jueves, 24 de julio de 2014

Competencia frente a cooperación

 

Por BRIAN GOODWIN

Otro concepto profundamente arraigado en la biología es el de la competencia. Se ha dicho a menudo que la competencia es la fuerza motriz de la evolución, la que impulsa a los organismos a escalar mayores alturas en el relieve adaptativo si es que quieren sobrevivir en la lucha con sus vecinos por recursos limitados. Sin embargo, en la biología hay tanta cooperación como competencia. El mutualismo y la simbiosis, asociaciones de organismos que viven juntos en un estado de mutua dependencia (como los líquenes que combinan un hongo y un alga en feliz armonía, o nuestras bacterias intestinales, que nos benefician tanto como nosotros a ellas), son un rasgo igualmente universal del mundo biológico. ¿Por qué no aducir que la cooperación es la gran fuente de innovación evolutiva, como en el enorme paso que supone la aparición de la célula eucariota, con núcleo verdadero, a través de la unión cooperativa de dos o tres procariotas sin núcleo? Uno de estos procariotas se convirtió en el núcleo, otro en los generadores de energía (las mitocondrias) y, en el caso de las células vegetales, un tercer tipo de procariota se convirtió en los cloroplastos. Esta historia de unión simbiótica, mucho más compleja y sutil que la que he contado aquí, es una de las hipótesis más sensacionales y de más largo alcance sobre la emergencia de la novedad en el conjunto de la evolución, contada con todo detalle y elocuencia por su autora, Lynn Margulis, junto con Dorion Sagan, en su libro Microcosmos. Este libro contiene también una exposición del tema del mutualismo y la simbiosis en el mundo microbiano que propone una nueva visión en la que la dinámica interactiva de los ecosistemas microbianos sería el fundamento de todos los sistemas vivos de este planeta. Los microbios son las factorías químicas de la Tierra, enriqueciendo el suelo y los océanos con una vasta diversidad de productos que incluye sulfatos, fosfatos y nitratos. Mantienen la atmósfera en su estado reactivo de no equilibrio a través de la constante producción y utilización de metano, dióxido de carbono, oxígeno y otros gases, y son las plantas recicladoras del planeta, convirtiendo los desechos de otros organismos en gases, minerales y compuestos químicos reutilizables. Este microcosmos es el más robusto y duradero de todos los ecosistemas, y sobrevivirá a la mayoría de los desastres que puedan asolar el planeta, sean naturales o de origen humano. La constatación de la importancia de los ecosistemas microbianos para la salud de nuestro planeta fue uno de los elementos principales en la elaboración de la hipótesis de Gaia por James Lovelock y la propia Margulis. A través del análisis de la estabilidad dinámica de la vida en la Tierra como una red interconectada de relaciones entre los organismos y su entorno físico, esta hipótesis nos proporciona la estructura conceptual más apropiada para un tratamiento de la evolución planetaria en términos de procesos dinámicos complejos no lineales, sus estados estables y sus puntos de cambio.

El inmensamente complejo entramado de relaciones entre los organismos incluye todos los esquemas de interacción imaginables, y no hay ninguna necesidad de poner el énfasis en las interacciones competitivas, singularizándolas como la fuerza impulsora de la evolución. En la construcción de modelos dinámicos de ecosistemas es de lo más importante saber si la influencia de un componente sobre otro constituye una contribución positiva, negativa o nula al ritmo de cambio de un miembro cualquiera del sistema. Este conocimiento es esencial para la construcción de un buen modelo, sean en física, química o cualquier otro campo. A este nivel analítico, la biología no se diferencia de las otras ciencias, y de hecho se funde con ellas en la hipótesis de Gaia. Esto nos lleva a una comprensión del orden emergente de la biosfera (sus propiedades de estabilidad, capacidad de regulación y homeostasis, y los efectos de la no linealidad en la transición de un estado a otro). Y puede ofrecer intuiciones sobre las posibles consecuencias climáticas y ecológicas del calentamiento global, la destrucción de las selvas ecuatoriales, la destrucción de la biodiversidad, etc. La competencia no ocupa una posición especial en la dinámica biológica; lo importante es el esquema de relaciones e interacciones que existe y la forma en que contribuyen al comportamiento del sistema como un todo integrado. El problema de los orígenes requiere una comprensión de la emergencia de nuevos niveles de orden a partir de esquemas de interacción complejos y de las propiedades de estas estructuras en términos de su robustez ante las perturbaciones y su capacidad de automantenimiento. Se comprueba entonces que todos los niveles de orden y organización son igualmente importantes a la hora de comprender el comportamiento de los sistemas vivos, y la insistencia reduccionista en algún nivel material básico de causa y explicación, como el molecular o el genético, puede reconocerse como una moda o prejuicio desafortunado que en realidad es mala ciencia.

Las manchas del leopardo 
(1998)