viernes, 10 de julio de 2015

El poder


Por HELENO SAÑA

Cuánto más vivo y más experiencia acumulo, más me cuesta comprender a quienes consideran el poder como uno de los bienes más codiciables, un criterio hoy muy extendido, no sólo entre los políticos. Y a la inversa, me siento cada vez más identificado con Arthur Schopenhauer, un filósofo que en la historia de las ideas figura como representante del escepticismo, cuando en última instancia la raíz más profunda y bella de su pensamiento era el misticismo, entendido como renuncia voluntaria a todo intento de adquirir fuerza para utilizarla contra los demás. «Ateo cristiano» le llamó con razón el gran escritor católico Reinhold Schneider.

La concepción antropológica de Schopenhauer era pesimista; en este punto coincide con Hobbes y su tesis central de que el instinto más profundo del hombre es el afán de poder, rasgo de carácter que conduce irremisiblemente a lo que el filósofo inglés llamaba «la guerra de todos contra todos». Hobbes quiere combatir este mal supeditando la dinámica de la sociedad al dictado ilimitado de un Estado todopoderoso. Schopenhauer parte también del supuesto de que el principio motórico del hombre es la voluntad, pero no sólo la voluntad de poder, sino la voluntad en un sentido más amplio, que para él no significa otra cosa que egolatría. Pero dotado de una sensibilidad moral y humana de la que carecía Hobbes, lejos de ensalzar el libre desarrollo de la voluntad como modelo idóneo de conducta, la designa como el origen de todas las desgracias del género humano.

Hobbes fue el primer teórico de la sociedad burguesa, Schopenhauer uno de sus críticos más lúcidos y radicales, aunque no ciertamente por motivos revolucionarios, como Marx y demás ideólogos sociales del siglo XIX. A la inversa de la burguesía ilustrada no creía tampoco en el progreso indefinido ni en la perfectibilidad del hombre, y también en este punto la historia le ha dado la razón. En lo único que creía era en la capacidad de algunas almas para superar a través de la reflexión filosófica la voracidad ególatra que rige la existencia del individuo común. No necesito subrayar que el mundo hoy es hobbesiano, no schopenhaueriano. Pero ello no quiere decir que el pensamiento del filósofo alemán haya perdido su razón de ser y se haya convertido en un inútil anacronismo. Muy al contrario: precisamente porque el autor de El mundo como voluntad y representación supo detectar como pocos lo que significa una sociedad o época regida por la concupiscencia y el egoísmo, su obra conserva su plena vigencia. En este contexto es significativo que en 1961 Max Horkheimer subrayara la actualidad del pensamiento schopenhaueriano, al que dedicó un extenso estudio. La Teoría Crítica de Horkheimer (y Adorno) procede del marxismo, pero el pesimismo que se apoderó de ambos a partir del advenimiento del nacionalsocialismo en Alemania y del triunfo del estalinismo en Rusia era una variante del pesimismo de Schopenhauer.

¿De qué nos sirve hoy el pensamiento de Schopenhauer? No ciertamente para conquistar el mundo y acumular trofeos, pero sí para comprender que la caza del poder y otros subvalores materialistas hoy tan codiciados no pueden darnos la paz interior que toda verdadera felicidad requiere. Por eso dijo con razón que «el más amargo sufrimiento es la insatisfacción con nosotros mismos». Su concepción del mundo puede ayudarnos también a sobrellevar con divinidad la tristeza y la soledad a las que siempre han estado condenadas las personas sensibles y buenas. Schopenhauer era una de ellas. Su edificio teórico es intrincado y complejo, pero su mensaje claro e inequívoco: el hombre bueno acaba fundiéndose con todos sus semejantes y el dolor del mundo es su propio dolor. Sólo cuando el hombre ha alcanzado este estado espiritual puede considerarse libre. Lo demás es esclavitud y vida vana y malograda, por muy pletórica y brillante que de puertas afuera pueda aparecer, como ocurre hoy con quienes confunden la felicidad con los altos puestos que ocupan y las cotas de poder que han alcanzado.

¿Qué hubiera dicho o pensado Schopenhauer de un mundo tan vulgar y despiadado como el nuestro? Hubiera sentido sin duda lástima de nosotros, de nuestro culto a Mammon, de nuestra obsesión por imponernos a los demás, de nuestra dureza de corazón y de nuestra incapacidad para construir un mundo mínimamente humano y justo.

La Clave
Nº 257 (17-23 marzo 2006)