lunes, 14 de diciembre de 2015

Totalidad y particularidad


Por HELENO SAÑA

Lo más difícil, para todo sistema de pensamiento que parta de una concepción integral de la problemática humana, es encontrar la fórmula que permita armonizar las nociones de sujeto y objeto y supere el enfoque unilateral de las corrientes teóricas que hipostasian uno de ambos momentos a costa del otro.

De la misma manera que la totalidad sin la particularidad es una abstracción, el individuo separado de la totalidad es otra abstracción. Sujeto y objeto son dos dimensiones intrínsecas de la verdad humana, y, por ello, inseparables como hermanos mellizos. Fichte los definiría como «simultáneamente originarios en su unión». El intento de prescindir de la totalidad y de edificar un mundo basado en la pura autoafirmación del yo es un contrasentido a priori. Pero lo mismo cabe decir si invertimos los términos y establecemos una totalidad desvinculada del sujeto. A nivel puramente especulativo y metodológico es sin duda posible imaginar una totalidad desligada de la particularidad, mas si queremos explicitar y tematizar esta totalidad tendremos que pasar inevitablemente al ámbito de lo concreto, cuya raíz es la particularidad.

El hombre no vive sólo integrado en una totalidad, sino que él mismo es una totalidad, a la que el pensamiento renacentista llamó, no sin fundamento, 'microcosmos'. Y es sólo en la medida en que el hombre puede realizarse como totalidad microscópica, que la macrototalidad adquiere su sentido. Si hay que rechazar la totalidad abstracta postulada por el organicismo, el panteísmo y otras variantes del holismo es precisamente porque destotaliza al hombre. La particularidad (la persona) no es un fragmento cuantitativo de la totalidad, sino que ella misma constituye una unidad cualitativa.

La tesis hegeliana de que lo verdadero es el todo, es unilateral, y, por ello, inaceptable; pero afirmar que el todo es lo no-verdadero (Unwahrs). Como hizo Adorno replicando airadamente a Hegel, es otro contrasentido. Si un modelo deformado de totalidad aboca necesariamente a la anulación del hombre como ente libre, una sociedad basada exclusivamente en el principio de la particularidad está condenada más tarde o más temprano a sucumbir a la incoherencia y a la ley de la selva. Sí, en efecto, el resultado final del imperio de la totalidad abstracta es la opresión de lo concreto-humano —como en el fascismo o en el comunismo—, el peligro que acecha a las sociedades liberal-democráticas radica en la absolutización de lo particular a expensas de lo común.

Cuando no existe otra norma de convivencia y de organización social que la voluntad de cada respectivo sujeto, lo que a la postre se va a pique es la propia libertad individual, como la experiencia histórica y la ciencia política a partir de Platón y Aristóteles nos enseñan. Un modelo de sociedad que en nombre de la autoafirmación ilimitada del individuo asfixie la categoría de lo común y dé rienda suelta a los intereses privados (que son a menudo corporativos y oligárquicos), está cavando su propia tumba.

Una parte de Europa vivió durante décadas bajo la camisa de fuerza de ideologías inspiradas directa o indirectamente en la totalidad abstracta de Hegel y su culto no menos abstracto al Estado. Después del fracaso del totalitarismo tanto fascista como estaliniano y neoestaliniano, lo que se ha impuesto y lo que se extiende cada vez más, es la tradición empírica e hiperindividualista del pensamiento angloamericano y su instintiva desconfianza hacia la categoría de totalidad. La profunda crisis que atraviesa el mundo a todos los niveles demuestra, por sí sola, que la cosmovisión angloamericana —sobre todo en su versión yanqui— no reúne tampoco las condiciones para aportar una solución fecunda al eterno problema de la relación entre totalidad y particularidad.

La globalización o mundialización que el sistema ensalza día tras día como sinónimo de universalidad no es en realidad más que un recurso semántico para encubrir la hegemonía que las metrópolis del Primer Mundo ejercen sobre la periferia tercermundista, esto es, una pseudototalidad basada en el primado absoluto de los intereses particulares de las naciones y grupos de presión dominantes.

La Clave
Número 33; 30-6 diciembre 2001