viernes, 15 de marzo de 2013

Liberalismo: nuestros clásicos


MANOLO REVUELTA

La plaga del liberalismo que desde hace años asola la vida política de este país y que se ha enquistado en la más diversas ideologías, el opusdeísmo de Segurado, el socialismo de González, el franquismo de Fraga, el catalanismo de Roca, tiene, curiosamente, poca bibliografía a disposición de tanto portador de virus. Poner en circulación las concepciones liberales de nuestros clásicos, de los padres del liberalismo español, comienza a ser una necesidad de higiene social.

Una muestra expresiva de este talante liberal la proporcionaba hace un siglo el propio presidente del Partido Liberal, Don Práxedes Mateo Sagasta, y en el lugar más idóneo, el Palacio de las Cortes de la carrera de san Jerónimo. Un local ya entonces tan in como en los días que corren.

En enero de 1884 Sagasta pronunciaba en las Cortes un importante discurso, pleno de auténtico sabor liberal, sin concesiones fáciles a la galería:


“¿Por qué me opongo yo al sufragio universal? Pues me opongo porque tal como lo entiende la escuela democrática española, que las escuelas de otros países ya lo entienden de otro modo, tal como lo define la Constitución de 1869, tal como se planteó en España en 1870, tal como lo considera la escuela democrática, como ejercicio constante de la soberanía nacional inminente y en perpetua práctica, es una organización armada contra los altos poderes del Estado, es una amenaza constante a todo Poder, y es, por tanto, el enflaquecimiento y la degradación de la Monarquía, que los monárquicos no podemos consentir, como no podemos consentir que ni en poco ni en mucho se niegue la base fundamental de todas nuestras convicciones políticas. Me opongo, además, al sufragio universal, porque tal como lo entiende la escuela democrática sin ponderaciones, sin defensa, sin preparativos, sin grandes medios, es la preponderancia de lo que se llama el cuarto estado sobre los demás, es el dominio de la masa sobre la inteligencia, es la preponderancia de la brutalidad de los números… ¿Qué se quería, pues de mí? ¿Que me hiciera radical? ¿Que entregara mi partido, si eso fuera posible, al radicalismo? ¿Que convirtiera a los liberales en demócratas?”


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