viernes, 11 de junio de 2010

Chimpancés cazando

En los bosques de Tanzania, donde se estudiaron los chimpancés en el campo intensivamente por primera vez, estos primates viven a base de una dieta herbívora de frutas y hojas, además de insectos como los termes. En raras ocasiones se ha visto a estos chimpancés matar y devorar otros animales como papiones jóvenes y pequeños antílopes. A veces la captura la lleva a cabo un individuo, sin ayuda de los demás. A veces toman parte en la cacería varios chimpancés, pero no parecen colaborar en mayor grado que los leones y los lobos. Pero recientemente un estudio llevado a cabo durante diez años en la selva de Costa de Marfil ha revelado que los chimpancés que allí viven cazan regularmente y lo hacen en equipos dentro de los cuales hay ocupaciones especializadas, que normalmente desempeñan individuos concretos. Como al parecer el hábitat original de los chimpancés es la selva y no la sabana, la caza debe considerarse típica de este animal.


La selva de Costa de Marfil es espesa. Los chimpancés viven en grupos de unos setenta, aunque se desplazan en partidas mucho más pequeñas. Los individuos pueden pasar de una partida a otra. A veces las partidas se unen, otras veces están muy dispersas. Las partidas se comunican entre sí mediante gritos o con toques de tambor. Para esto último se requiere una complicada actuación gimnástica. Un macho, después de unos gritos preliminares, pega un gran salto contra una de las planchas que constituyen los contrafuertes que rodean la base de algunos árboles muy altos de la selva. Se coge al borde superior con las manos, golpea la superficie del contrafuerte varias veces con los pies y luego hace lo mismo en el otro lado con las manos antes de saltar al suelo. Toda la representación se realiza en un movimiento continuo y se acaba con una serie de gritos. A cierta distancia los gritos quedan amortiguados por la selva y sólo se oye el rápido tamborileo. Es fácil creer que es obra humana.


Al igual que los de sabana, los chimpancés de bosque comen frutas, hojas y semillas. Pero por lo menos una vez a la semana cazan para tener carne; durante los dos meses de la estación lluviosa pueden hacerlo cada día. Sus presas son monos, principalmente dos especies de colobos, el rojo y el blanquinegro, que abundan en la selva. Un colobo pesa menos de la mitad de un chimpancé, por lo que pueden aventurarse en ramas que se romperían bajo el peso de un chimpancé. También son grandes saltadores, pudiendo saltar de un árbol si las ramas están muy juntas y pueden cogerse con las manos. Aunque se vean obligados a saltar, no alcanzan ni mucho menos la distancia que consigue el colobo. Por lo tanto, en teoría para un colobo debería ser fácil escapar de un chimpancé. Los chimpancés sólo puede capturarlos trabajando en equipo.


Los cazadores son los cinco o seis machos adultos experimentados del grupo. Entre ellos han de desempeñar cuatro papeles bien distintos. El ojeador se encarga de que el grupo de colobos se mueva continuamente por los árboles. Puede ser el más joven del equipo, a veces incluso un joven adolescente. No intenta capturar los monos, sólo impide que se queden quietos. Los bloqueadores, de los que puede haber varios, deben situarse en lugares visibles a ambos lados del paso impidiendo que los colobos se dispersen. Los perseguidores intervienen cuando los colobos ya se están desplazando; tienen que subir a los árboles a los que son conducidos los monos y normalmente son os que los matan. Y por último está el trabajo más difícil de todos, el que requiere mayor experiencia y discernimiento, el emboscador. Normalmente se trata de un viejo macho que sabe prever por dónde irán los colobos y sube a un árbol para interceptarles el paso y cerrar así el círculo. Siempre tiene más de veinticinco años de edad y suele ser siempre el mismo individuo en cada equipo.


Antes de la cacería, el equipo se reúne gradualmente. Quizá los tamborileos de los machos han servido para comunicar no sólo dónde se encuentra cada uno de ellos, sino además su estado de ánimo. Los machos abandonan sus partidas para formar el grupo de cazadores; al hacerlo, cambian por completo su comportamiento: ya no hay voces ni gritos, dejan de arrancar hojas y coger frutas. Caminan juntos por la selva en silencio, escrutando la bóveda verde, deteniéndose a veces para escuchar los gritos de los colobos. Pueden pasar de veinte minutos a dos horas hasta que encuentren los monos y estén lo suficientemente cerca para lanzar un ataque. De repente, el ojeador trepa ágilmente a un árbol. Aislará, si puede, uno o dos colobos de la tropa inicial; la mayor parte de los chimpancés se quedan en el suelo a la expectativa. Las hembras adultas bailan excitadas de pie, levantando la cabeza para ver lo que pasa. Si un colobo queda separado, los bloqueadores se precipitan hacia los árboles para tomar posiciones llevándose las ramas por delante de una manera bastante distinta de sus movimientos habituales.


Ahora todo es actividad. El emboscador corre hacia delante para encontrar el lugar donde se ocultará entre las hojas, mientras los perseguidores corren por delante del ojeador intentando coger a la presa y conduciéndola hacia donde se encuentra el emboscado. El colobo, obligado a huir en una sola dirección por los bloqueadores, cree que ante él se abre una vía de escape, hasta que el emboscador se deja ver repentinamente, el perseguido duda, da media vuelta y los perseguidores lo capturan. Al hacerlo gritan excitados, estos gritos los secundan enseguida el resto del equipo y los espectadores del suelo, por lo que toda la selva resuena con aullidos salvajes y terroríficos.


Más de la mitad de estas cacerías tiene éxito. Algunas duran unos pocos minutos. Si un mono en concreto sufre persecución y acoso durante diez minutos, puede llegar a tal grado de tensión nerviosa que acaba por abandonar todo intento de escapar y se detiene a esperar la muerte sin chillar ni siquiera resistirse cuando los cazadores finalmente lo capturan y lo descuartizan en el árbol. A veces lo llevan al suelo, allí un tumulto de adultos excitados, tanto machos como hembras, lo rodean. Dos de los machos viejos del grupo, hayan tomado parte o no en la cacería, parten el cuerpo en dos; cada uno de ellos se ve rodeado por otros miembros del grupo, a los que, por orden de edad, se les entregan trozos o se les permite arrancarlos. Si el colobo es pequeño, los cazadores jóvenes pueden quedarse sin algo. A los adolescentes y crías nunca se les da nada.


A lo lejos, los afligidos colobos aún lanzan gritos de alarma. Los chimpancés, mordisqueando las articulaciones, arrancando músculos del hueso, gruñen irritados en alguna disputa ocasional, pero en general, tras las carreras y los aullidos de triunfo, muestran satisfacción. A un observador humano la escena puede parecerle horripilante: el cuerpo flácido del mono es de proporciones humanas, los gritos de triunfo nos recuerdan los aullidos de los seguidores de un equipo de fútbol en plena explosión de violencia callejera. Alguien puede ver en esas caras simiescas manchadas de sangre la imagen de nuestros antepasados cazadores, pero, si es así, deberá distinguir también los orígenes del trabajo en equipo y la colaboración que nos han llevado a un estado inigualado de complejidad y nos han proporcionado nuestros mayores logros.



2 comentarios:

KRATES dijo...

He puesto este texto de una serie documental de la BBC, y el consiguiente libro, para demostrar que nuestros parientes los chimpancés comen carne y la cazan. Para demostrar, también, que nosotros los humanos somos primates omnívoros y no vegetarianos, para que lo tengan bien claro los véganos y los vegetarianos fanáticos.

KRATES dijo...

Y también cazan —y, por ende, también comen carne— sus parientes los bonobos o chimpancés pigmeos.

http://naturacuriosa.blogspot.com/2008/10/descubren-que-bonobos-tambin-cazan.html