lunes, 20 de noviembre de 2017

Por una visión más unitaria de la Naturaleza


Por STEFANO MANCUSO

La extrema especialización del conocimiento, por citar sólo uno, nos ha llevado a dejar de percibir la unidad de los seres vivos y de sus relaciones. Te pongo un ejemplo. Si hoy en día tuviera que presentarte a alguien que conozca las plantas, difícilmente te señalaría a una persona cuyo oficio consiste en investigar sobre las plantas. Uno de mis colegas, en pocas palabras. Se trata de una paradoja que se resuelve con facilidad si pensamos que quienes estudian el mundo vegetal ya no son el típico señor o señora obsesionados con su constante y apasionada investigación sobre las plantas en su ambiente natural. Qué va, esas personas están en vías de extinción. ¡Quedan tan pocas que deberían estar protegidas por alguna ley especial! La inmensa mayoría de quienes trabajan con organismos vegetales son biólogos moleculares. Son científicos que no estudian las plantas en su integridad, como seres vivos dotados de una vida articulada y compleja, sino que, por el contrario, indagan en aspectos concretos de las relaciones genéticas o de las interacciones moleculares, cosas que podrían estudiarse, y se estudian, en las levaduras, los humanos o las plantas. Se trata de estudios fundamentales y necesarios, pero que difícilmente influyen o arrojan luz nueva sobre la concepción misma que tenemos de los organismos vegetales y del lugar que ocupan en el mundo.

Hoy en día, si queremos comprender de verdad qué hace una planta, qué necesita, cuáles son sus relaciones con las otras plantas o con los animales, lo mejor es que nos dirijamos a alguien que las críe, que las cultive y que conviva con ellas, y no a un biólogo molecular, que, por definición, no estudia el conjunto, la unidad del organismo y de sus relaciones naturales.

Esta especialización extrema es consecuencia directa de los cánones introducidos por la modernidad. Por un lado, nos ha llevado a descubrimientos científicos de enorme calado que nos han permitido profundizar en nuestros conocimientos como nunca antes había sido posible; pero por el otro, nos ha desviado y alejado del estudio unitario de la vida. Paradójicamente, esto hace que seamos menos capaces que antes de teorizar, una actividad a la que sólo puede dedicarse quien tiene horizontes amplios. Así, la enorme masa de pequeños datos que hoy provienen de la investigación a menudo corre el peligro de quedar inutilizada, puesto que no sabemos enmarcarla en una perspectiva más general. Porque los seres vivos —debería ser superfluo repetirlo otra vez— no son la suma de las reacciones particulares que los componen, sino algo mucho más complejo.

Si extendemos este razonamiento del individuo a todo el ecosistema, nos daremos cuenta de que tenemos la urgente necesidad de reapropiarnos de un método más sistémico para comprender las cosas que estudiamos.

Biodiversos
(2015)

jueves, 16 de noviembre de 2017

Más de 15.000 científicos lanzan un nuevo aviso para proteger la Tierra


  En noviembre de 1992, 1.700 científicos, incluidos varios premios Nobel, lanzaron una advertencia a la humanidad: las actividades antropogénicas perjudican seriamente al planeta. A pesar de las recomendaciones para proteger el medio ambiente, 25 años después, más de 15.000 científicos de 184 países hacen otro llamamiento porque las tendencias mundiales no han hecho más que empeorar, salvo en el caso de la capa de ozono.

13 noviembre 2017

El suelo, el agua, los océanos, los bosques, la atmósfera y las especies están amenazados por la actividad humana y con ellos el bienestar de las personas. Conscientes de que el planeta pudiera quedar «irremediablemente mutilado», en noviembre de 1992, la Union of Concerned Scientists lanzó una advertencia a la humanidad, firmada por 1.700 científicos, para intentar revertir los efectos antropogénicos en nueve aspectos del medio ambiente.

Sin embargo, 25 años más tarde, el cambio climático, la deforestación, la pérdida de acceso al agua dulce, la extinción de especies y el crecimiento de la población humana no han hecho más que agravar la situación. Así lo manifiestan ahora más de 15.000 científicos de 184 países en una nueva declaración publicada en la revista BioScience.

Gracias a los datos recopilados, el artículo, liderado por el equipo de William Ripple, de la Universidad del Estado de Oregón (EEUU), advierte del «daño sustancial e irreversible» que está sufriendo el planeta. «Algunos podrían pensar que estamos siendo alarmistas, pero los firmantes de esta segunda advertencia no solo no están lanzando una falsa alarma, sino que están reconociendo que existen señales obvias de que estamos yendo por un camino insostenible», indica Ripple.

El manifiesto recoge algunas de esas señales, entre las que destacan una reducción del 26% en la cantidad de agua dulce disponible por habitante; una reducción en la captura de peces salvajes, a pesar de los esfuerzos; un aumento del 75% en el número de zonas muertas en los océanos; una pérdida de más de 121 millones de hectáreas de bosque; continuos aumentos en las emisiones globales de carbono y en las temperaturas promedio; un aumento del 35% de la población humana; y una reducción del 29% en el número de mamíferos, reptiles, anfibios, aves y peces.

Cuenta atrás de la Tierra

«En este nuevo documento revisamos estas tendencias y evaluamos la respuesta humana posterior al explorar los datos disponibles», subraya Thomas Newsome, investigador en la Deakin University y la University of Sydney (Australia), y coautor del trabajo que logró, a través de las redes sociales, recopilar firmas para esta nueva declaración a la que aún se pueden unir científicos.

El primer documento lanzado hace 25 años permitió generar ciertas presiones públicas para convencer a los líderes políticos a tomar decisiones como el establecimiento de más reservas marinas, fortalecer las leyes contra la caza furtiva y restringir el comercio de la vida silvestre, la mejora de la planificación familiar, y la adopción de energías renovables, entre otros.

En estas dos décadas, no todo ha sido negativo, señalan los autores. La disminución del uso de sustancias químicas que perjudican la capa de ozono y un aumento de las energías verdes demuestran que también se puede avanzar. Además, los investigadores informan que se ha producido un declive en las tasas de fertilidad en algunas regiones del mundo. Y en otras, la tasa de deforestación se ha desacelerado.

«Pronto será demasiado tarde para cambiar el rumbo de nuestra trayectoria fallida», recalcan los autores, que terminan su documento con un mensaje optimista si afrontan juntos los desafíos ambientales. «Podemos hacer un gran progreso por el bien de la humanidad y del planeta del que dependemos», concluyen.


Referencia bibliográfica:
William Ripple et al. «World Scientists’ Warning to Humanity: A Second Notice», BioScience, 13 de noviembre de 2017.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Cataluña: falsos secesionistas y verdaderos conspiradores


Por THIERRY MEYSSAN

Muchos se imaginan que el independentismo catalán surgió al calor de la resistencia contra el fascismo. Es falso. El primer partido independentista catalán, Estat Català, se fundó en 1922, o sea justo antes de las dictaduras de Miguel Primo de Rivera y de Francisco Franco en España.

También imaginan que su fundador, Francesc Macià quería crear un Estado independiente que nunca había existido para salvar del fascismo la región de Barcelona. Es falso. Macià pretendía anexar Andorra, el sudeste de Francia y parte de la isla italiana de Cerdeña ya que, según él, «Cataluña» se hallaba bajo la opresión de Andorra, España, Francia e Italia.

Muchos imaginan que los independentistas catalanes son pacifistas. Falso. En 1926, Francesc Macià intentó dar un golpe de Estado después de haber reclutado para ello un centenar de mercenarios italianos y haber reunido un ejército.

Muchos imaginan que los independentistas catalanes son históricamente de izquierda. Falso. En 1928, cuando Francesc Macià fundó en La Habana el Partido Separatista Revolucionario de Cataluña, lo hizo con ayuda del dictador pro-estadounidense cubano Gerardo Machado.

Los independentistas catalanes nunca han tenido apoyo de los Estados antiimperialistas. La URSS no los respaldó, ni siquiera durante la guerra de España —a pesar de que Francesc Macià viajó a Moscú [1925] en busca de ayuda soviética y obtuvo entonces respaldo de Bujarin y Zinoviev—. Su máximo resultado en ese sentido fue establecer alianzas con algunos miembros de la III Internacional.


Proclamándose seguidor directamente de Macià, y no de su ex patrón Jordi Pujol, y respaldando así implícitamente el proyecto de anexión de Andorra, y de una parte de Francia y de Italia, Carles Puigdemont nunca trató de disimular que tenía apoyo de los anglosajones. Como periodista, creó una publicación mensual para mantener a sus sponsors al tanto de la evolución de su lucha. Esa publicación no se redacta en catalán ni en español sino… en inglés, se llama Catalonia Today y su esposa, la rumana Marcela Topor se convirtió en su redactora en jefe. Puigdemont dirige además asociaciones que promueven el independentismo catalán, pero no en España sino en el extranjero, con financiamiento del multimillonario George Soros.

Los independentistas catalanes, al igual que sus homólogos luos kenyanos y kurdos iraquíes, pasaron por alto el cambio de inquilino en la Casa Blanca. Apoyándose en el «Parlament» catalán, donde tienen la mayoría de los escaños, aunque obtuvieron una minoría de votos durante su elección, proclamaron la independencia luego del referéndum realizado el 1 de octubre de 2017. Creían poder contar con el respaldo de Estados Unidos y, por ende, con el apoyo de la Unión Europea. Pero el presidente Trump no los apoyó, como tampoco apoyó a los luos kenyanos ni a los kurdos iraquíes. Así que la Unión Europea se mantuvo en contra de su nuevo Estado.

RED VOLTAIRE
31 octubre 2017

martes, 7 de noviembre de 2017

La caída del gobierno Kerenski, la victoria del partido bolchevique

'Asalto al Palacio de Invierno', de Yefim Dyshalyt.

Por VOLIN

A partir del 17 de octubre (30 de octubre, según el calendario actual), el desenlace se aproxima. Las masas están prestas para una nueva revolución, como lo prueban los levantamientos espontáneos desde julio, el ya citado de Petrogrado y los de Kaluga y Kazán y otros del pueblo y de tropas, en diversos puntos.

El partido bolchevique se ve, entonces, ante la posibilidad de apoyarse sobre dos fuerzas efectivas: la confianza de gran parte del pueblo y una fuerte mayoría del ejército. Así pasa a la acción y prepara febrilmente su batalla decisiva. Su agitación produce efervescencia. Ultima los detalles de la formación de cuadros obreros y militares. Organiza también, definitivamente, sus propios equipos, y redacta la lista eventual del nuevo gobierno bolchevique, con Lenin a la cabeza, quien vigila los acontecimientos de cerca y transmite sus últimas instrucciones. Trotski, el activo brazo derecho de Lenin, llegado hacía varios meses de Norteamérica, donde residió desde su evasión de Siberia, participará en puesto destacado.

Los socialistas revolucionarios de izquierda actúan de acuerdo con los bolcheviques. Los anarcosindicalistas y los anarquistas, poco numerosos y mal organizados, pero muy activos también, haciendo todo lo que pueden para sostener y alentar la lucha contra Kerenski, no por la conquista del poder, sino por la organización y la colaboración libres.

Conocidas la extrema debilidad del Gobierno Kerenski y la simpatía de una aplastante mayoría popular, con el apoyo activo de la flota de Kronstadt, siempre a la vanguardia de la revolución, y de gran parte de las tropas de Petrogrado, el Comité Central del partido bolchevique fijó la insurrección para el día 25 de octubre (7 de noviembre). El Congreso Panruso de los Soviets fue convocado para la misma fecha.

Los miembros del Comité Central estaban convencidos de que este congreso de mayoría bolchevique y obediente a las directivas del partido debía proclamar y apoyar la revolución y reunir todas las fuerzas para hacer frente a la resistencia de Kerenski. La insurrección se produjo el día señalado por la tarde. Y, simultáneamente, el congreso de soviets se reunió en Petrogrado. No hubo combates en las calles ni se levantaron barricadas.

Abandonado por todo el mundo, el gobierno Kerenski, asido a verdaderas quimeras, permanecía en el Palacio de Invierno, defendido por un batallón seleccionado, otro compuesto de mujeres y algunos jóvenes oficiales aspirantes.

Tropas bolcheviques, de acuerdo con un plan establecido en el Congreso de soviets y el Comité Central del partido, cercaron el palacio y atacaron sus defensas. La acción fue sostenida por naves de guerra de la flota del Báltico, de Kronstadt, alineadas sobre el río Neva, con el crucero Aurora. Después de una breve escaramuza y algunos disparos de cañón desde el crucero, las tropas bolcheviques se apoderaron del palacio. Kerenski había huido. Los demás miembros de su gobierno fueron arrestados.

Así, en Petrogrado la insurrección se limitó a una pequeña operación militar, conducida por el partido bolchevique. Habiendo quedado vacante el gobierno, el Comité Central del partido se instaló como vencedor en aquella revolución de palacio.

Kerenski intentó marchar sobre Petrogrado con algunas tropas sacadas del frente de guerra, cosacos y la división caucasiana, pero fracasó por la vigorosa intervención armada de los obreros de la capital y, sobre todo y una vez más, por los marinos de Kronstadt, llegados precipitadamente a prestar ayuda. En una batalla cerca de Gatchina, en los alrededores de Petrogrado, una parte de las tropas de Kerenski fue derrotada y la otra se pasó al campo revolucionario. Kerenski pudo salvarse en el extranjero.

En Moscú y otras partes la toma del poder por el partido bolchevique se efectuó con menos facilidad. Moscú vivió días de combates encarnizados entre las fuerzas revolucionarias y las de la reacción, que dejaron muchas víctimas. Numerosos barrios de la ciudad resultaron muy dañados por el fuego de la artillería. Finalmente, la revolución la ocupó. En otras ciudades, igualmente la victoria costó violentas luchas.

El campo, en general, permaneció casi indiferente. Los campesinos estaban muy absorbidos por sus preocupaciones locales: desde hacía mucho tiempo se preocupaban en resolver por sí mismos el problema agrario; no temían el poder de los bolcheviques. Puesto que tenían la tierra y no temían el retorno de los señores, estaban bastante satisfechos y eran indiferentes ante los defensores del trono. No esperaban nada malo de los bolcheviques, ya que se decía que éstos querían terminar la guerra, lo cual les parecía justo. No tenían, pues, ningún motivo para desconfiar de la nueva revolución.

La manera cómo ésta se cumplió ilustra sobre la inutilidad de una lucha por el poder político. Si éste es sostenido por una gran mayoría y, sobre todo, por el ejército, no es posible abatirlo. Y si es abandonado por la mayoría y por el ejército, que es lo que se produce en el momento de una verdadera revolución, entonces tampoco vale la pena dedicarse a él especialmente. Ante el pueblo armado se derrumba solo. Hay que abandonar el poder político para ocuparse del poder real de la revolución, de sus inagotables fuerzas potenciales, de su irresistible impulso, de los inmensos horizontes que abre, de todas las enormes posibilidades que contiene en su seno.

En muchas regiones, la victoria de los bolcheviques no fue completa, particularmente en el Este y en el Mediodía. Movimientos contrarrevolucionarios se perfilaron muy pronto y se extendieron hasta una verdadera guerra civil que duró hasta fines del año 1921.

Uno de esos movimientos, dirigido por el general Denikin, en 1919, fue sumamente peligroso para el poder bolchevique. Partiendo de los confines de Rusia meridional, región del Don, Kuban, Ucrania, Crimea, Cáucaso, el ejército de Denikin arribó, en el verano de 1919, casi hasta las puertas de Moscú. Explicaremos más adelante los elementos que le otorgaron tanta fuerza a ese movimiento, así como el modo como este peligro inminente pudo ser evitado, una vez más al margen del poder político bolchevique.

Muy peligroso fue asimismo el levantamiento desencadenado más tarde por el general Wrangel en los mismos parajes, después de haber sido ahogado el dirigido militarmente por el almirante Kolchak en el Este. Las otras rebeliones contrarrevolucionarias fueron de menor importancia.

La mayor parte de estos intentos fueron, en parte, sostenidos y alimentados por intervenciones extranjeras. Algunos han sido patrocinados y hasta políticamente dirigidos por los socialistas revolucionarios moderados y los mencheviques.

El poder bolchevique debió sostener una lucha larga y difícil: primero, contra sus ex colaboradores, los socialistas revolucionarios de izquierda, y segundo, contra las tendencias y el movimiento anarquistas. Ambos combatieron a los bolcheviques, en nombre de la «verdadera revolución social», traicionada, a su entender, por el partido bolchevique en el poder.

El nacimiento y, sobre todo, la amplitud y el vigor de los ataques contrarrevolucionarios fueron el resultado fatal de la deficiencia del poder bolchevique, de su impotencia para organizar la nueva vida económica y social. Ya veremos cuál ha sido la evolución real de la revolución de octubre, y cómo el nuevo poder supo, finalmente, mantenerse, imponerse, dominar la tempestad y resolver, a su manera, los problemas de la revolución.

El año 1922, el bolcheviquismo en el poder pudo sentirse definitivamente dueño de la situación y comenzar su momento histórico. La explosión produjo las ruinas del zarismo y del sistema feudal-burgués. Era necesario comenzar a edificar la nueva sociedad.

La revolución desconocida
(Libro I, Tercera Parte, Capítulo V.)

domingo, 5 de noviembre de 2017

Colaboracionismo y contrarrevolución en la Cataluña del Procés


Por ESTEBÁN VIDAL

La confusión reinante en relación a lo que ocurre hoy en Cataluña no es casual. Ya dice el refrán que a río revuelto ganancia de pescadores. En este sentido lo que actualmente sucede en Cataluña no es una excepción a tenor de los últimos acontecimientos. Por esta razón es preciso señalar la existencia de dos niveles de análisis de la realidad para una mejor comprensión de los hechos que acontecen en Cataluña.

En primer lugar nos encontramos con el marco general en el que se inserta la opinión pública, y que está definido por el enfrentamiento entre las elites de Madrid y Barcelona. Este conflicto puede resumirse como una lucha entre diferentes legalidades. La legalidad del Estado español que pretende conservar su control sobre el territorio y la población de Cataluña, y por otro lado la legalidad que trata de imponer la Generalitat sobre Cataluña para constituirse en un Estado independiente. En el marco de este rifirrafe se inscribe todo el conflicto y debate que hoy se desenvuelve en torno a Cataluña, y del que el referéndum del pasado 1 de octubre únicamente constituye un instrumento de los políticos nacionalistas para legitimar la construcción de un Estado propio. A los líderes nacionalistas nunca les ha interesado el derecho a decidir, salvo que este consista en ratificar su voluntad y consecuentemente su programa político. De hecho es bastante clarificador comprobar que la pregunta formulada en el referéndum girase en torno a la creación de un Estado catalán o, en su caso, la permanencia de Cataluña dentro del Estado español. Así pues, los acontecimientos se han desenvuelto en este marco político e ideológico establecido por las instituciones oficiales del sistema de dominación.

La lógica del conflicto en Cataluña se desarrolla, entonces, entre el Estado central y la Generalitat, el nacionalismo español y el nacionalismo catalán, el españolismo y el catalanismo, la burguesía española y la burguesía catalana. Se trata de una lógica del poder que ha dirigido la escalada de la confrontación a la que diferentes sectores de la población han sido arrastrados. Si el Estado español ha empleado la represión para imponerse y tratar de asegurar con ello el cumplimiento de su legalidad, los políticos de la Generalitat no han sido menos y han utilizado sus recursos institucionales (Mossos, sistema educativo, burocracia, medios de comunicación, etc.) y monetarios para movilizar a la sociedad y hacer valer así sus intereses. Asimismo, el nacionalismo español no ha dudado en movilizar a su correspondiente base social tanto en Cataluña como en el resto del Estado español para legitimarse y crear más presión sobre la elite nacionalista catalana. Es, por tanto, un conflicto de carácter nacional en el que el nacionalismo, a partir de los hechos diferenciales en el terreno identitario, es empleado para politizar y movilizar a la población y lograr su adhesión a alguna facción de la elite dirigente. Como resultado de todo esto el espacio público, político, ideológico, cultural y social se divide entre el nacionalismo español y el nacionalismo catalán, lo que permite la colaboración entre clases y la supeditación de los sectores más populares a los intereses de cada facción de la elite dominante.

Pero existe otro nivel de análisis la realidad que subyace a todo lo antes descrito y que es el que ataña a lo que ocurre entre bastidores. Si la representación del conflicto es hecha en términos nacionales es porque obedece a una intencionalidad política que hay detrás de todo ello, y que en última instancia responde a la necesidad de forzar una redistribución del poder institucional. El Procés y el referéndum han servido al claro propósito de forzar la creación de una situación de excepcionalidad política que permita arrancar al Estado español una serie de concesiones a través de la reforma constitucional y estatutaria. Es aquí donde cobra sentido la apertura del correspondiente debate político para reformar la constitución con el propósito de mantener a Cataluña dentro del marco político de un Estado español de carácter federal. De un proceso de reforma como este sólo cabe esperar un reforzamiento del poder del Estado español, y sobre todo un aumento del poder de sus delegados en la periferia como es la elite política catalana. Inevitablemente todo esto implica, a su vez, un aumento de los recursos económicos de la autoridad regional, de lo que se deduce rápidamente que en toda esta serie de desencuentros políticos calculados están en juego sustanciosas cantidades de dinero, pero también de cargos en la burocracia autonómica, de privilegios, sinecuras y prebendas como, por ejemplo, en las empresas a cargo de la Generalitat o en aquellas otras que dependen de sus contratos y subvenciones. Así, puede entenderse que en determinados sectores políticos, encuadrados sobre todo en el nacionalismo catalán y en aquellos que se encuentran en la órbita del soberanismo, ligados tanto a organizaciones partidistas como de carácter social y movimentista, estén tan implicados e interesados en el desarrollo del Procés como para haber puesto en marcha una movilización social en Cataluña que no se veía desde 2011.

Si el impulso principal del Procés y de todo cuanto ha girado en torno al referéndum ha venido de las instituciones oficiales en Cataluña, y más concretamente de la Generalitat, su ejecución ha contado con la casi imprescindible colaboración de diferentes actores sociales, políticos y sindicales que han operado como correa de transmisión para movilizar a una parte considerable de la población. No se trata de un apoyo desinteresado, sino que existe un gran interés en recoger los correspondientes frutos derivados de una gran movilización popular que, todo hay que decirlo, ha destacado por un elevado grado de organización, coordinación y eficacia a la hora de ofrecer resistencia a las autoridades enviadas desde Madrid para abortar las iniciativas de los políticos catalanes. El nacionalismo catalán se ha dotado así de una importante base social que el 1 de octubre hizo de parachoques de la élite catalana al ser la que recibió los embates de la represión ejercida por la fuerza armada del Estado español. Quienes participaron en esta movilización fueron utilizados de un modo completamente descarado por la casta de mercenarios políticos apoltronados en la Generalitat, quienes no dudaron en alimentar una serie de esperanzas que ellos mismos se encargaron de destruir el 10 de octubre y que tuvieron como consecuencia la decepción y el descrédito. Sin embargo, hay que destacar que la movilización popular puesta en marcha por diferentes actores ubicados en los movimientos sociales, el sindicalismo y la política, se inscribió en el marco antes descrito y que bajo el pretexto del derecho a decidir buscaba la construcción del Estado catalán. La fundación de una república catalana, de carácter capitalista, burgués, estatista, partitocrática, europeísta, etc., o la permanencia de Cataluña en el Estado español son las únicas opciones posibles presentadas a los catalanes. Las alternativas giran, por tanto, en torno a un estatismo catalán y un estatismo español, de manera que a los catalanes únicamente se les pretende brindar la oportunidad de elegir el color y el propietario de las cadenas de su esclavitud.

La elite política catalana, sabedora de la inviabilidad de fundar un Estado catalán independiente, atizó el nacionalismo como instrumento de movilización para generar la presión social necesaria con la que desencadenar una crisis política e institucional en el seno del Estado español y, de este modo, forzar algún tipo de proceso de reforma del que obtener las consecuentes concesiones. Estas concesiones en la forma de considerables sumas de dinero constituyen una importante motivación que los actores involucrados en la movilización social anhelan conseguir en un futuro próximo. Así se entiende el colaboracionismo no ya sólo de sectores abiertamente nacionalistas, sino también de aquellos otros que históricamente han pertenecido a la disidencia política cuyo eje de coordenadas ideológico natural se ubica en el terreno de la lucha de clases, de las aspiraciones emancipadoras y transformadoras. Sin embargo, la conversión del independentismo, el nacionalismo, el referéndum y, en definitiva, el soberanismo, en una moda en Cataluña ha hecho que los sectores pertenecientes a la disidencia política se hayan subido al carro del procés para integrarse de manera ordenada en el sistema y recoger las debidas prebendas que, más pronto que tarde, serán repartidas entre los participantes en función de sus correspondientes méritos al servicio de la causa nacionalista.

Entre los colaboracionistas encontramos a un sector considerable del movimiento libertario. Desde un punto de vista ideológico no deja de ser llamativa esta participación, lo que hace necesario buscar las razones reales que se encuentran detrás. Aunque no han sido pocas las voces críticas con esta postura lo cierto es que este tipo de fenómenos tampoco constituyen una novedad, sobre todo si tenemos en cuenta que fueron bastantes las ocasiones del pasado en las que una parte del entorno libertario se prestó a colaborar con ciertos elementos de la clase política, e incluso con las autoridades. Por este motivo es importante buscar las razones de fondo que explican esta actitud y contrastarlas con aquellas explicaciones justificadoras utilizadas por quienes se involucran en este tipo de procesos políticos y sociales.

Si hay algo verdaderamente peculiar en el entorno libertario es esa extraña propensión a apuntarse al jaleo allí donde lo hay. Esto suele justificarse bajo el pretexto de que es necesario estar en las denominadas luchas populares para tratar de radicalizarlas y conseguir de este modo dotarlas de un carácter revolucionario. En el fondo esto no deja de ser la expresión de una vieja táctica empleada por los marxistas y que no es otra que el entrismo. Con ello se busca parasitar las movilizaciones sociales organizadas por otros para extraer los consecuentes réditos tanto sociales, como políticos y económicos. Lo que se busca en estas ocasiones no es la consecución de un cambio en un sentido emancipador, pues es de sobra sabido que el reivindicacionismo de las luchas parciales sólo logra en el mejor de los casos meras reformas del orden constituido en la forma de concesiones, de migajas que son dispensadas por el poder a las élites subalternas que encabezan las protestas. En este contexto es en el que se inscribe esa propensión de algunos sectores ácratas a participar en las trifulcas políticas que se tercien. Pero en el fondo únicamente persiguen mantener y reproducir sus organizaciones, crecer a expensas de las movilizaciones, de tal manera que la agitación social es el río revuelto en el que lanzan sus redes para pescar en medio de la confusión. Todo esto en el marco del Procés deja bien clara la existencia de un anarquismo que opera de manera reactiva, que crece y se desarrolla al amparo del poder establecido así como de sus iniciativas. Un anarquismo integrado por quienes hoy aspiran a recoger los frutos de su participación en un fenómeno político y social encaminado formalmente a la construcción de un Estado catalán independiente. Un anarquismo cuyas organizaciones e integrantes persiguen las dádivas de las instituciones en la forma de prebendas de todo tipo, y que sólo demuestra que en el fondo de estas maniobras se encuentra la intención de integrarse de forma ordenada en el sistema establecido.

No sin razón Errico Malatesta señaló en su momento el sinsentido de que los anarquistas apoyasen a aquellos que aspiran a alzarse con el poder. Esta afirmación sigue siendo válida en lo que respecta a los libertarios que de manera entusiasta se han sumado al Procés. La agitación social que ha acompañado al Procés no es otra cosa que las burbujas que emergen en la superficie de un fenómeno que constituye en esencia una lucha de las élites por una redistribución del poder, y en el que determinados sectores sociales sólo son instrumentos al servicio de los intereses de dichas élites. Así, la denominada construcción nacional con la creación de un Estado catalán está en las antípodas de cualquier aspiración de carácter emancipador. El colaboracionismo demuestra ser una gran inconsecuencia cuya justificación suele ser respaldada con la reivindicación del referéndum como expresión del derecho a decidir. Sobre esto ya se ha dicho bastante en otra parte, pero cabe recordar que un pueblo no tiene la posibilidad de decidir su futuro en el marco político del Estado, y un Estado catalán tampoco va a resolver nada de esto. Por el contrario el referéndum únicamente ha sido un instrumento de legitimación de la elite catalana y de su proyecto político. Aunque formalmente se afirma que se aspira a la creación de un Estado catalán, lo que es completamente inviable, lo que realmente se persigue es algo mucho más factible como es conseguir nuevas concesiones del Estado español.

Los libertarios favorables a la participación en el Procés aducen que la única alternativa es quedarse en casa y no luchar. Esto constituye un grave error porque demuestra impotencia para organizar un espacio de lucha propio en la sociedad, pero también manifiesta un carácter reactivo al depender de las iniciativas ajenas. A esto hay que sumar que participar en el Procés significa involucrarse en un conflicto cuyo eje central es la denominada lucha nacional y no la lucha de clases, con lo que en la práctica supone afianzar la dinámica de colaboración entre clases que hoy se ha implantado en Cataluña. En el marco social, político e ideológico del procés no hay ninguna posibilidad para que la protesta popular, definida en términos puramente nacionales, adopte un carácter revolucionario y emancipador porque está dirigida, al menos formalmente, a construir un Estado catalán y no a poner fin a la sociedad de clases. Quienes controlan este proceso son no sólo las instituciones oficiales, sino sobre todo sus colaboradores en los movimientos populares a través de una red de organizaciones y colectivos, tanto políticos como sociales y económicos, que orbitan en torno a la Generalitat, y de la que de un modo u otro comen. Por esta razón, cuando se elige participar en un espacio político, social e ideológico que no es el propio, y que por el contrario constituye un territorio que pertenece al enemigo, ya se está preso antes de luchar y la batalla está perdida de antemano. Es materialmente e ideológicamente imposible desvincular el procés de su finalidad política nacionalista dirigida a reforzar el poder de las élites catalanas, y eventualmente construir un Estado catalán propio que cada día que pasa es cada vez más lejano e imposible.

Como consecuencia de la asunción de las premisas políticas e ideológicas del nacionalismo que equiparan la autodeterminación con el referéndum, las votaciones y en última instancia la construcción de un Estado catalán, vemos cómo algunos sectores libertarios no han dudado en reivindicar uno de los mayores símbolos de la esclavitud de nuestra época actual como son las urnas electorales. Del abstencionismo y de consignas como la de «no nos representan» se ha pasado a defender las votaciones bajo la fórmula fraudulenta del derecho a decidir. Pero lo cierto es que un pueblo únicamente consigue disponer de la capacidad decisoria para determinar su futuro cuando el Estado ha sido destruido, y no cuando se desarrolla un proceso electoral dirigido a ratificar la voluntad de las elites para construir un nuevo Estado, y consecuentemente una nueva máquina de opresión dirigida a conservar y reproducir las jerarquías de la sociedad de clases. El colaboracionismo se traduce, entonces, en contrarrevolución que es ejecutada de un modo más o menos consciente por los principales responsables de las organizaciones libertarias implicadas en el procés, todo ello con la esperanza de conseguir los consecuentes recompensas por los servicios prestados. Pero igualmente esta colaboración es desarrollada, muchas veces de un modo inconsciente, por ese rebaño de activistas alienados que hace tiempo delegaron en otros cualquier labor reflexiva.


Un claro ejemplo de todo lo dicho lo representa la convocatoria de huelga del 3 de octubre bajo el pretexto de protestar contra la represión. Una represión, que al menos en el momento en el que la huelga fue convocada, era llevada a cabo contra algunos altos funcionarios de la Generalitat y no contra el conjunto de la sociedad catalana. Sin embargo, se cerraron filas en torno a los políticos catalanes y el relato antirrepresivo no tardó en vincularse desde el primer momento a la celebración del referéndum, en tanto en cuanto la represión fue presentada como una vulneración de los derechos y libertades ciudadanas. Una vez más nos encontramos con que sectores pretendidamente disidentes, e incluso revolucionarios, asumen la ideología ciudadanista y terminan defendiendo los principales instrumentos de opresión política de los que dispone el sistema de dominación, tal y como ocurre con los procesos electorales. En este sentido el procés ha dado lugar a bastantes paradojas como que ciertos anarquistas defiendan las urnas electorales y con ello apoyen el estatismo, sea a través de la permanencia de Cataluña en el Estado español o de la construcción de un Estado catalán. En último término este sector libertario no ha hecho sino asumir como propia toda la mitología nacionalista que ha sido construida en torno al referéndum.

Asimismo, es interesante constatar que la huelga política convocada para el 3 de octubre rápidamente consiguió el apoyo y patrocinio de las máximas autoridades en Cataluña, además del apoyo y la participación de una facción significativa de la patronal catalana y otros elementos destacados del establishment como, por ejemplo, los partidos políticos. Tal es así que la mencionada huelga no tardó en convertirse en un paro nacional con todo lo que ello conlleva en el terreno político y simbólico. De este modo comprobamos una vez más que la denominada disidencia social y política tiene poco de disidente cuando sus principales exponentes se suben al carro de las iniciativas impulsadas desde el poder, lo que demuestra su oportunismo con el que tratan de reproducir sus organizaciones al parasitar este tipo de procesos sociales y políticos, además de intentar granjearse toda clase de prebendas y privilegios en los estamentos de la burocracia estatal y política.

De todo lo anterior podemos concluir que ese anarquismo de Estado, toda esa farándula libertaria que se presta a la colaboración entre clases, que sirve de apoyo para la clase política y sus proyectos de creación de un Estado catalán, y que vive de las subvenciones, los privilegios y el mercadeo de prebendas de todo tipo con la administración, no es otra cosa que la expresión de una disidencia controlada y dirigida por el poder, que desempeña el papel de remolque o furgón de cola en las movilizaciones desencadenadas por las instituciones. Si la naturaleza del Procés, tal y como fue indicado en otra parte, es la revalorización de la clase política catalana y sus instituciones oficiales, la participación en semejante espectáculo constituye una forma de afianzar la contrarrevolución en curso. El Procés ha servido para impedir cualquier tipo de movilización autónoma de la sociedad en Cataluña dirigida a subvertir el orden establecido, destruir las instituciones, la propiedad privada y las estructuras de poder que sostienen al Estado en aquella región. La lucha de clases ha sido sustituida por la lucha nacional en la que opresores y oprimidos se dan la mano, lo que ha servido para dirigir la protesta social hacia el callejón sin salida del nacionalismo y el estatismo, y que en última instancia significa el mantenimiento y reproducción de la actual sociedad de clases.

El Procés mismo forma parte de la estrategia contrarrevolucionaria puesta en marcha por la elite dirigente catalana después de verle las orejas al lobo en 2011 cuando la población rodeó el parlamento, hasta el punto de que Artur Mas, así como otros colaboradores suyos, tuvo que entrar en helicóptero como Batman. Una estrategia que, a tenor de los más recientes acontecimientos, les ha funcionado de maravilla con la innegable colaboración de algunos elementos vinculados al activismo, los movimientos sociales y la disidencia política. Hoy Artur Mas, Carles Puigdemont, Oriol Junqueras, Anna Gabriel y tantos otros, son los héroes nacionales de Cataluña junto a las instituciones autonómicas como el parlament, los Mossos, etc. La represión del Estado español ha contribuido a reforzar esa imagen de héroes y mártires que han logrado construirse, pues el victimismo, un rasgo inherente a todas las ideologías totalitarias y que de forma especial se da en los nacionalismos, es la principal herramienta para la movilización social y la presión política para, así, legitimar las aspiraciones de la clase política catalana.

El sentimiento de nación agraviada siempre ha sido muy funcional para las elites dominantes de todas partes. El fascismo surgió de ese sentimiento generalizado en las poblaciones de Italia y Alemania. Este victimismo ha demostrado ser muy útil políticamente al servir para elaborar un relato que presenta un conflicto nacional entre buenos y malos, y en el que los referéndums sólo son un elemento legitimador para reforzar la posición de poder de las elites, pero también un mecanismo con el que buscar la unanimidad a nivel interior en contraposición al enemigo exterior. La ley de las mayorías, la ley del número que socava toda individualidad, impone una dinámica totalitaria en la que el hecho diferencial en el terreno de la identidad constituye la línea divisoria que enfrenta a un nosotros frente a un ellos que niega esa misma identidad. En última instancia el nacionalismo catalán ha logrado llevarlo todo hasta el extremo de vincular el derecho a decidir con la construcción de un Estado independiente, lo que ha servido para trazar una línea divisoria perfectamente clara entre quienes están a favor de ese proyecto político y quienes lo rechazan. Todo se resume a la consigna de «estás conmigo o estás contra mí». Como consecuencia de esto quienes no comulgan con ruedas de molino son rápidamente metidos en el mismo saco del españolismo y sus representantes políticos.

Hoy vemos cómo una mascarada que algunos se atreven a llamar revolución sirve para subvertir cualquier posibilidad emancipadora y transformadora en el terreno social, hasta el punto de que la movilización de la población ha significado su alineamiento con el nacionalismo catalán o el español así como con sus respectivas élites de referencia. Desafortunadamente la mentalidad democraticista parece haberse impuesto en algunos sectores del radicalismo político, hasta el punto de que parece que los millones de personas que participaron en el referéndum del 1 de octubre no pueden estar equivocadas. Pero lo cierto es que la libertad no sale de las urnas, y que esta no es posible en el marco político de un Estado, sea español o catalán. Por este motivo se hace necesario que ante esta dinámica contrarrevolucionaria los sectores más conscientes de la disidencia política, tanto en Cataluña como en el resto del Estado español, desarrollen su propio espacio de lucha en un marco más amplio que el de sus particulares enfrentamientos contra el poder. Inevitablemente esto significa poner en marcha una lucha ideológica dirigida a romper la colaboración entre clases que hoy ha impuesto el nacionalismo, tanto español como catalán, y de esta forma extender entre la población la oposición al sistema de dominación vigente. Se trata de recuperar la lucha de clases como eje central del conflicto social, lo que inevitablemente conlleva dar la espalda a las instituciones y enfrentarse a ellas al mismo tiempo.

Todo parece indicar que los acontecimientos que hoy se desenvuelven en Cataluña van a servir para provocar una crisis política e institucional que fuerce la reforma del orden constituido, y consecuentemente que facilite el reforzamiento del sistema de dominación. Ante esta coyuntura histórica se hace preciso reformular la lucha en unos términos ideológicos y estratégicos antagónicos a la lógica y a la dinámica del poder. Esto implica la conformación de un único frente de batalla contra el sistema de dominación en el que existan diferentes trincheras desde las que desarrollar esa lucha común, hasta el punto de generar un espacio de lucha propio dirigido a destruir el Estado y su sociedad de clases. Así pues, desde diferentes ámbitos se impone la necesidad de orientar la lucha en ese sentido revolucionario y emancipador, lo que constituye una actitud que hoy fácilmente puede ser resumida en la vieja consigna de paz entre pueblos y guerra entre clases.

23 octubre 2017

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Una reflexión sobre la biología como Caballo de Troya de las nuevas ideologías


COMANDO GLUCOSA
7 abril 2016

INTRODUCCIÓN 

«Las ideas de la clase dominante son en cada época las ideas dominantes. Es decir, la clase que constituye la fuerza material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su fuerza intelectual dominante. La clase que tiene los medios de producción material a su disposición tiene al mismo tiempo el control de los medios de producción mental, de modo que, hablando en general, las ideas de aquellos que carecen de los medios de producción mental están sujetos a ella. Las ideas dominantes no son más que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes.»
K. Marx y F. Engels en su La ideología alemana (1846, edición de 1970).

Este enunciado de mediados del siglo XIX resume perfectamente la relación que a lo largo de la historia ha existido entre la ética, la religión, los intereses económicos o el poder, y la ciencia. Nos invita, además, a plantearnos cuestiones de vital trascendencia para conocer en profundidad los orígenes de una teoría científica, y los hecho que intenta explicar: ¿La ciencia es objetiva?, ¿tiene algún sentido que lo sea?, ¿el saber es impermeable a la sociedad?, ¿los científicos son personas completamente diferentes a un simple mortal, y por ello, no se ven sujetos a la realidad en la que viven ni a la casuística de sus vidas?

EL CASO DE LA BIOLOGÍA COMO PARADIGMA

La biología nos servirá para intentar contestar a estas preguntas y poder darnos cuenta de que la ciencia, ni mucho menos, emite verdades objetivas que son verdades porque se han analizado todas las posibilidades y porque la hipótesis que se defiende es la que más soportada está por las pruebas, si no que más bien, tal y como ya observaron Marx y Engels, las teorías científicas suelen correlacionarse con la ideología imperante. Antes de comenzar una aclaración: que una teoría científica coincida con los preceptos principales de la ideología dominante, no significa que esta sea falsa (ni viceversa).

En concreto hablaremos de la 'Teoría Sintética de la Evolución'. Un poco de historia: La teoría de la evolución, como es conocido por todos, fue enunciada por Charles Darwin, en 1859, en su archiconocida obra El origen de las especies por medio de la selección natural…. Lo que no es tan conocido es el subtítulo de la obra. Éste continúa de la siguiente forma: … o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida. No es difícil de entender que Charles Darwin viera que una determinada raza/clase tuviera una supervivencia diferencial respecto a otra como algo normal, porque así ocurría en su sociedad victoriana (clases sociales) o en las sociedades occidentales con respecto a los aborígenes de muchos países (razas). De hecho, como ya se ha encargado de remarcar el profesor Máximo Sandín en su Pensando la evolución, pensando la vida publicado en 2006, Charles Darwin, como correspondía a un hombre de su posición y condición (hijo de Robert Darwin, médico y hombre de negocios y casado con Emma, su prima, y poseedora de una gran fortuna) pensaba que en unos miles de años «las razas humanas civilizadas habrán exterminado y reemplazadas a todas las salvajes» y, entonces, cuando esto haya ocurrido, «la laguna será aún más considerable, porque no existirán eslabones intermedios entre la raza humana que prepondera en la civilización, a saber: la raza caucásica y una especie de mono inferior, por ejemplo, el papión; en tanto que en la actualidad la laguna sólo existe entre el negro y el gorila». Además como un buen hombre de ciencia aseveraba que la evolución había dado lugar, en lo que se refiere a la de la mujer, a «características [que] son propias de las razas inferiores, y por tanto corresponden a un estado de cultura pasado y más bajo» y por ello podemos inferir que «los hombres están en decidida superioridad sobre las mujeres en muchos aspectos» y que «las facultades mentales del hombre estarán por encima de las de la mujer». Las obras en las que se basó Charles Darwin para la elaboración de su teoría evolutiva son dos pilares fundamentales del liberalismo económico y del darwinismo social: Ensayo sobre el principio de población de Thomas R. Mathus (1798) y Estática Social de Herbert Spencer (1850).

¿Quiere decir esto que los principios naturales que Darwin extrajo en su viaje del Beagle sean falsos?, ¿quiere decir eso que no existe una reproducción diferencial de diferentes individuos en una misma especie? Naturalmente que no. Lo que Darwin descubrió fue un proceso de selección. Uno de tantos. Muchos biólogos, sobre todo paleontólogos, no están en absoluto de acuerdo con la idea de que la selección lenta y progresiva de mutaciones, y su posterior acumulación mediante ese cribado constante de «los más aptos», da lugar a nuevas especies. Aducen que ese mecanismo no sería responsable de la mayoría de las especiaciones.

Lo que ilustra la historia de Darwin es que científicos como los de su talla se veían influidos por el contexto social que vivían. Darwin emitió esas ideas racistas y sexistas porque vivía en la sociedad en la que vivía, y pensó que el mecanismo universal responsable de la aparición de especies era la «selección natural» porque pensó en términos económicos al evaluar las poblaciones de la especies. Al final de su vida, Darwin termino claudicando, y acabó incluyendo varios mecanismos evolutivos, a parte de la selección natural. En frente tenía a Alfred Wallace, su «colega» co-descubridor de ese mecanismo, ya August Weismann y su «neodarwinismo» o «panseleccionismo».

Los distintos descubrimientos en paleontología, zoología, botánica, pero sobre todo, en genética, que inundaron los inicios del siglo XX, empujaron a todas las disciplinas biológicas para aunar lo clásico con los nuevos datos, para establecer un nuevo rumbo en la teoría evolutiva que tuviera en cuenta estos descubrimientos. Nombres con la envergadura de R.A. Fisher, William D. Hamilton, Sewall Wright, T. Dobzhansky, J.B.S. Haldane, Ernst Mayr o George G. Simpson (por cierto, todos hombres ¿no quisieron incluir a Ann Haven Morgan?, ¿Por qué?). Esto ocurrió en 1930, y en este nuevo paradigma científico se conjugaron las redescubiertas Leyes de Mendel, las matemáticas y el tiempo evolutivo. El principal axioma que regía este paradigma era el siguiente: la mutación es la única fuente de variación, sobre la cual, la selección natural actuará como único mecanismo evolutivo.

Este axioma, aparentemente libre de ideología, ha perdurado hasta nuestros tiempos, con el desarrollo de esta teoría sintética por parte de genetistas venidos a etólogos, como Sewall Wright y su «coeficiente de parentesco» (1931) (cálculo de cuanto tenemos en común con un determinado individuo de una especie: si somos gemelos univitelinos nuestro coeficiente es 1, si somos hermanos, nuestro coeficiente es 0,5; este coeficiente se interpreta como una probabilidad de que un determinado gen los compartan dos individuos) o William D. Hamilton y su «selección por parentesco» (1964), y el paradigma se completó con varias obras, entre ellas las polémicas Sociobiología de Edward O. Wilson (1980) y El gen egoísta de Richard Dawkins (1976).

¿Inocuo? La mayoría de estos agregados al paradigma incorporan el neoliberalismo a la teoría evolutiva, y repito, esto no debe sorprendernos, es la ideología imperante en el sistema mundo, y por ende, tarde o temprano acaba alcanzado todos los lugares. Las herramientas matemáticas desarrolladas por Hamilton y Wright, sirvieron para que Wilson y Dawkins trasladaran las erróneas ideas de que siempre sobreviven los «más aptos», de que la norma básica de la naturaleza es «la lucha por la supervivencia» y de que todo ello es aplicable al ser humano, tanto el hecho de que haya personas «más aptas» que otras y, que eso, da por ejemplo, derecho, a cometer las peores barbaridades. Si no me creen, miren sus afirmaciones: «un código ético basado en el código genético, y por tanto justo, es esperable» (Edward O. Wilson, 1980), «somos máquinas de supervivencia; vehículos robots programados ciegamente para preservar las moléculas egoístas conocidas como genes» (Richard Dawkins, 1976), «tratemos de enseñar la generosidad y el altruismo, porque nacemos egoístas» (Richard Dawkins, 1976), «las donaciones de sangre son un tipo más de comportamiento egoísta mediado por un tercer observador, ante el cual, nos comportamos de manera socialmente aceptable para obtener prestigio social» (Richard Alexander, psicólogo neodarwinista, 1974), etc.

Creo que, aunque sea de forma somera, se observa cual es el patrón que actualmente domina la teoría evolutiva: somos seres que nacen egoístas y que están sometidos a una naturaleza despiadada, en la cual solo sobreviven los mejores ¿Cuál es el mejor sistema posible en un mundo como este? Rousseau propuso, para similar problema, su «contrato social», John Locke, el «gobierno de los mejores», Adam Smith lo llamó «la mano invisible». Actualmente lo llamamos neodarwinismo o 'Nueva Síntesis', y todo es producto de una tradición de liberalismo filosófico y económico. Pero los siglos XIX y XX no vivieron, precisamente, una hegemonía del capitalismo, si no que han sido los siglos de lucha contra el mismo, de movimiento obrero y de heterodoxia. Consecuentemente también se desarrolló otra interpretación de la realidad evolutiva, que por desgracia, ha sido sepultado por el «pensamiento único», excepto aquellas ideas asimilables por la ortodoxia.

Piotr Kropotkin y Lynn Margulis
cuestionaron el darwinismo ortodoxo.

Comenzaremos por Piotr Kropotkin y su Apoyo mutuo. Kropotkin publicó este ensayo en 1902. Las palabras más comunes para definir su visión de la evolución que pueden escucharse actualmente, oscilan entre la comedida «falacia», y la «necedad», «barbaridad» o simplemente ignorar sus postulados porque es «anarquista». ¿Qué decía Kropotkin?: «si preguntamos a la naturaleza, ¿Quiénes son los más aptos?, ¿son aquellos que se encuentran continuamente enzarzados en guerra mutua, o son aquellos que se sostienen mutuamente?, de inmediato vemos que aquellos animales que adquiere hábitos de ayuda mutua son indudablemente los más aptos. Tienen más probabilidades de sobrevivir y alcanza, en sus clases respectivas. El mayor desarrollo de la inteligencia y organización corporal». N.I. Danilevsky, experto en pesquería (no podemos denominarlo ecólogo porque todavía no se había conformado la ciencia) criticó el darwinismo porque éste identificaba una teoría científica con un «valor nacional británico», como lo es la lucha por el beneficio personal, y que contrastaba claramente con los valores colectivistas eslavos (esto lo hizo sobre 1885). Consideraba que el darwinismo era «una doctrina puramente inglesa basada en la línea de pensamiento que se extendía de Hobbes a Malthus, pasando por Adam Smith». Daniel P. Todes, historiador de la ciencia rusa nos da la clave del pensamiento de ambos autores: «Rusia es un país inmenso, infrapoblado […]; tierra inhóspita, en la que es más probable que la competencia se ejerza entre el organismo y el ambiente que se manifieste entre organismo y organismo en contienda directa y sangrienta. ¿Cómo podría ningún ruso […] ver el principio de Malthus de la superpoblación como un fundamente de la teoría evolutiva« (citado por Stephen Jay Gould en «Kropotkin no era ningún chiflado»).

Kropotkin no rechazaba la lucha por la supervivencia como un mecanismo evolutivo, si no que aseveraba que no era el más abundante; que por lo menos había que establecer una dicotomía: I) Organismo contra organismo en el caso de recursos limitados, lo cual nos llevaría a la competencia y, II) Organismo contra ambiente, en caso de ambiente rigurosos, lo que llevaría a la cooperación: «La sociabilidad es una ley de la naturaleza como lo es la lucha mutua». ¿Seguimos pensando que la ciencia es sinónimo extracto de objetividad, o más bien nos vamos dando cuenta de que, como en otras disciplinas, la ideología es la materia a partir de la cual se forjan las hipótesis? El tiempo es el único con capacidad para leer, sintetizar y globalizar ideas más allá de ideologías.

Konstantin Merezhkovski, Ivan Emanuel Wallin y Jules Paul Portier, a principios del siglo XX, sentaron las bases para que la genial bióloga, Lynn Margulis, formulara en 1970 la 'Teoría endosimbiótica', por la cual postulaba que el surgimiento de la célula eucariota (el origen del tipo celular más complejo y del cual estamos formados todos los animales y todos los vegetales), se producía por la fusión de dos tipos de células procariotas (bacterias, en sentido amplio) y la cooperación de las mismas para constituir una nueva unidad biológica. Lynn Margulis tuvo que enfrentarse a dos colosos: la sociedad patriarcal y el paradigma evolutivo presente en 1970 —la 'Teoría Sintética', reforzada por la ideología liberal. Margulis decía que la endosimbiosis es «un potente mecanismo para generar nuevas especies». ¿Cómo se atreve a cuestionar a la mutación como único fuente de variabilidad? A la comunidad científica del momento le falto gritar en voz alta: «¡pero si es una mujer!». Varios años tardó en conseguir que una revista científica publicase su trabajo y no fue hasta la década de los 80 cuando la comunidad científica comenzó a aceptar este nuevo mecanismo evolutivo. No podían hacer otra cosa: las evidencias de que ese proceso ocurrió eran, ya en ese momento, enormes (por ejemplo, se constató que los ribosomas de nuestras mitocondrias eran de la misma naturaleza que los ribosomas de los procariotas, y distintas a las que encontramos en nuestro citoplasma). Al igual que el capitalismo, la «nueva síntesis» es un sistema de ideas enormemente flexible. Tardaron casi 20 años en considerar las ideas de Margulis, pero cuando lo hicieron le dieron la importancia suficiente como para explicar uno de los momentos más importantes en la historia de la evolución —la aparición de la célula eucariota— pero ese mecanismo de endosimbiosis quedaba relegado única y exclusivamente a ese momento. Nunca más se había producido. Cuando Margulis expuso que los cilios y flagelos (estructuras de locomoción presentes, por ejemplo, en paramecios, células reproductivas de algas, etc.) eran en realidad bacterias endosimbióticas, del tipo espiroqueta, o que géneros de animales como Elysa sp. (un gasterópodo nudibranquio) se habían generado gracias a la endosimbiosis, la reacción del mundo académico fue, poco menos, que tildarla de lunática. Era frecuente salir de sus conferencias y escuchar: «creo que ya se le ha ido de las manos esto de la endosibiosis. Ya está un poco vieja». (Conferencia dada en Valencia, 2007).

En resumen, actualmente, por lo que respecta a la ortodoxia evolucionista, la endosimbiosis es un proceso único en la historia que sirve para explicar el origen de la célula eucariota (ocurrieron muchas endosimbiosis, no solo una única que diera lugar a todas las células eucariotas. Por ejemplo, muchos tipos algales llegaron a originarse mediante dobles y triples endosimbiosis. No quiero profundizar demasiado en ello porque es complejo, pero esto no hace más que reafirmar la importancia de la endosimbiosis en la evolución), el resto de las especies se ha originado por el mecanismo de lenta y progresiva evolución a partir de una serie de variantes obtenidas por mutación.

Lynn Margulis era protistóloga. Quizá por ello también lo costó hacerse un hueco entre los evolucionistas. Pero no estaba sola en la lucha por conseguir una versión del mundo más plural, y sobre todo, una visión del mundo que no eleve a la categoría de ley natural el «sálvese quien pueda» o «la desigualdad es hija de la libertad» que tanto le gusta al actual presidente del Gobierno español. Si dos organismos tan diferentes han cooperado para arreglárselas mejor en un mundo de ambiente tan cambiante, ¿Por qué no invalidar la afirmación de Dawkins de que «nacemos egoístas»?. La madre del cordero ésta. Todo mecanismo evolutivo que proponga la cooperación, la selección de un grupo frente al individuo o la existencia del altruismo, es un ataque frontal contra la ideología imperante, y esa teoría científica por tanto a de descartarse, o como mucho, limitar su importancia.

Stephen Jay Gould y
Richard Lewontin.

LA NUEVA OLA CONTRA LA «NUEVA SÍNTESIS»

Stephen Jay Gould y Richard Lewontin fueron, durante los 80, la punta de lanza de la nueva heterodoxia que surgía en la biología. Su «militancia» surgió frente a la «militancia» de Dawkins y Wilson. La ideología y la ciencia van siempre de la mano, y no hay que quejarse de ello. Hay que saberlo. Stephen Jay Gould, poco antes de fallecer, escribió uno de los más maravillosos libros que, en mi humilde opinión, se hayan escrito en ciencia (La estructura de la teoría de la evolución). Más de 1.300 páginas llenas de conocimiento y de heterodoxia... demasiada para la mayoría de los biólogos (también, su gran volumen, hace que el número de lecturas entre los estudiosos de la evolución alcance casi las mismas que El origen de las especies de Darwin). Gould en este libro discute la principal alternativa que existe, hoy en día, al «monopolio del egoísmo» detentado por la 'Teoría Sintética'. En realidad no es una alternativa, es un supraconjunto, porque la evolución mediante selección natural, a nivel del individuo/génico, y mediada por el egoísmo de la unidad selectiva (individuo/gen), sería solo uno de las formas de generar nuevas especies que tiene la naturaleza, en cambio, la 'Teoría Sintética' solo reconoce este mecanismo, y malgasta enormes energías en reducir el resto de formas propuestas por Gould, y otros autores (Elliot Sober y David Sloan Wilson y su recién recuperada selección de grupo, el propio autor clásico de la selección de grupo, Wynne-Edwards, la selección a niveles superiores al de especie —¿Por qué determinados grupos animales dominan en el registro fósil sobre otros?— defendida por Elisabeth S. Vrba y el propio Gould, la selección a nivel celular propuesta por Leo W. Buss en 1987, etc.).

Lewontin por su parte, fue muy beligerante contra la propensión que la sociobiología (actualmente denominada «Ecología del Comportamiento») tiene de vaciar de toda responsabilidad ética el actual sistema económico. Los sociobiólogos y ecólogos del comportamiento insisten en que el ser humano es un animal más y así ha de ser tratado. Faltaría más, pero de ahí a aceptar su recalcitrante y fascista reduccionismo va un trecho. Los sociobiólogos han intentado hallar la explicación de la violación en el ritual de apareamiento compartido por varios grupos de insectos denominado «inseminación traumática» y que consiste en que el macho de una determinada especie inocula, mediante unos apéndices adecuados, el semen a través del abdomen de la hembra, para llegar directamente al receptáculo del semen. Independientemente del calificativo que nos merezca este ritual de apareamiento, comparar sistemas nerviosos «sencillos» con sistemas nerviosos de tubo neural, como son los de los vertebrados, es poco menos que un delito biológico. ¿Qué tiene que ver la no disponibilidad para el apareamiento de la hembra de un insecto con un acto sádico, enfermizo y tan dependiente de la cultura, historia personal y momento histórico, como es la violación? Lewontin, junto con el también biólogo, Steven Rose, y el psicólogo Leon J. Kamin escribieron en 1984, No está en los genes, una crítica al intento sociobiológico de establecer como doctrina científica que la inteligencia se hereda y que el ambiente no tiene influencia, que la ideología se hereda, que la personalidad se hereda y que, por tanto, solo podemos quedarnos sentados, mientras que aquellos elegidos por la genética nos gobiernan. Las perlas de los sociobiólogos no acaban ahí. Edward O. Wilson en su Sociobiología llegó a afirmar que el dinero es «una cuantificación del altruismo recíproco» o que «la fórmula biológica del territorialismo se traduce fácilmente en los rituales de la propiedad privada». Eso sí, escucharemos siempre que la teoría evolutivas no está justificando en absoluto la avaricia o nuestro «natural comportamiento egoísta», pero si puede traducir «fácilmente los rituales de la propiedad privada».

Richard Dawkins y
Edward O. Wilson.

Brevemente, lo que esta nueva ola evolutiva postula es una «Teoría Multinivel», donde la selección natural, u otros procesos, como por ejemplo el azar (las grandes extinciones), actuaría a diferentes niveles: gen, célula, individuo, grupo o población, especie y clado. Estos niveles, para ser reconocidos como tal, deberían de cumplir ciertos requisitos que los transformarían en «unidades de selección». ¿Cuáles son esos requisitos? Pues básicamente los mismos que los considerados para un individuo: que se reproduzca, que exista un mecanismo de herencia, que exista variación de donde elegir y que exista interacción con el medio ambiente. Simplemente lo dejo para pensar ¿Cómo puede reproducirse una especie?, ¿Cómo puede reproducirse un grupo?, ¿Cuáles serán sus sistemas de herencia?

En definitiva: la ciencia no es un oasis libre de ideología. Nadie; ninguna persona puede abstraerse de su contexto social. Un científico acomodado, que nunca haya pasado penurias y que viva en su «palacio de cristal», educado en la excelencia, en que él es «especial» no nos extrañaría en absoluto que tendiera a defender diferencias innatas de las personas basadas en la herencia de caracteres como la inteligencia. En cambio, una persona que haya vivido su propio desarrollo como persona, cuando nadie daba un duro por él, y su fuerza de voluntad le valió para obtener, con esfuerzo y empeño, su titulación y su conocimiento, no aceptará tan fácilmente ese tipo de explicaciones. Es natural: cada uno viene de donde viene. Lo que no es de recibo es que los defensores de una teoría, que «causalmente» coincide con nuestro sistema de valores imperante, se nieguen en redondo a modificar el paradigma. «En la ciencia la única verdad sagrada, es que no hay verdades sagradas» (Carl Sagan).


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