viernes, 10 de mayo de 2013

El Chernóbil inglés desconocido

Ya han pasado más de dos años desde el accidente en la planta nuclear de Fukushima, cuyas consecuencias durarán durante varios años (mutaciones genéticas, leucemia y otros cánceres). También en ese año fue el 25º aniversario de otro desastre nuclear, considerado el mayor (aunque este último japonés pueda superarlo), Chernóbil, en Ucrania (entonces la Unión Soviética), en el mes de abril de 1986. Pero no han sido los únicos, y en los cuales la incompetencia de las autoridades quedó manifiesta.

Un equipo de periodistas (Nigel Hawkes, Geoffrey Lean, David Leigh, Robin McKie, Peter Pringle y Andrew Wilson) del periódico británico The Observer, poco después del accidente de Chernóbil, publicaron el libro The worst accident in the World. Chernobyl: The end of the nuclear dream (1986). Al año siguiente (1987) salió la edición española El más grave accidente mundial: Chernobil, Ed. Planeta. En un capítulo nos hablan sobre el accidente nuclear de Windscale-Sellafield de octubre de 1957, desastre poco conocido, o casi olvidado que ocurrió en la desarrollada Gran Bretaña (al noroeste de Inglaterra):



... En realidad, hasta que Chernóbil envío sus gases tóxicos a la atmósfera, la instalación británica más importante, Windscale (redenominada Sellafield con el propósito de que perdiera la conexión con el accidente, en mayo de 1981) se había hecho famosa por ser la peor del mundo respecto a la descarga de los materiales radiactivos. Una consecuencia de esto es que el Mar de Irlanda es ahora el más radiactivo del mundo y es probable que siga en ese estado durante mucho tiempo. La planta ha descargado más de un cuarto de tonelada de plutonio que ahora yace en el fondo del Mar de Irlanda y que seguirá siendo intensamente radiactivo durante un cuarto de millón de años. En 1985, el parlamento europeo estuvo en un tris de pasar una moción instando a que se clausurara de inmediato la planta de Windscale, algo que seguramente hubiera avergonzado muchísimo al gobierno británico.

Peor aún: algunas de las descargas radiactivas de Windscale han vuelto a tierra en restos llevados por el mar, en la espuma transportada por el aire y en los peces y mariscos que se pescan. Se han encontrado evidencias de que los vacunos y ovinos que pastan en los campos contaminados cerca del reactor han acumulado en sus hígados cientos de veces las cantidades normales de plutonio y cesio. Los pescadores que comen los productos de la pesca, reciben tres veces más de la dosis de radiación que se considera prudente según los reglamentos internacionales. Los ecologistas culpan a las descargas de la planta de los casos de leucemia de Seascale.

Es evidente que la historia de Windscale está llena de accidentes y de «casi accidentes». En octubre de 1976, se encontró una pérdida de estroncio y cesio radiactivos en un silo de desechos. La pérdida fue descubierta por casualidad durante unos trabajos de construcción. Y entonces se pensó que podía haber estado produciéndose desde cuatro años atrás. Mientras se investigaba ese problema, una pérdida muy grande se descubrió en un edificio adyacente y es probable que haya estado produciéndose durante siete años. En 1983 una gran cantidad de desechos radiactivos se vertió en el mar del Norte. No se informó de eso a los ministros durante una semana y el ministro de Medio Ambiente, William Waldegrave, dijo que se había enterado por mera casualidad. Durante la investigación que siguió se reveló una burda incompetencia directiva; la British Nuclear Fuels fue demandada, hallada culpable de cuatro cargos y condenada a pagar 10.000 libras con 60.000 libras de costos.

Se han producido más de trescientos accidentes, grandes y pequeños, en Windscale y la planta ha sido objeto de fuertes críticas dentro y fuera de la industria nuclear. Pero ninguno de los incidentes alcanzó la dimensión de los acontecimientos que se produjeron en la mañana del 8 de octubre de 1957, cuando un físico encargado del reactor número uno de producción de plutonio, en la planta de Windscale, cometió un error. Movió una llave demasiado pronto mientras realizaba una operación de rutina. No tenía un manual que lo ayudara y los instrumentos vitales estaban mal dispuestos para proporcionarle mediciones precisas. El resultado fue un incendio que rápidamente envolvió al reactor y ardió sin control durante cuarenta y dos horas si que nadie en la planta se diera cuenta del inminente desastre. Cuando cundió la alarma, ya ardían el uranio y el grafito. El señor Ronald Gausden, gerente de la planta, destapó una abertura en la pared y «miró al monstruo en los ojos». Gausden recuerda: «Aún no se había fundido, pero estaba a punto de hacerlo.»

Lo primero que hicieron fue agregar dióxido de carbono para apagar el fuego, pero no lo lograron. Entonces (como hicieron los grupos de emergencia en Chernóbil) pensaron usar agua, sabiendo que eso podría conducir a una explosión que destrozaría el reactor. Durante otro día más el fuego continuó sin control. Gran Bretaña estaba al borde de una catástrofe nuclear. A las 8.55 horas del viernes 11 de octubre, los jefes, presa del pánico, decidieron arriesgarse a emplear «una ola gigante» de agua. Tuvieron éxito. A las 15.10 horas del día siguiente, el fuego se había extinguido.

Más tarde se dieron cuenta de que se había evitado por los pelos una terrible catástrofe, que se había logrado gracias a la instalación de los filtros que absorbía los isótopos radiactivos letales, arrojados al aire por el fuego. Estos filtros habían sido instalados por la insistencia de sir John Cockcroft, uno de los padres del proyecto británico de la bomba atómica, como medida de precaución. En aquella época, la mayoría de sus colegas pensaba que la construcción de los filtros era ridícula. A los filtros se los llamaba «las locuras de Cockcroft», y en algún momento la administración de Windscale había pensado en quitarlos para ahorrar dinero. Si lo hubiesen hecho, la pérdida de radiactividad hubiera sido mayor y un desastre de peores proporciones hubiese afectado al país.

Hubo una descarga considerable de material radiactivo, aunque a los habitantes de Gran Bretaña se les informó de un peligro mucho menor. A los británicos no se les informó del incendio hasta que estuvo casi extinguido y mucho de lo que se les dijo era falso. Los ministros del Gobierno y los directivos nucleares que tan pronto criticaron a los soviéticos por no haber informado enseguida del accidente de Chernóbil, parecen haber olvidado el comportamiento de sus antecesores.

La reacción oficial fue como la de Chernóbil: muy lenta. No se evacuaron a los habitantes de las casas situadas cerca de la planta. Hasta el sábado al anochecer, cuando ya se había extinguido el fuego, no se prohibió la venta de leche local, y sólo en un área de treinta y seis kilómetros cuadrados alrededor de Windscale. El lunes siguiente la prohibición se extendió a casi 1.300 kilómetros cuadrados y se destruyeron en total dos millones de litros de leche. Como señalo una mujer que escribió una carta al diario local Whitehaven News:

No nos avisaron hasta que la situación estuvo bajo control. ¿Por qué no? Supongamos que la situación no hubiese podido controlarse. ¿Qué hubiera sucedido entonces? La gente tiene derecho a que se le avise a tiempo para evacuar a los niños del lugar o por lo menos mantenerlos dentro de las casas si se espera que pueda ocurrir un accidente grave. 

Después de limpiar los restos, el reactor incendiado fue enterrado en cemento. Sus restos, altamente radiactivos, hace dos décadas que yacen en Windscale sin ser perturbados, como quedarán los restos del reactor de Chernóbil, mucho mayor, que también será enterrado en cemento. Las dos tumbas son monumentos a la falibilidad de la industria nuclear mundial.

Se hizo una investigación sobre el incendio de Windscale, pero el informe resultante nunca se publicó completo. En la versión expurgada que se dio a conocer poco después se admitía que había habido una descarga fuertemente radiactiva pero que «la probabilidad de que alguien sufriera algún daño en su salud era casi insignificante». El transcurso del tiempo probó que ese aserto no era válido. En 1983, la Comisión Nacional de Protección Radiológica, acosada por los cálculos independientes de un grupo de investigación ambiental, dio un informe en el que admitía que era probable que unas doscientas sesenta personas contrajeran cáncer de tiroides debido a las descargas radiactivas de Windscale. Treinta y tres personas morirían de cáncer o sufrirían lesiones genéticas que producirían enfermedad y muerte en sus descendientes.

Cap. 3: «Haciendo un mundo nuclear» (pp. 56-59).