miércoles, 20 de febrero de 2019

Hola, soy un hongo, ¿quieres vivir conmigo?


Los líquenes seleccionan las algas mejor adaptadas al lugar donde crecen. Un estudio del CSIC prueba la pericia de Cetraria aculeata para asociarse. La simbiosis es pieza clave en la naturaleza y es un motor de la evolución.

Por PEDRO CÁCERES

Tengo una amiga que cuando quiere meterse con alguien al que considera amuermado, le dice: «Tienes menos vida social que un liquen». Como broma no está mal. Los líquenes parecen el colmo de la vida aburrida. Son unos organismos pequeños, discretos, resistentes e inmóviles. Sobreviven a todo tipo de temperaturas extremas y pueden hacerlo sin apenas agua ni comida. Viven donde muchos otros no consiguen hacerlo, pero a cambio tienen una apariencia de lo más callada y pueden pasarse meses pegados a sus rocas sin que parezca que pasa nada con ellos.

Cuesta creer que estén vivos. Pero vaya si lo están. Y su vida social, además, es de lo más animada. De hecho, son organismos que nunca están solos. No pueden estarlo porque en realidad no son una cosa, sino dos a la vez, o la suma de ellas. En todos los líquenes del mundo conviven a la vez un hongo y un alga, es decir, dos seres vivos distintos, dos especies diferente que se unen para formar una tercera totalmente nueva.

De manera que no puede decirse que un liquen tenga poca vida social. Más bien, él mismo es una completa sociedad, un matrimonio o una 'joint venture', usando la jerga económica más al uso actualmente.

Lo que los líquenes practican es un fenómeno conocido como simbiosis y que consiste en la unión duradera de dos seres que obtienen beneficios por ello. En su caso, el alga aporta la capacidad de realizar la fotosíntesis para nutrirse y el hongo contribuye con su resistencia a condiciones ambientales extremas. Esta ganancia mutua es un tipo de asociación que se define como mutualismo y que está mucho más extendida de lo que se cree.

Simbiosis, el secreto de la vida

En la naturaleza existen otros tipos de interacciones entre organismos. Las de parasitismo, en las que uno se aprovecha de otro y le 'chupa la sangre', o las de comensalismo, en las que uno rapiña lo que se le cae al otro, son una versión 'light' de otra bien conocida, la de depredación. A todos nos parece que esa es una forma abundante de relación en el mundo natural. Un tipo de situación que responde a la idea hobbessiana de un mundo cruel, donde el hombre es un lobo para el hombre.

Sin embargo, muchos ecólogos creen que este es un error de percepción. En realidad, las relaciones más importantes en la naturaleza son las de cooperación entre organismos, las relaciones de simbiosis, no las de depredación.

Nuestro propio cuerpo funciona gracias a los microorganismos que habitan en nosotros y contribuyen a funciones vitales como la digestión. Lo mismo ocurre con los árboles, que pueden alimentarse bien gracias a que en sus raíces crecen hongos simbiontes llamados micorrizas que les permiten capturar nutrientes. Y también es mutualismo puro el proceso de evolución convergente llevado a cabo por las plantas con flor y los insectos que las polinizan. Unas obtienen beneficios reproductivos y los otros perciben comida.

En realidad, algunos biólogos defienden que la simbiosis es la clave de la vida y realmente tendríamos que entender el mundo no de la negra forma que lo percibió Hobbes, sino desde la mucho más 'buenista' percepción de Rousseau. Somos buenos por naturaleza, o más exactamente, la naturaleza ha demostrado que cooperar es una forma eficiente de afrontar la existencia. ¿Para qué comerte al vecino si puedes montar un negocio con él?

Una visión extrema del papel de la simbiosis en nuestro planeta es la que defiende y ha demostrado en buena parte la eminente bióloga evolucionista Lynn Margulis. La científica estadounidense, que estuvo casada con el cosmólogo Carl Sagan, provocó una revolución en los años 60 al afirmar que el surgimiento de las células con núcleo (eucariotas), que fueron el inicio de toda la vida compleja que ahora hay sobre el planeta, se debió a la unión de diversas células simples o procariotas.


La teoría de Margulis abre una visión de vértigo sobre el concepto de existencia. Porque lo que defiende, además, es que la evolución no se debe sólo al gradual cambio acaecido en las especies tras las mutaciones genéticas, sino que hay un motor distinto al descrito por Darwin que es la fusión entre organismos completos distintos (bacterias) para formar organismos nuevos.

Según Margulis, nuestras propias células llevan dentro de cada una el testimonio de una simbiosis primitiva. La científica ha logrado que muchos de sus colegas admitan que las mitocondrias que todos tenemos dentro de nuestras células y que llevan a cabo el proceso de respiración celular son en realidad bacterias simples que quedaron integradas en las células complejas de nuestros ancestros. Sacamos a pasear todos los días a los orgánulos de nuestras células sin saber que llevamos con nosotros a antiguos seres unicelulares que han pasado a formar parte de nosotros mismos.

Hongo busca alga para vivir

Estamos construidos con bacterias asociadas entre sí, defiende la teoría de la simbiogénética. Y asociarse entre sí es lo que siguen haciendo de forma bien abierta hongos y algas. Ahora, una reciente investigación llevada a cabo por científicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha desvelado algunas novedades sobre las habilidades de cierto tipo de liquen, probando que el hongo que lo forma no se asocia con cualquier alga, sino que selecciona a aquellas variedades, dentro de la misma especie, que le permiten adaptarse mejor a las circustancias externas.

Un equipo internacional de científicos, entre los que se encuentran investigadores del CSIC, ha demostrado que una especie de liquen denominada Cetraria aculeata coloniza distintos ambientes gracias a que selecciona algas genéticamente adaptadas a esos entornos. Es la misma especie de alga, pero muestra pequeñas variaciones locales que la hacen más exitosa.


Los resultados del estudio, publicado en la revista Molecular Ecology, confirman que estos organismos, tan extendidos en los ecosistemas boreales y polares, son sistemas biológicos dinámicos y abiertos.

«Los líquenes son organismos altamente especializados en los que las líneas que separan los conceptos de individuo, especie y ecosistema se desdibujan. Su vida simbiótica ha sido adoptada por multitud de hongos diferentes, lo que les permite colonizar ambientes muy diversos», explican dos de los autores del estudio, los investigadores del CSIC en el Real Jardín Botánico de Madrid María Paz Martín y Miguel Ángel García, en una nota remitida por la institución científica.

El trabajo ha sido coordinado por científicos del Biodiversity and Climate Research Centre y el Senckenberg Research Institute, ambos en Frankfurt (Alemania). Los investigadores han estudiado las trazas genéticas de la trayectoria geográfica, histórica y evolutiva del liquen Cetraria aculeata, una especie que no sólo habita en las regiones polares de los dos hemisferios, sino que además puede crecer en cadenas montañosas de latitudes intermedias como el Himalaya, indica el CSIC en una nota de prensa.

Tras secuenciar tres marcadores genéticos del hongo y tres del alga, observaron que el hongo se originó en el hemisferio norte y fue capaz de dispersarse hasta el hemisferio sur en un periodo de tiempo relativamente corto.

«En esta especie de liquen, el hongo y el alga se dispersan juntos mediante la fragmentación del talo. Aunque cabría esperar que los patrones genéticos del alga y del hongo fuesen semejantes, hemos visto que no es así, ya que este hongo presenta algas genéticamente dispares en distintas regiones geográficas», explica García. Esto indica, según los investigadores, que los líquenes como Cetraria aculeata son sistemas biológicos dinámicos y abiertos, capaces de encontrar las variedades de alga mejor adaptadas a una región y listos también para cambiar de alga. Eso es lo que les ha permitido expandirse de forma rápida al encontrar las más apropiadas para prosperar.

Vivir juntos es mejor, dicen los líquenes. Elegir bien también ayuda.

NATURA-EL MUNDO
04/07/2011

jueves, 14 de febrero de 2019

Porque ella lo valía: Rosa Luxemburg


Por MICHAEL R. KRÄTKE

Hoy en día es casi una santa de la izquierda a escala mundial, pero en vida fue muy controvertida. Una mujer estudiosa, teórica, aguda, instruida, carismática, polémica, jocosa, atrevida, una judía bajita de origen polaco, emancipada, autodeterminada, un horror para muchos en la socialdemocracia alemana, donde, sin embargo, hizo carrera. Se hizo famosa como aquella descarada joven extranjera que había osado atacar con vehemencia a un veterano del marxismo como Eduard Bernstein. También arremetió contra el papa de la teoría marxista Karl Kautsky e incluso se permitió una brillante crítica de Marx. Tampoco tuvo miedo a criticar sin piedad a Lenin y la política de los bolcheviques en Rusia.

Ya desde su etapa de estudiante en la escuela, Rosa Luxemburg, nacida en 1871 en Zamość (Polonia oriental), quería cambiar el mundo. Para poder estudiar en la universidad, tuvo que emigrar y se fue a Zurich, cuya universidad aceptaba a mujeres. Entre 1889 y 1897 vivió allí, estudió economía nacional —fue una de las primeras mujeres, en general— y se doctoró con una tesis sobre el desarrollo industrial de Polonia (magna cum laude), lo que entonces todavía provocaba la indignación de algunos. Su tesis fue publicada, algo muy excepcional en la época. Y escandaloso. Pues Luxemburg argumentaba contra la independencia de Polonia. Decía que el desarrollo industrial había integrado demasiado a Polonia en la economía del Imperio ruso y que una Polonia independiente no sería económicamente viable. Qué fuerte.

En 1906, Rosa Luxemburg tuvo la suerte de que August Bebel en persona, que apreciaba su aguda inteligencia y bendito rigor, la nombrara profesora de economía nacional en la flamante escuela de la SPD. Sus alumnos la querían y admiraban. En esta época se incubó La acumulación del capital (1913), el libro en que critica a Marx y, al tiempo, intenta profundizar en él. El capitalismo moderno, dice la idea fundamental, no puede existir como capitalismo «puro», como sistema cerrado —en contra del supuesto de Marx—. Sin espacios no capitalistas, sin una conquista continua de países, sin expansión colonial en una u otra forma hacia estos espacios, no puede funcionar. De ahí se sigue que pueden determinarse con total exactitud los límites del desarrollo capitalista. Entonces, el capitalismo llega a su inevitable fin cuando ha sometido y se ha anexionado el mundo entero por conquista y ya no queda ningún espacio no capitalista. Este «momento Luxemburg» de la historia mundial no estaba lejos cuando escribió el libro; hoy en día casi hemos llegado a él.

Rosa Luxemburg consideraba El capital de Marx como una gran obra inacabada. A ojos de Luxemburg, sobre todo los volúmenes segundo y tercero de esta obra monumental estaban incompletos, llenos de problemas abiertos y sugerencias; eran un work in progress que debía proseguirse. Eso intentó ella en su igualmente inacabada Introducción a la economía nacional, resultado de sus clases en la Escuela del Partido. Los fragmentos, conservados y publicados después de su muerte, así como los apuntes de sus clases que se han publicado por primera vez en 2017, muestran cómo entendía la economía política: como una ciencia social histórica, más como una «economía mundial» que como una «economía nacional». Lo que actualmente vemos como lo nuevo e importante de la crítica marxiana, la crítica del fetichismo, de la religión cotidiana del capitalismo, el análisis del desarrollo capitalista y de su dinámica global, es también lo que fascinaba a Luxemburg de Marx. Y eso a pesar de que no defendía mucho la célebre exposición «dialéctica» de El capital, como tampoco era amiga de la construcción de modelos económicos. Rosa Luxemburg entendía la economía como una ciencia altamente política, como la clave para la comprensión crítica de la historia económica. La historia del capitalismo moderno desde la primera revolución industrial sólo podía plantearse como la historia de sus pequeñas y grandes crisis. Crisis del mercado mundial como la de 1873-79, que marcó el comienzo de la primera gran depresión, o la crisis financiera mundial de 1907, resultado de la competencia internacional por el dominio del capital financiero. El estallido de la Primera Guerra Mundial, en el verano de 1914, no sorprendió a la economista Luxemburg. Si grandes potencias industriales rivales se entrometían mutuamente en sus territorios de conquista, el conflicto era inevitable. Con la guerra, Luxemburg vio superado el horizonte del desarrollo capitalista. Desde ese momento, se afrontaba la encrucijada de la historia mundial: o transición al socialismo o regresión a la barbarie.

Fue la más decidida opositora a la Guerra Mundial; ahí no había solución de compromiso posible. A causa de su furibunda propaganda antibelicista pronto dio con sus huesos en la cárcel, donde siguió escribiendo y trabajando sin descanso por el renacimiento del movimiento internacional tras la catástrofe de agosto de 1914. En plena guerra, ante la escisión del movimiento obrero internacional, sólo veía una alternativa: transición al socialismo ¡o regresión a la barbarie!

La Revolución rusa, la vivió en la cárcel, donde escribió su crítica a Lenin y los bolcheviques, que abandonaban la democracia en aras de la pura conquista del poder. Sus palabras sobre la libertad política, a menudo citadas, según las cuales ésta debe ser la «libertad de quienes piensan distinto», provienen de esta polémica. Eso no casaba con una política de izquierda basada en la lógica de la guerra civil. En la Revolución alemana de Noviembre vio la oportunidad histórica de una república democrática que abriera por fin de modo pleno el terreno de juego para una política socialista. Fue una de las personas fundadoras, en diciembre de 1918, del Partido Comunista de Alemania (KPD) y sufrió inmediatamente una severa derrota política, ya que la mayoría del Congreso no quiso saber nada de las elecciones a la Asamblea Nacional. Luxemburg consideró una estupidez colosal el levantamiento espontáneo de enero de 1919, y no sólo por razones tácticas. También las masas indignadas en la calle, también los trabajadores revolucionarios pueden equivocarse gravemente. Ante ellos, Luxemburg tuvo tan pocos pelos en la lengua como ante la dirección del Partido o el Congreso. El 15 de enero cayó en manos de las tropas de los Freikorps, en Berlín, y fue asesinada, y su cadáver, arrojado al Landwehrkanal.

SIN PERMISO
19/01/2019

domingo, 10 de febrero de 2019

La caza y el maltrato animal


Por JAIME GÓMEZ MÁRQUEZ

Desde un punto de vista biológico, el instinto de caza es necesario para que los animales carnívoros puedan capturar a sus presas y alimentarse. En la naturaleza, la caza juega también un importante papel como regulador del tamaño de las poblaciones animales, contribuyendo al mantenimiento del equilibrio entre las diferentes especies del ecosistema, y en la selección natural de los organismos más capacitados y la eliminación de individuos débiles, heridos o enfermos.

En el caso de la especie humana —con la excepción de pequeñas poblaciones que necesitan cazar para alimentarse— la obtención de carne para nuestra alimentación ya no depende de la caza. La mayoría de nuestras sociedades han desarrollado sistemas de ganadería, a pequeña y gran escala, que proveen regularmente de carne a las personas sin tener que recurrir a la caza.

El desarrollo urbano e industrial y las grandes infraestructuras, junto con el aumento paulatino e incontrolable de la población humana, han roto el equilibrio natural en numerosos y extensos territorios de nuestro planeta y como consecuencia de ello las especies salvajes cada vez tienen menos territorio para vivir en libertad. Es en este contexto donde la actividad cinegética tiene sentido como un medio de controlar las poblaciones de animales salvajes en un territorio cada vez más menguante. Sin embargo, este control debe estar supervisado por expertos (principalmente biólogos y veterinarios) y no por federaciones de cazadores, porque si no puede utilizarse como pretexto para matar indiscriminadamente a muchos animales. Cualquier exceso por parte de los cazadores legales (y por supuesto de los furtivos) debería ser perseguido y sancionado por parte de la Administración y los tribunales de Justicia. Las administraciones públicas tienen que preservar y ampliar los espacios naturales protegidos y los representantes de los ciudadanos, legislar para proteger la naturaleza y conservar la biodiversidad.

Es interesante resaltar que algunos mamíferos, como por ejemplo el zorro, juegan un papel protector y benefactor de los humanos en el sentido de evitar la transmisión de determinadas enfermedades y de proteger las cosechas. Los zorros son necesarios para mantener controlada de forma natural la población de roedores y esto es muy beneficioso para la protección de las cosechas y para la salud porque reduce drásticamente la enfermedad de Lyme, que es transmitida por garrapatas.

La caza se convierte en una actividad cruel e innecesaria cuando se hace por diversión o deporte y no entiendo dónde está el placer de matar un conejo, una perdiz o un elefante. La caza solamente debería autorizarse cuando su objetivo es controlar las poblaciones animales en la naturaleza o en los espacios protegidos y debería prohibirse como actividad deportiva. Si lo que a uno le gusta es disparar puede hacerlo sobre multitud de objetos inanimados, tanto estáticos como en movimiento. Los únicos disparos que tendrían que hacerse en la naturaleza son los de las cámaras fotográficas.

Si la caza como actividad lúdica o deportiva es moralmente rechazable, porque no tenemos ningún derecho a quitarles la vida a otros animales solo para divertirnos, no lo es menos el maltrato animal. Hay individuos que se divierten o se lucran maltratando a los animales e incluso algunos hacen alarde de su crueldad en las redes sociales. La sociedad tiene que proteger a los animales de los desalmados y explotadores, educar a nuestros jóvenes en el respeto a la naturaleza, reprobar socialmente el comportamiento de estos individuos y castigarlos con el código penal. Si no respetamos la naturaleza tampoco seremos merecedores de respeto y al final en este genocidio ecológico, provocado por la caza y otras actividades humanas, todos saldremos perdiendo.

26/01/2019

jueves, 7 de febrero de 2019

El control ideológico en las sociedades democráticas


Por JEAN BRICMONT

La ideología es especialmente importante en las sociedades democráticas, en las que puede convertirse en la forma principal de control social. La ideología dominante es muchísimo más poderosa en los Estados Unidos, con su libertad de expresión, de lo que llegó a ser en la Unión Soviética, donde el obvio monopolio de la expresión política, reforzado por la represión, propició un escepticismo generalizado. En sociedades más autocráticas, se mantiene a la gente en el lugar que se quiera mediante el temor. En una sociedad donde la gente es libre de manifestarse y de votar, el control de «corazones y mentes» necesita ser mucho más profundo y más constante.

En nuestras sociedades, el reforzamiento de la ideología dominante está en manos de lo que se ha dado en llamar el 'clero secular', por analogía con el clero religioso de las sociedades tradicionales. Ese clero tradicional se presentaba como el intermediario entre lo humano y lo divino y legitimaba el poder de los estratos sociales dominantes mediante la apropiada interpretación de la voluntad divina. Al hacerlo, se aseguraba su propia posición social privilegiada bajo la protección del poder temporal.

Con la Ilustración y las revoluciones democráticas en Europa, el papel de la religión como justificadora del poder se ha ido desdibujando. Las declaraciones de Lord Salisbury invocando la democracia que citábamos anteriormente tienen una resonancia más contemporánea que las de la Santa Alianza invocando la religión. Aun alguien tan ostentosamente religioso como George W. Bush no justifica sus guerras principalmente en nombre de la religión sino en nombre de la democracia y los derechos humanos. Merece la pena destacar que a sus partidarios en Europa a menudo les resulta embarazosa su faceta religiosa, prefiriendo que se ciña estrictamente al discurso por los derechos humanos.

Francis Fukuyama y Samuel P. Huntington, ejemplo
del nuevo 'clero secular' del mundo capitalista.

El actual 'clero secular' está constituido por los creadores de opinión, los filósofos mediáticos y una gran variedad de académicos y periodistas. Son ellos quienes en gran medida monopolizan el debate público, conduciéndolo en determinadas direcciones y fijando los límites de lo que puede decirse, pero aparentando siempre que se trata de un libre intercambio de ideas. Uno de los mecanismos de reforzamiento ideológico más comunes consiste en centrar el debate en los medios empleados para conseguir los fines supuestamente altruistas que defienden quienes están en el poder, en lugar de preguntarse si los fines tienen derecho a hacerlo. Para poner un ejemplo reciente: se planteará si los Estados Unidos tienen suficientes medios e inteligencia para imponer la democracia en Oriente Medio o, eventualmente, si el precio a pagar (la guerra) no es demasiado alto. Tales discusiones no harán otra cosa que reforzar la idea de que las intenciones proclamadas (liberar a los pueblos, propagar la democracia) son el verdadero propósito, mientras que las consecuencias menos nobles, como el control del petróleo o el fortalecimiento de la hegemonía estadounidense (globalmente) e israelí (localmente) no son más que efectos colaterales de una generosa empresa.

Para quienes detentan el poder, es muy importante centrar el debate público dentro de los estrechos límites de si los medios y las tácticas son o no efectivas, soslayando el cuestionamiento de la naturaleza y la legitimidad de los fines y las estrategias. En una sociedad autocrática tales debates no estarían permitidos. En nuestras sociedades son, sin lugar a dudas, de gran utilidad. La izquierda «respetable» juega un papel fundamental en este proceso de legitimación al centrar el debate en el primer tipo de cuestiones (medios y efectividad) y marginando al segundo (la naturaleza y la legitimidad de los fines). Por el contrario, podemos anticipar que cualquier análisis de poderes pretéritos o antagónicos, como el Imperio Romano, Napoleón o la Unión Soviética, incluirá una visión crítica de sus mecanismos de legitimación sin conceder valor alguno a sus declaraciones de principios. Es solo cuando se habla de nuestras sociedades actuales que tal interpretación es considerada banal.

Otro mecanismo ideológico utilizado frecuentemente por la izquierda respetable es la denuncia ritual de los sistemas de adoctrinamiento «totalitarios», casi siempre con la religiosa referencia a Orwell, y enfatizando particularmente aquellos rasgos característicos diferentes a los nuestros. Esto fomenta la noción de que los mecanismos para el control y la manipulación de las mentes pueden encontrarse en cualquier parte, excepto en nuestras sociedades.

Por otra parte, cuando los críticos con este sistema, como los comunistas en el pasado, sostienen que no se diferencia de los sistemas totalitarios, son fácilmente refutados pues la simple libertad para manifestar esas críticas supuestamente demuestra que son diferentes. Ese tipo de crítica solo contribuye a dificultar la comprensión de cómo el control ideológico funciona aquí y ahora, dando la impresión de que los únicos mecanismos de adoctrinamiento son aquellos que no se encuentran en nuestras sociedades.

Es importante destacar que ideología no equivale a mentira. Los miembros del 'clero secular' frecuentemente creen en lo que dicen. Es más, esa interiorización de la ideología es esencial para que logren ser eficaces. Esto se confirma al contrastar su discurso con el de aquellos que simplemente defienden una ideología en la que no creen.

Blair, Bush y Aznar: 'el trio de las Azores',
responsables de la guerra de Iraq y sus consecuencias.

Cuando se trata de individuos que poseen un poder real, sea político o económico, la cuestión es algo más complicada, pero aun así la hipocresía del cinismo generalizado no es plausible. La ideología tiene la ventaja de permitir a la gente vivir en un confort mental en el que pueden evitar hacerse demasiadas preguntas. Esto significa que criticar la falta de sinceridad de quienes están en el poder o de los integrantes del 'clero secular' debe hacerse con precisión: el problema no es que estén mintiendo o que estén ocultando sus verdaderos fines, sino que espontáneamente adoptan una visión sesgada del mundo y de la historia que les permite aprovecharse de su situación de privilegio con absoluta consciencia. Es este un fenómeno que puede observarse en la vida cotidiana: las proclamas altruistas y la adhesión a determinados valores van a menudo acompañados de un análisis de la realidad que hace posible identificar los intereses personales con los imperativos morales. La genuina sinceridad no es simplemente una cuestión de creer en lo que uno dice, sino preguntarse honestamente si las acciones que uno emprende sirven realmente a los nobles fines que supuestamente nos guían. Desafortunadamente, no hay nada nuevo en todo esto y aquellos que critican la actual organización social, de un modo u otro, tienen mucho en común con Blaise Pascal o Jonathan Swift cuando criticaban la injusticia y la hipocresía de las sociedades en las que vivían.

Por muy banal que pueda parecer esto, no deja de ser importante pues implica que las representaciones ideológicas del mundo, al no ser simples mentiras, pueden tener consecuencias imprevistas y, a veces, cuando son defendidas con el suficiente fanatismo, llegar a ser perjudiciales para los mismos poderes a los que supuestamente legitiman. Todavía es prematuro decir si el ataque estadounidense a Iraq es un ejemplo de esa situación, pero tanto la invasión alemana a la Unión Soviética en 1941, como la obstinada guerra de EEUU en Vietnam, ambas con la idéntica finalidad de «liberar a los pueblos del comunismo», son ejemplos claros de la búsqueda de fines ideológicos que han acabado en desastre.

Imperialismo humanitario:
El uso de los Derechos Humanos para vender la guerra
(2005)

viernes, 1 de febrero de 2019

Convergencia evolutiva en artrópodos

'Mantis religiosa' aunque no posee
una anatomía grotescamente transformada
para el mimetismo como otros insectos
tratados en el texto, es una maestra del camuflaje.

Por ENDIKA ARCONES

Los Homo sapiens somos una especie fundamentalmente curiosa. Desde las cuevas, hace varias decenas de miles de años, exploramos el mundo que nos rodea con fruición, atónitos ante la magnificencia de los astros, los minerales, los colores de las rocas, las plantas y los animales. No obstante, aquel ser humano incipiente era incapaz de alcanzar a comprender que el mundo que lo rodeaba era un mundo dinámico. Siempre fluyendo y transformándose tanto él mismo como lo que en él habita. Desde lo microscópico y efímero, hasta lo enorme y dilatado en el tiempo. Lapsos de días o de cientos de miles de años.

Aquello que sucedía en tiempos más cortos que la esperanza de vida media de nuestra especie era detectable por nuestras mentes profanas. Lo inabarcable, lo exageradamente lento, excedía nuestras capacidades. Los procesos geológicos, como la erosión y afloramiento de rocas ígneas formadas en la antigua cámara magmática de un volcán, suceden en tiempos tan largos como decenas de miles de vidas humanas. Asimismo, la evolución de los seres vivos es un proceso lo suficientemente lento como para que nosotros, sin las herramientas y conocimientos de que disponemos en la actualidad, fuéramos incapaces de observarlo directamente.

A día de hoy, gracias a la teoría de la evolución de las especies de Darwin [y antes con Lamarck] y todos los descubrimientos que se han ido sucediendo hasta nuestros días en este campo, podemos dibujar en nuestra mente, siguiendo analogías con fósiles y seres vivos actuales, los distintos escalones por los que muchos grupos taxonómicos transitaron hasta llegar a ser lo que son hoy, incluida nuestra propia especie. Si visualizamos esa secuencia de imágenes y lo hacemos con varios grupos faunísticos, acabaremos notando cómo especies filogenéticamente muy distintas, han adquirido características similares. Es lo que los biólogos llaman evolución convergente. Para comprenderlo, valga un caso paradigmático. Supongamos que somos un reptil de principios de la era Mesozoica, y nos movemos de árbol en árbol para alcanzar nuestra comida o escapar de nuestros depredadores. Quizá necesitemos unas alas que, dadas nuestras características morfológicas de reptiles arcaicos, evolucionarán siguiendo un camino determinado. La selección natural [mejor dicho, la evolución], ha «dotado» de alas a un reptil. Es el ejemplo del pterosaurio.

Seguidamente, imaginemos un mundo invadido por dinosaurios y otros reptiles gigantes, en el que los peligros acechan por tierra y aire. Otro animal, un dinosaurio —un reptil moderno—, comienza a emplear sus extremidades recubiertas de una novedad curiosa entonces, las plumas, para impulsarse en pos de capturar presas voladoras o huir con mayor presteza. Con el paso de muchas generaciones, ese reptil, al igual que le sucedió al arcosaurio o reptil arcaico del que derivaron los pterosaurios, se «deshizo» de todos los elementos pesados y prescindibles de los que su cuerpo disponía —dientes, cola ósea, huesos densos— para ganar en ligereza; y desarrolló alas. Es el ejemplo de las aves.

Las aves, como el gorrión alpino 'Montifringilla nivalis',
comparten el desarrollo de las alas con los murciélagos y
los extintos pterosaurios. 'Los quirópteros es un orden de
mamíferos que adaptó su morfología a la vida aérea.

Por último, situémonos a principios del Cenozoico, en la era de los mamíferos, cuando animales parecidos a roedores adquirieron hábitos arbóreos, permitiendo a unos pocos seguir el camino que anteriormente recorrieron otros vertebrados: el camino de la adaptación a la vida aérea. Es el ejemplo de los quirópteros o murciélagos. Evidentemente, nada es tan simple como se ha contado aquí, ni a los animales se les proporcionan características o habilidades que nosotros entendemos como útiles. Es un proceso largo, complejo y que implica múltiples interacciones entre la especie, el entorno, el clima, los eventos catastróficos y el resto de seres vivos.

Sirva como ejemplo el de los vertebrados que aprendieron a volar, transformando sus extremidades anteriores en alas, partiendo desde morfologías distintas, sin mediar estrechas relaciones de parentesco, para entender este concepto biológico.

Por tanto, la convergencia evolutiva trata de resolver problemas similares con soluciones similares. De la misma manera que reptiles y mamíferos, frente al problema de alzar el vuelo, desarrollaron una resolutiva adaptación: las alas.

Entre los artrópodos también existen numerosos ejemplos que pueden ilustrarnos acerca de la evolución convergente. Desde la equivalencia entre las colonias sociales de termitas y hormigas, hasta el fascinante parecido entre isópodos y gloméridos. Analicemos varios casos con detalle.

Mariposas diurnas y colibrís

Ambos grupos de animales, tan filogenéticamente distantes, comparten un mismo requerimiento alimenticio: el néctar. Por tanto, deben salvar un problema básico consistente en buscar una manera eficiente de localizar las flores, viajar hasta ellas, situarse próximos a la corola y extraer su contenido. Singularmente, las esfinges colibrí Macroglossum spp. llevan la evolución convergente con las aves de la familia Trochilidae [troquílidos] hasta límites raramente hollados.

¿Quién no ha observado con atención una extraña criatura de velocísimo batir de alas y prolongados cernidos con la incredulidad del neófito que cree estar viendo un colibrí? Sin embargo, estas aves son oriundas de América, siendo las esfinges colibrí, en cierta manera, los colibrís del Viejo Mundo, donde no existen otros animales que aprovechen el nicho ecológico que supone visitar más de mil flores al día sin posarse en sus inmediaciones.

Un primer obstáculo que plantea la extracción del néctar para estos seres es la separación que mantienen respecto a la flor, para lo cual necesitan percibir las distancias de forma precisa, lo que consiguen con mecanismos visuales equivalentes. Cuando el viento mece la flor o al animal, logran corregir la posición rápidamente, gracias a la vista y a su gran capacidad de maniobrar en el aire. Para esto último es muy útil batir las alas a velocidades superiores a varios aleteos por segundo, pudiendo incluso volar hacia atrás —habilidad rara en las aves que solo poseen los colibrís—. Una vez en la posición adecuada, debido a esa distancia que los separa de su objetivo, necesitan una prolongación que les ayude a extraer el alimento con celeridad. Los colibrís han desarrollado largos picos y lenguas con los que absorben el néctar como si hicieran uso de una «pajita»; algo parecido poseen las esfinges colibrí, cuya espiritrompa —estructura bucal que comparten todas las mariposas nectarívoras— es de mayor longitud que su propio cuerpo.

La larguísima espiritrompa de la esfinge colibrí
'Macroglossum stellatarium' tiene su análogo
en el pico de los colibrís.
Una vez extraído el energético líquido, deberán volar hasta la siguiente flor, y así sucesivamente hasta cubrir sus altísimos requerimientos energéticos. La percepción visual de los colores y una cierta capacidad de aprendizaje sobre qué flores son más nutritivas o menos, ayudarán a estos dos grupos tan variopintos de animales voladores a sobrevivir un día entero con la dificultad de recuperar lo gastado en sus vuelos de alto consumo.

Gloméridos e isópodos

En el caso de estos dos grupos de animales, la confusión es aún mayor que en colibrís y esfinges colibrí, siendo muy habitual tomar erróneamente a todos ellos como miembros de un mismo grupo conocido vulgarmente como 'bichos bola'. Sin embargo, pertenecen a subfilos bien distintos: miriápodos y crustáceos.

Los primeros, los gloméridos, son parientes próximos de los milpiés, y también –aunque algo más lejanos– de los ciempiés. Como ellos, sus cuerpos están divididos en dos regiones –cabeza y tronco– surcadas por numerosos segmentos que, sin embargo, son menos que en el resto de miriápodos, lo cual acorta su longitud y les permite enrollarse de forma muy distintiva como método de defensa: es la llamada conglobación o volvación. Así, protegen sus partes vitales en el interior de la «bola», dejando al descubierto la dura coraza quitinosa que conforman sus segmentos. Con estas características han explotado con garantías su nicho, fundamentalmente, lugares húmedos con abundantes detritos que aprovechan con éxito compartiendo espacio con especies de isópodos del suborden Oniscidea.

Los oniscídeos forman un heterogéneo grupo de especies de crustáceos terrestres y marinos, externamente semejantes a los ya descritos gloméridos. En el caso de los terrestres, como Armadillidium spp., la ausencia de telson —así es como se le llama a la cola en crustáceos como quisquillas, langostas o isópodos marinos— permite que la posibilidad de confundirlos con los milpiés sea muy alta; pero basta fijarse en si las patas están situadas por pares o no para determinar su ubicación taxonómica. Una conformación de las extremidades por pares evidencia que estamos ante un miriápodo glomérido; en caso distinto, estaremos ante un isópodo oniscídeo.

Curiosamente, aparte de compartir una más que apreciable semejanza externa, poseen comportamientos equivalentes, como la técnica defensiva de la conglobación. Quizá el desarrollo de este medio de defensa provoca ese parecido morfológico.

Los isópodos marinos también son capaces de enrollarse en una bola, pese a vivir en un medio totalmente diferente y hacer frente a depredadores de muy dispar naturaleza. Tal fue su éxito en el mar que existe una especie cuyo tamaño alcanza el medio metro de longitud: Bathynomus giganteus. Todos ellos viven de aprovecharse de los detritos del mar y de la tierra, es decir, comparten una dieta que les ha llevado a desarrollar herramientas para la supervivencia equivalentes, por medio de la convergencia evolutiva.
 
Glomérido de la especie 'Glomeris marginata'.
Isópodos de la especie 'Cubaris murina'.
Las termitas soldado se pueden distinguir a simple vista,
pues poseen una enorme cabeza en comparación con las obreras.
Hormiga 'Messor capitatus' afanada en sus labores.
Termitas y hormigas

Lo que en algunos casos parecen ser simples similitudes externas, profundizando resultan ser la antesala de excepcionales parecidos comportamentales; así sucede en el caso de hormigas y termitas. No solo son insectos sociales con morfologías análogas, sino que su estructura social basada en la división del trabajo es muy parecida.

El ciclo de vida de una termita alada comienza con la salida del termitero en una especie de enjambre donde encontrará su pareja, con la que se reproducirá, formando así la base sobre la que se asentará una nueva colonia. La hembra, que es ahora la reina, pondrá sus huevos engendrando toda una serie de castas de obreras, soldados y reproductoras que fundarán, a su vez, otras colonias. Entre todas ellas desempeñarán múltiples labores como construcción del nido, defensa del nido, exploración y un largo etcétera. El macho que fecundó a la hembra será el rey, cuya función será la procreación.

Las hormigas, en cambio, inician su ciclo con la reproducción de machos alados sexuados, que no tienen permitida la entrada a la colonia, y la reina. De este paso nacerá toda una generación de hormigas obreras que desempeñarán funciones en tal número que pueden llegar a ser hasta 29 distintas, como en el caso de Atta sexdens. Muchas hormigas carecen de soldados, pero estas habitantes de las selvas tropicales de América comparten este tipo de casta con las termitas, llevando la convergencia evolutiva al máximo entre isópteros (termitas) e himenópteros (hormigas).

Ambos grupos han logrado explotar un nicho, en principio, inconcebible para animales tan aparentemente simples: el cultivo de hongos. Mientras las hormigas, desarrollaron esta capacidad hace 30 millones de años en las regiones tropicales del Nuevo Mundo; las termitas hicieron lo propio en el trópico del Viejo Mundo. No obstante, no son dos casos exactamente idénticos. Cada grupo utiliza a los hongos con un propósito distinto. Los miembros de la subfamilia Macrotermitinae son incapaces de digerir la lignina y la celulosa de las plantas, valiéndose de los hongos que cultivan para degradar estos biopolímeros hasta que puedan ser aprovechados. De esta forma, tanto termitas como hongos se benefician de esta interacción, estableciendo una relación simbiótica que también se da en las hormigas, aunque con distinto desenlace, ya que las hormigas se alimentan directamente del hongo.

Cangrejos y escorpiones

Como en el caso de las alas de los vertebrados, estos dos grupos de artrópodos comparten un par de extremidades transformadas en una útil herramienta: las pinzas o quelas. Con ellas, tanto los cangrejos decápodos como los escorpiones, se desenvuelven con soltura por sus respectivos medios.

Si bien la vida terrestre de los escorpiones difiere de la esencialmente acuática de los cangrejos, el uso que le dan a sus pinzas es prácticamente el mismo. Además, se especula con la posibilidad de que estos arácnidos primigenios evolucionaran de los sí marinos euriptéridos y xifosuros, por lo que estas herramientas versátiles habrían tenido, en cualquier caso, su origen en el mar. Los escorpiones, como bien es conocido, emplean las pinzas para capturar e inmovilizar a sus presas, inoculándoles veneno por medio del aguijón; para excavar galerías o defenderse de sus predadores. Los cangrejos, a su vez, hacen un uso similar, atrapando con sus duras quelas peces, poliquetos, moluscos y otros organismos marinos; o enterrándose en la arena o bajo guijarros.
 
Los escorpiones por excelencia son los miembros
del género 'Buthus', con varias especies ibéricas.
La nécora 'Necora puber' es un cangrejo común
en las regiones intermareales cantábricas.
En el mundo de los cangrejos decápodos, la diversidad de pinzas es extraordinaria, y dependiendo de su función dentro del nicho ecológico de la especie o grupo en cuestión, serán más grandes, más delgadas, más fuertes, con capacidad para cortar o con capacidad para aplastar.

En algunos, se han reducido hasta casi desaparecer, como en la langosta Palinurus elephas; los centollos Maja spp., por su parte, poseen unas alargadas y estrechas pinzas que les son útiles para su alimentación a base de algas, moluscos y equinodermos; los cangrejos sastre Galatheidae han estirado su par de patas anterior hasta límites extravagantes; y, por último, los cangrejos depredadores, como las nécoras Necora púber o bueyes de mar Cancer pagurus, han desarrollado unas pinzas afiladas en el primer caso, y fuertes y enormes en el segundo.

De igual manera, las pinzas de los escorpiones, aunque no tan diversas, también sufren de especie a especie cambios en tamaño y forma, siendo algunas verdaderamente enormes —en proporción al tamaño del cuerpo— con quelas potentes que nada tienen que ver con las finas pinzas de nuestros Buthus spp., como en el caso del escorpión Hadogenes troglodytes.

Moscas y estrepsípteros

Las moscas o dípteros son perfectamente conocidas por todo el mundo. No así los estrepsípteros, diminutos insectos cuya vida es particularmente curiosa. Las hembras de este grupo de neópteros son parásitos sin alas que viven en el interior de larvas de escarabajos, abejas y avispas. Los machos, por el contrario, son voladores cuya vida dura aproximadamente una hora, tiempo que deben emplear en buscar un hospedador ocupado por una hembra parásita para fecundarla.
 
Los halterios de los dípteros son esa estructura clara
que tiene aproximadamente bajo las alas la mosca
'Musca domestica' de la fotografía.

Estos machos, por medio de la evolución, han desarrollado una forma similar a las moscas para mantener el equilibrio en el aire: los halterios o balancines. En los estrepsípteros, estos órganos se desarrollaron a partir de las alas anteriores, quedando los halterios muy adelantados en el cuerpo; los dípteros, por otro lado, poseen los halterios detrás de las alas, fruto de la transformación de las alas posteriores.

Sin estos órganos en forma de maza, ambos grupos de insectos serían incapaces de volar, cayendo de espaldas al menor intento.

Fásmidos y otros imitadores

Una de las capacidades más fascinantes que desarrollan los animales en general y los insectos en particular es el mimetismo. Los fásmidos son indudablemente unos maestros en el arte del engaño, imitando hojas, ramas y corteza, logrando que su localización por parte de los depredadores se torne complicada, siendo un mecanismo de defensa eficaz.

Otros, en cambio, utilizan el engaño con otros propósitos, imitando exactamente los mismos elementos que los miembros de los citados Phasmatodea, como en el caso de las mantis hoja y las mantis palo, cuya fisionomía las convierte en expertas en los ataques por sorpresa. Empusa pennata y Choeradodis stalii se colocarán allí donde su camuflaje se funda completamente con el entorno, ya sean tallos o ramaje de matorral bajo en el primer caso, o arbustos tropicales en el segundo; de tal forma que el infortunado insecto que vaya a parar con sus patas en el emplazamiento no detectará al trapacero imitador, cayendo sin remedio en las garras de su letal captor.
 
'Trachythorax maculicollis' ofrece una buena aproximación
al exitoso camuflaje de los fásmidos. Una muestra de la
extravagancia mimética de 'Phyllium bioculatum'.
Para animales más «pacíficos» como los saltamontes hoja Stilpnochlora couloniana y los saltamontes palo Acrida ungarica, este tipo de camuflaje es el componente esencial para eludir la muerte mientras descansan, cantan o forrajean, confundiendo el paisaje con su propio cuerpo, aprovechando alas, patas y cabeza para acentuar su habilidad para el engaño.

De igual modo, la corteza es otro elemento básico muy utilizado para el camuflaje en el mundo animal, siendo en nuestra península aves como los chotacabras Caprimulgus europaeus o los torcecuellos Jynx torquilla buenos ejemplos de ello. En el mundo de lo diminuto y articulado, la mariposa nocturna Phalera bucephala da una verdadera lección a cualesquiera criaturas cuya evolución haya sido conducida hacia la senda del embuste.

Mantis y mantíspidos

Las archiconocidas mantis tienen, contra todo pronóstico, un grupo de imitadores fantásticos dentro del orden Neuroptera. Extraños parientes de las crisopas que adoptan la postura del «rezo» típica de los mántidos, adecuada para lanzar sus patas a velocidad vertiginosa en dirección a su presa y atraparla en una especie de abrazo mortífero: los mantíspidos.

Algunos miembros de esta familia de insectos son peculiares mezclas entre mantis y avispas, conformando un ejemplo idóneo la especie Climaciella brunnea, que además posee una particular forma de sobrevivir en estado larvario: parasitando huevos de otros ilustres depredadores como las arañas. Depredadores cuyas larvas se alimentan de otros depredadores en desarrollo; poco lugar queda para dudar de su destreza como cazadoras.

Nº 3 – Febrero 2018.




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