domingo, 4 de abril de 2021

Sobre la ideología de Félix Rodríguez de la Fuente

FÉLIX ENTREVISTADO

Por JOAQUÍN ARAUJO

Podemos considerar las numerosísimas entrevistas que le hicieron a Félix a lo largo de su vida —varios centenares— como una parte de su legado verbal, si bien casi todas ellas estaban destinadas a la prensa escrita. Glosando algunas de ellas, podremos recoger en directo y con el irrefutable testimonio del documento impreso una considerable parte de su pensamiento.

Las entrevistas a Rodríguez de la Fuente están impregnadas de sus propias ideas sobre la vida, la naturaleza y el papel del hombre en la misma. Sus dos primeras grandes preocupaciones están bastante glosadas a lo largo de este libro, por consiguiente, dedicaré este apartado a comentar sus referencias al ser humano como árbitro de todo lo que le pasa a la naturaleza y a él mismo.

He preferido remitirme estrictamente a las declaraciones del desaparecido divulgador para no interferir en ellas con la interpretación que yo mismo podría darles. Y, sobre todo, porque mantuve algunas discrepancias, siempre amistosamente debatidas con él, sobre el alcance de alguno de los puntales de su pensamiento. Incluso quiero evitar que mi vieja adscripción a la izquierda pueda echar chispas al analizar una forma de pensar, la de Rodríguez de la Fuente, que entronca en algunos aspectos con la más clásica de las derechas. Factor que jamás ensombreció nuestra estrecha colaboración, ni impidió que estuviéramos básicamente de acuerdo en la necesidad de defender la naturaleza. Veamos algunas muestras de su ideario.

 

«Yo lo que soy es un hombre que cree firmemente en las cosas que al hombre se le han dado norma en ética, en moral, en los decálogos… Y no me estoy refiriendo a normas que vayan dirigidas solamente a creyentes, sino también a agnósticos, a todos en suma. Si no conseguimos fortalecer estas normas que nos han sido impuestas para una mejor convivencia de la Humanidad, veo sombrío nuestro futuro. Dos de las épocas que se recuerdan como de mayor agresividad fueron la homérica y la del Medievo. Sin embargo, eran épocas de la mayor generosidad de los vencedores con los vencidos, de los rivales con sus enemigos. Terminaba la lucha y se portaban caballerosamente. Bastaba poner el cuello, como hacen los lobos, y la lucha concluía…

 

»Mi gran maestro en etología es Konrad Lorenz, y él se ocupa de la agresividad, haciendo notar que las pautas agresivas no faltan ni en las células. Competencia, que es una forma de agresividad, existe y existirá siempre en todas las especies. Por fortuna, la agresividad en los animales es positiva. Donde suele ser negativa es en la especie humana. En los animales conduce a una mejora y selección de la especie. En cambio, en el hombre… Bien, que no sé qué sería de la especie humana si no existiese un freno, una policía para el control de la agresividad. Y ésta se da, curiosamente, en los Estados liberales, en los países llamados democráticos. Que son los que más dinero se gastan en aparato policial. Dado que hay muchas libertades, como se ejercitan muchos derechos, es preciso que también existan muchos elementos de control…»

Félix tenía una opinión muy favorable del ecologismo, a pesar de que fue duramente criticado por su aceptación de la energía nuclear:

 

«Los ecologistas desarrollan un papel muy importante y muy positivo, y creo que no hay más remedio que tomarles en serio. Cuando los ecologistas se lanzan a la calle para reivindicar un tema dentro de la conservación, hay que tener en cuenta que dentro de la conservación, hay que tener en cuenta que dentro de sus filas puede haber románticos, pude haber personas que quizá, de no haber existido el ecologismo, estarían militando en aquello de las flores y del hipismo antiguo. Pero la filosofía en la que se mueven todos estos jóvenes inquietos, la mayor parte de las veces con un limpio criterio, con una auténtica pasión por la vida, es una filosofía positiva. Este movimiento representa una ola que lleva y debe llevar a los responsables de la Administración de los países a pensarse las cosas dos veces antes de dar un paso que pueda repercutir negativamente sobre el patrimonio natural del mundo.»

Justo es recordar aquí que, si bien nunca se opuso a la energía nuclear, se manifestó públicamente a favor de los mayores controles, del mayor grado de seguridad y de información a las poblaciones afectadas.

No menos aire se movió por sus opiniones acerca del papel de los dos sexos en la sociedad. Rodríguez de la Fuente consideraba imprescindible el papel de la madre para la especie. Entendía que una gran parte del equilibrio de los niños nace del contacto y la seguridad que le proporcionan sus respectivas madres. Se declaraba 'diferencialista', es decir, partidario de que macho y hembra cumplan misiones complementarias y no de competencia. Jamás negó la realización profesional de las mujeres, pero la consideraba altamente peligrosa para la especie si eso excluía el contacto con los hijos. Llegó a decir: «Si todas las mujeres dejaran a sus hijos en guarderías, sería una gran catástrofe para la humanidad». Y consideraba sagrada su función «engendradora de sabios».

Lógicamente, este apartado podría incrementarse en decenas de folios. Desde aquí lanzo la invitación a editores y estudiosos para que a través de esas declaraciones de Félix Rodríguez de la Fuente a los periodistas y sus innumerables parrafadas en la radio se organice otro libro que aborde monográficamente su pensamiento.

Félix Rodriguez de la Fuente. La voz de la naturaleza
(1990)

viernes, 26 de marzo de 2021

Orwell y la Guerra Fría

Por GEORGE WOODCOK

Fue la buena y la mala fortuna de George Orwell escribir y publicar Rebelión en la granja y 1984 cuando lo hizo, la primera en 1945, la segunda en 1949.

Llegado un tiempo en que las relaciones de los aliados de tiempos de guerra estaban cambiando rápidamente, y la URSS estaba siendo transformada de un aliado querido a un rival desconfiado en el balance del juego del poder de la posguerra, sus libros se hicieron inmediatamente populares. Parecieron dar una formidable munición para el fortalecimiento de la propaganda de la «guerra fría».

Especialmente los americanos, que no sabían nada de la afiliación radical de Orwell, supusieron que era un «guerrero frío» y un antisocialista. Tuvo que escribir cartas indignadas desde su lecho de muerte para corregir esa impresión. Pero aún ahora los conservadores americanos lo reclaman como uno de los suyos. Norman Podhoretz, el derechista editor de Commentary, declaró recientemente que si Orwell hubiera vivido hasta 1984 habría sido un radical convertido en Tory, como el propio Podhoretz.

No gustándome especular sobre lo que pudo haber sido, me limitaré a mostrar por qué, mientras estuvo vivo, Orwell no era ciertamente un guerrero frío. Y que él era un conservador sólo en el sentido que la mayoría de los anarquistas comparten, el de estar horrorizados por los usos hechos de los progresos tecnológicos modernos en un mundo capitalista, y el de desear encontrar modos de preservar los factores sociales positivos que hemos heredado del pasado.

Eso, por supuesto, no está muy lejos de donde estaban Proudhon y Kropotkin, ni de los anarquistas que han subrayado la continuidad del principio de ayuda mutua en la historia humana.

La Guerra Fría emergió parcialmente del odio capitalista hacia la URSS, el cual había sido parcialmente disminuido (o tal vez sólo disimulado) durante el periodo de alianza en la Segunda Guerra Mundial. Y salió parcialmente de las rivalidades territoriales entre EEUU y la URSS, las cuales se había desarrollado cuando el mundo se preparaba para estar libre en términos de esferas de influencia.

El anticomunismo de Orwell precede mucho a la Guerra Fría y tiene diferentes fuentes. Viene de haber aprendido, por experiencia directa en España durante la Guerra Civil, las mismas lecciones que anarquistas como Goldman, Majno, Berkman y Volín aprendieron en Rusia en los años posteriores a 1917: que el comunismo, como fue concebido por Marx, institucionalizado por Lenin y estabilizado por Stalin, se había convertido en una tiranía despiadada.

Mientras correctamente recalcaba el elemento económico en los desarrollos políticos, Marx descuidó desastrosamente el elemento psicológico en las estructuras de poder. Al recomendar que el proletariado debería tomar el poder estatal de sus derrotados predecesores, puso las bases de una nueva tiranía, más eficiente que la vieja debido a que reclutó tecnócratas dentro de su aparato.

Antes de ir a España, Orwell, como muchos intelectuales británicos de su generación, era bastante cándido acerca del comunismo. Incluso fue donde Harry Pollit, el secretario general del Partido Comunista de la Gran Bretaña, a solicitarle ayuda para cruzar la frontera española. Cuando Orwell no aceptó comprometerse a unirse a las Brigadas Internacionales —controladas por los comunistas—, Pollit lo rechazó.

Orwell terminó en Barcelona como miembro de la milicia ligada al POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, el cual contradecía su nombre al luchar contra los otros marxistas). Fue al soñoliento frente de Aragón con la milicia del POUM, pero aún entonces confiaba en los comunistas. Cuando descendió a Barcelona con licencia, en mayo de 1937, esperó trasladarse a las Brigadas Internacionales, que estaban combatiendo en el más activo frente de Madrid.

Pero sus puntos de vista y su vida fueron cambiados completamente cuando, con los otros milicianos del POUM, se encontró a sí mismo combatiendo al lado de los anarquistas contra los comunistas. Una guerra civil más pequeña estalló en Barcelona cuando los comunistas trataron de apoderarse de la central telefónica defendida por los anarquistas como un preludio para tomar la ciudad. El incidente empezó a abrir los ojos de Orwell acerca de los comunistas. Cuando su propio partido, el POUM, había hecho de chivo expiatorio por los recientes problemas y sus miembros fueron cazados y puestos en prisiones provistas de personal por la policía secreta rusa, no tuvo que darse la vuelta por Barcelona, perseguido por los comunistas, y huyó a través de la frontera hacia Francia.

Cando Orwell regresó a Inglaterra, trató de expresar en la prensa de izquierda el modo en que los comunistas estaban intentando ganar el control de la parte leal (a la República) de España y de destruir no sólo al POUM, sino también a los anarquistas, debido a que éstos tomaron la actitud (que Orwell compartía) de que la Guerra Civil solamente sería ganada convirtiéndola en una muy radical revolución socialista. Los comunistas, dominados por las necesidades políticas extranjeras de los rusos, estaban tomando una posición reformista, la cual esperaban que gustara a Francia y a Gran Bretaña y los indujera a concluir una alianza militar con la Unión Soviética.

Orwell encontró que la prensa izquierdista británica estaba completamente dominada por simpatizantes de los comunistas, excepto el periódico New Leader y los pequeños periódicos anarquistas. Escribió su magnífico informe de experiencias en España, Homenaje a Cataluña, y tuvo dificultad en imprimirlo en 1938. Fue tan boicoteado por la izquierda autoritaria que la primera edición de 1.500 ejemplares aún no estaba vendida cuando Orwell murió doce años después.

Aunque Orwell su posición antiguerrera en 1939 y apoyó la participación británica en la Segunda Guerra Mundial, tenía bastantes reservas acerca de muchas cuestiones. Nunca aceptó la idea de que, convirtiéndose en aliados después de que Hitler atacó Rusia, los líderes comunistas se habían trasformado por un milagro en menos tiránicos. Trabajó por algún tiempo en la BBC, donde llegué a conocerlo. Aún entonces, aunque él tenía que mantener una discreción pública bastante intranquila debido a su posición semioficial, privadamente no dejaba dudas acerca de su continúa oposición al comunismo estalinista, al cual entonces consideraba como un totalitarismo no menos sediento de sangre y no menos repulsivo que el nazismo.

En 1943 dejó la BBC y se convirtió en editor literario del diario socialista de izquierda Tribune (cuyas páginas abrió a una amplia variedad de opiniones izquierdistas y pacifistas) y empezó a escribir Rebelión en la granja. Sus dificultades para publicar ese libro fueron tan grandes como las que tuvo para que viera luz Homenaje a Cataluña. Su propio editor, el correoso Victor Gollance, se había convertido en simpatizante de los comunistas, y no sólo se negó a ocuparse del libro sino que habló a otros editores para indisponerlos en contra de aquel original, como lo supe por Herbert Read.

Algunos otros editores, aunque no simpatizaban con los comunistas pensaban que podría ser antipatriótico editar un libro atacando a la URSS, que era todavía un aliado. Algunos editores de la extrema derecha podían haberlo aceptado, pero Orwell instruyó a su representante para que no negociara con ellos. Él quería que se entendiera que Rebelión en la granja era una exposición de los males del comunismo ruso escrita desde el seno mismo de la izquierda.


En algún momento pensó en publicarlo él mismo como un panfleto de dos chelines y divulgarlo en círculos izquierdistas, y una vez me sondeó acerca de la posibilidad de que se publicara por Freedom Press, la editorial anarquista de Londres, de lo que me encargué, pero desafortunadamente no se realizó la edición, por este medio. Cuando encontró un editor, fue uno con credenciales impecables de izquierdista, pero no comunista, Fred Werberg, que había editado Homenaje a Cataluña y algunos otros libros de crítica al comunismo desde un punto de vista izquierdista.

Werberg se consolidó como editor y Orwell se convirtió de un pobre a un rico escritor con el cambio en el clima político entre los EEUU y la URSS. Rebelión en la granja —libro que cerca de dos docenas de editores británicos y americanos habían rechazado un año antes— se convirtió en un 'best-seller' de la noche a la mañana. Su éxito comercial se coronó cuando fue escogido por el Club del Libro del Mes en los EEUU. Pero nada de esto afectó la actitud de Orwell. Él no cambió, como algunos suponen, de ser un humanista libertario (lo que él llamó un «socialista democrático») a un 'cripto-Tory'. Permaneció, como él mismo recomendaba a otros escritores, luchando en una «guerrilla inoportuna», peleando su propia batalla como un hombre decente contra aquellos que han traicionado la revolución. Como es lógico, la derecha lo cortejó, y cuando la duquesa de Atholl trató de hacerlo participar en la Liga por la Libertad de Europa —de orientación Tory—, él se negó. Criticó a la Liga porque atacaba el expansionismo ruso en la Europa oriental mientras ignoraba al imperialismo británico en la India, y añadió: «Pertenezco a la izquierda y debo trabajar en su seno por mucho que odie al imperialismo ruso y su venenosa influencia en este país.» 

1984 es un libro mucho más ambivalente que Rebelión en la granja, y siempre ha permitido diversas interpretaciones según el lugar donde es leído. En los países comunistas, donde circula en ediciones clandestinas («samizdat»), es considerado como una sátira sobre la URSS y sus satélites, y efectivamente satirizar a los regímenes totalitarios existentes fue uno de los propósitos de Orwell; pero hay otro aspecto del libro que no es esencialmente antisoviético, y es el modo en que él quería que lo vieran los lectores de fuera de Rusia. Es una advertencia a Occidente de que dentro de su propia estructura política están contenidos aquellos deseos de poder y aquellas corrupciones de la comunicación que podrían conducir hacia una clase especial de totalitarismo. INGSOC, la doctrina dominante de Oceanía, era casera, no importada de Moscú y, al inventarla, Orwell estaba —en sus propias palabras— ofreciendo «una muestra de las perversiones hacia las que está sujeta una economía centralizada y las cuales ya han sido parcialmente realizadas en el comunismo y en el fascismo». Continúa, en la famosa carta que escribió desde su lecho de muerte a Francis A. Henson, de la UAW: «La escena del libro es puesta en Gran Bretaña a fin de enfatizar que las razas de habla inglesa no son innatamente mejores que ninguna otra y que el totalitarismo, si no es combatido, podría triunfar en cualquier otra parte.»

Orwell nunca les dio la bienvenida a los intentos de los conservadores americanos —más que sus contrapartes británicos— para atraerlo dentro de sus filas. El hecho de que 1984 apareciera cuando lo hizo y que fuera tomado por mucha gente como buena propaganda para la «guerra fría» no significa que el miso Orwell se hubiera convertido en «guerrero frío».

Los riesgos políticos que él delineó en 1984 no estaban, desde su punto de vista, confinados a Rusia; existían, más disimulados pero tal vez por esa razón más insidiosos, también en las así llamadas «democracias». Todo lo que ha sucedido en los pasados 30 años ha tendido a corroborar sus advertencias.

La idea más importante de 1984, que él compartía con los anarquistas, la de que el deseo de poder es más durable y más peligroso que todas las ideologías, ha sido confirmada con la decadencia de la ideología en Rusia y con el incremento en el número de regímenes en el mundo moderno que dependen completamente del poder desnudo.

Los conservadores americanos que imaginaban que Orwell podría haber estado de su lado deberían considerar la reciente denominación hecha por el presidente Reagan del misil MX como «el Pacificador». Eso, por supuesto, es puro «doble pensar» orveliano. Uno de los 'slogans' dominantes del estado total en su novela es «LA GUERRA ES LA PAZ» y el Ministerio de la Paz en Oceanía se encarga de hacer la guerra.

¿Piensa seriamente Podhoretz que Orwell, que llamaba hipócrita al hipócrita y al pan pan y al vino vino, se habría puesto a sí mismo en tal compañía?

TIERRA Y LIBERTAD -MÉXICO
Nº 455 / JULIO 1985

lunes, 15 de marzo de 2021

Lo primero y lo último

Por HELENO SAÑA

El pensamiento antiguo se ocupaba de las causas y las cosas primeras, el de hoy, de lo nuevo y último. Es la diferencia entre una época profunda y una época superficial. Nietzsche, admirador de la cultura griega, concebía la historia humana como el «eterno retorno de lo mismo», la ideología hoy en boga no tiene otra preocupación que la de inventar modas y novedades. Platón consideraba que la verdad se halla en el fondo de nuestra alma, hoy la gente opta en general por buscarla en el aturdimiento, el bullicio y la dispersión. El ideal griego era el de elevarse a las alturas de lo bueno, lo bello y lo verdadero, la aspiración del hombre contemporáneo la de divertirse y pasarlo bien. Hemos entrado de lleno en un estadio histórico irreverente que ha perdido todo respeto a los valores eternos y vive sin principios estables y sólidos.

El culto a lo nuevo es, originariamente, un producto del mesianismo o profetismo hebreo. A la inversa de los griegos, que tienen una concepción positiva y cíclica del cosmos, los judíos, insatisfechos de sí mismos y de su adverso destino aquí en la tierra, viven pendientes de la llegada del mesías. Lo verdadero no es el aquí y ahora, sino lo que un día llegará en forma de redención, una visión escatológica que el cristianismo asume plenamente. Liberado de su contexto religioso y debidamente secularizado, el mesianismo judío se convertirá, a través de la dialéctica ascendente y apologética de Hegel y Marx, en profecía revolucionaria.

Tras el fracaso de la utopía hegeliano-marxista, el fetichismo de lo nuevo ha pasado a manos del capitalismo, y dentro de éste, de Norteamérica, un país sin raíces históricas profundas cuyo pasado más lejano es el de los comienzos de la Modernidad europea, de la que hereda y potencia al máximo el culto a la técnica y a los descubrimientos científicos, pero sin asumir, su trasfondo cultural. ¿Qué es el 'american way of life' sino la versión vulgar y simplificada del culto moderno al progreso? Los antiguos griegos entendían por progreso el perfeccionamiento humano, moral e intelectual de la persona, una concepción compartida por el humanismo renacentista y la Ilustración; para la cosmovisión vigente el progreso consiste en inundar cada vez más aceleradamente el mercado con toda clase de productos y artículos de consumo, y ello con el solo objeto de ganar dinero, el ideal contemporáneo por antonomasia. Para la cultura universal, lo primero ha sido siempre el espíritu; la sociedad tardocapitalista lo ha degradado a último lugar, elevando en cambio a 'summum bonum' la posesión y el goce de los bienes materiales. El lema básico de los estoicos era el de vivir de acuerdo con las leyes de la naturaleza, 'secundum naturam vivere'; el de hoy, seguir las leyes del reino artificial creado por el marketing, el mercado y la publicidad, una trasformación de todos los valores que la 'doxa' al servicio del sistema ha bautizado de pluralismo y diversidad.

El reverso de la medalla es el mundo irracional, conformista, agónico y sin rumbo fijo que el gran filósofo franco-griego Cornelius Castoriadis ha descrito hace poco en su libro Une societé à la derive, publicado 'post mortem'. Es el precio que hay que pagar por el intento de vivir al margen o en contra de la ética, el instinto de conservación, el buen gusto y lo que los antiguos llamaban 'phronesis' o discernimiento y cordura. La factura nos viene en forma de vacío y malestar interior, miedo, frustración, resentimiento y agresividad general.

Por muy alienado que el hombre esté, no puede ignorar que está malgastando y despilfarrando estúpidamente su vida, cada vez más absurda y carente de sentido. No creo que hayamos venido al mundo para autodegradarnos y sucumbir a nuestros instintos más bajos, sino más bien para superarlos y dar a nuestro paso por la tierra la máxima elevación moral posible. No intentarlo me parece una traición a lo que en lenguaje alemán se llama bellamente 'Bestimmung', término que en castellano significa una síntesis entre destino, determinación y vocación. Ser fieles a esta 'Bestimmung' es, por lo demás la condición previa para vivir reconciliados con nosotros mismos y con nuestros semejantes. O esto o la guerra de todos contra todos que tenemos ahora. Soy plenamente consciente de que lo que estoy diciendo suena a rancio y anacrónico, incluso a sermón dominical. Pero aparte de que admiro más lo antiguo que lo moderno, pienso, como uno de los personajes de Dostoievski, que a veces hay que tener el valor de cubrirse de ridículo.

LA CLAVE
Nº 287 / 13-19 octubre 2006

miércoles, 10 de marzo de 2021

Matar lobos

Por EL AULLIDO

Ya que se me ha invitado a pronunciarme sobre la reciente polémica generada con la protección del lobo, creo que puedo decir algo por mi parte, como amante de la naturaleza y descendiente de pastores.

El lobo ibérico estuvo casi a punto de extinguirse hace medio siglo, en los años setenta sumaban menos de un millar y durante la década siguiente aumentó poco más del doble. Desde entonces, han pasado 30 años, y se estima el mismo número, sobre los dos mil y pico ejemplares. El hecho de que se haya dispersado no quiere decir que haya crecido demográficamente, padeciendo, a su vez, una gran mortalidad. Pero, aun así exageran su impacto sobre los intereses humanos.

Es verdad que el lobo mata para comer, no tiene otra forma de sustento, y mata lo que tiene más a mano o, mejor dicho, a pata. Son cazadores sociales que se permiten el lujo de poder matar presas mayores que ellos, la unión hace la fuerza. Si puede obtener presas silvestres, lo hacen, y, si no, carroñean. No habiendo otra forma de alimentarse, roban la carne al ser humano, matan ganado doméstico. Como todo carnívoro tienen que matar para comer y no morir de hambre.

Y ¿cuál es el ganado más accesible? El que está sin proteger a la intemperie, solo en los campos sin vigilancia. Durante siglos los pastores han estado con sus rebaños —el lobo teme al hombre— y con ellos acompañados de grandes perros guardianes, que consideraban al ganado parte de su manada y que defendían. A los recentales de los rebaños se les guardaban en los corrales y apriscos. Los pastores pasaban los días y las noches junto a los rebaños, era una vida dura, pero necesaria. Hoy, con las comodidades que tenemos, se ha olvidado, y se deja sin cuidados a muchos animales al raso, son cosificados como meros productores de carne y leche para los mercados, aunque peor lo tienen los de las granjas industriales, hacinados como objetos. El mundo rural está en crisis por culpa de estos mercados, sus pobladores llevan décadas abandonando el mundo rural para ganarse el sustento en las urbes. Pero, la culpa se la echan a la vida salvaje.

A quienes sus vidas dependen de la ganadería no les gusta, y con mucha razón, que sus animales sean atacados por el lobo, aunque les indemnicen las bajas, sufren las secuelas, y la Administración no cubre todo, por eso odian al lobo, es comprensible. Pero, las cosas no pueden ser así, hay que poner remedio. Y el mejor remedio es la prevención, prevenir ataques guardando sus rebaños, no hay otra opción. Vigilar los rebaños, hacer del pastor un trabajo digno de nuestros tiempos. Criar y educar perros mastines. Hacer cercas resistentes o electrificadas. Así se reducen los riesgos al mínimo. Para ello los poderes públicos deben mojarse, y no simplemente, indemnizar y matar lobos.

Matar lobos, significa destruir manadas, los supervivientes al no poder cazar ungulados silvestres, buscan presas fáciles, y ¿cuál es la presa más fácil? ¡El ganado doméstico! Animales que por culpa de la crianza selectiva que conllevó la domesticación han perdido sus capacidades o instintos de supervivencia. Y el lobo tiene que matar para comer. Matar lobos empuja a más ataques al ganado doméstico, esa es la cuestión. Reducir la población actual lobuna conlleva, también, incrementar herbívoros silvestres que comen campos agrícolas, es matar la solución. Cuestión que algunos mandatarios y gente del sector agropecuario no logran comprender. Matar lobos para las autoridades solo sirve para calmar los ánimos, es una solución inmediata, cortoplacista, que a la larga significa trasladar el problema.

Nuestros antepasados prehistóricos se sustentaban de la caza y la recolección. Cuando pasaron a ser sedentarios añadieron la agricultura y la ganadería, la caza era complementaria. Hoy día se caza por ocio y negocio, hoy día la caza es inmoral. Los cazadores poco pueden decir sobre el lobo. El lobo nació para ser libre y no un trofeo.

Y qué decir de los medios, que solo generan confusión, cuando por ley deberían dar información veraz, y no lo hacen. Menos derecho tienen para pronunciarse.

El lobo forma parte de nuestro patrimonio natural, toda gestión que desconoce el funcionamiento de nuestra Naturaleza es inútil y, lamentablemente, todavía nos queda mucho que aprender. Mandatarios, periodistas y mercaderes nada pueden decir.

Proteger el lobo, implica recuperar nuestro monte mediterráneo, con todos sus protagonistas vivientes. Todo ser vivo importa.

VALLADOLOR
9 marzo 2021

lunes, 1 de febrero de 2021

Kropotkin a los científicos

   [Kropotkin escribió el «Llamamiento a los jóvenes», en especial a los privilegiados hijos de las clases superiores que podían acceder a titulaciones académicas, y así alcanzar profesiones liberales como médicos, ingenieros o abogados, para que pusiesen su talento al servicio de la lucha por la igualdad y la justicia social de los humildes y las clases populares. Él, que pudo vivir en el acomodado ámbito académico ruso de su época lo rechazó por esta causa más noble. Dentro de este manifiesto incluye un apartado dedicado también a los científicos. Recordemos que Kropotkin se mantuvo escribiendo artículos para la prensa especializada de divulgación científica decimonónica británica y dio a conocer los descubrimientos de otros estudiosos de fuera del mundo anglosajón.]

Pero puede que digas: «¡Los simples asuntos prácticos pueden irse al diablo! Como astrónomo, como fisiólogo, como químico, me dedicaré a la ciencia. Es un trabajo que siempre rinde frutos, aunque sólo sea para las generaciones futuras».

Intentemos comprender primero lo que buscas al consagrarte a la ciencia. ¿Es sólo el placer (inmenso sin duda) que obtenemos estudiando la naturaleza y ejercitando nuestras facultades mentales? En ese caso te pregunto: «¿En qué se diferencia el filósofo, que persigue la ciencia para poder llevar una vida más grata, del borracho que sólo busca la gratificación momentánea que le proporciona la ginebra?». El filósofo ha elegido, sin duda, mucho más sabiamente su placer, pues le permite una satisfacción mucho más honda y perdurable que la del ebrio. ¡Pero eso es todo! Ambos persiguen el mismo fin egoísta: gratificación personal.

Pero no, tú no deseas llevar esa existencia egoísta. Trabajando para la ciencia deseas trabajar para la humanidad toda; esa idea te guiará en tus investigaciones. ¡Una maravillosa ilusión! ¿Quién no la abrazó por un momento al entregarse por primera vez a la ciencia?

Pero, si piensas realmente en la humanidad, si es el bien de la especie humana lo que buscas, se te plantea un interrogante formidable; porque, a poco espíritu crítico que tengas, advertirás inmediatamente que en nuestra sociedad actual la ciencia no es más que un artículo de lujo, destinado a hacer más placentera la vida a unos cuantos, y que es absolutamente inaccesible a la gran mayoría del género humano.

Hace ya más de un siglo que estableció la ciencia proposiciones sólidas sobre el origen del universo, pero ¿cuántos las conocen y cuántos poseen espíritu crítico realmente científico? Unos miles aislados, perdidos entre centenas de miles a quienes aún agobian prejuicios y supersticiones dignos de salvajes, y que, en consecuencia, aún están en condiciones de servir como marionetas a los impostores religiosos.

O, yendo un paso más allá, consideremos lo que ha hecho la ciencia para establecer las bases racionales de la salud física y moral. La ciencia nos dice cómo hemos de vivir para preservar la salud de nuestros propios cuerpos, cómo mantener en buenas condiciones a las hacinadas masas de nuestra población. Pero, ¿no ha sido acaso todo el abundante trabajo hecho en estos dos campos letra muerta en los libros? Sabemos que así ha sido. ¿Por qué? Porque la ciencia sólo existe hoy para un puñado de individuos privilegiados, porque la desigualdad social, que divide la sociedad en dos clases (esclavos del salario y acaparadores del capital) convierte todas sus enseñanzas en cuanto a las condiciones para una existencia racional en la más amarga ironía para el noventa por ciento de la especie.

En la actualidad, no necesitamos ya acumular verdades y descubrimientos científicos. Lo que importa es propagar las verdades ya adquiridas, practicarlas en la vida diaria, convertirlas en herencia común. Tenemos que ordenar las cosas de modo que toda la especie pueda conseguir asimilarlas y aplicarlas, de modo tal que la ciencia deje de ser un lujo y se transforme en base de vida cotidiana. Lo exige la justicia.

Y los propios intereses de la ciencia. La ciencia sólo realiza auténticos progresos cuando sus verdades hallan un medio dispuesto y preparado para su recepción. La teoría del origen mecánico del calor permaneció ochenta años enterrada en archivos académicos hasta que este conocimiento de la ciencia física se propagó lo bastante para crear público capaz de aceptarlo. Tres generaciones hubieron de pasar para que las ideas de Erasmus Darwin sobre la variación de las especies pudiese recibirlas favorablemente su nieto y admitirlas los filósofos académicos, e, incluso entonces, hizo falta la presión de la opinión pública. El filósofo es siempre, como el poeta y el artista, producto de la sociedad en que enseña y se mueve.

Si estás imbuido de estas ideas, comprenderás que lo más importante es impulsar un cambio radical en este estado de cosas que condena hoy al filósofo a verse aplastado con verdades científicas, mientras casi todo el resto de los seres humanos siguen igual que hace cinco o diez siglos: como esclavos y máquinas que ignoran las verdades establecidas. Y el día en que estés imbuido de esta verdad amplia, profunda, humana y sólidamente científica, ese día perderás tu gusto por la ciencia pura. Empezarás a buscar medios de lograr esta transformación, y, si aportas a tus investigaciones la imparcialidad que te ha guiado en tus investigaciones científicas, adoptarás inevitablemente la causa socialista; dejarás los sofismas y te unirás a nosotros. Cansado de trabajar para proporcionar placeres a ese pequeño grupo, que tiene ya muchos, pondrás tus conocimientos y tu abnegación al servicio de los oprimidos.

Y estate seguro de que el sentimiento del deber cumplido, de haber establecido una correspondencia real entre sentimientos y acciones, te hará descubrir en ti mismo capacidades cuya existencia jamás soñaste. Cuando, además, un día, no está muy lejano en realidad, pese a lo que digan nuestros profesores, cuando un día, repito, llegue ese cambio por el que has trabajado, entonces, obteniendo nuevas fuerzas del trabajo científico colectivo, y de la poderosa ayuda de ejércitos de trabajadores que pondrán sus energías a su servicio, la ciencia dará un nuevo salto adelante, infinitamente mayor que el lento progreso de hoy, que parecerá simple trabajo de aprendices. Entonces gozarás de la ciencia; ese placer será un placer de todos.

LE RÉVOLTÉ
(1880)