lunes, 14 de julio de 2014

Redescubriendo el lobo africano


Un español fotografía al cánido en el límite del Sáhara, donde oficialmente no habita. Nuevas pruebas extienden la población miles de kilómetros al oeste.

12 julio 2014

El azar, y sus conocimientos de francés y árabe, llevaron al geógrafo Rafael Hernández Mancha a vivir en Mauritania. En 2005 fue para un proyecto de conservación de la Junta de Andalucía y allí le fichó una empresa española Río Narcea Gold Mines, que construía una mina de oro. De nuevo la casualidad le hizo conocer al beduino saharaui Abdellahi Jatab El Amlir. «Él quería vender leche de camella a los trabajadores de la mina. Le dije que sí, si a cambio los fines de semana me llevaba a conocer el desierto».

Así comenzó una serie de expediciones por la zona transfronteriza, unos 200.000 kilómetros entre el Sáhara Occidental no ocupado por Marruecos y Mauritania. Pocos naturalistas habían estudiado aquello desde que en 1957 el naturalista José Antonio Valverde publicó su Aves del Sáhara español: Un estudio ecológico del desierto. «Cartografié pozo a pozo y conté las personas jaima a jaima. En el desierto conté mil personas en una superficie más del doble que Andalucía, la mayoría en la zona Mauritana».

En esa zona de tráfico de droga y de personas hacia Europa, Hernández Mancha cuenta que se cruzó con islamistas armados con AK-47 —de los que se libró porque uno conocía a su guía—, y vio una población de gacelas que se creía extinguida. Entre sus sorpresas estaba que su guía y amigo le insistía en que allí convivían el chacal y el lobo. Sorpresa porque oficialmente la distribución del lobo (Canis lupus) ocupa casi todo el hemisferio norte pero no llega a África aunque sí están en Arabia.

En 2008, Hernández Mancha estaba de vuelta en su plaza del instituto en Aracena (Huelva), pero siguió realizando expediciones periódicas al desierto. Lo hizo sin ayuda pública, con la intención de realizar una tesis doctoral sobre la ecología de la zona. Tras mucho buscarlo, avistaron un lobo en la llanura. «Comenzamos a seguirlo con el Land Rover y lo fotografié». Hernández Mancha cuenta que el beduino que conducía pretendía atropellarlo —los conflictos de los ganaderos y el lobo se dan igual en Segovia con las ovejas y en el Sáhara con los camellos—. En otros puntos vieron huellas y restos.


La fotografía del lobo y la tesis dormían en un cajón hasta que el verano de 2012 Hernández Mancha leyó en este diario que unos investigadores de la Universidad de Alicante habían fotografiado un lobo en el Atlas mediante cámaras trampa. «Recordé que yo tenía hasta fotos. Eso y el empeño de mi madre me animó a retomar la tesis». La leyó el 4 de julio pasado en la Universidad de Sevilla y allí expuso el hallazgo de Canis lupus lupaster en el desierto. Ramón Soriguer, investigador de la Estación Biológica de Doñana y miembro del tribunal, da credibilidad a la versión de que hay lobo, aunque señala que faltan estudios: «Tiene buena pinta y las sensaciones son más positivas que negativas pero faltan análisis genéticos».


Hernández Mancha no cree que lo que vio fuese un chacal: «El lobo tiene mayor corpulencia, tonos más oscuros grisáceos, raya negra sobre el antebrazo delantero (característico de los lobos), línea negra sobre el borde de la oreja, rabo más poblado y cráneo más fuerte con máscara clara en el hocico. El chacal tiene un cráneo más hocicudo, orejas claras sin línea negra, tampoco sobre las patas delanteras aparece el reflejo negro de los lobos, es menos corpulento y de tonos más claros». Y cuenta que apreció diferencias de comportamiento: «El chacal nos observaba y nos sentíamos observados. El lobo huye a la carrera. Incluso se paraba ante el coche para mostrarnos los dientes en actitud amenazadora».

El relato de Hernández Mancha habría que tomarlo con cautela —afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias— si no fuera porque en los últimos dos años otros dos grupos, uno español y otro francés, han dado resultados en la misma dirección. En agosto de 2012, Vicente Urios, de la Universidad de Alicante, presentó la foto del lobo junto a las nieves del Atlas. La captó una de las cámaras trampa que puso en colaboración con Marruecos para buscar el leopardo del Atlas: «La fauna es parecida al norte y al sur del Estrecho. En Marruecos hay jabalí, liebres... y había osos. ¿Por qué no iba a haber lobo?», explica Urios, que ha seguido trabajando y realizando análisis genéticos. Las cámaras han vuelto a captar lobos, como el que apareció en diciembre pasado.

Urios publicó sus primeras fotos en Quercus, una revista especializada pero no de impacto científico. Lo hizo así para adelantarse a un estudio dirigido por el francés Philippe Gaubert. En octubre, el CNRS francés (equivalente al CSIC) reseñó la publicación en la revista científica PLOS One según la cual «el lobo africano (Canis lupus lupaster) está presente en África, desde Etiopía hasta Senegal».

Esto suponía extender el hábitat de la especie nada menos que 6.000 kilómetros al oeste, algo muy sorprendente para una especie tan emblemática como el lobo (no es un escarabajo pelotero). Esa era la primera pregunta que planteaba Gaubert en su estudio: «¿Cómo pudo un linaje del lobo gris haber pasado desapercibido en África hasta recientemente?».

Hernández Mancha cree que todo se debe a la prepotencia. «Bastaba con preguntarle a los beduinos. Los relatos de nuestro guía beduino no dejan lugar a dudas: mientras el chacal come desperdicios de los campamentos o robar algún chivo, el lobo es capaz de matar camellos».

En 1909 las tropas españolas fueron derrotadas por los rifeños cerca de Melilla. Cayeron en el Barranco del Lobo. Puede que el topónimo tuviese un sentido literal.