sábado, 21 de junio de 2014

Fascismo social, una opción frustrada

«Muerte al marxismo», pancarta de las SA en 1926.
Hitler destaca de pie a la izquierda.

ALEMANIA (1919-34)

La Alemania de principios del siglo XX fue semillero de movimientos políticos aparentemente distantes, pero apenas separados por una sutil frontera

IÑIGO BOLINAGA IRASUEGUI 
HISTORIADOR Y PERIODISTA

Enero de 1933: Adolf Hitler se encarama a la Cancillería. Comienza de ese modo su carrera para convertirse en rector indiscutible de los destinos del pueblo alemán. Desde este momento empieza la batalla en el cuarto trasero por deshacerse, en todos los ámbitos, de cualquier oposición o posibles competidores del Führer en la posesión del poder absoluto.

Desde comunistas y socialistas hasta sectores disidentes o extremistas en diversos grados de su propia tendencia política, las huestes hitlerianas ejercieron una imparable y veloz política represiva contra todo sector susceptible de convertirse algún día en una amenaza para el régimen y su dictador, de la cual muchos miembros del Partido Nazi (NSDAP) y afines fueron señaladas víctimas.

Las purgas internas —tanto dentro del partido como en el entorno de la línea ideológica del fascismo alemán— cayeron principalmente sobre los sectores izquierdistas o más socializantes del nacionalsocialismo y afines. De esta manera fueron purgados líderes tan importantes como Ernst Niekisch, principal representante de la corriente nacional-bolchevique en el contexto de la Alemania weimariana; Gregor Strasser, miembro del NSDAP y director de una línea crítica del pensamiento nacional-revolucionario dentro del partido; y Ernst Röhm, responsable de las Tropas de Asalto (SA), con más que suficientes reminiscencias obreristas como para considerarlo a la izquierda del proyecto que Hitler impuso en su Reich. Todos ellos eran representantes de un modo de interpretar el fascismo más acorde con los planteamientos socializantes que en su momento habían reivindicado los primeros fascios de combate (1919) y que continuó la línea D’Annunzista en Italia, ideológicamente emparentada con las propuestas de diversas agrupaciones políticas de Europa occidental, como el Partido Popular Francés (PPF) de Jacques Doriot o las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS) de Ramiro Ledesma en España.

A pesar de la semejanza entre los sectores fascistas alemanes purgados por Hitler a partir del año 1933 y los movimientos de tipo italiano señalados, la mayor parte de los primeros llegó aún más lejos en su afán de fundir las aspiraciones de justicia social y ultranacionalismo (lo que ha sido denominado como Revolución Conservadora alemana). Así surgieron en la Alemania de Weimar tendencias fascistas adheridas a proposiciones socializantes fusionadas con un nacionalismo extremo y un ideal autoritario del ejercicio del mando político que, principalmente a partir de la llegada de Hitler al poder, se situaron con muy pocas excepciones —caso del doctor Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Reich— frente al régimen. Esta oposición de nacionalbolcheviques y nacionalrevolucionarios, fundamentalmente, salió muy cara a la izquierda nazi —si es que tal definición es aplicable al nacionalbolchevismo, que difiere en muchos aspectos del nacionalsocialismo hitleriano—, que tomó el camino del exilio, la cárcel, el campo de concentración o la muerte en manos del triunfante nuevo sistema político que el austriaco consolidó con eficacia germánica en todo el territorio alemán.

Gregor Strasser (en medio, sentado)
junto a Hitler en 1933, antes de la depuración.

Los hermanos Gregor y Otto Strasser fueron un claro ejemplo de oposición a la política de Hitler desde la izquierda de su propio partido y del destino que este tipo de tendencias llevaba aparejado en el régimen hitleriano. Ambos optaron por una vía nacional al socialismo, fieles a lo que consideraban la verdadera esencia del movimiento nazi. Pregonaban la lucha contra el capitalismo en busca de una auténtica justicia social siguiendo el camino de la expropiación de los bancos y de la industria pesada, todo ello dentro de un contexto radicalmente antisemita partidario de la desigualdad de las razas humanas. Gregor Strasser se mostraba convencido de que le marxismo era un falso socialismo —socialismo judío— y fue también quien más incidió en esa supuesta traición que Hitler estaba realizando a las ideas del auténtico nacionalsocialismo al aliarse con la burguesía. Fue asesinado en el año 1934, durante la tristemente conocida noche de los cuchillos largos, en la que también se puso punto final a la vida de Röhm y sus SA.

Ernst Röhm (justo detrás de Hitler en 1932),
responsable de las Tropas de Asalto.

Su hermano Otto tuvo más suerte y tiempo más tarde salió del país. En el exilio se dedicó a escribir y hacer campaña en contra del régimen hitleriano desde una posición fascista de izquierdas. El ideal de sociedad de este político extremista alemán tenía como columna vertebral al campesinado en lucha contra la burguesía y el capital, dentro de un régimen en el que la tierra y los medios de producción quedarían nacionalizados a fin de ser redistribuidos. Otto Strasser fue el fundador de la Unión de Nacional Socialistas Revolucionarios, más conocido como Frente Negro.

Ernst Niekisch, líder nacionalbolchevique, tampoco pudo zafarse del largo brazo depurador del Führer y fue internado en un campo de concentración hasta el final de la guerra. Antiguo miembro y principal teórico del Alt Sozialdemocratische Partei (ASP) sajón en los años de entrrguerras, logró que este grupo de orígenes e inspiración claramente socialdemócrata se escindiera del Partido Social-Demócrata Alemán (SPD) para dar un radical cambio de rumbo hacia la combinación de las reivindicaciones socialistas con el nacionalismo alemán, un nacionalismo que en Niekisch se convirtió más bien en antioccidentalismo, lo que le llevó a pedir el acercamiento a la Unión Soviética en la lucha contra un Occidente que percibía como nefasto para el desarrollo de la nación alemana. La principal causa de desavenencia que los llevó a escindirse del gran partido socialista alemán fue el internacionalismo y la sumisa aceptación —desde el punto de vista del teórico del ASP, Niekisch— del SPD del Tratado de Versalles. El Alt Sozialdemocratische Partei comenzó así un proceso de acercamiento a los sectores de la extrema derecha nacionalista alemana que obligó a los socialistas del SPD a dejar de considerarlo como miembro de la familia política del socialismo alemán. El ASP experimentó un batacazo electoral de tan importantes dimensiones —no olvidemos que Sajonia era considerada como zona roja dentro del mapa electoral alemán de la época— que obligó a sus dirigentes a reestructurar sus planteamientos tácticos y teóricos, lo que desembocó en la expulsión de Ernst Niekisch y August Winning, principales elementos nacionalbolcheviques en el seno del partido. A pesar de ello, el ASP se hundió en 1932 y con él, un importante intento, por parte de Niekisch y Winning, de crear un auténtico partido nacionalbolchevique en el panorama político alemán de la etapa de entreguerras.

Ernst Niekisch y August Winning,
teóricos del nacionalbolchevismo germano.
Una intentona anterior en el mismo sentido parece haberse dado en el nacimiento del KAPD (1920), una agrupación fundada por antiguos miembros del Partido Comunista de Alemania (KPD) expulsados en 1919 por disidencias sobre la línea oficial. El KAPD (Partido Comunista Obrero Alemán), un partido más bien hamburgués inspirado en su primer momento por los líderes revolucionarios Wolfheim y Laufenberg, preconizaba la lucha proletaria combinada a una visión nacionalista de las relaciones internacionales. Tampoco logró subsistir y finalmente gran parte de sus integrantes fue fagocitada por el KPD.

Las corrientes izquierdistas o socializantes del fascismo alemán, sin embargo, subsistieron en la sombra, apoyándose en otras tendencias semejantes europeas. En el caso de los nacionalbolcheviques, muchos de ellos vieron en la Unión Soviética de Iosif Stalin una esperanza auténticamente fascista y socialista para el mundo frente a la claudicación hitleriana ante el poder del capital. De hecho, no fueron pocos quienes vieron una línea nacionalcomunista en la política, tanto interna como externa, que estaba llevando a cabo el régimen que Stalin dirigió con firmeza desde el momento en que accedió al mando supremo de la URSS. Entre estos se encontraba Ernst Niekisch, quien después de la Segunda Guerra Mundial colaboró con entusiasmo en la construcción del comunismo en lo que más tarde iba a constituirse como la República Democrática Alemana. Pero no solamente el líder nacionalbolchevique vio un carácter fascista en Stalin, sino que algunos de los exiliados rusos que lucharon en la guerra civil en el bando blanco retornaron, más tarde o más temprano, a Rusia para defender a su patria, que con Stalin había llegado a las cotas más altas de poder que jamás había alcanzado en su historia. Ése fue el caso de dirigentes fascistas rusos como Alexandr Kazem Bek, líder de los Jóvenes Rusos (Mladorossiti), o Konstantin Rodzaievski, cabeza del Partido Fascista Ruso —el conocido partido ruso de Manchuria—, quien al final de una vida dedicada a la conspiración antisoviética, terminó sus días poniéndose al servicio de Stalin al haberse dado cuenta de que éste era el líder fascista ruso que siempre había esperado.

También Ramiro Ledesma apreció que la revolución soviética contenía dentro de sí algo más que lo que aparentemente parecía mostrar. Según Ledesma, «la revolución bolchevique triunfo en Rusia no tanto como revolución propiamente marxista que como revolución nacional», aunque ésta «resulte ser un hallazgo imprevisto» [1]. Ledesma creía que, a pesar de la primera intención, la Rusia que surgió de la revolución marxista presentaba un fuerte componente nacionalista: se trataría de una revolución nacional, que en su terminología equivalía a fascista. Para él, «los bolcheviques eran los únicos que podían dar las consignas salvadoras de la situación» [2]. La victoria bolchevique, por ello, no era «otra cosa que la de haber edificado de veras una patria. Es una victoria nacional» [3]. Esta visión de Rusia coincidente con la de los sectores nacionalrevolucionarios y nacionalbolcheviques de la Alemania weimariana pone de relieve las muy sutiles fronteras que a veces existen entre regímenes y movimientos aparentemente tan distantes.

Nº 308 / Diciembre de 2001



  NOTAS:

[1] Ramiro Ledesma Ramos, «Discurso a las juventudes de España», ¿Fascismo en España? Discurso a las juventudes de España, Ariel, Barcelona, 1968.
[2] Ibid., pág. 289.
[3] Ibid., pág. 289.


Bibliografía

Ramiro Ledesma Ramos, ¿Fascismo en España? Discurso a las juventudes de España, Ariel, Barcelona, 1968.
Joaquín Abellán, Nación y nacionalismo en Alemania. La «Cuestión Alemana» (1815-1990), Tecnos, Madrid, 1997.
Walter Laqueur, La Centuria Negra. Los orígenes y el retorno de la extrema derecha rusa, Anaya, Madrid, 1995.
Karl Drietrich Bracher, La dictadura alemana, 2 vols., Alianza, Madrid, 1993.
Peter D. Stachura, Gregor Strasser and the rise of Nazism, George Allen and Unwin, Londres, 1983.