domingo, 20 de junio de 2021

La mente de las plantas

De los recuerdos de las flores hasta la sociabilidad de los árboles, las capacidades cognitivas de nuestros primos vegetales están a nuestro alrededor.

Por LAURA RUGGLES

A primera vista, la malva (Lavatera cretica) es poco más que una mala hierba poco atractiva. Tiene flores rosadas y hojas anchas y planas que siguen la luz solar durante todo el día. Sin embargo, es lo que hace la malva por la noche lo que ha catapultado a esta humilde planta al centro de atención científica. Horas antes del amanecer, entra en acción, girando sus hojas para encarar por anticipado la dirección del amanecer. La malva parece recordar dónde y cuándo salió el sol los días anteriores, y actúa para asegurarse de que pueda recolectar la mayor cantidad de energía luminosa posible cada mañana. Cuando los científicos intentan confundir a las malvas en sus laboratorios intercambiando la ubicación de la fuente de luz, las plantas simplemente aprenden la nueva orientación.

¿Qué significa incluso decir que una malva puede aprender y recordar la ubicación del amanecer? La idea de que las plantas pueden comportarse de manera inteligente, y mucho menos aprender o formar recuerdos, era una noción marginal hasta hace muy poco. Se cree que los recuerdos son tan fundamentalmente cognitivos que algunos teóricos sostienen que son un marcador necesario y suficiente para saber si un organismo puede realizar los tipos de pensamiento más básicos. Seguramente la memoria requiere un cerebro, y las plantas carecen incluso del rudimentario sistema nervioso de insectos y gusanos.

Sin embargo, durante la última década, este punto de vista ha sido fuertemente cuestionado. La malva no es una anomalía. Las plantas no son simplemente autómatas pasivos orgánicos. Ahora sabemos que pueden sentir e integrar información sobre docenas de diferentes variables ambientales y que utilizan este conocimiento para guiar un comportamiento flexible y adaptativo.

Por ejemplo, las plantas pueden reconocer si las plantas cercanas son parientes o no, y ajustar sus estrategias de alimentación en consecuencia. La flor Impatiens pallida, también conocida como 'nometoques', es una de varias especies que tiende a dedicar una mayor proporción de recursos al cultivo de hojas en lugar de raíces cuando es colocada cerca de plantas extrañas a ella, una táctica aparentemente orientada a competir por la luz solar, un imperativo que se reduce cuando se crece junto a plantas hermanadas a ella. Las plantas también organizan defensas complejas y específicas en respuesta al reconocimiento de depredadores concretos. La pequeña flor Arabidopsis thaliana, también conocida como arabieta, oruga o berro oreja de ratón, puede detectar las vibraciones causadas por las orugas que la mastican y así liberar aceites y productos químicos para repeler a los insectos.

Las plantas también se comunican entre sí y con otros organismos, como parásitos y microbios, utilizando una variedad de canales, incluidas las «redes de micorrizas» de hongos que conectan los sistemas de raíces de múltiples plantas, como una especie de internet subterránea. Quizás no sea realmente tan sorprendente, entonces, que las plantas aprendan y usen los recuerdos para predecir y tomar decisiones.

¿Qué implica el aprendizaje y la memoria para una planta? Un ejemplo que está al frente y al centro del debate es la vernalización, un proceso en el que ciertas plantas deben exponerse al frío antes de que puedan florecer en la primavera. El 'recuerdo del invierno' es lo que ayuda a las plantas a distinguir entre la primavera (cuando los polinizadores, como las abejas, están muy ocupados) y el otoño (cuando no están activos los polinizadores, y la decisión de florecer en la época incorrecta del año podría ser desastrosa desde el punto de vista reproductivo).

En la planta experimental favorita de los biólogos, A thaliana, un gen llamado FLC produce una sustancia química que impide que se abran sus pequeñas flores blancas. Sin embargo, cuando la planta está expuesta a un largo invierno, los subproductos de otros genes miden el tiempo que ha estado frío y cierran o reprimen las FLC en un número creciente de células a medida que persiste el frío. Cuando llega la primavera y los días comienzan a alargarse, la planta, preparada por el frío para tener un bajo FLC, ahora puede florecer. Pero para ser efectivo, el mecanismo anti-FLC necesita un período frío prolongado, en lugar de períodos más cortos de temperaturas fluctuantes.

Esto involucra lo que se llama memoria epigenética. Incluso después de que las plantas vernalizadas se devuelvan a condiciones cálidas, la FLC se mantiene baja mediante la remodelación de las llamadas marcas de cromatina. Se trata de proteínas y pequeños grupos químicos que se adhieren al ADN dentro de las células e influyen en la actividad genética. La remodelación de la cromatina puede incluso transmitirse a generaciones posteriores de células divididas, de modo que estas células producidas posteriormente »recuerden» inviernos pasados. Si el período frío ha sido lo suficientemente largo, las plantas con algunas células que nunca pasaron por un período frío aún pueden florecer en primavera, porque la modificación de la cromatina continúa inhibiendo la acción de las FLC.

¿Pero se puede llamar a esto memoria? Los científicos de plantas que estudian la 'memoria epigenética' serán los primeros en admitir que es fundamentalmente diferente del tipo de cosas que estudian los científicos cognitivos. ¿Es este uso del lenguaje solo una taquigrafía metafórica, que cierra la brecha entre el mundo familiar de la memoria y el dominio desconocido de la epigenética? ¿O revelan las similitudes entre los cambios celulares y los recuerdos a nivel de organismo algo más profundo sobre lo que realmente es la memoria?

Tanto los recuerdos epigenéticos como los «cerebrales» tienen una cosa en común: un cambio persistente en el comportamiento o el estado de un sistema, causado por un estímulo ambiental que ya no está presente. Sin embargo, esta descripción parece demasiado amplia, ya que también captaría procesos como daño en los tejidos, heridas o cambios metabólicos. Quizás la pregunta interesante no sea realmente si los recuerdos son necesarios o no para la cognición, sino más bien qué tipos de recuerdos indican la existencia de procesos cognitivos subyacentes y si estos procesos existen en las plantas. En otras palabras, en lugar de mirar la «memoria» en sí, sería mejor examinar la cuestión más fundamental de cómo se adquieren, forman o aprenden los recuerdos.

«Las plantas recuerdan», dijo la ecóloga del comportamiento Monica Gagliano en una entrevista de radio reciente, «saben exactamente lo que está pasando». Gagliano es una investigadora de la Universidad de Australia Occidental, que estudia las plantas aplicando técnicas de aprendizaje conductual desarrolladas para animales. Ella razona que si las plantas pueden producir los resultados que nos llevan a creer que otros organismos pueden aprender y recordar, deberíamos concluir de la misma manera que las plantas comparten estas capacidades cognitivas. Una forma de aprendizaje que se ha estudiado ampliamente es la habituación, en la que las criaturas expuestas a un estímulo inesperado pero inofensivo (un ruido, un destello de luz) tendrán una respuesta de advertencia que disminuirá lentamente con el tiempo. Piense en entrar en una habitación con un refrigerador zumbando: al principio es molesto, pero por lo general se acostumbrará y tal vez ni se dé cuenta después de un tiempo. La verdadera habituación es específica del estímulo, por lo que con la introducción de un estímulo diferente y potencialmente peligroso, el animal se reactivará. Incluso en una sala ruidosa, probablemente se sobresaltará con el sonido de un fuerte estallido. A esto se le llama deshabituación y distingue el aprendizaje genuino de otros tipos de cambio, como la fatiga.

En 2014, Gagliano y sus colegas probaron las capacidades de aprendizaje de una pequeña planta llamada mimosa sensitiva o dormilona (Mimosa púdica), una planta anual rastrera también conocida como touch-me-not ('no-me-toques', AyR). Su nombre proviene de la forma en que sus hojas se cierran a la defensiva en respuesta a una amenaza. Cuando Gagliano y sus colegas dejaron caer una Mimosa pudica desde una altura (algo que la planta nunca habría encontrado en su historia evolutiva), las plantas se dieron cuenta de que esto era inofensivo y no exigía una respuesta de plegado. Sin embargo, mantuvieron la capacidad de respuesta cuando se los sacudió de repente. Además, los investigadores descubrieron que la habitabilidad de la Mimosa pudica también era sensible al contexto. Las plantas aprendieron más rápido en entornos con poca luz, donde era más costoso cerrar las hojas debido a la escasez de luz y la necesidad de conservar energía. (El grupo de investigación de Gagliano no fue el primero en aplicar enfoques de aprendizaje conductual a plantas como Mimosa pudica, pero los estudios anteriores no siempre estuvieron bien controlados, por lo que los hallazgos fueron inconsistentes).

Pero, ¿qué pasa con el aprendizaje más complejo? La mayoría de los animales también son capaces de un aprendizaje condicionado o asociativo, en el que se dan cuenta de que dos estímulos tienden a ir juntos. Esto es lo que te permite adiestrar a tu perro para que venga cuando silbas, ya que el perro llega a asociar ese comportamiento con golosinas o cariño. En otro estudio, publicado en 2016, Gagliano y sus colegas probaron si el guisante (Pisum sativum) podría vincular el movimiento del aire con la disponibilidad de luz. Colocaron las plántulas en la base de un laberinto en forma de Y, para ser golpeadas por el aire proveniente de solo una de las horquillas, la más brillante. Luego se permitió que las plantas crecieran en cualquier bifurcación del laberinto en forma de Y, para comprobar si habían aprendido la asociación. Los resultados fueron positivos, mostrando que las plantas aprendieron la respuesta condicionada de una manera relevante para la situación.

Cada vez hay más pruebas de que las plantas comparten algunas de las preciadas capacidades de aprendizaje de los animales. ¿Por qué hemos tardado tanto en darnos cuenta de esto? Podemos empezar a comprender las causas realizando un pequeño experimento. Mira esta imagen. ¿Qué representa?


 
La mayoría de las personas responderán nombrando la clase general de animales presentes ('dinosaurios') y lo que están haciendo ('peleando', 'saltando'), o si son fanáticos de los dinosaurios, identificando los animales específicos (género Dryptosaurus). Rara vez se mencionan los musgos, las hierbas, los arbustos y los árboles de la imagen; a lo sumo, se los puede referir como el fondo o el escenario del evento principal, que comprende a los animales presentes «en un campo».

En 1999, los educadores de biología James Wandersee y Elisabeth Schussler llamaron a este fenómeno ceguera ante las plantas, una tendencia a pasar por alto las capacidades, el comportamiento y los roles ambientales únicos y activos que desempeñan las plantas. Los tratamos como parte del trasfondo, no como agentes activos en un ecosistema.

Algunas de las razones de la ceguera de las plantas son históricas: resacas filosóficas de paradigmas largamente desmantelados que continúan infectando nuestro pensamiento sobre el mundo natural. Muchos investigadores todavía escriben bajo la influencia de la influyente noción de Aristóteles de la scala naturae, la escalera de la vida, con las plantas en la parte inferior de la jerarquía de capacidad y valor, y el ser humano en la cima. Aristóteles enfatizó la división conceptual fundamental entre la vida vegetal inmóvil e insensible y el reino sensorial activo de los animales. Para él, la división entre los animales y la humanidad era igualmente marcada; no creía que los animales pensaran, de ninguna manera significativa. Después de la reintroducción de tales ideas en la educación de Europa occidental a principios del siglo XIII y durante todo el Renacimiento, el pensamiento aristotélico ha permanecido notablemente persistente.

Hoy en día, podríamos llamar a este sesgo sistemático contra los no animales zoocentrismo. Está bien documentado en el sistema educativo, en los libros de texto de biología, en las tendencias de lo que se publica y en la representación de los medios. Además, los niños que crecen en las ciudades tienden a carecer de contacto con las plantas a través de la observación interactiva, el cuidado de las plantas, la apreciación y el conocimiento de las plantas basadas en el contacto por proximidad.

Las particularidades de la forma en que funcionan nuestros cuerpos (nuestros sistemas de percepción, atención y cognitivos) contribuyen a la ceguera y los prejuicios hacia las plantas. Las plantas no suelen saltar sobre nosotros de repente, no presentan una amenaza inminente o no se comportan de una manera que obviamente nos impacta. Los hallazgos empíricos muestran que las plantas no se detectan con tanta frecuencia como los animales, no captan nuestra atención tan rápidamente y las olvidamos más fácilmente que a los animales. A menudo es adaptativo tratarlos como objetos o simplemente filtrarlos. Además, el comportamiento de las plantas implica con frecuencia cambios químicos y estructurales que son simplemente demasiado pequeños, demasiado rápidos o demasiado lentos para que los percibamos sin un equipamento adecuado.

Como nosotros mismos somos animales, también es más fácil para nosotros identificar la conducta animal como si fuera el único comportamiento. Los hallazgos recientes en robótica indican que es más probable que los participantes humanos atribuyan propiedades como la emoción, la intencionalidad y el comportamiento a un sistema cuando ese sistema se ajusta al comportamiento animal o humano. Parece que, cuando decidimos interpretar un comportamiento como inteligente, nos basamos en prototipos antropomórficos. Esto ayuda a explicar nuestra reticencia intuitiva a atribuir capacidades cognitivas a las plantas.

Pero quizás el prejuicio no sea la única razón por la que se ha descartado la cognición vegetal. A algunos teóricos les preocupa que conceptos como «memoria vegetal» no sean más que metáforas confusas. Cuando intentamos aplicar la teoría cognitiva a las plantas de una manera menos vaga, dicen, parece que las plantas están haciendo algo bastante diferente a los animales. Los mecanismos de las plantas son complejos y fascinantes, coinciden, pero no cognitivos. Existe la preocupación de que estemos definiendo la memoria de manera tan amplia que no tenga sentido, o que cosas como la habituación no sean, en sí mismos, mecanismos cognitivos.

Una forma de sondear el significado de la cognición es considerar si un sistema intercambia representaciones. Generalmente, las representaciones son estados que tratan sobre otras cosas y pueden reemplazar esas cosas. Un conjunto de líneas de colores puede formar una imagen que representa a un gato, al igual que la palabra «gato» en esta página. Los estados del cerebro también se toman generalmente para representar partes de nuestro entorno y, por lo tanto, nos permiten navegar por el mundo que nos rodea. Cuando las cosas van mal con nuestras representaciones, podríamos representar cosas que no existen en absoluto, como cuando tenemos alucinaciones. De manera menos drástica, a veces nos equivocamos un poco o tergiversamos partes del mundo. Es posible que escuche mal las letras de manera divertida (a veces llamadas pomporrutas) o me asuste violentamente pensando que una araña se arrastra por mi brazo, cuando solo es una mosca. La capacidad de equivocarse de esta manera, de tergiversar algo, es una buena indicación de que un sistema está utilizando representaciones cargadas de información para navegar por el mundo; es decir, que es un sistema cognitivo.

Cuando creamos recuerdos, podría decirse que retenemos parte de esta información representada para su uso posterior «sin conexión». El filósofo Francisco Calvo Garzón de la Universidad de Murcia en España ha argumentado que, para que un estado físico o mecanismo sea representativo, debe «representar cosas o eventos que no están disponibles temporalmente». La capacidad de las representaciones para reemplazar algo que no está allí, afirma, es la razón por la que se considera que la memoria es la marca de la cognición. A menos que pueda operar fuera de línea, un estado o mecanismo no es genuinamente cognitivo.

Por otro lado, algunos teóricos admiten que ciertas representaciones solo pueden operar «en línea», es decir, representan y rastrean partes del entorno en tiempo real. La capacidad nocturna de la malva para predecir dónde saldrá el Sol, incluso antes de que aparezca, parece implicar representaciones «fuera de línea»; otras plantas heliotrópicas, que siguen al Sol solo mientras se mueve por el cielo, posiblemente involucran una especie de representación «en línea». Los organismos que usan solo esa representación en línea, dicen los teóricos, aún podrían ser cognitivos. Pero los procesos fuera de línea y la memoria proporcionan una evidencia más sólida de que los organismos no solo responden de manera refleja a su entorno inmediato. Esto es particularmente importante para establecer afirmaciones sobre organismos que no estamos inclinados intuitivamente a pensar que son cognitivos, como las plantas.

¿Existe evidencia de que las plantas representan y almacenan información sobre su entorno para su uso posterior? Durante el día, la malva utiliza tejido motor en la base de sus tallos para girar sus hojas hacia el sol, un proceso que se controla activamente mediante cambios en la presión del agua dentro de la planta (llamado turgencia). La magnitud y la dirección de la luz solar se codifica en tejido sensible a la luz, se extiende sobre la disposición geométrica de las venas de las hojas de la malva y se almacena durante la noche. La planta también rastrea información sobre el ciclo del día y la noche a través de sus relojes circadianos internos, que son sensibles a las señales ambientales que señalan el amanecer y el anochecer.

De la noche a la mañana, utilizando información de todas estas fuentes, la malva puede predecir dónde y cuándo saldrá el sol al día siguiente. Puede que no tenga conceptos como «el sol» o «amanecer», pero almacena información sobre el vector de luz y los ciclos día/noche que le permite reorientar sus hojas antes del amanecer para que sus superficies miren hacia el sol mientras asciende en el cielo. Esto también le permite volver a aprender una nueva ubicación cuando los fisiólogos de plantas se meten con su «cabeza» cambiando la dirección de la fuente de luz. Cuando las plantas se cierran en la oscuridad, el mecanismo de anticipación también funciona fuera de línea durante unos días. Al igual que otras estrategias de alimentación, se trata de optimizar los recursos disponibles, en este caso, la luz solar.

¿Este mecanismo cuenta como una «representación», en lugar de partes del mundo que son relevantes para el comportamiento de la planta? Sí, en mi opinión. Así como los neurocientíficos intentan descubrir los mecanismos en el sistema nervioso para comprender el funcionamiento de la memoria en los animales, la investigación con plantas está comenzando a desentrañar los sustratos de la memoria que permiten a las plantas almacenar y acceder a información, y utilizar esa memoria para guiar el comportamiento.

Las plantas son un grupo diverso y flexible de organismos cuyas extraordinarias capacidades apenas estamos empezando a comprender. Una vez que ampliemos la vista de nuestra curiosidad más allá de los reinos animales e incluso vegetales, para observar hongos, bacterias, protozoos, podríamos sorprendernos al descubrir que muchos de estos organismos comparten muchas de las mismas estrategias y principios básicos de comportamiento que nosotros, incluidas entre ellas la capacidad para formas de aprendizaje y memoria.

Para lograr un progreso efectivo, debemos prestar especial atención a los mecanismos de las plantas. Necesitamos tener claro cuándo, cómo y por qué usamos la metáfora. Necesitamos ser precisos acerca de nuestras afirmaciones teóricas. Y cuando la evidencia apunta en una dirección, incluso cuando se aleja del consenso común, debemos seguir con valentía hacia donde nos lleve. Estos programas de investigación aún están en su infancia, pero sin duda continuarán conduciendo a nuevos descubrimientos que desafían y amplían las perspectivas humanas sobre las plantas, desdibujando algunas de las fronteras tradicionales que separaban los reinos de las plantas y los animales.

Por supuesto, es un esfuerzo de imaginación tratar de pensar en lo que el pensamiento podría significar para estos organismos, que carecen de la división cerebro (mente) / cuerpo (motor). Sin embargo, si nos esforzamos, podríamos terminar expandiendo los conceptos, como «memoria», «aprendizaje» y «pensamiento», que inicialmente motivaron nuestra investigación. Una vez hecho esto, vemos que, en muchos casos, hablar de aprendizaje y memoria de las plantas no es solo metafórico, sino también práctico. La próxima vez que te encuentres con una malva en la acera que se balancea a la luz del sol, tómate un momento para mirarla con nuevos ojos y apreciar la ventana que esta pequeña hierba abre a las extraordinarias capacidades cognitivas de las plantas. 

Fuente: https://noticiasayr.blogspot.com/2021/04/la-mente-de-las-plantas.html

domingo, 4 de abril de 2021

Sobre la ideología de Félix Rodríguez de la Fuente

FÉLIX ENTREVISTADO

Por JOAQUÍN ARAUJO

Podemos considerar las numerosísimas entrevistas que le hicieron a Félix a lo largo de su vida —varios centenares— como una parte de su legado verbal, si bien casi todas ellas estaban destinadas a la prensa escrita. Glosando algunas de ellas, podremos recoger en directo y con el irrefutable testimonio del documento impreso una considerable parte de su pensamiento.

Las entrevistas a Rodríguez de la Fuente están impregnadas de sus propias ideas sobre la vida, la naturaleza y el papel del hombre en la misma. Sus dos primeras grandes preocupaciones están bastante glosadas a lo largo de este libro, por consiguiente, dedicaré este apartado a comentar sus referencias al ser humano como árbitro de todo lo que le pasa a la naturaleza y a él mismo.

He preferido remitirme estrictamente a las declaraciones del desaparecido divulgador para no interferir en ellas con la interpretación que yo mismo podría darles. Y, sobre todo, porque mantuve algunas discrepancias, siempre amistosamente debatidas con él, sobre el alcance de alguno de los puntales de su pensamiento. Incluso quiero evitar que mi vieja adscripción a la izquierda pueda echar chispas al analizar una forma de pensar, la de Rodríguez de la Fuente, que entronca en algunos aspectos con la más clásica de las derechas. Factor que jamás ensombreció nuestra estrecha colaboración, ni impidió que estuviéramos básicamente de acuerdo en la necesidad de defender la naturaleza. Veamos algunas muestras de su ideario.

 

«Yo lo que soy es un hombre que cree firmemente en las cosas que al hombre se le han dado norma en ética, en moral, en los decálogos… Y no me estoy refiriendo a normas que vayan dirigidas solamente a creyentes, sino también a agnósticos, a todos en suma. Si no conseguimos fortalecer estas normas que nos han sido impuestas para una mejor convivencia de la Humanidad, veo sombrío nuestro futuro. Dos de las épocas que se recuerdan como de mayor agresividad fueron la homérica y la del Medievo. Sin embargo, eran épocas de la mayor generosidad de los vencedores con los vencidos, de los rivales con sus enemigos. Terminaba la lucha y se portaban caballerosamente. Bastaba poner el cuello, como hacen los lobos, y la lucha concluía…

 

»Mi gran maestro en etología es Konrad Lorenz, y él se ocupa de la agresividad, haciendo notar que las pautas agresivas no faltan ni en las células. Competencia, que es una forma de agresividad, existe y existirá siempre en todas las especies. Por fortuna, la agresividad en los animales es positiva. Donde suele ser negativa es en la especie humana. En los animales conduce a una mejora y selección de la especie. En cambio, en el hombre… Bien, que no sé qué sería de la especie humana si no existiese un freno, una policía para el control de la agresividad. Y ésta se da, curiosamente, en los Estados liberales, en los países llamados democráticos. Que son los que más dinero se gastan en aparato policial. Dado que hay muchas libertades, como se ejercitan muchos derechos, es preciso que también existan muchos elementos de control…»

Félix tenía una opinión muy favorable del ecologismo, a pesar de que fue duramente criticado por su aceptación de la energía nuclear:

 

«Los ecologistas desarrollan un papel muy importante y muy positivo, y creo que no hay más remedio que tomarles en serio. Cuando los ecologistas se lanzan a la calle para reivindicar un tema dentro de la conservación, hay que tener en cuenta que dentro de la conservación, hay que tener en cuenta que dentro de sus filas puede haber románticos, pude haber personas que quizá, de no haber existido el ecologismo, estarían militando en aquello de las flores y del hipismo antiguo. Pero la filosofía en la que se mueven todos estos jóvenes inquietos, la mayor parte de las veces con un limpio criterio, con una auténtica pasión por la vida, es una filosofía positiva. Este movimiento representa una ola que lleva y debe llevar a los responsables de la Administración de los países a pensarse las cosas dos veces antes de dar un paso que pueda repercutir negativamente sobre el patrimonio natural del mundo.»

Justo es recordar aquí que, si bien nunca se opuso a la energía nuclear, se manifestó públicamente a favor de los mayores controles, del mayor grado de seguridad y de información a las poblaciones afectadas.

No menos aire se movió por sus opiniones acerca del papel de los dos sexos en la sociedad. Rodríguez de la Fuente consideraba imprescindible el papel de la madre para la especie. Entendía que una gran parte del equilibrio de los niños nace del contacto y la seguridad que le proporcionan sus respectivas madres. Se declaraba 'diferencialista', es decir, partidario de que macho y hembra cumplan misiones complementarias y no de competencia. Jamás negó la realización profesional de las mujeres, pero la consideraba altamente peligrosa para la especie si eso excluía el contacto con los hijos. Llegó a decir: «Si todas las mujeres dejaran a sus hijos en guarderías, sería una gran catástrofe para la humanidad». Y consideraba sagrada su función «engendradora de sabios».

Lógicamente, este apartado podría incrementarse en decenas de folios. Desde aquí lanzo la invitación a editores y estudiosos para que a través de esas declaraciones de Félix Rodríguez de la Fuente a los periodistas y sus innumerables parrafadas en la radio se organice otro libro que aborde monográficamente su pensamiento.

Félix Rodriguez de la Fuente. La voz de la naturaleza
(1990)

viernes, 26 de marzo de 2021

Orwell y la Guerra Fría

Por GEORGE WOODCOK

Fue la buena y la mala fortuna de George Orwell escribir y publicar Rebelión en la granja y 1984 cuando lo hizo, la primera en 1945, la segunda en 1949.

Llegado un tiempo en que las relaciones de los aliados de tiempos de guerra estaban cambiando rápidamente, y la URSS estaba siendo transformada de un aliado querido a un rival desconfiado en el balance del juego del poder de la posguerra, sus libros se hicieron inmediatamente populares. Parecieron dar una formidable munición para el fortalecimiento de la propaganda de la «guerra fría».

Especialmente los americanos, que no sabían nada de la afiliación radical de Orwell, supusieron que era un «guerrero frío» y un antisocialista. Tuvo que escribir cartas indignadas desde su lecho de muerte para corregir esa impresión. Pero aún ahora los conservadores americanos lo reclaman como uno de los suyos. Norman Podhoretz, el derechista editor de Commentary, declaró recientemente que si Orwell hubiera vivido hasta 1984 habría sido un radical convertido en Tory, como el propio Podhoretz.

No gustándome especular sobre lo que pudo haber sido, me limitaré a mostrar por qué, mientras estuvo vivo, Orwell no era ciertamente un guerrero frío. Y que él era un conservador sólo en el sentido que la mayoría de los anarquistas comparten, el de estar horrorizados por los usos hechos de los progresos tecnológicos modernos en un mundo capitalista, y el de desear encontrar modos de preservar los factores sociales positivos que hemos heredado del pasado.

Eso, por supuesto, no está muy lejos de donde estaban Proudhon y Kropotkin, ni de los anarquistas que han subrayado la continuidad del principio de ayuda mutua en la historia humana.

La Guerra Fría emergió parcialmente del odio capitalista hacia la URSS, el cual había sido parcialmente disminuido (o tal vez sólo disimulado) durante el periodo de alianza en la Segunda Guerra Mundial. Y salió parcialmente de las rivalidades territoriales entre EEUU y la URSS, las cuales se había desarrollado cuando el mundo se preparaba para estar libre en términos de esferas de influencia.

El anticomunismo de Orwell precede mucho a la Guerra Fría y tiene diferentes fuentes. Viene de haber aprendido, por experiencia directa en España durante la Guerra Civil, las mismas lecciones que anarquistas como Goldman, Majno, Berkman y Volín aprendieron en Rusia en los años posteriores a 1917: que el comunismo, como fue concebido por Marx, institucionalizado por Lenin y estabilizado por Stalin, se había convertido en una tiranía despiadada.

Mientras correctamente recalcaba el elemento económico en los desarrollos políticos, Marx descuidó desastrosamente el elemento psicológico en las estructuras de poder. Al recomendar que el proletariado debería tomar el poder estatal de sus derrotados predecesores, puso las bases de una nueva tiranía, más eficiente que la vieja debido a que reclutó tecnócratas dentro de su aparato.

Antes de ir a España, Orwell, como muchos intelectuales británicos de su generación, era bastante cándido acerca del comunismo. Incluso fue donde Harry Pollit, el secretario general del Partido Comunista de la Gran Bretaña, a solicitarle ayuda para cruzar la frontera española. Cuando Orwell no aceptó comprometerse a unirse a las Brigadas Internacionales —controladas por los comunistas—, Pollit lo rechazó.

Orwell terminó en Barcelona como miembro de la milicia ligada al POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, el cual contradecía su nombre al luchar contra los otros marxistas). Fue al soñoliento frente de Aragón con la milicia del POUM, pero aún entonces confiaba en los comunistas. Cuando descendió a Barcelona con licencia, en mayo de 1937, esperó trasladarse a las Brigadas Internacionales, que estaban combatiendo en el más activo frente de Madrid.

Pero sus puntos de vista y su vida fueron cambiados completamente cuando, con los otros milicianos del POUM, se encontró a sí mismo combatiendo al lado de los anarquistas contra los comunistas. Una guerra civil más pequeña estalló en Barcelona cuando los comunistas trataron de apoderarse de la central telefónica defendida por los anarquistas como un preludio para tomar la ciudad. El incidente empezó a abrir los ojos de Orwell acerca de los comunistas. Cuando su propio partido, el POUM, había hecho de chivo expiatorio por los recientes problemas y sus miembros fueron cazados y puestos en prisiones provistas de personal por la policía secreta rusa, no tuvo que darse la vuelta por Barcelona, perseguido por los comunistas, y huyó a través de la frontera hacia Francia.

Cando Orwell regresó a Inglaterra, trató de expresar en la prensa de izquierda el modo en que los comunistas estaban intentando ganar el control de la parte leal (a la República) de España y de destruir no sólo al POUM, sino también a los anarquistas, debido a que éstos tomaron la actitud (que Orwell compartía) de que la Guerra Civil solamente sería ganada convirtiéndola en una muy radical revolución socialista. Los comunistas, dominados por las necesidades políticas extranjeras de los rusos, estaban tomando una posición reformista, la cual esperaban que gustara a Francia y a Gran Bretaña y los indujera a concluir una alianza militar con la Unión Soviética.

Orwell encontró que la prensa izquierdista británica estaba completamente dominada por simpatizantes de los comunistas, excepto el periódico New Leader y los pequeños periódicos anarquistas. Escribió su magnífico informe de experiencias en España, Homenaje a Cataluña, y tuvo dificultad en imprimirlo en 1938. Fue tan boicoteado por la izquierda autoritaria que la primera edición de 1.500 ejemplares aún no estaba vendida cuando Orwell murió doce años después.

Aunque Orwell su posición antiguerrera en 1939 y apoyó la participación británica en la Segunda Guerra Mundial, tenía bastantes reservas acerca de muchas cuestiones. Nunca aceptó la idea de que, convirtiéndose en aliados después de que Hitler atacó Rusia, los líderes comunistas se habían trasformado por un milagro en menos tiránicos. Trabajó por algún tiempo en la BBC, donde llegué a conocerlo. Aún entonces, aunque él tenía que mantener una discreción pública bastante intranquila debido a su posición semioficial, privadamente no dejaba dudas acerca de su continúa oposición al comunismo estalinista, al cual entonces consideraba como un totalitarismo no menos sediento de sangre y no menos repulsivo que el nazismo.

En 1943 dejó la BBC y se convirtió en editor literario del diario socialista de izquierda Tribune (cuyas páginas abrió a una amplia variedad de opiniones izquierdistas y pacifistas) y empezó a escribir Rebelión en la granja. Sus dificultades para publicar ese libro fueron tan grandes como las que tuvo para que viera luz Homenaje a Cataluña. Su propio editor, el correoso Victor Gollance, se había convertido en simpatizante de los comunistas, y no sólo se negó a ocuparse del libro sino que habló a otros editores para indisponerlos en contra de aquel original, como lo supe por Herbert Read.

Algunos otros editores, aunque no simpatizaban con los comunistas pensaban que podría ser antipatriótico editar un libro atacando a la URSS, que era todavía un aliado. Algunos editores de la extrema derecha podían haberlo aceptado, pero Orwell instruyó a su representante para que no negociara con ellos. Él quería que se entendiera que Rebelión en la granja era una exposición de los males del comunismo ruso escrita desde el seno mismo de la izquierda.


En algún momento pensó en publicarlo él mismo como un panfleto de dos chelines y divulgarlo en círculos izquierdistas, y una vez me sondeó acerca de la posibilidad de que se publicara por Freedom Press, la editorial anarquista de Londres, de lo que me encargué, pero desafortunadamente no se realizó la edición, por este medio. Cuando encontró un editor, fue uno con credenciales impecables de izquierdista, pero no comunista, Fred Werberg, que había editado Homenaje a Cataluña y algunos otros libros de crítica al comunismo desde un punto de vista izquierdista.

Werberg se consolidó como editor y Orwell se convirtió de un pobre a un rico escritor con el cambio en el clima político entre los EEUU y la URSS. Rebelión en la granja —libro que cerca de dos docenas de editores británicos y americanos habían rechazado un año antes— se convirtió en un 'best-seller' de la noche a la mañana. Su éxito comercial se coronó cuando fue escogido por el Club del Libro del Mes en los EEUU. Pero nada de esto afectó la actitud de Orwell. Él no cambió, como algunos suponen, de ser un humanista libertario (lo que él llamó un «socialista democrático») a un 'cripto-Tory'. Permaneció, como él mismo recomendaba a otros escritores, luchando en una «guerrilla inoportuna», peleando su propia batalla como un hombre decente contra aquellos que han traicionado la revolución. Como es lógico, la derecha lo cortejó, y cuando la duquesa de Atholl trató de hacerlo participar en la Liga por la Libertad de Europa —de orientación Tory—, él se negó. Criticó a la Liga porque atacaba el expansionismo ruso en la Europa oriental mientras ignoraba al imperialismo británico en la India, y añadió: «Pertenezco a la izquierda y debo trabajar en su seno por mucho que odie al imperialismo ruso y su venenosa influencia en este país.» 

1984 es un libro mucho más ambivalente que Rebelión en la granja, y siempre ha permitido diversas interpretaciones según el lugar donde es leído. En los países comunistas, donde circula en ediciones clandestinas («samizdat»), es considerado como una sátira sobre la URSS y sus satélites, y efectivamente satirizar a los regímenes totalitarios existentes fue uno de los propósitos de Orwell; pero hay otro aspecto del libro que no es esencialmente antisoviético, y es el modo en que él quería que lo vieran los lectores de fuera de Rusia. Es una advertencia a Occidente de que dentro de su propia estructura política están contenidos aquellos deseos de poder y aquellas corrupciones de la comunicación que podrían conducir hacia una clase especial de totalitarismo. INGSOC, la doctrina dominante de Oceanía, era casera, no importada de Moscú y, al inventarla, Orwell estaba —en sus propias palabras— ofreciendo «una muestra de las perversiones hacia las que está sujeta una economía centralizada y las cuales ya han sido parcialmente realizadas en el comunismo y en el fascismo». Continúa, en la famosa carta que escribió desde su lecho de muerte a Francis A. Henson, de la UAW: «La escena del libro es puesta en Gran Bretaña a fin de enfatizar que las razas de habla inglesa no son innatamente mejores que ninguna otra y que el totalitarismo, si no es combatido, podría triunfar en cualquier otra parte.»

Orwell nunca les dio la bienvenida a los intentos de los conservadores americanos —más que sus contrapartes británicos— para atraerlo dentro de sus filas. El hecho de que 1984 apareciera cuando lo hizo y que fuera tomado por mucha gente como buena propaganda para la «guerra fría» no significa que el miso Orwell se hubiera convertido en «guerrero frío».

Los riesgos políticos que él delineó en 1984 no estaban, desde su punto de vista, confinados a Rusia; existían, más disimulados pero tal vez por esa razón más insidiosos, también en las así llamadas «democracias». Todo lo que ha sucedido en los pasados 30 años ha tendido a corroborar sus advertencias.

La idea más importante de 1984, que él compartía con los anarquistas, la de que el deseo de poder es más durable y más peligroso que todas las ideologías, ha sido confirmada con la decadencia de la ideología en Rusia y con el incremento en el número de regímenes en el mundo moderno que dependen completamente del poder desnudo.

Los conservadores americanos que imaginaban que Orwell podría haber estado de su lado deberían considerar la reciente denominación hecha por el presidente Reagan del misil MX como «el Pacificador». Eso, por supuesto, es puro «doble pensar» orveliano. Uno de los 'slogans' dominantes del estado total en su novela es «LA GUERRA ES LA PAZ» y el Ministerio de la Paz en Oceanía se encarga de hacer la guerra.

¿Piensa seriamente Podhoretz que Orwell, que llamaba hipócrita al hipócrita y al pan pan y al vino vino, se habría puesto a sí mismo en tal compañía?

TIERRA Y LIBERTAD -MÉXICO
Nº 455 / JULIO 1985

lunes, 15 de marzo de 2021

Lo primero y lo último

Por HELENO SAÑA

El pensamiento antiguo se ocupaba de las causas y las cosas primeras, el de hoy, de lo nuevo y último. Es la diferencia entre una época profunda y una época superficial. Nietzsche, admirador de la cultura griega, concebía la historia humana como el «eterno retorno de lo mismo», la ideología hoy en boga no tiene otra preocupación que la de inventar modas y novedades. Platón consideraba que la verdad se halla en el fondo de nuestra alma, hoy la gente opta en general por buscarla en el aturdimiento, el bullicio y la dispersión. El ideal griego era el de elevarse a las alturas de lo bueno, lo bello y lo verdadero, la aspiración del hombre contemporáneo la de divertirse y pasarlo bien. Hemos entrado de lleno en un estadio histórico irreverente que ha perdido todo respeto a los valores eternos y vive sin principios estables y sólidos.

El culto a lo nuevo es, originariamente, un producto del mesianismo o profetismo hebreo. A la inversa de los griegos, que tienen una concepción positiva y cíclica del cosmos, los judíos, insatisfechos de sí mismos y de su adverso destino aquí en la tierra, viven pendientes de la llegada del mesías. Lo verdadero no es el aquí y ahora, sino lo que un día llegará en forma de redención, una visión escatológica que el cristianismo asume plenamente. Liberado de su contexto religioso y debidamente secularizado, el mesianismo judío se convertirá, a través de la dialéctica ascendente y apologética de Hegel y Marx, en profecía revolucionaria.

Tras el fracaso de la utopía hegeliano-marxista, el fetichismo de lo nuevo ha pasado a manos del capitalismo, y dentro de éste, de Norteamérica, un país sin raíces históricas profundas cuyo pasado más lejano es el de los comienzos de la Modernidad europea, de la que hereda y potencia al máximo el culto a la técnica y a los descubrimientos científicos, pero sin asumir, su trasfondo cultural. ¿Qué es el 'american way of life' sino la versión vulgar y simplificada del culto moderno al progreso? Los antiguos griegos entendían por progreso el perfeccionamiento humano, moral e intelectual de la persona, una concepción compartida por el humanismo renacentista y la Ilustración; para la cosmovisión vigente el progreso consiste en inundar cada vez más aceleradamente el mercado con toda clase de productos y artículos de consumo, y ello con el solo objeto de ganar dinero, el ideal contemporáneo por antonomasia. Para la cultura universal, lo primero ha sido siempre el espíritu; la sociedad tardocapitalista lo ha degradado a último lugar, elevando en cambio a 'summum bonum' la posesión y el goce de los bienes materiales. El lema básico de los estoicos era el de vivir de acuerdo con las leyes de la naturaleza, 'secundum naturam vivere'; el de hoy, seguir las leyes del reino artificial creado por el marketing, el mercado y la publicidad, una trasformación de todos los valores que la 'doxa' al servicio del sistema ha bautizado de pluralismo y diversidad.

El reverso de la medalla es el mundo irracional, conformista, agónico y sin rumbo fijo que el gran filósofo franco-griego Cornelius Castoriadis ha descrito hace poco en su libro Une societé à la derive, publicado 'post mortem'. Es el precio que hay que pagar por el intento de vivir al margen o en contra de la ética, el instinto de conservación, el buen gusto y lo que los antiguos llamaban 'phronesis' o discernimiento y cordura. La factura nos viene en forma de vacío y malestar interior, miedo, frustración, resentimiento y agresividad general.

Por muy alienado que el hombre esté, no puede ignorar que está malgastando y despilfarrando estúpidamente su vida, cada vez más absurda y carente de sentido. No creo que hayamos venido al mundo para autodegradarnos y sucumbir a nuestros instintos más bajos, sino más bien para superarlos y dar a nuestro paso por la tierra la máxima elevación moral posible. No intentarlo me parece una traición a lo que en lenguaje alemán se llama bellamente 'Bestimmung', término que en castellano significa una síntesis entre destino, determinación y vocación. Ser fieles a esta 'Bestimmung' es, por lo demás la condición previa para vivir reconciliados con nosotros mismos y con nuestros semejantes. O esto o la guerra de todos contra todos que tenemos ahora. Soy plenamente consciente de que lo que estoy diciendo suena a rancio y anacrónico, incluso a sermón dominical. Pero aparte de que admiro más lo antiguo que lo moderno, pienso, como uno de los personajes de Dostoievski, que a veces hay que tener el valor de cubrirse de ridículo.

LA CLAVE
Nº 287 / 13-19 octubre 2006

miércoles, 10 de marzo de 2021

Matar lobos

Por EL AULLIDO

Ya que se me ha invitado a pronunciarme sobre la reciente polémica generada con la protección del lobo, creo que puedo decir algo por mi parte, como amante de la naturaleza y descendiente de pastores.

El lobo ibérico estuvo casi a punto de extinguirse hace medio siglo, en los años setenta sumaban menos de un millar y durante la década siguiente aumentó poco más del doble. Desde entonces, han pasado 30 años, y se estima el mismo número, sobre los dos mil y pico ejemplares. El hecho de que se haya dispersado no quiere decir que haya crecido demográficamente, padeciendo, a su vez, una gran mortalidad. Pero, aun así exageran su impacto sobre los intereses humanos.

Es verdad que el lobo mata para comer, no tiene otra forma de sustento, y mata lo que tiene más a mano o, mejor dicho, a pata. Son cazadores sociales que se permiten el lujo de poder matar presas mayores que ellos, la unión hace la fuerza. Si puede obtener presas silvestres, lo hacen, y, si no, carroñean. No habiendo otra forma de alimentarse, roban la carne al ser humano, matan ganado doméstico. Como todo carnívoro tienen que matar para comer y no morir de hambre.

Y ¿cuál es el ganado más accesible? El que está sin proteger a la intemperie, solo en los campos sin vigilancia. Durante siglos los pastores han estado con sus rebaños —el lobo teme al hombre— y con ellos acompañados de grandes perros guardianes, que consideraban al ganado parte de su manada y que defendían. A los recentales de los rebaños se les guardaban en los corrales y apriscos. Los pastores pasaban los días y las noches junto a los rebaños, era una vida dura, pero necesaria. Hoy, con las comodidades que tenemos, se ha olvidado, y se deja sin cuidados a muchos animales al raso, son cosificados como meros productores de carne y leche para los mercados, aunque peor lo tienen los de las granjas industriales, hacinados como objetos. El mundo rural está en crisis por culpa de estos mercados, sus pobladores llevan décadas abandonando el mundo rural para ganarse el sustento en las urbes. Pero, la culpa se la echan a la vida salvaje.

A quienes sus vidas dependen de la ganadería no les gusta, y con mucha razón, que sus animales sean atacados por el lobo, aunque les indemnicen las bajas, sufren las secuelas, y la Administración no cubre todo, por eso odian al lobo, es comprensible. Pero, las cosas no pueden ser así, hay que poner remedio. Y el mejor remedio es la prevención, prevenir ataques guardando sus rebaños, no hay otra opción. Vigilar los rebaños, hacer del pastor un trabajo digno de nuestros tiempos. Criar y educar perros mastines. Hacer cercas resistentes o electrificadas. Así se reducen los riesgos al mínimo. Para ello los poderes públicos deben mojarse, y no simplemente, indemnizar y matar lobos.

Matar lobos, significa destruir manadas, los supervivientes al no poder cazar ungulados silvestres, buscan presas fáciles, y ¿cuál es la presa más fácil? ¡El ganado doméstico! Animales que por culpa de la crianza selectiva que conllevó la domesticación han perdido sus capacidades o instintos de supervivencia. Y el lobo tiene que matar para comer. Matar lobos empuja a más ataques al ganado doméstico, esa es la cuestión. Reducir la población actual lobuna conlleva, también, incrementar herbívoros silvestres que comen campos agrícolas, es matar la solución. Cuestión que algunos mandatarios y gente del sector agropecuario no logran comprender. Matar lobos para las autoridades solo sirve para calmar los ánimos, es una solución inmediata, cortoplacista, que a la larga significa trasladar el problema.

Nuestros antepasados prehistóricos se sustentaban de la caza y la recolección. Cuando pasaron a ser sedentarios añadieron la agricultura y la ganadería, la caza era complementaria. Hoy día se caza por ocio y negocio, hoy día la caza es inmoral. Los cazadores poco pueden decir sobre el lobo. El lobo nació para ser libre y no un trofeo.

Y qué decir de los medios, que solo generan confusión, cuando por ley deberían dar información veraz, y no lo hacen. Menos derecho tienen para pronunciarse.

El lobo forma parte de nuestro patrimonio natural, toda gestión que desconoce el funcionamiento de nuestra Naturaleza es inútil y, lamentablemente, todavía nos queda mucho que aprender. Mandatarios, periodistas y mercaderes nada pueden decir.

Proteger el lobo, implica recuperar nuestro monte mediterráneo, con todos sus protagonistas vivientes. Todo ser vivo importa.

VALLADOLOR
9 marzo 2021