martes, 16 de junio de 2015

Todo cambia


Por HELENO SAÑA

El mundo ha sido siempre fluidez y mutación, como sabía Heráclito, y no estático, como creían Parménides y los eleáticos. Ello no ha impedido que el hombre tienda a adjudicar un significado o valor perenne a las categorías de pensamiento elaboradas por la cultura universal a lo largo de los tiempos, sin pararse a pensar que las condiciones de vida creadas por cada respectiva civilización cambian indefectiblemente la contextualizad de los conceptos que él sigue utilizando en sentido originario e inmutable. El rasgo central de la vida moderna es el cambio acelerado y cada vez más rápido de las estructuras y formas de vida objetivas, un proceso mutacional que más tarde o más temprano penetra también en el recinto íntimo de nuestra subjetividad y afecta a nuestro mundo afectivo y mental. No deja de ser sorprendente que la filosofía moderna que pasa por haber introducido el concepto de futuro como sinónimo de progreso o ascenso histórico ha sido la primera en valerse de categorías de pensamiento destinadas a perder más tarde o más temprano su sentido original. Me refiero naturalmente a la dialéctica hegeliana de la historia, a los teóricos franceses del progreso indefinido y al evolucionismo de Lamarck, Darwin, Herbert Spencer o Henri Bergson. Pero también erraba Nietzsche al interpretar la vida y la historia como un «eterno retorno de lo mismo». Nada es como fue un día y nada es igual al ayer.

Todo cambia, a pesar de que no pocas veces desearíamos detener el tiempo e inmovilizarlo. La libertad que impera en la sociedad de masas del presente no es la misma que la que existía en la Atenas de Sócrates o en las pequeñas ciudades libres de la Edad Media. Y lo que decimos de la libertad es aplicable a otros conceptos básicos como sociedad, Estado, familia, naturaleza, trabajo, técnica o convivencia. Hoy existen ya pocas razones para tener de la técnica y la ciencia el concepto ingenuamente apologético que tenían de ellas Francis Bacon y sus innumerables adeptos, no porque seamos más perspicaces que ellos, sino porque sabemos que una de las funciones del progreso técnico y científico ha sido y sigue siendo la de la destrucción. Competencia ya no es el fair play imaginado por Adam Smith y demás teóricos del liberalismo económico, sino una guerra sin cuartel y hasta de exterminio entre los grandes consorcios transnacionales. Un Estado que se permite espiar y controlar legalmente la vida privada de sus ciudadanos se parece más al mundo orwelliano de 1984 que a la democracia concebida por los padres de esta doctrina. La convivencia interhumana y colectiva monstruos urbanos como México, Nueva York o El Cairo es muy distinta a la de una aldea idílica de los Alpes. El idealismo, la generosidad y la alteza de miras se convierten, en una sociedad dominada por el egoísmo, el materialismo y el hiperindividualismo insolidario, no en fuente de plenitud, sino de desengaño y frustración. Las ideologías y utopías sociales que luchaban por un mundo más humano han pasado al desván de la historia, y las arengas que antes enardecían y ponían en movimiento a las masas, suenan hoy a retórica vacía y no conmueven ya a nadie, por lo menos en el Primer Mundo. La terminología política sigue hablando de partidos de derecha y de izquierda, cuando la praxis socieconómica de ambos es esencialmente la misma, por mucho que por razones de estrategia electoral afirmen lo contrario. Para ceñirnos en España: desde su llegada al poder, el jefe del Gobierno [se refiere al socialista Zapatero] se ha apresurado a desenterrar y dar nuevo lustre a conceptos cuya sustancia real y sus posibilidades de realización son hoy inferiores a las que existían en fases históricas anteriores, como progreso, democracia o socialismo. Y lo mismo reza para nuevas panaceas como la de la alianza de civilizaciones, que por mucho que sea aplaudida por todo el mundo, no tiene la menor posibilidad de llevarse a la práctica, no por falta de buena voluntad por parte de sus patrocinadores, sino simplemente porque está ab ovo en crasa contradicción con los antagonismos de todo género que hoy prevalecen entre las diversas regiones del globo. ¿Cómo van a entenderse las civilizaciones si lo que más predomina en el seno de cada una de ellas es la discordia y el choque de intereses y de creencias?

El mundo camina desde hace tiempo hacia atrás, por mucho que se imagine avanzar hacia delante, un proceso regresivo que está conduciendo inevitablemente al retroceso, a la pérdida y a la desfiguración de valores y bienes humanos y éticos que considerábamos como eternos.

La Clave
(Nº 259, 31-6 abril 2006.)