lunes, 11 de agosto de 2014

La guerra que dividió a la izquierda


Por EMIR SADER

Cuando explotó la Primera Guerra Mundial, el efecto de sus bombas no eludió a la izquierda. Provocó la más importante ruptura, que ha conformado a las dos corrientes que han dominado el escenario político por varias décadas: la socialdemócrata y la comunista.

Lo primero que hace un gobierno cuando decide hacer una guerra es solicitar al Parlamento licencia para desplazar libremente los recursos, con prioridad absoluta para la guerra. Los partidos socialistas se vieron entonces frente a la alternativa de apoyar a sus gobiernos o reafirmar sus políticas pacifistas e internacionalistas, apoyadas en los análisis de Lenin, de que se trataba de guerras interimperialistas, de división y redivisión de las colonias entre las potencias.

Colocados frente al dilema de sumarse a la guerra interimperialista, en que las burguesías de cada país peleaban por sus colonias en contra de las de otros países, llevados por el clima patriótico generado en cada país que va a la guerra, o de afirmar el pacifismo, la mayoría de los países socialistas optó por la primera posibilidad.

Cada uno de los partidos socialistas se alineó con la burguesía de su país y privilegió la cuestión nacional en desmedro de la cuestión social, apoyando el envío de la masa de la población, en su gran mayoría trabajadores, a pelear en los campos de batalla en contra de los pueblos de los otros países, para defender los intereses de las clases dominantes de sus países.

La minoría, entre ellos Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, manteniendo las tesis del pacifismo y del internacionalismo, rompió con la Segunda Internacional, y poco tiempo más tarde fundaría la Tercera Internacional. Reafirmaban el análisis de Lenin de que, si es cierto —como decían algunos dirigentes que se han quedado en la Segunda Internacional— que nunca una revolución es tan difícil como en el comienzo de una guerra —por el predominio del clima de unión patriótica por la guerra—, nunca es tan posible como en el transcurso de una guerra, cuando el pueblo se da cuenta de lo que significa.

Fue una fractura traumática para la izquierda, generando la división entre la socialdemocracia que apoyó la guerra y los comunistas pacifistas internacionalistas. Posteriormente la ruptura fue asumiendo otro carácter, con la socialdemocracia renunciando al socialismo y optando por la democratización del capitalismo y acusando a la URSS de totalitaria, mientras los comunistas asumían a la URSS como modelo y acusaban a la socialdemocracia de haber abandonado el socialismo y de haberse reconvertido a la reproducción del capitalismo.

Aquel momento clave sirvió para definir opciones entre la prioridad de la cuestión nacional, bajo su forma chauvinista, o la cuestión social, por el anticapitalismo. Fue un momento trágico para la izquierda mundial, cuando la mayoría de los partidos de izquierda se rindió a la guerra de sus elites dominantes y las dos corrientes ni siquiera lograron unificarse en la lucha en contra del nazismo ascendente pocos años más tarde.

9 agosto 2014

domingo, 10 de agosto de 2014

Documental 'Yugoslavos'

8/8/2014

Yugoslavos es un documental concebido con la intención de evitar prejuicios y hagiografías más que aceptadas por los medios y mucha bibliografía maniqueísta para arrojar algo de luz sobre los trágicos y complejos acontecimientos que se sucedieron en la antigua Yugoslavia durante la década de los años noventa.

El documental se centra especialmente en los años previos al estallido de los conflictos armados, 1989-1991, a los cuales consideramos que no se ha prestado la debida atención dada su vital importancia y cuyo conocimiento es esencial para comprender los posteriores acontecimientos.

De mano de voces expertas y autorizadas (historiadores, políticos, periodistas, expertos en derecho internacional) analizaremos aspectos fundamentales con el objetivo de acercarnos a las múltiples causas de un conflicto que todavía no se ha cerrado

Proximamente se colgará la versión mejorada en alta calidad.

Muchas Gracias a todos.

Edu G                  





sábado, 9 de agosto de 2014

Hiroshima y Nagasaki 69 años después


Amy Goodman, con la colaboración de Denis Moynihan

8 de agosto de 2014

«Odio la guerra», afirmó Koji Hosokawa cuando nos encontrábamos junto a la llamada Cúpula de la Bomba Atómica en Hiroshima, Japón. En un extremo del Parque Conmemorativo de la Paz de Hiroshima se erige el esqueleto de un edificio de cuatro pisos. El edificio fue uno de los pocos que quedaron en pie después de que Estados Unidos lanzara la bomba atómica en Hiroshima el 6 de agosto de 1945 a las 8.15 de la mañana. Tres días más tarde, Estados Unidos lanzó una segunda bomba en Nagasaki. Cientos de miles de civiles murieron, muchos al instante y otros tantos lentamente como consecuencia de quemaduras graves y de lo que más tarde pasó a conocerse como enfermedades provocadas por la radiación.

El mundo observa horrorizado los diversos conflictos militares de la actualidad, que dejan tras de sí solo más destrucción. En Libia y en Gaza, en Siria, en Irak, Afganistán y Ucrania. No muy lejos de los muertos y los heridos de esos conflictos, los misiles nucleares aguardan alertas, en espera del terrible momento en que la arrogancia, un accidente o la falta de humanidad provoquen el próximo ataque nuclear. «Odio la guerra», reiteró Hosokawa. «Odio la guerra, no a los estadounidenses. La guerra vuelve locas a las personas».

En 1945, Koji Hosokawa tenía 17 años. Trabajaba en el edificio de la compañía telefónica, a menos de 3 kilómetros de distancia de la zona cero, donde cayó la bomba: «Estaba a tres kilómetros hacia el noreste de esta zona. Allí fui expuesto a la bomba. Había un edificio muy robusto, de modo que sobreviví de milagro». Su hermana de 13 años no corrió con la misma suerte: «Mi hermana menor también había ido a trabajar y se encontraba a 700 u 800 metros de distancia del hipocentro y allí fue expuesta a la bomba. Estaba con una maestra y los alumnos. En total, las 228 personas que estaban allí junto a ella murieron».

Caminamos por el parque hacia el Museo de la Paz de Hiroshima. Allí se exhiben las imágenes de la muerte: las sombras de las víctimas quemadas proyectadas en los muros de los edificios, las fotografías del caos que sobrevino a la bomba y de las víctimas de la radiación. Casi siete décadas más tarde, a Hosokawa aún se le llenan los ojos de lágrimas al relatar lo sucedido. «El mayor dolor de mi vida es que mi hermana menor haya muerto por la bomba atómica», sostuvo.

Un día antes de reunirme con Koji Hosokawa estuve en Tokio, donde entrevisté a Kenzaburo Oe, ganador del Premio Nobel de Literatura. «Cuando era niño, a los 12 años de edad, Japón ingresó en la guerra y fue al final de la guerra que Japón sufrió los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. En aquel entonces sufrí una gran conmoción, pero también mi madre, nuestras familias, todas las personas en aquel entonces estaban azoradas por la bomba atómica. Se trataba de la mayor catástrofe que jamás habíamos experimentado, por eso el sentimiento de tener que sobrevivir a esto, de superarlo y empezar de nuevo fue muy poderoso.»

Ahora, con casi 80 años, Kenzaburo Oe ha reflexionado mucho acerca de la conexión que existe entre la bomba atómica y el desastre de Fukushima, la planta nuclear que colapsó cuando un terremoto y un tsunami devastadores azotaron Japón el 11 de marzo de 2011. El Premio Nobel le dijo al periódico francés Le Monde: «Hiroshima debe quedar grabado en nuestra memoria: es una catástrofe más terrible que los desastres naturales porque fue provocada por el hombre. Repetirla, al mostrar la misma falta de respeto por la vida humana con la construcción de plantas de energía nuclear, es la peor traición a la memoria de las víctimas de Hiroshima», afirmó.

Tras el desastre de Fukushima, Oe afirmó: «Todos los japoneses sintieron un profundo arrepentimiento... El aire que se respiraba en Japón era casi el mismo que tras la bomba de Hiroshima al finalizar la guerra. Debido a este clima, el Gobierno [en 2011], con el consentimiento de la población japonesa, prometió deshacerse o desactivar las más de 50 plantas nucleares de Japón», sostuvo el Premio Nobel.

Sobrevivientes de la bomba atómica como Koji Hosokawa, escritores como Kenzaburo Oe, al igual que cientos de miles de personas que ahora son ancianas, han sido testigos del surgimiento de la era nuclear en 1945 y han vuelto a experimentar sus devastadoras posibilidades recientemente en Fukushima. A pesar de plantear riesgos diferentes para la humanidad, hay un vínculo entre los arsenales de armas nucleares y las plantas nucleares, ya que los productos derivados de algunas plantas nucleares pueden utilizarse como material para fabricar ojivas nucleares. Ya sea que se trate de un acto de guerra, de un acto de terrorismo proveniente de un arma nuclear que cayó en manos de un actor no estatal o de un accidente en una planta nuclear, los desastres nucleares son terriblemente destructivos, pero son totalmente evitables. Necesitamos una nueva forma de pensar, un nuevo esfuerzo para eliminar las armas nucleares y pasar a utilizar energía segura y renovable en todo el mundo.

Cuando nos íbamos del Parque de la Paz de Hiroshima, Koji Hosokawa me pidió que me detuviera. Me miró a los ojos y me dijo que no me olvidara de las víctimas: «Todas esas personas vivían aquí», afirmó. «Vivían aquí.»

© 2014 Amy Goodman



   Traducción al español del texto en inglés: Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

   Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es coautora del libro Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

viernes, 8 de agosto de 2014

El 'selfie', cuestión animal

 

Wikipedia se niega a retirar un autorretrato porque la fotografía la hizo un mono

MICHAEL McLOUGHLIN

Mientras los 'selfies' abandonaban las profundidades de los baños de las discotecas, probadores de ropa y demás refugios para poner esos morritos de lo más 'cañí' y convertirse en una moda de tintes patológicos en Internet, los monos ya se retrataban. Siglos y siglos de evolución natural para que unos y otros acaben haciendo lo mismo con una cámara entre las manos. Que al fin y al cabo, todos somos primates. Otro asunto muy diferente es que la propiedad intelectual de una 'autofoto' de uno de estos animales sea el eje de una embarrada bronca entre un fotógrafo británico y la Wikipedia que acabe decidiéndose en los tribunales.

David Slater, el 'coprotagonista' de esta rocambolesca historia, dejó desatendido su equipo en un descanso durante una excursión en 2011 a un parque natural de la región de Suwalesi, al norte de Indonesia [en Indonesia al norte de Sulawesi, mejor indicación que la del periodista de turno] tras toparse con un «amable grupo» de macacos negros crestados, una 'rara avis' que destaca por su inteligencia y astucia.

Aprovechando ese descuido una de las hembras de la manada consiguió birlarle la cámara. Cualquiera que se haya encontrado con sus parientes en lugares como Gibraltar, ya conoce la fama de amigos de lo ajeno que tienen las criaturitas. La cuestión es que al verse reflejados en el objetivo, la bestia quedó fascinada. La forma en la que se le ocurriese apretar el botón es un misterio. Sin embargo, el sonido del disparador despertó su entusiasmo y la bestia continuó tomándose fotos. El resultado, una gruesa colección de autorretratos.

«Se hizo cientos de ellas, aunque muchas estaban borrosas», relataba poco después el reconocido fotógrafo, de 46 años y natural de la localidad inglesa de Coleford. «Jugaron traviesamente con el equipo y parecía que posaban cada vez que apretaban el botón», aseguraba animosamente el fotógrado.

Sin embargo, está graciosa anécdota se convirtió en polémica cuando Slater se dio cuenta que el archivo había sido añadido por la Wikipedia a una base de fotografías de libre uso en internet. El británico, consciente del pellizco que puede suponer, lleva pidiendo la retirada de la misma desde entonces. Ahora se plantea llevar a Wikimedia, la fundación que rige los designios de la enciclopedia más grande de la red, ante la justicia tras negarle reiteradamente la autoría. «La imagen me pertenece. Pero como fue el mono el que pulsó el botón y tomó la foto, ellos dicen que es el mono el titular de los derechos de autor», afirmaba ayer en declaraciones a varios periódicos ingleses, a la par que reconocía amargamente el dinero que estaba perdiendo.

Desde Wikimedia, por su parte, defienden que bajo el criterio de las leyes estadounidenses este 'selfie' no pertece a Slater. «En este caso particular, los derechos de autor no pertenecen a nadie y el archivo es de dominio público. No pertenece al animal pero tampoco al fotógrafo», explicó ayer una portavoz de la organización.

El Norte de Castilla

martes, 5 de agosto de 2014

El color de los dinosaurios

 

¿Quién dijo que los dinosaurios tenían ese tono gris verdoso, fangoso, macilento y aburrido como una tarde de domingo?

Por JAVIER SAMPEDRO

El evolucionista neoyorquino Stephen Jay Gould apoyó en líneas generales Parque jurásico, la película de 1993 que inauguró la fiebre moderna de los dinosaurios, basada en la visionaria novela de Michael Crichton con el mismo título, pero desde su estreno le puso cuatro objeciones que tal vez sigan vigentes. La primera, que el personaje del matemático del caos, interpretado por Jeff Goldblum, le parecía un pelmazo, y que no entendía por qué no se lo había comido un dinosaurio en la primera media hora. La segunda, que los dinosaurios reconstruidos de manera tan brillante por el equipo de efectos especiales de Spielberg no pertenecían al Jurásico, sino a la era geológica inmediatamente posterior, el Cretácico, que acabó precisamente con la extinción de aquellos grandes reptiles entre una vorágine volcánica rematada por la caída de un gigantesco meteorito en el Yucatán mexicano.

La tercera pega de Gould tiene más enjundia. En la película, como en la novela, los dinosaurios son reconstruidos a partir del ADN de los mosquitos que les habían picado en la época, que luego se conservaron en ámbar; y, como ese ADN no estaba completo, los científicos del parque rellenaron los huecos con el genoma de una rana actual. Este fue seguramente el mayor error de Crichton, o al menos el más incomprensible. Porque, pese a lo que las apariencias puedan indicar, los dinosaurios tienen realmente muy poco que ver con las ranas; y en cambio hay un montón de seres vivos actuales que guardan una relación directa con aquellos temibles reptiles extintos: las aves, que evolucionaron justo a partir de los dinosaurios. Digo que el error es incomprensible porque Parque jurásico es precisamente la primera obra de ficción que recoge esas evidencias evolutivas, y la que más ha hecho por popularizarlas. Según Gould, los científicos del parque debieron usar genomas y huevos de avestruz para completar su trabajo. No ranas, por el amor de Dios.

Y la cuarta objeción es tal vez la más curiosa, porque pone el foco en un prejuicio en el que todos hemos incurrido de manera automática. ¿Quién dijo que los dinosaurios tenían ese color gris verdoso, fangoso, macilento y aburrido como una tarde de domingo con el que aparecen hasta en los juguetes de los niños? Vale que nadie sabía de qué maldito color eran aquellos monstruos carniceros, pero precisamente por ello Spielberg se podía haber inventado los tonos que le hubiera dado la gana, en lugar de caer de nuevo en ese topicazo lúgubre. Pues bien, este año hemos aprendido algo nuevo sobre el asunto, y aquí se lo resumo.

Un equipo encabezado por Julia Clarke, de la Universidad de Texas en Austin, publicó hace unos meses en Nature un ingenioso método que les ha permitido saber de qué color eran los dinosaurios. Resulta que hay una correlación muy precisa entre el color y la forma de los melanosomas, las estructuras internas de las células de la piel que fabrican los pigmentos. ¿Y saben qué? Que los dinosaurios manirraptores —los ancestros directos de las aves— eran de todos los colores del arco iris. De hecho, fueron ellos quienes inventaron todo ese espectáculo sensual que ahora nos sobrevuela, o al que encerramos en una jaula. Así es, amigos.

2 agosto 2014

domingo, 3 de agosto de 2014

El sionismo como nacionalismo extremo


RUDOLF BKOUCHE
24 JULIO 2014

En su relato de una manifestación en apoyo a los palestinos celebrada en Roubaix el 19 de julio, un periodista de Nord Eclair, Bruno Renoul, se ofendió al ver una bandera que presentaba una bandera israelí sobre la cual la estrella de David había sido reemplazada por un esvástica. Ese reportero dice que Israel no es un Estado totalitario y que no se le puede comparar con el estado nazi. Y para reforzar su argumento, añade que la comparación de Israel con el Tercer Reich es «ofensiva para las víctimas del nazismo, de las cuales las principales fueron judíos».

En primer lugar hay en ese texto una primera contradicción. Israel sería pues el estado de los judíos, lo que lleva a considerar cualquier crítica a la política de ese estado como una forma de antisemitismo, una argumentación que desafortunadamente es demasiado común.

Pero lo que importa, lo que es más importante que la ecuación lapidaria «sionismo=nazismo», es la búsqueda de lo que hay de común en esas dos ideologías, las cuales se basan ambas en el concepto de Estado-nación, tal como fue teorizado por Herder a finales del siglo XVIII, y que se desarrolló en Europa. El concepto de Estado-nación puede llevar a un nacionalismo extremo exclusivista, que encontramos en el fascismo italiano, el nazismo alemán y hoy el sionismo israelí. La cuestión no es tanto identificar esas ideologías, como entender lo que tienen en común, ese común definiéndose, en lo que respecta al nazismo y el sionismo, por la pureza étnica, siendo el término «étnico» lo suficientemente ambiguo como para prestarse a todas las interpretaciones.

El nazismo quería un estado puramente ario, lo que significaba vaciar Alemania de todos los elementos no arios, entre los cuales los judíos. El sionismo, por su parte, quiere construir un estado judío, menos en el sentido religioso que en un sentido étnico mal definido, y para ello quiere vaciar el estado de Israel de todos sus elementos no judíos. Ese deseo de pureza étnica es uno de los puntos comunes a ambas ideologías, la nazi y la sionista, y no veo en nombre de qué estaría prohibido decirlo.

Afirmar que no se puede comparar el nazismo y el sionismo bajo el pretexto de que los judios fueron víctimas del nazismo se basa principalmente en una primera contradicción que hace del sionismo, ya no una ideología judía, lo que es efectivamente al haber sido inventada por judios, sino la ideología de los judios, de todos los judios, y luego en una incomprension del sionismo, que fue una ideología europea construida por judíos europeos, que creyeron encontrar en la construcción de un estado judío la solución al antisemitismo europeo.

Por desgracia, queriendo construir ese estado en un país ya poblado, Palestina, transformaron una ideología que quería ser de liberación, en movimiento de conquista, y eso es lo que hace del sionismo un nacionalismo extremo, al igual que el nazismo.

Ese ese nacionalismo extremo el que ahora lleva la política de Israel a tratar de erradicar toda presencia no judía de la tierra de Israel, ya sea bajo una forma brutal militar, como la agresión contra Gaza (o hace unos años, la represión de las Intifadas), ya sea bajo una forma de ocupación, o bajo la forma de las llamadas colonias, que son sólo una manera de, en primer lugar, echar a los habitantes palestinos de sus tierras, para luego anexionarlas como tierras de Israel.

Voy a añadir un punto, que dista mucho de ser anecdótico, sobre las similitudes entre el sionismo y el nazismo. Hitler creía haber encontrado en un símbolo venido de Asia, la esvástica, un símbolo de la pureza aria; una manera de confiscar un símbolo que no tiene nada que ver con el nazismo; por eso encontramos esvásticas en las pagodas budistas. La manera en que el sionismo utiliza la estrella de David, incluyendo en la bandera de Israel, es más perniciosa.

La estrella de David es un antiguo símbolo judío que no tiene nada que ver con el sionismo. Al confiscar ese símbolo en su favor, el sionismo se presenta como el representante exclusivo de los judíos, y por lo tanto nos lleva a considerar erróneamente la estrella de David como un símbolo de Israel. Puede entenderse entonces que la estrella de David pueda convertirse en un objeto de repulsión al igual que la esvástica pudo convertirse en un objeto de repulsión. Lo que es sorprendente entonces, no es tanto la repulsión ante un objeto desviado de su significación original, como el uso que de él hacen las ideologías asesinas.

Lo mismo podría decirse del propio nombre del estado al que se llama Israel. El nombre de «Israel» representa una larga historia y es esa historia la que el sionismo ha querido confiscar. Cuando escucho el lema «Israel asesino», estoy menos sorprendido por el hecho de que se pueda gritar esa consigna, que por la manera en que una ideología nacionalista extrema ha llevado a sólo ver a «Israel» a través del Estado de Israel y de su ideología fundacional, el sionismo.

Rudolf Bkouche miembro de la Unión Francesa Judía por la Paz

sábado, 2 de agosto de 2014

1914: Jean Jaurès / Rosa Luxemburgo, la misma lucha


El 31 de julio se cumplieron cien años del asesinato de Jean Jaurès

Renaud Dély

Son más de 8.000 personas las que se aprietan en el calor húmedo de la sala del Circo Real de Bruselas. Y es posible que haya otros tantos fuera, inmóviles, atentos, con el oído alerta al no haber podido entrar en el recinto de la reunión. En la tribuna, un ejército de banderas rojas flanquea a los oradores. Son las 20.45 horas de este 29 de julio de 1914, cuando Emile Vandervelde, secretario del Partido Obrero belga, declara abierta la reunión con retraso. Entre aclamaciones, saluda «a los miembros del buró socialista internacional que han venido a deliberar por la paz y la fraternidad de los pueblos».

Y pasa rápidamente la palabra a Jean Jaurès. El diputado de la SFIO [Sección francesa de la Internacional Obrera] se pone en pie. Sobre ese fondo púrpura se recorta su silueta maciza. Como cada vez que le abruma la angustia, una punzante migraña no le da tregua desde por la mañana. La reunión en la que Jaurès ha participado desde primera hora de la tarde en la cercana Casa del Pueblo ha se ha prolongado largo y tendido. Con sus iguales y camaradas europeos, ha pasado revista a los medios de salvaguardar la paz. Y han aparecido las primeras disensiones. La fraternidad socialista ha empezado a agrietarse. La alemana Rosa Luxemburg ha arremetido contra el austriaco Adler y el checo Nemec. Les ha reprochado que bajen los brazos ante el ascenso del nacionalismo entre sus pueblos. Y les ha acusado de estar dispuestos a plegarse y resueltos a hacerle la guerra a Serbia. El presidente del partido socialista alemán, Hugo Haase, la tranquiliza. Ha pintado con lirismo el cortejo de 10.000 trabajadores pacifistas que han atravesado las calles de Berlín el día anterior.

Rosa Luxemburg y Jean Jaurès han caído una en brazos del otro. El conclave ha concluido con la decisión de que el congreso de la Internacional previsto en Viena tendrá finalmente lugar en París y se verá precedido de una gran manifestación por la paz. Con el asentimiento de Rosa Luxemburg, Jaurès ha redactado la declaración del buró. La fecha de la manifestación se ha fijado para el 9 de agosto. Pero ¿habrá tiempo todavía?

Se comprende, así pues, que el diputado por Carmaux se muestre cariacontecido en el momento de tomar la palabra. En el momento de ponerse en pie, la sala, febril, grita: «¡Viva Jaurès!», «¡Viva Francia!», «¡Viva la República!». Jaurès se hace de un golpe con la sala: «¡Ciudadanos, les diré a mis compatriotas, a mis camaradas de partido en Francia, con qué emoción he escuchado aclamar, yo, que he sido denunciado como un sin patria, el nombre de Francia, el recuerdo de la Gran Revolución!»

Entre risas, el orador se mofa de las palinodias de una diplomacia impotente, en un momento en que se responde a las órdenes de movilización, en San Petersburgo lo mismo que en Viena: «Se negocia, parece que se contentarán con sacarle un poco de sangre a Serbia y no un poco de carne; tenemos todavía un respiro para garantizar la paz». Luego, con un tono casi hastiado, Jaurès se transmuta en filósofo y se interroga en voz alta: «Cuando han pasado por los pueblos veinte siglos de cristianismo, cuando desde hace cien años han triunfado los principios de los derechos del hombre, ¿es posible que millones de hombres, sin saber por qué, sin que los dirigentes lo sepan, se desgarren unos a otros sin odiarse?»

El tribuno recupera su vigor. La voz truena, zumba, se encabrita. Grandilocuente, se vuelve poeta fúnebre esbozando los contornos de «la Muerte, dispuesta a hacerse visible, que camina» y avanza junto a «las parejas felices de nuestras ciudades». Un murmullo recorre el público. «Lo que más me aflige», suspira, «es la falta de inteligencia de la diplomacia». Ronda la guerra. Y la sala, hundida en la penumbra, toma reflejos de cementerio. Y luego, de un golpe, Jaurès se repone. Ya que el cañón todavía no retumba, eso significa que aún hay esperanza, la esperanza sigue ahí. El orador la resucita. Se burla de la debilidad de los gobernantes que «llevan a los pueblos al borde del abismo y en el último momento, titubean. Estos titubeos de los dirigentes tenemos que aprovecharlos para organizar la paz». El socialista se lanza entonces a una ferviente defensa del gobierno francés, ese gabinete Viviani que él no ha querido, pero que le parece cada vez más que actúa en favor de la paz: «Tengo derecho a decir delante de todo el mundo que en la hora presente el gobierno francés es el mejor aliado de la paz de este admirable gobierno inglés que ha tomado la iniciativa de la conciliación y da a Rusia consejos de prudencia y paciencia».

Incansablemente, Jaurès aboga por una inaccesible complicidad entre París y Berlín. «Nunca he dudado en atraer sobre mi cabeza el odio de nuestros chovinistas por mi voluntad obstinada, y que no flaqueará jamás, de un acercamiento franco-alemán», explica. Antes de hacer del proletariado instrumento de este acercamiento y último baluarte contra la guerra: «¿Queréis que os diga la diferencia entre la clase obrera y la clase burguesa? La clase obrera odia colectivamente la guerra, pero no la teme individualmente, mientras que los burgueses, colectivamente celebran la guerra, pero la temen individualmente. Por eso, cuando los burgueses chovinistas han conseguido que amenace tormenta, se amedrentan y preguntan si no van a actuar los socialistas para impedirla». En un extremo del estrado, Rosa Luxemburg parece asentir con un discreto cabeceo.

Concluye Jaurès con un último llamamiento, patético, a movilizarse: «Hombres humanos de todos los países, esta es la obra de paz y de justicia que hemos de acometer». «Hombres humanos», la expresión todavía resulta elocuente y conmueve. La sala se levanta de un salto. La multitud le aclama. Los hombres lanzan al aire sus sombreros, las pocas mujeres presentes agitan sus pañuelos. Ha reaparecido la esperanza cuando todo parecía perdido. Gracias al timbre de Jaurès, la paz, tenue, frágil, casi imperceptible, ya no parece completamente inaccesible.

El tribuno vuelve a su lugar. Sentado a su derecha, el socialista Charles Rappoport le lanza una mirada de admiración. Jaurès ya no tiene dolor de cabeza. Como por milagro, la migraña ha desaparecido. Agotado, regresa al barrio de la estación del Mediodía y a su habitación del Hotel de l'Espérance.

Al día siguiente, en el curso de una última reunión del buró de la Internacional Socialista (IS), Jaurès parece de nuevo optimista. Como si el baño de masas de la víspera la hubiera revigorizado. Visita el museo de los primitivos flamencos antes de saltar a su tren para París, que parte a las 13.01 de la estación de Mediodía. Durante las cuatro horas de trayecto, la fatiga le atenaza de nuevo. En cuanto llega a la estación del Norte, compra un ejemplar de Le Temps. La noticia de la movilización rusa se despliega en primera plana. Su espalda se comba, pero Jaurès no renuncia. Desembarca en el Palais Bourbon [sede de la Asamblea Nacional], con una maleta marrón en una mano, y un cartel en la otra, donde se lee: «Contra la guerra, por la paz». Informa al grupo socialista de las decisiones del buró de la IS, luego le recibe el primer ministro, René Viviani, que le tranquiliza y adormece su vigilancia. Al salir de la entrevista, Jaurès le susurra al diputado que le acompaña. «Sabe usted, si estuviéramos en su lugar, no sé qué más podríamos hacer para garantizar la paz...» De vuelta a L´Humanitè [diario del que es fundador y director], todavía tiene fuerzas para redactar un editorial. El último. Con el título «Necesaria sangre fría», rechaza «el nerviosismo que avanza» y «la inquietud que se propaga» y concluye: «El peligro es grande, pero no es invencible».

El 31 de julio, Jaurès se levanta pronto, como siempre. A lo largo de toda la jornada, corre de aquí para allá, del Palais-Bourbon al Quay-d´Orsay [sede del Ministerio de Exteriores]. Lucha por la paz. Por la noche, antes de consagrarse a la redacción de su artículo, baja a reponer fuerzas. Son las 21.40 horas. El cielo es pesado. Los grandes bulevares están repletos de gente. Con algunos periodistas, Jaurès se sienta a la mesa, con la espalda contra la ventana. Se toma un trozo de tarta de fresa. Tras la cortina que hace las veces de entrada, avanza una mano armada. El hombre que sostiene el revólver se llama Raoul Villain. Tiene 29 años. Es un estudiante de arqueología que milita en un grupo nacionalista, la liga de los Jóvenes Amigos de Alsacia-Lorena. Resuenan dos tiros. Y enseguida los primeros gritos: «¡Le han disparado a Jaurès! ¡Han matado a Jaurès!»


* Renaud Dély (1969) dirigió entre 2002 y 2006 la sección de política del diario parisino Libération, del que fue también redactor jefe, editorialista y director adjunto. También desempeñó puestos de responsabilidad en el semanario Marianne y en la radio pública France Inter. Desde 2011 dirige la redacción del semanario Le Nouvel Observateur. Entre sus libros se cuentan Histoire secrète du Front National (Grasset, 1999) y Les tabous de la gauche (Bourin Éditeur, 2006).

27/07/14