miércoles, 12 de febrero de 2014

La polilla que fracasó


Crítica al libro Of Moths and Men («De polillas y hombres») de Judith Hooper

 Por Paul Raeburn

(25 de agosto de 2002)

Es la historia que se supone da la razón definitivamente a Darwin. Empezó en Inglaterra, durante la Revolución Industrial, cuando el humo negro comenzaba a esparcirse desde las chimeneas de las fábricas. El aire se hizo tan espeso por el hollín y la mugre que las madres decían «que apenas podían distinguir las siluetas de sus hijos en la calle». La lluvia ácida mojaba los bosques cercanos, despojando a los troncos de sus líquenes moteados, dejándolos pelados y casi negros.

Al mismo tiempo, lepidopterólogos británicos, sobre todo un grupito de aficionados, notaron cambios en la polilla moteada. La variedad moteada típica fue rápidamente reemplazada por una forma inusual negra, especialmente en las zonas industriales contaminadas de los Midlands. A medida que los bosques oscurecían bajo los sucios cielos, también las polillas oscurecían. Las polillas del abedul típicas moteadas —que habían sido casi invisibles en los troncos de los árboles no contaminados, cubiertos de líquenes— se estaban convirtiendo en presas fáciles para los pájaros hambrientos al verlas sobre los troncos desnudos de los árboles oscurecidos. Tal vez las polillas oscuras, menos visibles en los bosques contaminados, eran una adaptación, la evidencia de la selección natural en acción. Desde Darwin, los biólogos habían estado buscando un ejemplo de evolución en acción. Ahora pensaron que lo tenían.

La idea de que la selección natural podría explicar el aumento de las polillas oscuras se sugirió en el siglo XIX. Pero no fue probada hasta 1953, cuando E.B. Ford, biólogo de Oxford, contrató a un lepidopterólogo aficionado, H.B.D. Kettlewell, para salir al campo y averiguar lo que estaba pasando. Kettlewell, médico, y coleccionista de polillas desde niño, aprovechó la oportunidad de abandonar su práctica médica y dedicarse a su afición a jornada completa.

Portaba lámparas de vapor de mercurio y trampas de polillas por la campiña inglesa, donde liberó miles de polillas para controlar su supervivencia. Los experimentos fueron difíciles, pero en dos años Kettlewell tenía las pruebas que Ford estaba buscando. En las zonas industriales, los pájaros se comían las polillas moteadas típicas, sobreviviendo las polillas oscuras que seguían reproduciéndose. Eso explica por qué la población de polillas oscuras crecía. Y lo contrario sucedía en los bosques no contaminados —las polillas oscuras eran las capturadas, sobreviviendo las típicas.

«Esta es la prueba de la selección natural», Judith Hooper dice en De polillas y de hombres. Los experimentos se abrieron paso en todos los libros de texto de la evolución, muchos de los cuales siguen publicando, todavía hoy, las dos famosas fotografías en blanco y negro aparentemente indiscutibles. En una de ellas, una polilla oscura se aprecia sobre el tronco de un árbol cubierto de líquenes, mientras que una flecha señala cerca una polilla moteada casi invisible. En la otra, una polilla moteada resalta sobre el tronco de un árbol oscuro, desnudo, y la polilla oscura está perfectamente oculta.

He aquí: la selección natural en acción. Darwin tenía razón. Fin de la historia. Lamentablemente, como demuestra Hooper, ese no fue el final de la historia. En los últimos años ha quedado claro que las evidencias en que la historia se apoya son tan frágiles como las alas de una mariposa. Los experimentos de Kettlewell no probaron nada. El ejemplo más famoso de la evolución en acción ahora debe convertirse en el más infame.


Kettlewell fue al el bosque sabiendo los resultados que quería, y no se dio por vencido hasta que los consiguió. El experimento se realizó bajo condiciones muy artificiales. Polillas criadas en laboratorio se colocaron en los árboles en posiciones nada naturales, en el momento equivocado de día. El mismo Kettlewell decidió qué polillas se ocultaban de forma segura de las aves y cuáles no. Era tan hábil en el campo que incluso sus críticos podrían decir que pensaba como una polilla. Pero nadie creía que podía ver como un pájaro. «Nunca permitimos experimentos de este tipo», dice Ted Sargent, profesor emérito de Biología en la Universidad de Massachusetts, Amherst, y el crítico más severo de Kettlewell.

Sargent no sugiere que Kettlewell que engañase o hiciese trampas. En la desesperación de Kettlewell para tener éxito, y para complacer a Ford, simplemente podría haber visto lo que quería ver. «Hay muchas formas sutiles para seducirte a ti mismo», dijo Sargent. El libro tan acertadamente titulado de Hooper trata tanto de los hombres como de las polillas. Los protagonistas de esta triste historia fueron algunos de los científicos más brillantes de Gran Bretaña. Pero ese brillo se vio socavado por la ambición fría que les llevó a su vez a apoyarse el uno en el otro y, tal vez, incluso alterar los resultados de los experimentos. Hooper nos muestra sus defectos, pero con mansedumbre y respeto, creando un retrato conmovedor y compasivo de Ford, Kettlewell y los demás en este largo drama de décadas de duración.

La figura más simpática aquí es Kettlewell. Ford lo llevó a Oxford, porque él era el mejor lepidopterólogo de campo que conocía. Ford tenía como misión demostrar la importancia de la selección natural en la teoría de Darwin. Pero Kettlewell nunca fue aceptado en Oxford. No tenía los grados académicos requeridos, ni podía competir en los, a menudo, crueles debates intelectuales, comunes en los comedores universitarios. «Era el mejor naturalista que he conocido, y casi el peor científico profesional que he conocido», dijo un colega.

La vida personal de Kettlewell se derrumbó mientras se esforzaba por cumplir con las crecientes exigencias impuestas, por parte de Ford, sobre él, cuya fama se debe mucho a su análisis de los experimentos de Kettlewell. Ford le agotó. Kettlewell, un hipocondríaco, cada vez más comenzaba a sufrir de enfermedades reales: brotes de bronquitis, neumonía, pleuresía y gripe, junto con problemas de corazón. En 1978, se cayó de un abedul en una expedición de recolección, rompiéndose la espalda. Nunca se recuperó. Más que nada, Kettlewell quería ser aceptado como miembro de la Royal Society. Ford lo propuso tres veces, pero lo hizo de tal manera que se aseguró que Kettlewell no fuese aceptado.

Kettlewell murió el 11 de mayo de 1979. En el Dictionary of Scientific Biography se dice que «al parecer» se debió a la sobredosis de algún analgésico. Pero los colegas de Kettlewell sabían que su muerte no fue accidental, dice Hooper. Muchos obituarios expresaron su enorme cariño, «todo el mundo lo quería», decía uno. Todos, excepto Ford, cuando le dijeron que Kettlewell se había suicidado, lo llamó cobarde.

La historia de la polilla moteada, como Hooper muestra, no es lo que parecía. Tampoco está resuelto del todo. Las polillas oscuras casi han desaparecido, pero el debate continúa. «En el fondo había una ciencia imperfecta, metodología dudosa e ilusiones», Hooper escribe. «Agrupado alrededor de la polilla moteada hay un conjunto de ambiciones humanas, y autoengaños compartidos entre algunos de los biólogos evolutivos más reconocidos de nuestra época.»