sábado, 17 de septiembre de 2016

Lamarck vindicado (en la prensa)


Por MÁXIMO SANDÍN
30 marzo 2009

«De hecho, la epigenética, además de su impacto directo en nuestras vidas, remueve los cimientos de la mismísima teoría de la evolución.» Esta frase, perdida entre el texto del artículo que sigue [que enlazamos], no tendrá grandes repercusiones científicas. No habrá pasado, en el mejor de los casos, de provocar algún comentario irritado de alguna «autoridad académica» o un gesto de sorpresa en alguno de los cultos lectores habituales del suplemento dominical que lo publica. Al fin y al cabo, no es más que eso: un artículo divulgativo con el que entretener el domingo.

Sin embargo, es una frase que contiene la esencia de un debate silenciado durante 150 años. Por una parte, es un reflejo del tergiversado aspecto histórico, con la atribución a Darwin de «la» teoría de la evolución, cuando la realidad es que éste no sabía muy bien que en su famoso libro hablaba de evolución, y tuvo que ser Huxley el que se lo explicase. Por otra, el debate científico sobre las ideas darwinistas, que ha existido desde la misma publicación de Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o el mantenimiento de las razas favorecidas en la lucha por la supervivencia pero que ha sido silenciado, muchas veces mediante recursos que hacen sospechar que hay «algo más» detrás de la defensa de estas ideas. Desde St. George Mivart, zoólogo evolucionista contemporáneo a Darwin, cuyas bien fundamentadas críticas finalizaron con su expulsión de la Universidad de Oxford, justificada por su conversión al catolicismo, la lista de científicos muy cualificados (comenzando por el «denostado» Lamarck), descalificados, tergiversados o represaliados y el análisis de los motivos podría ocupar todo un tratado. Los casos más recientes, Eva Jablonka y Edward Steele, cuyas propuestas lamarckistas se basan en datos empíricamente constatados, se han solventado con críticas feroces en las revistas científicas más prestigiosas, con expresiones verdaderamente insultantes para la primera, y la expulsión de la Universidad de Wollongong (Australia) para el segundo. Incluso científicos ampliamente reconocidos, como S.J. Gould o L. Margulis, que han cometido el pecado de expresar dudas sobre «la» teoría pero sin atreverse a «abjurar» del darwinismo, han recibido descalificaciones de todo tipo, incluido el ideológico y el personal (llegando al absurdo de criticar hasta el aspecto estético) por parte de los «guardianes de la ortodoxia».

Que no se trata de un debate científico «limpio» se pone de manifiesto, incluso, en la prudente frase, (no se puede saber si transcripción de las palabras del Dr. Esteller, o interpretación de la autora del artículo), Parece que Charles Darwin no tenía toda la razón. Pero nosotros, tal vez menos prudentes, podemos intentar valorar qué parte de razón tenía Darwin.

En la actualidad, resulta poco menos que imposible dilucidar cuales son las bases científicas, los datos empíricos que sustentan el darwinismo, dada la supuesta «absorción» (parece que todo les vale) del aluvión de datos que contradicen sus postulados clásicos y mucho más los de la «síntesis moderna». Pero si hay algo que resulta inamovible, que es la esencia misma del darwinismo, y que sus seguidores defienden con un fervor que llega a extremos poco racionales en defensores de una supuesta «teoría científica» es el azar en los cambios genéticos, base imprescindible en la definición de la selección natural. De hecho, según Darwin, los cambios en los organismos (variaciones «imperceptibles»), se producirían «al azar» (para los darwinistas modernos serían «mutaciones», entre las que caben, desde el concepto clásico de mutación, es decir, desorganización, hasta actividades de elementos móviles, inserciones virales, duplicaciones parciales o completas y reorganizaciones genómicas, también «al azar»). Entre estos, la selección natural elegiría los que resultasen los más adecuados o los más favorables o los más adaptados, o los que son «ventajosos», o los que confiriesen mayor eficacia reproductora a la población (según el caso), siempre, mediante la competencia con los «menos aptos», que serían eliminados. Esto explicaría la existencia de cualquier proceso biológico, por complejo que sea, de esta forma: Si existe, es porque «ha sido seleccionado».

Pero, reflexionemos un momento: Si, como se menciona en el artículo y como ha sido ampliamente documentado experimentalmente, los organismos (todos los organismos) tienen la capacidad de respuesta al ambiente, tanto mediante procesos genéticos, como epigenéticos o embriológicos ¿dónde queda el papel de una supuesta «selección»? En otras palabras, si los cambios los provoca el ambiente no hay nada rígidamente determinado («en los genes») en las variaciones individuales dentro de una especie. Los términos «más apto» y «menos apto» no tienen sentido. Todos somos «aptos», porque todos tenemos esas capacidades de respuesta en nuestros organismos. Otra cosa es el ambiente al que estamos sometidos desde las más tempranas fases del desarrollo.

El «determinismo genético» contra el que, según el doctor Esteller, hay que luchar, y la concepción de la vida, de la Naturaleza, como un campo de batalla en el que sólo triunfan los mejores (los «más aptos»), son las ideas cuya puesta en práctica han conducido a la actual crisis global en las relaciones humanas y del Hombre con la Naturaleza. Es difícil de creer que los principales impulsores y defensores del darwinismo no sean conscientes, a la luz de la información de que disponemos, de su falsedad como ideas científicas. Pero su empeño en mantenerlas nos hace sospechar (y temer) dónde pretenden llevarnos.