viernes, 18 de abril de 2014

Zelotes y primeros cristianos

 

La guerra judía (66-70)

Por KARLHEINZ DESCHNER

Los zelotes, un grupo nacionalista judío originariamente constituido, sin duda, por un sector del clero de Jerusalén hacia el año 6, instigaron esa guerra como reacción frente al poder del ocupante romano. Pese a la existencia de rasgos diferenciales notables entre zelotes y cristianos, se han observado también muchos puntos de contacto. No es casual que uno de los apóstoles de Jesús, un tal Simón, sea llamado en el Evangelio de Lucas «el zelote» y en el de Mateo «el cananeo», lo que representa una simple transcripción del arameo qanna'i, «el exaltado». Entre los zelotes, a quienes la investigación actual atribuye una influencia importante en la trayectoria de Jesucristo, abundaban los rumores apocalípticos, como el oráculo que decía que, por aquellos tiempos, «uno de los suyos sería el rey del mundo»; cuatro lustros antes del estallido de la guerra judía propiamente dicha, luchaban ya contra los romanos, pero más aún contra ciertos judíos antipatriotas. Sus enemigos les llamaban «sicarios», que quiere decir «los del cuchillo», porque iban armados con una especie de gumía, la «sica», con la que apuñalaban por la espalda a quienes no les caían bien, entre los que se contaban, ante todo, algunos judíos ricos que por motivos de interés pactaban con los romanos; se dice (por parte de Eusebio, historiador de la Iglesia) que una de sus primeras víctimas había sido «el sumo sacerdote Jonatás». «Cometían sus asesinatos a pleno día y en medio de la ciudad; aprovechaban sobre todo los días festivos para confundirse en las aglomeraciones, y apuñalaban a sus enemigos con dagas pequeñas que llevaban ocultas bajo las túnicas. Cuando la víctima caía, los asesinos se sumaban al revuelo y a las exclamaciones de consternación, y gracias a esta sangre fría no fueron descubiertos casi nunca.» Josefo, que en plena guerra cambió de bando y se puso a favor de los romanos, moteja a los zelotes de asesinos y bandoleros, pero no se le olvida mencionar que «tenían muchos partidarios, sobre todo entre la juventud».

En los círculos extremistas se azuzaba públicamente a la insurrección contra Roma. Leían con preferencia los dos libros de los Macabeos (cuya inclusión definitiva en las Sagradas Escrituras, recordémoslo de paso, data del Concilio de Trento, es decir, del siglo XVI), para exaltarse con aquellas «acciones heroicas» y esperaban poder reeditar frente a los romanos, con la ayuda del Señor, los triunfos conseguidos contra los griegos. De esta manera se produjo al fin la Bellum ludaicum (66-70 d. C.), una aventura sangrienta en la que incluso los romanos se vieron obligados a echar el resto, militarmente hablando.

Dicha obra tan agradable a los ojos del Señor, acaudillada primero por Eleazar ben Simón, hijo de un sacerdote, así como por Zacarías ben Falec, continuada luego por Juan de Giscala, comenzó en un momento bien escogido, un sábado, con el degüello de los escasos romanos de guardia en la torre Antonia de Jerusalén y en las poderosas fortificaciones del palacio real. Antes de rendir a la guarnición, prometieron que no matarían a nadie; luego, sólo perdonaron a un oficial que se avino a ser circuncidado. (Más tarde, los cristianos también perdonarían a los judíos que aceptaban la conversión.) En las ciudades griegas de la región, Damasco, Cesárea, Ascalón, Escitópolis, Hippos, Gadara, los helenos organizaron a cambio una matanza de judíos: 10.500 o 18.000 sólo en Damasco, según se cuenta. Al mismo tiempo, los judíos insurrectos, estimulados por el ardor de su fe y por los grandiosos recuerdos de las hazañas de los macabeos, iban limpiando de minorías toda Judea.

Los romanos empezaban a ponerse en marcha, primero a las órdenes del gobernador de Siria, Cayo Cestio Galo; luego Nerón envió a uno de sus mejores generales, el ex tratante de mulas Tito Flavio Vespasiano, cuyas primeras operaciones militares fueron sumamente cautelosas; además, después se encontró en una situación políticamente delicada, debido a la muerte de Nerón y la caída de Galba. Pero en el verano del año 68 controlaba ya casi toda Palestina; entre otras cosas, mandó quemar el eremitorio de Qumrán, a orillas del mar Muerto, cuya importante biblioteca, que poco antes los monjes habían ocultado en las cuevas de la montaña, no ha sido descubierta hasta mediados del siglo XX. También diezmó a los samaritanos, que habían tomado parte en la insurrección judía. Cerialo hizo con 11.600 de ellos una hecatombe en el monte Garizim. Mientras tanto, en Jerusalén, ciudad de «triste fama» según Tácito, a la que ya tenía puesto cerco Vespasiano, los hijos de Dios divididos en dos partidos se combatían mutuamente; incluso llegó a formarse una tercera facción que luchó contra las otras dos en el Templo. Éste, con sus aledaños, era una verdadera fortaleza, convertida en reducto de los zelotes..., ¡que siguieron celebrando los ritos incluso bajo el asedio! Mientras las masas, privadas de víveres, se morían de hambre, los judíos se apuñalaban mutuamente en peleas callejeras, o degollaban a los prisioneros en las mazmorras, pero sin dejar de hacer causa común contra los romanos. Estos, por su parte, también solían pasar los prisioneros a cuchillo o los crucificaban. Vespasiano tuvo que partir hacia Roma, ya que sus tropas le habían proclamado emperador. Pero dos años después, a comienzos de septiembre del año 70, su hijo Tito puso fin a la insurrección con un baño de sangre: previamente, estando en la Cesárea palestina, en Berytus (Beirut) y en otros lugares, había mandado arrojar miles de judíos prisioneros a las fieras del circo, o los obligaba a matarse mutuamente en duelos, o los quemaba vivos. Los escasos sobrevivientes de Jerusalén, reducida a un único montón de ruinas, fueron acuchillados o vendidos como esclavos. El Templo ardió hasta los fundamentos, con todos sus bienes atesorados durante seis siglos, en el aniversario de la destrucción del primero. La lucha continuó durante varios años más en varias fortalezas aisladas, como Herodión, Maquiros y Masada, hasta que los defensores se suicidaron junto con sus mujeres y sus hijos.

En el año 71, el vencedor entró triunfante en Roma, donde todavía hoy puede verse el arco de Tito en recuerdo de la hazaña... La masacre había costado cientos de miles de vidas. Jerusalén quedaba arrasada como antaño lo fueron Cartago y Corinto, y el país incorporado a los dominios del emperador. A los vencidos se les impusieron tributos abrumadores, hasta del quinto de las primeras cosechas, y para mayor calamidad, el país sufría la plaga de las partidas de bandoleros. La vida religiosa, en cambio, y como no podía ser de otro modo, florecía. Los judíos estaban gobernados por un consejo de 72 levitas, cuyo dirigente máximo ostentaba el título de «príncipe». Y la oración diaria de las 18 rogativas, la schemone esre, comparable al Padrenuestro de los cristianos, se enriqueció con una petición más, la que imploraba la maldición divina sobre los minnim, los cristianos, y solicitaba su exterminio. El caso es que ni en Palestina ni en lugar alguno se prohibió a los judíos la práctica de su religión: «Por prudencia se abstuvieron de declarar la guerra a la fe judía en tanto que tal» (Mommsen). Pero todavía les aguardaba una derrota mayor, pocos decenios más tarde, como consecuencia del segundo intento de una última «guerra de Dios».

Historia criminal del cristianismo (I)