martes, 10 de mayo de 2016

A orillas del Duero


El Duero a su paso por Quintanilla de Abajo.

Fernando Benito

El Duero a su paso por Quintanilla sueña con derramar sus férreas aguas de plata sobre las aguas de la Mar Tranquila. Las aguas discurren lentas y serenas como todo lo que sabe dónde tiene que llegar, y llega. El mar las espera y un día con sabia justicia de nuevo se las entregará. Se nutre nuestro río de mil arroyos y manantiales que funden sus aguas con gentil bondad lisonjera. Apenas hace unas décadas muchos eran los riachuelos y aguas subterráneas que al Duero se juntaban para soñar de peña en peña. Hoy diezmados por los excesos del riego, nuestro gasto abusivo, nuestra inconsciente voracidad, ceden sus sucias aguas tristes y pequeñas.

Los acuíferos sin los que el Duero en cauce seco se transformaría, también sufren un destino fecal, sus aguas saturadas de nitratos en peligrosos nitritos pueden mutar.


Lavandera cascadeña.

Contemplo cómo las riberas coquetas y narcisistas en las aguas del Durius romano no se dejan de mirar, hermoso espejo natural. Vigilan el parsimonioso caminar de nuestro río titánicos chopos negros, sus troncos tapizados a menudo de verdes hiedras, polícromos álamos blancos, sauces y mimbreras amigos de la humedad, y escondido entre ellos el bondadoso aliso fertilizando con su nitrógeno regalado las ya fértiles orillas que el Duero supo crear. En las hojas de estos fieles centinelas, coloridos carboneros, músicos ruiseñores, tímidos torcecuellos y el papamoscas que confiado e inquieto… nos enseña cómo se juega a jugar. Sobrevolando altas copas riparias, fornida águila calzada, su blancura planea la espesura del sotobosque de ribera y las calmadas aguas por igual

La aguda vista del busardo ratonero se desliza y penetra en las luces y sombras de este bosque de galería. Sobre la seca rama o el tronco desnudo que se ciernen cercanos a los remansos del río, el azul metálico del Martín pescador ejerce en su arte y oficio. Gusta también la lavandera cascadeña engalanada en su traje amarillo de larga cola gris, contemplar desde su posadero el silencioso fluir del Duero.

El zampullín travieso persigue bajo el agua a su presa, mientras a su vera, verde azulado de ánade real desfila junto a los marrones de la hembra. Los andarríos chicos con sus largos y afilado picos al insecto acechan. La garza real extiende sus amplias alas sobre las aguas que la alimentan. Su compañera, la escasa garceta común con su plumaje blanco te deslumbrará si la fortuna así lo quisiera.

Una flecha de azabache con lento batir de alas cruza la ribera, es el cormorán grande iniciando su pesado vuelo tras secar sus alas, mojadas en efectivo buceo. Exuberante sotobosque del soto del Duero, se cubre de arbustos colonizadores: zarzamoras y madreselvas, blancas campanillas de correhuelas trepadoras, ingrávido lúpulo, y la modesta nueza.

La mariposa pavo real con sus grandes ocelos al enemigo desconcierta, mientras visita eupatorias y ortigas en busca de delicioso néctar.


Garceta común.

Las aguas de nuestro río en su paso por Portugal su nombre torna en Douro, distintos nombres pero un solo destino. Peces endémicos de Iberia antes poblaban el río: barbos, gobios, bordallos o cachos, bermejuelas y bogas, entre otros, eran frecuentes en nuestras aguas. Ahora carpa, carpín, pez sol, peces llamados ornamentales, en gran parte los han sustituido. Peor es el problema de los peces que con fines de pesca deportiva se han introducido en nuestro río: lucios, percas americanas, luciopercas y alburnos invaden ahora nuestro río. Y no podemos olvidar los siluros que se han traído de Centro-Europa. Depositados en aguas del Ebro han saltado al Duero y con sus dos metros y cien kilos de peso que pueden alcanzar, amenazan a las especies autóctonas de nuestro río. Suerte parecida corre nuestro cangrejo,* amenazado por el cangrejo rojo americano, feroz depredador de biodiversidad autóctona y transmisor de la enfermedad «tularemia» que afecta a aves y mamíferos, entre estos últimos los humanos. El cangrejo señal fue introducido para frenar la expansión del cangrejo rojo. El problema es que ambos cangrejos son resistentes son bastantes resistentes al hongo Aphanomyces astaci, pero también ambos cangrejos son portadores de este hongo que amenaza al llamado cangrejo de río autóctono (nuestro cangrejo), pues es mucho más vulnerable que las otras dos especies al hongo. La importancia de nuestro cangrejo en la salud de nuestro río es enorme e incuestionable, pero la introducción de especies ajenas a nuestros ecosistemas acuáticos, pone en peligro su supervivencia.

Una vez más vemos la gran complejidad que la vida encierra. El delicado equilibrio entre los distintos organismos vivos sea cual sea el nicho que pueblan. Vemos las nefastas consecuencias de actuar sin comprender cómo funcionan los intrincados laberintos de la naturaleza. Un río no es un canal que transporta agua, eso es lo el ingeniero piensa. Un río es vida envuelto en vida, y como resultado fuente de mil riquezas. Y por si fuera poco, que no lo es, nos regala su belleza.

Nº 14 – Otoño 2015


* El considerado cangrejo de río autóctono —nuestro cangrejo, el de patas blancas— no es tal. Más bien, más antiguo, porque fue introducido en la Península Ibérica a finales del siglo XVI, desde Italia. Aunque antes de la mecanización del campo y la industrialización contemporánea, que conllevó la contaminación de las aguas de nuestros ríos ibéricos, la entrada de especies aloctonas (o foráneas) no implicaba ninguna gran alteración a los ecosistemas nativos. Por eso se adaptaron a nuestros sistemas fluviales estos crustáceos sin ocasionar daños. (Nota de este blog.)