domingo, 7 de octubre de 2012

¿Por qué cooperamos?


  El altruismo, lejos de suponer una fastidiosa anomalía de la evolución, se cuenta entre sus arquitectos primordiales.

Martin A.  Novak

En abril del año pasado, cuando los reactores de la central nuclear de Fukushima estaban a punto de fundirse tras el terremoto y posterior tsunami que azotaron el país, un operario de unos veinte años se mostró dispuesto a regresar a la central para ayudar a controlar la situación. Era consciente de que el aire se encontraba envenenado y de que su decisión tal vez le privase de casarse o tener hijos, a quienes podría transmitir graves problemas de salud. Aun así, franqueó las puertas de la central, se sumergió en un ambiente cargado de radiactividad y se puso a trabajar, sin más compensación que su módico salario habitual. «Solo algunos de nosotros podemos hacer este trabajo», explicó a The Independent el trabajador, quien insistió en que se respetase su anonimato. «Soy joven y soltero, y siento que es mi deber ayudar a resolver este problema.» 

Aunque no siempre se manifiesten de forma tan épica, los ejemplos de comportamiento altruista abundan en la naturaleza. Las células de un organismo se coordinan para limitar su división, lo que previene la aparición de cáncer; las obreras de numerosas especies de hormigas sacrifican su propia fecundidad para servir a la reina y a su colonia; las leonas de una manada se prestan a amamantar a los cachorros de otras. Los humanos nos ayudamos en un sinfín de actividades, desde procurarnos sustento hasta buscar pareja o defender el territorio. Y aunque aquellos dispuestos a colaborar no siempre pongan su vida en peligro, sí corren el riesgo de reducir su propio éxito reproductivo en beneficio de otros. 

El problema de la cooperación ocupa desde hace decenios a los biólogos, quienes se han esforzado en explicarla a la luz de la tesis dominante en la teoría de la evolución, «cuyas garras y dientes se encuentran teñidos de rojo», como tan vigorosamente lo expresara Alfred, Lord Tennyson. Charles Darwin, en su defensa de la selección natural (según la cual los individuos mejor dotados se reproducen con mayor rapidez, de modo que contribuyen más que otros congéneres a la generación siguiente), calificó dicha competición como «la lucha más inclemente por la vida». Llevado a sus últimas consecuencias lógicas, el argumento implica que nunca deberíamos ayudar a un rival. De hecho, un individuo estaría obrando de la manera correcta si engaña o abusa para seguir adelante: con tal de vencer, todo vale en el juego de la vida.

2 comentarios:

AngelMiguel dijo...

Creo que deberiamos de una vez por todas descartar La Teoria de la Evolución de Darwin por acientifica.
Recomiendo la lectura Sandin


Darwin era un eugenista y baso sus falsificaciones en Lamarck.

KRATES dijo...

Lo que hoy es considerado una verdad científica mañana puede no serlo, la ciencia es dinámica y cambiante. La teoría de la selección natural tuvo su importancia, pero ante el actual avance de la biología se ha quedado limitada y obsoleta. Darwin es del siglo XIX, y estamos en el XXI; el hecho de cuestionar su teoría, no implica tener que negarle la importancia que tuvo en el pasado, pero desacreditarle por cuestiones personales o ideológicas, es poco científico.

Y sí, reconozco que mi distanciamiento de darwinismo fue también debido a la lectura de Máximo Sandín (de quién ya puse algo) y otros autores, pero tampoco me empuja convertirme en un ardiente antidarwinista.