Por MIGUEL
IBARLUCIA [1]
La brutal expulsión de más de 750.000 palestinos
para poder implantar un Estado étnico en la Palestina histórica nos obliga en
forma imperiosa a preguntarnos qué clase de movimiento político fue el
sionismo, capaz de llevar adelante semejante atrocidad sin desparpajo ni límite
ético alguno. Para los sionistas, es sabido, su movimiento se encuadra entre
los movimientos de restauración nacional de fines del siglo XIX que tuvieron
por objetivo poner fin a una situación de opresión ya sea de un pueblo sometido
al poder de otro o de una minoría étnica aplastada por una mayoría nacional.
Esa minoría era la comunidad judía, dispersa por casi toda Europa, pero constituyendo
en cada país una reducida fracción de la población, no sólo discriminada sino
perseguida y oprimida por la mayoría cristiana con la que cohabitaba, cuyos
exponentes más claros fueron los siniestros pogromos de la Rusia zarista. Así
lo plantea Jacob Tsur en su opúsculo Qué es el sionismo cuando lo describe como
el «movimiento de renacimiento nacional del pueblo judío» [2] que tomó fuerza luego de dichas masacres: «De tal suerte
cristalizó la idea de la nacionalidad. Los judíos constituyen una nación, y
como todo pueblo normal necesitan un rincón de tierra propio; y esta tierra no
puede ser otra que el solar en que surgió su civilización, o sea la Tierra de
Israel» [3].
El
sionismo como movimiento de resistencia a la asimilación
¿Pero es ésta toda la verdad? ¿O sólo una parte?
Está fuera de toda discusión que la judeofobia europeo-cristiana de fines del
siglo XIX constituyó un motor para el surgimiento de este movimiento que
pretendió construir una nacionalidad a partir de una comunidad religiosa dispersa
entre varios países. Sin embargo, de la lectura de los textos de los
principales ideólogos del sionismo se pueden colegir otras razones, de suma
importancia. Theodor Herzl, por caso, auguraba en El Estado judío, que la asimilación progresiva de los judíos en
Europa se podía dar en el curso de dos generaciones pero que «la personalidad
del pueblo judío no puede, ni quiere, ni debe desaparecer» [4]. Max Nordau, en el discurso que pronunció en el Primer Congreso
Sionista de Basilea de 1897, describió la política de emancipación llevada
adelante por Napoleón como un intento de absorción y eliminación del judaísmo,
una maquinación del Emperador para que adoptaran la religión del Estado
francés. Así sostuvo que «exigió que los judíos renunciaran a su fe mesiánica,
que depusieran sus esperanzas nacionales, que abandonaran sus formas de vida
peculiares; en resumen que se entregaran al suicidio nacional». El judío del
gueto mantenía sus costumbres, su identidad como tal, era un extranjero entre
los pueblos y estaba conforme con ello. «Todas las costumbres y modalidades
judías tendían inconscientemente a un solo y único propósito: el de conservar
el judaísmo merced al aislamiento del resto de las naciones, fomentar la unidad
del pueblo judío y reiterar incansablemente al individuo judío la necesidad de
preservar sus características a fin de no verse extraviado y perdido» [5]. Pero la emancipación había
transformado la naturaleza del judío, lo había convertido en una criatura
distinta, lo había llevado a sentirse ahora alemán, francés o italiano. Eso
implicaba abandonar su personalidad judía sin llegar, pese a eso, a ser
aceptado como tal en su país de residencia, ya que continuaba siendo diferente.
Había perdido la patria del gueto sin haber conseguido la otra nueva. De ahí
que era necesario un hogar propio para el pueblo judío.
Se advierte en estas expresiones el miedo a la
asimilación, a la pérdida de identidad de los judíos, a su fusión con el resto
de la comunidad en la que vivían. Ello podía llevar a que el judaísmo se
perdiera o subsistiera como una mera comunidad religiosa debilitada por el
proceso de secularización de la Europa occidental. Chaim Weizmann, primer
presidente del Estado de Israel, dijo: «No hay judíos ingleses, franceses,
alemanes o estadounidenses sino sólo judíos que viven en Inglaterra, Francia,
Alemania o Estados Unidos» [6]. La
condición de judío, para esta concepción, se halla por encima de cualquier otra
característica de la persona. Es la identidad tribal sobre la universal. Para eso
la religión judía debía convertirse en una nación en el siglo de auge de las
naciones europeas. Gilad Atzmon define al sionismo directamente como «un
movimiento global judío que tiene como objetivo impedir la asimilación» [7], que se debate entre su praxis
tribal, que busca por sobre todo el aislamiento, y una promesa universal de
apertura y tolerancia.
La sombra
del particularismo
Pero esta condición tribal del judaísmo arroja sobre
el sionismo, movimiento político que buscó darle un Estado a esa comunidad
religiosa, la sombra del particularismo. Según François Furet, célebre
historiador francés de los totalitarismos del siglo XX, «el fascismo nace como
reacción de lo particular contra lo universal, del pueblo contra la clase, de
lo nacional contra lo internacional» [8].
El fascismo, en su lucha contra el individualismo burgués, apela a fracciones
de humanidad: la nación o la raza. «Éstas, por definición, excluyen a los que
no forman parte de ellas, y hasta se definen contra ellos, como exige la lógica
de ese tipo de pensamiento. La unidad de la comunidad sólo se rehace con base
en su supuesta superioridad sobre los otros grupos, y en un constante
antagonismo contra ellos» [9].
¿Es el sionismo un movimiento fascista? A primera
vista semejante afirmación parece una herejía si se tiene en cuenta la
persecución brutal y el exterminio sistemático llevado a cabo contra el pueblo
judío europeo por el nazismo, máxima expresión de esa categoría política tan
compleja que se ha llamado «fascismo genérico». Los promotores del sionismo,
Herzl en primer lugar, se identificaban con la Europa burguesa, liberal,
individualista, enamorada del progreso y de la técnica. Aspiraban a una
república democrática, con derechos sociales y un Estado activo que promoviera
la agricultura, la industria y las artes. Sin embargo, aunque se pronunciaba en
contra de una teocracia, el autor de El estado judío confería a los rabinos un
papel central en los grupos que migraran a la tierra de promisión. «En
realidad, nos reconocemos como pertenecientes al mismo pueblo solamente por la
fe de nuestros padres» [10] decía
cuando imaginaba el futuro estado.
Este hecho, el papel central que la religión
desempeñaba en el sueño sionista, entraba sin embargo en contradicción con una
característica central del proceso de modernización de la Europa decimonónica:
la secularización, la progresiva separación de la Iglesia y del Estado, la
sustitución de la religión por la nacionalidad como elemento de unidad de los
pueblos europeos, como cemento aglutinante de la población de los nuevos
estados que se conformaron durante el siglo XIX: Grecia, Bélgica, Italia,
Alemania, Austria-Hungría, Serbia, Bulgaria, etc. Las guerras de religión
habían destruido a Europa en los siglos XVI y XVII y ahora se trataba de construir
nuevas naciones sobre la base de un nuevo principio de identidad, el de la
nacionalidad por encima del de la religión. Pero, como dice Herzl, los judíos
sólo estaban unidos por la religión, no por el idioma —«¿Quién de nosotros sabe
bastante hebreo para pedir un billete de tren?» [11]— y sobre esa base debían construir la nación. Iban a
contramano del proceso de modernización del que se sentían parte.
El
sionismo como un caso del fascismo
Si bien el particularismo es un rasgo del fascismo,
no necesariamente todo movimiento particularista es fascista. Para ello deben
darse otros requisitos, otros rasgos típicos del fascismo sin los cuales sería
superficial y arbitraria esa caracterización. La definición del fascismo, como
categoría política, ha ocupado kilómetros de tinta y sería imposible ingresar
ahora en ese análisis. Es por ello que, sorteando esa polémica, tomamos la
definición breve y certera de Robert O. Paxton [12] y veremos en qué medida el sionismo puede encuadrarse en ella:
«Se puede definir el fascismo como una forma de
conducta política caracterizada por una preocupación obsesiva por la decadencia
de la comunidad, su humillación o victimización y por cultos compensatorios de
unidad, energía y pureza, en que un partido con una base de masas de militantes
nacionalistas comprometidos, trabajando en una colaboración incómoda pero
eficaz con élites tradicionales, abandona las libertades democráticas y
persigue con violencia redentora y sin limitaciones éticas o legales objetivos
de limpieza interna y expansión exterior.»
1.- El primer
aspecto, la preocupación obsesiva por la decadencia de la comunidad, se expresa
en el sionismo por el miedo a la asimilación al que ya nos referimos,
asimilación que se percibía como el paso previo a la desaparición del judaísmo
a medida que se integraba a la Europa secular. El sentimiento de humillación y
victimización era la consecuencia lógica de la discriminación y violencia
brutal sufrida por los judíos, aún no aceptados del todo por la Europa
cristiana y periódicamente masacrados en Rusia, Polonia, Ucrania y otros países
del Este europeo.
2.- Los
cultos compensatorios a los que se refiere el autor toman cuerpo en el sueño
utópico de El Estado judío, el retorno a Eretz
Israel, la tierra de los supuestos antepasados —hoy se sabe que los judíos
askenazíes, entre los que nació el sionismo, no descienden de los antiguos
hebreos— convertida en Tierra de Promisión. Así, el sionismo construyó su
propio sueño de redención, como Mussolini lo hizo con la reconquista de Trento
y de Trieste en poder de Austria, y Hitler con la unidad alemana: el Sarre,
Austria, los Sudetes, la Prusia Oriental. Son las tierras irredentas, en poder
del enemigo que sirven para galvanizar a toda la nación.
3.- Unidad,
energía y pureza son elementos inherentes al proyecto sionista: la
reunificación del «pueblo hebreo» en un sólo territorio, la construcción de un
Estado fuerte capaz de defenderlo de sus enemigos y sobre todo la regeneración
del judío, confinado por los cristianos a las ciudades, al comercio y a la
usura, que ahora se volcaría a la agricultura, a la labranza de la tierra, a
las tareas físicas que fortalecen el cuerpo y el espíritu. La idea del judío
agricultor, ligado al suelo de Israel, desempeñó un rol cautivante en el
proyecto sionista. Fácil es advertir allí el sueño del «hombre nuevo», tan
típico del fascismo y el comunismo, como señala Furet.
4.- El
sionismo fue un movimiento con una base de masas de clara raíz nacionalista que
reunió un conjunto de militantes comprometidos con la causa. La mayoría de
ellos provenían de los sectores medios europeos aunque probablemente también de
sectores obreros de Europa oriental. Esos militantes fundaron con gran esfuerzo
y sacrificio, pasando hambre, los primeros kibutz y las milicias que
conformaran más tarde la banda paramilitar de la Haganah.
5.-
Trabajando en colaboración incómoda y eficaz con las élites tradicionales: he
aquí un punto sustancial. Herzl se propuso siempre arribar a la implantación de
su Estado mediante acuerdos con los principales gobiernos coloniales y
banqueros judíos. A tal fin se entrevistó con el Kaiser Guillermo, el Sultán
otomano, el Papa, un ministro del Zar, el Barón Hirsch, el Barón Edmundo de
Rotschild y otros, sin mucho éxito. Pero luego de su muerte su proyecto fue
claramente tomado por el Foreign Office británico, sin hacerlo públicamente
como él pretendía, tal como se desprende del Informe Campbell Bannerman de 1907
por el que se planeaba la creación de un estado tapón al servicio de las
potencias coloniales en Medio Oriente, y de la célebre Declaración Balfour de
1917 a partir de la cual se promovió en forma deliberada la inmigración de
europeos judíos en Palestina. La colaboración no fue incómoda sin embargo,
salvo durante el auge del nazismo, período durante el cual Gran Bretaña
restringió la inmigración para evitar enemistarse con los árabes y que éstos se
volcaran al Eje. También colaboró eficazmente el sionismo con el régimen nazi
para hacer posible esa migración, tal como surge de los estudios de Lenni
Brenner [13] sobre el Acuerdo de
Transferencia Haavara firmado entre el primero y la Organización Sionista
Mundial en agosto de 1933, colaboración que probablemente haya sido incómoda. Está
claro que las élites a las que hacemos referencia no son las de Israel, Estado
no fundado todavía, sino las principales élites políticas y económicas de
Europa por cuanto los judíos se hallaban dispersos por todo el continente.
6.- El
abandono de las libertades democráticas por parte del sionismo toma un cariz
particular. Cierto es que al interior del movimiento, la Organización Sionista
Mundial primero y el Estado de Israel después, adoptaron una estructura
democrática, pluralista y participativa. El nuevo Estado, pese a que nunca pudo
darse una constitución por la oposición de la ortodoxia religiosa, celebra
elecciones, posee un parlamento pluralista, existe libertad de prensa y demás
caracteres de las repúblicas democráticas. Pero dicha democracia es sólo para
los invasores o sus descendientes. La población palestina expulsada de su
tierra y refugiada en los países limítrofes o territorios bajo control militar
(Cisjordania y Gaza) nunca gozó de derechos políticos para decidir el destino
de su tierra. Incluso los palestinos que no llegaron a ser expulsados —los
llamados árabe-israelíes— no gozaron del voto hasta varios años después de
constituido el Estado. Tienen prohibido rememorar la Nakba, o catástrofe de su
pueblo, o tan sólo atreverse a peticionar un Estado laico, no judío. Y los
palestinos residentes en Jerusalén, declarada en 1980 «capital indivisible del
Estado de Israel», unos 250.000 aproximadamente, también carecen de todo
derecho a voto. A mayor abundamiento, cuando los palestinos eligieron a Hamás
para dirigir la autoridad Nacional Palestina, los resultados electorales fueron
desconocidos por Israel que resolvió incautar los impuestos de ese
proto-Estado. De donde se desprende que el derecho a voto y a los beneficios de
la democracia sólo valen para israelíes judíos y no para todos los habitantes
de Palestina. Es una democracia étnica, para una porción de la población,
claramente no universal.
7.- Por
último la persecución con violencia redentora y sin limitaciones éticas o
legales de objetivos de limpieza interna llevada a cabo por las bandas
paramilitares sionistas contra el pueblo palestino es sobradamente conocida y
ha sido profusamente descripta y documentada por muchos historiadores entre los
que se destaca Ilan Pappé con su libro La
limpieza Étnica de Palestina [14].
Más de 700.000 palestinos fueron expulsados de sus hogares a partir de
diciembre de 1947 para implantar un Estado mayoritariamente judío, violencia
brutal que continuó el Estado recién creado en sucesivas masacres entre las que
se destacan las de Sabra y Chatila (1982) y Yenín (2002), y los bombardeos
sobre Beirut (1981 y 2006) y Gaza (2009). Se trata de una violencia redentora y
sin límites éticos de ningún tipo cuya enumeración completa se torna imposible
en este espacio pero que estuvo en todo momento acompañada también de una clara
y deliberada política de expansión exterior, como lo testimonian la ocupación
de Cisjordania, Gaza, el Desierto de Sinaí, los Altos del Golán en Siria, la
apropiación de Jerusalén Oriental y sus monumentos religiosos, y finalmente la
ocupación del Sur del Líbano durante varios años.
Llegados a este punto nos permitimos afirmar como
consecuencia lógica de todo lo expuesto, que el sionismo, movimiento político
de inspiración nacionalista de los europeos judíos que resistieron su
asimilación a los países en que residían, es un caso de fascismo en su
definición genérica, como el italiano, el alemán u otros, en tanto reúne todos
los requisitos que se han postulado del mismo en una de las más elaboradas
definiciones de una categoría política tan compleja y disímil como ésta.
Fascismo
paracolonial
Sin embargo, existe un elemento que Paxton no
incluye en su definición y que nos parece esencial. La violencia redentora y
sin límites éticos que los fascismos conocidos han ejercido lo fue siempre
sobre las clases subalternas. Los fasci
di combattimento de Mussolini reprimieron las huelgas obreras en el Norte
de Italia y las S.A. nazis descargaron toda su violencia contra los sectores
obreros que respondían al Partido Socialdemócrata y al Partido Comunista de
Alemania, además de minorías étnicas como los judíos y los gitanos. Estuvieron
integrados por sectores de clase media y media baja, dispuestos a imponer un
orden brutal por la fuerza. Las bandas paramilitares sionistas, la Haganah, el
Irgún y el Stern, también se hallaban conformadas mayoritariamente por sectores
de clase media judía y descargaron toda su violencia sobre los palestinos, la
mayoría de los cuales eran campesinos o pequeños comerciantes aldeanos
indefensos, incapaces de resistir esa violencia como lo prueba claramente el
episodio de Deir Yassin. Ergo, el sionismo cumple con un elemento esencial del
fascismo que no puede ser soslayado: el ejercicio de una violencia de clase
contra los sectores subalternos.
Pero esa violencia no se ejerció sobre las capas
bajas judías, obreros y campesinos que profesaban esa religión, sino sobre las
masas palestinas, adoptando en consecuencia un matiz claramente étnico. Se
trató de una violencia sobre la población sometida a una ocupación colonial,
sobre los otros, los que no existen, no tienen derechos, no figuran en los
mapas, con el deliberado objeto de desarraigarlos de su tierra e implantar allí
un nuevo Estado con el franco apoyo de la potencia ocupante. No se trató de
crear una colonia de Gran Bretaña -ya que como dice claramente Gilad Atzmón,
Israel no tiene metrópoli- sino de una alianza con la potencia colonial para
implantar un Estado étnico excluyente a costa de la población autóctona. Un
caso singular de fascismo paracolonial.
Por último la violencia ejercida lo fue invocando un
derecho superior a esa tierra que les venía de la aurora de los tiempos, desde
la promesa hecha al profeta Abraham por Yahvé, su dios, al «pueblo elegido»,
para imponer una ocupación ilegítima que se prolonga hasta el presente, más de
65 años de barbarie. Como dice François Furet —aunque sin ejemplificar con
Israel— en la obra citada: «A quienes no han tenido la suerte de formar parte
de la raza superior o de la nación elegida, el fascismo sólo les propone la
elección entre la resistencia sin esperanza y la subyugación sin honor» [15].
NOTAS:
[1]
Miguel Ibarlucía es Abogado, autor de Israel,
Estado de Conquista, Editorial Canaán, Buenos Aires, 2012.
[2]
Jacob Tsur, ¿Qué es el sionismo?,
Siglo Veinte, Buenos Aires, 1965, pág. 5.
[3]
Tsur, idem, p. 33.
[4]
Herzl, Theodor, El Estado judío, en Páginas Escogidas, Editorial Israel,
Buenos aires, 1949, p. 98.
[5]
Nordau, Max, La situación de los judíos
en el Siglo XIX, en Sionismo, Crítica
y defensa, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1968, p. 34.
[6]
Citado por Gilad Atzmon, La identidad
errante, Editorial Canaán, Bs As, 2013, pág. 23.
[7]
Atzmon, idem, p. 88.
[8]
François Furet, El pasado de una ilusión,
Fondo de Cultura Económica, México, 1995, p. 34.
[9]
Furet, idem, p. 38.
[10]
Herzl, op cit, p. 150.
[11]
Herzl, op cit, p. 150.
[12]
Robert. O. Paxton, Anatomía
del fascismo, Península, 2006.
[13]
Lenni Brenner, Sionismo y fascismo,
Editorial Canaán, Buenos Aires, 2011. También en 51 Documentos de la colaboración de los sionistas con los nazis. Idem. 2011.
[14]
Papé, Ilan, La limpieza étnica de
Palestina, Editorial Crítica, 2008.
[15]
Furet, op cit, p. 38.
Fuente:
https://rebelion.org/sionismo-del-nacionalismo-de-base-religiosa-al-fascismo-paracolonial/