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lunes, 2 de noviembre de 2020

Covid-19, autoritarismo e izquierda confinada

Imágen de un médico durante
la Peste Negra del siglo XIV.

  Si la izquierda consecuente no saca lecciones de su incapacidad para postular un modelo alternativo en la gestión de esta grave crisis, el futuro será desolador.

JOSÉ R. LOAYSSA y ARIEL PETRUCCELLI

En muchos países se ha establecido, con distinta intensidad, una censura a cualquier opinión crítica ante la gestión de la pandemia del Covid-19 y de las medidas tomadas por los gobiernos. Las personas críticas con estas políticas son a menudo acusados de 'negacionistas' y pseudocientíficos. Esos términos han sido repetidos en los medios como fórmula para hurtar un debate necesario, tanto a nivel científico como político. Se llega a acusar de negar no solo la gravedad del SARS-CoV-2 sino la propia existencia del virus. A esto se añade otro calificativo: «cospiranoicos». Tomando como prueba manifestaciones aisladas de algunas personas, se generalizan imputaciones a quienes se oponen a las restricciones autoritarias, como si uniformemente defendieran que el virus ha sido creado en laboratorio, o que la pandemia es en realidad el resultado de una conspiración dirigida por élites internacionales y en la que participan, según las versiones, diferentes agentes del mundo de los medios de comunicación, los gobiernos y las élites económicas. Todo a través de una acción coordinada y secreta.

Por razones de espacio y de los límites lógicos de la paciencia del lector, no vamos a abordar en detalle el atractivo y la profusión de las razones del negacionismo o de las teorías conspiracionistas. El, en ocasiones, mal llamado negacionismo se apoya en la abundante evidencia de la manipulación informativa en que incurren con frecuencia Gobiernos y medios de comunicación. Divulgan informaciones poco exactas y ello hace que tanto gobiernos como medios gocen, en general, de poca credibilidad. Por otra parte, las teorías conspiracionistas tienen un evidente atractivo: presentan explicaciones sencillas, claras y contundentes a fenómenos complejos y difíciles de entender, y conectan con el modo de razonar en la vida cotidiana y en nuestro marco explicativo habitual. Tenemos una tendencia atribucionista y achacamos la responsabilidad de los eventos a la acción de las personas, obviando el decisivo papel de los contextos sociales e institucionales. Por otra parte, también existe una tendencia hacia el funcionalismo: lo que causa algo es aquello que se beneficia de su existencia (el criminal es quien se beneficia del delito).

Acusar de conspiración no implica ningún compromiso con la demostración de su existencia, porque el propio hecho de que exista esa conspiración supone que los «conspiradores» tienen los medios necesarios para evitar que sus maniobras queden expuestas. Las imputaciones quedan como sospechas e insinuaciones que contaminan el debate, pero no lo favorecen. La conspiración no invita a la búsqueda de argumentos y datos empíricos que respalden las aseveraciones, ya que se apoya en pruebas circunstanciales y coincidencias fortuitas, y no se acompaña con análisis de su verosimilitud, confrontación de pruebas, ni contraste con explicaciones alternativas.

Pero, sobre todo, no subscribimos esas posturas aplicadas al Covid-19 porque creemos que no hay razones suficientes para pensar que el virus fue artificialmente creado, que la respuesta a su difusión estuviera diseñada y constituyera un plan previo de ninguna camarilla poderosa. Creemos que todo fenómeno político social se tiene que analizar como tal, tomando en cuenta la fuerzas y factores que lo originan, condicionan su evolución y lo transforman. Por supuesto que hay personas, grupos e instituciones con intereses y objetivos propios, pero creer que pueden controlar el desarrollo de acontecimientos tan amplios como la pandemia del Covid-19 y las medidas que toman la casi totalidad de los gobiernos es insensato… y solo se puede traducir en impotencia. Esto no significa que haya que olvidar la capacidad de los poderes económicos y políticos para aprovechar cualquier situación, no solo para vender mascarillas, sino para establecer climas intimidatorios y autoritarios, o propiciar reconfiguraciones de gran calado en las relaciones sociales, laborales, sanitarias o escolares.

Un autoritarismo más contagioso que el virus

Nuestra impresión es que, inicialmente, los gobiernos entraron en la lógica del autoritarismo, la represión y la desinformación alarmista debido a su propio pánico. Los políticos no quisieron aparecer como responsables por omisión, e interpretaron que los excesos para «salvar vidas» serían juzgados con benevolencia. Luego fueron devorados por el propio discurso que habían articulado: no hubo forma de modularlo o modificarlo, bajo la presión de unos medios de comunicación de masas dispuestos a hacer negocio con el lado truculento de la pandemia. ¿Qué responsable político o sanitario se atreve a decir «exageramos un poco la dimensión de la pandemia», cuando las medidas tomadas ya han tenido consecuencias terribles? Como ha dicho Ioannidis: la reacción de los gobiernos se puede describir con la imagen de un elefante que, asustado porque confunde un gato doméstico con una pantera, salta a un precipicio. Es verdad que no estamos ante un gato doméstico, pero tampoco ante una pantera.

Cuatro factores parecen haberse conjugado para que la inmensa mayoría de los países adoptaran medidas de confinamiento, de una intensidad y magnitud sin antecedentes históricos, ante un problema sanitario importante pero en modo alguno catastrófico. El primero es que las medidas adoptadas inicialmente por China sentaron un precedente. Pero se obvió que China ya ha recurrido a cuarentenas en epidemias pasadas, y se omitió que el confinamiento no fue en todo el país, sino en un única provincia (no implica el mismo esfuerzo ni se requieren los mismos recursos para confinar una parte que una totalidad). El segundo es el tremendismo sin parámetros ni parangón con que los medios masivos de comunicación manejaron la información, y que fue replicado y amplificado por las redes sociales. El tercero es que una serie de textos, sobre todo el de Neil Ferguson y el de Tomás Pueyo, presentaron previsiones modeladas que entrañaban un escenario de catástrofe con millones de muertos, y convocaron implícitamente a una estrategia de supresión del virus que carecía de precedentes. El cuarto es que, desbordadas por la situación dramática en Lombardía, las autoridades italianas, que no sabían muy bien qué hacer, decidieron confinar a todo el mundo, desencadenando de allí en más un efecto cascada: los gobiernos asumieron que pagarían políticamente caro dar muestras de indecisión o tibieza, y que cualquier exceso en nombre de la salud pública les sería perdonado. Y era una buena manera de ocultar, en nombre de lo inmediato, la decadencia de los sistemas sanitarios públicos, víctimas de recortes presupuestarios implementados, en mayor o menor medida, por autoridades de todos los signos políticos en los últimos lustros.

Pero ha habido una enorme desproporción entre la amenaza y la reacción. Y una confianza infundada en la eficacia de las cuarentenas indiscriminadas, así como una ceguera ante las consecuencias de las mismas. Pero, sobre todo, ha faltado un debate público sereno e informado. Un manto de irracionalidad cubrió la discusión de la pandemia, tanto entre los pronosticadores de catástrofes apocalípticas partidarios de confinamientos de un alcance y magnitud sin antecedentes, como entre los «conspiranoicos» negacionistas de la existencia del virus. Las autoridades se cubrieron las espaldas con comités de expertos, a la vez que actuaba dominadas por un pánico irracional. En uno de los documentos que ha tenido mayor impacto político, Ferguson previó hasta 40 millones de muertos en el mundo y abogó por una estrategia de supresión del virus asentada en estrictos confinamientos. En ese mismo texto, estimaba que el confinamiento debería producirse por unos 18 meses, tiempo mínimo en el que estimaba podría estar disponible una vacuna, aunque alertando que posiblemente al principio no fuera del todo efectiva. Los gobiernos asumieron el escenario de catástrofe y se plegaron a la medida (cuarentena), pero omitieron —en un reflejo de perversa inteligencia— decir que el encierro debería durar quizá un año y medio. La población podía aceptar un encierro por dos o tres semanas, ¿pero hubiera aceptado esa medida sabiendo que debería durar acaso 18 meses? Y aún queriendo: ¿era viable sostener un encierro por un tiempo tan prolongado y en el mundo entero? En medio del pánico, estas incómodas preguntas fueron dejadas a un lado, y quienes criticaron la viabilidad de las medidas draconianas y alertaron de las consecuencias nocivas de las mismas fueron ignorados o despachados con descalificaciones ad hominem: «eso es lo que dicen Trump y Bolsonaro».

Ferguson y Pueyo dos de los «expertos»
en difundir el miedo apocalíptico.

Su reacción desmesurada —y no asumir ninguna autocrítica— vino de la mano de la negación de cualquier debate y de cualquier contraste sobre la interpretación y las consecuencias prácticas que los datos que la evolución de la pandemia iban aportando (así como los conocimientos sobre el fenotipo y el genotipo del virus y su dinámica de transmisión). La deslegitimación de las críticas por «conspiranoicas y negacionistas», ha servido, y sirve, para evitar la discusión científica. Así se han arrinconado las discusiones sobre la morbilidad y letalidad del virus, o la importancia epidemiológica del contagio por asintomáticos.

La efectividad de los confinamientos y cuarentenas, cuestión relacionada con la morbimortalidad del virus, debería también estar sujeta a debate. No existen pruebas de que las medidas tomadas en la primavera boreal hayan sido efectivas, aunque haya trabajos que lo afirmen. Podríamos añadir otros aspectos en los que existe debate científico, pero nos limitaremos a añadir uno más, de gran importancia por su repercusión: el uso de la mascarilla al aire libre. En realidad, las pruebas en este caso se inclinan claramente en contra de su efectividad. Su potencial de evitar contagios es irrisorio, teniendo en cuenta además que toda la información disponible reafirma que los contagios se producen básicamente en espacios cerrados.

En cualquier caso, a estas alturas ya está claro que la estrategia de supresión ha fracasado: el virus continúa circulando tras siete meses de restricciones. La mismísima OMS ya considera que el SARS-CoV-2 podría volverse endémico. Sólo en un sitio en que el virus circuló comunitariamente pudo ser suprimido: Wuhan. Pero, incluso en China, comienzan a aparecer nuevos contagios. Hay países que han logrado aislarse del virus, o que no circule profusamente, pero en tales casos, la clave ha residido en la detección temprana y el aislamiento selectivo de enfermos, y no en el encierro generalizado (que en algunos casos no se aplicó, y que en otros ya se suspendió en gran medida, como en Uruguay).

No olvidemos que se ha evitado la entrada del virus gracias al cierre de fronteras. ¿Qué sucederá en esos países cuando se abran? Para que la supresión realmente funcione como estrategia es necesario que todos los países (y no sólo algunos) sean capaces de eliminar la cadena de contagios. Un objetivo imposible ante un virus de alta contagiosidad, porque es imposible mantener a la totalidad de la población casi sin contactos entre sí (incluso por períodos breves). Incapaz de suprimir el virus, el gran encierro devino, de hecho y sobre la marcha, en estrategia de mitigación. Pero como tal se reveló funesta: entraña todas las consecuencias negativas de las acciones draconianas en términos psicológicos, políticos, laborales y educativos, sin alterar significativamente (a largo plazo) la cantidad de contagios y decesos producidos por el Covid-19. Demora el proceso sin modificarlo radicalmente. Más aún: puede empeorar la situación sanitaria, por tres razones. La primera es la desatención de otras enfermedades. La segunda es que la prolongación excesiva del proceso disminuye las defensas de la población: ni la falta de sol ni el estado generalizado de stress ayudan al sistema inmunológico, y cuanto más dure la pandemia menos probable es proteger eficientemente a la población vulnerable, que sí debería mantener cierto aislamiento importante (pero voluntario). La tercera es que un encierro demasiado estricto facilita ulteriores rebrotes, al quedar demasiada población susceptible de ser contagiada. Esto es algo que muestra muy bien la comparación actual de España con Suecia, por ejemplo. Pero, curiosamente, en su estudio comparativo de las medidas adoptadas por diferentes ciudades estadounidenses durante la pandemia de 1918, el propio Ferguson había mostrado que los mejores resultados los obtuvieron aquellas ciudades que adoptaron medidas moderadas, y no aquellas que tomaron medidas más radicales, sólo para verse expuestas a segundas olas.

Invocar a la Ciencia, traicionar su método

Desde el principio de la pandemia, los responsables políticos han afirmado una y otra vez, que las medidas se tomaban en función de las recomendaciones científicas y de lo que proponían los «científicos». Lo hicieron con un tono y de una manera que eran una apuesta implícita por la tecnocracia, por el «gobierno de los expertos». Apelación peligrosa, porque implica negar la esencia de la propia política, que supone conflictos de perspectivas e intereses. Estas peticiones de «gobernanza» de los técnicos sintonizan con el desprestigio de los partidos del sistema y de los políticos, y favorecen salidas autoritarias, cuando no fascistas. Los políticos estimulan esa reacción, cuando se cubren bajo el paraguas de los técnicos para decisiones que, como luego veremos, son más explicables desde sus propios intereses. Que personas críticas con el capitalismo hayan asumido acríticamente la sumisión ante las «expertas» (pieza basal del neoliberalismo), es todo un signo de los tiempos.

Pero es que, además, se invoca la opinión de la comunidad científica cuando hay notorias faltas de consenso. Desde el primer momento, hubo variedad de análisis y propuestas —de instituciones o de científicos individuales—, a la que la mayoría de la ciudadanía no accedió debido al bloqueo informativo. En consecuencia, la mayoría de la población ha aceptado la versión gubernamental de la pandemia, asumiendo los sacrificios y consecuencias de unas medidas draconianas que han destruido la economía y la vida social en buena parte de los países del globo, y que han producido daños ingentes en la salud física y mental que supuestamente trataban de proteger.

Porque si algo necesita la ciencia, es debate y dialogo. La información científica no son dogmas religiosos ni verdades indiscutibles. Sus conclusiones se basan en datos que pueden tener diferentes grados de veracidad. Su interpretación no es unívoca: requiere análisis, críticas y discusión. A pesar de que tenga todavía credibilidad ante la mayoría de la población, las contradicciones afloran, y cada vez es más difícil ocultar que hay científicos discrepantes a los que difícilmente cabe acusar de negacionistas. Es verdad que todavía se silencian las voces críticas, como ha ocurrido con 300 profesionales y científicos franceses cuyo llamamiento ha sido censurado en un periódico de gran tirada y que solamente Mediapart ha difundido. Sin embargo, empiezan a trascender opiniones críticas. Estos días hemos conocido un nuevo manifiesto encabezado por tres autoridades de Salud Pública y Epidemiología. Revistas prestigiosas han hecho llamamientos a la necesidad de un debate científico sobre las medidas a tomar. Y la apuesta por una estrategia dirigida a la protección de la población vulnerable tiene cada día más seguidores, una estrategia que ya en mayo fue propuesta en el BMJ por epidemiólogos como David Spiegelhalter.

Pero nuestros Gobiernos no aceptan la necesidad de ese debate científico. Ni quieren cambiar de guión, ni aportan argumentos sólidos. Así, los responsables gubernamentales se han convertidos en «negacionistas». Tras las proclamas de que se han salvado miles de vida, no hay evidencias contrastables. Niegan una y otra vez un balance costo-beneficio de las medidas tomadas y no justifican su proporcionalidad. Se reconocen las consecuencias económicas del confinamiento y de la paralización económica y social pero no se quiere discutir si realmente eran inevitables. Se soslayan las consecuencias del clima social que se ha creado, los enfrentamientos entre la población y los <i>progromos</i> contra jóvenes que, en muchos casos, han perdido un año de sus estudios, han tenido la vida educativa, social y cultural clausurada durante meses, y ahora se mueven en la penumbra vital.

Las verdaderas razones de una gestión autoritaria

En un repaso a las medidas tomadas por los diferentes Gobiernos y su grado de impacto, se ha sugerido que existe una asociación entre el alcance de las restricciones impuestas y el grado de deslegitimación de la «clase política» y las teóricas instituciones representativas de la ciudadanía. Se ha pretendido restaurar la aceptación de los representantes políticos subrayando su papel como «salvadores de vidas». Se ha promovido que la población acosada por el miedo buscara resguardo bajo el paraguas de la autoridad.

El autoritarismo se ha apoyado también en los argumentos de que no se puede confiar en la responsabilidad individual o colectiva: la ciudadanía necesita ser guiada con palo y la zanahoria, y acepta el castigo si se «porta mal». Precisamente, la negativa al debate público se justifica en que la población no está preparada y necesita instrucciones. Esta visión infantilizada de la ciudadanía exige que el Gobierno no muestre debilidad, que no muestre dudas o incertidumbres. En el caso de España, enlaza con esa cultura franquista basada en que el pueblo necesita mano dura. No faltan comentarios racistas sobre el sentido de la responsabilidad en la Europa meridional, supuestamente menor que el de otras latitudes.

En suma, se ha mantenido el discurso del miedo a pesar de su enorme costo y de que genera un estrés psicológico masivo que mata directa e indirectamente. La desinformación es constante, se ocultan los datos y opiniones contrarias a mantener el «estado de excepción». Se difunden informaciones sobre la probable transmisión del virus por aerosoles (sólo segura en circunstancias muy concretas, como los ambientes cerrados y hacinados), con el ánimo de crear sensación de vulnerabilidad. Se juega constantemente con las palabras y sus significados. Se habla de contagios refiriéndose a los PCR, cuando sabemos que existe un porcentaje no despreciable de falsos positivos. En los primeros momentos de la pandemia, se hablaba también de contagios cuando se trataba de casos, es decir de personas con síntomas y además significativos, lo suficientemente graves como para acudir al hospital (único lugar de España donde se realizaron pruebas de PCR durante los meses de marzo y abril). En consecuencia, los contagios de ahora (personas asintomáticas o con síntomas leves) no son los mismos que entonces, cuando representaban la punta del iceberg.

La realización indiscriminada de PCR sirve para justificar la idea de que estamos en la misma espiral, y de que nos acercamos al precipicio de la saturación de servicios. Hay que recordar que en España ni siquiera en primavera existió un desbordamiento inusual (la temporada gripal llena las UCIs y los pasillos de camas en muchas ocasiones), salvo en momentos puntuales y en lugares concretos. Lo mismo puede decirse de Argentina, aunque la cronología es un poco posterior.

Hace falta un debate serio y
honesto en el mundo científico.

Hasta hace no hace mucho, Argentina era ejemplar para los defensores del «talibanismo sanitario»: confinamiento severo y muy temprano. Aunque la pobreza se disparara, el desempleo aumentara y los niños se quedaron sin clases, por un tiempo, Argentina ofreció cifras de contagio y de mortalidad absolutamente menores que, por ejemplo, España o Brasil. Pero ya no. O no tanto. Los muertos por millón se aproximan a España y a Brasil, el «vecino irresponsable» con el que se la comparaba cuando la comparación era favorable. Hace tres meses Argentina tenía 15 veces menos de muertos por millón que Brasil; hoy alcanza las dos terceras partes de los guarismos brasileños, y acercándose. El Gobierno argentino responsabiliza a la población, que ya no respeta el aislamiento. ¿Pero a quién se le puede ocurrir que la población entera de un país puede permanecer encerrada en sus casas durante siete meses? A los estrategas del confinamiento se les olvidó pensar que un encierro total sólo puede ser breve. Afrontaron, contra toda lógica y probabilidad, una epidemia de virus respiratorio como si fuera una tormenta de arena.

No obstante, aunque en cifras de muertos por millón atribuidos al Covid-19 Argentina posea cifras parecidas a las de España, en exceso de mortalidad no es así. De hecho, hasta el momento, la suma de decesos por Covid-19 y por otros virus respiratorios no supera a la del año pasado, cuando no había pandemia. En buena medida, los decesos por Covid-19 de este año han reemplazado a los de enfermedades tipo influenza y neumonía. La población argentina vive aterrorizada por una epidemia que dista de haber incidido severamente en su mortalidad, y que se halla lejos del impacto que tuvo en España, en parte porque la población mayor de 65 años es mucho menos numerosa. Uruguay, con restricciones ya muy leves y casi sin casos ni fallecimientos por covid-19, permanece sin embargo todavía presa del miedo. Recientemente, un grupo de padres y madres de una organización en defensa de la escuela pública, conocida por apoyar las reivindicaciones y huelgas docentes, se ha movilizado en favor de la plena presencialidad en las escuelas (en España también se ha percibido un estado de ánimo similar entre muchos padres y madres). Pero muchos trabajadores y trabajadoras de la educación son reticentes, a pesar de que todos los estudios indican que los niños se contagian poco, casi no contagian a otras personas y, en general carecen de síntomas o los tienen muy leves: el pánico no sabe de razones ni proporciones.

Las consecuencias y la ceguera de la izquierda

La gestión política de la pandemia ha mostrado que los poderes económicos no pueden definir de forma precisa e inmediata la acción de las instituciones públicas, aunque si condicionarla decisivamente a medio y largo plazo.

Entretanto, las élites empresariales han jugado su papel. Tanto en España como en Argentina han bloqueado iniciativas progresistas y han puesto límites para garantizar sus intereses frente a los gobiernos. Y, en paralelo, las fuerzas del «capitalismo digital» y del «capitalismo de la vigilancia» han dado pasos firmes. Mientras la población del planeta continúa aterrorizada por una pandemia cuya amenaza ha sido exagerada hasta lo indecible, las corporaciones digitales colonizan a paso redoblado la educación, el ocio, el comercio, y las relaciones sociales. Raquel Varela no exagera cuando afirma que el teletrabajo es contrarrevolucionario.

En España, las nacionalizaciones están fuera de la agenda, y el plan de reconstrucción encaja en una óptica neoliberal. El PSOE es el gran beneficiado, de momento, en términos de apoyo de la opinión pública, Unidas-Podemos ha sufrido un eclipsamiento notable. En Argentina, luego de un breve momento de gloria, el Gobierno de Alberto Fernández se muestra cada vez más débil, con una economía en severa recesión, millones de puestos de trabajo perdidos según las propias cifras oficiales, el colapso educativo y sin poder mostrar buenos índices en el manejo de la pandemia. A su vez, el macrismo ha impuesto el aislamiento social allí donde gobierna, aunque hace rato que sectores de la derecha se movilizan contra de las restricciones. Las fuerzas de izquierda, por su parte, aunque críticas de los excesos autoritarios del confinamiento y de los abusos patronales, no han sido capaces de oponer otro abordaje a la crisis sanitaria.

Desde el momento en que las fuerzas de izquierda no supieron oponerse frontalmente a la estrategia sanitaria dominante, y asumieron el discurso de que estamos ante una epidemia cataclismática frente a la que hay que adoptar medidas extraordinarias, la defensa de las libertades ciudadanas fundamentales se vio debilitada. No faltaron voces que, como el secretariado unificado de la IV internacional, apoyaron sin reservas una imposible estrategia de supresión del virus y llamaron genocidas y «socialdarwinistas» a quienes planteaban que había que aceptar que no «todas» las vidas son salvables sin condenar a otras muchas a sufrir y a morir por otras causas. Bolsonaro y Trump fueron tomados como coartada para alinearse con la mayoría respetable de los representantes políticos del capital internacional, del que ambos son bufones útiles. Se practicó una suerte de campismo: el enemigo principal son esas figuras odiosas, no el <i>establishment</i> político en conjunto. De manera sorprendente, no faltaron quienes acusaron a los que denunciábamos las consecuencias sociales y económicas que entrañaría el confinamiento de anteponer la economía a la vida. Pero no se puede confundir las consecuencias económicas con la defensa de los beneficios del Capital. Se trata, más bien, de poner en consideración la tragedia que representa poner en riesgo el sustento material de las clases populares. Porque al final, es probable que el confinamiento salve unas pocas vidas de la clase media, pero hundirá aún más a los sectores desfavorecidos: muchas otras vidas se perderán, aunque sea sin el certificado de defunción del covid.

La amenaza real del virus no justificó nunca tamaño tremendismo. Con tanto horror difundido día y noche parece difícil de creer, pero lo cierto es que el 99,8 % de los infectados por el SARS-CoV-2 sobreviven, como revela un reciente estudio de John Ioannidis. La propia OMS, aunque continúe insuflando temor a diestra y siniestra, reconoce que sus mejores estimaciones indican que ya pudo haberse contagiado el 10% de la población del planeta. En tal caso, la tasa de letalidad del Covid-19 sería del orden del 0,14 %, a años luz del 3,5 % que postuló la misma organización allá por marzo.

Que salvo contadas excepciones (Suecia sobre todo) la inmensa mayoría de los Estados hayan implementado severas restricciones puede dar algún consuelo a quienes analizan los sucesos en clave nacionalista («nos equivocamos, pero todos hicieron lo mismo»)… y no ven más allá del capitalismo. Pero para quienes quieran mirar más allá del actual sistema, y hagan un análisis de clase, la gran uniformidad de la respuesta de las autoridades de los Estados capitalistas dice otras cosas y no proporciona ningún consuelo. Puede entenderse que la burguesía y las clases acomodadas se sintieran especialmente vulnerables ante un virus que las afectaba de manera directa y difícilmente controlable. Hace años que los amos del mundo sueñan con vencer a la muerte. Sus médicos-ideólogos se empeñan en considerar a la muerte como un «problema técnico», que la ciencia podrá arreglar en breve, y sus filósofos de cabecera especulan con que en un futuro inmediato la inmortalidad será una posibilidad para los ricos.

Quienes lean estas líneas podrán pensar que la búsqueda de la inmortalidad es una tontería. Y sin duda tendrán razón. Pero es una búsqueda en la que está empeñada mucha gente de la clase dominante. Son los nuevos alquimistas. Quizá parezca extravagante y, sin duda, lo es, lo cual no quita para que sean creencias influyentes en círculos económica y políticamente poderosos. En una conversación pública de 2015 entre Yuval Harari y Daniel Kahneman, que no son precisamente dos ignotos «conspiranoicos», sino un escritor de <i>best sellers</i> y un Premio Nobel de Economía, el primero dice con pesaroso fatalismo que para la gran mayoría, la mejor opción ante una vida sin valor y sin sentido, será una combinación de drogas y videojuegos. Para las elites, en cambio, el futuro es la inmortalidad.

A esas elites que se creían a las puertas de solucionar el «problema técnico» de la muerte, la aparición de un virus como el SARS-CoV-2 las enloqueció. Literalmente. Pero que su perspectiva haya sido asumida por las clases trabajadoras (expuestas regularmente a problemas sanitarios más graves que el Covid-19) muestra la hegemonía de los valores y creencias burgueses y la escasa autonomía de las clases populares. En los últimos meses se denunciaron negacionismos y negacionistas de todos los colores. Pero hubo un negacionismo del que casi nadie ha hablado: el negacionismo de la muerte, el horror a morir.

Que la izquierda radical haya sido en general presa del pánico al igual que la derecha, el centro y la izquierda reformista, asumiendo además la hipótesis de la eficacia y viabilidad del encierro, es un indicio de falta de autonomía ideológica. Que se haya descartado la posibilidad de proteger a la población vulnerable como cosa imposible, creyendo al mismo tiempo que sería posible proteger a toda la población, habla bastante a las claras de la pobreza intelectual franciscana y de la carencia de toda lógica en el debate público contemporáneo. Que la creencia en que la vacuna será la solución a la pandemia se haya impuesto con tan pocas críticas muestra la eficacia de la propaganda de los laboratorios, la expropiación de la salud por el capital y la escasa independencia de la izquierda en términos de política sanitaria (indispensable el reciente escrito de Juan Gérvas). Que algunas fuerzas de izquierda defiendan abiertamente la política de confinamiento resulta especialmente incomprensible: los segmentos más pobres de la población carecen de viviendas adecuadas para confinarse; los «trabajadores esenciales» deben continuar con sus labores (a diferencia del grueso de las clases alta y media). La pérdida de clases afecta más a los pobres que a los ricos, y el encierro aumenta el desempleo, la miseria y las desigualdades.

Aunque sería exagerado decir que las organizaciones de izquierda apoyaron sin reservas la estrategia de «supresión del virus» y las cuarentenas masivas, lo cierto es que, en general, no se opusieron de manera frontal. Criticaron sus excesos o algunas facetas, no su naturaleza. El hábito tacticista de tratar de acompañar las demandas de las masas, dejó al grueso de las organizaciones de izquierda desarmadas cuando lo imperioso fue cuestionar el «sentido común». Y el retroceso generalizado de la cultura de izquierda dificultó la elaboración de una comprensión propia e independiente de los problemas sanitarios: en el fondo, son problemas en los que nunca habían pensado demasiado. Por ello, se optó por lo que parecía la «vía más segura». Pero en las grandes crisis, las vías «más seguras» suelen ser contraintuitivas.

Estamos viendo cómo supuestos derechos
constitucionales son violados desde el Poder.

Nos jugamos mucho. Porque contrariamente a lo que pudiera parecer, la ideología no se sustenta en el adoctrinamiento de los medios de comunicación sino en las prácticas sociales que reflejan la forma de ver el mundo (eso es el fetichismo de la mercancía de Marx). En esta pandemia la población puede «aprender» que necesitamos gobiernos y Estados fuertes, que el ejército está para proteger la salud de la población, que cualquier semejante puede ser un peligro y un largo etcétera. La desconfianza y las tendencias individualistas y anticomunitarias se pueden reforzar. Las élites dominantes no van a dejar de tomar notas de las potencialidades del uso de la biopolítica (la pulsión a aferrarse a la vida como mero pálpito biológico), el estado de excepción y la manipulación del miedo colectivo.

Y si la izquierda consecuente no saca lecciones de su incapacidad para postular un modelo alternativo en la gestión de esta grave crisis, el futuro será desolador.

EL SALTO
27 octubre 2020

lunes, 11 de marzo de 2019

Proyecto de Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra


PREÁMBULO

Nosotros, los pueblos de la Tierra:

Considerando que todos somos parte de la Madre Tierra, una comunidad indivisible vital de seres interdependientes e interrelacionados con un destino común. Reconociendo con gratitud que la Madre Tierra es fuente de vida, alimento, enseñanza, y provee todo lo que necesitamos para vivir bien. Reconociendo que el sistema capitalista y todas las formas de depredación, explotación, abuso y contaminación han causado gran destrucción, degradación y alteración a la Madre Tierra, colocando en riesgo la vida como hoy la conocemos, producto de fenómenos como el cambio climático. Convencidos de que en una comunidad de vida interdependiente no es posible reconocer derechos solamente a los seres humanos, sin provocar un desequilibrio en la Madre Tierra. Afirmando que para garantizar los derechos humanos es necesario reconocer y defender los derechos de la Madre Tierra y de todos los seres que la componen, y que existen culturas, prácticas y leyes que lo hacen. Conscientes de la urgencia de tomar acciones colectivas decisivas para transformar las estructuras y sistemas que causan el cambio climático y otras amenazas a la Madre Tierra. Proclamamos esta Declaración Universal de Derechos de la Madre Tierra, y hacemos un llamado a la Asamblea General de las Naciones Unidas para adoptarla, como propósito común para todos los pueblos y naciones del mundo, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, se responsabilicen por promover mediante la enseñanza, la educación, y la concientización, el respeto a estos derechos reconocidos en esta Declaración, y asegurar a través de medidas y mecanismos prontos y progresivos de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universal y efectivos, entre todos los pueblos y los Estados del Mundo.


PROPUESTAS Y RESÚMENES

Artículo 1: La Madre Tierra

La Madre Tierra es un ser vivo.

La Madre Tierra es una comunidad única, indivisible y autorregulada, de seres interrelacionados que sostiene, contiene y reproduce a todos los seres que la componen.

Cada ser se define por sus relaciones como parte integrante de la Madre Tierra.

Los derechos inherentes de la Madre Tierra son inalienables en tanto derivan de la misma fuente de existencia.

La Madre Tierra y todos los seres que la componen son titulares de todos los derechos inherentes reconocidos en esta Declaración sin distinción de ningún tipo, como puede ser entre seres orgánicos e inorgánicos, especies, origen, uso para los seres humanos, o cualquier otro estatus.

Así como los seres humanos tienen derechos humanos, todos los demás seres de la Madre Tierra también tienen derechos que son específicos a su condición y apropiados para su rol y función dentro de las comunidades en los cuales existen.

Los derechos de cada ser están limitados por los derechos de otros seres, y cualquier conflicto entre sus derechos debe resolverse de manera que mantenga la integridad, equilibrio y salud de la Madre Tierra.


Artículo 2: Derechos Inherentes de la Madre Tierra

1. La Madre Tierra y todos los seres que la componen tienen los siguientes derechos inherentes:
a) Derecho a la vida y a existir.

b) Derecho a ser respetada;

c) Derecho a la regeneración de su biocapacidad y continuación de sus ciclos y procesos vitales libres de alteraciones humanas.

d) Derecho a mantener su identidad e integridad como seres diferenciados, auto-regulados e interrelacionados.

e) Derecho al agua como fuente de vida.

f) Derecho al aire limpio.

g) Derecho a la salud integral.

h) Derecho a estar libre de contaminación, polución y desechos tóxicos o radioactivos.

i) Derecho a no ser alterada genéticamente y modificada en su estructura amenazando su integridad o funcionamiento vital y saludable.

j) Derecho a una restauración plena y pronta por las violaciones a los derechos reconocidos en esta Declaración causados por las actividades humanas.
2. Cada ser tiene el derecho a un lugar y a desempeñar su papel en la Madre Tierra para su funcionamiento armónico.

3. Todos los seres tienen el derecho al bienestar y a vivir libres de tortura o trato cruel por los seres humanos.


Artículo 3: Obligaciones de los seres humanos con la Madre Tierra

1. Todos los seres humanos son responsables de respetar y vivir en armonía con la Madre Tierra;

2. Los seres humanos, todos los Estados, y todas las instituciones públicas y privadas deben:
a) Actuar acorde a los derechos y obligaciones reconocidos en esta Declaración.

b) Reconocer y promover la aplicación e implementación plena de los derechos y obligaciones establecidos en esta Declaración.

c) Promover y participar en el aprendizaje, análisis, interpretación y comunicación sobre cómo vivir en armonía con la Madre Tierra de acuerdo con esta Declaración.

d) Asegurar de que la búsqueda del bienestar humano contribuya al bienestar de la Madre Tierra, ahora y en el futuro.

e) Establecer y aplicar efectivamente normas y leyes para la defensa, protección y conservación de los Derechos de la Madre Tierra.

f) Respetar, proteger, conservar, y donde sea necesario restaurar la integridad de los ciclos, procesos y equilibrios vitales de la Madre Tierra.

g) Garantizar que los daños causados por violaciones humanas de los derechos inherentes reconocidos en la presente Declaración se rectifiquen y que los responsables rindan cuentas para restaurar la integridad y salud de la Madre Tierra.

h) Empoderar a los seres humanos y a las instituciones para defender los derechos de la Madre Tierra y todos los seres que la componen.

i) Establecer medidas de precaución y restricción para prevenir que las actividades humanas conduzcan a la extinción de especies, la destrucción de ecosistemas o alteración de los ciclos ecológicos.

j) Garantizar la paz y eliminar las armas nucleares, químicas y biológicas.

k) Promover y apoyar prácticas de respeto a la Madre Tierra y todos los seres que la componen, acorde a sus propias culturas, tradiciones y costumbres.

l) Promover sistemas económicos en armonía con la Madre Tierra y acordes a los derechos reconocidos en esta Declaración.

Artículo 4: Definiciones

1. El término «ser» incluye los ecosistemas, comunidades naturales, especies y todas las otras entidades naturales que existen como parte de la Madre Tierra.

2. Nada en esta Declaración podrá restringir el reconocimiento de otros derechos inherentes de todos los seres o de cualquier ser en particular.


miércoles, 12 de diciembre de 2018

Hacia una crisis de régimen en Francia


Si el fuego prende finalmente en las 'banlieues', entonces sí que estaremos en la estela de las grandes insurrecciones sociales francesas que tanto oxígeno han proporcionado a la libertad y el progreso social en Europa desde 1789

Por RAFAEL POCH

En junio de 2017, cuando Macron ganó las presidenciales, pronostiqué una crisis de régimen en Francia. Desde que llegué a ese país, en 2014, hasta mi despido como corresponsal en París hace un año, nunca cesó de rondarme la impresión de materia inflamable a la espera de chispa. Muchos observadores franceses de la izquierda respondían en positivo a mis preguntas en esa dirección, pero, seguramente llevados por el miedo que todo intelectual tiene a ser acusado de tomar sus deseos por realidad, no pasaban del «sí, es posible que ocurra algo».

Llegaron las protestas contra las leyes laborales de Hollande (Macron era entonces consejero del presidente, luego ministro de Economía) y la nuit debout, el particular movimiento cívico-juvenil de la Place de la République de París que no cuajó como 15-M francés. Más tarde, ya con Macron de presidente, nuevas protestas contra la reforma laboral a partir de otoño de 2017. En ambos casos, la impresión era la misma: el descontento en Francia era general, pero pasivo. La gente que salía a la calle era la de siempre; la izquierda política (es decir lo que queda a la izquierda del Partido Socialista), militantes, algunos estudiantes y bachilleres (que en Francia son un factor político) y algunos sindicatos pequeños más la CGT, la única gran central sindical aún no descafeinada. No había relación entre descontento y movilización. Y aún más importante: los más desfavorecidos, los barrios periféricos urbanos, dormitorios de la Francia desempleada y de origen emigrante, brillaban por su ausencia. «¿Dónde están las banlieues?», nos preguntábamos.

En la victoria presidencial de Macron las cosas no cuadraban. Había una sensación de producto precocinado por los poderes fácticos en la sombra, un fast food político más propio de la otra orilla del Atlántico que de Francia. Una victoria que se impuso sobre la sospechosa eliminación, vía el kompromat del Penelopegate, el inocente escándalo de la mujer del candidato de la derecha tradicional, François Fillon, quizá demasiado gaullista y demasiado poco antirruso para algunos (para acertar en estas materias es siempre aconsejable pensar mal). Y la victoria de Macron planteaba tanto una crisis de legitimidad —muy poca gente le votó por convencimiento, la mayoría para eludir a Le Pen y con una abstención récord— como una crisis de representatividad: la victoria explosionó la divisoria izquierda/derecha, dejó fuera de juego a los partidos tradicionales y logró un dominio de las élites en la Asamblea Nacional sin precedentes y sin la menor correspondencia con la realidad de la sociedad francesa.

Si a eso se le sumaba la personalidad del presidente, un jovencito tecnócrata triunfador hecho a sí mismo y apadrinado por los poderes fácticos —el medio del que salen los reaccionarios más peligrosos— el cóctel resultaba explosivo. Pero un cóctel Molotov (o «Molokotov», como decía la abuela de un amigo cuando Franco) es algo que no se enciende si no hay chispa. Los chalecos amarillos son la chispa.

Ahora en la calle se ven caras nuevas. No es la izquierda política, es la gente normal, la mayoría perjudicada por la macronía y ofendida por la impertinente incontinencia verbal de este «presidente de los ricos». Gente que está más allá de la política, que no vota, o que vota al Frente Nacional, o a la France Insoumise. Una revuelta social de los de abajo, de la Francia mayoritaria que ha visto su vida deteriorarse en los últimos 20 o 30 años, pero… mayoritariamente blanca.

Siguen ausentes los barrios periféricos de origen emigrante. Si eso cambia, si el fuego provocado por esta chispa prende finalmente en las banlieues, entonces sí que estaremos en la estela de las grandes insurrecciones sociales francesas que tanto oxígeno han proporcionado a la libertad y el progreso social en Europa desde 1789.

Hay que estar bien atento a Francia. Las reivindicaciones se han ido ampliando. En su última expresión ofrecen un catálogo bastante completo de un radical rechazo a la austeridad, la privatización y la creciente desigualdad social. Los políticos se quejan de que es muy difícil negociar con esto (y ahí está la gracia y la fuerza del asunto):

– Más justicia fiscal.
– Salario mínimo de 1.300 euros netos.
– Favorecer al pequeño comercio de los pueblos y los centros urbanos, cesar la construcción de grandes centros comerciales alrededor de las grandes ciudades que matan el pequeño comercio.
– Más aparcamientos gratuitos en los centros de las ciudades.
– Un plan de aislamiento de viviendas para hacer ecología mediante el ahorro de las economías domésticas.
– Más impuestos a las grandes empresas.
– Mismo sistema de seguridad social para todos.
– No a la reforma de las pensiones. Ninguna pensión por debajo de los 1.200 euros.
– Salarios indexados a la inflación.
– Salario máximo de 15.000 euros.
– Proteger la industria nacional. No a las deslocalizaciones.
– Limitar los contratos temporales.
– Promoción industrial del automóvil de hidrógeno (más ecológico que el eléctrico).
– Fin de la política de austeridad. Cese del pago de los intereses ilegítimos de la deuda y combate al fraude fiscal.
– Que los peticionarios de asilo sean bien tratados y que se actúe contra las causas de las emigraciones forzadas.
– Limitación de precios de los alquileres.
– Prohibición de la venta de bienes de la nación (presas, aeropuertos….).
– 25 alumnos por clase como máximo.
– Favorecer el transporte ferroviario de mercancías.
– Tasar el fuel marítimo y el keroseno.


Claro que faltan muchas cosas. Tal como está comportándose el complejo mediático francés ante esta crisis, no tardará en aparecer alguna reivindicación fundamental para democratizar y desmonopolizar medios de comunicación que hoy están en un 80% en manos de grandes corporaciones bastardas y multimillonarios lógicamente hostiles a los intereses de la mayoría social.

Pero, si se negocia esto, o algo parecido a esto, podemos echar el telón sobre la política de austeridad europea: la suma de una Francia en pie, más un Reino Unido fuera de la UE, más el fin del merkelato, dejará a la agenda austeritaria de la derecha alemana fuera de combate en la UE.

Si por el contrario no se negocia y se opta por la represión, o por dejar que el movimiento se pudra, habrá que ver cuál es la reacción social, y, en cualquier caso, no se habrán remediado otras futuras chispas, pues la presencia de materia inflamable ya no es una hipótesis, sino un hecho constatado. En cualquier caso todo el régimen de la V República podría verse sometido a una seria prueba. Hay que estar bien atento a Francia, pues el cambio en la UE depende de ella.

5 diciembre 2018

sábado, 8 de septiembre de 2018

Bienestar animal: una cuestión ética pero también económica


En 2016 había en la Unión Europea 89 millones de cabezas bovinas, 147 millones de cerdos y 87 millones de ovejas. La ciencia del bienestar animal estudia cómo mejorar la calidad de vida de los animales de granja y cómo eso beneficia económicamente a los propios ganaderos.

Agencia SINC
4 septiembre 2018

Se calcula que hace más de 10.000 años que el ser humano cría animales para sacar provecho de ellos en forma de carne, leche, tejidos y otros materiales. La ganadería de hoy poco se parece a la de entonces, pero para muchos urbanitas, cuyo único contacto con una granja se remonta a las excursiones de los años escolares, la idea de una granja sigue siendo la de una casa, un establo y un corral en el campo donde un puñado de animales corretea por los prados verdes.

Pocas granjas hoy cumplen con esa definición. La gran mayoría son más similares a una fábrica: grandes naves industriales en las que viven de media unos 3.000 animales organizados en jaulas o corrales. Solo de esa forma pudieron criarse en 2016 en la Unión Europea 89 millones de cabezas bovinas, 147,2 millones de cerdos y 87,1 millones de ovejas.

Las granjas son hoy lugares automatizados, con flujos constantes de movimiento de animales, en los que la comida y el agua sale de dispensadores automáticos regulados con precisión. Se calcula cuánto tiempo y alimento hacen falta para que el cerdo o la vaca alcancen el peso ideal de la forma más eficiente para después trasladarlo al matadero y vender su carne. Al fin y al cabo, esto es un negocio y el ganadero quiere maximizar sus beneficios.

La idea resulta escalofriante para muchos ciudadanos que preferimos no saber de dónde sale la comida que llena los estantes del supermercado. Es fácil pensar que la de estos animales es una vida de miedo, sufrimiento y dolor.

No maltrates a quien te da de comer

Sin embargo, la industrialización de las granjas no debería significar que los animales que viven en ellas lo hagan en condiciones de maltrato. «Piensa que para un ganadero, los animales son sus recursos. Puede sonar frío, pero es así. Y nadie maltrata los recursos que le dan de comer», explica Arancha Mateos, investigadora del Departamento de Bienestar Porcino de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Politécnica de Madrid.

«Siempre hay un descerebrado que es cruel con su ganado, pero eso no es ni mucho menos habitual por una cuestión ética pero también de lógica y economía», añade la investigadora. También científica: la calidad de vida de los animales de ganado influye en la velocidad a la que crecen y en el estado final de su carne.

La ciencia del bienestar animal (que no se centra solo en los de granja) ya es parte indispensable del esfuerzo general por mejorar la calidad de los alimentos, y cada vez se percibe un vínculo concreto más evidente entre ese bienestar animal y la seguridad alimentaria.

«Las amenazas al bienestar animal, incluyendo la inmunosupresión inducida por el estrés, la dispersión de patógenos en sus alimentos o las modificaciones genéticas pueden comprometer la salubridad y seguridad de los alimentos», explica un capítulo publicado en la monografía Food Chain Quality de la editorial científica Woodhead Publishing.

El texto continúa advirtiendo que «el crecimiento de la ganadería orgánica tiene sus propios desafíos en cuanto a bienestar animal y seguridad alimentaria en lo que se refiere a la seguridad de los animales, la prevalencia de enfermedades parasitarias y la presencia de residuos tóxicos en los alimentos producidos».

No hay por tanto una forma de ganadería, ni intensiva ni orgánica o ecológica, que esté libre de preocupaciones sobre el bienestar animal y la seguridad para el consumidor.


Libertades de los animales sintientes

Un bienestar que la Universities Federation for Animal Welfare, que impulsa el uso de herramientas científicas para asegurar y aumentar esa calidad de vida, concreta en lo que llama las cinco libertades de los animales sintientes, dentro de los que se incluyen todos los vertebrados, y por ello, todos los animales de granja.

— Que estén libres de hambre y sed, asegurándoles el acceso a agua fresca y una dieta suficiente y apropiada para que mantengan su salud y su vigor;

— Que estén libres de dolor, heridas y enfermedades, a través de la prevención y, si hace falta, el diagnóstico y el tratamiento rápido de sus dolencias;

— Que estén libres de la incomodidad, dándoles un entorno apropiado que incluya un refugio y un área cómoda para descansar;

— Que estén libres de miedo y estrés, asegurándoles condiciones y cuidados que eviten también el sufrimiento mental;

— Que sean libres de expresar un comportamiento normal, dándoles espacio suficiente, instalaciones adecuadas y la compañía de otros animales de su especie.

¿Pero cómo afectan estos esfuerzos por mejorar la vida de los animales de granja al resultado de un empresario ganadero, que es al final quien debe considerar el invertir o no en estas mejoras?

Los animales tranquilos crecen mejor

El equipo de Mateos se dedica precisamente a responder esa pregunta. Como parte de sus investigaciones han participado en la construcción de una novedosa nave de bienestar porcino en Madrid, muy cerca de Moncloa, con la que persiguen un doble objetivo: por un lado, reducir las emisiones de amoniaco y otros desperdicios resultado de la actividad ganadera porcina, y por otro, analizar en qué circunstancias los cerdos viven mejor en las explotaciones intensivas y cómo eso afecta a su rendimiento.

«La composición nutricional de un filete es siempre casi la misma, independientemente de cómo haya vivido el animal o lo que haya comido, pero sus condiciones de vida influyen mucho en su ritmo de crecimiento, en su capacidad de reproducción y en su vulnerabilidad ante las enfermedades», explica Mateos.

El estrés de los animales, explica, es el principal enemigo de los ganaderos, entendiendo como estrés el malestar y la agitación general que los animales padecen cuando están enfermos, asustados o, sobre todo, pasan demasiado calor.

«El estrés térmico les sienta fatal. Algo tan simple como que haga demasiado calor hace que no coman y no se muevan, y si no comen, no crecen». Ocurre lo mismo con el miedo: los animales asustados se estresan, pueden ser agresivos y comen menos, lo cual supone menos crecimiento y, de nuevo, menos beneficios.

Los científicos buscan nuevas y mejores formas de controlar ese estrés. El enfoque tradicional consiste en medir los niveles de determinadas hormonas, principalmente cortisol, unidos a determinados cambios de comportamiento e inmunológicos, pero a día de hoy se empiezan a considerar insuficientes estos métodos tradicionales y se recurre a modernas tecnologías de genómica y proteómica para identificar biomarcadores y mecanismos moleculares relacionados con el estrés.

Calidad de vida hasta el último momento

Existe un momento en especial en el que ganaderos y veterinarios ponen especial cuidado en evitar el sufrimiento de los animales y es en la antesala a su muerte. Las horas previas al sacrificio del ganado deben ser tranquilas para ellos, sin miedo, sin hambre, sin calor y sin dolor. Si estas circunstancias no se cumplen pueden sufrir el llamado estrés ante mortem, una circunstancia por la que cambios hormonales bruscos que afectan a la composición química de la sangre y del tejido muscular del animal.

En un estudio publicado en la revista Journal of Animal Science que analiza las opciones nutricionales para reducir este estrés se explica que «las respuestas fisiológicas al estrés ante mortem incluyen la deshidratación, el desequilibrio de los electrolitos, la disminución del glucógeno en el músculo y la destrucción de grasa y proteínas».

Hay que considerar que todo lo que ocurre entre las 24 y las 48 horas previas a la matanza tiene un potencial efecto económico sobre el negocio del ganadero, que va desde una disminución de peso del animal todavía vivo hasta problemas de calidad de la carne a posteriori, identificados con las siglas DFD (dark, firm and dry u oscura, dura y seca) o PSE (pale, soft and exudative o pálida, blanda y exudativa), que hará que esta valga mucho menos cuando llegue al mercado.

En un entorno en el que los consumidores cada vez imponen más el criterio ético a sus decisiones alimentarias, tratar bien al ganado es una cuestión económica. No se trata de demonizar al sector ganadero y su industrialización, sin la que difícilmente sería posible alimentar a una sociedad acostumbrada a comer más carne de la que debería, sino de estudiar cómo hacer que la vida de esos animales sea lo más apacible y feliz posible.