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jueves, 17 de noviembre de 2022

En el Centenario de Ricardo Flores Magón

ROJO Y NEGRO, 372

 

Cuando se habla de una revolución como la mexicana, nos viene a la cabeza las figuras populares de Pancho Villa y Emiliano Zapata como sus mitos revolucionarios, pero no fueron los únicos. La primera de las revoluciones del siglo XX donde el papel de las clases populares y sus exigencias se hiciesen notar, aunque terminasen siendo manoseadas por los intereses del poder resultante. La Historia, las más veces, la cuentan los vencedores, aun así, de vez en cuando podemos oír voces que nos cuentan otra realidad, la de los herederos de los «vencidos», que nunca fueron acalladas del todo. Una de estas voces es la de un ácrata mexicano desconocido por la gran mayoría y considerado como uno de los precursores de la Revolución Mexicana, su nombre era Ricardo Flores Magón. Participó, junto a Jesús, su hermano mayor, en las protestas estudiantiles de 1892 contra la dictadura de Porfirio Díaz (el militar que llevó la «Paz y Progreso» al país a costa de oprimir a su pueblo), asunto que le llevó la primera vez a prisión. Al año siguiente tras salir de la cárcel entró a trabajar en el periódico 'El Demócrata' que no duró mucho.

 

Con su hermano fundó en 1900 el periódico 'Regeneración', medio inicialmente crítico con los errores del sistema judicial y su corrupción evolucionó a atacar directamente al régimen, lo que les puso en el punto de mira. Paralelo a ello, el liberal Camilo Arriaga (sobrino-nieto del diputado que presidió la comisión parlamentaria que redactó la Constitución Mexicana de 1857) invitaba a la reconstrucción del Partido Liberal en un Congreso en San Luis Potosí para el año siguiente, tras las declaraciones de un obispo que afirmaba que el país abandonó el laicismo juarista. Los hermanos Flores Magón asistieron, y Ricardo se dio a conocer con un discurso que iba más allá de lo esperado, atacó directamente al gobierno del dictador denominándolo «madriguera de bandidos». Este Congreso dio pie a la formación de una red de varios clubes liberales opositores en todo el país, sobre los cuales pronto cayó la represión.

 

'Regeneración' es clausurado y los hermanos Flores Magón son arrestados, al salir de la cárcel Jesús decide abandonar la lucha, pero es sustituido por el hermano pequeño, Enrique. Los hermanos alquilan otro periódico 'El Hijo del Ahuizote' que también es prohibido, mientras la dictadura reprime y encarcela constantemente a los demás liberales. Ante este panorama los integrantes del partido deciden exiliarse a los EEUU para seguir con su lucha contra el régimen entre 1903-04. Pero, la sombra de la dictadura porfirista es alargada y se suma la complicidad de las autoridades norteamericanas la persecución continúa. Desde Texas huyen a Missouri y luego a Canadá, para terminar asentándose en California. En 1905 se produce la primera escisión dentro de las filas del formado Partido Liberal Mexicano (PLM), Camilo Arriaga representa la facción moderada frente a la radical de Ricardo Flores Magón. Los moderados defienden una lucha simplemente política apoyando electoralmente a candidatos independientes, los radicales optan —debido a las circunstancias— por la lucha armada para acabar con la dictadura. Otro punto en controversia es que los primeros defienden una ideología meramente liberal: la defensa de las libertades políticas; mientras los segundos optan por el socialismo y a la defensa de los derechos del pueblo trabajador, ya que sin igualdad económica y social no puede haber libertad política. Los moderados abandonan y el PLM se radicaliza. Y esta es la línea a seguir desde entonces, también a tener en cuenta, esta organización más que un partido político termina siendo más un movimiento.

 

En 1906 sale a la luz el Programa del PLM, redactado por Juan Sarabia y con aportaciones de Antonio Villarreal, Ricardo y Enrique Flores Magón como Librado Rivera solo estampan su firma. Este Programa es defendido durante unos años y resultó ser inspiración de la futura Constitución Mexicana de 1917, una de las más avanzadas del momento. Dentro se trataba temas tanto de las limitaciones de los gobernantes, como la asistencia sanitaria y enseñanza básica gratuitas, la igualdad de género, los derechos de los trabajadores y la reforma agraria, incluso de la abolición del servicio militar y la prohibición del trabajo infantil. Debido a su excesiva legalidad y moderación no fue muy del agrado de los hermanos Flores Magón —para ellos se quedaba algo corto—, ya que éstos, después de contactar en el exilio con los sindicalistas revolucionarios de la IWW o gente como Emma Goldman y otros inmigrantes, ya habían asimilado una ideología libertaria, aunque su estrategia fue seguir denominándose «liberales» aunque ya no lo fuesen.

 

También 1906 fue el año de dos hechos importantes en el México prerrevolucionario: Las huelgas de Cananea y Rio Blanco, duramente reprimidas por el gobierno. Huelgas en que agitadores vinculados al PLM estaban presentes. Y también el primer intento revolucionario de lucha armada contra la dictadura, fallido por el papel de los espías infiltrados en el PLM que dieron al traste con ella.

 

En 1908 hubo otro intento de levantamiento armado, que también fracasó. Durante estos acontecimientos el periódico 'Regeneración' fue sustituido temporalmente, en 1907, por 'Revolución'.

 

El PLM había preparado el camino para que surgiese el levantamiento armado convocado por Madero en 1910. Madero con su campaña electoral del mismo año se dio a conocer en todo el país, además de tener el apoyo de las clases medias y sectores descontentos de la oligarquía, también llegó a las clases populares, aprovechando la situación de clandestinidad del PLM que quedó relegado a un segundo plano influyente entre la gente. Con su llamamiento a levantarse contra el Gobierno de Porfirio Díaz y con la promesa de devolver las tierras usurpadas a los campesinos, en varias zonas cogieron las armas y se sublevaron, lo que dio pie a la Revolución Mexicana.

 

Aunque fracasasen los levantamientos armados de 1906 y 1908 los grupos armados pelemistas se mantuvieron. Las guerrillas pelemistas —minoritarias, pero activas— se coordinaron con las maderistas contra el enemigo común gubernamental, aunque guardando las distancias, ya que el objetivo del PLM era la revolución social, y el de Madero solo un simple cambio de poder, lo que en varios casos llevó al enfrentamiento. A pesar de todo, los argumentos de Flores Magón críticos contra Madero no llegaron a todas partes, y muchas guerrillas se coordinaban y se pasaban al maderismo creyendo que estaba todo acordado. Sin el empuje inicial y la experiencia de las guerrillas pelemistas hubiese sido muy difícil que la revolución se produjese, algo que fue aprovechado por los maderistas. Aun así, la iniciativa del PLM perdía terreno ante el maderismo. Recordemos que la represión contra el PLM fue mucho mayor que contra el maderismo, tanto en México como en los EEUU, por lo que su influencia se redujo. Se conoce el caso del veterano guerrillero del PLM Prisciliano Silva que al no reconocer a Madero como presidente provisional fue hecho arrestar por orden de éste, lo que conllevó duros ataques y la ruptura definitiva con Ricardo Flores Magón. Madero no era de fiar, y eso se vio después.

 

En 1911 se produce la segunda escisión dentro de las filas del PLM, Antonio Villarreal con otros militantes, incluidas sus dos hermanas, abandonan y se pasan al maderismo (Juan Sarabia cuando sale de la cárcel también) y rechazan el anarquismo que ya defienden los hermanos Flores Magón. En ese mismo año sacan un Manifiesto más radical en el que llaman a la expropiación de las tierras y medios de producción para gestionarlo todo comunalmente (como venían haciéndolo los pueblos indígenas desde siempre). Con este Manifiesto de 1911 ponen en entredicho el Programa de 1906, la lucha no ha de consistir solo en derribar al tirano y cambiar las leyes, sino en atacar al sistema capitalista que lo sustenta y que explota a la clase trabajadora. Los escindidos (incluido entre ellos Jesús Flores Magón, el hermano mayor que abandonase el activismo antaño) intentan, poco después, convencerlos a través de unas comisiones negociadoras enviadas por Madero para que abandonen la lucha sin conseguirlo (Ricardo rechazó, incluso, la oferta de la vicepresidencia en el futuro gobierno de Madero); lo que provoca el ataque frontal del maderismo a un PLM ya abiertamente anarquista.

 

Aun así, el PLM organizó una expedición guerrillera en Baja California, a la que se les unieron muchos anarquistas norteamericanos y militantes del IWW, además de algunos indígenas, dándolo un carácter más internacional, que es derrotada tras el paso permitido de tropas federales mexicanas por territorio estadounidense y también las divisiones internas. Este suceso vino acompañado de una ruin y difamadora propaganda mediática que les denunciaba de querer separar el territorio de México para entregárselo a los EEUU, que era totalmente falsa. Y que a día de hoy siguen muchos creyéndoselo a pies juntillas.

 

Como dije antes, el pensamiento político-social de Ricardo Flores Magón evolucionó hacia el anarquismo desde el liberalismo juarista, un liberalismo republicano y anticlerical. En el exilio norteamericano entró en contacto con anarquistas de origen europeo y asimiló «la Idea». Ideario que venía madurando tras las lecturas de libros de Bakunin y Kropotkin (así como de Marx) de la biblioteca de Camilo Arriaga. Si a esto añadimos las condiciones penosas de la represión que venía sufriendo desde hace años y que le hizo desconfiar más de todo aquello que provenga del Estado, como las experiencias de su infancia temprana entre los indios mazatecos, los cuales practicaban la democracia directa y el apoyo mutuo como parte de sus usos y costumbres. Un pensamiento libertario que también compartía Ricardo con su hermano Enrique Flores Magón (con Jesús, no) y Librado Rivera. Sus críticos les denominaron como «magonistas», término que nunca aprobaron. «No somos 'magonistas' ni seguimos a ninguna personalidad», «No soy 'magonista', soy anarquista. Un anarquista no tiene ídolos», frases que dijeron como rechazo a tal definición que convertía a Ricardo en líder absoluto o caudillo de un movimiento personalista que no era cierto. Pero, con su uso a lo largo del tiempo, voy a usarlo también, ya que las lenguas están vivas y el significado original de las palabras varía. Dentro del 'magonismo' (o 'anarcopelemismo', como también prefiero definirlo) podemos incluir a Práxedis Guerrero (muerto al comienzo de la Revolución), como también a Fernando Palomares (activo organizador en la huelga de Cananea y participe en la campaña de Baja California); añádase a Antonio de Pío Araujo (que estuvo al cargo de 'Regeneración' y el PLM durante varios de los encarcelamientos de sus compañeros) y Anselmo Figueroa (redactor del periódico), estos dos últimos firmaron también el Manifiesto de 1911. Todos ellos compañeros de vicisitudes y batallas, entre otros.

 

También hubo participación femenina en sus filas, el papel como mensajeras fue vital para el movimiento, debido al machismo de las autoridades pasaban más desapercibidas. Ellas ponían en contacto a todos los grupos pelemistas, filtraban con mayor facilidad propaganda e, incluso, armas; un soporte que fue de gran importancia. Y en la región fronteriza del sur de los EEUU la publicación de muchos periódicos fue obra de ellas. Sin olvidarnos del apoyo moral que le brindó al mismo Ricardo su compañera sentimental María Broussé, sin el cual le hubiese sido imposible soportar las intermitentes temporadas de cautiverio.

 

El lema «Tierra y Libertad» proviene del populismo ruso decimonónico y que pasó al anarquismo a través de Bakunin, y que el 'magonismo' adoptó; sin olvidarnos de que la bandera roja del PLM llevaba las letras escritas en blanco de tal lema. El periódico ácrata de Barcelona 'Tierra y Libertad' (años después convertido en órgano de expresión de la FAI) mantuvo estrechas relaciones con los 'magonistas'. Aunque el lema fuese erróneamente atribuido al zapatismo, este movimiento revolucionario campesino lo adoptó tras contactar con ellos, y, además, su Plan de Ayala estaba influenciado por el discurso expropiador de los medios de producción del PLM. Se sabe que Zapata invitó a Flores Magón a que editase 'Regeneración' desde Morelos —territorio zapatista— lo cual fue rechazado por el carácter internacionalista del 'magonismo'. Mientras el PLM enarbolaba la bandera roja (y no la rojinegra) de la revolución social, el zapatismo lo hacía con la bandera tricolor nacional, ya que el sentimiento antiestatal de los unos chocaba con el patriotismo de los otros. Pero respeto mutuo siempre mantuvieron, a pesar de las diferencias, lo que conllevó muchas críticas de parte del anarquismo internacional.

 

Y ya que he comentado a los pueblos indígenas, merece la pena hacer una mención al pueblo yaqui del sur de Sonora. A este pueblo le robaron las tierras en nombre del progreso y tuvo que declarar la guerra al gobierno mexicano. Las represalias fueron durísimas con ellos, a muchos condenaron a trabajar como esclavos para las haciendas, pero su espíritu rebelde (bronco) nunca se perdió. Crearon una red clandestina para armarse, red que también fue usada por el PLM en sus insurrecciones de 1906 y 1908, ya que también entre ellos entablaron contactos. Incluso los yaquis también adoptaron el lema 'magonista' aunque modificado, como «Libertad y Tierras». No fueron los únicos indígenas que colaboraron con el PLM, como ocurrió en Veracruz y Baja California. Sin olvidarnos del activo 'magonista' Fernando Palomares, que era indio mayo. También debemos tener en cuenta que quienes más reivindican actualmente la memoria de Ricardo Flores Magón son los mismos movimientos indígenas de Oaxaca y de otros estados mexicanos.

 

Uno de los momentos más inefables de la historia del movimiento obrero fue la alianza de la COM con el carrancismo para combatir a los ejércitos campesinos de Villa y Zapata, a través de los llamados «Batallones Rojos». Tras la derrota de estos, Carranza desarmó tales batallones, y luego reprimió con dureza toda huelga, los obreros ya no le hacían falta. Ambos hechos también fueron denunciados por Ricardo Flores Magón desde el periódico. El posibilismo inundó tal organización sindical y todo vínculo con el 'magonismo' fue erradicado dentro de sus filas, llegando incluso a colaborar con el gobierno carrancista para neutralizar todo oponente a tal pacto. Aunque a Ricardo Flores Magón se le atribuyó formar parte del anarcosindicalismo, nunca consideró que las reivindicaciones consistentes en aumentar los salarios y reducir las horas, así como mejorías en las condiciones laborales, fuesen verdaderamente anticapitalistas; él era de la línea anarco-comunista como Kropotkin y Malatesta.

 

En 1915, después de salir de uno de sus tantos encarcelamientos, Flores Magón y y quienes le rodeaban se fueron a vivir a una comuna que hicieron en California. Se dedicaron a cultivar árboles frutales y criar pollos, mientras algunos componentes salían fuera a trabajar para llevar ingresos al fondo común. Fue una breve experiencia hasta que volvió a ser detenido por lo que escribía contra el Gobierno mexicano. Emma Goldman fue testigo de uno de sus juicios, vio como cuando llegaba a la sala el juez, nadie se levantaba, pero cuando entraban los Flores Magón, todo el mundo —la mayoría trabajadores mexicanos— se levantaba ante ellos como señal de admiración y respeto. En 1918 se produce la ruptura entre los dos hermanos, Ricardo y Enrique, quedándose muy menguado el PLM y el periódico 'Regeneración'. En ese mismo año Ricardo Flores Magón y Librado Rivera firman otro manifiesto dirigido a todos los obreros y anarquistas del mundo, en el que se condena al capitalismo y a la Gran Guerra que asolaba Europa, lo que les conllevó la definitiva condena a prisión de varios años y que puso fin a la vida de Ricardo. Una cuarta parte de su vida lo pasó tras el muro de las prisiones.

 

Las duras condiciones de la prisión fueron mermando la salud de Ricardo Flores Magón. La presión callejera para liberarlo fue nula en ambos lados de la frontera. Incluso rechazó una pensión que parlamentarios mexicanos querían darle. Cuando se le obligó a pedir perdón para poder salir, también se negó, ya que él no había hecho ningún mal y arrepentirse sería dar la razón a sus opresores. En la madrugada del 21 de noviembre de 1922, apareció muerto, su causa aún es desconocida, se cree que lo asesinaron, aunque otras fuentes indican que de un paro cardiaco. Fuese provocada o no su muerte fue responsabilidad del sistema penitenciario y judicial norteamericano, que le privó de toda atención médica. Cuando desde el Gobierno mexicano se quisieron hacer cargo del cadáver, sus familiares se negaron. Fue un sindicato ferroviario quién se encargó de devolverlo a México y hacer el funeral. Entierro multitudinario lleno de banderas rojas. El capitalismo estadounidense lo quería muerto, por el apoyo popular que aún arrastraba su persona.

 

A Flores Magón se le ha considerado el precursor de la Revolución Mexicana, pero ésta no fue su revolución. La suya era mundial, internacionalista, y no patriótica, por eso estuvo en California y no regreso a suelo mexicano en vida. Esperaba que todos desposeídos y parias de la Tierra se levantasen, empezando con los mexicanos. Y en este año 2022 se va a cumplir el Centenario de su muerte, irónicamente el Gobierno de México ha declarado oficialmente este su año, cuando Ricardo Flores Magón nunca quiso nada de ningún gobierno ni parlamento, los detestaba: «Ante todo debo decir que me repugnan los Gobiernos. Estoy firmemente convencido de que no hay ni podrá haber un Gobierno bueno». Por ello se le tildó de sectario y extremista, pero era su forma de pensar. El Gobierno de AMLO en México lo que está haciendo con ello es faltar a su memoria, él fue una figura del Pueblo y no de las instituciones que se merece un mayor respeto.

TIERRA Y LIBERTAD.

 Pablo GC

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Hacia una crisis de régimen en Francia


Si el fuego prende finalmente en las 'banlieues', entonces sí que estaremos en la estela de las grandes insurrecciones sociales francesas que tanto oxígeno han proporcionado a la libertad y el progreso social en Europa desde 1789

Por RAFAEL POCH

En junio de 2017, cuando Macron ganó las presidenciales, pronostiqué una crisis de régimen en Francia. Desde que llegué a ese país, en 2014, hasta mi despido como corresponsal en París hace un año, nunca cesó de rondarme la impresión de materia inflamable a la espera de chispa. Muchos observadores franceses de la izquierda respondían en positivo a mis preguntas en esa dirección, pero, seguramente llevados por el miedo que todo intelectual tiene a ser acusado de tomar sus deseos por realidad, no pasaban del «sí, es posible que ocurra algo».

Llegaron las protestas contra las leyes laborales de Hollande (Macron era entonces consejero del presidente, luego ministro de Economía) y la nuit debout, el particular movimiento cívico-juvenil de la Place de la République de París que no cuajó como 15-M francés. Más tarde, ya con Macron de presidente, nuevas protestas contra la reforma laboral a partir de otoño de 2017. En ambos casos, la impresión era la misma: el descontento en Francia era general, pero pasivo. La gente que salía a la calle era la de siempre; la izquierda política (es decir lo que queda a la izquierda del Partido Socialista), militantes, algunos estudiantes y bachilleres (que en Francia son un factor político) y algunos sindicatos pequeños más la CGT, la única gran central sindical aún no descafeinada. No había relación entre descontento y movilización. Y aún más importante: los más desfavorecidos, los barrios periféricos urbanos, dormitorios de la Francia desempleada y de origen emigrante, brillaban por su ausencia. «¿Dónde están las banlieues?», nos preguntábamos.

En la victoria presidencial de Macron las cosas no cuadraban. Había una sensación de producto precocinado por los poderes fácticos en la sombra, un fast food político más propio de la otra orilla del Atlántico que de Francia. Una victoria que se impuso sobre la sospechosa eliminación, vía el kompromat del Penelopegate, el inocente escándalo de la mujer del candidato de la derecha tradicional, François Fillon, quizá demasiado gaullista y demasiado poco antirruso para algunos (para acertar en estas materias es siempre aconsejable pensar mal). Y la victoria de Macron planteaba tanto una crisis de legitimidad —muy poca gente le votó por convencimiento, la mayoría para eludir a Le Pen y con una abstención récord— como una crisis de representatividad: la victoria explosionó la divisoria izquierda/derecha, dejó fuera de juego a los partidos tradicionales y logró un dominio de las élites en la Asamblea Nacional sin precedentes y sin la menor correspondencia con la realidad de la sociedad francesa.

Si a eso se le sumaba la personalidad del presidente, un jovencito tecnócrata triunfador hecho a sí mismo y apadrinado por los poderes fácticos —el medio del que salen los reaccionarios más peligrosos— el cóctel resultaba explosivo. Pero un cóctel Molotov (o «Molokotov», como decía la abuela de un amigo cuando Franco) es algo que no se enciende si no hay chispa. Los chalecos amarillos son la chispa.

Ahora en la calle se ven caras nuevas. No es la izquierda política, es la gente normal, la mayoría perjudicada por la macronía y ofendida por la impertinente incontinencia verbal de este «presidente de los ricos». Gente que está más allá de la política, que no vota, o que vota al Frente Nacional, o a la France Insoumise. Una revuelta social de los de abajo, de la Francia mayoritaria que ha visto su vida deteriorarse en los últimos 20 o 30 años, pero… mayoritariamente blanca.

Siguen ausentes los barrios periféricos de origen emigrante. Si eso cambia, si el fuego provocado por esta chispa prende finalmente en las banlieues, entonces sí que estaremos en la estela de las grandes insurrecciones sociales francesas que tanto oxígeno han proporcionado a la libertad y el progreso social en Europa desde 1789.

Hay que estar bien atento a Francia. Las reivindicaciones se han ido ampliando. En su última expresión ofrecen un catálogo bastante completo de un radical rechazo a la austeridad, la privatización y la creciente desigualdad social. Los políticos se quejan de que es muy difícil negociar con esto (y ahí está la gracia y la fuerza del asunto):

– Más justicia fiscal.
– Salario mínimo de 1.300 euros netos.
– Favorecer al pequeño comercio de los pueblos y los centros urbanos, cesar la construcción de grandes centros comerciales alrededor de las grandes ciudades que matan el pequeño comercio.
– Más aparcamientos gratuitos en los centros de las ciudades.
– Un plan de aislamiento de viviendas para hacer ecología mediante el ahorro de las economías domésticas.
– Más impuestos a las grandes empresas.
– Mismo sistema de seguridad social para todos.
– No a la reforma de las pensiones. Ninguna pensión por debajo de los 1.200 euros.
– Salarios indexados a la inflación.
– Salario máximo de 15.000 euros.
– Proteger la industria nacional. No a las deslocalizaciones.
– Limitar los contratos temporales.
– Promoción industrial del automóvil de hidrógeno (más ecológico que el eléctrico).
– Fin de la política de austeridad. Cese del pago de los intereses ilegítimos de la deuda y combate al fraude fiscal.
– Que los peticionarios de asilo sean bien tratados y que se actúe contra las causas de las emigraciones forzadas.
– Limitación de precios de los alquileres.
– Prohibición de la venta de bienes de la nación (presas, aeropuertos….).
– 25 alumnos por clase como máximo.
– Favorecer el transporte ferroviario de mercancías.
– Tasar el fuel marítimo y el keroseno.


Claro que faltan muchas cosas. Tal como está comportándose el complejo mediático francés ante esta crisis, no tardará en aparecer alguna reivindicación fundamental para democratizar y desmonopolizar medios de comunicación que hoy están en un 80% en manos de grandes corporaciones bastardas y multimillonarios lógicamente hostiles a los intereses de la mayoría social.

Pero, si se negocia esto, o algo parecido a esto, podemos echar el telón sobre la política de austeridad europea: la suma de una Francia en pie, más un Reino Unido fuera de la UE, más el fin del merkelato, dejará a la agenda austeritaria de la derecha alemana fuera de combate en la UE.

Si por el contrario no se negocia y se opta por la represión, o por dejar que el movimiento se pudra, habrá que ver cuál es la reacción social, y, en cualquier caso, no se habrán remediado otras futuras chispas, pues la presencia de materia inflamable ya no es una hipótesis, sino un hecho constatado. En cualquier caso todo el régimen de la V República podría verse sometido a una seria prueba. Hay que estar bien atento a Francia, pues el cambio en la UE depende de ella.

5 diciembre 2018

martes, 20 de noviembre de 2018

1918: el final de la guerra y el fantasma de la revolución


EN EL CENTENARIO DEL ARMISTICIO

Por JESÚS RODRÍGUEZ BARRIO*

El 14 de noviembre de 1918, el recluta estadounidense Arthur Yensen se hallaba registrando las márgenes del Mosa, campo de batalla sembrado de cadáveres en descomposición. Dentro del terrible espectáculo que se ofrecía a sus ojos pudo ver, entre otras cosas, «una pierna con los genitales colgando de un extremo», «una cabeza sin cuerpo», «un estómago esparcido sobre la hierba, y enrollados en las ramas de un árbol cercano, los intestinos» y por último, «un soldado estadounidense pateándole la cara a un alemán muerto hasta hacérsela papilla» [1]. La peor matanza vivida hasta entonces por la humanidad (la Gran Guerra) había terminado en el frente occidental, a las 11 horas del día 11 de noviembre de 1918, en virtud del Armisticio acordado según las condiciones pactadas el 6 de noviembre por el representante del gobierno imperial del káiser, Matthias Erzberger, y el mariscal Foch, quien le había hecho entrega del paquete de condiciones impuestas por los Aliados en un vagón de tren estacionado en el claro de un bosque cerca de Compiègne [2].

El espíritu que impregnó el Armisticio de 1918, y todo el final de la guerra, queda perfectamente representado por las concesiones realizadas a última hora por Foch en aquella entrevista, permitiendo al ejército alemán entregar un número menor de camiones, aparatos aéreos y ametralladoras con el objetivo de «mantener una fuerza disciplinada para utilizarla contra el bolchevismo». Por el mismo motivo se eliminó también la exigencia de la retirada inmediata de suelo ruso [3].

El detonante que puso en marcha la secuencia de acontecimientos que confluyeron en el alto el fuego del 11 de noviembre de 1918 fue la noticia, recibida el 28 de septiembre, de que Bulgaria había solicitado un armisticio. Ese día, después de las derrotas continuadas de aquel verano en el Marne y Amiens, el general Ludendorff (máximo dirigente en la práctica del Ejército y el Gobierno de la Alemania Imperial) sufrió una crisis nerviosa y llegó a la conclusión de que Alemania debía solicitar inmediatamente la paz, iniciando contactos con el presidente de los Estados Unidos (Woodrow Wilson) para conseguir cuanto antes un armisticio en el frente occidental. Como dijo el propio Ludendorff a los miembros de su Estado mayor, era prioritario «evitar que la derrota provocara una retirada desordenada del Ejército convirtiéndolo en un instrumento inútil para combatir la revolución». Los soldados ya estaban envenenándose de ideas socialistas y resultaba imposible confiar en las tropas ante el previsible avance en masa de los Aliados. Había que evitar a toda costa el derrumbamiento del Ejército [4].

Como parte de la operación era imprescindible una democratización perfectamente orquestada (una revolución desde arriba, para evitar otra desde abajo). Los socialistas [o socialdemócratas] debían entrar en el gobierno para compartir la responsabilidad de la derrota. En realidad, las posiciones no estaban tan lejanas en este punto pues el presidente (Wilson) deseaba la permanencia de Guillermo II en el trono (aunque fuera solo nominalmente): lo consideraba incluso una garantía de que Alemania no cayera en manos bolcheviques.

Durante el mes de octubre tuvo lugar un intercambio continuado de mensajes entre Berlín y Washington al margen de los aliados europeos. En el curso de la negociación, Ludendorff endureció su posición y finalmente se enfrentó con el káiser, que lo relevó en el mando, y con el canciller (príncipe Maximiliano) que estaba convencido de que si no satisfacían el deseo de paz del pueblo «la revolución acabaría con ellos como había acabado con los liberales en Rusia» [5].

Los Aliados discutieron las condiciones del armisticio en dos conferencias celebradas en París entre el 6 y 9 de octubre y entre el 29 de octubre y el 4 de noviembre. Entre ambas tuvo lugar el hundimiento de los socios de Alemania. El 30 de octubre, el imperio otomano firmó el armisticio aceptando unas condiciones muy duras (la noticia de la petición había llegado a Berlín el día 19) y el Imperio Austrohúngaro se desintegró durante el mes de octubre como consecuencia de diversas revoluciones nacionales que también tuvieron un importante componente social en las grandes ciudades, particularmente en Viena y Budapest. El 3 de noviembre se firmó el armisticio en el frente italiano.

La desintegración de Austria-Hungría abría una importante amenaza para Alemania a través de la frontera sur de Baviera, pero el episodio final del hundimiento tuvo lugar en Kiel, cuando los marineros de la III Escuadra de acorazados se amotinaron como respuesta a los planes de la SKL (Dirección de Guerra Naval) para llevar a cabo una acción suicida contra la Royal Navy en los últimos días de la guerra. El 3 de noviembre el Ejército disparó sobre una gran manifestación contra la guerra que recorrió el centro de la ciudad. El 4 de noviembre (Lunes Rojo) los marineros se hicieron con el control de los grandes barcos. La guarnición de la ciudad se les unió y se creó un consejo de soldados que se hizo con el poder local. El SPD envió a uno de sus líderes, Gustav Noske [6], con el objetivo de controlar el movimiento y restablecer el orden. Noske fue elegido presidente del consejo de soldados de Kiel pero la revolución se extendió como la pólvora por todas las capitales de provincia y los insurgentes se hicieron con el control de los puentes sobre el Rin, lo cual hacía casi imposible restaurar el orden mediante las tropas del frente occidental.


El día 6, como consecuencia del hundimiento de todos sus aliados y el estallido de la revolución, el gobierno alemán envió su delegación para negociar con los aliados, con el mandato de conseguir un alto el fuego a cualquier precio. Pero cuando Erzberger transmitió las condiciones negociadas en Compiègne el gobierno del káiser ya había dejado de existir.

El día 7 los líderes del SPD comunicaron al canciller Maximiliano que, si el káiser no abdicaba, estallaría una revolución social. El canciller dimitió y el 9 de noviembre anunció, por su propia iniciativa, que el káiser había abdicado transmitiendo el poder a un gobierno presidido por el socialista Friedrich Ebert. Los jefes del SPD, aunque republicanos en teoría, habían manifestado sus preferencias por una monarquía constitucional, pero ese mismo día el socialista Scheidemann (copresidente del SPD junto a Ebert) proclamó la República desde el edificio del Reichstag para evitar la proclamación espartaquista de un régimen soviético [7].

En realidad el káiser aún no había abdicado, pero lo hizo ese mismo día después de comprobar que la mayoría de los altos mandos del ejército consideraban imposible restablecer el orden monárquico ante la falta de unidades militares de confianza. El día 10 partió camino de Holanda, cuyo Gobierno le había ofrecido asilo político.

Ese mismo día el socialista Ebert, nuevo jefe del Gobierno, comunicó a los Aliados su aceptación del armisticio con las condiciones pactadas en Compiègne y entabló conversaciones secretas con el general Wilhelm Groener (sucesor de Ludendorff como jefe del Ejército) en las que se comprometió a mantener intacto el aparato burocrático imperial, combatir el bolchevismo y a respetar los derechos de mando de los oficiales con el objetivo fundamental de mantener el orden público y frenar la revolución. La 'Revolución de Noviembre' también preservó las élites judiciales, académicas y empresariales de la Alemania Imperial [8].

El armisticio dejó sin efecto los tratados de Brest-Litovsk y Bucarest pero permitió, en la práctica, el mantenimiento de algunas tropas voluntarias (freikorps) en el este de Europa para contener a los bolcheviques. Desde el principio, se impusieron duras limitaciones y condiciones de desmovilización al Ejército alemán (concretadas posteriormente en el Tratado de Versalles) pero permitiendo a Alemania conservar intacta toda su estructura de mando y el cuerpo de oficiales.

Lloyd George y Henry Wilson (jefe de la Fuerza Expedicionaria Británica, BEF) sintieron gran alivio cuando supieron que sus tropas no tenían que invadir unas regiones enemigas infestadas de bolcheviques, eludiendo la posible contaminación que se hubiera podido derivar de una presencia continuada en un territorio hostil lleno de elementos revolucionarios [9].

El 10 de diciembre de 1918 el socialista Ebert recibió, en la Puerta de Brandeburgo, a las tropas que regresaban del frente con unas palabras que pasaron a la historia: «Ningún enemigo os ha vencido». El objetivo evidente era congraciarse con las fuerzas del militarismo reaccionario para prevenir un golpe militar y conseguir su apoyo para hacer frente a la inminente amenaza de la revolución comunista. Acababa de nacer la leyenda de la puñalada por la espalda, cultivada posteriormente, con gran éxito, por el oportunista Ludendorff y el Partido Nazi como elemento fundamental para potenciar el revanchismo militarista alemán y la persecución de todos los traidores del frente interior.

Más de medio millón de soldados perdieron la vida o resultaron heridos durante las semanas de negociaciones del armisticio, durante las cuales los combates continuaron con gran ferocidad en Flandes y en el Mosa [10]. Durante el mes de octubre la epidemia de gripe mataba diariamente a 7.000 personas en Gran Bretaña. La gripe mató a más de 500.000 estadounidenses, superando el número total de soldados muertos en combate entre las dos guerras mundiales, la guerra de Corea y la guerra de Vietnam. Se calcula que entre 20 y 30 millones de personas murieron en el mundo como consecuencia de la epidemia. Aparte de las víctimas de la gripe, se calcula que casi medio millón de civiles murieron en Alemania durante el último año de la guerra como consecuencia del hambre y la miseria causados en gran parte por el bloqueo impuesto por los Aliados.


Todos estos datos son, sin duda, argumentos en favor de los beneficios que representó para la humanidad la conclusión anticipada de la guerra mediante un armisticio sin llegar a la invasión de Alemania y su ocupación militar. Pero es muy probable que, de haber continuado la guerra, la resistencia militar de Alemania hubiera sido prácticamente nula después de la revolución de noviembre y, por otra parte, el armisticio no significó el final del bloqueo, que fue mantenido como instrumento de presión durante el tiempo que duraron las negociaciones del tratado de Versalles, prolongando el hambre, la miseria, la muerte y el sufrimiento entre la población civil de Alemania.

En aquel momento no faltaron voces, entre los propios Aliados, que previnieron sobre los posibles efectos futuros de la conclusión anticipada de los combates; entre ellos, Poincaré (presidente francés), Pershing [11] (jefe de la Fuerza Expedicionaria de los Estados Unidos, AEF) o el propio Lloyd George (primer ministro británico) quien, a pesar de sus sentimientos reaccionarios favorables a preservación de la estructura de la Alemania Imperial como garantía frente al bolchevismo, mostró un destello de clarividencia durante la última conferencia de paz, que finalizó en París el 4 de noviembre, cuando preguntó «si un armisticio en aquellos momentos no dejaría a los alemanes la sensación de no haber sufrido derrota alguna, impulsándolos a declarar de nuevo la guerra en menos de 20 años» [12].

Sin duda, más allá de cualquier consideración humanitaria, fue el miedo a provocar el hundimiento completo del Ejército y del Estado de la Alemania Imperial (y el consiguiente peligro revolucionario) el principal motivo que provocó el deseo confluyente de las dos partes para concluir de forma urgente los combates mediante el armisticio de noviembre de 1918 [13].

El Armisticio de 1918 y la política de la socialdemocracia alemana perdonaron la vida a las fuerzas más reaccionarias de la Alemania Imperial, pero en aquel momento los gobiernos aliados de ambos lados del Atlántico y las fuerzas democrático-liberales (incluida la socialdemocracia) ya no percibían al militarismo alemán como el principal peligro para la paz, la democracia y el futuro de la humanidad (como repetidamente había manifestado durante los años de la Gran Guerra). A pesar de sus peligros [14], el militarismo reaccionario de la Alemania Imperial era incluso considerado un útil aliado para hacer frente a lo que entonces percibían como el principal peligro para la estabilidad y la supervivencia de las democracias capitalistas que dirigían.

Desde hacía más de un año un viejo fantasma recorría otra vez Europa 70 años después. El fantasma del comunismo, mucho más real y material que nunca, sembraba el terror entre la burguesía y las clases medias de la vieja Europa. El miedo a ese fantasma impidió ver los monstruos que crecían en la sombra y que volvieron a traer al mundo el sufrimiento, la destrucción y la muerte, a una escala imposible de imaginar, tan solo 20 años después.


10/11/2018


 
* Jesús Rodríguez Barrio es economista y miembro de La Comuna


Notas:

[1] Mead, Gary: The doughboys: America and the First World War.(Woodstock, Overlook Press, 2000) pp. 344-345.Recogido en: John H. Morrow Jr. La Gran Guerra (Edhasa, Barcelona, 2014) p. 604.

[2] El paquete de condiciones impuestas por los Aliados para el Armisticio se había cerrado el 4 de noviembre en la segunda conferencia de París.

[3] Stevenson, David: 1914-1918. Historia de la Primera Guerra Mundial. (Penguin, Barcelona, 2013) p. 643.

[4] Stevenson, op. cit. p. 610.

[5] Stevenson, op. cit. pp. 615-616.

[6] El socialista Gustav Noske ejerció, durante las jornadas de enero de 1919, como jefe de las fuerzas militares y paramilitares reaccionarias que aplastaron el levantamiento revolucionario en Berlín y asesinaron a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

[7] La Liga Espartaquista había sido creada en 1916 por Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin (y otros militantes de la izquierda socialista) a partir del llamado Grupo de la Internacional, que había crecido durante la guerra como una fracción marxista-revolucionaria dentro del SPD (Partido Socialdemócrata). Liebknecht fue el único miembro del Reichstag que votó contra los créditos de guerra en 1914. Esta organización fue, junto con otros grupos izquierdistas, el embrión del Partido Comunista de Alemania (KPD), creado en el Congreso de Berlín que tuvo lugar entre el 30 de diciembre de 1918 y el 1 de enero de 1919.

[8] Ebert había declarado, en una conversación con el canciller Maximiliano, que lo último que deseaba era una revolución comunista: «Yo no quiero eso, de hecho lo detesto con toda mi alma». Gerwarth, Robert: Los vencidos (Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2017) p. 133.

[9] Declaraba Lloyd George, en su Memorandum de Fontainebleau, escrito en 1919: «el mayor peligro que veo en la situación actual es que Alemania pueda unirse al bolchevismo y poner sus recursos, su inteligencia, su enorme capacidad de organización a disposición de los fanáticos revolucionarios cuyo sueño es conquistar el mundo para el bolchevismo por la fuerza de las armas». (Gerwarth, op. cit, p. 188).

[10] Stevenson, op. cit. p. 625.

[11] El 30 de octubre, Pershing abogó por la rendición incondicional de las fuerzas alemanas en la Segunda Conferencia de Paz de París (Morrow, op. cit. p. 602).

[12] French, D.: Had We Known…, recogido en «Treaty of of Versailles» (Boemeke et al., eds.) y citado en Stevenson, op. cit., p. 620.

[13] En el caso de Inglaterra y Francia existió una motivación adicional, de carácter puramente imperialista: los primeros ministros de Inglaterra y Francia (David Lloyd George y Georges Clemenceau) coincidían en su apreciación de la conveniencia de firmar un alto el fuego antes de que los estadounidenses adquirieran mayor preponderancia en el esfuerzo y la conducción de la guerra, lo que les habría permitido dictar las condiciones de paz al margen de las ambiciones imperiales de ambos países. A finales de octubre, el gabinete de guerra británico había llegado a la conclusión de que en 1919 Estados Unidos sustituiría al Reino Unido «como principal potencia militar, diplomática y financiera del planeta». (Stevenson, op. cit., p. 622 y Morrow, op. cit. p. 600).

[14] Esos peligros ya se manifestaron de forma muy temprana en los golpes fascistas que fracasaron en Alemania en 1920 (Kapp) y 1923 (Hitler). Aquello era, tan solo, un anticipo de lo que estaba por venir.

jueves, 1 de noviembre de 2018

El marxismo y los movimientos nacionalistas (retazo)

 [Retazo de un texto de Andreu Nin sobre el catalanismo, donde pecaba de ingenuidad, tras los Sucesos de Mayo de 1937 Nin fue secuestrado y asesinado por los estalinistas, los cuales tuvieron el apoyo de los nacionalistas catalanes para destruir la Revolución social.]



Por ANDRÉS NIN

... Existen en España dos movimientos de emancipación nacional de vitalidad indudable: el de Cataluña y el de Euskadi. El de Galicia, por el momento, no es más que un balbuceo regionalista, falto del calor de las grandes masas, y refugiado, por ello, en los cenáculos literarios y en las academias. Para que se convierta en un movimiento nacional, en el verdadero sentido de la palabra, le faltan las premisas económicas necesarias. En todo caso, hoy no es todavía una realidad y, mientras no lo sea, carece de interés para los marxistas, los cuales deben operar siempre con hechos. De Euskadi hablaremos en otra ocasión. Por hoy, nos limitamos a examinar someramente, aplicándole el criterio teórico esbozado, el problema concreto de Cataluña.

España, como hemos indicado ya más arriba, pertenece a la categoría de los Estados pluri­nacionales, cuya formación ha precedido al desenvolvimiento capitalista. En todos los grandes Estados de Europa —como hace observar Marx en sus luminosos estudios sobre la revolución española— las grandes monarquías se crearon sobre las ruinas de las clases feudales, la aristocracia y las ciudades. En los demás países, «la monarquía absoluta apareció como un centro de civilización, como un agente de unidad social. Fue como un laboratorio en el cual los distintos elementos de la sociedad se mezclaron y transformaron, hasta tal punto que les fue posible a las ciudades sustituir su independencia medieval por la superioridad y la dominación burguesa». En cambio, en España la monarquía absoluta «hizo todo cuanto dependió de ella para entorpecer el aumento de los intereses sociales, que trae aparejada consigo la división natural del trabajo y una circulación industrial múltiple, y así suprimió la única base sobre la cual podía ser fundado un sistema unificado de gobierno y de legislación común. He aquí por qué la monarquía absoluta española puede ser más bien equiparada al despotismo asiático que comparada con los otros Estados europeos».

La poderosa inteligencia de Marx señaló magistralmente, en estas líneas, el carácter regresivo de la unidad española, en el cual hay que buscar la causa de su inconsciencia y de la agudeza extraordinaria adquirida por los problemas de emancipación nacional. A la luz de esta interpretación y de las consideraciones expuestas en la primera parte de este estudio, aparecerán claramente los motivos por los cuales los focos más considerables del movimiento de liberación nacional se han concentrado, principalmente, en Cataluña y en Euskadi, es decir, en los dos centros industriales más importantes del país.


La lucha de Cataluña por su emancipación

Si los rasgos distintivos de una nación los constituyen la existencia de relaciones económicas determinadas, la comunidad de territorio, de idioma y de cultura, Cataluña es indudablemente una nación. Cataluña, cuna de una burguesía comercial poderosa, entra desde los primeros momentos en lucha con el Estado unitario español, representado por las castas parasitarias y feudales. Y cuando, como consecuencia del descubrimiento de América, el Mediterráneo pierde su importancia comercial y se prohíbe a los catalanes comerciar con el Nuevo Mundo, la decadencia de la burguesía determina un colapso en el desarrollo económico y cultural del país.

Con la aparición de la industria y de la burguesía industrial, se acentúa el antagonismo con la oligarquía que rige los destinos de España y se inicia el movimiento de emancipación nacional, cuya intensidad aumenta en proporción directa con el desarrollo de la industria. La Renaixença literaria que caracteriza los inicios del movimiento no es más que la envoltura externa, el medio de expresión inconsciente de ese antagonismo fundamental, que no tarda en manifestarse en toda su desnudez. En efecto, cuando el catalanismo empieza a tomar cuerpo como movimiento político, es para expresar las reivindicaciones de carácter económico de la burguesía industrial. Y cuando, con la pérdida de las colonias, Cataluña se ve privada de sus mercados más importantes y la incapacidad de la oligarquía gobernante aparece en toda su trágica magnitud, el catalanismo adquiere un nuevo y poderoso impulso. La protesta de la burguesía catalana se acentúa y se precisa. En la prensa de la época aparece reflejado el antagonismo de intereses entre la Cataluña industrial y la España agrariofeudal. La tesis de la burguesía catalana, expresada por uno de sus órganos más caracterizados, el Diario del Comercio, según un artículo que resumimos, es la siguiente: la industria catalana necesita importar algodón, lino, cáñamo, seda, lana, etcétera, con franquicia absoluta. A las demás regiones les conviene, en cambio, exportar sus frutos y sus primeras materias en las mejores condiciones posibles e importar, a bajo precio, los artículos manufacturados. «Esta es la verdad escueta que, sin ambages ni rodeos, cabe expresar concisamente de esta manera: Cataluña, económicamente, es un pueblo independiente que se basta a sí mismo; el resto de España, salvo raras y honrosísimas excepciones, es una colonia.» Añádase a esto el descontento por el expedienteo, las trabas administrativas opuestas al desarrollo económico y al establecimiento de las industrias, y se tendrá una idea clara de los orígenes del movimiento catalán, movimiento indudablemente progresivo frente al Estado semifeudal y despótico.

En este sentido, como hemos hecho ya observar más arriba, el movimiento de emancipación nacional de Cataluña no es más que un aspecto de la revolución democraticoburguesa en general, que tiende a destruir, en interés del desarrollo de las fuerzas productivas, las reminiscencias de carácter feudal y se distingue por los mismos rasgos característicos. La emancipación nacional como la revolución democrática, no es posible más que con la participación de las masas obreras y campesinas, y esta participación, en las circunstancias históricas presentes, presupone la lucha contra los privilegios de la clase capitalista, el desbordamiento de los límites fijados por la burguesía. De aquí que ésta tienda al compromiso y a la alianza pura y simple con el poder central para aplastar el movimiento de las masas. Así, en 1899, en uno de los momentos más graves para el centralismo español, la burguesía catalana presta su apoyo a Polavieja, el asesino de Rizal; en 1917, aterrorizada por la huelga general de agosto, da dos ministros a la monarquía; en 1919-1922 colabora directamente en la sangrienta represión ejecutada por los representantes del poder central; en 1923 facilita el golpe de Estado de Primo de Rivera, y, finalmente, intenta apuntalar a la monarquía tambaleante participando en su último gobierno.

La traición de la gran burguesía en el terreno de la lucha por la emancipación nacional la desplaza —exactamente igual como en la revolución democrática— de la dirección del movimiento. Y entonces aparece, en primer término, la pequeña burguesía, la cual, gracias, por una parte, a su radicalismo y a su programa demagógico —es el caso de Maciá y de la Esquerra Republicana de Catalunya— y, por otra, a la ausencia de un gran partido proletario, consigue arrastrar tras de sí a las grandes masas populares. Pero la pequeña burguesía manifiesta desde el primer momento las vacilaciones y la indecisión propias de una clase incapaz, por su propia naturaleza económica, de desempeñar un papel independiente. Llevada del impulso inicial, proclama la República catalana, para batirse en retirada dos días después y contentarse con un Estatuto que establece una autonomía limitadísima. Y cuando los campesinos obligan al Parlamento catalán a consagrar de derecho —mediante la ley de Contratos de Cultivo— lo que habían ya conquistado de hecho, adopta una actitud de rebeldía frente al poder central, que se transforma progresivamente en actitud defensiva y se transformará indefectiblemente en una claudicación o en un compromiso equívoco.

Y, sin embargo, el movimiento nacional de Cataluña, por su contenido y por la participación de las masas populares, es, en el momento actual, un factor revolucionario de primer orden, que contribuye poderosamente, con el movimiento obrero, a contener el avance victorioso de la reacción. De aquí se deduce claramente la actitud que ha de adoptar ante el mismo el proletariado revolucionario:

1.° Sostener activamente el movimiento de emancipación nacional de Cataluña, oponiéndose enérgicamente a toda tentativa de ataque por parte de la reacción.

2.° Defender el derecho indiscutible de Cataluña a disponer libremente de sus destinos, sin excluir el de separarse del Estado español, si ésta es su voluntad.

3.° Considerar la proclamación de la República catalana como un acto de enorme trascendencia revolucionaria; y

4.° Enarbolar la bandera de la República catalana, con el fin de desplazar de la dirección del movimiento a la pequeña burguesía indecisa y claudicante, que prepara el terreno a la victoria de la contrarrevolución, y hacer de la Cataluña emancipada del yugo español el primer paso hacia la Unión de Repúblicas Socialistas de Iberia.

(1934)

martes, 7 de noviembre de 2017

La caída del gobierno Kerenski, la victoria del partido bolchevique

'Asalto al Palacio de Invierno', de Yefim Dyshalyt.

Por VOLIN

A partir del 17 de octubre (30 de octubre, según el calendario actual), el desenlace se aproxima. Las masas están prestas para una nueva revolución, como lo prueban los levantamientos espontáneos desde julio, el ya citado de Petrogrado y los de Kaluga y Kazán y otros del pueblo y de tropas, en diversos puntos.

El partido bolchevique se ve, entonces, ante la posibilidad de apoyarse sobre dos fuerzas efectivas: la confianza de gran parte del pueblo y una fuerte mayoría del ejército. Así pasa a la acción y prepara febrilmente su batalla decisiva. Su agitación produce efervescencia. Ultima los detalles de la formación de cuadros obreros y militares. Organiza también, definitivamente, sus propios equipos, y redacta la lista eventual del nuevo gobierno bolchevique, con Lenin a la cabeza, quien vigila los acontecimientos de cerca y transmite sus últimas instrucciones. Trotski, el activo brazo derecho de Lenin, llegado hacía varios meses de Norteamérica, donde residió desde su evasión de Siberia, participará en puesto destacado.

Los socialistas revolucionarios de izquierda actúan de acuerdo con los bolcheviques. Los anarcosindicalistas y los anarquistas, poco numerosos y mal organizados, pero muy activos también, haciendo todo lo que pueden para sostener y alentar la lucha contra Kerenski, no por la conquista del poder, sino por la organización y la colaboración libres.

Conocidas la extrema debilidad del Gobierno Kerenski y la simpatía de una aplastante mayoría popular, con el apoyo activo de la flota de Kronstadt, siempre a la vanguardia de la revolución, y de gran parte de las tropas de Petrogrado, el Comité Central del partido bolchevique fijó la insurrección para el día 25 de octubre (7 de noviembre). El Congreso Panruso de los Soviets fue convocado para la misma fecha.

Los miembros del Comité Central estaban convencidos de que este congreso de mayoría bolchevique y obediente a las directivas del partido debía proclamar y apoyar la revolución y reunir todas las fuerzas para hacer frente a la resistencia de Kerenski. La insurrección se produjo el día señalado por la tarde. Y, simultáneamente, el congreso de soviets se reunió en Petrogrado. No hubo combates en las calles ni se levantaron barricadas.

Abandonado por todo el mundo, el gobierno Kerenski, asido a verdaderas quimeras, permanecía en el Palacio de Invierno, defendido por un batallón seleccionado, otro compuesto de mujeres y algunos jóvenes oficiales aspirantes.

Tropas bolcheviques, de acuerdo con un plan establecido en el Congreso de soviets y el Comité Central del partido, cercaron el palacio y atacaron sus defensas. La acción fue sostenida por naves de guerra de la flota del Báltico, de Kronstadt, alineadas sobre el río Neva, con el crucero Aurora. Después de una breve escaramuza y algunos disparos de cañón desde el crucero, las tropas bolcheviques se apoderaron del palacio. Kerenski había huido. Los demás miembros de su gobierno fueron arrestados.

Así, en Petrogrado la insurrección se limitó a una pequeña operación militar, conducida por el partido bolchevique. Habiendo quedado vacante el gobierno, el Comité Central del partido se instaló como vencedor en aquella revolución de palacio.

Kerenski intentó marchar sobre Petrogrado con algunas tropas sacadas del frente de guerra, cosacos y la división caucasiana, pero fracasó por la vigorosa intervención armada de los obreros de la capital y, sobre todo y una vez más, por los marinos de Kronstadt, llegados precipitadamente a prestar ayuda. En una batalla cerca de Gatchina, en los alrededores de Petrogrado, una parte de las tropas de Kerenski fue derrotada y la otra se pasó al campo revolucionario. Kerenski pudo salvarse en el extranjero.

En Moscú y otras partes la toma del poder por el partido bolchevique se efectuó con menos facilidad. Moscú vivió días de combates encarnizados entre las fuerzas revolucionarias y las de la reacción, que dejaron muchas víctimas. Numerosos barrios de la ciudad resultaron muy dañados por el fuego de la artillería. Finalmente, la revolución la ocupó. En otras ciudades, igualmente la victoria costó violentas luchas.

El campo, en general, permaneció casi indiferente. Los campesinos estaban muy absorbidos por sus preocupaciones locales: desde hacía mucho tiempo se preocupaban en resolver por sí mismos el problema agrario; no temían el poder de los bolcheviques. Puesto que tenían la tierra y no temían el retorno de los señores, estaban bastante satisfechos y eran indiferentes ante los defensores del trono. No esperaban nada malo de los bolcheviques, ya que se decía que éstos querían terminar la guerra, lo cual les parecía justo. No tenían, pues, ningún motivo para desconfiar de la nueva revolución.

La manera cómo ésta se cumplió ilustra sobre la inutilidad de una lucha por el poder político. Si éste es sostenido por una gran mayoría y, sobre todo, por el ejército, no es posible abatirlo. Y si es abandonado por la mayoría y por el ejército, que es lo que se produce en el momento de una verdadera revolución, entonces tampoco vale la pena dedicarse a él especialmente. Ante el pueblo armado se derrumba solo. Hay que abandonar el poder político para ocuparse del poder real de la revolución, de sus inagotables fuerzas potenciales, de su irresistible impulso, de los inmensos horizontes que abre, de todas las enormes posibilidades que contiene en su seno.

En muchas regiones, la victoria de los bolcheviques no fue completa, particularmente en el Este y en el Mediodía. Movimientos contrarrevolucionarios se perfilaron muy pronto y se extendieron hasta una verdadera guerra civil que duró hasta fines del año 1921.

Uno de esos movimientos, dirigido por el general Denikin, en 1919, fue sumamente peligroso para el poder bolchevique. Partiendo de los confines de Rusia meridional, región del Don, Kuban, Ucrania, Crimea, Cáucaso, el ejército de Denikin arribó, en el verano de 1919, casi hasta las puertas de Moscú. Explicaremos más adelante los elementos que le otorgaron tanta fuerza a ese movimiento, así como el modo como este peligro inminente pudo ser evitado, una vez más al margen del poder político bolchevique.

Muy peligroso fue asimismo el levantamiento desencadenado más tarde por el general Wrangel en los mismos parajes, después de haber sido ahogado el dirigido militarmente por el almirante Kolchak en el Este. Las otras rebeliones contrarrevolucionarias fueron de menor importancia.

La mayor parte de estos intentos fueron, en parte, sostenidos y alimentados por intervenciones extranjeras. Algunos han sido patrocinados y hasta políticamente dirigidos por los socialistas revolucionarios moderados y los mencheviques.

El poder bolchevique debió sostener una lucha larga y difícil: primero, contra sus ex colaboradores, los socialistas revolucionarios de izquierda, y segundo, contra las tendencias y el movimiento anarquistas. Ambos combatieron a los bolcheviques, en nombre de la «verdadera revolución social», traicionada, a su entender, por el partido bolchevique en el poder.

El nacimiento y, sobre todo, la amplitud y el vigor de los ataques contrarrevolucionarios fueron el resultado fatal de la deficiencia del poder bolchevique, de su impotencia para organizar la nueva vida económica y social. Ya veremos cuál ha sido la evolución real de la revolución de octubre, y cómo el nuevo poder supo, finalmente, mantenerse, imponerse, dominar la tempestad y resolver, a su manera, los problemas de la revolución.

El año 1922, el bolcheviquismo en el poder pudo sentirse definitivamente dueño de la situación y comenzar su momento histórico. La explosión produjo las ruinas del zarismo y del sistema feudal-burgués. Era necesario comenzar a edificar la nueva sociedad.

La revolución desconocida
(Libro I, Tercera Parte, Capítulo V.)