lunes, 9 de septiembre de 2013

Latigazos al agua


Desde tiempos inmemoriales, el género humano siente auténtico terror ante la presencia de ciertos animales, y si esto es así en tierra firme, es decir, en nuestro medio natural, mayor aún es la sensación en el mar, donde el hombre se sabe indefenso ante el rey de los predadores: el tiburón. Sin embargo, no todos los tiburones representan un peligro auténtico, algunos porque se alimentan de materia vegetal o incluso de plancton, otros porque son pequeños, y otros porque, aun siendo grandes, sólo capturan presas menores. Uno de los casos más llamativos sería en este aspecto el tiburón zorro, un escualo de aspecto inconfundible gracias al extraordinario desarrollo del lóbulo dorsal de su aleta caudal.

Todos los tiburones se desplazan en el agua gracias a la propulsión que les proporciona su aleta caudal, dividida normalmente en dos lóbulos y dispuesta en posición vertical. En el caso del tiburón zorro el lóbulo dorsal no sólo es más grande que el ventral, como suele ocurrir en los tiburones, sino que iguala y a veces supera la longitud del cuerpo, es decir, unos tres metros. Si quien encuentra al tiburón en el agua es un submarinista, tal vez no vea el látigo caudal, pero en cambio podrá observar las enormes aletas pectorales que hienden suavemente el agua con su forma curvada de hoz.


Afortunadamente, el látigo del tiburón zorro, instrumento sorprendentemente útil a la hora de capturar a los peces que le sirven de alimento tales como clupeidos (arenques y sardinas), escómbridos (atunes y bonitos), agujas, etc., resulta inofensivo para el hombre.

Presas desmayadas

El zorro marino, al igual que el resto de los tiburones, tiene que nadar continuamente para no hundirse, al no tener vejiga natatoria, que hace de flotador. Además, carece de músculos especializados para la respiración, lo que le obliga a desplazarse siempre hacia delante, a fin de conseguir la necesaria entrada de agua en dirección a sus branquias. Rara vez nada por debajo de los setenta metros, porque sus presas son especies superficiales. Cuando uno o dos ejemplares del incansable tiburón zorro encuentran un banco de posibles presas, proceden a nadar en círculos a su alrededor mientras golpean el agua con su látigo. Los golpes atemorizan a sus víctimas, cuya única respuesta consiste en cerrar más su formación. El tiburón zorro se aproxima entonces en círculos de radio cada vez menor, hasta llegar a una distancia en la que la fuerza de sus coletazos resulta suficiente para aturdir a los miembros del banco. Como demostración evidente de la fuerza que pueden llegar a tener los coletazos del tiburón zorro, baste decir que en alguna ocasión se ha visto cómo aves marinas posadas en la superficie del agua se desmayaban literalmente al interponerse por casualidad entre el tiburón y sus presas. Más extraña todavía, pero igualmente comprobada, resulta la costumbre del tiburón zorro de llevarse los peces a la boca también con la ayuda de coletazos. En este proceso, un pequeño error de cálculo puede hacer que algunas presas salgan volando por los aires. No obstante, y aunque se podría pensar por la conformación de su hocico que el tiburón no puede capturar sus presas de frente, cuando decide lanzarse directamente en medio de un banco de peces proyecta hacia delante su mandíbula inferior y levanta ligeramente la superior, con lo que puede atrapar a los peces entre sus dientes, pequeños pero muy agudos.


A fin de localizar a sus presas, el tiburón zorro dispone de un olfato muy agudo, pero sobre todo de las sensaciones que percibe a través de su línea lateral; cualquier vibración que recorra el agua en las proximidades del predador se transmitirá hasta las neuronas sensitivas situadas en el interior de la línea lateral. Al tiburón zorro le bastan entonces unos ligeros movimientos en zigzag para determinar no sólo la dirección exacta de las vibraciones, sino el motivo que las causa, y en consecuencia pasar de largo o disponerse a la captura.

El reto de la vida
Enciclopedia Salvat del comportamiento animal
Tomo 12: «Los cazadores II» (1987)