viernes, 1 de abril de 2011

Panfleto Antinacionalista

¡QUE ARDAN TODAS LAS PATRIAS!

(OTRA GLOBALIZACIÓN ES POSIBLE)

El socialismo en su forma más genuina, en la preconizada por la Primera Internacional obrera, era plenamente internacionalista, o dicho de otra manera, era antinacionalista. De hecho, el nacionalismo era considerado por los integrantes de dicha organización como la expresión política del poder burgués cuyo producto concreto era la división de la humanidad en Estados-nación. Para los padres del socialismo, tanto libertarios como marxistas, el proletariado no debía preocuparse por la cuestión nacional sino por la cuestión social, pues el obrero debía luchar contra la clase que le explotaba no contra otros trabajadores en guerras promovidas por las burguesías. En consecuencia, el ideal último del Socialismo era agrupar a todos los obreros emancipados del yugo del Capital en una sola patria lo que implicaba acabar con todas las fronteras y las naciones. Además para acabar con las barreras lingüísticas entre los proletarios del mundo el Socialismo potenció la lengua universal conocida como esperanto. Todo esto constituía un proceso globalizador dirigido por la clase obrera y cuyo objetivo era el progreso y la igualdad entre todos los seres humanos.

Pero muy pronto el ideal socialista se encontró con los primeros escollos. Debido a que la nefasta influencia del nacionalismo burgués, el proletariado fue dividido y enfrentado en la I Guerra Mundial. Por otra parte el triunfo de los bolcheviques en Rusia abrió la puerta al nacionalismo por cuanto que Lenin sostenía que era lícito invocar el derecho de autodeterminación de los pueblos, si bien de manera transitoria y sólo en el caso de países colonizados, cosa que criticó Rosa Luxemburg pues ello implicaba la claudicación del Movimiento Obrero a favor de la élite burguesa nacionalista (independentista). Peor aún, con la subida al poder de Stalin en la Unión Soviética se irradia la funesta idea de la consolidación de la revolución en un solo país, aceptándose dentro de la izquierda que hay países reaccionarios (EE.UU. o Reino Unido, por ejemplo) y países revolucionarios (la URSS y más tarde Cuba o Vietnam) cuando lo cierto es que en los países con gobiernos anticomunistas también había obreros combativos. De este modo, se empieza a sustituir en la izquierda la lucha de clases por la lucha por la liberación nacional, debilitándose gradualmente el elemento socialista en favor del nacionalista en esa mezcla desigual que se ha dado en llamar «nacionalismo de izquierdas».

Esa idea de «liberación nacional» fue adoptada por el socialismo de los países del Tercer Mundo, colonias o semicolonias, en vías de emancipación. Así, siguiendo la fórmula leninista, un sector de las clases medias y pequeño-burguesas marginadas del poder por la oligarquía pro imperialista se impone a ésta, generalmente a través de la lucha guerrillera. Como resultado se crean gobiernos que si bien en un principio mejoraron los aspectos más básicos de la existencia de la clase trabajadora como el salario, la sanidad o la educación, al final, aislados de la tendencia a la interconexión económica global se convirtieron en guetos de socialismo espúreo. Éste fue el caso de China, Cuba o Vietnam, países que están dando un giro hacia el capitalismo, a veces (como en el caso de China), en su versión más extrema.

En el ámbito hispánico los nacionalismos no pueden tener raíces más reaccionarias y burguesas. Éstos surgen cuando el Imperio Español empieza a perderse en el s. XIX, y en las regiones más favorecidas por el saqueo colonial, a saber, en el norte peninsular. Estos nacionalismos bebieron de las mismas fuentes que luego bebería el fascismo: la historiografía romántica (irracionalista y luego desmentida por la Ciencia) de mediados del siglo XIX, la misma que difundió mitos como el arianismo o el celtismo para justificar la supremacía de la «raza» blanca y por ende el colonialismo. Así, los tres nacionalismos hispánicos septentrionales (el gallego, el vasco y el catalán) se basaban en la idea racista de que el norte de la península la población era aria mientras que en el centro y en el sur tenía sangre semita (mora y judía). Estos prejuicios, derivados de la época de llamada Reconquista, fueron alimentados por la Iglesia precisamente en la zona del país donde triunfó el carlismo.

Pronto el incipiente movimiento obrero se dio cuenta del carácter ultramontano de estos nacionalismos. Así, Anselmo Lorenzo, padre del anarquismo español, advirtió a los trabajadores de que las reivindicaciones de los florecientes nacionalismos vasco y catalán obedecían a una estrategia de la burguesía para dividir y aplastar al Movimiento Obrero, y que, como se dijo en la I Internacional, la emancipación de la clase trabajadora era un problema social y no nacional o regional. Además, la idea de nación, como bien dijo otro anarquista, Rudolf Rocker, en su libro Nacionalismo y cultura, implica necesariamente la creación de un Estado. También criticó la postura republicana federal porque el auténtico federalismo significa libre asociación de individuos y la división de un país en cantones o estados más o menos independientes, sólo sirve para acentuar el caciquismo. Las palabras de Lorenzo fueron proféticas pues, avanzado el siglo XX, los nacionalismos antes mencionados, que desarrollaron ramas izquierdistas para neutralizar las influencias del socialismo internacionalista entre las masas, traicionaron la causa obrera. El ejemplo más claro fue el nacionalismo catalán que a través de ERC atacó al Movimiento Libertario (al que consideraba «extranjero») en cuanto la Generalitat tuvo competencias en materia de orden público. El ataque se llevó a cabo a través de un cuerpo represivo (los «escamots») inspirado en la Italia de Mussolini, con la que el nacionalismo de «izquierdas» catalán tenía contactos.

Pero durante la dictadura franquista, desde la clandestinidad, y tras la caída de ésta, los separatismos —que habían sido perseguidos por el régimen igual que lo fueron socialistas, comunistas y anarquistas— empiezan a confundirse con buena parte de la izquierda. Además ahora se acentúa el barniz izquierdista sobre la base de falsas analogías con los emergentes movimientos de liberación nacional en las colonias del Tercer Mundo, falsas porque en el caso de Galicia, País Vasco o Cataluña no se trata de colonias (de hecho, estas dos últimas regiones son las más desarrolladas del país). Y con la llegada de la democracia y el Estado de las Autonomías, estas reivindicaciones identitarias se popularizan entre la izquierda, cuadrándose el círculo del confusionismo ideológico. Para colmo, el nacionalismo se extiende por zonas de nuestra geografía donde antes no existía, estableciéndose una competencia entre regiones que beneficia tanto al capitalismo como perjudica a la clase trabajadora. Éste es el caso del nacionalismo castellano que cada 23 de Abril hace un ejercicio de manipulación de los hechos históricos describiendo la revuelta comunera como un movimiento exaltador de lo castellano, cuando, aparte de en Castilla, tuvo lugar en sitios como Murcia o Jaén. Y eso por no hablar de esa izquierda que en un alarde de flamante anacronismo equipara la lucha de los comuneros (entre los que había segundones de la nobleza, burgueses y hasta clérigos) con las modernas luchas obreras (¡no había obreros en el siglo XVI!).

Porque el nacionalismo es una peste para la humanidad, porque otra globalización es posible (la socialista y libertaria) ¡QUE ARDAN TODAS LAS PATRIAS!

G.A.S./El Aullido (Abril 2011).



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