sábado, 17 de febrero de 2024

Libertad o libertinaje

Por HELENO SAÑA

A la libertad pertenecen no sólo derechos, sino también deberes, en primer término el de respetar la de los demás. No cumplir con esta segunda dimensión de la libertad significa atentar contra la de los otros, como nos enseñan no sólo las teorías políticas basadas en el concepto de democracia, sino también las reglas más elementales de la educación, el civismo y la convivencia interhumana. Por desgracia aumenta el número de personas que se saltan a la torera estos imperativos éticos y se creen autorizadas a hacer lo que les da la real gana, sin importarles lo más mínimo las consecuencias que su conducta puedan tener para sus semejantes y conciudadanos. La tan cacareada 'sociedad civil' se está convirtiendo de manera creciente en un sociedad incivil dominada por la desconsideración, el atropello y la arbitrariedad. El «todo está permitido» de Iván Karamazov ha dejado de ser una frase de novela para convertirse en pura realidad.

Todo dentro de la ley, se comprende. Para eso estamos en la sociedad permisiva, ¿no? Y lo peor es quizá que nos estamos acostumbrando a ello, como si los malos modales, el egoísmo, los empujones, la grosería o la agresividad verbal o física fueran consustanciales a la naturaleza humana. ¿Qué ha pasado, qué está pasando? Muchas cosas que quienes hemos alcanzado cierta edad no podíamos prever. Sí, tenemos la libertad política que bajo la dictadura echábamos de menos y añorábamos, pero en cambio estamos asistiendo desde hace tiempo a un visible deterioro de la libertad en el ámbito de lo cotidiano, convertida cada vez más en libertinaje. No sé si me equivoco pero pienso que una vida colmada significa algo más que poder ejercer sin trabas los derechos políticos e incluye cosas no menos importantes y decisivas como la de sentirse a gusto con la gente que uno trata y se relaciona, sea en la calle, en el lugar de trabajo, en el seno de la familia, en la escuela, en el barrio donde uno vive, en la tertulia de café o en los parques y lugares de recreo. La felicidad presupone ante todo la paz interior, la cual, a su vez, depende en alto grado de la paz que reine en el entorno social en que uno está inmerso. Ese entorno funciona hoy como una guerra sorda de todos contra todos, y eso explica que quien más quien menos viva en estado de crispación, alteración y preocupación casi permanente. Ya el simple acto de salir a la calle como peatón, como conductor de coche o como usuario de los transportes públicos va unido al riesgo potencial de ser víctima de algún percance desagradable y de tropezar con el malhumor, la insociabilidad y la mala baba de alguno de los muchos conciudadanos que insatisfechos de sí mismos y de su vida se dedican a fastidiar al prójimo. Las carreteras, las aceras y el asfalto de las ciudades se han convertido en una jungla salvaje llena de las amenazas y los peligros más insospechados. También en las grandes urbes de nuestro tiempo el «hombre es un lobo para el hombre», como según Hobbes ocurría en la fase primitiva de la historia. De ahí el desasosiego, la tensión nerviosa y la desconfianza reinantes. Pero también el hogar y el recinto familiar están dejando de ser el remanso de paz que fueron en otros tiempos, como en otras cosas demuestra el número ascendente de matrimonios rotos, la violencia de género y los antagonismos a menudo insalvables y definitivos entre padres e hijos.

El signo distintivo de la libertad bien entendida —que es la única forma legítima de libertad—, radica en su autolimitación voluntaria. Hoy se tiende, por el contrario, a acentuar y reclamar su carácter ilimitado, una exigencia que inevitablemente aboca al abuso. La desmesura que Simone Weil asignaba a la vida moderna reza también y especialmente para la libertad. Está sucediendo lo que Kant quería evitar: que el prójimo fuera degradado a mero objeto de nuestros fines egoístas. El ego del individuo medio es cada vez mayor, mientras disminuye la disposición a reconocer y tener en cuenta el de los otros. La libertad pierde con ello su esencia original para degenerar en una variante más de la prepotencia.

No sé adónde vamos a parar ni veo una salida al problema que estoy analizando aquí someramente. Lo único claro es que no podemos seguir así, a menos que nos pongamos de acuerdo para echar definitivamente por la borda el resto de cultura y de civismo que nos queda. Y eso es lo que probablemente ocurrirá si no hacemos un esfuerzo último para comprender que la libertad es un bien común y no un privilegio o monopolio de quienes no vacilan en abusar de ella

La Clave
Nº 224, agosto 2005