lunes, 24 de julio de 2017

El incendio de Doñana ha afectado a más de 70 especies de aves y a alrededor de 40 de flora amenazada


Según datos de SEO/BirdLife, la pérdida de biodiversidad generada por el incendio ha afectado a todos los grupos faunísticos terrestres presentes en Doñana, incluyendo a los 38 mamíferos característicos del espacio. Entre las especies afectadas está la Linaria tursica, una planta endémica que, de no recuperarse, podría ver amenazada su supervivencia ya que más del 50% de sus localidades mundiales se encontraban en la zona incendiada. La ONG ha elaborado un informe que recoge las especies y habitats más afectados, así como recomendaciones sobre las actuaciones que se deben llevar a cabo para garantizar que Doñana recupere sus valores.

SEO/BirdLife

El último incendio en Doñana, del que hoy se cumple un mes, ha afectado a 70 especies de aves, a la mayor parte de los 38 mamíferos característicos del espacio y a alrededor de 40 especies de plantas amenazadas o de interés. Además de especies tan conocidas y amenazadas como el lince ibérico y el águila imperial ibérica, las llamas impactaron seriamente en otras como la Linaria tursica, una pequeña planta endémica que ha perdido más del 50% de su población por el fuego y que, de no recuperarse, se encaminaría hacia la extinción. Son algunas de las conclusiones del informe Doñana, un mes después de las llamas, elaborado por técnicos de SEO/BirdLife.

El análisis de la organización estima que la recuperación total de la zona es posible a largo plazo, siempre y cuando se actúe con absoluto respeto al espacio y se limiten todas las amenazas a las que está expuesta Doñana. Según los datos oficiales facilitados por el Plan Infoca, el incendio forestal ha afectado a una superficie de 8.486 hectáreas de arbolado y matorral, de un perímetro total de 10.900 hectáreas, quedando 2.414 hectáreas de superficie forestal intacta a modo de «islas verdes» en el interior del área calcinada. Es, por tanto, el mayor incendio en España en lo que llevamos de 2017.

El impacto inmediato es la pérdida de biodiversidad y, posteriormente, el riesgo de erosión por quedar el suelo casi desnudo. «Afortunadamente no se ha quemado todo y las diásporas de subpoblaciones cercanas pueden hacer que se recolonicen las zonas incendiadas» afirma Carlos Davila, responsable de la oficina técnica de Doñana de SEO/BirdLife.

Según los censos de la organización, más de 70 especies de aves se han visto afectadas por el incendio, entre las que destacan por su abundancia, las paseriformes como el jilguero, el verdecillo, el verderón, el pinzón, el carbonero, la curruca cabecinegra, el herrerillo o el rabilargo, entre otras. Además, la zona quemada era área de reproducción y campeo para un amplio número de aves rapaces nocturnas y diurnas, entre las que se encuentran especies gravemente amenazadas como el águila imperial ibérica, el milano real, la culebrera europea o el águila calzada.

Según Pablo Hidalgo, profesor de Botánica de la Universidad de Huelva, «alrededor de 40 especies de flora amenazada se localizan en la zona incendiada, incluyendo la Linaria tursica, una planta endémica que se ha visto muy gravemente afectada, estimándose que más del 50% de sus localidades mundiales se encontraban en la zona incendiada».

Respecto a los hábitats recogidos en los anexos de la Directiva de Hábitats (Directiva 92/43/CEE), en un análisis preliminar se comprueba que se han visto afectados 16 tipos de interés comunitario del Anexo I, tres de ellos prioritarios (Anexo II): estanques temporales mediterráneos, dunas fijas descalcificadas atlánticas y brezales húmedos atlánticos.

En las zonas afectadas se encuentran representados gran parte de los 38 mamíferos característicos de Doñana, como el tejón, el jabalí, el zorro, el meloncillo, la gineta o el erizo, así como roedores y lagomorfos, incluyendo también la presencia regular del amenazado lince ibérico. Además, reptiles y anfibios como el camaleón, la lagartija colirroja, el tritón ibérico o la ranita meridional, están entre los animales más afectados por su limitada capacidad de desplazamiento.

Tiempo de recuperación

El fuego es un proceso natural muy antiguo y un gran número de especies vegetales y animales del área mediterránea han desarrollado características especiales que les permiten sobrevivir bajo sus efectos. Por ejemplo, el alcornoque puede regenerarse desde la copa y las jaras producen semillas que solo germinan ante las altas temperaturas que produce el fuego.

«En el caso de las aves, un área quemada prácticamente nunca permanece completamente vacía. Previsiblemente, las primeras especies en recolonizar serán aquellas que utilizan zonas despejadas, como los aláudidos, currucas, collalbas, tarabillas, chotacabras, abejarucos y algunas rapaces. Algunas de estas especies pertenecen al grupo de las aves más amenazadas de Europa, como la curruca rabilarga, totovía o cogujada montesina», apunta Carlos Davila.

Medidas de restauración y pasos futuros

El informe elaborado por SEO/BirdLife indica que las medidas de restauración deberían incluir la reducción o eliminación de las principales amenazas que afectan a los hábitats de interés comunitario de Doñana. Entre otras, la sobreexplotación del acuífero, los cambios ilegales del uso del suelo, las explotaciones forestales, el exceso de carga ganadera, el turismo masificado estacional y la proliferación de especies oportunistas. Asimismo, es necesario anticipar los efectos del cambio climático, que conllevará una mayor recurrencia de los incendios forestales.

La ONG ambiental estima necesario actuar antes de la llegada de las lluvias de otoño para minimizar el efecto de lavado y pérdida de suelo, y del banco de semillas, en las zonas de mayor pendiente de los médanos del Asperillo (paleodunas), mediante el uso de barreras. Asimismo, es preciso eliminar los árboles muertos que puedan significar un peligro para la seguridad de las personas y de gran parte de la madera quemada para disminuir el riesgo de plagas. No toda la madera debe ser retirada ya que su presencia favorece la recolonización por la fauna.

Gran parte de la regeneración del área se realizará de forma natural, mediante la germinación del banco de semillas de las especies pirofíticas y el rebrote característico de muchas especies adaptadas a los incendios. «Es importante proteger las lagunas temporales afectadas mediante vallados perimetrales que impidan que la acción de los herbívoros dificulte la restauración natural de un hábitat especialmente frágil», apostilla Davila.

Puntualmente, se puede reforzar el trabajo de la naturaleza con la liberación de semillas o frutos, o plantar algunos individuos. «Con estas actuaciones, que son fácilmente ejecutables con voluntariado y con germoplasma del banco o del Jardín Botánico de Dunas del Odiel, se podría acelerar y reconducir la restauración. Un ejemplo sería la siembra de enebros y sabinas», añade Davila.

Para realizar grandes acciones de restauración, es conveniente tener en cuenta que Doñana, originalmente, albergaba un bosque de alcornoques y acebuches sobre suelos arenosos costeros (Oleo sylvestris-Quercetum suberis). La posibilidad de recuperar ese entorno es real. Ocuparía una franja costera prácticamente continua en las provincias de Málaga, Cádiz y, con mayor extensión, en la de Huelva.

«Por ello, sería interesante que la restauración ecológica tras el fuego se hiciera mediante la siembra y reforzamiento de determinados elementos de ese bosque original como acebuches, lentiscos, palmitos o espinos negros o madroños, y cuando las condiciones de suelo y sombreado sean favorables, se podrían reforzar con plantones de alcornoque», sugiere Davila.

La masa forestal quemada se componía, principalmente, de pinares de repoblación, que en Doñana ha sustituido casi por completo al alcornocal mediterráneo original. El árbol, que predominaba en la zona, fue despareciendo debido a la deforestación, el cambio de usos del suelo, los incendios y la reforestación de especies alóctonas, como el pino. En la actualidad, está prácticamente ausente del entorno y los pocos alcornoques que quedan en Doñana están seriamente amenazados.



viernes, 21 de julio de 2017

Lo universal es otra cosa


Por HELENO SAÑA

Todos los imperios y pueblos poderosos han tendido, en mayor o menor medida, a dar una proyección universal a su sistema particular de valores, una constante histórica representada hoy por los Estados Unidos de América. Mientras las viejas potencias europeas han dejado de considerarse el ombligo del mundo, los EEUU creen, cada día con más énfasis, que son los depositarios y portadores máximos de lo que Hegel hubiera denominado el 'espíritu universal'.

En el plano de la teoría, la reivindicación de lo nacional como expresión de lo universal es formulada por primera vez por Herder, quién saliendo al paso de la Ilustración francesa predominante entonces en Europa, afirma que lo universal no está representado por la razón abstracta de origen cartesiano, sino por el genio particular de cada pueblo (Volksgeist), tesis que asume esencialmente Hegel en su Filosofía de la historia y que el Fichte tardío de los Discursos a la nación alemana llevará a sus últimas consecuencias. La exaltación de lo alemán como lo universal 'per se', conducirá finalmente, como es sabido, al surgimiento del pangermanismo y de la vesania racista del nacionalsocialismo y del Tercer Reich.

Aparte de la brutalidad con que procede a su autoglorificación como la nación absoluta, Alemania no hace más que seguir, con gran retraso histórico, el camino iniciado anteriormente por otras potencias europeas, desde la España imperial de los Habsburgo y el 'British Empire' a la Francia del Siglo de las Luces, de la Revolución y de Napoleón Bonaparte, sin olvidar el Imperio romano y el mesianismo paneslavista de la Rusia zarista, transformado por Lenin y Trotsky en mesianismo revolucionario.

De la misma manera que detrás de estas imitaciones tardías del viejo Imperium Romanum no había más que los delirios de grandeza inherentes a todos los mega-sistemas de poder, el hegemonismo practicado por los EEUU desde el hundimiento del imperio soviético, lejos de representar el espíritu universal de la hora histórica actual —como pretenden sus artífices— no es más que el reflejo del más absoluto fundamentalismo nacional, un fundamentalismo basado además en la fuerza bruta de las armas. No necesito subrayar el proceso de continuidad existente entre el fundamentalismo nacional y el fundamentalismo religioso. Me refiero, claro está, a las luchas entre el Papado y los príncipes durante la Edad Media, así como a las guerras confesionales entre católicos y protestantes a comienzos de la Edad Moderna. El Estado nacional acepta el primado del poder eclesiástico hasta el momento en que está en condiciones de destronarlo y de erigirse en poder absolutamente soberano. El fundamentalismo nacional no es sino la versión secular del fundamentalismo practicado durante siglos por la Iglesia de Roma y después, por la Iglesia protestante. También los EEUU son un producto de este trasfondo histórico, esto es, una versión del antiguo fundamentalismo nacional gestado en la vieja Europa.

Es evidente que lo universal no puede surgir de ningún fundamentalismo exclusivista. Ambos conceptos se contradicen intrínsecamente uno al otro, como nos enseñan Marcel Mauss, Lévi-Strauss, Teilhard de Chardin y otros antropólogos, etnólogos y hombres de ciencia que han estudiado a fondo la gestación, la estructura y el desarrollo de las civilizaciones. Lo universal es otra cosa, en primer lugar la negación por antonomasia de la voluntad de poder, que es exactamente la pasión que se ha apoderado de la casta política y militar estadounidense. Un pueblo con vocación verdaderamente universal no intenta avasallar ni dominar a los demás pueblos, sino que procura respetarlos y ayudarlos. Su rasgo característico es la generosidad, virtud que la propia Norteamérica ha practicado a menudo, por ejemplo cuando puso en marcha el Plan Marshall para sacar de apuros a los países víctimas de los desastres de la II Guerra Mundial, sin excluir a Alemania, el enemigo de la víspera.

¿Y hoy? Los EEUU, el país más rico del mundo, destina sólo el 0,1 por ciento de su PIB a la ayuda a los países subdesarrollados, que es, a inmensa distancia, el porcentaje más bajo de todos los países occidentales. La pregunta es inevitable: ¿Cómo puede un país que tan sórdidamente socorre a los necesitados de la tierra atreverse a dar lecciones de moral política a la humanidad?

LA CLAVE
Nº 58 / 24-30 mayo 2002

domingo, 16 de julio de 2017

La larga conquista del gato desde Oriente hasta nuestros hogares

Los gatos domésticos actuales descienden de la subespecie
de gato salvaje africano (Felis silvestris lybica),
procedente de Oriente Medio y África del Norte.

Estudios paleogenéticos aclaran aspectos clave de la domesticación del felino y su propagación por el Viejo Mundo.

07/07/2017

Mucho antes de que entrara en nuestros hogares, el gato tuvo varios encuentros con los humanos. Un equipo internacional liderado por investigadores del Instituto Jacques Monod, en París, ha estudiado la dispersión del gato doméstico por todo el mundo a lo largo del tiempo.

Solitarios, cazadores territoriales, sin una estructura social jerárquica... Las cinco subespecies de gatos salvajes (Felis silvestris) tenían pocas posibilidades de que llegaran a ser domesticados. De hecho, hoy en día los gatos domésticos todavía son muy independientes. Solo la subespecie procedente de Oriente Medio y África del Norte, el gato salvaje africano (Felis silvestris lybica), fue domesticada. Así pues, los felinos de nuestros hogares no tienen por ancestro al gato montés europeo (Felis silvestris silvestris), sino a la subespecie oriental. ¿Cómo logró propagarse este último por todo el mundo?

Los autores obtuvieron muestras de ADN mitocondrial de 423 gatos antiguos y 28 actuales. El ADN mitocondrial se caracteriza por ser transmitido a través de la madre. Puesto que resulta fácil de secuenciar, permite reconstruir las líneas femeninas, con lo que es posible estudiar su dispersión mediante la comparación del grado de similitud entre los genomas.

El descubrimiento arqueológico en Chipre de un gato enterrado junto a un niño 7.500 años a.C. aporta una nueva pista sobre la domesticación del gato. Esos datos indicaban que esta se había producido durante el Neolítico en Oriente Medio y la región conocida como el Creciente Fértil, donde se originó el cultivo de los cereales. El inicio de la relación entre el gato salvaje africano y los humanos fue propiciado por la presencia temprana en esa región de reservas de granos y, por consiguiente, de roedores alrededor de ellas. La hipótesis defendida desde hace tiempo por los investigadores es que los humanos tolerarían que los gatos merodearan en su entorno porque impedían en parte que el grano fuera destruido por ratas y ratones.

Gracias a la información genética y los datos arqueológicos recopilados sobre un período de 10.000 años, los investigadores han identificado cómo se propagó el felino a partir de una segunda ola de la domesticación que comenzaría en Egipto en la antigüedad (aproximadamente, entre los años 700 a.C. y 300 d.C.). Durante este período, el gato egipcio se convirtió en un fenómeno de moda debido a que su comportamiento se volvió más familiar. De acuerdo con los autores, ese gato se extendió hacia Europa mientras seguía a los humanos durante sus intercambios comerciales por tierra y mar. Lo volvemos a encontrar primero en Grecia, más tarde en el Imperio Romano y después en toda Europa. Los arqueólogos han descubierto un representante de la línea egipcia incluso en el puerto vikingo de Ralswiek, que funcionó entre los siglos VII y XI.

El proceso de domesticación del gato no causó grandes cambios morfológicos, fisiológicos, conductuales o ecológicos en el gato salvaje africano, a excepción del pelaje. A diferencia de los gatos monteses, a menudo atigrados, los gatos domésticos con frecuencia son moteados. Se trata de un un rasgo seleccionado que es visible desde finales de la Edad Media, cuando el gen implicado Tab se volvió más común en la especie. El gato se distingue pues claramente de otras especies domesticadas, como el perro, que presenta numerosos caracteres diferentes respecto al lobo. Lo mismo se constata si se comparan los genomas actuales de las subespecies salvaje y doméstica: se observan pocas diferencias, probablemente porque se producen muchos cruces entre ambas. Al final, uno se pregunta si los gatos son realmente animales domesticados. Sobre todo porque, según los investigadores, no resulta infrecuente que los gatos domésticos se vuelvan otra vez salvajes.

Clément Dufrenne

miércoles, 12 de julio de 2017

Henry David Thoreau (bicentenario)


Por S. GEIST

Nació el 12 de julio de 1817 en Concord, donde murió el 6 de mayo de 1862. A lo largo de toda su vida profesó un gran afecto a su localidad natal, «cuna de la Revolución norteamericana»; este sentimiento es el único susceptible de ser denominado amor en un temperamento como el de Thoreau, que parecía a cualquier vínculo afectivo. Su padre era un modesto fabricante de lápices, y su madre una mujer de origen noble que tenía establecida una especie de pensión. La visión de los campos, los bosques, los ríos y torrentes de Nueva Inglaterra y los libros influyeron más que nada en su formación. Fueron sus lecturas los textos clásicos griegos, latinos e ingleses, y, entre estos últimos, los de los poetas metafísicos en particular, en cuyas paradójicas fusiones de los sentidos con el espíritu y de lo cotidiano con lo cósmico reconocióse en gran parte.

Pocos literatos norteamericanos han actuado como Thoreau sobre un conocimiento de la literatura tan amplio y profundamente asimilado. La educación formal de nuestro autor acabó en Harvard. Vuelto a Concord, ganóse las simpatías de su vecino Emerson, entonces en el punto culminante de sus facultades. El sabio del pueblo tomó al jovencito bajo su protección, y luego, durante algún tiempo, le tuvo en su casa. Pero al contrario de lo que ocurrió con Emerson, Thoreau poseyó unos sentidos (todos, salvo los del campo sexual) tan agudos como los de un vigía indio o de un tuberculoso; llegó al conocimiento del espíritu mediante la vista, el tacto, el oído y el olfato. Para este naturalista metafísico las peñas de Concord fueron, al mismo tiempo, rocas, milagros y revelaciones, y no recobraron su verdadera condición hasta más tarde, cuando Thoreau reconoció que la historia natural era un «ciencia».

Durante algunos años se ganó la vida mediante el ejercicio de la enseñanza; sin embargo, rebelábase contra las restricciones puestas a la libertad de estudiar, meditar y observar. Estas actividades, junto con la composición literaria, constituían sus verdaderas vocaciones naturales; y así, en beneficio de su cultivo se contentó con las ganancias que podía obtener de la fabricación de lápices. Frugal hasta el ascetismo, poseía unas necesidades materiales mínimas. Era uno de aquellos hombres, no raros en Nueva Inglaterra, para quienes el vino es simplemente una bebida alcohólica que aturde, en tanto el agua pura y fresca una fuente de indescriptible voluptuosidad sensual. Salvo en lo referente a un breve idilio, formado esencialmente por silencios, las mujeres no tuvieron parte alguna en la existencia de Thoreau; lo mismo cabe afirmar de los hombres, considerados sólo extraños motivos de observación y reflexión. Sus únicas amistades íntimas fueron las palabras y las cosas.

Las reflexivas exploraciones de la región situada en torno a Concord se vieron interrumpidas por ocasionales Excursiones llevadas a cabo mucho más lejos. Una de ellas dio lugar, en 1849, a Una semana en los ríos Concord y Merrimae; otras inspiraron los libros que sus amigos sacaron de las páginas del Diario tras la muerte del poeta: Los bosques del Maine, Un yanqui en Canadá, Primavera temprana en Massachusetts, etc. Los únicos acontecimientos importantes de la existencia de Thoreau fueron los anuales retornos del verano, el otoño, el invierno y la primavera. No obstante, algunas de sus actividades han alcanzado en todo el mundo un carácter de símbolo y ejemplo.


Su experiencia (1845-47) respecto del individualismo autónomo, referida en Walden, llevó hasta sus límites extremos el principio tradicional de Nueva Inglaterra de «vida sencilla y elevados pensamientos», y acabó pareciendo (lo fue en parte) una afirmación general de los derechos del espíritu individual frente a todas las instituciones sociales, políticas o intelectuales, tendentes a la limitación de su autonomía absoluta.

La negativa de Thoreau (1846) al pago del impuesto electoral a un gobierno al que moralmente no aprobaba, y su conferencia de 1847 sobre la «desobediencia civil», han inspirado a los dirigentes de varias revoluciones; y su denuncia (1854) tanto del esclavismo del sur como de la complicidad nordista en el mismo se ha esgrimido repetidamente como ejemplo de valor político.

A causa de una irónica paradoja, Thoreau, quien tendió siempre a la universalidad de la verdad espiritual, ha llegado casi siempre a ser universal precisamente en un ámbito —el de las relaciones de los hombres entre sí— en el cual se mostró menos competente. La vida de este hirsuto provinciano —una existencia que, desde el principio hasta el fin, no fue sino una persistencia en una posición espiritual angulosa, provincial y extrañamente noble— conoció un final prematuro; el poeta murió a los cuarenta y cuatro años, víctima de tuberculosis. Dejó varios centenares de páginas, entre millares de otras escrupulosamente escritas, cuya punzante y casta belleza no ha sido superada.

DICCIONARIO BOMPIANI DE AUTORES LITERARIOS
(1987)

lunes, 3 de julio de 2017

Un viejo anarquista en el Congreso Eugénico de Londres

Piotr A. Kropotkin (1842-1921):
geógrafo, naturalista, librepensador
y anarquista.

Por ÁLVARO GIRÓN SIERRA

Es un hecho conocido que Piotr Kropotkin (1842-1921) fue uno de los líderes y teóricos anarquistas más importantes del periodo que va desde finales de los años 1870 a comienzos de la Gran Guerra. También es sabido que fue un eminente geógrafo, pero su memoria ha perdurado, entre otras cosas, por haber publicado en 1902 un libro —Mutual Aid. A Factor of Evolution— que no pocos ha visto como el ejemplo clásico de refutación de ese dudoso artefacto que hemos convenido en llamar darwinismo social. Pero Kropotkin no sólo escribió sobre darwinismo. Una vida especialmente agitada no impidió que abordara una temática amplísima en sus escritos: urbanismo, teoría del valor, revolución francesa, glaciación, estructura de las cordilleras y mesetas del este de Asia, literatura rusa, y ética. De hecho, fue esta última el gran motor de su obra, si no de su entera biografía. Y esto lo hacía en una época en que los debates sobre evolucionismo y ética no eran precisamente infrecuentes.

Evidentemente, evolucionismo, ética y eugenesia tienen no pocos puntos de contacto. Sin embargo, por lo que sabemos hasta ahora, Kropotkin sólo se pronunció sobre la eugenesia públicamente en contadísimas ocasiones y su correspondencia privada indica que en la más importante de ellas —el Congreso Internacional de Eugenesia celebrado en Londres en 1912— no lo hizo de manera especialmente premeditada, llegando a decir privadamente: «tal vez daré una vuelta por el Congreso». Sin embargo, a tenor del contenido de su intervención allí, sería poco inteligente no intentar dejar constancia de lo que dijo, así como intentar indagar cuáles eran las posibles razones subyacentes de sus argumentos. Ésta es la materia misma de esta contribución, aunque en el resbaladizo terreno de los porqués, es necesario decir que todavía se está en una fase meramente prospectiva.

Kropotkin —a la altura de julio de 1912 acababa de cumplir 70 años— era un anciano cuyas severas enfermedades crónicas le habían obligado a abandonar su respetable vida suburbial en Londres e invernar en Italia y Suiza, vigilado por sus amigos médicos. Aunque probablemente era el anarquista con más influencia teórica dentro y fuera del movimiento libertario, su papel como líder organizador había entrado en declive, en un momento en que 'anarcosindicalismo' era la palabra de moda entre los jóvenes anarquistas. Sin embargo, hay que tener muy en cuenta que Kropotkin habían también adquirido un aura de respetabilidad personal, intelectual —y para pocos científica— completamente insólitas para un libertario. Ello se materializó, entre otras cosas, en que este miembro de la Royal Geographical Society, colaborador habitual de Nature, la Enciclopedia Británica y The Times —entre otras muchas organizaciones científicas y publicaciones— tenía acceso a audiencias normalmente vetadas para cualquier otro líder libertario. No resulta extraño, pues, que su corta pero enjundiosa intervención en el Congreso de Londres fuera reflejada en un periódico de irreprochable pedigrí conservador como The Times. Dicho de otra forma: no es descabellado pensar que lo que dijera Kropotkin sobre la eugenesia, como sobre otras muchas cosas, sería tomado en serio por un público que trascendía las filas ácratas.

Programa del 29 de julio de 1912
del Primer Congreso Eugenésico.
.

Entremos en concreto en la intervención de Kropotkin. El 29 de julio de 1912, en la Universidad de Londres, y presidido por Leonard Darwin, se dio continuidad a las sesiones del Congreso Eugénico Internacional que habían comenzado el 25 de julio. A lo largo de ese día intervinieron, entre otros, Alfredo Niceforo cuya intervención —significativamente— versaba sobre la «Causa de la Inferioridad de los caracteres físicos y mentales de las clases sociales inferiores» y Achile Loria, quien disertó sobre la élite psicosocial y la élite económica. Kropotkin, por su parte, aprovechó a fondo los siete minutos concedidos a aquellos que no habían enviado por escrito y con anterioridad papers u observaciones sobre el orden del día. El ruso comenzó agradeciendo a Achile Loria y al entomólogo y biólogo evolucionista Vernon Kellogg el haber ensanchado la cuestión en un Congreso que en su opinión no había tenido en cuenta hasta entonces las amplias zonas de contacto que existían entre eugenesia e higiene social. De hecho, llegó a criticar abiertamente al presidente de las sesiones —seguramente Leonard Darwin— que al parecer había indicado la necesidad de concentrarse en los aspectos puramente hereditarios de la Higiene Social. Kropotkin afirmó, con cierta sorna, que el Congreso con ello corría el riesgo de esterilizar sus propios debates, ya que al ignorarse las consideraciones sobre la influencia del medio en aquello que es transmitido hereditariamente —y aquí asoma claramente la posición neolamarckiana de Kropotkin— se estaba ofreciendo una imagen tanto de la Genética como de la propia Eugenesia totalmente falsa. Para él, la separación entre herencia y medio era totalmente absurda.

Ahora bien, para Kropotkin, como para otros muchos, la verdadera pièce de résistance del Congreso fue el tema de las esterilizaciones. Ello debe ser entendido en el contexto de una Gran Bretaña donde se estaba en proceso de aprobar la legislación orientada a impedir el matrimonio entre los llamados débiles mentales: The Mental Deficiency Act. Kropotkin estaba convencido de que éste era el asunto principal que se iba a abordar en el Congreso. Dos semanas antes de su celebración comentaba en una carta a su amiga Marie Goldsmith que estaba convencido que allí, fundamentalmente, se hablaría

«de la interrupción generacional, me refiero a los descendientes de todos los 'feeble-minded', a los cuales, de acuerdo con el borrador de la Ley de McKenna, pertenecen todos aquellos que 'no son capaces de ganarse la vida', a excepción, claro está, de los miembros de la Familia Real, funcionarios y 'herederos'».

No le faltaba razón. El pretexto para atacar el asunto en el Congreso lo ofreció la intervención de Bleecker Van Wagenen, representando al Committee of the Eugenic Section of the American Breeder’s Association. En dicha alocución se informaba sobre los resultados de las leyes autorizando o recomendando la esterilización de ciertas clases de individuos defectuosos, degenerados y criminales en 8 estados de los Estados Unidos. Un año después, y con triste ironía, el príncipe anarquista manifestaba que sobre los resultados fisiológicos de tales esterilizaciones dicho informe no decía absolutamente nada, afirmándose —eso sí— que muchos de los esterilizados estaban encantados.


Cartel del Segundo Congreso de 1921.

A la luz de todo ello se entienden mejor las razones de por qué Kropotkin declaró abiertamente en el Congreso que era verdaderamente lamentable que se abogara por los certificados matrimoniales, el maltusianismo, la notificación de las enfermedades contagiosas y —especialmente— la esterilización de aquellos que eran considerados como indeseables. Entre otras cosas porque, según él, se estaban sacando conclusiones de orden práctico de una supuesta ciencia —la eugenesia— que no tenía todavía fundamentos sólidos y que en un sentido estricto no existía todavía como tal. Le parecía especialmente chocante que se propusieran medidas que, además, iban en contra de la naturaleza misma del ser humano. Para Kropotkin, la opinión científica mayoritaria del momento no consideraba que lo que se debía hacer fuera, por un lado, rendir un homenaje meramente verbal a la parte de nuestra naturaleza que nos impulsa a tomar partido por los débiles, y luego, por el otro, actuar en una dirección francamente opuesta. Entre otras cosas —y aquí asomo parte del argumento básico que Kropotkin había desplegado en su Mutual Aid— porque los actos de apoyo mutuo o incluso de altruismo mencionados por Charles Darwin en The Descent of Man son fundamentales en la preservación de la raza, alimentando esos actos de benevolencia el instinto de sociabilidad sin el que ninguna especie podría sobrevivir en la lucha que sostiene contra las fuerzas hostiles de la naturaleza. Además se preguntó, contando al parecer con la aprobación ruidosa de parte de los asistentes, quiénes eran aquellos indeseables a quienes se quería esterilizar:

«¿A los trabajadores o a los indolentes? ¿A las mujeres de las clases trabajadoras que amamantan a sus hijos o las mujeres de las clases superiores que al negarse a hacerlo muestran su ineptitud para la maternidad? ¿Aquellos que producen degenerados en los barrios degradados o aquellos que lo hacen en los palacios?».

Con igual vehemencia cargó contra la parte del informe de la American Breeder’s Association que abogaba por la esterilización como elemento disuasorio contra los crímenes de carácter sexual. Kropotkin respondió como ya había hecho hace más de veinte años antes en su libro Las Prisiones, cuando ironizaba con respecto a la teoría del «criminal nato», preguntándose retóricamente si lo que se heredaba era una joroba de criminalidad. El criminal era, para él, un producto manufacturado por la sociedad misma, y ésa —y no otra— era la conclusión de la ciencia moderna. Insistió en lo que ya señalaba sobre el efecto corruptor de las prisiones (él proponía su abolición pura y dura). A esto añadió que las aberraciones sexuales —citando expresamente a Krafft-Ebing— eran frecuentemente el efecto de la influencia del ambiente carcelario, y que en el caso de que el germen de este tipo de desviaciones estuviera presente en algunos prisioneros, el encarcelamiento no haría sino agravarlas. La esterilización, en estos casos, no sólo sería inútil, sino también inmoral. Crear o agravar este tipo de perversiones en las cárceles para luego castigarlas con las medidas propuestas en el Congreso, era, según él, un gran crimen. Eliminaba además la fe en la Justicia, destruía el sentido de mutua obligación entre sociedad e individuo, y sobre todo, atacaba la solidaridad de la raza humana (su mejor arma en la lucha por la existencia).

Cómic irónico sobre la eugenesia
de ese mismo año.

Finalmente, se preguntaba si antes de garantizar a la sociedad el derecho de esterilizar a personas afectadas por enfermedades, débiles mentales, individuos que han tenido poco éxito en la vida o simplemente epilépticos (mencionaba como uno de ellos, no sin cierta ironía, al admirado Dostoievski) no sería un deber sagrado el abordar el estudio detallado de las raíces sociales de tales enfermedades. Y siendo, según su criterio, causas sociales las que estaban detrás de todos esos males, las soluciones lógicamente también debían ser sociales, aunque éstas se quedaran en los límites —necesariamente insatisfactorios para un anarquista como Kropotkin— del «Municipal Socialism» tan en boga en aquellos años en la Gran Bretaña. Y ese cambio, como buen neolamarckiano, Kropotkin pensaba que habría de afectar necesariamente al material hereditario de grandes poblaciones, siendo por ello una alternativa infinitamente más beneficiosa que la esterilización de linajes humanos concretos:

«Destruid los barrios degradados, construid viviendas saludables, abolid la promiscuidad entre niños y adultos, y, no se asusten, como tan frecuentemente lo hacen ahora, de 'hacer socialismo'; recuerden que pavimentar las calles, traer suministro de agua a las ciudades, es lo que ya comienzan a llamar 'hacer socialismo' y entonces habrá mejorado el plasma germinal de la siguiente generación mucho más de lo que hubiera hecho cualquier dosis de esterilización».

«Piotr Kropotkin contra la eugenesia: siete intensos minutos»
(2010)

viernes, 30 de junio de 2017

Thoreau, la naturaleza como ideología


  Tras Cape Code y Los bosques de Maine, Baile del Sol publica Un yanqui en Canadá, obras de Henry David Thoreau que se editaron póstumamente entre 1864 y 1866.
03/01/12

A Henry David Thoreau se le conoce sobre todo por su Walden, el relato que publicó en 1854 como diario de su experiencia durante «dos años y dos meses» en una cabaña construida por él mismo junto a la orilla de la laguna de Walden, cerca de la ciudad de Concord, al nordeste de EEUU, allí donde Emerson había formado su grupo de trascendentalistas.

También se han leído sus influyentes escritos políticos sobre la desobediencia civil, sus textos a favor de la abolición de la esclavitud y sus reflexiones acerca de una vida plena. Se pueden encontrar estudios sobre su vida y sus ideas (Thoreau. Biografía esencial, de Antonio Casado da Rocha), pero apenas se conocía, hasta la edición de Los bosques de Maine (Baile del Sol, 2007) y Cape Code (Baile del Sol, 2009), la materia ideológica común a la mayor parte de su obra: la concepción de la naturaleza como el lugar privilegiado en el que el ser humano puede pensarse. Estos libros son anotaciones en forma de diarios de varios viajes, algunos realizados en años diferentes, que tratan de explorar el territorio nororiental norteamericano donde vive Thoreau. Las descripciones de montañas, lagos, ríos; de fauna y flora, de tribus y actividad de cazadores y empresas madereras; los sonidos y sensaciones. Y, sin embargo, estos libros no son los de un «turista» que viera el territorio como lugar de satisfacción ociosa, ni los de un «naturalista» enfrentado a la tarea de catalogar y cartografiar lo que ve.

Desde el primer momento Thoreau intenta ver de otro modo. Este rasgo para el que se requiere «dejar la ciencia de lado y disfrutar de aquella luz», que hace que la naturaleza produzca la expectación de un lugar del conocimiento, es significativo porque está en la base de toda una literatura norteamericana que venía a retirarse del gran proyecto liberal de construcción del capitalismo, sin abandonar por ello esta misma ideología.

Thoreau siguió en este sentido el programa que Ralph Waldo Emerson puso al frente de su Naturaleza: «Nuestra época es retrospectiva. Construye los sepulcros de sus padres. Escribe biografía, historia y crítica. Las generaciones que nos precedieron miraban a la cara a Dios y a la naturaleza; nosotros, miramos con sus ojos. ¿Por qué no tener también el privilegio de una relación original con el universo? ¿Por qué no tener una poesía y una filosofía que inquieran en los arcanos, no en la tradición; y una religión que nos sea revelada, y no la historia de la religión de nuestros padres? Dentro del seno de la naturaleza por un tiempo, con su afluencia de vida correteando alrededor y a través nuestro, invitándonos con sus poderes a toda acción proporcionada a su naturaleza, ¿por qué andar a ciegas buscando entre los huesos del pasado, o hacer escarnio de todo lo viviente por lo ajado de sus ropas? También hoy luce el sol. Hay más lana y lino en nuestros campos. Hay tierras nuevas, hombres nuevos, ideas nuevas. Exijamos nuestras propias obras, y leyes, nuestro propio culto». Es por ello que Thoreau ensaya una vida libre «de los puros artificios e innecesarias labores», donde construir «considerando qué fin guardan en relación con la naturaleza del hombre una puerta, una ventana, un sótano o una buhardilla», buscar la soledad, «mirar lo que ha de ser visto» y entrar en la naturaleza.

Pero esta vida olvida (es también función de la ideología) lo histórico del ser humano, omite las determinaciones y la otra gran enunciación política, 'yo soy por otro', que se opone radicalmente a la del 'yo soy por mí mismo' producida y reproducida hasta la nausea por las ideologías liberales. Así, Thoreau, suscribiendo la conocida anotación de Emerson de que «no hay Historia, sólo biografía», escribe en todos estos libros el nudo fundamental de la ideología liberal: «vivir deliberadamente, enfrentarse sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si puedo aprender lo que ésta tenga que enseñarme». Entrar en la naturaleza, como entrar en lo salvaje, es para Thoreau absorber lo vivo de ella, lo no sometido a la humanidad, entrar en una edad primitiva. En la película de Sean Penn Hacia rutas salvajes es posible encontrar esta directriz: el viajero abandona su identidad civil, quema el dinero como si fuera un digger, abandona amigos y familiares, y se dispone a llegar al centro de lo salvaje, afrontar qué se es en tanto que individuo. Sólo que Penn restituye lo que falta en Thoreau: a los otros seres humanos.

En los tres libros de viajes de Thoreau los seres humanos apenas son algo más que parte del territorio. Penn los muestra como una relación. Con todo, el gran mito liberal fracasa: Thoreau lee la naturaleza, la comprende y le da un sentido solamente a partir de lo que la cultura y la sociedad ha hecho con él. De lo que otros han hecho de él. La naturaleza es, verdaderamente, un documento de cultura. Las constantes interpretaciones de sonidos, lugares, animales y situaciones a partir de textos literarios como El paraíso perdido de Milton o Robinson Crusoe, de mitos y otras obras científicas (mapas y descripciones de naturalistas de otros viajeros) lo ejemplifican bien. El proyecto de Emerson, que Thoreau emprende, de «retirarse tanto de sus aposentos como del resto de los hombres» para estar solos es imposible.

Los libros de Thoreau lejos de nuestro tiempo en buena medida, nos permiten vislumbrar entre sus páginas el momento crítico en el que la ideología liberal se quebró, el modo en que se produjo la división y la dominación de unas tendencias filosóficas sobre otras, de la disfunción y las contradicciones en que empezó a manifestarse la ideología liberal en un momento histórico en que triunfa el desarrollismo capitalista (sostenido en el liberalismo económico) y el parlamentarismo (sostenido en el liberalismo político). La naturaleza en estos libros trata de invertir la dirección de esa historia. Como residuo ha funcionado contra la sociedad industrial y después contra la sociedad de consumo, influyendo en el anarquismo y en el ecologismo. Años después de Thoreau, otros escritores, como Jack London o Bruno Traven, abordaron la naturaleza como parte de una relación social. Entonces el liberalismo ya había entrado en conflicto con el socialismo y la naturaleza fue desplazada del debate ideológico.

viernes, 23 de junio de 2017

Miedo


Por HELENO SAÑA

El gran protagonista del mundo actual es el miedo: miedo al terrorismo, miedo a la inmigración legal e ilegal, miedo a la competitividad económica, miedo al desempleo, miedo a la delincuencia común, miedo al belicismo estadounidense, miedo a la contaminación medioambiental, miedo a las prohibiciones gubernamentales, miedo a la pérdida de libertad y miedo, en fin, a lo que pueda venir. Aunque en general nadie lo confiese, quien más quien menos es presa del mismo o parecido miedo que Kafka confesaba abiertamente en una de sus cartas a su prometida Milena: «Mi ser es miedo». La sociedad liberal, basada en la confianza mutua y el 'fair play', se resquebraja cada vez más para dar paso a la desconfianza, al juego sucio y a la corrupción. En su Minima Moralia Adorno tomaba posición contra la glorificación moderna del progreso, señalando, con plena razón, su doble faz, puesto que si de un lado contiene la posibilidad de la libertad, del otro encierra también el peligro de la opresión. Creo que el tiempo le ha dado la razón. El mundo es, en efecto, cada vez menos libre y más opresivo. Los gobiernos encuentran toda clase de pretextos para reducir la autonomía del ciudadano y aumentar su grado de heteronomía. Asistimos a una restauración larvada del principio de libertad. Eso explica que la democracia sea cada vez menos democracia real para ir convirtiéndose a la chita callando en democracia formal. Y lo peor es que la gente apenas ofrece resistencia a este proceso involutivo. Oscar Wilde decía que allí donde existe un hombre que ejerce autoridad, hay otro que se rebela. Lo que quizá era cierto o verosímil para la sociedad de su tiempo, no lo es para la de hoy, por lo menos en el mundo occidental, caracterizado por su alto grado de conformismo. 'L’homme révolté' evocado por Albert Camus en su gran libro del mismo nombre se está convirtiendo en una figura de museo. Lo que se ha impuesto no es la «civil desobedience» de la ciudadanía, sino el ordeno y mando de los gobernantes de turno, cada vez más despóticos, arbitrarios y ávidos de poder. El Estado-Beneficencia de ayer es hoy ante todo un Estado-Prepotencia.

Para justificar su proceder y tranquilizarnos, nos aseguran que si restringen las libertades civiles y se saltan a la torera las leyes nacionales e internacionales es para nuestro bien, lo que quiere decir que, lejos de ser nuestros opresores, resulta que son nuestros protectores. Como buenos ciudadanos debemos, pues, estarles agradecidos de que metan las narices en todas partes, de que acumulen cada vez más datos sobre nuestras idas y venidas, nuestras conversaciones telefónicas, nuestras amistades, nuestras ideas políticas y nuestra 'privacy'. Agradecidos, en fin, de que se erijan en jueces permanentes de nuestros gustos y nuestra manera de ser y nos indiquen, por orden gubernativa, lo que tenemos que hacer o dejar de hacer. De ahí el aumento incesante de leyes, prescripciones, imposiciones, controles, aparatos burocráticos y amenazas de toda clase. Ultraliberales en el plano económico, los nuevos mandamases están resucitando el Estado-gendarme y paternalista que ingenuamente creíamos ya superado. Su lógica es archiconocida: desconfiar del ciudadano y partir del supuesto de que se portará mal e infringirá las leyes. Por eso hay que vigilarle e impedir que haga de las suyas. El único que se porta bien y cumple con su deber es el Estado. Por tanto, a obedecer toca.

¿Cómo no tener miedo? Miedo no sólo de los peligros reales y potenciales del mundo, sino de la manía persecutoria de quienes lo administran. La paradoja no puede ser más grotesca: los gobernantes son elegidos por la sociedad civil, pero una vez en el poder se erigen en dueños y señores del mismo electorado al que deben su encumbramiento, de manera que la razón democrática queda anulada por la razón de Estado, una aporía que desde Rousseau a hoy ninguna politología ha podido superar. La razón de Estado, base de lo que Foucault ha llamado «nouvelle gouvernementalité», es un concepto tan abstracto como elástico y, por ello, muy difícil de delimitar en términos concretos. De ahí que contenga intrínsecamente la posibilidad de extralimitarse y pasarse de la raya. Los gobiernos que se autolimitan en sus funciones suelen ser escasos; los más se exceden. Lo que sigue llamándose pomposamente Estado de Derecho con el derecho a usurpar derechos que no le corresponde a él, sino al ciudadano. He ahí la causa del miedo que se ha apoderado de la gente.

Revista LA CLAVE
Nº 293 / 30 noviembre 2006.