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lunes, 30 de abril de 2018

Botella al mar para el Dios de las palabras

 

Por GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ*

A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: «¡Cuidado!».

El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?» Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga 54 significados, mientras en la República de Ecuador tienen 105 nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es «la color» de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis 12 años.

  * Ponencia que pronunció García Márquez (Premio Nobel de Literatura de 1982) en el estado mexicano de Zacatecas, el 7 de abril de 1997, durante la apertura del I Congreso Internacional de la Lengua Española, que dio origen a la polémica que traspasó el mundo de los expertos y gramáticos, y se amplió a todos los que hablamos la lengua de Cervantes.

lunes, 14 de noviembre de 2011

«Lingua franca» y formas mestizas

Por ENRIQUE WULFF

El contacto entre comunidades lingüísticas diferentes se puede establecer mediante una lengua internacional, o lingua franca, la cual favorece, sin duda, los intercambios de todo tipo —culturales, religiosos, mercantiles— y facilita las relaciones administrativas. En este sentido, la historia nos muestra cómo los grandes imperios llevaron sus respectivas lenguas hasta los últimos confines de sus territorios, y cómo, también, el poder económico o el prestigio religioso o cultural por ellas conferido se ha mantenido aun después de que aquéllos hubiesen alcanzado su punto culminante, e incluso una vez que hubieran desaparecido las antiguas relaciones de dominio; por otra parte, meras consideraciones prácticas han fomentado o fomentan todavía la existencia de una lengua común en el caso de las naciones multilingües. Lenguas internacionales fueron el griego y el latín, como lo es actualmente el árabe literario.

Portugueses y españoles llevaron sus respectivas lenguas a otros continentes; pero, además, sus colonizaciones nos presentan interesantes ejemplos de utilización de otros idiomas para sus propósitos. Tal es el caso del náhuatl —lengua de los aztecas—, del quechua —idioma del Imperio inca— y del tupinambá, hablado en la costa atlántica, que se convirtieron, junto con las de las metrópolis, en verdaderas lenguas generales en Nueva España, en el Virreinato del Perú y en el Brasil, respectivamente.

La difusión mundial del francés, y más aún del inglés, no precisa de comentarios, y es fácil comprobar su empleo internacional como denominador común de colectividades nacionales muy diversas. El hebreo moderno, basado en el lenguaje bíblico, ha pasado, por otra parte, a ser en Israel un factor de unificación lingüística. En la Unión Soviética, la implantación del ruso como lengua común de su vastísimo territorio no ha impedido, sin embargo, la existencia de una política cultural que favorece el desarrollo de las distintas lenguas nacionales. En China, India e Indonesia, estados igualmente multinacionales y plurilingües, se adoptó en un momento dado una lingua franca, que con el tiempo acabaría convirtiéndose en idioma oficial. Y en África, aparte del inglés y del francés ya mencionados, destacan con aquel carácter de lengua común el hausa, en el norte de Nigeria, y el swahili —oficial en Tanzania, Kenia y Uganda—, que, bajo formas progresivamente simplificadas, sirve de vehículo de intercambio en grandes áreas del centro del continente.

Otro caso distinto es aquel en el que hablantes de lenguas diversas emplean una lingua franca que no es común a ninguno de ellos y está sujeta a un proceso de simplificación en todos los niveles; la jerga resultante, especialmente válida para contactos inmediatos, por lo general de carácter comercial, se denomina pidgin —término que es una alteración del vocablo inglés business (negocios), según era pronunciada en cantonés—, y no es sino un idioma de compromiso. El swahili o el denominado malayo de bazar del área malayo-polinesia son otros tantos ejemplos, pero los más conocidos tienen que ver con la presión cultural ejercida por las naciones europeas sobre los países que ellas dominaron, habiéndose desarrollado sobre todo en las zonas donde predominó el tráfico de esclavos.

El pidgin chino refleja la sintaxis china sobre un vocabulario de unas 700 palabras inglesas con una pronunciación muy alterada. El pidgin melanesio es el más interesante, ya que sirve de modelo para el estudio de la simplificación de estas jergas; y sobre todo, por haberse convertido en lengua oficial de Papúa-Nueva Guinea, con lo que se ha transformado en un créole (idioma criollo), término con el que se hace referencia a un pidgin adquirido como lengua materna por los niños que nacen en ese medio lingüístico, por lo que paulatinamente pasa a ser un idioma completo.

Entre la lenguas criollas, unas tienen un fundamento inglés: así, por ejemplo, el gullah —hablado en la costa de Carolina del Sur y Georgia—; el sranantonga de Surinam —en el que se registra, asimismo, cierto influjo del portugués—, y el inglés criollizado de las islas del Caribe, en especial el de Jamaica, con influencias del español y del francés. Criollo español con vestigios portugueses y holandeses es el papiamento, habla de las dependencias holandesas del Caribe. El francés, por su parte, ha sido la base de otras formas lingüísticas criollas, las más importante de las cuales es el créole haitiano, lengua de uso normal.

Lenguaje y lenguas, SALVAT (1981).

domingo, 13 de marzo de 2011

También las lenguas se mueren

Por Enrique Wulff Alonso

Las lenguas, como organismos vivos que son, no solo cambian, sino que además pueden desaparecer en un momento dado. Desde la extinción de aquellas que en tiempos pasados dieron vida a culturas florecientes hasta la desaparición de las que en su día emplearon pequeños grupos marginados, encontramos sobrados ejemplos de un proceso —la muerte de las lenguas— tan viejo como la misma historia de la humanidad. Caso muy diferente es el de aquellas otras, como el griego clásico y el latín, que, aunque habiendo desaparecido en tanto que lenguas vivas, viven todavía como vehículos culturales a través de las muchas y hermosas obras que de ellas conservamos. Pero veamos a continuación algunos ejemplos de lenguas extinguidas.

El sumerio es la lengua escrita más antigua de la que se tiene noticia, pues sus testimonios se remontan a más de cinco mil años. Dejó de hablarse hacia el 2000 a. C., cuando fue sustituida como idioma oral por el acadio, si bien su forma escrita seguiría siendo utilizada y estudiada hasta el comienzo de nuestra era como vehículo de la literatura sagrada. El acadio, la más antigua de las lenguas semíticas, era, con sus dialectos asirio y babilónico, el idioma de Mesopotamia hasta que fue a su vez sustituido por el arameo entre los siglos VII y VI a. C. El babilónico continuaría usándose en su forma escrita en temas matemáticos y astronómicos, pero a comienzos de nuestra era ya había desaparecido por completo. El hebreo, convertido en lenguaje religioso y literario desde el siglo III a. C. (Cristo y sus apóstoles empleaban el arameo, la lengua corriente en Palestina), renació como lengua hablada durante los siglos XIX y XX, y ha pasado en la actualidad a convertirse en el idioma nacional del Estado de Israel.

Nuestro conocimiento de otras lenguas extinguidas, aunque más recientes, es mucho más pobre. Del galo apenas quedan algunas inscripciones, unos cuantos topónimos y determinadas palabras recogidas en el francés, por lo que se puede afirmar que nuestra ignorancia de aquella lengua es total. Otro enigma lo constituye el íbero, que alcanzó una notable difusión en el tiempo y en el espacio, y cuyos restos arqueológicos nos han dejado muestras estimables de su cultura. Mucho más cerca de nuestra época se encuentra el gótico, lengua de los godos, originarios de Escandinavia, que se extendieron por Europa oriental y meridional. El ostrogodo y el visigodo eran dos dialectos suyos: el primero se extinguió a la caída del reino del mismo nombre, en Italia, a mediados del siglo VI; el segundo no debe haber sobrevivido a la conquista árabe de la Península Ibérica iniciada el año 711, si bien se tienen noticias de que los godos de Crimea conservaban su idioma todavía a mediados del XVI. El texto más antiguo que permite el estudio de esta lengua es la traducción de la Biblia que hacia la mitad del siglo IV hizo el obispo arriano Ulfilas. Aunque se trate de un lenguaje religioso, influido por el griego, y alejado por tanto del habla normal, su valor es decisivo a la hora de estudiar las lenguas germánicas, dada su antigüedad.

El córnico, lengua céltica hablada en Cornualles, dejó de emplearse a finales del siglo XVIII a causa de la presión del inglés. Mucho antes, en los siglos V y VI, el ataque de los sajones había obligado a emigrar a pueblos celtas de esta zona, que llegaron a la Bretaña francesa, donde conservarían su lengua (el bretón).

Una de las lenguas romaces desaparecidas es el dálmata, cuyo último hablante, Antonio Udina, murió en 1898. Se usaba en la costa de la actual Croacia, desde la isla de Krk hasta Dubrovnik, y de ella se conservan documentos redactados entre los siglos XIII y XVI. Con su extinción se perdió una lengua romance más de la península de los Balcanes, y que servían de enlace con el rumano, última avanzada oriental en Europa de los idiomas derivados del latín.

A los casos antes mencionados hay que añadir los de las lenguas desaparecidas junto con los últimos grupos que la hablaban, de las que el continente americano nos ofrece una multiplicidad de ejemplos. Este proceso continúa en nuestros días, y es fácilmente predecible toda vez que conocemos la existencia de lenguajes cuyos hablantes se cuentan apenas por unos centenares, cuando no son solo algunas decenas o hasta unos cuantos individuos los que las utilizan.

Lenguaje y lenguas, SALVAT, 1981.

martes, 1 de marzo de 2011

Una vieja aspiración: el idioma universal

Por Enrique Wulff

Desde antiguo, pero sobre todo a partir del Renacimiento, la diversidad lingüística europea vendría acompañada de dos planteamientos relacionados entre sí. Por un lado, las diferentes gramáticas nacionales trataron de establecer las normas correctas para un buen uso de sus respectivas lenguas, para lo cual se partía del modelo latino, considerado como el más perfecto. Pero, por otra parte, no habrían de faltar filósofos que, basándose en los antecedentes griegos, estimaban que existía una gramática común a todas las lenguas, que venía a ser como una estructura subyacente a las formas externas, y que, por tanto, respondía a las leyes universales del pensamiento. Estas gramáticas de corte filosófico solían estudiar el problema fundamentalmente en relación con el latín, al que, por su articulación lógica, se tenía como la concreción misma de esas leyes universales. De ahí a la búsqueda de una lengua universal había un trecho no muy largo, que pronto habrían de franquear algunos anticipadores.

En efecto, enel siglo XVII el logro de un idioma universal, en el que se pudiese expresar todo el conocimiento por medio de nuevos sistemas simbólicos, habría de constituir un tema constante de discusión erudita. Y no otra fue, en verdad, la intención del humanista checo Comenius (1592-1670), que en dos obras —La puerta abierta de las lenguas (1631) y El mundo visible en grabados (1658)—, dedicadas a la enseñanza del latín, trató de conseguir, además de una didáctica moderna, una lengua universal capaz de facilitar la comunicación humana. Tal fue, también, el propósito de Descartes (1646-1716), cuyo arte combinatorio plasmó el intento de crear una lengua algebraica en la que las vocales serían decimales, y las consonantes, números enteros. El mismo espíritu anidaría en proyectos similares del siglo siguiente (Enciclopedia francesa, 1756-1772; Convención Nacional de Francia, 1795). Varias causas abonaban el terreno: el latín había dejado de ser un vehículo universal del saber, la diversidad lingüística era un hecho establecido; el conocimiento humano era cada vez más plural, al tiempo que se multiplicaban los intentos de buscar su unidad mediante las enciclopedias; el análisis matemático y la lógica se ofrecían como instrumentos clasificadores, e incluso la misma escritura ideográfica china se mostraba, según algunos, como un medio que podría facilitar la compresión entre distintas lenguas habladas.

Pero será a finales del siglo XIX y a principios del XX cuando aparecerán una serie de lenguas artificiales que tratarán de lograr un conjunto universal de símbolos que permitan expresar lógicamente todo el conocimiento. El volapük —habla del mundo—, creado en 1879 por el clérigo alemán J. M. Schleyer, pese a la complejidad de su gramática y a la dificultad de reconocimiento de su léxico, llegaría a tener miles de seguidores, que saludaron su nacimiento como la nueva lengua de la humanidad. La aparición del esperanto en 1887 daría lugar, sin embargo, al movimiento más importante que jamás haya tenido una lengua artificial. Su creador el judío polaco Dr. L. Zamenhof (1859-1917), que firmaba su obra con el nombre de Dr. Esperanto —«el que espera»—, estaba movido por el espíritu humanista de lograr la unidad del género humano por medio de una segunda lengua, gracias a la cual sería posible una comunicación sin fronteras de ninguna clase. Otro intento, el ido (1907), cuyo nombre viene de un sufijo del esperanto (derivado de), obra del lógico y esperantista francés Louis de Beaufront, pese a presentar determinadas mejoras con respecto a aquél y a haber tenido cierto renombre, acabaría por desaparecer. Interlingua, o latine sine flexione, como su mismo nombre indica, no era sino una forma simplificada del latín; su creador fue el matemático italiano Peano, quien lo dio a conocer en 1903. A esta lista podría añadirse el Basic English, inglés básico, que en 1932 propuso el británico Ch. K. Ogden; era una reducción del inglés a un vocabulario de 850 palabras que no llegó a conseguir mucha difusión.

Lenguaje y lenguas. SALVAT, 1981.

sábado, 9 de junio de 2007

Monos que hablan

Se dice que el lenguaje es la acción y efecto de comunicarse, lo que ímplica que no es una cualidad específicamente humana, y también es usual entre otras especies animales. Nosotros, los humanos, utilizamos unos símbolos o sonidos con determinados significados para entendernos entre nosotros y otras especies utilizan señales olorosas y acústicas para comunicarse con sus congéneres. A los sonidos humanos los llamamos palabras, que encadenadas e interrelacionadas forman frases, lo que denominamos lenguaje hablado.

Todo lo anteriormente citado sirve como preludio para esta noticia que he leído.

Resulta que se observó en Africa occidental a una especie de mono, el cercopiteco de nariz blanca (Cercopithecus nictitans), que emite sonidos diferentes con diferente significado y, encima, se combinan formando frases o protofrases, o sea, que pueden «hablar».

Bueno, otra cualidad que considerabamos única en nuestra especie Homo sapiens y que en cierta manera utiliza otra especie, en este caso un primate como nosotros. Otro punto de vista más que nos obliga a ser más humildes y a bajarnos del pedestal en que nos hemos subido.