lunes, 26 de septiembre de 2011

Radioactividad y cáncer

[Extraído del libro Los efectos de la exposición a radiación ionizante a bajas dosis para propósitos de protección de la radiación del ECRR (Comité Europeo sobre Riesgos de Radiación), el siguiente texto alerta sobre la relación entre la lluvia de partículas procedente de explosiones nucleares (pruebas nucleares, guerras, accidentes en centrales nucleares, etc.) y el crecimiento de las tasas de cáncer en las últimas décadas. También se denuncia que las instituciones encargadas de proteger a la población de la radiación (como el ICRP) ceden a las presiones de la industria nuclear y de los gobiernos de las potencias atómicas y no cumplen su cometido.]

Cáncer y Lluvia Radioactiva por Armas Globales


En conjunto, la fuente mayoritaria de contaminación radioactiva debido a la actividad humana es la lluvia radioactiva global causada por los tests atmosféricos de bombas nucleares que se llevaron a cabo en distintas zonas del mundo entre 1945 y 1980. En total se realizaron 520 explosiones nucleares, siendo los periodos de tests más intensivos los años 1952-4, 1957-8 y 1961-2. El 78% de la actividad liberada por estos tests se ha esparcido a lo largo de la tierra, formando el componente principal de los productos de fisión y transuránicos que sufren las criaturas vivientes. Estas sustancias son ahora contaminantes medioambientales universales, así como universales en las células de los sistemas vivos, y a pesar de ello se han efectuado muy pocas investigaciones para estudiar sus posibles efectos sobre la salud. Muchos de los isótopos son muy parecidos a otros elementos de grupo de la tabla periódica que son utilizados por los sistemas vivos; es por ello que son incorporados a las células y órganos.


Explosión nuclear en el atolón Bikini
(Islas Marshall) a cargo del ejército de EE.UU


El periodo de mayor intensidad de las pruebas atmosféricas de armas, y consecuentemente de exposición a la lluvia radioactiva, que terminó en 1963 con la prohibición de las pruebas Kennedy-Kruschev fue la primera ocasión en la que se pudieron evaluar los efectos sobre la salud de tales exposiciones internas. Sin embargo, se efectuaron muy pocas investigaciones y se publicaron muy pocos estudios que, o bien llamaban la atención sobre las consecuencias o bien descartaban su existencia. Las sugerencias de Sternglass y de otros de que la lluvia radiactiva había causado incrementos en la mortalidad infantil fueron ridiculizadas y atacadas. Este clima de negación probablemente se debió a la política de secretismo y control asociada a la Guerra Fría, y se institucionalizó en 1959 en el acuerdo entre la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) en el que se le dio a la IAEA el poder de vetar investigaciones de la OMS sobre los efectos de la radiación. El comité señala que este acuerdo [Res WHA 12-40, 28.5.59] todavía está en vigor (aunque recientes declaraciones sugieren que está siendo reconsiderado) y cree que los informes precisos de las consecuencias sanitarias de la catástrofe del Chernobyl pueden haber sido suprimidos como resultado de ello.

Por lo tanto, aunque durante el periodo de las pruebas de armas hubo una enorme actividad en los campos de la investigación del cáncer y de la radiobiología, sólo tenemos un pequeño número de informes y estudios que aporten datos útiles sobre las consecuencias de la exposición a la lluvia radioactiva. (...)


Explosión de una bomba atómica
francesa en Mururoa (Polinesia)



Según UNSCEAR [
United Nations Scientific Committee on the Effects of Atomic Radiation], utilizando los modelos del ICRP [International Commission on Radiological Protection], la dosis acumulativa interna debido a la lluvia radioactiva en el hemisferio norte durante el período de 1955-65 varió de entre alrededor de 0.5 mSv, y dosis de hasta 1 y 3 mSv en partes de Europa donde los altos niveles de lluvia causaron una deposición mayor. La dosis mostró una tendencia con un pico entre los años 1958 y 1963 debido al aumento de las pruebas de bombas de fusión. En el caso de los isótopos internos la tendencia acumulativa mostró el mismo pico y se estabilizó en 1965, tras lo que la curva descendió poco a poco (a través de las pérdidas biológicas y la descomposición física) alrededor del 20% hasta alcanzar el valor de 1999. La dosis interna estuvo dominada por dos isótopos: Cesio-137 con una media vida de 30 años, y Estroncio-90 con una media vida de 28 años, aunque hubo otros isótopos más activos que causaron altas dosis en su tiempo. (...)

Tras la interpretación de la evidencia de los estudios que ha considerado, el comité sugiere que la exposición a la lluvia radioactiva proveniente de las armas globales ha tenido un impacto significativo sobre la salud humana. Este impacto ha sido tanto inmediato, causando mortalidad infantil en el momento (un tema que se analizará en el siguiente capítulo), como prolongado, causando incrementos del cáncer, de la leucemia y de otras enfermedades de origen genético con un retraso entre la exposición y la expresión clínica de las enfermedades. Para llegar a esta conclusión, al comité le ha impresionado la ausencia de evidencias sobre el origen de la epidemia global de cáncer que comenzó en el periodo 1975-85. Actualmente el cáncer es visto por la comunidad médica como una enfermedad genética que se expresa a nivel celular, y tanto las investigaciones recientes como las antiguas han apoyado la idea de que el origen de la enfermedad es esencialmente la exposición medioambiental a un mutágeno. Si las tasas de cáncer comenzaron a dispararse en el período de 1975-1985, y debido a que las investigaciones han mostrado que la enfermedad suele retrasarse tras la exposición unos 15-20 años, claramente el origen de la epidemia debe estar en la introducción de un mutágeno cancerígeno en el medio ambiente durante el período de 1955 a 1965. Y la identificación del mutágeno con la radiación ionizante proveniente de la lluvia radioactiva por armas es claramente convincente. Además, las variaciones de la incidencia de cáncer concuerdan con las regiones de más y menos lluvia y deposición, lo que señala a la radiación como la causa principal de la epidemia de cáncer.

Bomba atómica modelo "little boy",
como la que se arrojó sobre Hiroshima.



Sólo parece que dos grupos hayan estudiado esta posibilidades: El Proyecto de Radiación y Salud Pública (RPHP por sus siglas en inglés) de Gould, Mangano y Sternglass en los EEUU, y el grupo de Green Audit de Busby et al. en el Reino Unido.

Estos últimos han utilizado la incidencia del cáncer en Inglaterra y Gales para examinar variaciones entre poblaciones similares con exposiciones acumulativas al isótopo Estroncio-90 de entre 0.2 y 1 mSv, y han sido capaces de mostrar que las variaciones de la exposición a la lluvia radioactiva tienen una alta correlación con la incidencia posterior del cáncer (R = 0.96). Los investigadores de Green Audit han mostrado que esto implica un error de un factor 300 en el modelo de riesgos del ICRP.

Ambos grupos están trabajando en examinar los factores geofísicos que concentran los isótopos de la lluvia radioactiva, tales como estuarios y valles de ríos donde el material se concentra, y han mostrado que estas áreas repetidamente muestran excesos de riesgo de cáncer y de leucemia. Los investigadores del RPHP han proporcionado evidencias de que el cáncer de mama está causado por el Estroncio-90 de la lluvia radioactiva y por el que es transportado por el viento procedente de instalaciones nucleares. Actualmente se encuentran examinando las tasas de cáncer en relación a las medidas de Estroncio-90 que han efectuado en dientes caducos.


Bomba atómica modelo "fat man",
como la que se arrojó sobre Nagasaki.


Además de los incrementos en todos los cánceres que han ocurrido desde los picos de la lluvia radioactiva, también se han observado ciertas zonas específicas de cáncer que han mostrado incrementos notables. Se han producido incrementos significativos y no explicados de cáncer de mama y de cáncer de próstata. Ambas enfermedades son causadas por la radiación. El comité ha analizado las evidencias que conectan el cáncer de mama con el Estroncio-90 publicadas por Sternglass et al. y las de los estudios de cohorte de la mortalidad por cáncer de mama de Busby. Ambos estudios presentan evidencias convincentes sobre el origen de los incrementos recientes de la enfermedad. También se ha mostrado que el cáncer de próstata ha sufrido su mayor incidencia en Gales siguiendo la misma curva que la lluvia radioactiva pero 15 años más tarde. El exceso de riesgo del cáncer de próstata hallado por Roman et al. en los trabajadores nucleares que fueron monitorizados respecto a contaminación interna sugiere un error de hasta un factor 1000 en el modelo de riesgo usado por el ICRP. (...)


Persona atendida en un hospital de
Hiroshima tras la explosión de "little boy"



Cáncer infantil, leucemia y lluvia radioactiva por armas globales

Uno de los sucesos más alarmantes que sucedieron en el periodo de tiempo posterioral uso y a las pruebas de armas nucleares fue el rápido incremento de las leucemias y de los tumores cerebrales infantiles, que juntos forman los principales tipos de cáncer infantil. Los primeros incrementos en el cáncer infantil en los años 50 fueron tan notables que el gobierno se comenzó a preguntar si éstos estarían causados por la lluvia radioactiva, y enfocó la atención sobre el isótopo Estroncio-90 que estaba convirtiéndose en un contaminante significativo de la leche. En el Reino Unido, se le pidió al Consejo de las Investigaciones Científicas que estudiase la hipótesis y, aconsejado por Sir Richard Doll, informó de que los hallazgos de Hiroshima la descartaban en base a que las dosis eran demasiado bajas. A pesar de esto, las incertidumbres alimentadas por los descubrimientos contemporáneos de Stewart de que bajas dosis de rayos-X obstétricos causaban incrementos de leucemia en los niños tras su nacimiento, causaron la prohibición de las pruebas atmosféricas en 1963.

Un estudio de 1994 de Darby, Doll et al. sobre la leucemia infantil y la lluvia radioactiva en países nórdicos ha sido frecuentemente citado como evidencia de que la radiación interna a bajas dosis es segura. Este estudio utilizó conjuntamente (en un estudio temporal) datos sobre el cáncer de leucemia infantil de Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia e Islandia —países con poblaciones de tamaño muy distinto y diferentes exposiciones a la lluvia radioactiva. La curva de la tasa de la leucemia en los niños de edades entre 0-4 años durante el periodo del estudio, 1948-88, aparentemente mostraba a un incremento modesto de 6 a 6.5 por 100.000 en los períodos de 1948-58 y de 1965-85, justo evitando el periodo de 1958-63 en el que las pruebas fueron más intensas y en el que los niños recibieron una dosis de alrededor de 0.5 mSv, según el modelo convencional. Sin embargo, un examen más atento del estudio reveló que el periodo inicial está representado únicamente por los datos de cáncer de los registros de Dinamarca. Tras 1958, se juntaron los datos de los cinco países. Esto demuestra que el estudio fue defectuoso. Un examen atento de los datos unificados de 1958 sugiere un incremento de la leucemia de los niños de 0-4 años de 5 por 100.000 a 6.5 por 100.000, un incremento de alrededor del 30%. Este resultado aproximadamente coincide con un estudio sobre la mortalidad de la leucemia infantil de Inglaterra y Gales publicado por Bentham. El incremento en la incidencia de la leucemia del 30% en los niños expuestos durante el periodo de 5 años fue causado por una dosis acumulativa a la médula ósea de 0.15 mSv recibida in utero y unos 0.8 mSv recibidos entre las edades de 0 y 4 años.

Esto sugiere un error en el factor de riesgo del ICRP (de 0.0065 por Sievert, por niño) de un factor entre 3 y 15 si no ocurre un todavía mayor exceso de las leucemias en esta cohorte, y un error de en un factor entre 40 y 200 si este exceso de riesgo continuara a lo largo de sus vidas. A este respecto, es de interés que un incremento proporcional de alrededor del 30% ocurrió en la curva de la Incidencia Estandarizada de “Todos los Cánceres” en Inglaterra y Gales unos 20 años tras la exposición.

En EEUU, Archer examinó los incrementos de la leucemia tras la lluvia radioactiva de Sr-90, y mostró un incremento bastante consistente de alrededor del 11% en todos los grupos de edad tras su dosis estimada de 1.3 mSv a adultos y 4 mSv a niños. Si estas dosis son precisas, sugieren una tasa mayor a dosis menores que en los estudios europeos. Y tal y como ya hicieran Bentham y Haynes, Archer fue capaz de demostrar una clara variación de la leucemia relacionada con las áreas de mucha lluvia, áreas intermedias y áreas de poca lluvia.

El Comité señala que la tasa de leucemia infantil del Reino Unido se ha elevado constantemente con el desarrollo de los exámenes de rutina de rayos-X, la amplia utilización de radio en las esferas de los relojes de pulsera en el periodo 1930-40 y las primeras emisiones de isótopos de fisión al medio ambiente mundial, con un elevado pico en 1945. La curva de la mortalidad por leucemia infantil en el periodo 1916-50 en Inglaterra y Gales se correlaciona con los datos de la producción mundial de radio. Nunca se han establecido las dosis provenientes del radio de las esferas de los relojes. Los intentos del comité de examinar otras posibles fuentes de incrementos de la leucemia y de obtener datos sobre los sistemas móviles de rayos-X que fueron utilizados universalmente en el periodo de 1950-1960 para efectuar chequeos para diagnosticar la tuberculosis, no han tenido éxito.


Perro nacido con malformaciones
tras el desastre de Chernóbil.


Ecos de los efectos de la lluvia radioactiva en la siguiente generación

Las curvas de leucemia nórdicas publicadas por Darby et al. muestran un incremento de las tasas a lo largo del periodo máximo de la lluvia radioactiva por armas de 1958- 63. Sin embargo, también muestran un evidente incremento de las tasas de 6.5 a 7.5 por 100,000, comenzando en 1983. Este incremento de tipo escalón comenzó antes del accidente de Chernobyl, y es notable. Se puede ver claramente en la mayoría de los grupos de datos, y aparece en los datos de Gales y de Escocia como dos picos cercanos centrados en los dos años 1984 y 1988. Es posible que éstos sean ecos transgeneracionales, unos 25 años más tarde, del daño genético causado a los padres nacidos en, o alrededor de, los años 1959 y 1963.

El comité ha investigado esta hipótesis más a fondo examinando un pequeño grupo de datos obtenidos de una asociación caritativa de niños con leucemia. En estos datos aparece el año de nacimiento de los padres de los niños de Inglaterra diagnosticados con leucemia. El análisis muestra que el riesgo mayor lo tienen aquellos niños cuyos padres nacieron alrededor de 1960, sugiriendo que su exposición a la lluvia radioactiva por las pruebas de armas podría ser un factor significativo en el incremento de la leucemia infantil. El departamento de estadística médica del gobierno del Reino Unido se ha negado a hacer públicos datos adicionales sobre los años de nacimiento de los padres cuyos niños nacieron después de 1981.

También apoyando esta hipótesis existe cierta evidencia proveniente de la experimentación animal. En 1963, Luning y Frolen mostraron que los descendientes de ratones macho expuestos a Estroncio-90 sufrían daños genéticos significativos que se reflejaban como muertes fetales debidas a efectos de desarrollo. El daño genético se pasó a la siguiente generación, dos generaciones más allá de la exposición. Se encontró un efecto similar en la leucemia por Setsuda et al. en 1962 tras administrar Sr-90 a ratas albinas y examinar la leucemia en su descendencia. Es de esperar que tal efecto también se dé en enfermedades humanas (...).