jueves, 25 de abril de 2013

El paraíso del Tíbet


Por LUIS ALFONSO GÁMEZ

Al servicio de los monjes budistas, la vida en el Tíbet se ha idealizado, identificándola con el «paraíso perdido» de Shangri-La. Pero en realidad se trataba de una teocracia de régimen feudal.

La visión que muchos occidentales tienen del Tíbet es la de un paraíso perdido, un mundo situado en las alturas y regido por unos benévolos monjes cuya personificación sería el Dalai Lama. Es el Free Tibet de la ocupación china que apoyan las estrellas de Hollywood. Porque Tíbet no era antes de la invasión china un país idílico, sino más bien un brutal régimen feudal en cuya cúspide estaban el Dalai Lama, su alto clero y la nobleza, que vivían a costa de una masa sometida a todo tipo de abusos.

La sociedad modélica que venden el Dalai Lama y sus seguidores no ha existido nunca. Antes de la llegada de los chinos, Tíbet era una cruel teocracia. Si el tibetano era en la primera mitad del siglo XX un pueblo pacífico y aparentemente cariñoso, como decía el Dalai Lama hace tres años, lo era por miedo. Porque la mayoría de los habitantes del Shangri-La que muchos añoran en Occidente eran siervos, cuando no esclavos, de los monjes budistas.

Algunas de las salvajadas de los lamas han sido recopiladas por el historiador y escritor estadounidense Michael Parenti, e incluyen la esclavitud, la sobrecarga de tasas al pueblo llano, los abusos sexuales, la usura por parte de los monasterios, los brutales castigos y las ejecuciones encubiertas, para cumplir la máxima de que un budista no hace daño ni a una mosca. «Ya que los principios budistas prohíben matar seres vivos, los delincuentes eran frecuentemente torturados casi hasta la muerte y luego dejados a su suerte. Si morían por resultado de las torturas, se consideraba que lo había causado su propio karma», explica el periodista y psicólogo alemán Colin Goldner.

La falsa buena imagen del régimen de los lamas en Occidente se debe en parte, según los expertos, a dos obras de ficción: la novela Horizontes perdidos y el libro esotérico El tercer ojo. En la primera, James Hilton cuenta la historia de un fértil valle en mitad del Himalaya cuyos habitantes gozan de una extraordinaria longevidad. Viven en un monasterio que se llama Shangri-La, inspirado en la Shambala budista, que alcanzó tal popularidad que en 1942 Roosevelt bautizó así su residencia de descanso, ahora conocida como Camp David. T. Lobsang Rampa —en realidad, un fontanero inglés que nunca había visitado Tíbet— cuenta, en El tercer ojo, su iniciación como monje budista y todos los prodigios que son capaces de hacer estos clérigos. Aunque fue denunciado por fraude, sigue editándose en todo el mundo.


El cuento…

Tíbet es un país donde reinaban la paz y la armonía hasta que los chinos lo invadieron en1949. «Comparada con otras sociedades, los tibetanos eran generalmente pacíficos y cariñosos», declaraba en 2007 el decimocuarto Dalai Lama, su santidad Tenzin Gyatso, que vive en el exilio desde hace más de 40 años. Ese mundo idílico sigue vivo en la memoria de muchos occidentales, gracias a dos obras: Horizontes perdidos, la novela de James Hilton que llevó al cine Frank Capra; y El tercer ojo de T. Lobsang Rampa, que se tradujo a numerosos idiomas y nunca ha dejado de reeditarse. Amabas obras muestran una sociedad cuyos habitantes viven en comunión con la naturaleza, en un entorno tremendamente hostil a más de 4.500 metros de altitud. Lobsang rampa nos enseño, además, que los monjes budistas son hombres dotados de poderes extraordinarios, que practican viajes astrales, se comunican telepáticamente, realizan amputaciones con hipnosis y sin anestesia, y son capaces de ver el futuro.

Muy Historia, Nº 32.
Noviembre/Diciembre 2010