lunes, 23 de marzo de 2015

Los sindicatos del crimen


Por MONCHO ALPUENTE

«Mi vista está empeorando, eso pensé la primera vez que vi a los líderes de los dos sindicatos mayoritarios riéndose a mandíbula batiente en compañía de los principales capos de la CEOE.»

«Estoy tan mal de la vista que ya no distingo entre los cerdos y los hombres». La frase figura en boca de un caballo viejo y miope que va a ser enviado al matadero en Rebelión en la Granja de Orwell. Después de haber luchado por la revolución animal frente a los hombres explotadores, los cerdos dirigidos por el puerco Napoleón (Stalin) se han puesto sobre dos patas para seguir comerciando con los humanos vendiéndoles a sus propios hermanos, excedentes y disidentes.

La terrible parodia orwelliana me impactó cuando siendo niño me llevaron al cine a ver una película de dibujos animados (nada que ver con Disney). Llorábamos a coro los niños y los adultos no daban crédito a sus ojos, aquellos dibujos animados no animaban mucho, no hacia falta saber nada de Stalin para comprender la brutalidad de aquél régimen que había comenzado como una gloriosa revolución y derivado en una férrea y criminal dictadura.

Mi vista está empeorando, eso pensé la primera vez que vi a los líderes de los dos sindicatos mayoritarios riéndose a mandíbula batiente en compañía de los principales capos de la CEOE. Debían estar contando chistes de obreros y seguramente terminarían la jornada en un asador o en una marisquería. Por lo visto, no hay nada que guste más a los líderes sindicales que los chuletones y los percebes, tienen hambre atrasada y han perdido sus tarjetas black. Las comisiones que cobraban algunos líderes de CCOO, de IU, del PSOE y de UGT, no eran comisiones ni para los obreros, ni para los trabajadores. Al arrimo del poder los sindicatos mayoritarios se convirtieron en empresas o en ministerios, se han contagiaron y se hicieron cómplices de sus enemigos de clase.

Las cúpulas sindicales de ambas organizaciones, encargadas de luchar por los derechos de los trabajadores han tragado con inicuas reformas laborales y siniestros recortes, aunque de vez en cuando hayan salido a las calles para protestar en un supremo acto de hipocresía. Todos mis respetos y mis condolencias para los sindicalistas de buena voluntad que aún quedan, ilusos de una ilusión, mil veces traicionada por los sindicatos del crimen.