sábado, 28 de septiembre de 2019

¿Quién puede matar a un niño? El fenómeno Greta Thunberg como un manual de dirección de las pasiones políticas


Por DANIEL BERNABÉ

En 1976, el gran Chicho Ibáñez Serrador estrenó ¿Quién puede matar a un niño?, una película de terror donde una joven pareja viaja a una isla mediterránea que ha sucumbido a un terrible mal: los niños han asesinado a los adultos. Mientras que en historias similares como El pueblo de los malditos (1960) los pequeños homicidas tienen un origen paranormal, en la producción española la furia infantil se achaca a los males del mundo y a la inacción de las personas mayores: los críos han llegado para poner orden, al precio que sea.

Viendo el airado discurso de Greta Thunberg en la Cumbre de Acción Climática de la ONU se me hizo muy difícil no pensar en la película de Ibáñez Serrador. La joven protagonista de toda esta historia ha acaparado titulares, conversaciones en red y ha eclipsado al resto de intervinientes, desde los jefes de Estado hasta otros activistas, reafirmando la narrativa de que los niños han venido a poner las cosas claras a los malvados adultos: dicotomías de cuento de los Hermanos Grimm para un momento de audiencias hambrientas de emociones fuertes.

Pero la intervención de Thunberg me ha recordado no sólo a la película por esta división, otra más, sino por un hecho que a pesar de obvio pasamos por alto. ¿Quién puede matar a un niño? toma su título de la frase que uno de los supervivientes de la isla emplea para explicar por qué los pequeños han cometido sus crímenes sin apenas oposición: ¿quién puede enfrentarse a un niño a pesar de que este venga con intenciones hostiles? Quien sea aficionado al cine de zombies sabrá de qué hablamos.

Si hoy decimos «la adolescente más famosa del mundo» gran parte del planeta pensará en Thunberg, pero no hace demasiado tiempo, en 2013, este título le fue otorgado a Malala Yousafzai por el periódico alemán Deutsche Welle. Un poco después vino Muzoon Almellehan, a la que se llamó con demasiado descaro «la Malala siria», suponemos que por ponerle las cosas fáciles al público. Niñas, adolescentes, con vidas muy duras y una historia de superación tras de sí, con mensajes sencillos y directos que apelaban a causas nobles como la educación o los derechos humanos. Niñas que fueron utilizadas desde los centros de poder mundial para sustentar intereses geoestratégicos. Pero, ya saben, ¿quién puede criticar a una niña?

En 1992, Severns Cullis-Suzuki recibió la condecoración de «la niña que silenció al mundo» por un discurso que llevó a cabo en, adivinen, la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro. Cullis-Suzuki, con trece años, pronunció un alegato ecologista tan conmovedor como vacío políticamente. Ese mismo año y en esa misma cumbre, Fidel Castro Ruz, el presidente de Cuba, pronunció otro discurso con mucha menos trascendencia mediática que señalaba con pelos y señales el culpable del desaguisado ecológico: un sistema económico que había hecho de la rapiña, el crecimiento descontrolado y el 'extractivismo' a los países más pobres su principal motor de desarrollo. Eran tiempos en los que, después de la caída del muro, nadie quería escuchar a un comunista: hoy las palabras de Castro parecen premonitorias.



El fenómeno de los niños prodigio del activismo no es nuevo, por lo que sorprende que los medios lo pasen por alto, como si Thunberg fuera única y primera en su especie. Thunberg es, sin duda, un gran producto político, uno especialmente adaptado a la infantilización sentimental de la sociedad, pero uno que también cuenta con la connivencia de un periodismo que necesita obtener visitas a toda costa y que ya no se atreve a adoptar una postura crítica, simplemente plantear una serie de dudas razonables, frente al último fenómeno extraído de una probeta.

Lo realmente desconcertante es cómo un adulto de inteligencia media puede creer que una niña decide por su cuenta iniciar una huelga escolar climática hace un año y que doce meses después sea un icono mundial recibido por Obama y Lagarde, que viaja en un velero acompañada de un príncipe monegasco y cuenta con voz en las tribunas de los organismos más importantes del mundo. Perdonen que levante una ceja en señal de desconfianza, pero rara vez quien posee los resortes de poder decide pegarse un tiro en el pie dando facilidades a quien les confronta.

Si descartamos que Thunberg tenga capacidades de control mental –cosas más raras se han visto–, hemos de deducir que, evidentemente, hay una serie de patrocinadores detrás de la niña. Y no hablamos de ninguna extraña conspiración, sino simplemente de la forma habitual en la que funcionan la cosas en nuestra época. Alguien tiene una serie de intereses y, mejor que hacer lobby, recurre a una protagonista amable para que el público acepte con entusiasmo el cuento que se les ha propuesto, eso que ahora se llaman narrativas.

¿Estamos por aquí afirmando que el cambio climático o en general los problemas ecológicos son un cuento? Ni mucho menos. Probablemente nos enfrentemos como especie a un reto global de dimensiones catastróficas. Lo que decimos es que Thunberg, al margen de sus deseos, es el enésimo fenómeno que va a permitir que los trabajadores acaben pagando los platos rotos de la transición productiva y además lo acepten de buen grado. La pretensión real puede ser una impostergable adaptación económica para paliar el cambio climático, pero exonerando al capitalismo y manteniendo las tasas de beneficio, cargando sobre los hombros de la clase trabajadora y los países empobrecidos la factura. Ya pasó en la crisis del 2008.

El fenómeno Thunberg cuenta, en primer lugar, con un discurso emocional pero desestructurado políticamente, que no señala ni los cómos ni los porqués, que evita poner el acento en corporaciones empresariales concretas y que pasa de puntillas por el gigantesco complejo industrial-militar norteamericano, pero que además fomenta una peligrosa idea de que «la clase política» es la única responsable del calentamiento global, sin asumir que la mayoría de esos políticos son el consejo de administración, en los organismos públicos, del gran capital. La diferencia de añadir apellido a la culpabilidad es que mientras que en el segundo caso protegemos la democracia, en el primero podríamos estar tentados de verla como un impedimento. De la eco-tecnocracia al eco-fascismo hay tan sólo unos ligeros matices.

De hecho, muchos líderes políticos, de forma similar a los propios medios de comunicación, intentan subirse como pueden al carro de la niña sueca, temerosos de enfrentarse a alguien obligatoriamente popular. Además, estos políticos obvian que desde hace treinta años se han aprobado protocolos para atajar la crisis climática. Que parezca que antes de Thunberg sólo existe el vacío les libra de responder por qué esos protocolos no se han aplicado con efectividad.

La respuesta no es que no se sepa lo qué hacer, ni siquiera que en último término no haya voluntad política para hacerlo, el problema es que en un entorno capitalista de una producción cada vez más desordenada esos protocolos son inasumibles: chocan frontalmente con los modelos de los mismos entes supranacionales, como el FMI, que reciben y agasajan a Thunberg. Y eso no se puede asumir delante de los focos.

Sorprende —sinceramente ya más bien poco— que el progresismo no se esté dando cuenta de la dinámica que genera la propuesta Thunberg. Se diría, escuchando a muchos activistas y líderes, sinceramente fascinados con la joven nórdica, que lo único que importa es la concienciación y el 'movimientismo', cuando la población sabe perfectamente que tenemos un problema climático, es más, cuando la mayoría hace lo que puede por paliarlo. Por otro lado que alguien se sume a una movilización hoy apenas garantiza nada más que la expresión de la preocupación de un sumatorio de individualidades respecto a un tema. Si el progresismo detesta la movilización al estilo del siglo XX no puede luego esperar resultados parejos a los del pasado.

Este progresismo happening parece conformarse con que sucedan cosas, sin preguntarse muy bien por qué suceden o cuál es el poso que van a dejar. Se desea movilizar a una gran cantidad de personas, sin saber muy bien hacia dónde conduce ese movimiento. Conceptos como organización, poder, ideología o estrategia se han vuelto pecaminosos y ya, a lo único que se aspira es a ser meros acompañantes por si, con suerte, se pega algo del charme y las simpatías se traducen en votos. ¿Que ha quedado de la indignación española del 15M? Esa es la pregunta que este progresismo happening debería responder y no seguir con su desesperada escapada hacia adelante, en muchos casos como resultado de la enésima venganza interna para acabar con tradiciones políticas realmente útiles durante décadas.

De hecho, el greenwashing, la coartada de tal producto o empresa mediante lo ecológico, no es el asunto de fondo, sino simplemente un síntoma de una política vaciada que se adquiere como un bien identitario de consumo. Estas semanas la gente se define como pro-Greta o anti-Greta, intentando situarse histéricos en un mercado donde mostrar unas paradójicas diferencias uniformizantes. En el punto más demente las discusiones giran en torno a si el producto Thunberg posee privilegios por ser blanca y europea o sufre opresiones por ser mujer, joven y padecer síndrome de Asperger, como el célebre Sheldon Cooper. ¿Cuál es el personaje de ficción y cuál el real? La misma pregunta vale para la política progresista. A Trump, cómodo, le vale con bromear sardónicamente: su electorado es lo que espera.



En el colmo de la mezquindad y la estrechez de miras, el progresismo happening acusa a cualquiera que critique al producto Thunberg de celebrar la inacción, planteando el «qué hacer» como pregunta irrebatible que apela a la moralidad individual, de una forma muy parecida a los sacerdotes señalando desde el púlpito a los malos creyentes que se plantean dudas teológicas. La respuesta a esa pregunta es bien sencilla: lo que ya se está haciendo y de hecho se lleva haciendo décadas.

En Latinoamérica, pero también en la India y África, hay una tupida red de militantes ecologistas que además suelen hacer coincidir sus acciones con lo sindical, lo comunitario y lo étnico, dando a esa palabra llamada 'interseccionalidad' un valor real, y no el maltrato identitario al que ha sido sometida por los departamentos universitarios de Europa y Estados Unidos. La diferencia es que estos militantes no tienen espacio en los medios, no son recibidos por el FMI, los príncipes no les prestan los yates y, lo peor, son asesinados a centenares cada año. Su problema es que plantean aún un tipo de política en el que los protagonismos brillan por su ausencia, que ataca los problemas sistémicamente y que organiza a las personas de modo estable elevando su nivel de conciencia. Un muy mal producto, al parecer, para un siglo donde importan más las narrativas que las acciones.

Greta Thunberg, en el mejor de los casos, acabará como Cullis-Suzuki o Malala, escribiendo ese tipo de ensayos que se venden en los aeropuertos. Mientras países como Alemania ya anuncian dinero para la transición industrial ecológica, otros hablan de Green New Deal, maneras eufemísticas de nombrar la gigantesca reestructuración productiva que se va a llevar a cabo para intentar evitar la nueva crisis que se nos avecina y que, con la excusa ecológica, destruirá miles de puestos de trabajo estables transformándolos en empleos precarios pero con la etiqueta verde.

O esta transición se lleva a cabo de forma democráticamente ordenada, planificando la economía para el beneficio de la mayoría de la población, o nos quedaremos sin derechos y sin planeta.

No digan luego que no les avisamos.

RT Opinión
25 septiembre 2019

lunes, 9 de septiembre de 2019

Evitar el desastre climático ¿Es el IPCC pesimista?

La Naturaleza no tiene precio.
 El caos climático va a ser, lo es ya, mucho mayor que el proyectado, pero estamos dominados por un «diálogo» entre capitalistas neoliberales versus capitalistas reformistas que imaginan antes el fin del mundo que el fin de un sistema económico. Los modelos se equivocan, sí, pero exageradamente por el lado optimista de las consecuencias del cambio climático. Lo que era un problema de nuestros nietos se ha convertido en algo que debíamos haber combatido ayer y que debemos combatir radicalmente hoy.

Por CARLOS DE CASTRO CARRANZA

El Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) suele ser la referencia habitual sobre el problema del clima en el ámbito académico, en el político-económico y en los medios de comunicación de masas.

En estas líneas voy a hacer algunas críticas al IPCC desde un lado poco común: el extremo opuesto al habitual de visiones económicas y políticas neoliberales con tendencia al «escepticismo» o a la «negación». Sostengo que el IPCC representa posturas económicas y políticas capitalistas reformistas. La idea fundamental de los informes del IPCC es presentarnos el Cambio Climático como un asunto grave para las generaciones del futuro pero que necesita medidas urgentes ya.

Todos los escenarios que contempla el IPCC son ejercicios de imaginación en el que se dibujan distintos futuros posibles dentro de un esquema de crecimiento económico mundial. Según estos escenarios a finales de este siglo el mundo seguirá cabalgando en el capitalismo y será entre 2 y 10 veces más rico de lo que es ahora (el capitalismo «necesita» crecer, ya se sabe). Y la mayoría de los escenarios contemplan, además, cierta convergencia entre países ricos y empobrecidos (los países pobres tienden a crecer más rápidamente que los ricos). Es decir, el mundo estará mejor desde el punto de vista económico y desde el punto de vista de la equidad.

Aunque el IPCC advierte luego de los perjuicios sociales y económicos que el Cambio Climático generará, resulta que pocos analistas contemplan cuantitativamente cuáles son esos perjuicios. El Informe Stern suele ser el más citado de entre los «pesimistas»: el Producto Mundial económico podría reducirse en un 20% o más. Lo que pocas veces se dice es que si vamos a ser, digamos, 5 veces más ricos en 2100, el cambio climático nos hará un 20% más pobres. Es decir, «solo» seremos cuatro veces más ricos que ahora.

Esto en realidad desmonta de un plumazo el sentido de la existencia del IPCC y de las reuniones internacionales de mandatarios para la lucha contra el cambio climático como la reciente de Lima, que sigue posponiendo para mañana lo que debería haberse hecho ayer. ¿Por qué esforzarnos ahora pensando en nuestros nietos si van a vivir, pese a nuestras emisiones, mucho mejor que nosotros?

El problema fundamental es que no existe una realimentación dinámica entre las consecuencias del cambio climático y el crecimiento económico. Es más, el problema fundamental es que no se contempla un estancamiento o incluso un decrecimiento económico, no solo por el caos climático, sino por la crisis energética y la multitud de otras crisis de recursos y de residuos que nuestra civilización ha puesto en marcha.

Ni Última Llamada, ni la Advertencia a la Humanidad, son escenarios imaginados, y menos estudiados, por el IPCC o por nuestros mandatarios políticos.

¿Qué consecuencias económicas tendrá un caos climático en un mundo en crisis y decrecimiento económico? Nadie parece querer contemplarlo (de hecho el IPCC lo excluye conscientemente).

La razón es doble:

Estamos dominados por un «diálogo» entre capitalistas neoliberales versus capitalistas reformistas que imaginan antes el fin del mundo que el fin de un sistema económico.

El resultado de realimentar el caos climático con la economía es el fin del sistema económico y probablemente incluso el fin de nuestra civilización industrial (no solo por el caos climático, sino por la confluencia realimentada con la crisis energética, el caos en la biodiversidad, la desigualdad humana y un larguísimo etc.).

Dejo claro que no estoy defendiendo ningún sistema económico ni atacando ninguno desde el punto de vista ideológico, sino que describo, desde una perspectiva biofísica, el fin de un sistema económico inviable (nos guste más o menos).

Por muy verde y reformista que lo pinten
el capitalismo sigue siendo capitalismo.
Aunque ya estamos observando problemas climáticos, los informes «de consenso» nos proyectan escenarios críticos o muy peligrosos «solo» a partir del 2050 e incluso del 2080, cuando las consecuencias más graves de la crisis energética y de otras crisis ya habrán ocurrido.

En realidad convendría que no perdiéramos nuestra capacidad crítica porque el IPCC tenga que lidiar obsesivamente con las arremetidas de las filas neoliberales. El IPCC, de hecho, es muy, muy optimista (tecno-optimista) y se limita a «pequeñas» reformas.

Al igual que algunos escenarios del IPCC exageran en cuanto a nuestra capacidad teórica de emitir gases de efecto invernadero de origen fósil, todos los escenarios son optimistas en:

1.- No es tan fácil evitar las emisiones fósiles: ni las renovables pueden cambiar suficientemente pronto a las fósiles ni tendremos el capital para habilitar técnicas de absorción del CO2.

2.- Las emisiones de otros gases no serán reducidas fácilmente: el IPCC supone reducciones drásticas de otros gases, como el metano o las indirectas debido al cambio de usos del suelo; esas reducciones supondrían una revolución social y económica enorme que tendría que haber comenzado hace años, y no lo ha hecho.

3.- Los efectos sobre el clima no son tan pequeños y no son despreciables posibles efectos catastróficos de escala global: los modelos del IPCC tienden a quedarse sistemáticamente cortos, es decir, el caos climático va a ser, lo es ya, mucho mayor que el proyectado.
 
Las energías alternativas
también matan.
Pondré un par de ejemplos:

1º Las emisiones equivalentes de CO2 debidas al cambio en los usos del suelo (por ejemplo por la deforestación o el cultivo del arroz), históricamente han venido subiendo, con altibajos, en los últimos 150 años: entre 1850 y el 2000 casi se triplicaron esas emisiones anuales. Si uno tiene en cuenta que se proyecta que la población va a seguir creciendo hasta el 2050 (según el propio IPCC), ¿cómo intuir que la mayoría de los escenarios del IPCC prevén que en el 2050 se van a reducir estas emisiones por debajo de las que teníamos en 1850, cuando la población humana era menor de 1.500 millones de habitantes? ¿Qué milagro tecnológico nos va a llevar a esa situación? ¿O es que la Civilización va a colapsar tan brutalmente?

2º En cada informe del IPCC la elevación prevista del nivel del mar va aumentando. En el informe de 2007 se hablaba de 20-50 centímetros y en el último de 30-80 cm para 2100. Un problema es que tras el informe se elaboran escenarios de adaptación a esos cm. Por ejemplo, hace tiempo la Universidad de Daka publicó el desastre que sobre Bangladesh supondría una subida media del nivel del mar de 30 cm: más de 15 millones de refugiados climáticos solo en ese país. Cuando se contemplan escenarios y modelos conservadores podemos estar jugando de hecho a hacer malas políticas de adaptación. Sobre todo porque cuando se pregunta a los expertos climatólogos en encuestas anónimas, la media de incremento que proyectan en su cabeza es de 80-120 cm. Y no es despreciable el número de ellos que imaginan subidas de 2 y más metros para el 2100.

Es más, sólo el deshielo de Groenlandia ha hecho crecer el nivel del mar en los últimos 20 años en 8 milímetros. Parece que no es importante si no fuera porque el ritmo de crecimiento es acelerado, es decir, parece estar creciendo de forma exponencial (sin que nuestros modelos climáticos atrapen bien esa tendencia que estamos observando). ¿Qué pasaría si Groenlandia se siguiera deshelando a este ritmo exponencial? Pues que desaparecería todo su hielo antes del 2040. Es difícil que pueda seguir ese ritmo, pero estamos hablando de una subida de 6 o 7 metros. Podría poner ejemplos con el deshielo del Ártico, con el incremento de la fuerza de los huracanes y las tormentas, y un largo etc. de consecuencias que ya están yendo mucho más rápidas que lo que proyectan los modelos del IPCC.

Los modelos se equivocan, sí, pero exageradamente por el lado optimista de las consecuencias del cambio climático. Lo que era un problema de nuestros nietos se ha convertido en algo que debíamos haber combatido ayer y que debemos combatir radicalmente hoy.

¿Van a ocurrir esos escenarios catastróficos que anuncio? No lo sabemos y aunque el IPCC los ignora, nadie sabe modelizarlos bien aún, pero aunque la probabilidad fuera solo del 15%, el juego se ha convertido en la apuesta de la Ruleta Rusa, con la bala en la recámara apuntando a la sien de la humanidad (yo creo que la probabilidad es mayor, basta leer los estudios científicos y hacer cuatro cuentas, y si no, que alguien me demuestre científicamente lo contrario). Una humanidad que en vez de dejar el vicio que antes o después la va a matar (nuestro sistema socio-económico), es capaz de poner más balas en el revolver con tal de no renunciar al juego.

Cuando pensemos en Transición pensemos en cómo gestionar un escenario de caos climático que evite contribuir aún más al Colapso civilizatorio desagradable. Todo se realimenta.

30 diciembre 2014