domingo, 1 de diciembre de 2013

Rojo y negro


Bryan Palmer* escribe sobre Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World, de Steven Hirsch y Lucien van der Walt. Panorámica de los rebeldes de la izquierda libertaria, de América Latina a Ucrania, de El Cairo a Corea.

Para los historiadores clásicos del movimiento anarquista, el acto culminante del drama se situó en España. Tanto el libro de George Woodcock, Anarchism[1] (1962), como el de James Joll, The Anarchists[2] (1964), tras respetuosas reverencias a Godwin y Proudhon, empezaban describiendo el incansable trabajo de Bakunin y sus discípulos, Fanelli, Malatesta y demás, para establecer secciones de la Primera Internacional —la Asociación Internacional de Trabajadores de Marx— en Italia, Suiza y España. La idea proudhoniana de producción e intercambio organizados por asociaciones obreras libres fue expandida por Kropotkin y Reclus. Tras el aplastamiento de la Comuna de París, grupos anarquistas clandestinos se dedicaron a la «propaganda por los hechos» y protagonizaron un impresionante número de golpes contra los monarcas y jefes de Estado imperantes. Pero como el propio Kropotkin escribió en La Révolte en 1891, por inspiradores que pudieran ser los actos de heroísmo individuales, «la revolución es ante todo un movimiento popular». Los primeros sindicatos habían tenido en gran medida un propósito reformista, pero los movimientos sindicalistas de masas que entraron en escena a comienzos de la década de 1900 —la CGT en Francia, la IWW en Estados Unidos, la militantemente anarquista CNT en España— movilizaron a cientos de miles de proletarios en torno a objetivos revolucionarios. La CNT tenía medio millón de afiliados cuando se declaró la República, en 1931. En el levantamiento popular contra Franco en 1936, los obreros de la CNT de Barcelona se hicieron con el control de las fábricas y las calles. Para Woodcock y Joll, la trágica épica de Cataluña en 1936-1937 siguió siendo la experiencia fundamental de la revolución anarquista; el telón cayó cuando el fascismo franquista ahogó en sangre la bandera roja y negra.

En años recientes, sin embargo, este punto de vista está siendo objeto de debate. La investigación sobre los primeros movimientos obreros y las primeras luchas anticoloniales ha descubierto pruebas de organización anarquista y anarcosindicalista en una esfera mucho más amplia. Una contribución fundamental fue la de Arif Dirlik, Anarchism in the Chinese Revolution (1991). El desigual compendio de Peter Marshall, Demanding the Impossible (1994) contenía páginas sobre Latinoamérica y Asia; Jason Adams ofrecía en Non-Western Anarchisms (2003) una visión desde Johannesburgo; Benedict Anderson rastreaba en Under Three Flags[3] (2006) los hilos de la solidaridad anarquista y anticolonial que enlazaron Cuba y Filipinas en la década de 1890 a través de Barcelona, Bruselas y Hong Kong. Esta impresionante recopilación de artículos efectuada por Steven Hirsch y Lucien van der Walt resulta una buena aportación a este trabajo. Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World, 1870-1940 surgió de un panel acerca del «Anarquismo en el Sur global: Latinoamérica en perspectiva comparada» presentado en un congreso de historia social celebrado en Ámsterdam en 2006. Sus estudios sobre las redes argentinas, brasileñas, peruanas y mexicano-caribeñas están complementados con artículos sobre África, el Este asiático y zonas «coloniales» de Europa, Irlanda y Ucrania, con un prefacio sobre las relaciones entre anarquismo y comunismo redactado por Benedict Anderson. El artículo preliminar de cuarenta páginas escrito por los editores, que incluye una amplia bibliografía, constituye de por sí una significativa aportación a la historiografía anarquista.

Hirsch y Van der Walt sostienen que «el anarquismo no es una doctrina europea difundida hacia el exterior. Por el contrario, el movimiento emergió de manera simultánea y transnacional, creado por activistas interrelacionados en tres continentes». Es necesario explorar su historia más allá de la idea convencional del «excepcionalismo español», que ha primado la importancia de la Península Ibérica. Su recopilación también pretende investigar la función desempeñada por el anarquismo y el anarcosindicalismo en las luchas anticoloniales; el análisis de las experiencias del Este asiático —coreana, china, japonesa—, así como de la sudafricana y la egipcia, examina de qué modo el anarquismo intentó superar las cuestiones divisivas del nacionalismo, la raza y la religión. Un breve resumen de este material —buena parte del cual será nuevo para los no especialistas— nos dará una idea del libro.

El Egipto del siglo XIX puede parecer un emplazamiento insólito para una sección de la Primera Internacional; pero, como señala Anthony Gorman, anarquistas italianos que formaban parte de la comunidad de obreros inmigrantes de Alejandría apoyaron en 1882 la revuelta de Urabi contra el dominio británico. Italianos, griegos, judíos y alemanes eclipsaron al principio la participación de los propios egipcios hablantes de árabe en los porfiadores círculos de la izquierda libertaria de El Cairo y Alejandría. La propaganda mediante la palabra triunfó sobre la de los hechos: en 1901 se fundó en Alejandría una breve pero influyente Universidad Popular Libre que daba clases en árabe e italiano; uno de los profesores atacó el «alcoholismo intelectual» del catolicismo y el brahmanismo, que predicaban «obediencia ciega y pasiva». A comienzos de la década de 1900, las organizaciones sindicales crecieron con rapidez entre los sastres, los zapateros y los cigarreros egipcios. Los líderes de los zapateros eran cinco egipcios, cinco griegos, dos sirios, un italiano y un armenio; la lengua franca de la solidaridad obrera era una amalgama de árabe, francés, griego, italiano y alemán. El capitalismo fue declarado enemigo común: «Los obreros no tienen fronteras ni idiomas». En este contexto, anarquismo y socialismo eran difíciles de distinguir entre sí. El levantamiento nacional contra el dominio británico en 1919 fue acompañado por huelgas insurreccionales anarcosindicalistas; muchos de estos militantes fueron atraídos a la sección egipcia de la Tercera Internacional en 1923. Como muestra Gorman, habían explorado nuevas formas de radicalismo en las dos décadas anteriores a la de 1920, luchando contra el colonialismo pero negándose a condescender con las fuerzas nacionalistas conservadoras.

La lucha contra el imperialismo japonés fue la cuestión central para el anarquismo coreano surgido en la década de 1920. La península estaba aislada bajo la feroz represión de la policía colonial pero, paradójicamente, la propia Tokio sirvió de punto de conexión para el radicalismo del Este asiático en este periodo. El artículo de Dongyoun Hwang explica de qué modo se forjaron redes transnacionales a través de proyectos educativos y la organización obrera. En Tokio había un grupo anarquista coreano activo desde 1921, y publicaba una revista, Ola negra. El sindicalista coreano Kim Taeyeob, organizador de los obreros coreanos en Japón, se radicalizó al asistir a un curso de «Conferencias públicas sobre el trabajo» impartido por socialistas y anarquistas japoneses. Los estudiantes coreanos residentes en Shanghai redactaron un manifiesto kropotkinista, en el que describían la disolución de las divisiones entre lo rural y lo urbano después de la revolución anarquista: las aldeas dispondrían de los servicios de las ciudades, y estas, del verdor de las aldeas agrícolas, se aboliría el dinero y la sociedad en su conjunto se volvería artística.

El anarquismo japonés se contempla más ampliamente en la aportación de Arif Dirlik. Uno de los primeros protagonistas fue Kotoku Shusui, izquierdista encarcelado por oponerse a la Guerra ruso-japonesa en 1905. En la cárcel Kotoku leyó Campos, fábricas y talleres de Kropotkin y se convirtió al anarquismo. Lideró las protestas en torno a la mina de cobre de Ashio, llevando a secciones del Partido Socialista Japonés a una línea de acción directa. En 1911, en medio de una represión creciente, fue condenado bajo la acusación falsa de planear asesinar al emperador Meiji, y ejecutado. Su muerte provocó un «periodo invernal» hasta la «primavera » de 1919; pero durante esos mismos años, la caída de la dinastía Qing creó más espacio para el anarquismo chino, en buena medida en el movimiento obrero, en rápido crecimiento, del sur de China. Entre los chinos que estudiaban en el extranjero se habían formado dos tendencias anarquistas: el grupo de París, que editaba la revista Nueva Era, era ultramoderno y lanzó una sarcástica batalla contra el confucianismo; el grupo de Tokio, organizado en torno a las revistas Justicia natural y Equilibrio, se inclinaba a ver posibilidades anarquistas en la cultura tradicional china, en especial el taoísmo. Pero, como señala Dirlik, el grupo de Tokio era más radical en la cuestión del antiimperialismo y en la «cuestión de la mujer» que los parisinos; de hecho, el anticomunismo de estos acabó situándolos a la derecha del Kuomintang (KMT). El anarquismo nipponsei, por su parte, plagado de conflictos faccionarios entre los sindicalistas y los denominados «anarquistas puros», fue obligado a pasar a la clandestinidad por la peculiar combinación del gun-fuashizumu (fascismo militar) y la restauración nacionalista de Showa Ishin, que estructuró la política represiva en la década de 1930.

La historia del gobierno anarquista de Néstor Majnó en el sur de Ucrania en 1918-1921 está bien contada por Aleksandr Shubin. Tras el Tratado de Brest-Litovsk, Majnó movilizó un ejército de 20.000 campesinos contra los ocupantes alemanes de Ucrania y sus colaboradores kulak, cuyas brutales expropiaciones de grano y restituciones de tierras suscitaron el antagonismo de las masas. Anarcocomunista que fundió el poder de los soviets rurales, la autodeterminación ucraniana y el control por parte de obreros y campesinos, Majnó fue apoyado al principio por los bolcheviques. Pero la hostilidad de los campesinos ucranianos al bolchevismo, tachado (aunque no por Majnó) de «conspiración judía», ayudó finalmente a situar a Majnó en un rumbo de colisión con sus aliados del Ejército Rojo y amenazó con ponerlo en manos de los contrarrevolucionarios blancos. Los majnovistas gradualmente se disolvieron: algunos desertaron para pasarse al bolchevismo, otros sufrieron la derrota y se rindieron a las tropas de Trotski. Majnó consiguió huir a Budapest y finalmente a París. Allí ayudó a redactar en 1927 la Plataforma Organizativa de la Unión General de Anarquistas, una declaración de internacionalismo antiautoritario y revolución social de clase, demasiado «bolchevique» como para gustar a la mayoría de los anarquistas. Shubin describe a Majnó como «un espejo de toda la revolución rusa», que reflejaba la «colisión trágica» entre las agendas revolucionarias y las aspiraciones populares.

En Irlanda, la autodeterminación y el socialismo no se fundieron en iniciativas campesinas, como en Ucrania, sino en las prácticas proletarias. La clase obrera rebelde oscilaba entre el nacionalismo y el sindicalismo revolucionario, con tendencia a «unir estas concepciones en su conciencia revolucionaria », de acuerdo con una evaluación efectuada por Trotski en 1916. Emmet O’Connor muestra lo decisivamente que Jim Larkin y James Connolly figuraban en esta narración de la militancia: los contrariados patronos denominaron «larkinismo» al culto al agitador y a la confianza en la huelga solidaria. Las milicias de piquetes se convirtieron en un ejército en miniatura, y Connolly fue ejecutado por su participación en el abortado Alzamiento de Pascua de 1916. Su recuerdo perduró en el James Connolly Labour College [Universidad Obrera James Connolly], una de las muchas instituciones de posteriores «días de banderas rojas», cuando la fe en la idea de la república obrera animaba a sectores de la clase obrera irlandesa. Entre 1918 y 1920, tres huelgas generales sacudieron Irlanda. La última agitación, una exigencia, que prosperó, de que se liberase a los presos políticos en huelga de hambre, fue coordinada por consejos obreros de estilo soviético. Indicaba en qué medida «lo que sobrevivía de revolucionarismo en el movimiento obrero», en palabras de O’Connor, «siguió a Larkin al comunismo».

Los artículos sobre Latinoamérica se basan en una extensa investigación sobre la historia de los trabajadores, buena parte de ella en español. Los primeros grupos anarquistas de Argentina fueron fundados por inmigrantes italianos; Malatesta creó una edición bilingüe en español e italiano de La Questione Sociale durante su estancia en el país a finales de la década de 1880. A comienzos del siglo XX, la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), de tendencia anarcosindicalista, tenía un cuarto de millón de afiliados. Geoffroy de Laforcade ofrece un fascinante estudio sobre los estibadores que componían sus secciones más militantes. Durante las grandes oleadas huelguistas de 1905 y 1906 se organizaban asambleas diarias en el Teatro Verdi, las cantinas comunales servían comida donada por tenderos, y el sindicato de barberos ofrecía cortes de pelo gratuitos a los huelguistas. La FORA mantenía una biblioteca anarquista en su sede central y organizaba lecturas teatrales y de poesía al aire libre. De modo similar, en Brasil, fue un anarquista italiano, propietario de un café, quien fundó el primer periódico libertario en São Paulo, Gli Schiavi Bianchi (Los Esclavos Blancos), en 1892. Los obreros italianos que emigraron de Italia a São Paulo formaron el núcleo de las federaciones anarcosindicalistas que lucharon por la jornada de ocho horas en 1907 y lideraron las huelgas generales insurreccionales de 1917 a 1919.

El anarquismo peruano, por el contrario, tenía raíces españolas. Steven Hirsch, coeditor del libro, detalla los periódicos anarquistas que surgieron repetidamente en Perú a partir de 1904: Los parias, La simiente roja, El hambriento, El oprimido, El ariete, El volcán, La escoba. Los anarcosindicalistas peruanos que organizaron las enormes huelgas generales de 1918 y 1919 también establecieron bibliotecas, agrupaciones musicales, asociaciones deportivas y clubes teatrales obreros. Por último, un asombroso artículo de Kirk Shaffer explora la importancia de dos duraderos periódicos anarquistas —el habanero ¡Tierra! y Regeneración, editado por los revolucionarios mexicanos Ricardo y Enrique Flores Magón desde Los Ángeles— para coordinar las luchas obreras y campesinas en todo un enorme arco, que se extendía desde el canal de Panamá, pasando por Cuba, Puerto Rico, Florida y Baja California, hasta Ciudad de México, con anarquistas partidarios de la lucha armada que pelearon con valentía para reclamar el territorio fronterizo anexionado a Texas.

No cabe duda de que la amplitud del alcance y el detalle erudito de Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World lo convertirán en un recurso indispensable para futuros estudios en este terreno. En la actual reconstrucción de la izquierda del siglo XXI proporcionará una lectura minuciosa y un sostenido compromiso crítico. No pretende proporcionar una imagen total, de modo que puede considerarse que cualquier omisión —por ejemplo, las relaciones entre los anarquistas latinoamericanos y las formas de mutualismo y solidaridad indígenas o afrobrasileños— constituye un acicate para seguir investigando. No obstante, la evaluación preliminar debe abordar tanto el argumento historiográfico planteado por Hirsch y Van der Walt como la perspectiva política que proporcionan.

Tomemos primero la cuestión historiográfica: ¿es convincente su afirmación de que el movimiento anarquista mundial «emergió de manera simultánea y transnacional» en los tres continentes? Los propios estudios de casos parecen contradecirla. Por lo que muestran, fueron los emigrantes italianos y los communards franceses exiliados quienes introdujeron el anarquismo en Argentina, fundando la rama bonaerense de la Asociación Internacional de Trabajadores a comienzos de la década de 1870. Oleadas de anarquistas españoles huyeron al extranjero para escapar de la feroz represión de Cánovas en 1896; fue esta generación la que fundó los primeros periódicos anarquistas en Cuba. El extraordinario Errico Malatesta, otro bakuninista italiano, hizo de Johnny Appleseed del anarquismo, fundando grupos entre los emigrantes obreros italianos casi en todos los lugares que visitó en las décadas posteriores a su exilio inicial de 1877: Alejandría, Siria, Turquía, Grecia, Rumanía, Buenos Aires —Woodcock cuenta la anécdota, quizás apócrifa, de que estibadores napolitanos amigos transportaron a Malatesta en un carguero, dentro de un bulto, para ayudarle a evitar a la policía— y después Niza, Londres y Ancona.

En el Este asiático, el punto de referencia fundamental para los anarquistas citado en el estudio de Hwang era Kropotkin, que había viajado extensamente por Siberia oriental y Manchuria en sus investigaciones geográficas, y cuyos escritos políticos y Memorias fueron traducidos en Tokio a comienzos de la década de 1900, y devorados por jóvenes chinos y coreanos que estudiaban allí. En Sudáfrica, el anarquismo fue introducido en la década de 1880 por un radical inglés, Henry Glasse, que había colaborado con la Freedom Press de Kropotkin en Londres. En cuanto al anarcosindicalismo, los syndicats que movilizaron a tantas personas a comienzos de la década de 1900 tomaron forma por primera vez en Francia en 1895; la CGT y las bolsas de trabajo, o bourses du travail, remodelan la antigua tradición de mutualismo artesano que Proudhon había admirado entre los obreros textiles lioneses en la década de 1840. Los obreros catalanes adoptaron enseguida la idea de Francia; los emigrantes españoles llevaron el anarcosindicalismo a los pozos petrolíferos y a las zonas industriales de México a comienzos de la década de 1900. Durante este mismo periodo, como aclara el artículo de Edilene Toledo y Luigi Bondi publicado en este volumen, los emigrantes italianos en São Paulo formaron la espina dorsal del movimiento anarcosindicalista brasileño.

En segundo lugar, ¿en qué medida consigue Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World contradecir la importancia de España, el «homenaje a Cataluña» que tradicionalmente ha constituido el elemento central de la historia anarquista? Como aclaran Hirsch y Van der Walt, la Península Ibérica no fue el único lugar en el que los anarquistas controlaron territorios e intentaron aplicar sus ideas. Magonistas y wobblies mexicanos capturaron parte de la Baja California en 1911 y la conservaron durante seis meses, antes de ser expulsados por las fuerzas de Madero. El Ejército Negro de Néstor Majnó distribuyó tierras entre los campesinos en las áreas del sur de Ucrania que controló entre 1919 y 1921. En la provincia manchú de Shinmin, el «Majnó coreano» Kim Jwa-Jin estableció un gobierno anarquista de 1929 a 1931, cuando fue derrocado por los japoneses (es una pena que los dos artículos de este volumen dedicados al Este asiático lo hayan omitido). La insurgencia campesina igualitarista de Zapata en el sur de México también se ha comparado con la de Majnó.

Pero no hay pruebas de que la profundidad y la complejidad de la influencia anarcosindicalista en Cataluña fuese superada en alguna otra parte. En ciertos aspectos la España de la década de 1930, incluso en las profundidades de la Gran Depresión, ofrecía un terreno más propicio para la transformación social que la Rusia zarista sacudida por la guerra. Los obreros y los campesinos españoles heredaron una tradición ininterrumpida de organización anarquista que se retrotraía al siglo XIX; las repetidas oleadas de huelgas insurreccionales y revueltas campesinas habían servido de ensayos generales. Cuando los obreros de Barcelona se levantaron, en julio de 1936, para defender su ciudad contra las fuerzas franquistas, no necesitaron instrucciones de la sede central de la CNT para tomar fábricas, tiendas y oficinas, los sistemas de transporte y las comunicaciones telefónicas. En los más de treinta meses que siguieron, se puso a prueba la creencia anarcosindicalista en que la captura de los medios de producción e información bastaba para establecer el control obrero. La valentía y la imaginación de estos militantes, así como las lecciones aprendidas en el fragor bélico, merecen ser recordadas.

Al evaluar la perspectiva política que Hirsch y Van der Walt plantean, vale la pena resaltar en qué medida anarquistas, socialistas y sindicalistas revolucionarios compartían el escenario de la posible revolución social, al menos hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. Un ejemplo fundamental procede del primer y mayor país «poscolonial», inexplicablemente omitido de la recopilación de Hirsch y Van der Walt. «¡Viva el anarquismo!» fueron las últimas palabras emitidas por los mártires de Haymarket —Albert Parsons, August Spies, Adolph Fisher y George Engel— ahorcados en noviembre de 1887 en la cárcel del condado de Cook, Chicago. En cuestión estaba su dudosa culpabilidad en la muerte de varios policías durante un choque tumultuoso entre policías y manifestantes obreros en Haymarket Square, Chicago, el 4 de mayo de 1886. El juicio fue un acto de feroz anarcofobia, con vistas judiciales caracterizadas por irregularidades en serie. Pero los sucesos de Haymarket impulsaron protestas socialrevolucionarias en todo el mundo: se convocaron manifestaciones en Londres, La Haya, Róterdam, Viena, Bruselas, Lion, Marsella y Tolón; pronto los monumentos para conmemorar las atrocidades de Haymarket se fundieron con el establecimiento del Primero de Mayo como celebración internacional de las exigencias de la clase obrera. Los discursos pronunciados en el tribunal por los anarquistas convictos, traducidos a muchos idiomas, no sólo circularon por América y Europa, sino también por China, Japón, Egipto e Irán. En una gira por la Europa continental en 1895, el patriarca de la American Federation of Labor [Federación Americana del Trabajo], Sam Gompers, señalaba, no del todo feliz, que difícilmente podía entrar en una sede sindical sin ver imágenes de los ejecutados con la leyenda «los mártires obreros del capitalismo estadounidense». Los Ocho de Haymarket eran partidarios de «la idea de Chicago». Como lectores de Marx, eran socialistas ardientes además de anarquistas. Parsons, director del periódico anarquista Alarm, definió su posición personal como «antiestado, antidirigentes, antidictadores, antijefes», y no vio contradicción en mezclarla con un respaldo al socialismo, «una organización más precisa, más ordenada y más armoniosa de las relaciones sociales de la humanidad que la que ha prevalecido hasta ahora». La «idea de Chicago», planteada en la década de 1880, preveía una transformación social provocada por los enfrentamientos en el lugar de producción, de los cuales nacería una nueva sociedad civil, alimentada en el armazón de las desfasadas relaciones de clase. Prefiguraba el anarcosindicalismo que explotaría después de 1900.

Los cruciales cambios que siguieron a 1914 —la desintegración de la Segunda Internacional bajo la presión de los chovinismos nacionales, la Revolución bolchevique, la oleada insurreccional planetaria entre 1919 y 1921— necesitaban nuevas direcciones. Por una parte, grandes secciones se acercaron a los recientemente formados partidos comunistas o a las crecientes socialdemocracias; fue el caso de Argentina, Brasil, China, Egipto y Sudáfrica. Por otra, los trabajadores se enfrentaban a un embate represivo, que variaba desde el «pánico a los rojos» y los juicios estatales hasta la imposición del terror fascista, como en Italia y España. El eclecticismo fundamental y la amplia fe en la revolución social se vieron sacudidos. Se produjo una división en lo que había sido una compleja dialéctica de unidad diferenciada en la izquierda. Los negros y los rojos, que con anterioridad habían trabajado unidos, se marcaron como divergentes, incluso opuestos.

El diestro prefacio de Benedict Anderson a Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World deriva de esta división calcificada y establece el marco analítico para lo que sigue. Anderson recalca adecuadamente el élan utópico del anarquismo y sus convicciones internacionalistas, pero la imagen que ofrece del marxismo, derivada de la opinión actual, priva a este de imaginación y creatividad, así como de todo contenido libertario o vanguardista. Es fácil cargar contra la República Popular Democrática de Corea con jocoso menosprecio; pero para un estudio serio de cómo el marxismo en sus diversas formas, incluido el leninismo, ha contribuido históricamente a las luchas anticapitalistas y al proyecto utópico, esto sería una pista muy equívoca. Conduce con demasiada facilidad a la dicotomización por la que Anderson presenta el anarquismo como una política de disensión viva (si bien en algunos aspectos aislada de la realización efectiva de la revolución), mientras que el comunismo es poco más que una letra merecidamente muerta, con independencia de las «imponentes aportaciones teóricas» de Marx. Dicha lectura del pasado desde el presente consigue eludir la influencia fundamental de esas décadas en las que «la revolución fue traicionada», asumiendo que lo ocurrido en la Unión Soviética bajo la mano directriz de Stalin, ese «gran organizador de derrotas », fue meramente una extensión del leninismo, la continuidad que los ideólogos de derecha predican desde hace mucho tiempo. Las complejas relaciones entre negros y rojos mientras luchaban por la hegemonía en el periodo abarcado por esta recopilación quedan reducidas a un simplificado antagonismo. Esto no sólo nos deja mal equipados para captar la naturaleza de las movilizaciones previas, sino también para captar la disposición de nuestros propios tiempos políticos, a los que se dirige el prefacio de Anderson. Medio en broma, Anderson retrata las dos corrientes como la liebre (marxista) y la tortuga (anarquista), esta última avanzando aún lentamente adelante, mientras que la primera se ha hundido. Pero la fábula de Esopo no ofrece espacio a la solidaridad contra un enemigo común.

Desnudemos la política de protesta contra la austeridad económica en Grecia, por ejemplo, y es probable que muchos de los que participan en la lucha en la calle se consideren comunistas. Los manifestantes contra el G-8 no sólo están vestidos con la indumentaria del bloque negro; muchos blanden la hoz y el martillo rojos. En India, Brasil, Nepal y otras partes, fuerzas políticas y culturas identificablemente comunistas siguen prosperando, ejerciendo una influencia considerable; afirmar, como hace Anderson, que «sólo quedan unos cuantos lugares en los que sigan existiendo partidos seriamente comunistas» pasa por alto muchas cosas. Los grupos anarquistas que figuran en las batallas complementarias, además, están complementados por una gama de cuadros marxistas, algunos de los cuales interactúan de manera muy productiva con sus homólogos antileninistas. En el ala del movimiento Occupy en Oakland, Advance the Struggle [Avanzar la Lucha], de tendencia anarquista, Black Nationalists [Nacionalistas Negros] y marxistas arraigados en el medio trotskista se han unido para encabezar formas de solidaridad que se remontan a la «idea de Chicago»: plataformas de lucha de clase en los sindicatos, crítica a los dirigentes sindicales oficiales, campañas que unen a trabajadores organizados, desempleados, jóvenes de la calle, estudiantes y personas de color. En el contexto de luchas como estas, una diferenciación rígida del anarquismo, el anarcosindicalismo y el marxismo podría no ser tan fácil, ni tan útil, como algunos sugieren.

Esta sensibilidad separatista, por no decir sectaria, desfigura un poco el por lo demás interesante análisis de Van der Walt sobre el sindicalismo revolucionario, el comunismo y la cuestión del racismo y el nacionalismo en Sudáfrica. Van der Walt basa su artículo en un rechazo de lo que él denomina la «escuela comunista» de la historia obrera sudafricana, un conjunto de textos muy restringido, publicados principalmente en las décadas de 1980 y 1990, que en apariencia transmiten la opinión de que el Partido Comunista de Sudáfrica ha sido «el único depositario de la respuesta socialista revolucionaria a la cuestión nacionalista». A buen seguro, dicho punto de vista subestima la importancia de anarquistas, anarcosindicalistas y otros socialistas, y encasilla injustamente a muchos activistas iniciales como transigentes con la supremacía blanca, menospreciando la función de organismos como la Federación Socialdemócrata en la organización de sindicatos en todo el espectro racial. A dichas interpretaciones sesgadas, Van der Walt les proporciona una correctivo útil. Pero la incansable polémica contra el hombre de paja comunista lo lleva a algunos callejones sin salida dudosos, principalmente debido a su insistencia en que las fuerzas posteriormente consideradas protobolcheviques eran de hecho anarcosindicalistas. Así, contempla la International Socialist League como «claramente anarcosindicalista». La ISL abogaba de hecho por los sindicatos de industria, pero también lo hacían todo tipo de partidos de izquierda, incluidos muchos que firmarían los Veintiún Puntos de la Internacional Comunista. La ISL contenía toda una serie de cuadros, incluidos algunos partidarios del sindicalismo revolucionario y otros del sindicalismo de industria, al mismo tiempo que demostraba ser un centro para muchos finalmente atraídos por el bolchevismo a comienzos de la década de 1920.

El análisis que Van der Walt efectúa del Socialist Labor Party de Daniel DeLeon es erróneo. Afirma que el SLP se «califica a menudo equivocadamente de organización "marxista"» y llama a DeLeon «el líder del IWW estadounidense», cuando en realidad encabezó una escisión muy marginal del IWW en Detroit. Es más adecuado representar a DeLeon como un marxista ortodoxo de la época anterior a la Primera Guerra Mundial y, como el propio Lenin señalara, muy importante, además. No obstante su defensa del sindicalismo de industria, DeLeon escribió con perspicacia sobre cómo variaba el significado político del sindicalismo en diferentes contextos. En 1909, en The Daily People, el órgano del SLP, condenó el antisindicalismo automático que podía detectarse en el tibio electoralismo de algunas secciones del movimiento socialista. Al mismo tiempo, sostenía que, aunque el sindicalismo revolucionario tenía una función en su ámbito francés original, en un país como Estados Unidos en el que el capitalismo a gran escala había «alineado al proletariado en batallones para una insurrección industrial», estaría tan fuera de lugar «como un mono en el Norte helado o un oso polar en la espesura de las zonas tórridas». DeLeon advertía a sus lectores que no debían aportar «grano al chiflado molino de la anarquía». Como afirmaba en otra parte, los trabajadores necesitaban el escudo de la organización económica y la espada del partido. Resumir a DeLeon en una tradición puramente anarcosindicalista es indicativo de una tendencia, que puede encontrarse en otras partes de este libro, a intentar forzar las diversas corrientes de la izquierda libertaria para meterlas en casilleros anarquistas o anarcosindicalistas en los que simplemente no encajan. Quizá debería señalarse que los historiadores clásicos del anarquismo nunca sucumbieron a esta tentación. Y el rico, informativo y todavía indispensable Anarchism de Woodock tampoco es tan «eurocéntrico» como se afirma; incluye un interesante capítulo sobre Latinoamérica, y la edición de 1985 está actualizada y abarca la contracultura anarquista de la década de 1960.

No obstante, Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World merece plenamente un lugar junto al anterior en la estantería. De alcance propiamente intercontinental, la recopilación de Hirsch y Van der Walt es un saludable recordatorio de una época en la que la pluralidad de las iniciativas anarquistas, socialistas y anarcosindicalistas internacionales abandonaron los estrechos confines de la política nacional para enfrentarse al capitalismo, al colonialismo y al racismo por igual. Es un depositario vital del pensamiento y la práctica revolucionarios, y será mucho más valioso si puede ayudar a recuperar la apreciación de que los negros y los rojos no siempre estuvieron encerrados en una oposición sectaria. Los gritos de «viva el anarquismo» lanzados por los mártires de Haymarket tienen un claro eco en las calles y las plazas ocupadas de la actualidad. El momento de la lucha anarcosindicalista estuvo preñado de posibilidades en las que el marxismo y el anarquismo coexistieron, si no siempre de manera pacífica, sí ciertamente en tensión creativa y productiva. Es necesario desde hace mucho tiempo volver a examinar esa experiencia y sus lecciones para la praxis contemporánea.



NOTAS:
    * Steven Hirsch y Lucien van der Walt (eds.), Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World, 1870-1940, Leyden y Boston, Brill, 2010, 431 pp.
     [1] Ed. cast.: El anarquismo: historia de las ideas y movimientos libertarios, Barcelona, Ariel, 1979 [N. del T.].
     [2] Ed. cast.: Los anarquistas, Barcelona, Grijalbo, 1978 [N. del T.].
     [3] Ed. cast.: Bajo tres banderas, Madrid, Akal, 2008 [N. del T.].