domingo, 16 de diciembre de 2018

Kropotkin frente al darwinismo

'El apoyo mutuo' supuso una gran respuesta
a la visión competitiva y cruel de la Naturaleza
del darwinismo ortodoxo.

Por GEORGE WOODCOK e IVAN AVAKUMOVIC

Kropotkin se enfrentó siempre con una poderosa serie de argumentos que tenían el apoyo de varios científicos y que mientras no se abordasen en su propio terreno amenazaban con destruir aquel edificio racional que él había levantado. Estos argumentos se relacionaban con la teoría darwiniana de la evolución, tan de moda entonces, y proclamaban que en la naturaleza nunca hay bastante para todos y que sería en realidad, poco deseable que lo hubiese, pues la fuerza más potente de la evolución del mundo animal y, por tanto, de la humanidad, es la lucha por la vida dentro de las especies, que al suponer la supervivencia de los más aptos actúa como medio de selección natural asegurando el progreso de la raza. Los apologistas del capitalismo ya habían adoptado estas ideas de competencia ilimitada, y también los marxistas, que veían en el proletariado la clase más «apta».

El principal exponente de la teoría de la lucha por la existencia fue, en el siglo XIX, Thomas Henry Huxley, pero la base fundamental de la discusión, y su utilidad como justificación del orden social existente, eran mucho más antiguas que el siglo XIX o que la polémica evolucionista en su forma moderna. Durante el siglo XVII, el filósofo autoritario Thomas Hobbes, autor de Leviatán, había basado su justificación del Estado y de la autoridad monárquica en la teoría de que el hombre primitivo es por naturaleza dado a la lucha fratricida y que sólo pueden implantarse en él las virtudes sociales por la fuerza de una autoridad superior. Y al final del siglo XVIII se traspasó el argumento al campo de la economía, y, en lo que difícilmente puede considerarse una coincidencia, estuvo estrechamente ligado a la primera aparición del anarquismo como doctrina social madura y completa. En 1793 publicó William Godwin su Investigación acerca de la justicia política, que tuvo en aquel tiempo gran influencia intelectual, y en el que abogaba por la benevolencia universal como base de las relaciones humanas (idea no muy lejana del apoyo mutuo de Kropotkin) y sugería, como Kropotkin, que si todos los hombres hiciesen su cuota de trabajo manual, si se eliminasen toda clase de actividades socialmente inútiles y de derroche, y si la potencialidad de la ciencia se explotase plenamente en beneficio de todos, sería posible gozar de bienestar al coste de un gasto mucho menor de energía que el habitual en sociedades anteriores.

Durante algunos años prácticamente nadie refutó los argumentos de Godwin. Pero luego apareció un clérigo, T. H. Malthus, que sostenía que la población tendía naturalmente a incrementarse en una proporción más alta que la de cualquier incremento del suministro de alimentos. Este proceso conduciría inevitablemente al desastre si no se ponían «barreras positivas» al crecimiento demográfico; es decir, fenómenos naturales, como la enfermedad y el hambre, y fenómenos sociales, como la lucha generalizada de los individuos, en la que los más débiles perecen. Con el fin de preservar al bienestar existente, era necesario, según Malthus, que no se alterase este proceso, y denunciaba, en consecuencia, la doctrina de la benevolencia universal de Godwin como concepción peligrosa que podría alterar la limitación natural de la población y producir una sociedad en la que el crecimiento demográfico, superando el incremento en el suministro de alimentos, conduciría inevitablemente al desastre y al hambre para todos, y no sólo para las minorías, que son eliminadas antes de alcanzar su plenitud en proceso normal de competencia sin trabas. El resultado último de cualquier tentativa de cambio sería, en consecuencia, un regreso a través de terribles pruebas a la vieja situación. Las cosas eran, en realidad, como tenían que ser, y, en conclusión, hablar de una mejora de la sociedad humana era pura quimera.

Era una doctrina consoladora para los propietarios de la industria, los generales y los administradores del comienzo de la revolución industrial, y sin duda más de un capitalista, cuyos obreros infantiles sucumbían en la atmósfera mefítica de su fábrica, más de un terrateniente que se apoderaba de las tierras comunales y ayudaba a hacer de labradores bien alimentados un proletariado rural hambriento, se sentía confortado con el consuelo de las prédicas del reverendo Malthus. Las teorías de este bondadoso cristiano adquirieron estatus de enseñanza clásica en el sistema económico victoriano, y aunque hoy resulta difícil entenderlo, fueron aceptadas por muchos científicos de talla. Pero incluso entonces sus bases racionales y matemáticas fueron eficazmente refutadas no sólo por la tardía respuesta de Godwin en 1820, sino también por la pronta Respuesta a Malthus de Hazlitt. Hoy, cuando la posibilidad de un vasto incremento de producción de bienes esenciales se halla situada más allá de la duda razonable, y en que se ha mostrado en la práctica que un mayor bienestar y una mayor instrucción producen una caída de la tasa de natalidad, la teoría básica de Malthus resulta insostenible, y quienes buscan una razón en que apoyar su argumento de que la situación de la humanidad no puede alterarse deben buscarlo en otro sitio.

Darwin y Wallace, coautores de la Teoría
de la Selección Natural.

El advenimiento de Darwin trasladó el argumento del campo económico al biológico. Al formular su teoría, Darwin se apartó de los evolucionistas anteriores, como Lamarck, Buffon y su propio abuelo, utilizando la lucha por la vida como mecanismo clave mediante el cual la «selección natural» favorecía las variaciones positivas y destruía las negativas; aceptaba que había influido poderosamente en él para llegar a esta conclusión, la teoría de Malthus del freno positivo al incremento de población, que también consideraba Darwin un importante factor para seleccionar, eliminando a los individuos inferiores, en la lucha por la vida. Aunque Darwin advierte a veces contra el uso del término «lucha por la existencia» de forma demasiado literal, resulta evidente que imaginaba no sólo una lucha contra los factores ambientales, sino también de los individuos entre sí, como elemento dominante del proceso evolutivo. Aunque en años posteriores reconoció que también era importante la cooperación, nunca llegó a desarrollar esta idea en grado apreciable, y la base principal de su concepción de la evolución continuó siendo la idea de conflicto.

Thomas Henry Huxley, su principal apóstol y divulgador, llevó esta tendencia a su extremo al hablar del mundo animal como «un duelo de gladiadores» y de la vida del hombre primitivo como «una lucha libre y constante». Competencia, lucha, animosidad, envidia y odio eran las cualidades que surgían automáticamente de la concepción de Huxley como factores necesarios de progreso. La lucha entre grupos e individuos era para él la ley de vida. No sólo era deseable como condición de progreso, sino que era también inevitable.

Se verá cómo esta teoría complacía a los apologistas del capitalismo del siglo XIX en aquel período de escepticismo en que los valores de la religión ortodoxa perdían su poder; el materialismo científico del tipo huxleyano, violentamente atacado al principio de su aparición, alcanzó muy pronto la misma respetabilidad que las insostenibles doctrinas de la Iglesia. Los que se sentían incómodos basando sus acciones en una dudosa ley divina se alegraron mucho al descubrir que la ley natural había sido interpretada por el profesor Huxley de modo que constituía igualmente una justificación firme de la competencia ilimitada. No hay duda de que si tales doctrinas eran ciertas, la teoría base de los anarquistas de que los hombres tienden naturalmente a la cooperación estaba amenazada. Cualquier concepción de una sociedad basada en el acuerdo voluntario debía aportar una respuesta eficaz a los evolucionistas neomaltusianos, y esto fue lo que aportó Kropotkin en El apoyo mutuo.

Su preocupación por este aspecto de la evolución databa de años antes de que se interesase por las teorías revolucionarias, pues ya en la década de 1860 él y su hermano habían analizado ampliamente la teoría de la variación de Darwin, y se habían planteado sus dudas en la cuestión de la herencia, y además, durante sus exploraciones siberianas, le sorprendió descubrir que había, de hecho, menos pruebas de lucha que de cooperación entre individuos de la misma especie. Más tarde, cuando se hizo anarquista e intentó fundar sus creencias en una base científica, se vio de nuevo afectado por esta cuestión. Ya hemos hablado de su defensa, en 1882, de la solidaridad mutualista como factor evolutivo, y su estudio, en Clairvaux, de la tesis de Fiodorovich Kessler. Pero fueron las afirmaciones extremadas de Huxley sobre la ferocidad de la lucha por la vida las que decidieron finalmente a Kropotkin a aceptar el desafío. Ha de subrayarse que, pese a la poco delicada conducta de Huxley en el asunto de la solicitud de liberación de Kropotkin cuando éste se hallaba preso en Clairvaux, Kropotkin nunca tuvo la menor animosidad personal hacia él y siempre estuvo dispuesto, sin dejar de señalar el peligro de la perversión que Huxley hacía del darwinismo, a alabar el valor, los conocimientos y la inteligencia con que había defendido al principio la teoría evolucionista contra la ortodoxia eclesiástica.

Hobbes y Malthus, predecesores del darwinismo.

Kropotkin inicia El apoyo mutuo con un examen de la vida de las especies animales. Su estudio está lleno de citas de las obras de los naturalistas de campo y de sus propias observaciones, que muestran que la sociabilidad o el apoyo mutuo entre individuos de la misma especie se halla tan extendida en todos los niveles del mundo animal, desde los insectos a los mamíferos superiores, que puede considerarse una ley de la naturaleza:

«Las especies que viven en solitario o en pequeñas familias son, en realidad, relativamente pocas y su número es limitado. Además, parece muy probable que, aparte de unas cuantas excepciones, las aves y mamíferos que no son gregarios vivieran en sociedades antes de que el hombre se multiplicase sobre la tierra y desencadenase una guerra permanente contra ellos, o destruyese las fuentes de las que antes obtenían alimentos.»

El apoyo mutuo no sólo es una ley de la naturaleza, salvo en animales que viven en condiciones un tanto artificiales, o entre especies en decadencia, sino que también es, según Kropotkin, el factor de evolución más importante en las especies sociales:

«La vida en sociedad permite resistir a los animales más débiles, las aves más débiles y los mamíferos más débiles, les permite protegerse de las aves más terribles y de los animales de presa; permite la longevidad; permite a la especie criar a sus retoños con el mínimo gasto de energía y mantener su número pese a una tasa de nacimientos muy baja; permite a los animales gregarios emigrar en busca de nuevos asentamientos. En consecuencia, aunque admitiendo plenamente que fuerza, rapidez, colores protectores, astucia y resistencia al hambre y al frío, que mencionan Darwin y Wallace, son otras tantas cualidades que hacen al individuo, o a la especie, más aptos en determinadas circunstancias, creemos que la sociabilidad, en cualquier circunstancia, es la mayor ventaja en la lucha por la vida. Las especies que voluntaria o involuntariamente la abandonan están condenadas a la decadencia; mientras que los animales que saben combinar mejor sus esfuerzos tienen mayores oportunidades de supervivencia y de posterior evolución, aunque puedan ser inferiores a otros en esas facultades enumeradas por Darwin y Wallace, salvo la facultad intelectual.»

Inteligencia, nutrida por el lenguaje, imitación y experiencia acumulada, son para Kropotkin «una facultad eminentemente social». Además, el hecho mismo de vivir en sociedad fuerza a desarrollar, aunque sea en forma rudimentaria, ese «sentido colectivo de justicia que acaba convirtiéndose en un hábito» sin el cual es imposible toda vida social.

Las pruebas que Kropotkin aduce en apoyo de estos argumentos convierten la visión de Huxley de «naturaleza de colmillo y garra» en una pesadilla de científico de salón. Pero Kropotkin no elimina del todo la lucha por la existencia. Admite que juega su papel, metafóricamente, en la forma de la lucha contra circunstancias adversas. Pero en forma de competencia dentro de las especies sólo se presenta en circunstancias excepcionales, e incluso entonces es más perjudicial que ventajosa, pues destruye las ventajas obtenidas con la sociabilidad. La selección natural, lejos de estimular la competencia, aporta medios por los que puede evitarse.

Si estas ideas pueden aplicarse de modo casi universal a los animales, se aplican también al hombre primitivo, que debe su dominio sobre el mundo animal a su sociabilidad y a las aptitudes que cultiva en sociedad. Tres generaciones de antropólogos han demostrado la falsedad de la visión huxleyana de un hombre primitivo enzarzado en una perpetua vendetta entre individuos y familias, similar a la hipótesis freudiana de la horda primigenia centrada en el padre. Los estudiosos del hombre primitivo, desde los tiempos de Lewis Morgan hasta el presente, han hallado en todas partes una tendencia a vivir no en grupos familiares, sino en agrupaciones tribales en las que la ley como tal es desconocida, y está reemplazada por un completo sistema de costumbres que aseguran cooperación y apoyo mutuo. Tampoco hay prueba alguna de que el hombre primitivo no fuese una especie social; en realidad, los restos de las culturas primitivas aportan abundantes indicios de su primigenia sociabilidad y cooperatividad.

Huxley y Spencer, verdaderos 'padres'
del darwinismo y la lucha por la existencia.

Kropotkin, utilizando los datos de los antropólogos de vanguardia de su época, demostró que dentro de la tribu primitiva el apoyo mutuo era la regla y no la excepción, y mostró cómo entre los bárbaros el campo de cooperación mutua se convirtió en pueblo y, a través de la aparición de las primitivas formas de gremio, asumió incluso proporciones nacionales e internacionales. Finalmente, el papel del apoyo mutuo en las instituciones humanas alcanzó su más alto desarrollo en la ciudad libre medieval. Kropotkin, incluso en su juventud, había investigado mucho la naturaleza de las relaciones sociales en estas ciudades, y podía por ello aportar gran cantidad de pruebas, ilustradas por relatos contemporáneos, que mostraban que las ideas imperantes en el siglo XIX sobre la vida medieval era casi por completo erróneas, y que tras las murallas de las ciudades libres y antes de su decadencia en el Renacimiento, había existido una rica vida comunal en la que la ayuda mutua y el comunismo cooperativo jugaban un gran papel.

Estos capítulos del libro de Kropotkin están escritos con entusiasmo y puede que tendiesen a menospreciar el lado oscuro de la vida en tales sociedades. Sin embargo, nos muestra con clara conciencia la debilidad interna que llevó al colapso del espíritu comunal a final de la Edad Media. Y, considerando el conjunto de su información, aporta importantes datos que corroboran el papel decisivo que el apoyo mutuo jugó en el desarrollo de la actividad social y su papel vital como lazo orgánico entre los seres humanos. Incluso hoy, pese a que el Estado haya asumido tan amenazadora importancia en la vida humana, el apoyo mutuo sigue siendo el factor más importante en la interrelación entre hombres y mujeres, considerados como individuos.

«Ni los poderes aplastantes del Estado centralizado, ni las doctrinas de odio mutuo y de lucha implacable que, adornadas con los atributos de la ciencia, predican oficiosos filósofos y sociólogos, podrían desarraigar el sentimiento de solidaridad, profundamente asentado en el entendimiento y el corazón del hombre, porque está nutrido de toda nuestra evolución anterior… Lo que fue resultado de la evolución desde sus etapas primigenias, no puede verse aplastado por uno de los aspectos de esa misma evolución. Y la necesidad de la ayuda mutua y del mutuo apoyo que últimamente se había refugiado en el círculo estrecho de la familia, o en los barrios pobres, o en la secreta unión de los obreros, se reafirma una vez más, incluso en esta sociedad moderna nuestra, y proclama su derecho a ser, como ha sido siempre, primer caudillo del progreso.»

Apoyo mutuo y sociabilidad son de hecho, fundamentos de todo credo de ética social, de toda práctica de cooperación, y si no condicionaran de modo natural casi todos nuestros actos diarios hacia nuestros semejantes, ni siquiera la más austera tiranía podría impedir la desintegración de la sociedad.

Kropotkin estuvo bien documentado para
poder refutar la tesis darwinista.

(…)

En cuanto completó su obra sobre la Revolución Francesa, Kropotkin comenzó a caminar por otra vía nueva. La consideración de las cuestiones éticas le había hecho pensar de nuevo en la cuestión general de la evolución. Veía ahora con mayor claridad ciertos errores del darwinismo, y creía que en algunos aspectos se había desechado injustamente a Lamarck, sobre todo en la cuestión del influjo directo del medio en el desarrollo de plantas y animales. En consecuencia, se puso a trabajar sobre el asunto, y de ello se derivó una serie completa de artículos que se publicaron en The Nineteenth Century durante los cinco años siguientes. «Evolución y apoyo mutuo», «La acción directa del medio sobre las plantas» y un ensayo doble, «La respuesta de los animales a su medio», aparecieron en 1910. En 1912 publicó «La herencia de características adquiridas», y en 1914, «Variaciones heredadas en las plantas», y en 1915, a modo de conclusión, «Variaciones heredadas en los animales». Estos ensayos eran de carácter sumamente polémico, e incluían un ataque a la teoría de August Weismann sobre el plasma germinal, y pretendían demostrar la herencia de caracteres adquiridos a través de la acción directa del medio. Como siempre, Kropotkin acumulaba gran cantidad de datos y pruebas para apoyar sus argumentaciones, aunque no dijo en modo alguno la última palabra sobre esta cuestión, aún ferozmente polémica.

El príncipe anarquista
(1971)

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Hacia una crisis de régimen en Francia


Si el fuego prende finalmente en las 'banlieues', entonces sí que estaremos en la estela de las grandes insurrecciones sociales francesas que tanto oxígeno han proporcionado a la libertad y el progreso social en Europa desde 1789

Por RAFAEL POCH

En junio de 2017, cuando Macron ganó las presidenciales, pronostiqué una crisis de régimen en Francia. Desde que llegué a ese país, en 2014, hasta mi despido como corresponsal en París hace un año, nunca cesó de rondarme la impresión de materia inflamable a la espera de chispa. Muchos observadores franceses de la izquierda respondían en positivo a mis preguntas en esa dirección, pero, seguramente llevados por el miedo que todo intelectual tiene a ser acusado de tomar sus deseos por realidad, no pasaban del «sí, es posible que ocurra algo».

Llegaron las protestas contra las leyes laborales de Hollande (Macron era entonces consejero del presidente, luego ministro de Economía) y la nuit debout, el particular movimiento cívico-juvenil de la Place de la République de París que no cuajó como 15-M francés. Más tarde, ya con Macron de presidente, nuevas protestas contra la reforma laboral a partir de otoño de 2017. En ambos casos, la impresión era la misma: el descontento en Francia era general, pero pasivo. La gente que salía a la calle era la de siempre; la izquierda política (es decir lo que queda a la izquierda del Partido Socialista), militantes, algunos estudiantes y bachilleres (que en Francia son un factor político) y algunos sindicatos pequeños más la CGT, la única gran central sindical aún no descafeinada. No había relación entre descontento y movilización. Y aún más importante: los más desfavorecidos, los barrios periféricos urbanos, dormitorios de la Francia desempleada y de origen emigrante, brillaban por su ausencia. «¿Dónde están las banlieues?», nos preguntábamos.

En la victoria presidencial de Macron las cosas no cuadraban. Había una sensación de producto precocinado por los poderes fácticos en la sombra, un fast food político más propio de la otra orilla del Atlántico que de Francia. Una victoria que se impuso sobre la sospechosa eliminación, vía el kompromat del Penelopegate, el inocente escándalo de la mujer del candidato de la derecha tradicional, François Fillon, quizá demasiado gaullista y demasiado poco antirruso para algunos (para acertar en estas materias es siempre aconsejable pensar mal). Y la victoria de Macron planteaba tanto una crisis de legitimidad —muy poca gente le votó por convencimiento, la mayoría para eludir a Le Pen y con una abstención récord— como una crisis de representatividad: la victoria explosionó la divisoria izquierda/derecha, dejó fuera de juego a los partidos tradicionales y logró un dominio de las élites en la Asamblea Nacional sin precedentes y sin la menor correspondencia con la realidad de la sociedad francesa.

Si a eso se le sumaba la personalidad del presidente, un jovencito tecnócrata triunfador hecho a sí mismo y apadrinado por los poderes fácticos —el medio del que salen los reaccionarios más peligrosos— el cóctel resultaba explosivo. Pero un cóctel Molotov (o «Molokotov», como decía la abuela de un amigo cuando Franco) es algo que no se enciende si no hay chispa. Los chalecos amarillos son la chispa.

Ahora en la calle se ven caras nuevas. No es la izquierda política, es la gente normal, la mayoría perjudicada por la macronía y ofendida por la impertinente incontinencia verbal de este «presidente de los ricos». Gente que está más allá de la política, que no vota, o que vota al Frente Nacional, o a la France Insoumise. Una revuelta social de los de abajo, de la Francia mayoritaria que ha visto su vida deteriorarse en los últimos 20 o 30 años, pero… mayoritariamente blanca.

Siguen ausentes los barrios periféricos de origen emigrante. Si eso cambia, si el fuego provocado por esta chispa prende finalmente en las banlieues, entonces sí que estaremos en la estela de las grandes insurrecciones sociales francesas que tanto oxígeno han proporcionado a la libertad y el progreso social en Europa desde 1789.

Hay que estar bien atento a Francia. Las reivindicaciones se han ido ampliando. En su última expresión ofrecen un catálogo bastante completo de un radical rechazo a la austeridad, la privatización y la creciente desigualdad social. Los políticos se quejan de que es muy difícil negociar con esto (y ahí está la gracia y la fuerza del asunto):

– Más justicia fiscal.
– Salario mínimo de 1.300 euros netos.
– Favorecer al pequeño comercio de los pueblos y los centros urbanos, cesar la construcción de grandes centros comerciales alrededor de las grandes ciudades que matan el pequeño comercio.
– Más aparcamientos gratuitos en los centros de las ciudades.
– Un plan de aislamiento de viviendas para hacer ecología mediante el ahorro de las economías domésticas.
– Más impuestos a las grandes empresas.
– Mismo sistema de seguridad social para todos.
– No a la reforma de las pensiones. Ninguna pensión por debajo de los 1.200 euros.
– Salarios indexados a la inflación.
– Salario máximo de 15.000 euros.
– Proteger la industria nacional. No a las deslocalizaciones.
– Limitar los contratos temporales.
– Promoción industrial del automóvil de hidrógeno (más ecológico que el eléctrico).
– Fin de la política de austeridad. Cese del pago de los intereses ilegítimos de la deuda y combate al fraude fiscal.
– Que los peticionarios de asilo sean bien tratados y que se actúe contra las causas de las emigraciones forzadas.
– Limitación de precios de los alquileres.
– Prohibición de la venta de bienes de la nación (presas, aeropuertos….).
– 25 alumnos por clase como máximo.
– Favorecer el transporte ferroviario de mercancías.
– Tasar el fuel marítimo y el keroseno.


Claro que faltan muchas cosas. Tal como está comportándose el complejo mediático francés ante esta crisis, no tardará en aparecer alguna reivindicación fundamental para democratizar y desmonopolizar medios de comunicación que hoy están en un 80% en manos de grandes corporaciones bastardas y multimillonarios lógicamente hostiles a los intereses de la mayoría social.

Pero, si se negocia esto, o algo parecido a esto, podemos echar el telón sobre la política de austeridad europea: la suma de una Francia en pie, más un Reino Unido fuera de la UE, más el fin del merkelato, dejará a la agenda austeritaria de la derecha alemana fuera de combate en la UE.

Si por el contrario no se negocia y se opta por la represión, o por dejar que el movimiento se pudra, habrá que ver cuál es la reacción social, y, en cualquier caso, no se habrán remediado otras futuras chispas, pues la presencia de materia inflamable ya no es una hipótesis, sino un hecho constatado. En cualquier caso todo el régimen de la V República podría verse sometido a una seria prueba. Hay que estar bien atento a Francia, pues el cambio en la UE depende de ella.

5 diciembre 2018

lunes, 10 de diciembre de 2018

Armillaria, un hongo más grande que 800 campos de fútbol


Por MAR GULIS

Ni las secuoyas, esos árboles enormes y milenarios que habitan los bosques californianos, ni las inmensas ballenas azules. El ser vivo conocido más grande y más longevo del mundo se llama Armillaria ostoyae. O al menos así lo cree una parte de la comunidad científica. ¿Qué es este organismo y cómo se descubrió? Hablamos de un hongo parásito que fructifica en la base de los árboles. Su micelio —la parte subterránea que le permite absorber los nutrientes a través de una especie de hilos llamados rizomorfos— penetra por la raíz del árbol, tapona sus vasos y lo mata, así que donde crece crea unas grandes superficies de árboles muertos.

Esto es lo que sucedió a finales de los años 90 en los bosques de Oregón. Científicos estadounidenses detectaron la presencia de Armillaria ostoyae, comenzaron a investigar el fenómeno y pronto concluyeron que este hongo era el causante de la devastación. Pero ¿cuántos ejemplares estaban provocando el desastre?

Los investigadores recogieron innumerables muestras de trocitos de micelio. Después de realizar un análisis molecular —¡oh, sorpresa!— comprobaron que no se trataba de diferentes ejemplares de una misma especie, tal y como creyeron en un primer momento. Los trozos de micelio eran clónicos, genéticamente idénticos. ¿La conclusión? Esas muestras formaban parte de una única Armillaria ostoyae de tamaño descomunal cuyo micelio se habría extendido a lo largo de 890 hectáreas.

La sorpresa no se quedó ahí. Como los científicos sabían aproximadamente cuánto crece un micelio al año, al medir su extensión pudieron calcular también la edad de este ejemplar: ¡2.400 años! Por eso se cree que Armillaria ostoyae es el ser vivo más grande y quizá también el más longevo del mundo. El secreto de su supervivencia estaría en sus rizomorfos, tan resistentes que son capaces incluso de soportar el fuego.

3 marzo 2014

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Fachas siempre ha habido


Los doce escaños que ganó Vox en las elecciones andaluzas nos ponen de frente ante el auge de la extrema derecha en España y en Europa.

Por SARAH BABIKER

Fachas siempre ha habido. Solo que antes estaban todos reagrupados en las amplias filas del Partido Popular, disimulados como los viejos trastos, a la espera de que volvieran a ponerse de moda y adquirir valor en el mercado de las ideologías, como esos muebles vintage que de pronto la rompen y se hacen tendencia. Los fachas se nos han costumizado. Hola Vox.

Fachas siempre ha habido, durante mucho tiempo dirigieron el destino del Estado, con principios fachas todos: la hipérbole identitaria sustentada en un relato de conquista, de orgulloso acerbo católico, machista y racista, de apego a fuertes autoridades y tradiciones, anclajes contra la incertidumbre. Nada de eso se fue, quedó encauzado en nuevas reglas del juego, la performance democrática que durante un tiempo suponía lo moderno.

Lo que nos pasa es que se nos han modernizado los fachas más todavía. Y están orgullosos de lo avanzado. Dan cuenta de ello los festivales del orgullo facha que son los mítines de Vox. Se han apropiado de la épica toda, han reclamado para si el capital político del oprimido. Se han erigido en la última resistencia. Son los valientes que se atreven a decir la verdad, aunque duela. Quijotes prestos a batirse con los molinos globalistas. Han generado comunidad, se miran y se dicen: menos mal que hemos despertado, en ti confiamos Santiago, ya no van a atacarnos las feministas, ya no vamos a sentir vergüenza, todo cambia a partir de ahora. No bajaremos la cabeza.

Fachas siempre ha habido pero estos tienen cosas nuevas, traen su relato, tienen su propia internacional, orgullo de pertenecer a algo en ascenso, de estarle apostando al caballo ganador. Tienen ganas de ir a votar, de aplaudir a sus líderes, de reivindicarse en sus puestos de trabajo, en los mercados de los barrios y en los bares. De ir convenciendo a quien haga falta de que por fin hay un camino de dignidad frente al oponente (catalanes, izquierda, feministas) de defensa ante la amenaza (de inmigrantes, musulmanes, veganos, antitaurinos). También tienen pasta. Y si tienen pasta es porque convienen, porque son funcionales a lo que nos tiene reservado el capitalismo.

Fachas siempre ha habido, pero ayer nos dolieron los ojos ante los resultados andaluces, las redes sociales se vistieron de condolencias, los ánimos se impregnaron de derrota. Tenemos miedo, buscamos entre los nuestros culpas y responsabilidades, la deriva de Podemos, el PSOE y su casta andaluza. ¿La trampa de la diversidad? ¿El rencor de clase? ¿La división de la izquierda? ¿El vaciamiento de ideología en los discursos? ¿El vaciamiento de ilusión de las propuestas?

La trampa de buscar culpables: quién no supo convencer, quién defraudó, quién traicionó, quién le abrió las puertas a esta extrema derecha orgullosa y ascendente para que se hiciera la reina del baile. Quizás la autoflagelación tenga algún efecto depurativo, contribuya a alinear los chacras, quizás tener los látigos a mano para las espaldas propias y cercanas sea un ritual nuestro del que no podamos prescindir, pero una vez hecho ese ejercicio hay otros asuntos urgentes.

Enfrentar los discursos de Vox en los medios y en los bares, en las puertas de los colegios y en las salas de espera, es central y necesario. Combatir la expansión de sentidos comunes excluyentes y nostálgicos de una soberanía quimérica entre las filas de la izquierda es urgente. Pero la conversación la seguirán definiendo ellos. El fascismo propone los marcos, un mar tan estrecho y enrabietado en el que no es fácil navegar, en el que a menudo naufragamos.

No está de moda hablar del 15M, es mentarlo y te miran como ¡ay qué pesada!, como ya estamos con lo mismo, como que el debate ya es otro. Pero ese pensar estar en el lado justo de la historia, ese vamos a decir la verdad aunque duela, ese no bajaremos más la cabeza, ese camino de la dignidad a transitar son ingredientes que allí estaban, que prometían nuevas posibilidades y movilizaron a la gente. Se siente como si el fascismo hubiese reclamado para sí los mismos ingredientes y adulterado el guiso.

Fachas siempre ha habido y ahora es su maldito momento. Ese momento hay que arrebatárselo. ¿Es contestándoles como haremos que se avergüencen por el rastro de muerte e indignidad que dejan sus ideas, por las víctimas de su épica conquistadora? ¿Es bajando al barro de sus vetustos debates como les convenceremos de que las mujeres y las personas migrantes son sujetos de derecho? ¿Es estrellándonos una y otra vez contra esa pobreza discursiva del ellos y nosotros como conseguiremos volver a movilizarnos?

El machismo o el racismo no tienen nada de nuevo. Lo que ellos proponen como camino, son las ciénagas aún calientes de la historia. De toda la historia, remota y reciente. Convengamos que no queremos hundirnos.

Antifascistas siempre ha habido, resistencias a la barbarie de señalar como culpables al «otro» mientras se camufla a los autores del despojo. Siempre ha habido lucidez humana y solidaria ante los relatos tramposos que solo venden miedo y exclusión. Siempre han habido comunidades que se levantaron contra el odio. Gentes para quienes la dignidad es una condición humana, y no una palabra hueca que esconde rencor y miedo. Seguimos estando aquí y tenemos otros relatos que contar. Otras verdades que defender. Otros culpables a los que seguir señalando. Hay que disputarles el momento. Y tiene que ser con nuestros propios marcos. 

3-12-2018

domingo, 2 de diciembre de 2018

Un africano en Quintanilla: la gineta


 Por FERNANDO BENITO

«En un tiempo no tan lejano todos fuimos africanos.»
PATXI ANDIÓN

Avanzo despacio sobre el pedregoso camino herido de desnudas «cárcavas». Las escasas, pero intensas, lluvias del verano desagarraron la blanca y frágil piel del muy transitado Basilón. Sedientas sabinas me contemplan mientras asciendo por sus últimos repechos que serpean desembocando en la encrucijada de caminos con la que el pétreo páramo nos recibe.

A la izquierda la vereda nos lleva a la cañada real en cuyo margen aún sobrevive un viejo chozo, antiguo cobijo de pastores. Si tomamos el camino de la derecha nos encontramos con el cabezo de la Matacara, la zona más humanizada de nuestro páramo. Al frente un recto cordón secciona el monte en dos y nos conduce a la Casa de los Tatis. Poco amigo de los caminos trillados, elijo una polvorienta senda que en estas fechas las lluvias otoñales tapizan de numerosos hongos. Las peculiares setas nido, o los coloridos apotecios anaranjados no aparecen. Abandono el camino esperando ver al menos los siempre abundantes y enormes parasoles de pie anillado… nada, ni rastro; tampoco de la gigante cabeza de fraile. Los hermosos morados de las nazarenas que el año pasado a pesar de las pocas y tardías lluvias hicieron acto de presencia, tampoco me regalan la vista… de setas de cardo, níscalos y otras rusuláceas que tras las lluvias de finales de agosto despertaron especulativas, mejor ni hablamos. Este año de sequía extrema y unas temperaturas demasiado altas en la entrada del otoño en algo que solo ha existido en el calendario. Camino por seco musgo, también víctima de la sequía, contemplando los numerosos pinos resineros secos o enfermos a los que la falta de agua también debilita, haciéndoles vulnerables a ataques de hongos y nematodos.

Agazapado entre secas ramas, vigilo un pequeño bebedero de agua al que anhelantes de calmar su sed visitan los confiados petirrojos, los señoriales escribanos y los invisibles garrapinos. Los intrépidos carboneros y herrerillos en estos días con inusitado calor para un septiembre que se acerca a su final, se bañan con alegre frenesí. Absorto contemplo el paso sigiloso a tan solo un par de metros de mí, de una jineta (con 'g' o 'j'). Incrédulo ante el bello espectáculo, contengo la respiración por miedo a que el agudo oído del primitivo carnívoro pueda detectar mi presencia. Este vivérrido (familia a la que pertenece) arbóreo, por sus caracteres primitivos aportan valiosos datos para la comprensión de la evolución filogenética de los Carnívoros. Como no podía ser de otro modo puesto que además del eficiente oído, la jineta posee un olfato excepcional y un sentido de la vista muy bueno (aunque no puede distinguir los colores), a los pocos segundos el astuto animal descubre mi presencia. Lejos de mi esperada previsión de huida inmediata, el intrépido animal clava su mirada profunda en mi mirada inquieta; petrificado e inmóvil siento que naturaleza me contempla. Con su lomo claramente encrespado avanza el más hábil de los vivérridos hacia mí. El latido acelerado de mi pecho apaga el cromático cántico de las aves que hasta hace unos segundos reinara en la soledad del monte. Casi reptando con su vientre a tan solo unos centímetros del suelo, sus enormes y móviles orejas desplazadas visiblemente hacia atrás, me sorprende el ver que su trayectoria perfectamente dirigida a mí se desvía ligeramente y esquiva mi escondite manteniendo en todo momento su actitud vigilante. En unos segundos su cuerpo gris parduzco, perfecto para ocultarse en la noche, desaparece de mi campo de visión. Alucinado no sé si más por ver a este animal de hábitos nocturnos, prácticamente inexistentes a plena luz del día, o del extraño comportamiento que hacía mí mostrase.


La gineta es un animal que hasta muy recientemente fue cazado, por lo que no debería mostrar la más mínima confianza ante nuestra presencia. Se tiene constancia de que los romanos tenían jinetas como mascotas en sus casas antes de que los gatos domésticos fuesen traídos de Egipto. En tiempos de Octavio Augusto se introdujo en las Baleares un animal bajo el nombre de 'ictis' para que acabara con las plagas de conejos de las islas. Descartando el gato, el meloncillo y otras mangostas, 'ictis' pudo ser la jineta. También se le llamó 'gato árabe'; se creía que pudieron ser éstos, ya que los jinetes adornaban su montura con piel de este animal, dando origen así a su nombre. De lo que no cabe duda es que la jineta fuese traída de África, donde se domesticó para liberar a los hogares de los roedores. Una vez llegó a la Península se asilvestró de nuevo enriqueciendo nuestra biodiversidad. Además es un animal beneficioso para el hombre y los ecosistemas naturales, por su papel en la regulación de las poblaciones de micromamíferos y por la dispersión de semillas que realiza con sus excrementos.

Existe una curiosa coincidencia entre el hombre y nuestra amiga la gineta. El Homo sapiens también llegó de África a Europa, pero su llegada es muy anterior al de la jineta; la llegada del sapiens a España tuvo como consecuencia el hibridismo con otra especie de Homo, el neanderthalensis, que durante años consideramos inferior y extinto. Hoy todo parece indicar que ni era inferior ni se extinguió, sino que ambos somos una misma especie. Vemos divisiones donde solo hay un necesario mundo diverso. Y llamar extranjera a nuestra jineta sería sin duda una falacia. Pensar en la vida y su evolución es un buen antídoto contra la estupidez humana.

Nº 23 – INVIERNO 2017


lunes, 26 de noviembre de 2018

La felicidad


Por HELENO SAÑA

Cuanto más viejo me hago y más experiencia acumulo, más persuadido estoy de que la vida sólo adquiere su pleno sentido cuando la vinculamos a un ideal que trascienda el área escueta y limitada de nuestro yo. Pensar sólo en sí mismo me ha parecido siempre una forma de la autorreducción y la autonegación. He vivido y moriré con la profunda convicción de que lo único que puede darnos la paz de espíritu que siempre anhelamos es el intento de ser buenos. Y creo asimismo que todo modo diferente u opuesto de conducta no conduce más que al extravío y la alienación, como le ocurre hoy frecuentemente al individuo medio de la sociedad de consumo.

No se trata de seguir o asumir miméticamente los principios de una doctrina religiosa, de un sistema de ideas o de una ideología, sino de elegir voluntariamente y por convicción propia una determinada manera de ser y de obrar. La moral deontológica, desde la mosáica a la kantiana, es por sí sola insuficiente para movilizar nuestra buena voluntad y nuestros buenos sentimientos, ya por el hecho de que nos llega en forma de imposición externa. Sin nuestra participación interior, toda moral o credo religioso acaba por convertirse en letra muerta o en rito mecánico. También en el plano de la conducta ética, la verdad se halla en el interior del hombre, como sabía ya San Agustín, o en las «raisons de coeur» de que nos habla Pascal.

He llegado desde hace tiempo a la conclusión de que la forma más bella de ser felices es la de contribuir a la felicidad de nuestros semejantes. Quienes no comprendan este principio ético o norma de conducta no comprenderán tampoco lo que es la verdadera dicha. Yerran quienes creen que la felicidad es un bien fundamentalmente individual o solipsista; se trata, al contrario, de un bien vinculado intrínsecamente a los demás. Si recuerdo todo esto es porque el mundo moderno ha conducido a un embotamiento de nuestra sensibilidad comunitaria. El culto al egoísmo y al propio Yo no ha hecho olvidar que vida verdadera y digna de este nombre es siempre vida compartida y en común.

El concepto de lo que Aristóteles llamaba vida buena o lograda se ha externalizado y perdido la dimensión interior y espiritual que el Estagirita —siguiendo aquí a Sócrates y Platón— le adjudicaba. La mayoría de la gente parte del supuesto de que la felicidad consiste en tener éxito, y ello en sentido estrictamente cuantitativo y externo. Ello es por lo demás lógico en una sociedad que lo reduce todo a números, estadísticas, sondeos demoscópicos, estudios de mercado, gráficos comparativos, términos medios y listas de 'best sellers', esto es, a competencia y lucha de todos contra todos. Lógico es asimismo que esta misma sociedad tenga a menos todos aquellos atributos y modos de ser que no se dejan contabilizar, como la conciencia moral, el amor al prójimo, la honestidad, el espíritu de sacrificio, la humildad, la generosidad o la grandeza de espíritu. A diferencia de las actividades externas y tasables, estas virtudes no afloran a la superficie y permanecen alojadas en el interior de las personas que las ejercen. Quien obra bien no compite, sino que sigue únicamente los impulsos de su corazón y los dictados de su conciencia. Y quien espera recompensa o trofeos por sus buenas acciones tampoco comprenderá lo que es la verdadera felicidad, cuya esencia es la de no buscar otra compensación que la de haber hecho el bien. Eso es también lo que pensaba Montaigne: «Pero las acciones virtuosas son demasiado nobles de por sí para buscar otra recompensa que la de su propio valor» (Ensayos, II). El gran solitario francés, imbuido de estoicismo y de cultura clásica, no hacía más que expresar lo que había proclamado siempre la 'philosophia perennis', una tradición interrumpida por la llegada de la burguesía y su apología del individualismo posesivo y de la codicia material. Es a partir de ese momento que el valor del hombre empieza a ser medido por el volumen de su cuenta bancaria.

Freud adjudicaba al hombre dos instintos básicos: el erótico y el tanático. Pero no menos profunda es su inclinación a la vulgaridad y a la autodegradación. Eso explica que haya un gran número de personas que no viven realmente, sino que se limitan a vegetar y a contentarse con el 'Ersatz' (sustituto) que la moda y la publicidad le ofrecen. Son quienes no comprenden que existe una jerarquía de valores y que renunciar a lo elevado y hermoso significa renunciar a la verdadera plenitud.

LA CLAVE
Nº 294 / 1-7 diciembre 2006

martes, 20 de noviembre de 2018

1918: el final de la guerra y el fantasma de la revolución


EN EL CENTENARIO DEL ARMISTICIO

Por JESÚS RODRÍGUEZ BARRIO*

El 14 de noviembre de 1918, el recluta estadounidense Arthur Yensen se hallaba registrando las márgenes del Mosa, campo de batalla sembrado de cadáveres en descomposición. Dentro del terrible espectáculo que se ofrecía a sus ojos pudo ver, entre otras cosas, «una pierna con los genitales colgando de un extremo», «una cabeza sin cuerpo», «un estómago esparcido sobre la hierba, y enrollados en las ramas de un árbol cercano, los intestinos» y por último, «un soldado estadounidense pateándole la cara a un alemán muerto hasta hacérsela papilla» [1]. La peor matanza vivida hasta entonces por la humanidad (la Gran Guerra) había terminado en el frente occidental, a las 11 horas del día 11 de noviembre de 1918, en virtud del Armisticio acordado según las condiciones pactadas el 6 de noviembre por el representante del gobierno imperial del káiser, Matthias Erzberger, y el mariscal Foch, quien le había hecho entrega del paquete de condiciones impuestas por los Aliados en un vagón de tren estacionado en el claro de un bosque cerca de Compiègne [2].

El espíritu que impregnó el Armisticio de 1918, y todo el final de la guerra, queda perfectamente representado por las concesiones realizadas a última hora por Foch en aquella entrevista, permitiendo al ejército alemán entregar un número menor de camiones, aparatos aéreos y ametralladoras con el objetivo de «mantener una fuerza disciplinada para utilizarla contra el bolchevismo». Por el mismo motivo se eliminó también la exigencia de la retirada inmediata de suelo ruso [3].

El detonante que puso en marcha la secuencia de acontecimientos que confluyeron en el alto el fuego del 11 de noviembre de 1918 fue la noticia, recibida el 28 de septiembre, de que Bulgaria había solicitado un armisticio. Ese día, después de las derrotas continuadas de aquel verano en el Marne y Amiens, el general Ludendorff (máximo dirigente en la práctica del Ejército y el Gobierno de la Alemania Imperial) sufrió una crisis nerviosa y llegó a la conclusión de que Alemania debía solicitar inmediatamente la paz, iniciando contactos con el presidente de los Estados Unidos (Woodrow Wilson) para conseguir cuanto antes un armisticio en el frente occidental. Como dijo el propio Ludendorff a los miembros de su Estado mayor, era prioritario «evitar que la derrota provocara una retirada desordenada del Ejército convirtiéndolo en un instrumento inútil para combatir la revolución». Los soldados ya estaban envenenándose de ideas socialistas y resultaba imposible confiar en las tropas ante el previsible avance en masa de los Aliados. Había que evitar a toda costa el derrumbamiento del Ejército [4].

Como parte de la operación era imprescindible una democratización perfectamente orquestada (una revolución desde arriba, para evitar otra desde abajo). Los socialistas [o socialdemócratas] debían entrar en el gobierno para compartir la responsabilidad de la derrota. En realidad, las posiciones no estaban tan lejanas en este punto pues el presidente (Wilson) deseaba la permanencia de Guillermo II en el trono (aunque fuera solo nominalmente): lo consideraba incluso una garantía de que Alemania no cayera en manos bolcheviques.

Durante el mes de octubre tuvo lugar un intercambio continuado de mensajes entre Berlín y Washington al margen de los aliados europeos. En el curso de la negociación, Ludendorff endureció su posición y finalmente se enfrentó con el káiser, que lo relevó en el mando, y con el canciller (príncipe Maximiliano) que estaba convencido de que si no satisfacían el deseo de paz del pueblo «la revolución acabaría con ellos como había acabado con los liberales en Rusia» [5].

Los Aliados discutieron las condiciones del armisticio en dos conferencias celebradas en París entre el 6 y 9 de octubre y entre el 29 de octubre y el 4 de noviembre. Entre ambas tuvo lugar el hundimiento de los socios de Alemania. El 30 de octubre, el imperio otomano firmó el armisticio aceptando unas condiciones muy duras (la noticia de la petición había llegado a Berlín el día 19) y el Imperio Austrohúngaro se desintegró durante el mes de octubre como consecuencia de diversas revoluciones nacionales que también tuvieron un importante componente social en las grandes ciudades, particularmente en Viena y Budapest. El 3 de noviembre se firmó el armisticio en el frente italiano.

La desintegración de Austria-Hungría abría una importante amenaza para Alemania a través de la frontera sur de Baviera, pero el episodio final del hundimiento tuvo lugar en Kiel, cuando los marineros de la III Escuadra de acorazados se amotinaron como respuesta a los planes de la SKL (Dirección de Guerra Naval) para llevar a cabo una acción suicida contra la Royal Navy en los últimos días de la guerra. El 3 de noviembre el Ejército disparó sobre una gran manifestación contra la guerra que recorrió el centro de la ciudad. El 4 de noviembre (Lunes Rojo) los marineros se hicieron con el control de los grandes barcos. La guarnición de la ciudad se les unió y se creó un consejo de soldados que se hizo con el poder local. El SPD envió a uno de sus líderes, Gustav Noske [6], con el objetivo de controlar el movimiento y restablecer el orden. Noske fue elegido presidente del consejo de soldados de Kiel pero la revolución se extendió como la pólvora por todas las capitales de provincia y los insurgentes se hicieron con el control de los puentes sobre el Rin, lo cual hacía casi imposible restaurar el orden mediante las tropas del frente occidental.


El día 6, como consecuencia del hundimiento de todos sus aliados y el estallido de la revolución, el gobierno alemán envió su delegación para negociar con los aliados, con el mandato de conseguir un alto el fuego a cualquier precio. Pero cuando Erzberger transmitió las condiciones negociadas en Compiègne el gobierno del káiser ya había dejado de existir.

El día 7 los líderes del SPD comunicaron al canciller Maximiliano que, si el káiser no abdicaba, estallaría una revolución social. El canciller dimitió y el 9 de noviembre anunció, por su propia iniciativa, que el káiser había abdicado transmitiendo el poder a un gobierno presidido por el socialista Friedrich Ebert. Los jefes del SPD, aunque republicanos en teoría, habían manifestado sus preferencias por una monarquía constitucional, pero ese mismo día el socialista Scheidemann (copresidente del SPD junto a Ebert) proclamó la República desde el edificio del Reichstag para evitar la proclamación espartaquista de un régimen soviético [7].

En realidad el káiser aún no había abdicado, pero lo hizo ese mismo día después de comprobar que la mayoría de los altos mandos del ejército consideraban imposible restablecer el orden monárquico ante la falta de unidades militares de confianza. El día 10 partió camino de Holanda, cuyo Gobierno le había ofrecido asilo político.

Ese mismo día el socialista Ebert, nuevo jefe del Gobierno, comunicó a los Aliados su aceptación del armisticio con las condiciones pactadas en Compiègne y entabló conversaciones secretas con el general Wilhelm Groener (sucesor de Ludendorff como jefe del Ejército) en las que se comprometió a mantener intacto el aparato burocrático imperial, combatir el bolchevismo y a respetar los derechos de mando de los oficiales con el objetivo fundamental de mantener el orden público y frenar la revolución. La 'Revolución de Noviembre' también preservó las élites judiciales, académicas y empresariales de la Alemania Imperial [8].

El armisticio dejó sin efecto los tratados de Brest-Litovsk y Bucarest pero permitió, en la práctica, el mantenimiento de algunas tropas voluntarias (freikorps) en el este de Europa para contener a los bolcheviques. Desde el principio, se impusieron duras limitaciones y condiciones de desmovilización al Ejército alemán (concretadas posteriormente en el Tratado de Versalles) pero permitiendo a Alemania conservar intacta toda su estructura de mando y el cuerpo de oficiales.

Lloyd George y Henry Wilson (jefe de la Fuerza Expedicionaria Británica, BEF) sintieron gran alivio cuando supieron que sus tropas no tenían que invadir unas regiones enemigas infestadas de bolcheviques, eludiendo la posible contaminación que se hubiera podido derivar de una presencia continuada en un territorio hostil lleno de elementos revolucionarios [9].

El 10 de diciembre de 1918 el socialista Ebert recibió, en la Puerta de Brandeburgo, a las tropas que regresaban del frente con unas palabras que pasaron a la historia: «Ningún enemigo os ha vencido». El objetivo evidente era congraciarse con las fuerzas del militarismo reaccionario para prevenir un golpe militar y conseguir su apoyo para hacer frente a la inminente amenaza de la revolución comunista. Acababa de nacer la leyenda de la puñalada por la espalda, cultivada posteriormente, con gran éxito, por el oportunista Ludendorff y el Partido Nazi como elemento fundamental para potenciar el revanchismo militarista alemán y la persecución de todos los traidores del frente interior.

Más de medio millón de soldados perdieron la vida o resultaron heridos durante las semanas de negociaciones del armisticio, durante las cuales los combates continuaron con gran ferocidad en Flandes y en el Mosa [10]. Durante el mes de octubre la epidemia de gripe mataba diariamente a 7.000 personas en Gran Bretaña. La gripe mató a más de 500.000 estadounidenses, superando el número total de soldados muertos en combate entre las dos guerras mundiales, la guerra de Corea y la guerra de Vietnam. Se calcula que entre 20 y 30 millones de personas murieron en el mundo como consecuencia de la epidemia. Aparte de las víctimas de la gripe, se calcula que casi medio millón de civiles murieron en Alemania durante el último año de la guerra como consecuencia del hambre y la miseria causados en gran parte por el bloqueo impuesto por los Aliados.


Todos estos datos son, sin duda, argumentos en favor de los beneficios que representó para la humanidad la conclusión anticipada de la guerra mediante un armisticio sin llegar a la invasión de Alemania y su ocupación militar. Pero es muy probable que, de haber continuado la guerra, la resistencia militar de Alemania hubiera sido prácticamente nula después de la revolución de noviembre y, por otra parte, el armisticio no significó el final del bloqueo, que fue mantenido como instrumento de presión durante el tiempo que duraron las negociaciones del tratado de Versalles, prolongando el hambre, la miseria, la muerte y el sufrimiento entre la población civil de Alemania.

En aquel momento no faltaron voces, entre los propios Aliados, que previnieron sobre los posibles efectos futuros de la conclusión anticipada de los combates; entre ellos, Poincaré (presidente francés), Pershing [11] (jefe de la Fuerza Expedicionaria de los Estados Unidos, AEF) o el propio Lloyd George (primer ministro británico) quien, a pesar de sus sentimientos reaccionarios favorables a preservación de la estructura de la Alemania Imperial como garantía frente al bolchevismo, mostró un destello de clarividencia durante la última conferencia de paz, que finalizó en París el 4 de noviembre, cuando preguntó «si un armisticio en aquellos momentos no dejaría a los alemanes la sensación de no haber sufrido derrota alguna, impulsándolos a declarar de nuevo la guerra en menos de 20 años» [12].

Sin duda, más allá de cualquier consideración humanitaria, fue el miedo a provocar el hundimiento completo del Ejército y del Estado de la Alemania Imperial (y el consiguiente peligro revolucionario) el principal motivo que provocó el deseo confluyente de las dos partes para concluir de forma urgente los combates mediante el armisticio de noviembre de 1918 [13].

El Armisticio de 1918 y la política de la socialdemocracia alemana perdonaron la vida a las fuerzas más reaccionarias de la Alemania Imperial, pero en aquel momento los gobiernos aliados de ambos lados del Atlántico y las fuerzas democrático-liberales (incluida la socialdemocracia) ya no percibían al militarismo alemán como el principal peligro para la paz, la democracia y el futuro de la humanidad (como repetidamente había manifestado durante los años de la Gran Guerra). A pesar de sus peligros [14], el militarismo reaccionario de la Alemania Imperial era incluso considerado un útil aliado para hacer frente a lo que entonces percibían como el principal peligro para la estabilidad y la supervivencia de las democracias capitalistas que dirigían.

Desde hacía más de un año un viejo fantasma recorría otra vez Europa 70 años después. El fantasma del comunismo, mucho más real y material que nunca, sembraba el terror entre la burguesía y las clases medias de la vieja Europa. El miedo a ese fantasma impidió ver los monstruos que crecían en la sombra y que volvieron a traer al mundo el sufrimiento, la destrucción y la muerte, a una escala imposible de imaginar, tan solo 20 años después.


10/11/2018


 
* Jesús Rodríguez Barrio es economista y miembro de La Comuna


Notas:

[1] Mead, Gary: The doughboys: America and the First World War.(Woodstock, Overlook Press, 2000) pp. 344-345.Recogido en: John H. Morrow Jr. La Gran Guerra (Edhasa, Barcelona, 2014) p. 604.

[2] El paquete de condiciones impuestas por los Aliados para el Armisticio se había cerrado el 4 de noviembre en la segunda conferencia de París.

[3] Stevenson, David: 1914-1918. Historia de la Primera Guerra Mundial. (Penguin, Barcelona, 2013) p. 643.

[4] Stevenson, op. cit. p. 610.

[5] Stevenson, op. cit. pp. 615-616.

[6] El socialista Gustav Noske ejerció, durante las jornadas de enero de 1919, como jefe de las fuerzas militares y paramilitares reaccionarias que aplastaron el levantamiento revolucionario en Berlín y asesinaron a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

[7] La Liga Espartaquista había sido creada en 1916 por Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin (y otros militantes de la izquierda socialista) a partir del llamado Grupo de la Internacional, que había crecido durante la guerra como una fracción marxista-revolucionaria dentro del SPD (Partido Socialdemócrata). Liebknecht fue el único miembro del Reichstag que votó contra los créditos de guerra en 1914. Esta organización fue, junto con otros grupos izquierdistas, el embrión del Partido Comunista de Alemania (KPD), creado en el Congreso de Berlín que tuvo lugar entre el 30 de diciembre de 1918 y el 1 de enero de 1919.

[8] Ebert había declarado, en una conversación con el canciller Maximiliano, que lo último que deseaba era una revolución comunista: «Yo no quiero eso, de hecho lo detesto con toda mi alma». Gerwarth, Robert: Los vencidos (Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2017) p. 133.

[9] Declaraba Lloyd George, en su Memorandum de Fontainebleau, escrito en 1919: «el mayor peligro que veo en la situación actual es que Alemania pueda unirse al bolchevismo y poner sus recursos, su inteligencia, su enorme capacidad de organización a disposición de los fanáticos revolucionarios cuyo sueño es conquistar el mundo para el bolchevismo por la fuerza de las armas». (Gerwarth, op. cit, p. 188).

[10] Stevenson, op. cit. p. 625.

[11] El 30 de octubre, Pershing abogó por la rendición incondicional de las fuerzas alemanas en la Segunda Conferencia de Paz de París (Morrow, op. cit. p. 602).

[12] French, D.: Had We Known…, recogido en «Treaty of of Versailles» (Boemeke et al., eds.) y citado en Stevenson, op. cit., p. 620.

[13] En el caso de Inglaterra y Francia existió una motivación adicional, de carácter puramente imperialista: los primeros ministros de Inglaterra y Francia (David Lloyd George y Georges Clemenceau) coincidían en su apreciación de la conveniencia de firmar un alto el fuego antes de que los estadounidenses adquirieran mayor preponderancia en el esfuerzo y la conducción de la guerra, lo que les habría permitido dictar las condiciones de paz al margen de las ambiciones imperiales de ambos países. A finales de octubre, el gabinete de guerra británico había llegado a la conclusión de que en 1919 Estados Unidos sustituiría al Reino Unido «como principal potencia militar, diplomática y financiera del planeta». (Stevenson, op. cit., p. 622 y Morrow, op. cit. p. 600).

[14] Esos peligros ya se manifestaron de forma muy temprana en los golpes fascistas que fracasaron en Alemania en 1920 (Kapp) y 1923 (Hitler). Aquello era, tan solo, un anticipo de lo que estaba por venir.