cometidos, en el ejercicio de sus funciones, contra los derechos de las personas...

Con la Ley de Responsabilidades políticas de 1939, a cada apresado, a cada condenado republicano, se le incauta los bienes; se los roban los terratenientes, los vecinos, los bancos… El articulo 10 de la ley dice: «En toda condena se impondrá, necesariamente, sanción económica». Queda por escribir la historia de la espantosa represión económica contra las familias republicanas, el gran saqueo a cargo de las autoridades, así como de las familias afines al régimen… El incalculable botín franquista… Y ni una palabra acerca de una necesaria «reparación», de la devolución de los bienes incautados (propiedades, cuentas bancarias…), como sería lo normal jurídica y moralmente. Ni se menta tal posibilidad…


En Andalucía existen oficialmente 61.958 expedientes de incautación de bienes (cifra infravalorada por el miedo a denunciar) a los represaliados, despojados de lo poco que tenían. En esa misma Andalucía, entre 1936 y 1945, hubo 57.801 fusilados (49.718 republicanos y 8.083 franquistas). El tema del equiparamiento del terror, de «los dos campos», el dogma mentiroso del «todos culpables», tan querido y cacareado por los «demócratas naftalina», se revela una verdadera farsa, una manipulación asquerosa.

No se puede equiparar el terror republicano espontáneo, que duró las primeras semanas, y el terror fascista planificado, promovido por las autoridades, en forma de revancha de clase, y que se prolongó hasta los años setenta. Cuando se investiga, se profundiza la represión, como lo hicieron los historiadores Tuñón de Lara, Francisco Moreno, Francisco Espinosa, Ángel Viñas, Javier Tusel, Reig Tapia… uno se da cuenta de la falacia del tema del «equilibrio del terror y de la memoria», de la falacia del concepto de «responsabilidad colectiva».

Los socialistas lo han plasmado cuando, el 12 de Octubre (¡día de la «raza»!) del 2004, hicieron desfilar juntos (el «Desfile de la Victoria») a un nazi español de la División Azul, y a un héroe republicano español, que combatió con el general Leclerc, en la 2da. DB, para liberar a Francia. Esta fue parte de «La Nueve» (160 hombres), compuesta principalmente por anarquistas y comunistas españoles, fue la que primero entró en París, participó en los últimos combates, unas horas antes de verse liberada la capital, por una insurrección popular.

Hoy día todavía, a la borbónica familia real, metida en muchos escándalos, se le protege en la medida de todo lo posible. El «caso Garzón», la corrupción estructural, los muchísimos escándalos mayúsculos que afectan a unos y a otros, como el enorme «caso Gurtel», que conciernen y comprometen sobre todo al Partido Popular, no le impidieron ganar las elecciones, ni gobernar el país. «Forrarse» es considerado como algo normal. A la mayoría de los jueces, no les importa un pepino la supeditación de la justicia. La crisis catalana y del «pacto territorial», reflejan con creces esa falta de independencia judicial. El Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional son los que han acabado con el juez Garzón. Como en los «viejos tiempos», hoy día, las cárceles catalanas se han vuelto a llenar de presos políticos «independentistas» (la mayor parte de ellos «ediles»). El «nuevo» rey Felipe VI se ha salido de su papel pronunciando un discurso anticatalán, de inspiración y contenido ultraconservador, brutal, represivo. ¡¡Se han caído las máscaras!! El supuesto «rey de todos los españoles» ha seguido à Rajoy y al PP.

España se ha puesto deliberadamente fuera de la normativa internacional de los derechos humanos, incluso tras adoptar, sin los votos del PP, en el 2007, la nueva ley (ni siquiera se le llama «de memoria» y no lleva una sola vez la palabra «república»). El texto descafeinado fue votado el 31 de diciembre del 2007. Los militantes de la memoria presionaron al gobierno socialista (de Zapatero) para conseguir por fin una verdadera ley de memoria… Tras meses de vacilaciones, de consultas (incluso con los grupos franquistas) el texto, basado en el «equilibrio de la memoria», no satisfizo a nadie. Ni justicia, ni verdad, ni reparación. España no cumple con la legislación internacional en los casos de «desapariciones forzadas» (fosas comunes). 80 años después de la guerra, siguen sin anularse los tribunales militares sumarios, sus juicios sumarísimos y sentencias criminales. Quedan por rehabilitar, entre otros fusilados o «agarrotados», Puig Antich, Julián Grimau, Miguel Hernández, Cristino García, militantes anarquistas supliciados, del FRAP, el presidente catalán Companys…

El entonces jefe del Gobierno, Mariano Rajoy, el 20 de febrero del 2008, barrió con todas las ayudas estatales a las asociaciones que abren fosas y hacen el trabajo que tuvieran que hacer las autoridades. Exclamó: «ni un euro para las fosas». Al Estado sin embargo le incumbe hacerse cargo de la localización, la exhumación y la identificación de los «desaparecidos» (un ejemplo: dos fosas de más de 2.000 víctimas en los cementerios de Córdoba). Socialistas y «pepistas» ni han cumplido ni cumplen. Los gobiernos sucesivos han evadido sus responsabilidades. Una periodista y novelista francesa, Renée Lafont, fusilada por los franquistas el primero de septiembre del 36, yace olvidada en la fosa común del cementerio cordobés de La Salud… Unos militantes franceses han lanzado, a principios del 2018, una campaña internacional para que los gobiernos francés y español exhuman sus restos, y los trasladen, con los debidos honores, a Francia. ¡¡Ningún gobierno «democrático» ha contestado!!

En la España «democrática», todavía no se ha desfranquizado en profundidad. Quedan decenas de calles con nombres de fascistas…

Y qué decir del único «parque temático fascista» en el mundo: ¡¡el faraónico Valle de los Caídos!! Un mausoleo a la gloria de los «vencedores», un lugar de exaltación al fascismo, construido durante 20 años con el dinero de las arcas públicas; y utilizando el trabajo de 20.000 presos antifascistas, explotados, humillados, maltratados. El Valle, mantenido con los recursos de los contribuyentes, fue y sigue siendo además un gran negocio. En la gigantesca basílica está la tumba del dictador Franco… Al acabar la guerra, España contaba con 400.000 presos republicanos. Una cifra récord. Se fusilaba sin parar pese a (oficialmente) haber «terminado la guerra» el 1 de abril de 1939.


En las (post)dictaduras latinoamericanas, a las que España exportó su «modelo» de transición, se crearon Comisiones de la Verdad… En España, no ha habido comisión alguna, ningún rastro de Comisión Verdad-Justicia-Reparación. La ley de Amnistía de 1977 no permite que se investiguen los crímenes franquistas. Cada intento se enfrenta al rechazo del PSOE, de Ciudadanos y del PP. El desamparo jurídico y político de las víctimas y de sus asociaciones, la falta de apoyo institucional, les obliga a acudir a jueces extranjeros como la jueza María Servini de Cubria, en Argentina.

A ese terrible balance de violaciones de los derechos humanos sin respuesta, cabe añadir el insoportable caso de los niños robados (más de 30.000) a sus familias republicanas, «subversivas», diabolizadas, para entregarlos, en adopción plena, quitándoles nombre y apellido, a familias «cristianas» adictas al franquismo, que les «lavaban el cerebro». Esa «depuración política», promovida y organizada por el franquismo, la Falange y la Iglesia, estribando en decretos, leyes oficiales (entre otros un decreto de noviembre de 1949), se ha vuelto un negocio hasta entrados los años 1990 (una ley de 1987 pretende poner fin a ese crimen de Estado). El Estado español no ha hecho nada para enfocar, tratar de responder a ese crimen de lesa humanidad, buscar y encontrar a esos muertos-vivos. En Argentina, las comisiones han «recuperado» adultos, que fueron «niños robados» por los militares.

Y ni que hablar de la represión económica y de su «reparación» como corresponde en esos casos.

Muchas empresas que ayudaron a Franco, en la construcción del insultante y gigantesco mausoleo del Valle de los Caídos, quedan hoy entre las más importantes del país.

Las que ayudaron a Franco se beneficiaron de concesiones estatales: mano de obra esclava, barata, batallones de presos republicanos ¡¡«rehabilitándose» por el trabajo!! Hoy día, los descendientes de esa oligarquía franquista campean siempre entre los más ricos de España. Es el caso de FECSA (absorbida por ENDESA), de los hermanos March, banqueros del franquismo, de los HUARTE, de los BOTIN, de la ingente constructora ACS, presidida por Florentino Pérez, actual presidente del Real Madrid…

Los Huarte han entrado en el gigante de la construcción OBRASCON HUARTE LAIN, Juan Banus ha sido el caudillo corrupto de Puerto Banus… 43 ministros de Franco fueron dirigentes en el sector bancario. El neo-franquista líder del PP, J.M. Aznar, es nieto de Manuel Aznar Zubigaray, ex director de la agencia de prensa EFE, y después embajador en la ONU… «Son los mismos perros», decía mi tía Pilar, «con collares diferentes».

El 10 de enero de 1939, el ministro republicano de Exteriores, Álvaro del Bayo, en un discurso en la Sociedad de las Naciones, increpaba a las «democracias occidentales» culpables por la capituladora «no intervención», exclamando: «El día vendrá en que se acuerden todos ustedes de nuestros muertos». Las supuestas «democracias occidentales», por intereses de clase, prefirieron, y no siempre solapadamente, el fascismo al Frente Popular. Hoy día, el contexto internacional exige que reevaluemos el antifascismo.

Si España fuese una democracia, lo sería pues muy «incompleta», con muchas carencias, con un montón de cuentas pendientes, con la ausencia de juicio político a la dictadura, con impunidad oficial de los torturadores… No puede haber democracia plena que no esté basada en Verdad-Justicia-Reparación. Un día, el rey Juan Carlos le tiró a Hugo Chávez: «¿Por qué no te callas?». Tras ese balance, poco democrático: ¿Quién debería callarse?

23 junio 2018

lunes, 25 de junio de 2018

El camello

El camello es más que un solo animal.

Por DORION SAGAN

Prensa aparte, para entender la idea de la génesis biosférica, es esencial comprender la naturaleza comunitaria de todas las entidades biológicas, incluso las más familiares y comunes. Los organismos no se adaptan a entornos inertes y sin vida, sino a entornos vivos, a un medio activo de organismos metabolizantes. Vivimos en casa que, si están hechas de madera, son árboles transformados. Dentro de nosotros viven microbios de los cuales somos nosotros el medio ambiente. Cada hábitat en sí mismo contiene una comunidad de organismos en interacción cuyos residuos metabólicos y continuas transformaciones del medio producen una especie de armonía dinámica en que biota y entorno, seres vivos y morada, no pueden nunca separarse totalmente.

Unas diferentes condiciones medioambientales —mayor o menor pluviosidad, grados diversos de luz solar y composición de nutrientes del suelo— se traducen en comunidades de organismos fuertemente distintas. Aunque no les prestamos mayor atención, las comunidades naturales de la biosfera son muy complejas. En muchos casos parecen ser más sofisticadas, si bien de modo inconsciente, que las realizadas por manos humanas, ya sea por arquitectos, científicos o ingenieros. Por ejemplo, los montículos de las termitas del desierto, enormes conos o pirámides que parecen castillos de arena, están orientados en coordinación con el campo magnético de la Tierra. Estos montículos están construidos de modo que cuando el sol está en su punto más alto y más caliente cae sobre su parte más estrecha, lejos de la parte ancha donde viven los insectos. Algunas termitas que viven en zonas áridas de África «climatizan» sus montecillos, logrando una humedad relativa interior del 98 por ciento. Los conos de las termitas están construidos con materia fecal y saliva —materiales «encontrados»— pegados para formar una sustancia a la de los ladrillos y argamasa. No muy diferentes a las construcciones de barro de los cercanos seres humanos, los conos son soluciones orgánicas para contener al entorno local; ambos regulan la temperatura mejor que esas casas de cemento, superficialmente más avanzadas cuyo interior, cuando están expuestas al sol, se vuelven rápidamente más calientes aún que el ardiente desierto que las rodea.

A diferencia de la mayoría de los animales, algunos ratones y langostas del desierto retienen y reutilizan el agua formada químicamente por la respiración. Esta clase de «tecnología» de reciclado del agua está resumida en el camello, que no orina amoníaco, producto final habitual del metabolismo proteínico, sino que, por el contrario, con ayuda de bacterias simbióticas que viven en su cuajar, el amoniaco es reciclado para formar valiosas proteínas. En la mayoría de los mamíferos, el amoniaco es excretado en forma de urea con el agua de la orina. Pero el camello «individual», sin embargo, no tiene nada de individuo. Es una congregación, una comunidad de organismos interdependientes. Más aún, todos los organismos de la Tierra, desde los mosquitos a los elefantes, muestran esta naturaleza múltiple. Los únicos organismos que podría considerarse singulares, como mónadas, son las bacterias. Pero incluso esta apreciación sería errónea, porque las bacterias de la naturaleza funcionan en conjunción, digiriendo detritus, emitiendo gases, alterando la composición química de la atmósfera y los océanos a escala global.

Millones de bacterías se hallan en el interior del sistema
digestivo de los animales, sin ellas no sobreviviríamos.

Mientras que los mamíferos que no expulsan amoníaco en la orina pueden morir de uremia, la «comunidad» que reconocemos como «un camello» recicla hasta un 95 por ciento de su nitrógeno, utilizando el nitrógeno de este compuesto «residual» para sustituir moléculas de ADN, ARN y proteínicas. Debido a que el camello recicla su nitrógeno, sólo necesita una ración de proteínas alimentarias que es la vigésima parte de lo que de otro modo precisaría. Al mismo tiempo, puesto que las bacterias del cuajar reciclan la urea, no le hace falta expulsar amoníaco y agua, un recurso muy valioso en el desierto gracias a su fisiología recirculatoria.

Para que la vida perdure en el espacio hace falta un artificio parecido, una circulación extraterrestre de la vida terrestre que sea, no obstante, casi intrauterina, como un huevo en cuanto a la circulación y la transformación de residuos dentro de «caparazones» tecnológicos. Tenemos que reconsiderar nuestra relación con la materia de desecho para trasladarnos al espacio. En el entorno extraterrestre se hace flagrantemente evidente que los sobrantes —ya sean metabólicos, industriales o tecnológicos— no pueden ser simplemente eliminados, sino reintroducidos en el ciclo de la existencia. En cierto sentido, los humanos en general representamos un sobrante de la faz biogeológica de la naturaleza: algunos de nuestros productos tecnológicos se han resistido a ser absorbidos por la biosfera. El reto para nosotros reside en integrarnos en la biosfera que está en torno y dentro de nosotros, e implicarnos plenamente en el ancestral sistema de circulación biosférica. No el hombre ni la humanidad, sino todo fluido de la individualidad biosférica transhumana y multiespecie pasa a ser la medida de todas las cosas.

La vida es quimérica. Igual que la biosfera exhibe algunos rasgos característicos de un solo organismo, así el individuo es a un tiempo un agregado de organismos y parte de una agregación. Los organismos que comprenden las células y cuerpos de cada planta y cada animal no eran en origen, y siguen sin serlo en muchos casos, del mismo tipo. Las bacterias primigenias pudieron incluso ser hostiles —invadirse y comerse mutuamente antes que crear grados diversos de tolerancia, armonía y desarmonía—. Pero, con el tiempo, triunfaron las parejas disimilares, y los ménages à trois, y las asociaciones de cuatro y de números aún mayores.

Pero por encima de las notas disonantes de competencia y exclusión, la historia de la Tierra toca una melodía de compañerismo y avenencia. Nadie niega que la vida es la lucha por la existencia. Siempre somos demasiados. Pero todo aquello a lo que llamamos vivo ha resuelto ya, o está en proceso de resolver, sus luchas. También la humanidad, tanto tiempo en apariencia separada de la naturaleza y avanzando por su propia vía tecnológica, debe ponerse a la altura biosférica. Desde la perspectiva de la evolución a largo plazo, parece incontestable que tenemos que someternos, a nosotros y nuestros productos, a los antiguos modos de la vida en la Tierra si hemos de sobrevivir. Como civilización global, tenemos que acompañar a la naturaleza como si fuéramos enamorados.

Biosferas. Metamorfosis del planeta Tierra
(1990)
Si somos lo inteligentes que creemos ser,
tenemos que volver a integrarnos en los ciclos de la vida.
Debemos aprender más de la Naturaleza.

miércoles, 20 de junio de 2018

Los majestuosos baobabs de África están sucumbiendo misteriosamente

 

Algunos de los ejemplares más grandes y antiguos del continente han colapsado repentinamente en el último decenio

INVESTIGACIÓN Y CIENCIA
15 junio 2018

Los icónicos baobab de África están muriendo, y los científicos no saben por qué. En un estudio en el que se examinaban las causas de la longevidad de estos árboles, investigadores de la Universidad Babeş-Bolyai, en Rumania, han descubierto de modo inesperado que muchos de los ejemplares más antiguos y de mayor tamaño han perecido a lo largo de la última década.

El baobab (Adansonia digitata) es la más antigua de las especies de angiospermas (plantas con flores) y crece en las regiones tropicales del continente africano. Uno de estos árboles puede presentar hasta 500 metros cúbicos de madera y puede vivir más de 2.000 años. Sus anchos troncos a menudo están ahuecados, y sus altas ramas se asemejan a raíces que se extienden hacia el aire.

En su estudio, los investigadores, que publicaron sus hallazgos en Nature Plants el pasado 11 de junio, se propusieron utilizar una nueva técnica de datación por radiocarbono para determinar la edad y la arquitectura de la especie. Los métodos habituales para conocer la edad, basados en el recuento de los anillos de crecimiento, no son resultan adecuados en los baobabs, porque sus troncos no necesariamente producen anillos anuales.

La edad de los árboles solía atribuirse a su tamaño, y en el folclore local los baobabs a menudo se describen como viejos, comenta el autor del estudio Adrian Patrut, radioquímico de la Universidad Babeş-Bolyai, en Rumania.

Renovación constante

Entre 2005 y 2017, el equipo de Patrut dató más de 60 árboles en el continente y sus islas, que correspondían casi a todos los baobabs más grandes y longevos conocidos en África. Para comparar la edad de diferentes partes de los árboles, los investigadores recolectaron muestras de madera de la cara interna de las cavidades y de la parte externa de los troncos, así como de incisiones profundas en los tallos, que luego sellaron para evitar la infección.

Según Patrut y sus colaboradores, las mediciones indican que los árboles viven tanto tiempo porque producen periódicamente nuevos tallos, de forma similar a cómo otros árboles producen nuevas ramas. El equipo explica que, con el tiempo, estos tallos se fusionan en una estructura en forma de anillo, creando una falsa cavidad en el centro.


Pero, sorprendentemente, también descubrieron que la mayoría de los baobabs más antiguos y de mayor tamaño perecían durante el estudio, a menudo de forma repentina entre las mediciones. Nueve de los 13 baobabs más antiguos y 5 de los 6 más grandes murieron en el período de 12 años, «un evento de una magnitud sin precedentes», apunta el estudio. Los investigadores no hallaron signos de una epidemia o enfermedad, lo que los llevó a pensar que el clima cambiante en el sur de África podrían ser el responsable del fenómeno, pero subrayan que se necesitan más estudios para confirmar esta idea.

En un árbol en particular denominado Panke, un baobab gigantesco y sagrado en Zimbabwe, los investigadores observaron que en 2010 y 2011, todos los tallos cayeron y murieron. El equipo estima que el ejemplar contaba unos 2450 años, por lo que es el baobab y la angiosperma africanos más antiguos conocidos con mayor precisión. Otros árboles del sur de África también murieron por entero o experimentaron un colapso parcial de los tallos.

Investigaciones anteriores han revelado una disminución en el número de baobabs maduros y la falta de árboles jóvenes en la región.

Preguntas antiguas

Los expertos locales acogieron favorablemente la técnica para datar los baobabs, pero algunos se mostraron escépticos sobre los recientes hallazgos. Michael Wingfield, fitopatólogo de la Universidad de Pretoria, opina que la muestra tomada por el equipo fue pequeña y no proporcionó pruebas que descartaran una posible epidemia en los baobabs. «Sabemos muy poco acerca de la salud del baobab», comenta Wingfield. «Hay mucho más en esta imagen que el hecho de que los árboles más antiguos están muriendo».

Sarah Venter, especialista en baobabs de la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo, explica que las investigaciones en curso de su equipo muestran que los baobabs pueden no ser tan resistentes a la sequía como se pensaba, y esta podría ser la causa de la mortalidad. Pero una menor tolerancia a la sequía afectaría a todos los árboles, no solo a los más grandes y antiguos, apunta.

Sarah Wild