viernes, 7 de marzo de 2014

La palabra «esquizofrenia» o la destitución del sentido


LEOPOLDO MARÍA PANERO

Decía el ya muerto Vallejo Nájera que la esquizofrenia se distinguía por su mal olor —«algo huele a esquizofrenia»— o lo que es lo mismo por una sospecha. Sospecha en que, como ya dijimos en otro lugar, se basa el interrogatorio psiquiátrico tanto como el interrogatorio policial, duda metódica que Derrida dijera situaba ya el pensamiento cartesiano al borde de la locura (Cogito et histoire de la folie). Ahora bien, allí donde la duda comienza por dudar de que existo, ésta se termina en que también el otro es, esto es, en un cogito de dos conciencias: si existes tú, existo yo, y no a la inversa: por el contrario, el estatuto de la esquizofrenia es un estatuto de no-existencia, de no-experiencia, lejos de esa política profetizada por Laing como política de la experiencia, y por Cooper como gramática de la vida, a la que falta un código lo mismo que a la locura. Ahora bien, la vida no es un destino, por cuanto es un devenir, o al menos un clinamen democritiano, un eterno retorno basado en la diferencia.

Es una espiral, una aufgehoben del tiempo cíclico: una profecía, un sueño premonitorio, o un déjà vu, futuro y pasado de otras existencias, pasadas o futuras a través del ciclo de las reencarnaciones.

Y nos está permitido hablar de reencarnación, sólo allí donde existe el alma, espíritu, yo o conciencia, como asimismo el sustento material de aquella, que es el halo o el aura o lo que también se llama campo bioeléctrico, que dibuja el fuego fatuo después. Después, quiero decir de muertos, y próximos ya, como en el dibujo de Blake, Death’s door, a reencarnarnos en un niño, porque el misterio del infierno no es para siempre: como decía Borges, ni la vida de un tirano exige castigos infinitos. También lo decía Heráclito: «los mortales son inmortales, los inmortales mortales, aquéllos viven el sueño de los otros, y éstos la vida de aquéllos».

Ahora bien, el pozo donde se aparece la verdad, el significante del que hablara Lacan al decir «el hombre olvida al significante pero el significante no le olvida a él» es el dolor y la catástrofe de la locura: el dolor como placer reprimido, la locura como búsqueda de la verdad en el lenguaje; aquélla cifrada en el olvido de las palabras, las erratas y el lapsus linguae: y ello si es verdad que cuando hablábamos del inconsciente estructurado como un lenguaje, aquello, como yo decía en mi seminario Encore n’a rien á voir avec le champú de la linguistique, sino de ese balbuceo infinito que es la langue, o el lenguaje universal de los anuncios: el niño que no sabe francés y que sin embargo intuye dotado de sentido al letrero de la nevera «Zanussi Europe»: como ça nuit Europe, designando con el nombre de Europa a la mujer que acaricia su pene.

Con todo lo cual quiero decir que somos todos superhombres, si es verdad que cualquiera entiende ese extraño lenguaje de los anuncios, esa mirada que es objeto a minúscula, o inconsciente escópico, reto de lo íntimo a lo nulo, de David al gigante, y de Ulises a la locura, cuando aquél afirma que no es nadie, y que nadie es su nombre. Es así que se ensanchan los límites del significante, y gracias a él —pero no sólo gracias a él, sino al signo gestual, al metalenguaje del cuerpo— los límites de la percepción y de la conciencia.

Y no habrá ahora sino esa materia, ese bello Pesanervios, nervadura material y neurastenia —en la interpretación de ésta por Wilhem Reich—, intensidades de conciencia como dijera Roberto Novoa Santos, el primer genio que intuyó que nada distingue el alma del cuerpo, y al que sin citarle repitió Winnicott —en el libro llamado igualmente Cuerpo y espíritu— al afirmar que la materia biológica es autoperceptiva, siendo esto lo que aclara el misterio de las mutaciones animales, además de la adaptación del cuerpo animal a su entorno, con lo que no contradecimos sino superamos —en el sentido de la aufheben hegeliana— ese libro perfecto sobre el cuerpo que se titulara para siempre El origen de las especies.

Ahora bien, el animal es telépata, y no sólo eso, promiscuo, y tiene sólo una vaga función del yo en el falo del pavoneo sexual: y ello refiriéndome a los animales más desarrollados de la escala biológica, los vertebrados superiores; y si es así el peligro que late en el cuerpo humano que aún demora animal, uñas, dientes, etc., es el retorno a la nada y al olvido del tabú, que en un principio, para acabar con ese mana salvaje de la promiscuidad y de la empatía salvaje, consistía en no orinar a tal hora en casa de tal vecino, etc.

Y es aquí cuando por fin la esquizofrenia huele a esquizofrenia, es decir, a vivencia entendida y razonada: he aquí que la verdad en boca de Freud agarra al toro por los cuernos: por los cuernos de Taurus y del retorno infantil al totemismo, del que hablara Freud, dibujando amablemente para Jung el origen animal y corporal de sus arquetipos. Jung añadiría a aquél el concepto de Synchronicity, casualidad sincrónica o serial por donde el magma alquímico se desarrollara como flor de referencia, anillo de la suerte o de la providencia, casualidad mágica en donde lo que va a ocurrir y lo que ha ocurrido no volverá a ocurrir nunca más. Voluntad de suerte contra delirio de autorreferencia, pan-significación de la locura y pan-significación freudiana.

Es decir, panpsiquismo freudiano reenviado al primitivo, y a su omnipotencia mágica del pensamiento, que no otra cosa es que una conciencia transitiva, húmeda, que por ser material puede actuar sobre la materia —ya hablábamos de intensidades de conciencia, hablaremos ahora de idées-force, de líbido del pensamiento, del lenguaje utilizado como vehículo de intensidades, que era para Deleuze la lógica del Anticristo, fundado en la repetición de la palabra A (del otro, de sus mil formas, desde el Autre imaginaire hasta el que puede llamarse prójimo o semejante por cuanto está ahí: y L’inconsciente c’est le discours de l’Autre avec une grand A), de voz que ya no es para nadie, cuando se termina la página y vuelve la oscuridad.

Porque si hay alguna razón para la existencia del inconsciente, ésta es el dolor de la conciencia al mismo tiempo que los engaños del otro, que es lo que permite a la palabra vacía perpetuarse en su vaciedad: —qui non dupe erre— quien no engaña erra: en el nombre del Padre [1].

Revista Archipiélago



NOTA
[1] Recuerdo aquí el juego de palabras de Lacan: qui nom du père —quien en el nombre del padre— y qui non dupe erre —quien dice la verdad.