miércoles, 25 de septiembre de 2013

'Hooligans' ilustrados

Meslier, Helvétius, La Mettrie, Holbach... Seguidores de los griegos
y de Spinoza, eran materialistas, hedonistas y rompieron
con la forma cristiana de hacer filosofía.
Los Ilustrados —los moderadamente Ilustrados— ganaron la batalla intelectual que se libró en el Siglo de las Luces en Europa. Y se la ganaron a los radicales, unos hooligans del pensamiento que quedaron relegados al olvido o, en el mejor de los casos, a la espera de un redescubrimiento por generaciones posteriores. Es el momento de dar voz a Jean Meslier, La Mettrie, Helvétius y Holbach.

(Septiembre 2013)

Las historias las escriben los vencedores. La voz de los derrotados casi nunca sale a la luz. En Filosofía, también. Estamos en el siglo XVIII y en París se lucha por la supremacía de las ideas. Los púgiles son, por un lado, los amigos de un Ilustración moderada, que defienden que la razón gane espacio —y sí, lo hace, pero sin invadir el reservado a Dios, a la religión y a la realeza— y, por otro, los defensores de una Ilustración radical. Frente a los tibios, Meslier, La Mettrie, Helvétius y Holbach propusieron que el pensamiento racional llegará hasta el límite. Lectores de los griegos y seguidores de Spinoza, intentaron romper con la forma cristiana de hacer filosofía. Eran materialista, hedonistas… Trazaron las coordenadas de una filosofía de vanguardia que cuesta imaginar no solo en su tiempo, sino también en el nuestro. Su modernidad explica quizá por qué perdieron la batalla histórica. Pero tal vez ganaron con esa derrota, ya que sus textos quedaron a la espera de que generaciones futuras los encontraran...

JEAN MESLIER, EL CURA ATEO

Era ambas cosas. Durante cuarenta años llevó la Iglesia de Entrépigny y, al morir, dejó un libro no publicado en el que atacaba ferozmente tanto a la idea de Dios como a la religión, pero en concreto, a aquella religión que él conocía de cerca: el cristianismo. La obra en cuestión se conoce como Testamento y es un libro de monstruosas dimensiones cuya redacción le llevó 10 años. Su argumento es fácil de resumir: Dios no existe, la religión es una impostura y es necesaria una filosofía poscristiana. No solo ataca a Dios y a su Iglesia, también a los poderes que ella ampara y que no hacen otra cosa que abusar de los débiles. No es de extrañar que, cuando Meslier murió y se encontró semejante libro en su escritorio, sus compañeros de Iglesia hicieran desaparecer literalmente su cadáver. Nada se sabe del lugar en el que está enterrado, solo algunas aproximaciones. Ni tumba ni lápida.

En la obra de su vida, su Testamento, Meslier niega rotundamente a Dios, lo que le convierte en un pionero del Dios-no-existe. Pero este cura ateo no se detiene en la negación, ya que en su obra también encontramos una parte constructiva, algo que bien podríamos llamar una propuesta social poscristiana. El principio de esta propuesta no es otro que la búsqueda del placer, pero no del placer individual, privado, que proponía Epicuro, sino la búsqueda del placer común. Estamos hablando de un hedonismo social. De este modo, Meslier traza un camino directo entre ética y política. La moral que propone tiene que dar cuenta aquello que la naturaleza ordena, pero a su vez esta regulada por un principio básico: el de la piedad. Curioso, además, que Meslier meta bajo el manto de protección de la piedad a los animales. Si esta moral se cumple, se logra una República hedonista en la que el placer toma el centro de la vida frente a la violencia. Porque ¿cómo es posible eliminar la violencia entre los hombres? Para nuestro cura ateo la respuesta es bien sencilla: eliminando la propiedad privada. De este modo, con todos los bienes en común, los hombres pueden vivir libres de la avidez y la codicia, que son los dos motores de la violencia.

Cuando salió a la luz el Testamento de Meslier, no solo tuvo como consecuencia que su cuerpo se hiciera desaparecer, sino que alguien muy conocido se tomó la molestia de coger y manipular el legado de este cura ateo. Ese alguien era Voltaire. Con total impudicia cortó, eliminó, cambió pasajes del texto hasta que pareció otro. Un buen trabajo de aquel que decía estar del lado de la tolerancia. Afortunadamente, Meslier no solo tenía una copia de su Testamento y el libro íntegro llegó hasta la corte de Federico II de Prusia. De este ejemplar se hicieron copias, y estas copias llegaron a las manos de otros ilustrados radicales que supieron hacer buen uso de sus enseñanzas.

LA METTRIE: EL CUERPO ES EL ALMA

Uno de aquellos ilustrados radicales que leyeron a Meslier fue La Mettrie. Un hombre que, para muchos historiadores de la filosofía, fundó el materialismo francés. La Mettrie estudió medicina en Reims. Trabajó como medico privado del duque Gramont y como cirujano de las tropas francesas. En 1742, en mitad de una campaña militar, sufrió un desvanecimiento del que sacó la intuición medular de su filosofía: el alma y el cuerpo son dos modalidades de un mismo ser material. Lo cuenta en su Tratado sobre el vértigo. Así, todo en nosotros es materia, y decir esto es negar que el alma sea algo divino que sobreviva después de la muerte. Ampliará este estudio en su Historia natural del alma. Un libro que, por requerimiento del clero, fue condenado por el Parlamento y perseguido su autor. La Mettrie huirá a Leiden, pero en esta ciudad cometerá el mismo error: escribe El hombre máquina y lo hace circular clandestinamente. La obra es todo un éxito y pronto se sabe quién es su autor. De nuevo, La Mettrie tiene que huir. Esta vez se irá a uno de los lugares más seguros para un filósofo radical: la corte de Federico II de Prusia. Ahí será nombrado miembro de la Academia de las Ciencias y pasará los seis años que le quedan de vida. Un final prematuro que se debe a un paté de faisán. La Mettrie era un hombre de buen comer y buen beber. Invitado por Milord Tyrconnel a un almuerzo, comió en exceso y devoró el famoso paté de faisán. Después de la comida se sintió indispuesto y, tras 20 días de enfermedad, murió a los 42 años.

A nivel ontológico, el pensamiento de La Mettrie se resume de esta manera: sólo existe la materia, y todo lo que vemos, o podamos ver, no es otra cosa que modificaciones de ella. Un monismo cuyo despliegue se debe a una lógica puramente causal y en la que todo, absolutamente todo, esta determinado. En relación a la ética que propone, tiene que ver con un hedonismo. La idea es construir una voluptuosidad medida que tenga a la razón como principio rector. El problema está en que frente a esta ética hedonista encontramos su principio ontológico de que todo esta determinado. La contradicción en La Metrrie no se resuelve. Parece que trazara dos caminos. Ahora bien, esa idea de necesidad si encuentra en otra obra una continuación coherente en una propuesta ética. El hombre no actúa como quiere, sino más bien como debe. Nuestros actos están uno a uno determinados y contra eso no podemos hacer nada. Hablar de este modo de la necesidad es salir de la distinción entre bueno y malo. Cada uno hace lo que está determinado que haga. De este modo entramos en una visión amoral del comportamiento humano; amoralidad que saca por la puerta aquello que tan bien explota el cristianismo: la culpa. En esta necesidad, nos dirá La Mettrie, el hombre solo puede adoptar una postura sana: la ternura para con el otro. Apiadarnos de las acciones de los demás. En lo que se refiere a Dios, no podemos decir que La Mettrie sea ateo, se acercaría a un panteísmo materialista. Pero, eso sí, contra el cristianismo sí da la batalla. Le acusa de haber generado una moral de la culpa que llama al dolor en lugar de al placer.

HELVÉTIUS: LA MORAL NO EXISTE

Claude Adrien Helvétius, cuyo nombre se ha conocido en castellano como Helvecio, cursó estudios de Derecho y, en muy poco tiempo, se convirtió en recaudador general de impuestos, un trabajo que le dio una importante riqueza. Cuando su seguridad material estaba garantizada, dejó el cargo y se dedicó a vivir entre sus casas de campo y la capital francesa. Helvétius sería conocido en París por su salón. Todo el que era o fue alguien en la vida intelectual parisina pasó por él. Al tiempo, se dedicó a negocios relacionados con nuevas técnicas industriales con los que aumentó su fortuna.

Su primera obra fue Del espíritu, un ensayo que busca tratar la moral a la manera de la física experimental. Esta forma científica de tratar la moral significaba algo muy peligroso: la moral no es un asunto ni de la Iglesia ni de Dios. Los hombres son los que deben, mediante acuerdos, realizarla. En Mal en sí y el Bien en sí mismos no existen. Toda moral es una creación histórica. Eso sí, ella siempre debe responder a la búsqueda de la felicidad y el placer para el mayor número posible. Del espíritu es un ensayo inmenso, tanto en extensión como en propuestas. Y a la entrada, como epígrafe, nos saludan unos versos de Lucrecio. Toda una declaración de intenciones. Este ensayo, y ese deslegitimar a la religión como mediadora de unos valores eternos y universales, pronto levantó ruido entre altos cargos de la Iglesia y de la política. Además, a la propuesta de Helvétius hay que sumar otras notas que la hacían indigesta para ciertos sectores: sensualismo, empirismo, nominalismo y… un ataque directo contra una Iglesia y un Papado que, traicionando el mensaje de Jesús, se alía con el poder y se dedica únicamente a sembrar fanatismo, superstición y despotismo. Del espíritu fue condenado tanto por la Iglesia como por el Consejo del rey a las dos semanas de su aparición. Helvétius fue atacado por los jesuitas y los jansenistas y por toda una corte de intelectuales afines. La cosa llegó a tal grado que se vio obligado a retractarse hasta en tres ocasiones. Aquello dañó profundamente a Helvétius, que pasaría los últimos 10 años de su vida de una forma sombría. Pero, eso sí, dejó preparada una venganza: un libro que se publicó a su muerte y que era una afinación y ampliación de Del espíritu. Desde la seguridad de la tumba ya podía decir lo que quisiera sin miedo a la furia de los fanáticos. Decir que al morir se negó a recibir los sacramentos y estaba acompañado el siguiente ilustrado radical: el barón D'Holbach.

HOLBACH: CONTRA DIOS... POR PURO PLACER

Nace en 1723 en el Palatinado alemán y con, 32 años, hereda la fortuna de un tío suyo. Si el salón de Helvétius fue muy importante en la vida intelectual europea, el de Holbach no se quedaba atrás. Era famoso por la libertad y la radicalidad de sus asistentes, aunque también por lo bien que se comía y se bebía. El barón no ahorraba en gastos para agasajar a sus invitados en su mansión de Royale Saint-Roch. Holbach publicó todas sus obras filosóficas bajo seudónimo; las únicas obras que firmó como propias tenían que ver con temas científicos, de hecho varias entradas de la Enciclopedia le pertenecen. Su pensamiento filosófico se puede resumir en tres puntos: deconstrucción del cristianismo, elaboración de un materialismo ateo y de una política eudemonista y utilitarista. Sobre el primer tema, su obra clave es El cristianismo al descubierto. En ella afirma que la religión nace del miedo a la muerte y de la necesidad humana de una última respuesta. Ataca al cristianismo embistiendo directamente a su Biblia. Así, Holbach denuncia las contradicciones permanentes que hay en el texto. De Jesús dice que es «el charlatán de Judea» y que el cristianismo no es otra cosa que un reciclaje de prácticas de religiones antiguas. A la Iglesia la acusa de ser un fraude, una tienda en la que se juega con el miedo y la culpabilidad de los hombres.

Sobre su materialismo, hay que remitirse a su Sistema de la naturaleza, donde dice que no hay otra cosa que la Naturaleza y que todo en ella es material. La materia tiene en sí misma la causa de su movimiento. Esa causa es la necesidad de preservarse en su ser. Holbach denominará a este principio de movimiento «nisus» y este será el responsable de todo cambio. De nuevo topamos con una visión monista: una única sustancia configurada de distintos modos. Y es que Spinoza anda muy presente entre estos ilustrados.

En lo que se refiere a su política eudemonista y utilitarista, se puede acudir a su Etocracia. Según este ensayo, dos principios mueven a los hombres: el deseo de gozar y la necesidad de conservarse. Desde aquí debe emerger toda moral. En lo que se refiere al gobierno, el rey debe tener un contrato moral con el pueblo y ni él debe estar por encima de la ley. Además, es necesario un grupo de representantes elegidos entre los ciudadanos para que opinen sobre las leyes, sobre las guerras, sobre los impuestos y los gastos del Estado. Pero, sobre todo, todo cargo debe ser revocable. Las leyes deben garantizar tres puntos: libertad, propiedad y seguridad. La religión en esta forma de gobierno no es condenada, simplemente es algo que hacen los hombres de forma particular y jamás amparada por el Estado. Según Holbach, lo único que hace falta para eliminarla es un debate interno social que se lleve con el rigor necesario. Como se ve, la propuesta de Holbach no deja nada fuera: incluye una física, una ética y una política.


 Meslier, La Mettrie, Helvétius, Holbach... 
 La mayoría no veía con buenos ojos que esos cuatro exaltados lideraran la Ilustración: era mejor una Ilustración que apenas removiera los cimientos sociales. La Historia, siempre caprichosa, quiso que estos exaltados llegaran hasta nosotros. Aún queda mucho por aprender en sus obras.

Gonzalo Muñoz Barallobre