lunes, 1 de febrero de 2016

Incendios forestales en Cantabria: datos para la reflexión

 

Por VIRGINIA CARRACEDO

Durante los últimos días [mes de diciembre de 2015], sobre todo en Asturias y Cantabria, han ocurrido decenas de incendios que han quemado miles de hectáreas, según los primeros datos provisionales que han ofrecido las Administraciones. Leo la prensa de estos días y no puedo evitar sorprenderme e incluso, por qué no decirlo, indignarme, con algunas de las cosas que veo publicadas, algunas de ellas auténticas barbaridades: Responsables políticos hablando de pirómanos que queman el monte, ¡por favor!, hablemos con propiedad, un pirómano es una persona con una patología psíquica (les recomiendo leer el texto «¿Incendiario o pirómano? Claves para la determinación de la piromanía como causa de los incendios forestales» de José Joaquín Aniceto del Castillo). Asociaciones ecologistas afirmando que se trata de un ataque organizado, sospechando que detrás hay la intención de construir. Otros, asegurando que son efectos del cambio climático. Algunos, casi pidiendo que se cuelgue a los culpables… ¿Nos hemos vuelto locos o qué?

Los incendios de invierno-primavera del Noroeste peninsular suponen el 63% de los incendios y el 46% de la superficie que se quema cada año en toda España y Cantabria es, por detrás de Asturias, la provincia más afectada. El 80% de estos incendios son intencionados y sus motivaciones, aunque supuestas en su mayoría, están relacionadas con el mantenimiento de pastos (según la Estadística General de Incendios Forestales de España, que recopila información desde los años sesenta), razón por la que más del 80% de lo que se quema es superficie forestal no arbolada, principalmente matorral.

Este episodio que se ha vivido estos días en el Norte no es un caso aislado, lo excepcional sería que no se produjera. Sin embargo, aunque la frecuencia de incendios en la región comienza a incrementarse de forma tímida entre noviembre y enero, la mayor parte de estos sucesos se concentra durante los meses de febrero y marzo.

En Cantabria, también en Asturias, es habitual que cada año ocurran entre uno y tres episodios de este tipo que consisten en cortos periodos de tiempo, 17 días de media, en los que de manera prácticamente ininterrumpida confluye una combinación de circunstancias, tanto naturales como humanas, que propician la concentración de numerosos incendios y/o que se queme mucha superficie. En ellos se producen más de la mitad de los fuegos y en torno al 70% de la superficie quemada de todo el año, aunque algunos años son tan intensos que llegan a concentrar el 90%.

Su concentración en febrero y marzo está relacionada, por lo menos en su origen (en la actualidad hay que añadir algunos otros conflictos) con el calendario ganadero tradicional ya que estas quemas (empleadas para limpiar y regenerar las zonas de pastoreo por las que transita el ganado en régimen extensivo) deben realizarse antes de que las cabañas suban al monte a partir de la primavera y, como la estación es desfavorable a los fuegos, estos solo pueden producirse en ciertos días en los que coinciden condiciones meteorológicas favorables (viento sur, tiempo anticiclónico…) y una vegetación suficientemente seca.

Este año han ocurrido en diciembre y aunque, como hemos dicho, no es el mes que habitualmente presenta las condiciones más propicias para los fuegos, el 2015 sí que las ha tenido (combustibles secos, altas temperaturas, baja humedad, viento desecante). Aunque esta circunstancia tampoco es excepcional, ha ocurrido en 1985, 1989, en 2007 se quemaron en ese mes más de 1.200 ha y en el 2012, solo en dos días, entre el 23 y el 24, se produjeron 41 incendios que quemaron más de 1.200 ha.

En Cantabria, la situación ha empeorado con los años y tanto el número de sucesos como la superficie quemada continúan incrementándose, también los incendios más grandes o los que afectan a arbolado autóctono. Además, a los problemas derivados del propio fuego, hay que añadir que la simultaneidad, el difícil acceso o las inadecuadas condiciones para que actúen los medios aéreos, no solo dificultan la extinción sino que ponen en peligro la vida de las personas, principalmente de aquellas que trabajan en la extinción.

Así, y aunque nuestros gestores no dudan en afirmar desde hace años que los incendios forestales son el principal problema de los montes de la región, lo cierto es que no se ha hecho lo suficiente por afrontar una cuestión que no es tan sencilla como parece, en la que confluyen cada vez más intereses y causas (ganaderos, forestales, de conservación de la biodiversidad, caza, ocio, cambio climático…) y donde conviven conflictos muy antiguos con otros más recientes. En definitiva, una problemática muy difícil de solucionar a cuatro años vista pero que no se puede demorar por más tiempo. Hace falta un compromiso serio.

La situación ha llegado a tal punto que es necesario llevar a cabo acciones disuasorias como acotamientos, pérdidas de subvenciones, incremento de la vigilancia, etc. Sin embargo, dudo mucho de su eficacia si no van acompañadas de otras medidas de prevención activa enfocadas hacia la modificación de conductas y que incluyan diálogo, divulgación, información, formación, iniciativas complementarias de desarrollo rural, etc. y, por supuesto, quemas prescritas, formas de manejo del fuego que bien hechas y reguladas, están demostrado que no suponen ningún perjuicio para el monte y son perfectamente compatibles con la conservación de la biodiversidad, del arbolado y del paisaje.

No debemos olvidar que los usos del territorio sufren continuas transformaciones, y que en las zonas urbanas en las que hoy vivimos la mayor parte de la población (la misma que hoy reclama prácticamente linchar a los ganaderos, a quienes no se puede culpabilizar sistemáticamente, porque no todos incumplen la legalidad), también fueron espacios forestales que hemos transformado y modificado. En el medio rural de Cantabria, con graves problemas de despoblación, envejecimiento y abandono, aún pervive una población que sobrevive de actividades ligadas al aprovechamiento de los recursos locales, y por tanto, cualquier acción que se lleve a cabo en estos espacios no puede basarse unilateralmente en la conservación de la biodiversidad, del arbolado, del paisaje o de la caza, por poner algunos ejemplos, sino que debe integrar a las poblaciones locales y a sus actividades y sensibilidades.

28 diciembre 2015