lunes, 20 de enero de 2014

Apoyo mutuo contra darwinismo social

 

RUDOLF ROCKER

Darwin y Wallace creyeron haber hallado en la selección mecánica de los mejores una explicación suficiente de las variaciones de las formas vitales, y eran de opinión que esa selección se realizaba en base a una constante lucha entre las diversas especies y hasta dentro de una misma especie, y que en este proceso perecían las especies e individuos débiles y únicamente podían sostenerse los fuertes. Sabemos que Darwin, en el desarrollo de esta teoría, se vio fuertemente influido por la lectura del libro de Malthus sobre el problema de la población. Después estudió de cerca esta opinión y, especialmente en su obra acerca del origen del hombre, llegó a resultados totalmente distintos; pero la teoría de la lucha por la existencia en su primera y parcial exposición ejerció poderosa influencia en gran número de preclaros investigadores, especialmente en los fundadores del llamado darwinismo social. Cundió la costumbre de concebir la naturaleza como un inmenso campo de batalla en donde los débiles son hollados sin compasión por los fuertes, y, de hecho, se creía que, dentro de cada especie, tenía lugar una especie de guerra civil condicionada por las necesidades de la ley natural o física. Hubo un número bastante importante de hombres de ciencia, entre ellos Huxley y Spencer, que al principio consideraban la sociedad humana a la luz de esta hipótesis y estaban íntimamente convencidos de haber encontrado las huellas de una ley natural de vigencia general. Así, la teoría de Hobbes, guerra de todos contra todos, pasó a ser un fenómeno inalterable de la naturaleza, que no podía modificarse por consideración ética alguna; y los partidarios del darwinismo social no se cansaron de repetir las palabras de Malthus de que en el festín de la vida no hay lugar para todos los comensales.

Este modo de pensar, indudablemente, se apoyaba, en gran parte, en la orientación civil de los hombres de ciencia, pero sin penetrar de hecho en su conciencia. La sociedad capitalista había hecho del principio de la libre competencia el punto de apoyo de su economía; lo cual, por lo demás, era más simple que ver en él únicamente una extensión de la misma lucha que, en opinión de muchos preclaros darwinianos, se veía por doquiera en la naturaleza y de la que tampoco el hombre podía zafarse. Así llegó a justificarse toda suerte de explotación y opresión del ser humano, cohonestándolas con el sofisma de la inexorable y soberana ley de la naturaleza. Huxley, en su conocido escrito Struggle for Existence and Its Bearing upon Man, mantuvo sin vacilación, y arrostrando todas sus consecuencias, este punto de vista, y al hacerlo no se percató de que, involuntariamente, forjaba para la reacción social un arma que, llegada la ocasión, le serviría de recurso intelectual en su defensa. Los pensadores de ese periodo tomaron estas cosas muy en serio, tanto más cuanto que la mayor parte de ellos estaban tan firmemente convencidos de esa inexorable lucha en la naturaleza que la daban por supuesta sin tomarse el trabajo de comprobar seriamente el fundamento de tal hipótesis.

Entre los representantes de la doctrina darwiniana había a la sazón muy pocos que dudasen del fundamento y exactitud de esta teoría, distinguiéndose sobre todo el zoólogo ruso Kessler, quien ya en 1880, en un Congreso de naturalistas, celebrado en la capital de Rusia, expuso que en la naturaleza, junto con la brutal lucha a muerte, imperaba otra ley, la del mutuo apoyo de las especies que vivían en sociedad, ley que contribuye substancialmente a la conservación de la raza. A este postulado, que Kessler no hizo sino aludir, dio luego forma Pedro Kropotkin en su conocida obra El apoyo mutuo, un factor de la evolución. Kropotkin, apoyándose en los abundantes hechos que había recogido, demostró que la noción de la naturaleza como campo ilimitado de batalla era simplemente un cruel y desgarrador cuadro de la vida que no coincidía con la realidad*. También él, como Kessler, subrayó la importancia de la vida social y del instinto de la ayuda mutua y de la solidaridad para la conservación de la especie que nace de ella. Esta segunda forma de lucha por la existencia le parecía infinitamente más importante, para la conservación del individuo y la afirmación de la especie, que la guerra brutal del fuerte contra el débil, lo cual se ve confirmado por el sorprendente retroceso de aquellas especies que no hacen vida de sociedad y cifran su sostenimiento en la superioridad puramente física. Una diferencia de criterio mantenían en este terreno Kessler y Kropotkin, pues mientras el primero opinaba que el instinto de la simpatía era resultado del afecto de los progenitores y de su preocupación por la descendencia, el segundo creía que se trataba simplemente de un resultado de la vida social, heredado por el hombre de sus predecesores animales, que también habían vivido en sociedad. Según esto, no era el hombre el creador de la sociedad, sino la sociedad la creadora del hombre. Esta concepción, que luego hicieron suya numerosos investigadores, fue de mucho alcance, sobre todo para la sociología, porque arrojaba una nueva luz sobre toda la historia de la evolución de la humanidad y ha dado margen a fecundísimas reflexiones.

Nacionalismo y cultura
(Cáp. IX, Libro II)



    * Kropotkin publicó su trabajo primeramente en forma de artículos en la revista inglesa Nineteenth Century (septiembre 1890 a junio 1896). Su última obra Ética, que por desgracia quedó sin terminar, es un valioso complemento de esta doctrina.