viernes, 13 de abril de 2012

Darwinismo y marxismo

Dedico el siguiente texto a todos aquellos que atacan al darwinismo por considerarlo una ideología burguesa, desconociendo que muchos internacionalistas defendían el darwinismo, pero deploraban del darwinismo social:

Folleto de Anton Pannekoek

I. - El darwinismo

Pocos científicos influyeron tanto el pensamiento de la segunda mitad del siglo XIX como Darwin y Marx. Sus contribuciones revolucionaron la concepción que las masas se hacían del mundo. Durante décadas, sus nombres estuvieron en boca de la gente y sus obras están en el centro de las luchas intelectuales que acompañan las luchas sociales de hoy. La razón está en el contenido altamente científico de su obra.

La importancia científica del marxismo así como del darwinismo se apoya en su fidelidad rigurosa a la teoría de la evolución, uno refiriéndose al ámbito del mundo orgánico, el de los seres animados, y el otro al ámbito de la sociedad. Esta teoría de la evolución, sin embargo, no era nada nueva: ya había tenido sus defensores antes de Darwin y Marx; el filósofo Hegel incluso hizo de ella el punto central de su filosofía. Es entonces necesario examinar de cerca las contribuciones de Darwin y Marx en este ámbito.

La teoría según la cual plantas y animales se desarrollaron unos a partir de otros aparece por primera vez durante el siglo XIX. Antes, a la pregunta: ¿"De dónde vienen los miles y miles de diferentes clases de plantas y animales que conocemos?", se contestaba: "En tiempos de la creación, Dios los creó a todos, cada cual según su especie". Esta teoría primitiva correspondía a la experiencia adquirida y a los mejores datos entonces disponibles sobre el pasado. Según esos datos, todas las plantas y todos los animales conocidos siempre habían sido idénticos. A nivel científico, la experiencia se expresaba de la siguiente forma: "Todas las especies son invariables porque los padres transmiten sus características a sus hijos".

Sin embargo, debido a ciertas particularidades entre las plantas y los animales, se hizo necesario plantearse otra concepción. Por eso esas particularidades fueron ordenadas según un sistema establecido, en primer lugar, por el científico sueco Linneo. Según este sistema, se divide a los animales en reinos (phylum), ellos mismos divididos en clases, las clases en órdenes, los órdenes en familias, las familias en géneros, cada género con sus especies. En este sistema, cuanto más similares son las características de los seres vivos, más cercanos son unos de otros, y más pequeño es el grupo al que pertenecen. Todos los animales clasificados como mamíferos presentan las mismas características generales en su forma corporal. Se diferencia después a los animales herbívoros, a los carnívoros y a los simios, que pertenecen a órdenes diferentes. Osos, perros y gatos, que son animales carnívoros, tienen muchos más puntos comunes en su forma corporal entre sí que con los caballos o los monos. Esta similitud crece de forma evidente cuando se examinan variedades de la misma especie; el gato, el tigre y el león se parecen en muchos aspectos y difieren de los perros y osos. Si dejamos la clase de los mamíferos para examinar a otras clases, como las de las aves o los peces, vemos diferencias mayores entre las clases que en una misma clase. Siempre persiste sin embargo una semejanza en la formación del cuerpo, del esqueleto y del sistema nervioso. Estas características desaparecen cuando dejamos a esta división principal que abarca a todos los vertebrados, para examinar los moluscos (animales de cuerpo blando) o los pólipos.

El conjunto del mundo animal puede pues organizarse en divisiones y subdivisiones. Si se hubiese creado cada especie de animal diferente con total independencia de las demás, no habría ninguna razón para que existan tales categorías. No habría ninguna razón para que no haya mamíferos con seis patas. Habría entonces que suponer que cuando llegó el momento de la creación, Dios habría seguido el plan del sistema de Linneo y lo habría creado todo según ese plan. Disponemos afortunadamente de otra explicación. La semejanza en la construcción del cuerpo puede ser debida a un verdadero parentesco. Según esta concepción, la similitud de las particularidades indica en qué medida el lazo es cercano o distante, como son mayores las semejanzas entre hermanos y hermanas que entre parientes más distantes. Las especies animales no fueron, pues, creadas de forma individual, sino que descienden unas de otras. Forman un tronco que comenzó sobre bases simples y que se ha ido desarrollando continuamente; las últimas ramas, más finas, las constituyen las especies hoy existentes. Todas las especies de gatos descienden de un gato primitivo que, como el perro primitivo y el oso primitivo, es el descendiente de un determinado tipo primitivo de animal carnívoro. El animal carnívoro primitivo, el animal con pezuñas primitivo y el mono primitivo descienden de un mamífero primitivo, etc.

Esta teoría de la filiación fue defendida por Lamarck y por Geoffroy Saint-Hilaire. Sin embargo, no conoció la aprobación general. Estos naturalistas no pudieron probar la exactitud de dicha teoría y, por lo tanto, permaneció en estado de hipótesis, de simple suposición. Pero en cuanto llegó Darwin, con su obra principal, El origen de las especies, ésta fue como un relámpago en las mentes de entonces; su teoría de la evolución se aceptó inmediatamente como una verdad perfectamente demostrada. Desde entonces, la teoría de la evolución es inseparable del nombre de Darwin. ¿Por qué es así?

Es en parte debido a que, con la experiencia, se ha acumulado cada vez más material para fundamentar esa teoría. Se descubrieron animales que no podían colocarse claramente en la clasificación, como los mamíferos ovíparos, peces con pulmones y animales vertebrados sin vértebras. La teoría de la filiación afirmaba que eran simplemente vestigios de la transición entre los grupos principales. Las excavaciones revelaron restos fosilizados que parecían diferentes de los animales que viven hoy. Estos restos resultaron en parte ser las formas primitivas de los animales de nuestro tiempo y pusieron de manifiesto que los animales primitivos evolucionaban poco a poco para convertirse en los animales de hoy. Ha progresado después la teoría celular; cada planta, cada animal consta de millones de células, desarrollándose por división y diferenciación incesante a partir de células únicas. Una vez alcanzado este punto, pensar que los organismos más desarrollados descendieron de seres primitivos constituidos de una única célula, ya no parecía ser tan extraño.

Todas estas nuevas experiencias, sin embargo, no podían elevar la teoría a un nivel de verdad demostrada. La mejor prueba de su exactitud habría sido poder observar con sus propios ojos una verdadera transformación de una especie animal en otra. Pero es imposible. ¿Cómo demostrar entonces que una especie animal se transforma en otra? Se puede hacer mostrando la causa, la fuerza que propulsa tal desarrollo. Y eso, Darwin lo hizo. Darwin descubrió el mecanismo del desarrollo animal y dio así la prueba de que algunas especies animales se transformaban necesariamente en condiciones idóneas en otras especies animales. Vamos ahora a aclarar este mecanismo.

Su principal fundamento es el carácter de la transmisión, el hecho de que los padres transmiten sus peculiaridades a sus hijos pero que, al mismo tiempo, los hijos divergen de sus padres en ciertos aspectos y también difieren unos de otros. Por ello los animales de la misma especie no son todos idénticos, sino que difieren en todas las direcciones a partir de un tipo medio. Sin esta variación, sería totalmente imposible que una especie animal se transforme en otra. Para la formación de una nueva especie, es necesario que se incremente la divergencia a partir del tipo central y prosiga en la misma dirección hasta hacerse tan importante que el nuevo animal ya no se asemeja al animal del que desciende. ¿Pero cuál es esa fuerza que suscitaría una variación creciente siempre en la misma dirección?

Lamarck declaró que el cambio se debía al uso y a la utilización intensa de algunos órganos; que debido al ejercicio continuo de algunos órganos, éstos se iban mejorando más y más. Así como los músculos de las piernas de los hombres se refuerzan al correr mucho, también adquirió el león patas poderosas y la liebre patas veloces. De la misma manera, las jirafas desarrollaron su largo cuello para alcanzar y comer las hojas altas de los árboles; a fuerza de extender el cuello, algunos animales de cuello corto fueron desarrollando un cuello largo como la jirafa. Para muchos, esta explicación no era creíble y no daba cuenta de que la rana, por ejemplo, debía ser verde para garantizar su protección.

Para solucionar ese problema, Darwin se tornó hacia otro campo de experiencia. El ganadero y el horticultor son capaces de desarrollar de forma artificial nuevas razas y nuevas variedades. Cuando un horticultor, partiendo de una determinada planta, quiere desarrollar una variedad con flores grandes, ha de suprimir, antes de la madurez, todas las plantas con flores pequeñas y preservar las que las tienen grandes. Si repite esto durante unos años seguidos, las flores serán cada vez mayores, porque cada nueva generación se asemejará a la anterior, y nuestro horticultor, siguiendo con la selección de las mayores de entre las grandes con el objetivo de extenderlas, conseguirá desarrollar una planta con flores muy grandes. Mediante acciones así, a veces deliberadas y otras accidentales, los hombres desarrollaron un gran número de razas de nuestros animales domésticos que difieren aún más de su forma de origen que las especies salvajes difieren entre sí.

Si le pidiéramos a un ganadero que desarrollara un animal de cuello largo a partir de un animal de cuello corto, eso no le parecería imposible. Todo lo que tendrá que hacer será seleccionar los animales con cuello relativamente más largo, cruzarlos, suprimir a los jóvenes de cuello corto y cruzar de nuevo los que tienen un cuello largo. Si repite esto a cada nueva generación, el resultado sería un cuello cada vez más largo y un animal parecido a la jirafa.

Este resultado se obtiene porque hay una voluntad definida con un objetivo definido que, con el fin de criar una determinada variedad, elige a determinados animales. En la naturaleza, no existe semejante voluntad y todas las variaciones van a reducirse con el cruce; resulta entonces imposible que un animal se separe del tronco común original y siga en la misma dirección hasta convertirse en una especie enteramente diferente. ¿Cuál es pues, en la naturaleza, la fuerza que selecciona los animales como lo ha hecho el ganadero?

Darwin meditó mucho tiempo sobre este problema antes de encontrar su solución en la "lucha por la existencia". En esta teoría, tenemos un reflejo del sistema productivo de la época en que vivió Darwin, porque es el combate de la competencia capitalista que le sirvió de modelo para la lucha por la existencia que prevalecía en la naturaleza. No fue gracias a sus propias observaciones si encontró esa solución. Le vino de su lectura de los trabajos del economista Malthus. Malthus intentaba explicar que si hay tanta miseria, hambre y privaciones en nuestro mundo burgués, es porque la población aumenta mucho más rápidamente que los medios de subsistencia existentes. No hay bastante comida para todos: los individuos deben pues luchar unos contra otros para vivir, y muchos sucumben en esa lucha. Con esta teoría, la competencia capitalista tanto como la miseria existente se declaraban ley natural inevitable. En su autobiografía, Darwin declara que fue el libro de Malthus el que le incitó a pensar en la lucha por la existencia.

"En octubre de 1838, o sea quince meses después de empezar mi investigación sistemática, se me ocurrió leer, para distraerme, el ensayo de Malthus sobre la población; y como estaba bien preparado, debido a mis observaciones prolongadas sobre las prácticas de animales y plantas, a apreciar la presencia universal de la lucha por la existencia, me llamó la atención la idea de que en estas circunstancias, las variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables a ser aniquiladas. El resultado sería la formación de nuevas especies. Había encontrado ahí, por fin, una teoría para trabajar."

Es un hecho que el aumento de la natalidad en los animales excede al de la cantidad de comida necesaria para su subsistencia. No hay ninguna excepción a la norma según la cual el número de los seres orgánicos tiende a crecer a tal velocidad que nuestra tierra sería rápidamente desbordada por la descendencia de una única pareja, si parte de ésta no se destruyera. Por eso ha de existir una lucha por la existencia. Cada animal intenta vivir, hace cuanto puede para comer e intenta evitar ser devorado por otros. Con sus peculiaridades y sus armas específicas, lucha contra todo el mundo antagónico, contra los animales, contra el frío, el calor, la sequía, las inundaciones, y otras circunstancias naturales que pueden amenazar con destruirlo. Ante todo, lucha contra los animales de su propia especie, que viven de la misma manera, poseen las mismas características, utilizan las mismas armas y viven de la misma alimentación. Esta lucha no es directa; la liebre no lucha directamente contra la liebre, ni el león contra el león salvo si se trata de una lucha por la hembra, sino que es una lucha por la existencia, una carrera, una lucha competitiva. Todos no pueden alcanzar la edad adulta; la mayoría es destruida, y solo sobreviven los que ganan la carrera. ¿Pero cuáles son los que triunfan? Los que, por sus características, por su estructura corporal, son más aptos para encontrar comida o huir del enemigo; en otros términos, sobrevivirán los que mejor se adaptan a las condiciones existentes.

"Puesto que hay siempre más individuos que nacen que supervivientes, el combate por la supervivencia debe reiniciarse sin cesar y la criatura que posee una determinada ventaja con relación a las demás sobrevivirá; pero, como esas características particulares se transmiten a las nuevas generaciones, es la propia naturaleza la que elige, y la nueva generación surgirá con características diferentes de la anterior."

Tenemos aquí otro esquema para entender el origen de la jirafa. Cuando la hierba no crece en ciertos lugares, los animales deben alimentarse de las hojas de los árboles, y todos los que tienen un cuello demasiado corto para alcanzarlas van a perecer. Es la propia naturaleza la que hace la selección y la naturaleza selecciona solamente a los que tienen cuellos largos. Al haberla comparado con la selección realizada por el ganadero, Darwin llamó a ese proceso "selección natural".

Este proceso produce necesariamente nuevas especies. Puesto que nacen demasiados individuos de una misma especie, más que los que las reservas de comida dejan subsistir, intentan permanentemente extenderse sobre una superficie más amplia. Para obtener su comida, los que viven en los bosques van hacia los prados, los que viven por los suelos van al agua, y los que viven en el suelo suben a los árboles. En esas nuevas condiciones, una aptitud o una variación resultan idóneas cuando antes no lo eran, y de ahí que se desarrollen. Los órganos cambian con el modo de vida. Se adaptan a las nuevas condiciones y, a partir de la antigua especie, se desarrolla una nueva. Este movimiento continuo de las especies existentes que se ramifican en nuevas ramas conduce a la existencia de miles de animales diferentes que van a diferenciarse cada vez más.

Así como la teoría darwiniana explica la filiación general de los animales, su transmutación y su formación partiendo de los seres primitivos, también explica la maravillosa adaptación que existe en toda la naturaleza. Hasta entonces, esta maravillosa adaptación no podía explicarse sino por la sabia intervención de Dios. Ahora, se entiende claramente esa filiación natural, al no ser esa adaptación sino la adaptación a los medios de existencia. Cada animal y cada planta se van adaptando exactamente a las circunstancias existentes, ya que todos los que son menos conformes a ellas se adaptan menos y la lucha por la existencia los extermina. Las ranas verdes, que proceden de las ranas marrones, deben preservar su color protector, ya que todas las que se desvían de éste son descubiertas más rápidamente por sus enemigos y destruidas, o tienen mayores dificultades para alimentarse y perecen.

Así es como Darwin nos demostró, por primera vez, que las nuevas especies se han formado siempre a partir de antiguas. La teoría transformista, que no era hasta aquel entonces sino una simple presunción inducida a partir de numerosos fenómenos que no se podían explicar de otra manera, alcanzó así la certidumbre de un funcionamiento necesario de unas fuerzas específicas que podían demostrarse. Es una de las razones principales que permitió que se impusiera tan rápidamente esa teoría en los debates científicos y llamara la atención del público.

II. - El marxismo

Cuando se examina el marxismo, vemos inmediatamente una gran semejanza con el darwinismo. Como con Darwin, la importancia científica del trabajo de Marx consiste en que descubrió la fuerza motriz, la causa del desarrollo social. No tuvo que demostrar que tal desarrollo existía, cada cual ya sabía que, desde los tiempos más primitivos, unas formas nuevas siempre habían superado las antiguas; pero las causas y los fines de ese desarrollo seguían siendo desconocidos.

En su teoría, Marx partió de los conocimientos de que disponía en su tiempo. La gran revolución política que confirió a Europa el aspecto que ahora tiene, la Revolución francesa, era algo sabido de todos por haber sido una lucha por la supremacía, llevada a cabo por la burguesía contra la nobleza y la monarquía. Tras esa lucha aparecieron nuevas luchas de clases. La lucha realizada en Inglaterra por los capitalistas industriales contra los terratenientes dominaba la política; al mismo tiempo, la clase obrera se rebelaba contra la burguesía. ¿Cuáles eran esas clases? ¿En qué diferían unas de otras? Marx puso de manifiesto que estas distinciones de clase se debían a las funciones distintas que cada una desempeñaba en el proceso productivo. Es en el proceso de producción donde tienen su origen las clases, y es este proceso lo que determina a qué clase se pertenece. La producción no es sino el proceso de trabajo social por el que los hombres obtienen sus medios de subsistencia partiendo de la naturaleza. Es esa producción de bienes materiales necesaria para la vida lo que constituye el fundamento de la sociedad y que determina las relaciones políticas, las luchas sociales y las formas de la vida intelectual.

Los métodos de producción no han cesado de cambiar durante la historia. ¿De dónde vienen estos cambios? La forma de trabajar y las relaciones de producción dependen de las herramientas con las que trabaja la gente, del desarrollo de la técnica y de los medios de producción en general. En la Edad Media se trabajaba con herramientas rudimentarias, mientras que hoy se trabaja con máquinas gigantescas. En la Edad Media existía el pequeño comercio y el feudalismo, mientras que ahora tenemos el capitalismo. Por esa razón también, la nobleza feudal y la pequeña burguesía eran las clases más importantes en la Edad Media, mientras que hoy las clases principales son la burguesía y el proletariado.

La causa principal, la fuerza motriz de todo el desarrollo social, es el desarrollo de las herramientas, de ese material técnico que los hombres ponen en práctica. Ni que decir tiene que los hombres siempre intentan mejorar las herramientas para que su trabajo sea más fácil y más productivo, y la práctica que adquieren utilizándolas les conduce a su vez a desarrollar y mejorar su pensamiento. Este desarrollo acarrea un progreso de la técnica, lento o rápido, que a su vez transforma las formas sociales del trabajo. Esto conduce a nuevas relaciones de clase, a nuevas instituciones sociales y a nuevas clases. Al mismo tiempo surgen luchas sociales, o sea políticas. Las clases que dominaban en el antiguo modo de producción intentan preservar artificialmente sus instituciones, mientras que las clases ascendentes pretenden promover el nuevo modo de producción; y al encabezar luchas de clase contra la clase dirigente y al conquistar el poder, preparan, ya sin trabas, el terreno para un nuevo desarrollo de la técnica.

Así pues, la teoría de Marx reveló la fuerza motriz y el mecanismo del desarrollo social. Así puso de manifiesto que la historia no es algo errático, y que los distintos sistemas sociales no son el resultado de la casualidad o de acontecimientos aleatorios, sino que existe un desarrollo regular en una dirección definida. También probó así que el desarrollo social no cesa con nuestro sistema, porque la técnica sigue desarrollándose continuamente.

Así pues, las dos enseñanzas, la de Darwin y la de Marx, en el ámbito del mundo orgánico y en el de la sociedad humana, elevaron la teoría de la evolución a nivel de ciencia positiva.

Y así hicieron de la teoría de la evolución algo aceptable para las masas como concepción básica del desarrollo social y biológico.

III. - El marxismo y la lucha de clases

Aunque sea cierto que, para que una teoría tenga una influencia duradera sobre el espíritu humano, deba tener un valor altamente científico, eso no es sin embargo suficiente. Ha sucedido muy a menudo que una teoría científica de primera importancia para la ciencia no suscite ningún interés, si no es para algunas personas instruidas. Así fue, por ejemplo, con la teoría de la atracción universal de Newton. Esta teoría es la base de la astronomía, y gracias a ella conocemos los astros y podemos estudiar el movimiento de los planetas y prever los eclipses. Sin embargo, cuando aparece la teoría de Newton sobre la atracción universal, sólo la aceptaron algunos científicos ingleses. Las grandes masas no le prestaron ninguna atención, y no la conocerían más que gracias a un libro popular de Voltaire, escrito medio siglo más tarde.

Nada extraño en todo eso. La ciencia se ha convertido en una especialidad para un determinado grupo de hombres instruidos, y sus progresos sólo les concierne a ellos, así como la fundición es la especialidad del herrero, y cualquier mejora en la fundición del hierro sólo le concierne a él. Solo un conocimiento del que todo el mundo pueda servirse y que resulte ser una necesidad vital para todos puede granjearse la adhesión de las grandes masas. Cuando vemos que una teoría científica suscita entusiasmo y pasión entre las grandes masas, esto puede deberse a que esta teoría les sirve de arma en la lucha de clases. Porque es la lucha de clases lo que moviliza a la gran mayoría de la sociedad.

Esto se puede constatar más claramente con el marxismo. Si las enseñanzas económicas de Marx no tuviesen importancia para la lucha de clases moderna, solo serían unos cuantos economistas quienes le dedicarían tiempo. Pero debido a que el marxismo sirve de arma a los proletarios en su lucha contra el capitalismo, las luchas científicas se concentran en esta teoría. El favor que ésta hizo a millones de personas hace que respeten el nombre de Marx a pesar de que conozcan poco su obra, y también que millares de otros lo desprecien sin entenderla. Gracias al gran papel que la teoría marxista desempeña en la lucha de clases es estudiada asiduamente por las grandes masas y predomina en el espíritu humano.

La lucha de clase proletaria existía antes de Marx, ya que es fruto de la explotación capitalista. Es totalmente natural que los obreros, al ser explotados, piensen en otro sistema de sociedad en el que la explotación será abolida y lo reivindiquen. Pero lo único que podían hacer era esperarlo y soñarlo. No estaban seguros que eso se pudiera alcanzar algún día. Marx dio al movimiento obrero y al socialismo unas bases teóricas. Su teoría social puso de manifiesto que los sistemas sociales se desarrollan en un movimiento continuo en el que el capitalismo sólo es una forma temporal. Su estudio del capitalismo puso de manifiesto que, debido al perfeccionamiento constante de la técnica, el capitalismo ha de dejar paso necesariamente al socialismo. Sólo los proletarios podrán establecer el nuevo sistema de producción, mediante su lucha contra unos capitalistas cuyo interés es mantener el antiguo sistema de producción. El socialismo es así el fruto y el objetivo de la lucha de clase proletaria.

Gracias a Marx, la lucha de clase proletaria tomó una forma totalmente diferente. El marxismo se convirtió en arma entre las manos de los proletarios; en lugar de vagas esperanzas, les dio un objetivo positivo y, al poner de relieve claramente el desarrollo social, dio fuerza al proletariado y creó las bases para la aplicación de una táctica correcta. A partir del marxismo los obreros pueden probar el carácter transitorio del capitalismo así como la necesidad y la certeza de su victoria. Al mismo tiempo, el marxismo barrió las antiguas visiones utópicas según las cuales el socialismo se instauraría gracias a la inteligencia y a la buena voluntad de los hombres sabios, que consideraban el socialismo como una reivindicación de justicia y moral, como si el objetivo fuera instaurar una sociedad infalible y perfecta. La justicia y la moral cambian con el sistema de producción, y cada clase tiene, en realidad, una idea diferente de ellas. El socialismo no puede ser alcanzado sino por la clase que tiene interés en el socialismo. No se trata del establecimiento de un sistema social perfecto, sino de una transformación en los modos de producción, que los lleve a una etapa superior, o sea a la etapa de la producción social.

Puesto que la teoría marxista del desarrollo social es indispensable a los proletarios en sus luchas, los proletarios procuran integrarlo en su ser; domina su pensamiento, sus sentimientos, toda su concepción del mundo. Al ser la teoría del desarrollo social en el que nos encontramos, el marxismo es el epicentro de los grandes combates intelectuales que acompañan nuestra revolución económica.

IV. - El darwinismo y la lucha de clases

El que el marxismo haya adquirido su importancia y su posición gracias al papel que ocupa en la lucha de clase proletaria es algo perfectamente conocido de todos. Para el observador superficial, en cambio, las cosas parecen ser diferentes con el darwinismo porque éste trata de una nueva verdad científica que ha de enfrentarse a la ignorancia y a los prejuicios religiosos. Sin embargo, no es difícil darse cuenta de que, realmente, el darwinismo ha tenido que sufrir las mismas vicisitudes que el marxismo. El darwinismo no es una simple teoría abstracta que habría sido adoptada por el mundo científico tras haberla discutido y puesto a prueba de forma puramente objetiva. ¡No!, inmediatamente después de su aparición, el darwinismo tuvo sus abogados entusiastas y sus adversarios apasionados; también el nombre de Darwin fue enaltecido por las personas que habían entendido algo de su teoría, y desprestigiado por quienes lo ignoraban todo de su teoría sino es aquello de que "el hombre desciende del mono" y que eran indiscutiblemente incompetentes para juzgar desde un punto de vista científico la exactitud o la falsedad de la teoría de Darwin. El darwinismo también desempeñó un papel en la lucha de clases, y por ello se extendió también rápidamente y tuvo partidarios entusiastas como adversarios encarnizados.

El darwinismo sirvió de instrumento a la burguesía en su combate contra la clase feudal, contra la nobleza, los derechos del clero y de los señores feudales. Era una lucha totalmente diferente de la lucha que llevan hoy los proletarios. La burguesía no era una clase explotada que luchaba para suprimir la explotación, ¡ni mucho menos! Lo que la burguesía quería, era deshacerse de los viejos poderes dominantes que le cortaban el paso. La burguesía quería controlar y basaba sus exigencias en el hecho de que era la clase más importante que dirigía la industria. ¿Qué argumentos podían oponerle la antigua clase, la clase que ya no era sino un parásito inútil? Sus argumentos eran la tradición, sus antiguos derechos "divinos". Ésos eran sus pilares. Gracias a la religión, los sacerdotes mantenían sometida a la gran masa, preparándola para oponerse a las exigencias de la burguesía.

Para defender sus propios intereses, la burguesía se vio obligada a socavar el derecho "divino" de los gobernantes. Las ciencias naturales se convirtieron en armas para oponerse a la creencia y a la tradición; se potenciaron las ciencias y las leyes de la naturaleza, recientemente descubiertas; fueron esas armas con las que la burguesía entabló su combate. Si los recientes descubrimientos podían poner de manifiesto que era falso lo que los sacerdotes enseñaban, la autoridad "divina" de estos sacerdotes se agotaría y se desmoronarían los "derechos divinos" que disfrutaba la clase feudal. Obviamente, la clase feudal no fue vencida únicamente así; el poder material sólo puede derribarse con el poder material; pero las armas intelectuales se convierten en armas materiales. Por ello la burguesía ascendente dio tanta importancia a la ciencia de la naturaleza.

El darwinismo llegó en el momento idóneo. La teoría de Darwin, según la cual el hombre es descendiente de un animal inferior, destrozaba todo el fundamento del dogma cristiano. Por eso la burguesía se apoderó el darwinismo con tanto empeño en cuanto hizo su aparición.

No ocurrió así en Inglaterra. Vemos una vez más hasta qué punto era importante la lucha de clases para la propagación de la teoría de Darwin. En Inglaterra, la burguesía ya dominaba desde hacía varios siglos y, en general, no tenía entonces ningún interés en atacar o destruir la religión. Por eso la teoría de Darwin no apasionó a nadie en Inglaterra, a pesar de ser muy conocida; se consideró simplemente como una teoría científica sin gran importancia práctica. El propio Darwin la consideraba así y, por temor a que su teoría desafiara los prejuicios religiosos reinantes, evitó voluntariamente que se aplicara inmediatamente a los hombres. Sólo tras muchas demoras y después de que otros lo hicieran antes que él, Darwin decidió comprometerse. En una carta a Haeckel, deploraba que su teoría chocara con tantos prejuicios y encontrara tanta indiferencia, hasta tal punto de que creía que no viviría lo suficiente para verla superar esos obstáculos.

Pero las cosas fueron completamente diferentes en Alemania; y Haeckel respondió con razón a Darwin que en Alemania, la teoría darwiniana había levantado un enorme entusiasmo. En realidad, cuando la teoría de Darwin se publicó, la burguesía se estaba preparando para entablar un nuevo ataque contra el absolutismo y los junkers. Los intelectuales dirigían la burguesía liberal. Ernest Haeckel, un gran científico y, además, de lo más audaz, extrajo inmediatamente las conclusiones más avanzadas contra la religión, en su libro Natürliche Schöpfungsgeschichte. Así pues, mientras que el darwinismo gozaba de una recepción entusiasta por parte de la burguesía progresista, también era violentamente combatida por los reaccionarios.

La misma lucha también tuvo lugar en otros países europeos. Por todas partes, la burguesía liberal progresista debía luchar contra las fuerzas reaccionarias. Los reaccionarios ocupaban ya o querían volver a ocupar el tan reñido poder gracias a sus apoyos religiosos. En tales circunstancias, incluso los debates científicos estaban animados por el ardor y la pasión propios de una lucha de clases. Los textos que se publicaron, a favor o en contra de Darwin, tenían pues un carácter de polémica social, a pesar de que los firmaban autores científicos. Muchos escritos populares de Haeckel, si se les considera desde un punto de vista científico, son muy superficiales, mientras que los argumentos y protestas de sus adversarios eran de una estupidez increíble cuyo equivalente sólo puede observarse en los argumentos utilizados contra Marx.

El objetivo de la lucha de la burguesía liberal contra el feudalismo no era llevarla a su término. En parte eso se debía a que por todas partes aparecían proletarios socialistas, que amenazaban a todos los poderes dominantes, incluso el de la burguesía. La burguesía liberal se fue calmando y las tendencias reaccionarias acabaron imponiéndose. El antiguo ardor por combatir la religión desapareció completamente y, a pesar de que liberales y reaccionarios seguían combatiéndose unos a otros, en realidad se iban aproximando. El interés por la ciencia como arma de la lucha de clases que se había manifestado desapareció enteramente, mientras se reforzaba la tendencia reaccionaria según la cual las masas deben educarse en la religión.

La evaluación de la ciencia también sufrió un cambio. Anteriormente, la burguesía instruida había basado en la ciencia una visión materialista del universo, en la que encontraba la solución del enigma de éste. Ahora volvía a dominar el misticismo; todo lo que se había solucionado se consideró insignificante, mientras que todo lo que no lo había sido tomaba una importancia enorme, abarcando las cuestiones más importantes de la vida. Un estado de ánimo hecho de escepticismo, espíritu crítico y de duda sustituyó al antiguo espíritu exultante a favor de la ciencia.

Esto se percibió también en la posición tomada con respecto a Darwin. "¿Qué demuestra su teoría? ¡Deja el enigma del universo sin solución! ¿De dónde viene esta naturaleza maravillosa de la transmisión, de dónde viene esta capacidad de los seres animados a modificarse de manera tan conveniente?" Ahí está el enigma misterioso de la vida que no puede solucionarse con principios mecánicos. ¿Qué queda pues del darwinismo después de esa crítica?

Naturalmente, los avances de la ciencia permitieron rápidos progresos. La solución a un problema siempre hace surgir nuevos problemas que resolver, unos problemas que estaban ocultos en la teoría de la transmisión. Esta teoría, que Darwin tuvo que aceptar como base de investigación, seguía siendo profundizada, y surgió un debate difícil con respecto a los factores individuales del desarrollo y de la lucha por la existencia. Mientras unos científicos dedicaban su atención a la variación a la que consideraban debida al ejercicio y a la adaptación a la vida (según el principio establecido por Lamarck), otros como Weissman rechazaban expresamente esa idea. Mientras que Darwin sólo admitía cambios progresivos y lentos, De Vries descubría casos de variaciones súbitas y saltos que tenían como resultado la aparición repentina de nuevas especies. Todo esto, mientras se reforzaba y desarrollaba la teoría de la filiación, daba en algunos casos la impresión de que los nuevos descubrimientos demolían la teoría de Darwin, y los reaccionarios saludaban por lo tanto cada uno de ellos como prueba de la quiebra del darwinismo. Al mismo tiempo, la concepción social tenía efecto retroactivo sobre la ciencia. Los científicos reaccionarios declaraban que un elemento espiritual era necesario. Lo sobrenatural y lo misterioso, que el darwinismo había barrido, iban a reintroducirse por la puerta trasera. Fue la expresión de una tendencia reaccionaria creciente en el seno de esta clase que, en un primer tiempo, se había hecho la abanderada del darwinismo.

V. - El darwinismo contra el socialismo

El darwinismo fue de una utilidad inestimable para la burguesía en su lucha contra las potencias del pasado. Era de lo más natural que la burguesía lo utilizara contra su nuevo enemigo, el proletariado; no porque el darwinismo se opusiera a los proletarios, sino por la razón opuesta. En cuanto el darwinismo hizo su aparición, la vanguardia proletaria, los socialistas, saludó la teoría darwiniana, porque en ella veía una confirmación y una realización de su propia teoría; no, como lo creían algunos adversarios superficiales, porque quería fundar el socialismo sobre el darwinismo, sino en el sentido de que el descubrimiento darwiniano (que pone de manifiesto que, incluso en el mundo orgánico aparentemente estacionario, existe un desarrollo continuo) es una confirmación y una confirmación patente de la teoría marxista del desarrollo social.

Era sin embargo normal que la burguesía utilizara el darwinismo contra los proletarios. La burguesía había de enfrentar a dos ejércitos, y las clases reaccionarias lo sabían bien muy. Cuando la burguesía combatía la autoridad de las clases reaccionarias, éstas señalaban con el dedo a los proletarios y prevenían a la burguesía contra todo debilitamiento de la autoridad. Al actuar así, los reaccionarios pretendían asustar a la burguesía para que renunciara a su actividad revolucionaria. Naturalmente, los representantes burgueses respondían que no había nada que temer; que su ciencia no refutaba sino la autoridad sin fundamento de la nobleza y en cambio mantenía el orden contra sus enemigos.

En un congreso de naturalistas, el político y científico reaccionario Virchow acusó a la teoría darwiniana de apoyar el socialismo. "Cuidado con esta teoría, dijo a los darwinianos, ya que está muy estrechamente vinculada a lo que causó tanto pavor en el país vecino." Esta alusión a la Comuna de París, hecha durante ese año célebre por la caza que en su transcurso se hizo a los socialistas, provocó su efecto. ¡Qué decir, sin embargo, de la ciencia de un profesor, que ataca el darwinismo con el argumento de no es correcto porque es peligroso! Este reproche, de ser un aliado de los revolucionarios rojos, se opuso frecuentemente a Haeckel, partidario de esta teoría. No lo pudo soportar. Intentó inmediatamente demostrar que era precisamente la teoría darwiniana la que mostraba el carácter indefendible de las pretensiones socialistas, y que darwinismo y socialismo "se apoyan mutuamente como el fuego y el agua".

Sigamos las controversias de Haeckel, cuyas ideas principales se repiten en la mayoría de los autores que basan sus argumentos contra el socialismo en el darwinismo.

El socialismo es una teoría que presupone la igualdad natural entre las personas y que se esfuerza en promover la igualdad social; igualdad de derechos, de deberes, igualdad de propiedad y de su disfrute. El darwinismo, al contrario, es la prueba científica de la desigualdad. La teoría de la filiación demuestra que el desarrollo animal va en el sentido de una diferenciación o de una división cada vez mayor del trabajo; cuanto más superior es el animal y se acerca a la perfección, más importante es la desigualdad. Esto también vale para la sociedad. Aquí también, vemos la gran división del trabajo entre oficios, entre clases, etc., y cuanto más está desarrollada la sociedad, más aumentan las desigualdades en la fuerza, la habilidad, el talento. Es necesario, pues, recomendar la teoría de la filiación como "el mejor antídoto a la pretensión socialista de igualitarismo total".

Eso también se aplica, en mayor medida todavía, a la teoría darwiniana de la supervivencia. El socialismo quiere suprimir la competencia y la lucha por la existencia. Pero el darwinismo nos enseña que esta lucha es inevitable y que es una ley natural para el conjunto del mundo orgánico. No sólo es natural esta lucha, sino que también es útil y saludable. Esta lucha favorece una perfección creciente, y esta perfección consiste en la eliminación cada vez mayor de lo inadaptado. Sólo la minoría seleccionada, aquellos que están capacitados para resistir a la competencia, puede sobrevivir; la gran mayoría ha de desaparecer. Son muchos los llamados y pocos elegidos. Al mismo tiempo, la lucha por la existencia tiene como resultado la victoria de los mejores, mientras que los menos buenos y los inadaptados han de ser eliminados. Se puede deplorar, como también se deplora que todos deban morir, pero el hecho no puede ni negarse ni cambiarse.

Queremos observar aquí cómo un cambio insignificante de términos casi similares sirve a la defensa del capitalismo. Darwin hablaba, respecto a la supervivencia de los más aptos, de quienes están mejor adaptados a ciertas condiciones. Al ver que, en esta lucha, los que están mejor organizados triunfan sobre los demás, los vencedores fueron denominados "los vigilantes" y, más tarde, "los mejores". Esta expresión fue introducida por Herbert Spencer. Al ser los vencedores en su ámbito, vencedores de la lucha social, los grandes capitalistas se proclamaron los mejores.

Haeckel mantuvo esta concepción y la sigue confirmando. En 1892, dice:

"El darwinismo, o la teoría de la selección, es enteramente aristocrático; se basa en la supervivencia de los mejores. La división del trabajo aportada por el desarrollo es responsable de una variación cada vez mayor en el carácter, de una desigualdad siempre mayor entre los individuos, en su actividad, su educación y su condición. Cuanto más va avanzando la cultura humana, mayores son la diferencia y el foso entre las distintas clases existentes. El comunismo y las pretensiones de igualdad de condición y actividad, que los socialistas proponen, son sinónimos de retorno a las épocas primitivas de barbarie."

El filósofo inglés Herbert Spencer ya tenía, antes de Darwin, una teoría sobre el desarrollo social. Era la teoría burguesa del individualismo, basada en la lucha por la existencia. Luego relacionó estrechamente esta teoría con el darwinismo.

"En el mundo animal, decía, se destruye siempre a los viejos, a los débiles y al enfermo y sólo sobreviven los elementos fuertes y sanos. La lucha por la existencia sirve pues a la purificación de la raza, protegiéndola del decaimiento. Es el efecto benéfico de esta lucha ya que, si cesara y que cada uno estuviera seguro de satisfacer sus necesidades sin la menor lucha, la raza degeneraría necesariamente. La ayuda a los enfermos, a los débiles y a los inadaptados conlleva un decaimiento general de la raza. Si la simpatía, que encuentra su expresión en la caridad, va más allá de los límites razonables, falla su objetivo; en vez de disminuir el sufrimiento, lo aumenta para las nuevas generaciones. El efecto benéfico de la lucha por la existencia se observa mejor en los animales bravos. Todos son fuertes y están bien de salud porque tienen que resistir a miles de peligros que necesariamente han eliminado a todos los que no se adaptaban. En los hombres y los animales domésticos, la debilidad y la enfermedad se generalizan porque se preserva a los enfermos y a los débiles. El socialismo, cuyo objetivo es suprimir la lucha por la existencia en el mundo humano, aportará necesariamente un decaimiento mental y físico creciente."

Son los principales argumentos de los que se sirve el darwinismo para defender el sistema burgués. Por convincentes que parezcan ser a primera vista, no fue sin embargo difícil a los socialistas aniquilarlos. No son, esencialmente, sino los viejos argumentos utilizados contra el socialismo, vestidos de seda con la terminología darwiniana, y expresan una ignorancia total tanto del socialismo como del capitalismo.

Los que comparan la organización social al cuerpo del animal dejan de lado que los hombres no difieren unos de otros como difieren células u órganos, sino que son diferentes en sus capacidades. En la sociedad, la división del trabajo no puede alcanzar un punto en el que todas las capacidades tuviesen que desaparecer a favor de una sola. Además, cualquiera que entienda algo de socialismo sabe que la división eficaz del trabajo no cesa con el socialismo, sino, al revés, con el socialismo, por primera vez una verdadera división será posible. La diferencia entre obreros, entre sus capacidades y sus empleos no desaparecerá; lo que sí dejará de existir será la diferencia entre los obreros y los explotadores.

Si bien es totalmente cierto que, en la lucha por la existencia, sobreviven los animales fuertes, sanos y bien adaptados, eso no se produce con la competencia capitalista. Aquí, la victoria no depende de la perfección de los que están comprometidos en la lucha, sino de algo que se sitúa fuera de su cuerpo. Mientras que puede ser válida esta lucha para el pequeño burgués, cuyo éxito depende de sus capacidades y sus calificaciones personales, el éxito en el desarrollo posterior del capital ya no depende de las capacidades personales sino de la posesión del capital. El que dispone de un mayor capital va a vencer al que tiene menos, aunque éste esté más cualificado. No son las cualidades personales, sino la posesión de dinero lo que decide quién será el vencedor de la lucha. Cuando desaparecen los pequeños capitalistas, no desaparecen como hombres, sino como capitalistas; no se eliminan de la vida, sino de la burguesía. Siguen existiendo, pero no como capitalistas. La competencia que existe en el sistema capitalista es, pues, en sus exigencias y sus resultados, diferente de la lucha animal por la existencia.

Quienes dejan de existir como personas son miembros de una clase totalmente diferente, una clase que no participa en el combate de la competencia. Los obreros no compiten con los capitalistas, solo les venden su fuerza de trabajo. Porque no tienen ninguna propiedad, ni siquiera tienen la ocasión de comparar sus grandes cualidades, como tampoco de competir con los capitalistas. Su pobreza, su miseria no se deben a haber fracasado en una lucha competitiva a causa de su debilidad; sino que, al estar tan mal pagados a cambio de su fuerza de trabajo, sus hijos mueren masivamente aunque hubieran nacido fuertes y con buena salud; mientras que los hijos nacidos de padres ricos, incluso si nacieron enfermos, sobreviven gracias a la alimentación y a los numerosos cuidados que se les prestan. Los hijos de los pobres no se mueren porque estén enfermos o débiles, sino por razones exteriores. Es el capitalismo, con la explotación, la reducción de los sueldos, las crisis del desempleo, los malos alojamientos y las largas horas de trabajo, lo que provoca esas condiciones desfavorables. Es el sistema capitalista el que hace sucumbir a tantos seres fuertes y sanos.

Así los socialistas ponen de manifiesto que, a diferencia del mundo animal, la lucha competitiva que existe entre los hombres no favorece a los que son mejores y más cualificados, sino que destruye por la miseria a muchos individuos fuertes y sanos, mientras que los ricos, incluso débiles y enfermos, sobreviven. Los socialistas ponen de manifiesto que la fuerza personal no es el factor determinante, sino que es algo exterior al hombre; es la posesión de dinero lo que determina quién sobrevivirá y quién morirá.

VI. - Ley natural y teoría social

Las conclusiones falsas sacadas por Haeckel y Spencer sobre el socialismo no son, ni mucho menos, sorprendentes. El darwinismo y el marxismo son dos teorías diferentes, una se aplica al reino animal y la otra a la sociedad. Se completan en el sentido de que el mundo animal se desarrolla según las leyes de la teoría darwinista hasta la etapa del hombre y a partir del momento en que éste se extrae del mundo animal, es el marxismo el que expone la ley del desarrollo. Cuando se quiere hacer pasar una teoría de un dominio a otro, para los cuales se aplican leyes diferentes, lo único que se sacan son deducciones erróneas.

Así ocurre cuando queremos descubrir, a partir de las leyes de la naturaleza, qué forma social es natural y más acorde con la naturaleza, y eso es exactamente lo que han hecho los darwinistas burgueses. Han deducido de leyes que gobiernan el mundo animal, que es donde se aplica la teoría darwiniana, que el orden social capitalista, que estaría en conformidad con dicha teoría, es el orden natural y que debe durar para siempre. Por otro lado, también había socialistas que querían probar del mismo modo que el sistema socialista es el sistema natural. Esos socialistas decían:

"Bajo el capitalismo, los hombres no llevan a cabo la lucha por la existencia con armas idénticas, sino con armas artificialmente desiguales. La superioridad natural de quienes son más sanos, más fuertes, más inteligentes o mejores moralmente no podrá predominar en manera alguna mientras el nacimiento, la clase social y sobre todo la posesión de dinero determinen esa lucha. El socialismo, al suprimir esas desigualdades artificiales, hace que las condiciones sean igual de favorables para todos y sólo entonces la verdadera lucha por la existencia prevalecerá, y en ella lo mejor de cada persona será el factor decisivo. Según los principios darwinianos, el modo de producción socialista será el verdaderamente natural y lógico".

Como crítica a las ideas de los darwinistas burgueses, esos argumentos podrán ser no muy malos, pero son tan erróneos como éstos. Ambas demostraciones opuestas son tan erróneas una como la otra, pues ambas se basan en la misma premisa, superada ya hace mucho, y es que existiría un único sistema social natural y lógico.

El marxismo nos ha enseñado que ni existe ni existirá nunca un sistema social natural o, diciéndolo de otra manera, todo sistema social es natural, pues cada sistema social es necesario y natural en unas condiciones determinadas. No existe ningún sistema social que pueda reivindicar el ser natural; los sistemas sociales se suceden unos a otros en función del desarrollo de las fuerzas productivas. Cada sistema es pues el sistema natural para su época en particular, como el siguiente lo será para la época posterior. El capitalismo no es el único orden natural, como lo cree la burguesía y ningún sistema socialista mundial es el único orden natural como algunos socialistas intentan demostrar. El capitalismo era natural en las condiciones del siglo XIX, como lo fue el feudalismo en la Edad Media, y como será el socialismo en la fase de desarrollo futuro de las fuerzas productivas. Intentar promover un sistema determinado como único sistema natural es tan insustancial como decir que tal animal es el más perfecto de los todos los animales. El darwinismo nos enseña que cada animal también se adapta a su entorno particular. De igual modo, el marxismo nos enseña que cada sistema social se adapta a sus condiciones y que, en ese sentido, puede calificarse de bueno y perfecto.

Ahí está la razón por la que los intentos de los darwinistas burgueses por defender el sistema capitalista decadente van a fracasar. Los argumentos basados en la ciencia de la naturaleza cuando se aplican a cuestiones sociales, desembocan casi siempre en conclusiones erróneas. En efecto, mientras que la naturaleza no ha cambiado en sus grandes líneas durante la historia de la humanidad, la sociedad humana, en cambio, ha sufrido cambios rápidos y continuos. Para comprender la fuerza motriz y la causa del desarrollo social, debemos estudiar la sociedad como tal. El marxismo y el darwinismo deben cada uno mantenerse en su propio ámbito; son independientes el uno del otro y no existe ningún vínculo directo entre ellos.

Aquí surge una cuestión de la primera importancia. ¿Podemos quedarnos en la conclusión de que el marxismo sólo se aplicaría a la sociedad y el darwinismo sólo al mundo orgánico y que ni aquella ni esta teoría podrían aplicarse al otro ámbito? Desde un punto de vista práctico es muy cómodo tener un principio para el mundo humano y otro para el mundo animal. Sin embargo, si adoptamos ese enfoque, nos olvidamos de que el hombre también es un animal. El hombre se ha desarrollado a partir del animal y las leyes que rigen el mundo animal no pueden, de repente, perder su aplicación al hombre. Es cierto que el hombre es un animal muy particular, pero si es así es necesario encontrar a partir de esas mismas particularidades, por qué los principios aplicados a todos los animales no se aplican a los hombres, o por qué adoptan una forma diferente.

Tocamos aquí otro problema. A los darwinistas burgueses no se les plantea ese problema; declaran simplemente que el hombre es animal y se lanzan sin más reservas a aplicar los principios darwinianos a los hombres. Ya hemos visto a qué conclusiones erróneas llegan. Para nosotros la cuestión no es tan simple; debemos primero tener una visión clara de las diferencias que existen entre hombres y animales y luego, a partir de esas diferencias, debe deducirse la razón por la que, en el mundo humano, los principios darwinianos se transforman en principios totalmente diferentes, o sea, los del marxismo.

VII. - La sociabilidad del hombre

La primera particularidad que observamos en el hombre es que es un ser social. En esto no es diferente de todos los animales, pues entre estos hay muchas especies que viven de manera social. Pero el hombre difiere de todos los animales hasta ahora observados en la teoría darwiniana, en que esos animales viven separadamente, cada uno para sí y que luchan contra todos los demás para subvenir a sus necesidades. No es a los animales predadores que viven de manera separada, que son los modelos de los darwinianos burgueses, a los que debe compararse el hombre, sino a los que viven socialmente. La sociabilidad es una fuerza nueva a la que hasta ahora no hemos tenido en cuenta; una fuerza que requiere nuevas relaciones y nuevas cualidades en los animales.

Es un error considerar la lucha por la existencia como la fuerza única y omnipotente que haya dado forma al mundo orgánico. La lucha por la existencia es la fuerza principal que origina las nuevas especies, pero el propio Darwin sabía muy bien que hay otras fuerzas que cooperan y dan forma, hábitos y particularidades al mundo orgánico. En su libro tardío, El origen del hombre, Darwin trató con detalle la selección sexual, demostrando que la competencia de los machos por las hembras dio origen a los colores variopintos de las aves y las mariposas y también al melodioso trino de los pájaros. Y dedicó todo un capítulo a la vida social. También hay muchos ejemplos sobre este tema en el libro de Kropotkin, La ayuda mutua, factor de evolución. La mejor exposición sobre los efectos de la sociabilidad se encuentra en La ética y el concepto materialista de la historia de Kautsky.

Cuando cierta cantidad de animales vive en grupo, en rebaño o en bandada, llevan en común la lucha por la existencia contra el mundo exterior; en el interior, el grupo cesa la lucha por la existencia. Los animales que viven socialmente ya no entablan combates entre sí en los que sucumben los más débiles; ocurre lo contrario, los débiles disfrutan de las mismas ventajas que los fuertes. Cuando unos animales poseen la ventaja de un olfato más fino, una fuerza mayor o más experiencia que les permite encontrar los mejores pastos o evitar al enemigo, esas ventajas no sólo les favorecen a ellos sino al grupo, incluidos los individuos menos dotados. El que los individuos menos dotados se unan a los más capacitados les permite superar, hasta cierto punto, las consecuencias de sus capacidades menos favorables.

Poner en común las diferentes fuerzas sirve al conjunto de los miembros, proporciona al grupo un poder nuevo y mucho más importante que el de un solo individuo, incluso el más fuerte. Gracias a esa fuerza unida los animales herbívoros sin defensa pueden protegerse contra los animales predadores. Sólo mediante esa unidad algunos animales son capaces de proteger a sus crías. La vida social es enormemente provechosa para todos los miembros del grupo.

Otra segunda ventaja de la sociabilidad viene de que cuando los animales viven socialmente hay una posibilidad de división del trabajo. Esos animales mandan avanzadillas o ponen centinelas cuya tarea es proteger la seguridad de todos, mientras que otros siguen pastando o cosechando tranquilamente pues cuentan con sus vigías para ser advertidos si hay peligro.

Una sociedad animal así se convierte, en ciertos aspectos, en una unidad, un solo organismo. Evidentemente, sus relaciones son mucho más laxas que las existentes entre las células de un solo cuerpo animal; en efecto, los miembros siguen siendo iguales entre sí —sólo entre las hormigas, las abejas y otros pocos insectos se desarrolla una diferenciación orgánica— y son capaces, en condiciones más desfavorables evidentemente, de vivir aislados. Sin embargo, el grupo se transforma en un cuerpo coherente, y debe existir cierta fuerza que vincula a los diferentes miembros entre sí.

Esa fuerza no es otra que las razones sociales, el instinto social que mantiene a los animales reunidos, que les permiten que el grupo se perpetúe. Cada animal debe poner el interés del grupo por encima de los suyos propios; debe actuar siempre instintivamente en beneficio del grupo sin consideración por sí mismo. Si cada herbívoro débil sólo pensara en sí mismo huyendo cuando lo ataca una fiera, el rebaño reunido se vuelve a desperdigar. Solo cuando el impulso fuerte del instinto de conservación es frenado por el impulso más fuerte de la unión, cuando cada animal arriesga su vida por proteger la de todos, sólo entonces el rebaño resiste y se aprovecha de las ventajas de mantenerse agrupado. El sacrificio de sí, el valor, la entrega y la fidelidad deben surgir de esta manera, pues allí donde esas cualidades no existen, se disuelve la cohesión. La sociedad no puede existir donde no existen esas cualidades.

Esos instintos, por mucho que tengan su origen en los hábitos y la necesidad, se refuerzan con la lucha por la existencia. Cada rebaño animal está en competencia permanente con los mismos animales de un rebaño diferente; los rebaños mejor adaptados para resistir al enemigo sobrevivirán y los menos dotados desaparecerán. Los grupos en los que el instinto social se desarrolla mejor podrán mantenerse mejor, mientras que el grupo en el que el instinto social se ha desarrollado poco acabará siendo una presa fácil para sus enemigos o no será capaz de encontrar los pastos necesarios para su supervivencia. Esos instintos sociales se convierten así en los factores más importantes y decisivos que determinan quién sobrevivirá en la lucha por la vida. Por eso se ha puesto a los instintos sociales en el lugar más elevado de los factores predominantes en la lucha por la supervivencia.

Esto aclara de una manera muy diferente el modo de ver de los darwinistas burgueses. Estos proclaman que sólo la eliminación de los débiles es natural y que es necesaria para impedir la degeneración de la raza. Y dicen por otro lado, que proteger a los débiles es antinatural y contribuye en la decadencia la raza. ¿Y qué es lo que en realidad vemos? En la propia naturaleza, en el mundo animal, constatamos que se protege a los débiles, que estos no se mantienen gracias a su propia fuerza personal, y que no se les separa a causa de esa debilidad individual. Esto no debilita al grupo, sino que le da una fuerza nueva. El grupo en el que la ayuda mutua se desarrolla mejor es el más apto para protegerse en los conflictos. Lo que, según el concepto obtuso de esos darwinistas, sería un factor de debilidad, es en realidad lo contrario, un factor de fuerza contra el que los individuos fuertes que realizan la lucha individualmente no podrían competir. La raza, pretendidamente degenerante y corrompida, se lleva la victoria confirmándose en la práctica que es la más hábil y la mejor.

Aquí vemos primero hasta qué punto las afirmaciones de los darwinistas burgueses son obtusas, reveladoras de mentes estrechas y no científicas. Hace derivar sus leyes naturales y sus conceptos de lo que es natural en una parte del mundo animal a la que menos se parece el hombre, la de los animales solitarios, mientras que dejan de lado la observación de los animales que viven prácticamente en las mismas circunstancias que el hombre. La explicación puede encontrarse en sus propias condiciones de vida; pertenecen a una clase en la que cada uno está en competencia individual con los demás, de modo que no ven en los animales más que la forma de la lucha por la vida que se parece a la lucha de la competencia burguesa. Por eso desdeñan las formas de lucha que son de la mayor importancia para los humanos.

Cierto es que los darwinistas burgueses son conscientes de que todo, en el mundo animal como en el humano, no se reduce a puro egoísmo. Los científicos burgueses dicen a menudo que en todo humano conviven dos sentimientos: el egoísta o amor de uno mismo y el altruista o amor de los demás. Pero como no conocen el origen social de ese altruismo, no pueden comprender ni sus límites ni sus condiciones. El altruismo, para ellos, es una idea muy imprecisa que no saben manejar.

Todo lo que se aplica a los animales sociales puede aplicarse también al hombre. Nuestros antepasados se parecían a los simios y los hombres primitivos que les sucedieron eran animales débiles, sin defensa, que, como todos los monos vivían en tribus. En ellos debieron aparecer los mismos impulsos y los mismos instintos sociales que más tarde, en el hombre, se desarrollarían con la forma de sentimientos morales. Es algo evidente y conocido de todos que nuestras costumbres y nuestra moral no son otra cosa sino sentimientos sociales, sentimientos que encontramos en animales; Darwin también habló ya de "costumbres relacionadas con sus comportamientos sociales que en el hombre se llamará moral". La diferencia estriba únicamente en el grado de conciencia; en cuanto esos sentimientos sociales se vuelven conscientes para los hombres, toman el carácter de sentimientos morales. Vemos aquí que la idea moral - que los autores burgueses consideran como la diferencia principal entre hombres y animales- no es algo propio de los hombres, sino que es un producto directo de las condiciones existentes en el mundo animal.

El que los sentimientos morales no se extiendan más allá del grupo social al que el animal o el hombre pertenecen se debe a la naturaleza de sus orígenes. Esos sentimientos están al servicio de la finalidad práctica de preservar la cohesión del grupo; más allá, son inútiles. En el mundo animal, la extensión y la naturaleza del grupo social están determinadas por las circunstancias de la vida, y, por lo tanto, el grupo sigue siendo casi siempre el mismo. En los hombres, en cambio, los grupos, las unidades sociales, están siempre cambiando en función del desarrollo económico, y esto también cambia el ámbito de validez de los instintos sociales.

Los antiguos grupos, en su origen tribus salvajes, estaban más unidos que los grupos animales no solo porque estaban en competencia con otros, sino porque se hacían directamente la guerra. Los vínculos familiares y un lenguaje común reforzaron más tarde esa unidad. Cada individuo dependía enteramente del apoyo de la tribu. En esas condiciones, los instintos sociales, los sentimientos morales, la subordinación del individuo al conjunto se desarrollaron al máximo. Con el desarrollo posterior de la sociedad, las tribus se disolvieron en entidades económicas más amplias, formándose pueblos y uniéndose en poblaciones mayores.

Y nuevas sociedades sucedieron a las antiguas y los miembros de esas entidades prosiguieron la lucha por la existencia en común contra otros pueblos. El tamaño de esas entidades aumenta en una proporción equivalente a la del desarrollo económico, debilitándose la lucha de cada uno contra los demás, extendiéndose los sentimientos sociales. A finales de la antigüedad, por ejemplo, todos los pueblos conocidos en torno al Mediterráneo forman entonces una unidad, el Imperio romano. Aparece entonces también la doctrina que amplía los sentimientos morales a la humanidad entera y formula el dogma de que todos los hombres son hermanos.

Cuando observamos nuestra propia época, nos damos cuenta de que económicamente todos los pueblos forman cada vez más una unidad, por muy débil que ésta sea. Por consiguiente, reina un sentimiento —relativamente abstracto, eso sí— de una fraternidad que engloba al conjunto de pueblos civilizados. El sentimiento nacional, sobre todo en la burguesía, es aún más fuerte, pues las naciones son las entidades que sirven a la lucha constante de una burguesía con otra. Los sentimientos sociales son más fuertes hacia quienes pertenecen a la misma clase, pues las clases son las unidades sociales esenciales, que encarnan los intereses convergentes de sus miembros. Vemos así cómo cambian las entidades sociales y lo sentimientos sociales en la sociedad humana según el progreso del desarrollo económico (1).

VIII. - Herramientas, pensamiento y lenguaje

La sociabilidad, con sus consecuencias, los instintos morales, es una particularidad que distingue a los humanos de ciertos animales, pero no de todos. Existen sin embargo particularidades que no pertenecen más que al hombre, que lo separan del resto del mundo animal. En primer lugar, el lenguaje, y, en segundo, el raciocinio. El hombre es también el único animal que usa herramientas fabricadas por él.

Los animales poseen esas propiedades en germen, mientras que en los hombres se han desarrollado con nuevas características específicas. Muchos animales poseen una especie de voz, pueden, mediante sonidos, comunicar sus intenciones, pero sólo el hombre emite sonidos que forman palabras que le sirven para nombrar cosas. Los animales poseen también un cerebro con el que piensan, pero la inteligencia humana revela, como veremos más lejos, una orientación plenamente nueva a la que llamamos pensamiento racional o abstracto. Los animales también usan objetos inanimados para ciertos objetivos; por ejemplo, para la construcción de nidos. Los monos usan a veces palos o piedras, pero sólo el hombre usa herramientas que él mismo fabrica deliberadamente con fines particulares. Esas tendencias primitivas en los animales nos convencen de que las particularidades que posee el hombre no le vienen de no se sabe qué milagro de la creación, sino de un lento desarrollo. Comprender cómo se desarrollaron en el hombre las primeras huellas del lenguaje, del pensamiento y del uso de herramientas, para ir hacia nuevas capacidades es algo de primera importancia, pues implica la problemática de la humanización del animal.

Solo el ser humano, como animal social que es, ha sido capaz de evolucionar así. Los animales que viven solitarios no pueden alcanzar tal nivel de desarrollo. Fuera de la sociedad, el lenguaje es tan inútil como la vista en la oscuridad y acabaría extinguiéndose. El lenguaje sólo es posible en la sociedad y sólo en ella es necesario como medio de deliberación entre sus miembros. Todos los animales sociales poseen medios para expresar sus intenciones, sino no podrían actuar según un plan colectivo. Los sonidos que eran necesarios como medio de comprenderse en el trabajo colectivo para el hombre primitivo, sin duda se desarrollaron lentamente hasta dar nombre a las actividades y después a las cosas.

El uso de herramientas presupone una sociedad, porque sólo por medio de la sociedad se puede preservar lo adquirido. En un estado de vida solitaria, cada uno habría debido descubrir el uso de herramientas para él y, al morirse el inventor, el descubrimiento se habría ido con él y habría que volver a empezar. Sólo mediante la sociedad, la experiencia y el conocimiento de las generaciones pasadas pueden conservarse, perpetuarse y desarrollarse. En un grupo o una tribu se va muriendo la gente, pero el grupo, en cambio, es, por decirlo así, inmortal. Se mantiene. Conocer el uso de las herramientas no es algo innato, sino que se va adquiriendo. Por eso es indispensable una tradición intelectual, algo que sólo es posible en la sociedad.

Esas características específicas del hombre son inseparables de su vida, y además están fuertemente relacionadas unas con otras. No se desarrollan separadamente, sino que progresan en común. El pensamiento y el lenguaje sólo pueden existir y desarrollarse conjuntamente y eso es algo que cada cual puede comprobar cuando intenta representarse la naturaleza de su propio pensamiento. Cuando pensamos o reflexionamos nos hablamos, de hecho, a nosotros mismos y nos damos cuenta de que nos es imposible pensar claramente sin emplear palabras. Cuando no pensamos con palabras, nuestros pensamientos son imprecisos y no logramos captar los pensamientos específicos. Cada uno de nosotros puede comprenderlo por su experiencia propia. El razonamiento llamado abstracto es un pensamiento perceptivo y sólo puede realizarse mediante conceptos. Y sólo mediante palabras podemos designar y dominar esos conceptos. Cada intento por extender nuestro pensamiento, cada intento por hacer avanzar nuestro conocimiento debe empezar por la distinción y la clasificación mediante nombres o dando a los nombres anteriores un significado más preciso. El lenguaje es el cuerpo del pensamiento, el único material con el que se construye toda ciencia humana.

La diferencia entre el espíritu humano y el espíritu animal fue demostrada con pertinencia por Schopenhauer en una cita también recogida por Kautsky en La ética y el concepto materialista de la historia (páginas 139-40, traducción inglesa). Los actos del animal dependen de impulsos, de lo que ve, oye, huele u observa. Nosotros también podemos ver y decir casi siempre lo que impulsa a un animal a hacer esto o aquello, pues también nosotros somos capaces de ello si nos fijamos bien. Pero en el hombre eso es totalmente diferente. No podemos prever lo que el hombre hará, pues no conocemos los motivos que le impulsan a actuar; son los pensamientos en su mente. El ser humano reflexiona y, al hacerlo, se pone en juego todo su conocimiento, resultado de sus experiencias anteriores, y es entonces cuando decide actuar. Los actos de un animal dependen de una impresión inmediata, mientras que los del ser humano dependen de conceptos abstractos. El hombre "es movido en cierto modo por hilos invisibles y sutiles. Todos los movimientos dan la impresión de estar guiados por principios e intenciones que le dan un aspecto de independencia y se distinguen evidentemente de los de los animales".

Al tener exigencias corporales tanto hombres como animales están obligados a satisfacerlas en la naturaleza de su entorno. La percepción sensitiva es el impulso inmediato; la satisfacción de las necesidades es el objetivo de la acción idónea. En el animal, la acción viene inmediatamente después de la impresión. Percibe su presa o su alimento e inmediatamente salta, atrapa, come, o hace lo necesario para que así sea. Es la herencia de su instinto. El animal oye un ruido hostil e inmediatamente huye si tiene patas lo bastante desarrolladas para correr rápidamente o, si no, se echa al suelo y hace el muerto para no ser visto si el color del pelaje le sirve de protección. En el hombre, en cambio, entre sus percepciones y sus actos una larga cadena de pensamiento y reflexiones atraviesa su mente. Sus actos dependerán del resultado de esas reflexiones.

¿De dónde viene esa diferencia? No es difícil comprender que está estrechamente asociada al uso de herramientas. Del mismo modo que el pensamiento se inserta entre las percepciones del ser humano y sus actos, la herramienta se inserta entre el hombre y el objeto que intenta aprehender. Además, puesto que ya la herramienta se coloca entre el hombre y los objetos exteriores, por eso también el pensamiento debe surgir entre la percepción y la ejecución. El hombre no se lanza a manos vacías sobre su objetivo, ya sea éste un enemigo o una fruta que recoger, sino que lo hace de manera indirecta: con una herramienta, un arma (que también son herramientas) que usa para coger el fruto o contra un animal hostil; por eso, en su mente, la percepción sensitiva no viene inmediatamente seguida de la acción, sino que la mente debe dar un rodeo: debe primero pensar en las herramientas y luego proseguir su objetivo. El rodeo material crea el rodeo mental; el pensamiento suplementario es el resultado de la herramienta suplementaria.

Nos hemos planteado aquí un caso muy sencillo de herramientas primitivas y las primeras fases del desarrollo mental. Cuanto más se complica la técnica mayor es el rodeo material, de modo que la mente debe realizar mayores rodeos. Cuando cada uno fabricaba sus propias herramientas, el recuerdo del hambre y de la lucha debía orientar el espíritu humano hacia la herramienta y su fabricación para que estuviera lista para ser utilizada. Tenemos aquí una cadena de pensamientos cada vez más larga entre las percepciones y la satisfacción final de las necesidades humanas. Cuando llegamos a nuestra época, constatamos que esa cadena es muy larga y complicada. Cuando el obrero al que han despedido prevé el hambre que le espera, se compra un diario para ver si hay ofertas de empleo; acude en su busca, se presenta en el lugar y sólo mucho más tarde cobrará un sueldo con el que comprar comida y protegerse contra el hambre. Todo eso lo analiza su mente antes de ponerlo en práctica. ¡Qué camino tan largo y tortuoso debe seguir la mente antes de alcanzar el objetivo deseado! Y ese es el camino de la elaboración compleja de nuestra sociedad actual en cuyo seno el hombre no satisface sus necesidades sino es mediante una técnica altamente desarrollada.

Hacia eso quería Schopenhauer atraer nuestra atención, esa propagación en el cerebro del hilo de la reflexión, que anticipa la acción y debe comprenderse como el resultado necesario del empleo de herramientas. Pero no por eso hemos llegado ya a lo esencial. El hombre no es dueño de una sola herramienta, las posee en grandes cantidades que usa para fines diferentes, entre las cuales puede escoger. El hombre, gracias a esas herramientas, no es como el animal. El animal no va nunca más allá de las herramientas y de las armas que la naturaleza le proporciona, mientras que el hombre puede cambiar de herramientas artificiales. Ahí está la diferencia fundamental entre el hombre y el animal. El hombre es por así decirlo, un animal con órganos modificables y por eso debe poseer la capacidad de escoger entre sus herramientas. Por su mente circulan pensamientos diversos, su espíritu examina todas las herramientas y todas las consecuencias de su aplicación y sus actos dependen de esa reflexión. Combina igualmente un pensamiento con otro y concibe rápidamente la idea acorde con su objetivo. Esa deliberación, esa comparación libre entre una serie de secuencias de reflexiones escogidas individualmente, esa propiedad que diferencia fundamentalmente el pensamiento humano del pensamiento animal debe ser relacionada con el uso de herramientas escogidas por voluntad propia.

Los animales no poseen esa capacidad; les sería inútil, pues no sabrían qué hacer con ella. A causa de su forma corporal, sus acciones son muy limitadas. El león sólo puede saltar sobre su presa, pero no puede pensar atraparla corriendo detrás de ella. La liebre está constituida de manera a poder huir; no tiene otro medio de defensa por mucho que deseara poseerlo. Los animales no tienen nada en que poner su atención, si no es el momento en que hay que saltar o correr, el momento en que las impresiones alcanzan una fuerza suficiente para desencadenar la acción. Cada animal está formado de tal manera que se adapta a un modo de vida definido. Sus acciones son y se transmiten como hábitos, como instintos. Estos hábitos no son evidentemente inmutables. Los animales no son máquinas, cuando están sometidos a circunstancias diferentes, pueden adquirir hábitos diferentes. Fisiológicamente y en lo que se refiere a las aptitudes, el funcionamiento de su cerebro no es diferente del nuestro. Sólo lo es prácticamente en los resultados. Los límites del animal no se deben a la calidad de su cerebro, sino a la forma de su cuerpo. El acto del animal está limitado por su forma corporal y por su medio, lo que le deja poca amplitud para reflexionar. El raciocinio humano sería por lo tanto para el animal una facultad totalmente inútil y sin objeto, que no podría aplicar y que le haría más daño que beneficio.

Por otra parte, el hombre debe poseer esa capacidad porque ejerce su discernimiento en el uso de herramientas y armas, porque escoge en función de condiciones particulares. Si quiere matar a un ágil ciervo usa arco y flechas; si se encuentra con un oso usa el hacha, si quiere abrir una fruta dura usa un mazo. Cuando le amenaza un peligro, el hombre debe decidir si huye o si lucha con sus armas. Poseer un espíritu alerta es propio de la movilidad del mundo animal en general, pero la capacidad de reflexionar le es indispensable al hombre para el uso de herramientas artificiales.

La poderosa conexión entre pensamientos, lenguaje y herramientas, imposible cada una de estas facultades sin las demás, muestra que debieron desarrollarse al mismo tiempo. El cómo se produjo ese desarrollo sólo pueden ser suposiciones. Sin duda fue un cambio en las circunstancias de la vida que hizo que un animal simiesco fuera el antepasado del hombre. Tras haber emigrado de la selva, hábitat originario de los monos, hacia las sabanas, el hombre debió sin duda amoldarse a un cambio de vida total. La diferencia entre las manos para agarrar y los pies para correr debió desarrollarse entonces. Este ser traía de sus orígenes las dos condiciones fundamentales para un progreso hacia un nivel superior: la sociabilidad y la mano simiesca, bien adaptada para agarrar objetos. Los primeros objetos brutos, piedras o palos, usados episódicamente en el trabajo común, les llegaban involuntariamente a las manos que luego tiraban. Esto debió repetirse instintiva e inconscientemente tan a menudo que acabó dejando una huella en el espíritu de aquellos hombres primitivos.

Para el animal, la naturaleza que le rodea es un todo indiferenciado de cuyos detalles no es consciente. No puede distinguir entre objetos diversos pues le falta el nombre de sus distintas partes y de las cosas mismas que nos permiten diferenciarlos. Es cierto que el entorno no es inmutable. El animal reacciona apropiadamente ante los cambios que significan "alimento" o "peligro", con acciones específicas. Sin embargo, globalmente, la naturaleza permanece indiferenciada para el animal y para la conciencia de nuestros antepasados más primitivos debió ser más o menos igual. A partir de esa globalidad, el trabajo mismo, contenido principal de la existencia humana, va imponiendo progresivamente aquellos objetos utilizados en dicho trabajo. La herramienta, que es a veces un objeto inanimado del mundo exterior y que a veces actúa como un órgano de nuestro propio cuerpo, un objeto inspirado por nuestra propia voluntad, se encuentra a la vez fuera del mundo exterior y fuera de nuestro cuerpo, esas dimensiones evidentes para el hombre primitivo de las que él no se da cuenta. A las herramientas, ayudas tan importantes, se las designó de cierta manera, quizás por un sonido que designaba al mismo tiempo una actividad particular. Gracias a esa designación, la herramienta se separa del resto del entorno. El hombre empieza así a analizar el mundo mediante conceptos y nombres, aparece la conciencia de sí, se fabrican intencionadamente objetos artificiales y se usan con pleno conocimiento para el trabajo.

Ese proceso, muy lento, marca el comienzo de nuestra transformación en hombres. En cuanto los hombres buscaron y utilizaron deliberadamente objetos que sirvieran de herramientas, puede decirse que fueron "producidas"; desde esa etapa a la de la fabricación de herramientas no hay más que un paso. El hombre nació con el primer nombre y el primer pensamiento abstracto. Quedaba por recorrer un largo camino: las primeras herramientas brutas se diferencian ya por su uso; a partir de la piedra puntiaguda se obtiene el cuchillo, la cuña, la barrena y la lanza; a partir del palo se obtiene el mango. Y así el hombre primitivo es capaz de enfrentarse a las fieras, a la selva y aparece ya como el futuro rey del mundo. Con la mayor diferenciación de las herramientas, que habrán de servir más tarde a la división del trabajo, el lenguaje y el pensamiento adquieren formas más fecundas y nuevas y, recíprocamente, el pensamiento lleva al hombre a usar mejor sus herramientas, a mejorar las antiguas e inventar nuevas.

Vemos así cómo de una cosa se llega a otra. La práctica de las relaciones sociales y de trabajo son la fuente de la técnica, del pensamiento, de las herramientas y de la ciencia que se desarrollan continuamente. Mediante su trabajo, el hombre primitivo simiesco se elevó a la verdadera humanidad. El uso de las herramientas fue la gran ruptura que iría en constante aumento entre hombres y animales.

IX. - Órganos animales y herramientas humanas

Es ahí donde vemos la diferencia principal entre seres humanos y animales. En animal obtiene sus alimentos y vence a sus enemigos con sus propios órganos corporales; el hombre hace lo mismo gracias a herramientas artificiales. Órgano viene del griego organon que significa también herramienta o instrumento. Los órganos son los instrumentos naturales del animal, son su cuerpo. Las herramientas son los órganos artificiales de los hombres. Lo que el órgano es al animal, la mano y la herramienta lo son al hombre. Las manos y las herramientas cumplen las funciones que el órgano animal debe realizar solo. Por su estructura, la mano, especializada en coger y dirigir herramientas varias se convierte en órgano adaptado a todo tipo de labores; las herramientas son las cosas inanimadas que la mano agarra cada una en su momento y que la transforman en un órgano con una gran diversidad de funciones.

Con la división de esas funciones, se abre ante los hombres un amplio campo de desarrollo que los animales no conocen. Puesto que la mano humana puede usar herramientas diversas, puede combinar las funciones de todos los órganos posibles que los animales poseen. Con la división de esas funciones se abre ante los seres humanos un amplio campo de desarrollo que los animales no conocen. Como la mano humana puede utilizar herramientas diferentes, también puede combinar las funciones de todos los órganos posibles que los animales poseen. Cada animal está hecho y adaptado a un entorno y un modo de vida definidos. El hombre, con sus herramientas, se adapta a todas las circunstancias y está equipado para todos los entornos. El caballo está hecho para las praderas, el mono para la selva. En la selva, el caballo estaría tan desamparado como el simio que transportaran a una pradera. El hombre, por su parte, usa el hacha en la selva y la azada en la pradera. Con esas herramientas, el hombre puede abrirse un camino en todas las regiones del planeta e implantarse por todas partes. Mientras que casi todos los animales tienen que vivir en determinadas regiones, en aquellas donde pueden satisfacer sus necesidades, no pudiendo vivir en otras partes, el hombre, en cambio, ha conquistado el mundo entero. Como un zoólogo lo decía en una ocasión, cada animal posee sus puntos fuertes gracias a los cuales puede luchar por la existencia, y sus propias debilidades que hacen de él una presa para otros y le impiden multiplicarse. En esto, el hombre sólo tiene fuerza y ninguna debilidad. Gracias a sus herramientas, el hombre es el equivalente a todos los animales. Como sus herramientas no han quedado inalterables sino que se han mejorado continuamente, el hombre se ha desarrollado por encima de todos los animales. Con sus herramientas se ha hecho el dueño de la creación entera, el Rey de la Tierra.

En el mundo animal también hay un desarrollo y un perfeccionamiento continuos de los órganos. Pero ese desarrollo está ligado a los cambios en el cuerpo del animal, que los hace muy lentos, un desarrollo dictado por las leyes biológicas. En el desarrollo del mundo orgánico, miles de años cuentan poco. El hombre, en cambio, al haber transferido su desarrollo a objetos externos, pudo liberarse del sometimiento a la ley biológica. Las herramientas pueden transformarse rápidamente, la técnica avanza con una rapidez asombrosa en comparación con el desarrollo de los órganos animales. Gracias a esta nueva vía, el hombre pudo, a lo largo del corto período de unos cuantos miles de años, ponerse por encima de los animales más evolucionados mucho más que éstos con relación a los menos evolucionados. Con la invención de herramientas artificiales se puso en cierto modo fin a la evolución animal. El hijo del mono se ha desarrollado a una velocidad fenomenal hasta una especie de poder divino, ha tomado posesión de la Tierra, sometiéndola a su autoridad exclusiva. La evolución del mundo orgánico, hasta entonces apacible y sin tropiezos, deja de desarrollarse según las leyes de la teoría darwiniana. Es el hombre el que actúa en el mundo de las plantas y los animales, seleccionando, domando, cultivando; y es el hombre el que rotura tierras. Transforma todo el entorno, creando nuevas formas de plantas y de animales que corresponden a sus objetivos y a su voluntad.

Eso explica, con la aparición de las herramientas, por qué el cuerpo humano ya no cambia. Los órganos humanos son como eran, con la notable excepción del cerebro. El cerebro humano debió desarrollarse en paralelo con las herramientas; y, de hecho, vemos que la diferencia entre las razas más evolucionadas de la humanidad y las anteriores está precisamente en el contenido de su cerebro. Pero incluso el desarrollo de este órgano debió cesar en cierta fase. Desde el inicio de la civilización, algunas funciones se han ido retirando continuamente del cerebro por medios artificiales; la ciencia se conserva cuidadosamente en esas "granjas" que son los libros. Nuestra facultad de raciocinio hoy no es superior a la de los griegos, los romanos o los germanos, pero nuestro conocimiento se ha desarrollado portentosamente y eso se debe, en gran parte, porque el cerebro se ha descargado en sus sustitutos, los libros.

Ahora que hemos establecido la diferencia entre hombres y animales, observemos cómo esos dos grupos están afectados por la lucha por la existencia. No puede negarse que esa lucha sea el origen de la perfección en la medida en que lo imperfecto quedaba eliminado. En ese combate, los animales se acercaban siempre más a la perfección. Es sin embargo necesario ser más preciso en la expresión y en la observación de en qué consiste esa perfección. No podemos decir que sean todos los animales los que luchan y se perfeccionan. Los animales luchan y compiten entre sí mediante órganos particulares, aquellos que son determinantes en la lucha por la supervivencia. Los leones no combaten con el rabo; las liebres no confían en su vista; y el éxito de los halcones no les viene del pico. Los leones realizan el combate gracias a sus músculos (para abalanzarse) y sus mandíbulas; las liebres cuentan con sus patas y sus oídos, los halcones con su vista y sus alas. Y si ahora nos preguntamos qué es lo que lucha y compite, la respuesta será: son los órganos los que luchan y, al hacerlo, se perfeccionan cada vez más. La lucha la realizan los músculos y los dientes en el león, las patas y los oídos en la liebre, la vista y las alas en el halcón. En esta lucha se van perfeccionando los órganos. El animal en su conjunto depende de esos órganos y comparte su suerte, la de los fuertes que saldrán victoriosos y la de los débiles que serán vencidos.

Planteémonos ahora la misma pregunta sobre el mundo humano. Los hombres no luchan gracias a sus órganos naturales, sino por medio de órganos artificiales, con la ayuda de herramientas (y armas, a las que debemos considerar como herramientas). Aquí también se comprueba la veracidad del principio de la perfección y de la eliminación de lo imperfecto por medio de la lucha. Las herramientas entran en lucha y eso lleva al perfeccionamiento cada vez mayor de ellas. Las comunidades tribales que usaban las mejores herramientas y las mejores armas, podían asegurar mejor su subsistencia y cuando entraban en lucha directa con otra raza, la raza mejor provista de instrumentos artificiales ganaba y exterminaba a los más débiles. Las grandes mejoras de la técnica y de los métodos de trabajo en los orígenes de la humanidad, como la introducción de la agricultura y la ganadería, hicieron de los hombres una raza físicamente más sólida que sufre menos de la rudeza de los elementos naturales. Las razas cuyo material técnico se desarrolló más, podían cazar y someter a las que poseían un material artificial menos desarrollado, pudiendo así acaparar las mejores tierras y desarrollar su civilización. La dominación de la raza (2) europea está basada en su supremacía técnica.

Vemos aquí que el principio de la lucha por la existencia, formulado por Darwin y subrayado por Spencer, ejerce un efecto diferente sobre los hombres y sobre los animales. El principio según el cual la lucha lleva al perfeccionamiento de las armas utilizadas en los conflictos, conduce a resultados diferentes en los hombres y en los animales. En el animal lleva a un desarrollo continuo de los órganos naturales; es la base de la teoría de la filiación, la esencia del darwinismo. En los hombres, lleva a un desarrollo continuo de las herramientas, de las técnicas y de los medios de producción. Y esto son los fundamentos del marxismo.

Ahí aparece que el marxismo y el darwinismo no son dos teorías independientes que se aplicarían cada una de ellas a su ámbito específico sin ningún punto común. En realidad, las dos teorías se basan en el mismo principio. Forman una unidad. La nueva dirección tomada cuando apareció el hombre, la sustitución de los órganos naturales por herramientas, hace que se exprese de manera diferente en los dos ámbitos; el mundo animal se desarrolla según el principio darwiniano mientras que, para la humanidad, es la teoría marxista la que define la ley del desarrollo. Cuando los hombres dejaron el mundo animal, el desarrollo de los instrumentos, de los métodos productivos, de la división del trabajo y del conocimiento se transformaron en la fuerza propulsora del desarrollo social. Fue esa fuerza la que hizo surgir los diferentes sistemas económicos como el comunismo primitivo, el sistema rural, los inicios de la producción mercantil, el feudalismo y, ahora, el capitalismo moderno. Nos queda ahora situar el modo de producción actual y de su superación en la coherencia propuesta y aplicarles correctamente la posición de base del darwinismo.

X. - Capitalismo y socialismo

La forma particular que toma la lucha darwiniana por la existencia como fuerza motriz para el desarrollo en el mundo humano está determinada por la sociabilidad de los hombres y su uso de las herramientas. Los hombres realizan su lucha colectivamente, en grupos. La lucha por la existencia, mientras que sí continúa entre miembros de grupos diferentes, cesa entre los miembros del mismo grupo, y es sustituida por la ayuda mutua y los sentimientos sociales. En la lucha entre grupos, el bagaje técnico decide quién saldrá vencedor; la consecuencia de esto es el progreso de la técnica. Esas dos circunstancias tienen consecuencias diferentes bajo sistemas sociales diferentes. Veamos de qué manera se manifiestan bajo el capitalismo.

Cuando la burguesía tomó el poder político e hizo del modo de producción capitalista el modo dominante, empezó rompiendo las barreras feudales y haciendo libre a la gente. Para el capitalismo, era esencial que cada productor pudiera participar libremente en la lucha competitiva sin que ningún vínculo trabara su libertad de movimiento, sin que ninguna actividad fuera paralizada o frenada por las normas gremiales, o trabada por estatutos jurídicos, pues sólo con esta condición la producción podría desarrollar sus plenas capacidades. Los obreros debían ser libres y no estar sometidos a obligaciones feudales o gremiales, porque sólo como obreros libres podían vender su fuerza de trabajo como mercancía a los capitalistas, y sólo si son trabajadores libres podrían los capitalistas emplearlos plenamente. Por esa razón eliminó la burguesía todos los vínculos y compromisos del pasado. Liberó totalmente a la gente pero, al mismo tiempo, las personas se encontraron totalmente aisladas y sin protección. Antaño la gente no estaba aislada; pertenecía a un gremio, vivían bajo la protección de un señor o de una comuna y ahí encontraban la fuerza para sobrevivir. Formaban parte de un grupo social ante el que tenían obligaciones y del que recibían protección. Esas obligaciones la burguesía las ha suprimido; destruyó gremios y corporaciones, abolió las relaciones feudales. La liberación del trabajo quería también decir que el hombre ya no podría encontrar refugio en ningún sitio y que ya no podía contar con los demás. Cada uno sólo podía contar consigo mismo. Debía luchar solo contra todos, libre de todo vínculo pero también sin la menor protección.

Por esa razón, bajo el capitalismo, el mundo humano se parece cada vez más al mundo de los predadores y por esa misma razón los darwinistas burgueses han buscado el prototipo de la sociedad humana en los animales solitarios. Era su propia experiencia la que los guiaba. Su error es que creen que las condiciones capitalistas son unas condiciones eternas del hombre. La relación existente entre nuestro sistema capitalista de competencia y los animales solitarios lo menciona Engels en su obra Anti-Dühring de esta manera: "La gran industria y el establecimiento del mercado mundial han universalizado por último esa lucha, y le han dado al mismo tiempo una violencia inaudita. El favor de las condiciones de producción naturales o creadas decidía de la existencia entre los diversos capitalistas, igual que entre enteras industrias y enteros países. El que pierde es eliminado sin compasión. Es la lucha darwiniana por la existencia individual, traducida de la naturaleza a la sociedad con una furia aún potenciada. La actitud natural del animal se presenta así como punto culminante de la evolución humana" (F. Engels, Anti-Düring, "Cuestiones teóricas").

¿Por qué se lucha en la competencia capitalista?, ¿por qué cosa cuya perfección decidirá la victoria?

Primero, los instrumentos técnicos, las máquinas. Se aplica aquí también la ley de la lucha que conduce a la perfección. La máquina más perfeccionada se adelanta a la que lo es menos, se eliminan las máquinas de mala calidad y la pequeña herramienta, la técnica industrial hace avances colosales hacia una productividad cada día mayor. Esa es la verdadera aplicación del darwinismo a la sociedad humana. Lo que le es particular es que, bajo el capitalismo, está la propiedad privada y detrás de cada máquina hay alguien. Detrás de la máquina gigantesca hay un gran capitalista y detrás de la pequeña hay un pequeño burgués. Con la derrota de la máquina pequeña perece el pequeño burgués con todas sus ilusiones y esperanzas. Al mismo tiempo, la lucha es una carrera entre capitales. El gran capital es evidentemente el mejor pertrechado; el gran capital vence al pequeño y así sigue creciendo más y más. Esta concentración de capital socava el propio capital pues va reduciendo la burguesía cuyo interés es mantener el capitalismo, y hace aumentar la masa de quienes quieren destruirlo. En ese desarrollo, una de las características del capitalismo se va suprimiendo paulatinamente. En este mundo donde cada uno lucha contra todos y todos contra uno, la clase obrera desarrolla una nueva asociación, la organización de clase. Las organizaciones de la clase obrera empiezan rompiendo la competencia entre los obreros, uniendo sus fuerzas separadas en una gran fuerza para la lucha contra el mundo "exterior". Todo lo que se aplica a los grupos sociales se aplica también a esta nueva organización de clase, nacida de circunstancias externas. En las filas de esta organización de clase, se desarrollan, y son de destacar, las motivaciones sociales, los sentimientos morales, el sacrificio de sí y la entrega al conjunto del grupo. Esta sólida organización da a la clase obrera la gran fuerza que necesita para vencer a la clase capitalista. La lucha de la clase no es una lucha con herramientas, sino por la posesión de las herramientas, una lucha por la posesión del aparato técnico de la humanidad, que estará determinada por la fuerza de la acción organizada, por la fuerza de la nueva organización de clase que está surgiendo. A través de la clase obrera organizada aparece ya un elemento de la sociedad socialista.

Consideremos ahora el sistema de producción futuro tal como existirá en el socialismo. La lucha por el perfeccionamiento de las herramientas, que ha marcado toda la historia de la humanidad, no cesará. Como antes bajo el capitalismo, se dejarán de lado las máquinas inferiores en beneficio de las superiores. Como antes, ese proceso acarreará una mayor productividad del trabajo. Pero al haber sido abolida la propiedad privada de los medios de producción, no habrá un hombre detrás de las máquinas cuya propiedad reivindica y cuyo destino comparte. La competencia entre máquinas no será sino un simple proceso realizado por los hombres quienes, tras una concertación racional sustituirán sencillamente las máquinas superadas por otras mejores. Llamaremos lucha en un sentido metafórico a ese progreso. Al mismo tiempo, cesará la lucha de unos hombres contra otros. Con la abolición de las clases, el conjunto del mundo civilizado se transformará en una gran comunidad productiva. Esta comunidad será como cualquier otra comunidad colectiva. En una comunidad cesa la lucha que oponía a sus propios miembros y sólo se lleva a cabo contra el mundo exterior. Ahora bien, en lugar de pequeñas comunidades, estaremos entonces ante una comunidad mundial. Esto significa que cesa la lucha por la existencia en el mundo humano. El combate hacia el "exterior" no será ya una lucha contra nuestra propia especie, sino una lucha por la subsistencia, una lucha contra la naturaleza (3). Pero gracias al desarrollo de la técnica y de la ciencia ya no podrá llamarse lucha. La naturaleza está subordinada al hombre, pero con pocos esfuerzos por su parte, aquélla podrá proporcionarle medios en abundancia. Se abre entonces un nuevo camino a la humanidad: la salida del hombre del mundo animal y su combate por la existencia mediante herramientas llegará a su final. La forma humana de la lucha por la existencia llega a su fin y se abre un nuevo capítulo de la historia de la humanidad.

Anton Pannekoek, 1909

Notas:

(1) Hay que decir que Darwin se da perfecta cuenta de esa escala creciente de sentimientos de solidaridad en la especie humana cuando escribe: "A medida que el hombre avanza en civilización, y las pequeñas tribus se reúnen en comunidades más amplias, la razón más simple debía aconsejar a cada individuo que debía extender sus instintos sociales y sus simpatías a todos los miembros de una misma nación, por muy desconocidos que le sean. Una vez alcanzado ese punto, ya sólo queda una barrera artificial para impedir que sus simpatías se extiendan a los hombres de todas las naciones y de todas las razas. Es cierto que si esos hombres están separados de él por grandes diferencias de apariencias exteriores o de costumbres, la experiencia nos muestra que, por desgracia, es largo el tiempo antes de que los miremos como nuestros semejantes" (El origen del hombre, cap. IV.) (nota de la CCI).

(2) Científicamente hablando, no existe raza europea. Dicho esto, el hecho de que Pannekoek use el término "raza" para distinguir ese subconjunto de seres humanos no es ni mucho menos una concesión a no se sabe qué racismo. En este plano, se inscribe en la continuidad de Darwin a quien el racismo indignaba y que se desmarcaba claramente de las teorías racistas de científicos de su tiempo como Eugène Dally. Por otra parte, hay que recordar que a finales del siglo XIX y principios del XX, el término "raza" no tenía la connotación que hoy tiene, como testimonia el hecho de que algunos escritos del movimiento obrero hablen incluso (impropiamente, claro está) de la raza de los obreros (nota de la CCI).

(3) La expresión "lucha contra la naturaleza" no es correcta. Se trata de una lucha por dominar la naturaleza, estableciendo la comunidad humana mundial que supone que ésta sea capaz de vivir en armonía total con la naturaleza (nota de la CCI).




5 comentarios:

Daniel Lapazano dijo...

Segun el darwinismo, los humanos somos una especie sin importancia como cualquiera. Podemos sobrevivir o desaparecer. Aún así la vida continuará. Por lo tanto la competencia entre los humanos (desde el punto de vista darwinista)es la conducta natural de los animales que pujan por acaparar recursos naturales para así perpetuar sus genes. Los ricos aplastan a los pobres, y con ello aseguran su supervivencia y descendencia. Por lo tanto es un absurdo pensar que el darwinismo no es aplicable a los humanos. Es aplicable por la simple razón de que el humano es una especie como cualquier otra. El hecho de que pueda superar esa barbarie lo transforma en una especie singular. Pero no lo obliga eticamente a contrariar las leyes de la Naturaleza. Y visto que el ser generoso no ofrece ninguna ventaja adaptativa, a los trabajadores no les queda otra que luchar contra los ricos por su supervivencia, para luego imponer una nueva dictadura... Lo que lleva a la idea de que la vida es una lucha permanente por sobrevivir (qué horror).

KRATES dijo...

Si la vida fuese una lucha permanente no habría sociedades biológicas. Un carnívoro depende de sus presas; algunas presas, además de ser más numerosas y fértiles, viven formando manadas. Los carnívoros sociales cazan presas de gran tamaño que solitariamente no podrían capturar. Con estos simples ejemplos podemos vislumbrar la colaboración y el apoyo mutuo... La vida no implica solamente competencia.

El darwinismo defiende que aquellos seres vivos que sobreviven y dejan más descendencia son los que tienen más éxito. Pues, los pobres suelen tener más hijos que los ricos, ¿curioso?

Daniel Lapazano dijo...

Sí, tienen más hijos pero cuando estos (o sus nietos) se hacen ricos se olvidan de que fueron pobres y explotan a aquellos que todavía no salieron de la pobreza... Los trabajadores son tan "mierda" como los ricos. No lo olvides...

KRATES dijo...

Y usted no olvide que los ricos de abuelos pobres, ya no son pobres, y, por ende, más mierda son. Si hay pobres, es porque hay ricos.

KRATES dijo...

O dicho de otra manera: ¡El nieto y el hijo de un pobre tienen más probabilidades de seguir siendo pobres a ser ricos!