lunes, 15 de diciembre de 2014

La sardina ibérica está en peligro de extinción

 

Por CÉSAR-JAVIER PALACIOS

Desde Santurce a Bilbao podrás lucir todo lo que quieras la pantorrilla, pero gritar como nos invita la famosa canción «¡quién compra sardinas frescas!» es cada vez más difícil en el Cantábrico. Porque apenas quedan. Parece mentira, pero la popular, humilde y sanísima sardina ibérica está en peligro de extinción.

La culpa no la tiene ni el cambio climático ni la contaminación, sino nuestro insaciable afán depredador. Se nos ha ido la mano. Pescadas compulsivamente por encima de la capacidad de la especie para reponerse, estamos llegando a un punto de no retorno. O se toma una decisión urgente limitando sus capturas, o las ricas sardinitas que comamos en el norte serán francesas o marroquíes hasta que también allí empiecen a escasear, pero nunca más portuguesas, gallegas, asturianas, cántabras o vascas.

Muchos científicos piensan que aunque dejáramos ahora mismo de pescarlas, no hay ninguna garantía de que la sardina vuelva a recuperar su área de distribución histórica en España y Portugal. En California pasó algo parecido a mediados del siglo pasado y han hecho falta 25 años de veda para alcanzar unas poblaciones aceptables. Si se decidiera hacer algo parecido en España, dejar de pescarlas, sería un desastre gastronómico pero, ante todo, una tragedia para las miles de familias de pescadores que viven de una pesca que este año ya ha limitado sus capturas a un 55% menos que en 2013 y cerrado los caladeros en septiembre. Aún así no es suficiente.

Frente a ello, los arrantxales vascos las están pescando ahora más que nunca, pero en Francia y como alternativa a un bonito del Norte cada vez más escaso. Y no lo hacen para llevarlas a nuestras sartenes, ávidas de pescado azul. En su mayor parte, las ricas sardinas terminan hechas puré como alimento para atunes en las granjas de engorde del Mediterráneo. De locos.

12 de diciembre de 2014