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domingo, 9 de marzo de 2025

La aterradora militarización de Europa

 

Por MARC VANDEPITTE

Un espectro recorre Europa: el espectro del militarismo. Detrás de esta fiebre bélica hay mucho más que la supuesta amenaza de Rusia. El declive económico y la lucha por el dominio geopolítico juegan un papel crucial en la creciente militarización del continente

Los líderes europeos quieren aumentar drásticamente el gasto de defensa y preparar sus economías para la guerra. Hay planes para introducir (por ahora) el servicio militar voluntario e instalar un escudo nuclear. Algunos países están dispuestos a enviar tropas a los países vecinos de Rusia, incluida Ucrania.

Boris Pistorius, exministro de Defensa alemán, dijo que su país estaría «listo para la guerra» ('Kriegstüchtigkeit') en 2029. El hacha de guerra está de nuevo desenterrada.

«Hemos sido traicionados por Trump y estamos amenazados por Putin, por eso debemos intensificar nuestros esfuerzos militares y prepararnos para la guerra.» Ésta es la narrativa que la élite europea nos impone y que nos transmite ampliamente por los principales medios de comunicación.

Sin embargo, esta narrativa oscurece las verdaderas razones y causas subyacentes de esta fiebre belicista.

Rechazar

La militarización de Europa es parte de una crisis económica más amplia. Desde la crisis financiera de 2008, la economía europea ha luchado por encontrar nuevas vías de crecimiento. La crisis del Covid-19 ha supuesto un duro golpe para la economía y, desde que se impusieron las sanciones económicas contra Rusia, hemos abandonado nuestra energía barata.

Debido a la obsesión con la austeridad, los gobiernos han descuidado sectores esenciales para el desarrollo de la productividad, como la educación y la ciencia. Por su parte, los oligarcas financieros no han invertido suficiente de sus ganancias monopólicas en nuevas tecnologías para competir con Estados Unidos y China.

Como resultado de ello, Europa se está quedando atrás tecnológica y económicamente.

Geopolíticamente, la situación no es más favorable. Europa y Estados Unidos no lograron, después de la caída de la Unión Soviética, transformar a Rusia en una semicolonia ni lograr un cambio de régimen capitalista-neoliberal en China.

La esperanza era que al integrar a China a la Organización Mundial del Comercio e invertir masivamente allí, las fuerzas capitalistas crecerían hasta el punto de quitarle el poder al Partido Comunista. Fue una ilusión.

Al seguir ciegamente a Estados Unidos, Europa descuidó, tras la caída de la URSS, la construcción de una estructura de seguridad equilibrada que incluyera también a Rusia.

Hoy en día, Rusia y China se han convertido en formidables adversarios a los que hay que tener en cuenta.

Bajo el impulso de China, los países del Sur, a través de los BRICS, también constituyen un contrapeso creciente a la dominación del Norte.

La lucha ha comenzado

Es en este contexto que la oligarquía estadounidense, bajo el liderazgo de Trump y Musk, ha lanzado una agresiva campaña para preservar la supremacía absoluta de Estados Unidos ('Make America Great Again'), incluso si eso significa sacrificar a sus aliados más cercanos.

Esto significa que la lucha entre Estados Unidos y las demás grandes potencias imperialistas está ahora abierta. En el Foro Económico Mundial de Davos, Ursula von der Leyen lo expresó así:

«El orden mundial cooperativo que imaginamos hace 25 años no se ha materializado. En cambio, hemos entrado en una nueva era de intensa competencia geopolítica. Las economías más grandes del mundo compiten por el acceso a recursos, nuevas tecnologías y rutas comerciales globales. Desde la Inteligencia Artificial hasta las tecnologías limpias, desde la computación cuántica hasta el espacio, desde el Ártico hasta el Mar de China Meridional: la carrera ha comenzado.»

La fuerza impulsora detrás de esta carrera es la maximización de las ganancias y la expansión del capital monopolista occidental. Eso es lo que está en juego y de eso se trata en definitiva. Para liderar esta carrera, apostamos por la carta militar. Como dijo el ex canciller alemán Gerhard Schröder:

«Un país sólo cuenta realmente en el escenario internacional si también está dispuesto a ir a la guerra.»

Pretexto

El principal pretexto de esta fiebre bélica, a saber, que Rusia representa una amenaza militar, no se sostiene. Moscú no tiene intenciones expansionistas.

Según destacados expertos como Jeffrey Sachs y John Mearsheimer, la invasión de Ucrania fue la respuesta de Moscú a la expansión de la OTAN hacia el este y a la militarización de Ucrania. Moscú vio esto como una amenaza existencial.

En términos de guerra convencional, Europa no puede competir con Rusia.

El Kremlin quedó rápidamente estancado en Ucrania, un país mucho más débil. Y si estallara un enfrentamiento entre Europa y Rusia, entonces estaríamos en un escenario nuclear. Un final que nadie quiere.

Economía de guerra

Las tensiones militares actuales no son, por tanto, resultado de oposiciones geopolíticas con Rusia, China y ahora también Estados Unidos, sino que tienen su origen en la sed del capital monopolista occidental de maximizar sus beneficios y su expansión.

Para garantizar los beneficios de los monopolios occidentales, es necesario garantizar las inversiones y los mercados extranjeros, así como el suministro de materias primas a bajo coste. Para ello es imprescindible un aparato militar potente, incluso si eso supone llamar al orden por la fuerza a los países recalcitrantes.

La militarización también impulsa la economía. La economía de guerra no depende del poder adquisitivo de la población, sino de las decisiones de los dirigentes políticos. El gasto militar puede (temporalmente) darle algo de oxígeno a algunos sectores industriales, pero a expensas de otros. Esto es lo que intentó Reagan en los años 1980 con su programa Guerra de las Galaxias y Hitler en los años 1930.

En Bélgica, y probablemente en otros lugares, la militarización podría ir acompañada de una ola de privatizaciones sin precedentes. Parte de los fondos necesarios para estos gastos militares podrían obtenerse mediante la venta de las joyas de la corona del patrimonio nacional o de algunos de sus componentes. La militarización como palanca para la privatización.

Esta economía de guerra se creó con vistas a una preparación real para la guerra. Durante la Guerra Fría, los países europeos tenían un gran ejército de reclutas. Después de la caída de la Unión Soviética, las fuerzas de intervención rápida tomaron el poder, particularmente en Libia y Siria.

En la actualidad existen planes para restablecer el servicio militar obligatorio, fortalecer la infraestructura militar y estacionar tropas en el extranjero a largo plazo, incluso en los países bálticos y Ucrania. También se están considerando otras opciones, como la cuestión de un paraguas nuclear

Hay muchas señales de que una guerra mundial se está convirtiendo en una posibilidad real a los ojos de las élites financieras y económicas.

Consecuencias

Esta militarización tiene profundas consecuencias para nuestras sociedades. El dinero tiene que venir de alguna parte. Actualmente, Europa gasta alrededor del 2% de su PIB en gastos de defensa. Para alcanzar el objetivo del 5%, tendrá que gastar alrededor de 500 mil millones de euros más al año en defensa.

Con gobiernos de derecha, este aumento masivo de los presupuestos militares vendrá inevitablemente a expensas del gasto social y del Pacto Verde, cuyo presupuesto anual asciende a 86 mil millones de euros.

Ya hemos mencionado cómo esta militarización corre el riesgo de ir de la mano de una ola de privatizaciones sin precedentes de la economía.

La creación de un auténtico ejército europeo también provocará un importante déficit democrático. La estructura de mando se situará a nivel europeo. Ya no serán los gobiernos nacionales ni los parlamentos quienes decidan si nuestros jóvenes deben ir al frente, sino los eurócratas.

Por último, la militarización de nuestras economías y sociedades sólo aumentará las tensiones en el continente europeo. En lugar de construir una estructura de seguridad equilibrada, estamos lanzando una peligrosa carrera armamentista y fomentando una hostilidad cada vez mayor hacia la energía nuclear rusa.

Una elección histórica

Europa se enfrenta a una elección histórica. El proceso de militarización conlleva unos costes económicos colosales, un desmantelamiento social, un retraso en la transición ecológica y un déficit democrático, mientras que el riesgo de un conflicto mayor se hace cada vez más real.

¿Esta militarización realmente beneficia a los ciudadanos europeos o sólo a las élites económicas y a la industria armamentística?

¿Nos dejaremos llevar por esta fiebre bélica o elegiremos la prosperidad, la ecología y una estructura de seguridad equilibrada en el continente?

¿Seguiremos a Estados Unidos en su lógica imperialista y militarista, o construiremos un proyecto europeo independiente, basado en una cooperación respetuosa con los países del Sur?

Los próximos años serán cruciales para responder a esta pregunta.

 

Fuente:
https://investigaction.net/la-militarisation-effrayante-de-leurope/


sábado, 28 de diciembre de 2024

Cómo EEUU e Israel destruyeron Siria y lo llaman paz

Por JEFFREY D. SACHS

La caída de Siria se produjo rápidamente debido a más de una década de aplastantes sanciones económicas, las cargas de la guerra, la confiscación del petróleo sirio por parte de Estados Unidos, las prioridades de Rusia en relación con el conflicto de Ucrania y, de forma más inmediata, los ataques de Israel contra Hezbolá, que era el principal respaldo militar del Gobierno sirio. No cabe duda de que Asad a menudo jugó mal sus propias cartas y se enfrentó a un grave descontento interno, pero su régimen estuvo en el punto de mira del colapso durante décadas por parte de Estados Unidos e Israel.

Antes de que la campaña estadounidense-israelí para derrocar a Assad comenzara en serio en 2011, Siria era un país de renta media que funcionaba y crecía. En enero de 2009, el Directorio Ejecutivo del FMI dijo lo siguiente:

«Los directores ejecutivos acogieron con satisfacción los buenos resultados macroeconómicos de Siria en los últimos años, que se manifiestan en el rápido crecimiento del PIB no petrolero, el cómodo nivel de reservas de divisas y la baja y decreciente deuda pública. Estos resultados reflejan tanto la robusta demanda regional como los esfuerzos de reforma de las autoridades para avanzar hacia una economía más basada en el mercado.»

Desde 2011, la guerra perpetua de Israel y Estados Unidos contra Siria, que incluye bombardeos, yihadistas, sanciones económicas, incautación estadounidense de los campos petrolíferos sirios, etc., ha hundido al pueblo sirio en la miseria.

En los dos días inmediatamente posteriores al colapso del Gobierno, Israel llevó a cabo unos 480 ataques en toda Siria y destruyó por completo la flota siria en Latakia. Persiguiendo su agenda expansionista, el primer ministro Netanyahu reclamó ilegalmente el control de la zona desmilitarizada de amortiguación en los Altos del Golán y declaró que los Altos del Golán serán parte del Estado de Israel «para la eternidad».

La ambición de Netanyahu de transformar la región mediante la guerra, que se remonta a casi tres décadas, se está desarrollando ante nuestros ojos. En una conferencia de prensa el 9 de diciembre, el primer ministro israelí se jactó de una «victoria absoluta», justificando el genocidio en curso en Gaza y la escalada de violencia en toda la región:

«Les pregunto, piénsenlo, si hubiéramos accedido a quienes nos decían una y otra vez: "Hay que detener la guerra", no habríamos entrado en Rafah, no habríamos tomado el corredor de Filadelfia, no habríamos eliminado a Sinwar, no habríamos sorprendido a nuestros enemigos en Líbano y en el mundo entero en una audaz operación-estratagema, no habríamos eliminado a Nasralá, no habríamos destruido la red subterránea de Hezbolá y no habríamos expuesto la debilidad de Irán. Las operaciones que hemos llevado a cabo desde el comienzo de la guerra están desmantelando el eje ladrillo a ladrillo.»

La larga historia de la campaña de Israel para derrocar al Gobierno sirio no es muy conocida, pero el registro documental es claro. La guerra de Israel contra Siria comenzó con los neoconservadores estadounidenses e israelíes en 1996, que diseñaron una estrategia de «ruptura limpia» para Oriente Medio para Netanyahu cuando llegó al poder. El núcleo de la estrategia de «ruptura limpia» exigía que Israel (y Estados Unidos) rechazaran la idea de «tierra por paz», según la cual Israel se retiraría de las tierras palestinas ocupadas a cambio de la paz. En su lugar, Israel conservaría las tierras palestinas ocupadas, gobernaría sobre el pueblo palestino en un Estado de apartheid, limpiaría étnicamente el Estado paso a paso e impondría la llamada «paz por paz» derrocando a los gobiernos vecinos que se resistieran a las reivindicaciones territoriales de Israel.

La estrategia de Clean Break afirma: «Nuestra reivindicación de la tierra —a la que nos hemos aferrado con esperanza durante 2000 años— es legítima y noble», y continúa afirmando: «Siria desafía a Israel en suelo libanés». Un enfoque eficaz, y con el que Estados Unidos puede simpatizar, sería que Israel tomara la iniciativa estratégica a lo largo de sus fronteras septentrionales enfrentándose a Hezbolá, Siria e Irán, como principales agentes de la agresión en Líbano…»

En su libro de 1996 Fighting Terrorism, Netanyahu expuso la nueva estrategia. Israel no lucharía contra los terroristas; lucharía contra los Estados que apoyan a los terroristas. Más exactamente, conseguiría que Estados Unidos luchara por Israel. Como explicó en 2001:

«Lo primero y más importante que hay que entender es esto: No hay terrorismo internacional sin el apoyo de Estados soberanos… Si se elimina todo este apoyo estatal, todo el andamiaje del terrorismo internacional se derrumbará.»

La estrategia de Netanyahu estaba integrada en la política exterior estadounidense. Acabar con Siria fue siempre una parte clave del plan. Así se lo confirmaron al general Wesley Clark después del 11-S. Se le dijo, durante una visita al Pentágono, que «vamos a atacar y destruir los gobiernos de siete países en cinco años: empezaremos por Irak, y luego pasaremos a Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán». Irak sería el primero, luego Siria y el resto. (La campaña de Netanyahu a favor de la guerra de Irak se explica detalladamente en el nuevo libro de Dennis Fritz, Traición mortal. El papel del lobby israelí se explica detalladamente en el nuevo libro de Ilan Pappé, Lobbying for Zionism on Both Sides of the Atlantic). La insurgencia que golpeó a las tropas estadounidenses en Irak retrasó el calendario de cinco años, pero no cambió la estrategia básica.

Hasta ahora, Estados Unidos ha dirigido o patrocinado guerras contra Irak (invasión en 2003), Líbano (Estados Unidos financia y arma a Israel), Libia (bombardeo de la OTAN en 2011), Siria (operación de la CIA durante la década de 2010), Sudán (apoyo a los rebeldes para separar Sudán en 2011) y Somalia (respaldo a la invasión de Etiopía en 2006). Una posible guerra de Estados Unidos contra Irán, ardientemente buscada por Israel, sigue pendiente.

Por extraño que pueda parecer, la CIA ha respaldado repetidamente a los yihadistas islamistas para luchar en estas guerras, y los yihadistas acaban de derrocar al régimen sirio. La CIA, después de todo, ayudó a crear al-Qaeda en primer lugar entrenando, armando y financiando a los muyahidines en Afganistán desde finales de la década de 1970. Sí, Osama bin Laden se volvió más tarde contra Estados Unidos, pero su movimiento fue de todos modos una creación estadounidense. Irónicamente, como confirma Seymour Hersh, fue la inteligencia de Assad la que «avisó a Estados Unidos de un inminente atentado de Al Qaeda contra el cuartel general de la Quinta Flota de la Marina estadounidense».

La Operación Timber Sycamore fue un multimillonario programa encubierto de la CIA lanzado por Obama para derrocar a Bashar al-Assad. La CIA financió, entrenó y proporcionó inteligencia a grupos islamistas radicales y extremistas. El esfuerzo de la CIA también implicó una «línea de ratas» para hacer llegar armas desde Libia (atacada por la OTAN en 2011) a los yihadistas en Siria. En 2014, Seymour Hersh describió la operación en su obra La línea roja y la línea de ratas:

«Un anexo altamente clasificado del informe, que no se hizo público, describía un acuerdo secreto alcanzado a principios de 2012 entre las administraciones de Obama y Erdogan. Se refería a la línea de las ratas. Según los términos del acuerdo, la financiación procedía de Turquía, así como de Arabia Saudí y Qatar; la CIA, con el apoyo del MI6, se encargaba de hacer llegar a Siria armas procedentes de los arsenales de Gadafi.»

Poco después del lanzamiento de Timber Sycamore, en marzo de 2013, en una conferencia conjunta del presidente Obama y el primer ministro Netanyahu en la Casa Blanca, Obama dijo: «Con respecto a Siria, Estados Unidos sigue trabajando con aliados y amigos y con la oposición siria para acelerar el fin del gobierno de Asad.»

Para la mentalidad sionista estadounidense-israelí, un llamamiento a la negociación por parte de un adversario se toma como un signo de debilidad del adversario. Los que piden negociaciones al otro lado suelen acabar asesinados por Israel o por activos estadounidenses. Lo hemos visto recientemente en el Líbano. El ministro de Asuntos Exteriores libanés confirmó que Hassan Nasrallah, exsecretario general de Hezbolá, había acordado un alto el fuego con Israel días antes de su asesinato. La voluntad de Hezbolá de aceptar un acuerdo de paz conforme a los deseos del mundo árabe-islámico de una solución de dos Estados viene de lejos. Del mismo modo, en lugar de negociar para poner fin a la guerra en Gaza, Israel asesinó al jefe político de Hamás, Ismail Haniyeh, en Teherán.

Del mismo modo, en Siria, en lugar de permitir que surgiera una solución política, Estados Unidos se opuso en múltiples ocasiones al proceso de paz. En 2012, la ONU había negociado un acuerdo de paz en Siria que fue bloqueado por los estadounidenses, que exigieron que Assad debiera irse el primer día del acuerdo de paz. Estados Unidos quería un cambio de régimen, no la paz. En septiembre de 2024, Netanyahu se dirigió a la Asamblea General con un mapa de Oriente Medio dividido entre «Bendición» y «Maldición», con Líbano, Siria, Irak e Irán como parte de la maldición de Netanyahu. La verdadera maldición es el camino de caos y guerra de Israel, que ahora ha envuelto a Líbano y Siria, con la ferviente esperanza de Netanyahu de arrastrar también a Estados Unidos a la guerra contra Irán.

Estados Unidos e Israel chocan las cinco por haber conseguido hundir a otro adversario de Israel y defensor de la causa palestina, y Netanyahu se atribuye «el mérito de haber iniciado el proceso histórico». Lo más probable es que Siria sucumba ahora a una guerra continua entre los numerosos protagonistas armados, como ha sucedido en las anteriores operaciones de cambio de régimen de Estados Unidos e Israel.

En resumen, la injerencia estadounidense, a instancias del Israel de Netanyahu, ha dejado Oriente Medio en ruinas, con más de un millón de muertos y guerras abiertas en Libia, Sudán, Somalia, Líbano, Siria y Palestina, y con Irán al borde de un arsenal nuclear, empujado contra sus propias inclinaciones a esta eventualidad.

Todo ello al servicio de una causa profundamente injusta: negar a los palestinos sus derechos políticos al servicio del extremismo sionista basado en el Libro de Josué del siglo VII a.C. Sorprendentemente, según ese texto —en el que se basan los propios fanáticos religiosos de Israel— los israelitas ni siquiera eran los habitantes originales de la tierra. Más bien, según el texto, Dios ordena a Josué y a sus guerreros que cometan múltiples genocidios para conquistar la tierra.

Con este telón de fondo, las naciones árabes islámicas y, de hecho, casi todo el mundo se ha unido en repetidas ocasiones en el llamamiento a una solución de dos Estados y a la paz entre Israel y Palestina. En lugar de la solución de los dos Estados, Israel y Estados Unidos han hecho un desierto y lo han llamado paz.

 

Fuente:  https://globalter.com/como-eeuu-e-israel-destruyeron-siria-y-lo-llamaron-paz/

 

domingo, 10 de abril de 2022

Nuestras manos gotearán sangre mientras persista nuestra complicidad silenciosa

Hagamos valer la democracia y obliguemos a nuestros líderes a conducir el país con menos violencia y más diplomacia

AGUSTÍN DURÁN

Tenemos nuestras manos manchadas de sangre y nada hacemos para remediarlo; peor aún, no nos damos cuenta de este hecho irrefutable. Seguimos pensando que las guerras generadas por el gobierno estadounidense son ajenas a nuestra realidad y actuamos como si nosotros, ciudadanos de esta nación, no tuviéramos ninguna responsabilidad al respecto.

Se supone que Estados Unidos es un modelo de democracia para el mundo, un país donde el pueblo elige a su gobierno y, en consecuencia, todo lo que hacen sus dirigentes —republicanos o demócratas— es responsabilidad de todos los que votan y de los que no.

En ese sentido, todo lo que haga el ejército estadounidense es en nuestro nombre. Entonces, por ejemplo, lo que pasó en Irak (460.000 personas muertas), las mentiras, los daños, las muertes, incluso los decesos de nuestros 4.000 hermanos, hijos, padres, madres, hermanas que enviamos a combate, también recaen sobre nuestros hombros. No podemos olvidarlo o ignorarlo.

Desgraciadamente, Estados Unidos se ha involucrado en conflictos desde la Segunda Guerra Mundial con base en mentiras o verdades a medias, información que años después es revelada para comprobar que gobierno, políticos o supuestos expertos han mentido. Pero para ese momento ya es demasiado tarde, los medios no le dan la importancia merecida y la información pasa a ser considerada por la opinión pública solo como «lamentable»; incluso algunos medios dirán que no se dieron cuenta, que no sabían y que ellos también fueron víctimas de las mentiras del gobierno, cuando en algunos casos fueron cómplices.

De ese tamaño es nuestra responsabilidad. No podemos pensar que la guerra que ahora mismo estamos incendiando con armas y dinero en Ucrania simplemente es una «invasión rusa». Creer en la versión del «héroe» y el «villano» es demasiado infantil; de tal modo que seguir creyendo en las mentiras que los medios de comunicación masiva —ligadas al Gobierno— brindan respecto a la guerra ya no es sorpresa. Pero la pregunta es: ¿Qué hacemos nosotros para no caer en su juego?

Algo sorprendente es que prácticamente desde 1945 nuestras fuerzas armadas no han descansado. Depende mucho cómo se quiera ver, pero se han contabilizado por lo menos 50 participaciones armadas directas o indirectas desde ese año hasta la actualidad, todas en nuestro nombre, sí, con la autorización de nosotros. Eso quiere decir que ese gran número de víctimas alrededor del mundo son responsabilidad nuestra también.

Debemos recordar que si el Presidente o el Congreso estadounidense deciden que hay que participar en un conflicto y nosotros no hacemos nada para evitarlo, ni una protesta en la calle, entonces estamos de acuerdo; peor aún, en ocasiones seguimos reeligiendo a los mismos políticos.

Lo raro es que en la mayoría de los casos, las encuestas nos dicen que el pueblo estadounidense está en contra de la guerra, pero el gobierno sigue autorizando ataques e incrementando el presupuesto para el Complejo Industrial Militar. Entonces, en qué tipo de democracia vivimos, cuando el gobierno hace lo que le plazca y en contra de los deseos de su pueblo.

Presupuesto militar

Otra forma de medir de qué tamaño es nuestra responsabilidad como ciudadanos de este país es analizando el presupuesto que se destina a las Fuerzas Armadas. Actualmente es de más de 700 mil millones de dólares, más de lo que invierten los siguientes diez países juntos en armamento, incluyendo Rusia (61 mil millones). Creo que el puro presupuesto debería de ser una señal para imaginar cuál es el país bélico en el planeta, que siempre tiene justificaciones para invadir, ayudar o iniciar una guerra.

Otro punto importante es saber que Estados Unidos tiene por lo menos 800 bases militares en 70 países y hemos estado involucrados en más conflictos en los pasados 30 años que en los últimos 190, según John Glaser, experto en política exterior.

Por su parte, David Vine, autor del libro The United States of War, va un poco más a fondo y subraya que desde el nacimiento de la nación, solo 11 años el país no ha sido parte de un conflicto armado, incluyendo los últimos 22 años en forma consecutiva.

Lo peor de todo es que estos últimos conflictos se han hecho en tiempos en que se goza de más seguridad que durante el período de la Guerra Fría.

¿Quién decide en una democracia?

Entonces, ¿vivimos en una democracia donde el gobierno hace lo que el pueblo decide, o simplemente el gobierno hace lo que cree conveniente y nosotros solo lo ignoramos, aplaudimos o nos quejamos, pero no hacemos nada para evitarlo?

Volviendo a Irak, de acuerdo a Jerry Kroth, doctor en psicología y maestro en la Universidad de Santa Clara, unos meses después de los ataques del 11-S, solo 15% de estadounidenses pensaban que Sadam Husein tenía algo que ver con el ataque terrorista, pero después de dos años de propaganda mediática, casi el 60% de la gente pensaba que sí tenía algo que ver, a pesar de que ya se había revelado que la mayoría de los involucrados eran de Arabia Saudí.

No obstante, para ese momento ya era tarde, pues la guerra estaba en pleno apogeo. Lo sorprendente es que tres años después de los atentados en Nueva York y Washington, se le preguntó a George W. Bush qué tenía que ver Sadam Husein con los ataques del 11-S y contestó, cínicamente, que nada. Sin importar esa respuesta, Estados Unidos terminó la guerra de Irak hasta el 2011, aunque todavía mantiene presencia en la región.

Hoy los políticos, muchos de los cuales nos metieron en la guerra de Irak y otros conflictos, han iniciado una guerra indirecta contra una potencia nuclear. Los medios —que son controlados por esas corporaciones que producen armas de guerra y se benefician con jugosos contratos por cada conflicto— nos venden la idea del nacimiento de «otro Hitler» en Rusia, mientras un pueblo está siendo devastado con miles de muertos y millones de refugiados.

En ese sentido, reflexionemos antes de condenar y apoyar cualquier lado de la guerra. Analicemos un poco y veamos dónde está el verdadero causante de tantos conflictos. Utilicemos el sentido común para encontrar la congruencia de los países bélicos y que siempre han estado en guerra; preguntémonos quién se beneficia de los conflictos a pesar de tanto dolor humano.

Recordemos, por otro lado, que vivimos en el país más rico y militarmente poderoso del mundo. Si verdaderamente creemos que vivimos en una democracia, y si realmente queremos la paz, es tiempo de presionar a nuestros representantes y pedirles que detengan la guerra (que se comprometan con Rusia a que Ucrania no será parte de la OTAN); de lo contrario, nosotros seremos tan culpables como la bala o la bomba que aniquila a una mujer o a un niño inocente.

En la crisis armamentista de los años 60, Estados Unidos no permitió que la Unión Soviética instalara misiles en Cuba; entonces, por qué no se puede respetar esa misma lógica en torno a Rusia y evitar miles de víctimas.

Complicidad silenciosa

No seamos cómplices silenciosos y actuemos. Pidamos a los políticos que ya es necesario liderar el mundo con menos guerra y dolor; es necesario utilizar más la diplomacia y dejar de ver los conflictos como un negocio o una oportunidad para que los presidentes estadounidenses se reelijan, como ocurrió con George W. Bush (Afganistán, Irak, Pakistán, entre otras)  o Barack Obama (Yemen, Siria, Libia, Somalia, Uganda, entre otras). Qué podemos pensar de Biden, si ahora que tiene una aprobación muy baja con los estadounidenses (40%), se lanza a la guerra, indirectamente, con Rusia.

Recordemos que las guerras en las que Estados Unidos está involucrado son nuestras guerras y nosotros somos responsables. Ya no queremos más muertos, porque en la medida que haya más víctimas, nuestras manos seguirán goteando sangre.

Entiendo que las familias que tienen miembros en las Fuerzas Armadas estadounidenses son las que más sufren y las que terminan siendo víctimas, en muchas ocasiones de guerras innecesarias. Esta crítica al pueblo estadounidense es para evitar que más miembros del ejército de esta nación sigan siendo sacrificados, al igual que millones de personas —soldados y civiles alrededor del mundo—, quienes terminan en un ataúd a causa de decisiones o negocios políticos y corporativos, que en lo último que piensan es en la vida y la seguridad de las personas que se encuentran en los campos de batalla.

LA OPINIÓN DESDE 1926

sábado, 12 de marzo de 2022

La tentación crística del niño-héroe

Guerra en Ucrania, ecología… Reducir los acontecimientos que sacuden al mundo a un enfrentamiento entre el Bien y el Mal —con sus ángeles y sus demonios— impide comprender la complejidad de la realidad.

Por CHARLES ROJZMAN

La guerra en Ucrania, acompañada de destrucción, muertes y heridos, mujeres y niños que huyen de los combates, solicita con razón nuestra compasión y nuestra ira contra el invasor Vladimir Putin, el primer responsable de una tragedia que puede convertirse en una tragedia para Europa. Nuestros medios de comunicación nos llaman incansablemente a acudir en ayuda de esta denegación de la justicia. La culpa de Putin es obvia. Pero como dicen algunos, las responsabilidades son múltiples y habrá que examinarlas algún día para evitar que se repitan tales hechos, antes de que la trágica mano del destino intervenga rápidamente para desencadenar un apocalipsis nuclear.

Pero junto a estas crueles realidades se desarrolla otro drama, o más bien una comedia en la que somos, a pesar de nosotros mismos, los protagonistas, pasivos o activos. Este asunto de Ucrania reproduce movimientos colectivos inconscientes de nuestro tiempo. Como escribió Freud: «Los filósofos y conocedores de hombres nos han dicho durante mucho tiempo que estamos equivocados al considerar nuestra inteligencia como una fuerza independiente, al ignorar su subordinación a la vida afectiva.»

Greta Thunberg y Volodimir Zelenski, por citar estos ejemplos que marcan nuestro tiempo, son ambos ese niño débil y desarmado que pide ayuda a los poderosos para defenderlo de otros poderosos que son ilegítimos a sus ojos y que los hacen sentir culpables por hacer nada: «¡Qué vergüenza!» nos dicen. «Serán responsables de los grandes desastres que se avecinan si se quedan de brazos cruzados y ven triunfar al Mal». Ambos se retratan en la pobreza crística, dispuestos a sacrificar todo su ser para salvar a la humanidad de los peligros que la amenazan.

A estos héroes se les perdona todo: la mentira, la enfermedad. De lo contrario, representan nuestra irrisoria y miserable humanidad transfigurada por esta lucha contra el Mal: una niña autista, un payaso representan la inocencia del niño frente a la perversidad y maldad del mundo adulto. Nos vengan de nuestra impotencia y llevan nuestra rabia, nuestra ira.

El niño que llevamos dentro puede a través de ellos reclamar reparación. Como en otras luchas míticas también objetos de idealización narcisista, Black Lives Matter, #MeToo, Palestina, y como en otros tiempos la revuelta adolescente de Mayo del 68, el proletariado santificado por el sufrimiento causado por el capitalismo, asistimos a la venganza de David contra Goliat, de los débiles contra los fuertes, de los pobres contra los ricos. El niño se convierte en el héroe de la historia y, como en los cuentos de hadas, Pulgarcito triunfa sobre el ogro, Caperucita Roja sobre el lobo. Barba Azul es asesinado a puñaladas por los hermanos llamados al rescate de la hermana de Anita.

Entonces la esperanza es que un día todo vuelva al orden de la justicia divina que castigará a los malvados. Es sobre estas fantasías que se basa la propaganda, que niega la complejidad de la realidad y todo el equilibrio de poder a favor de una obra en la que se reparten los papeles de malos y buenos. Las poblaciones bajo las bombas son víctimas de un terrible juego de ajedrez.

FRONT POPULAIRE
10 marzo 2022

domingo, 27 de febrero de 2022

Guerra en Ucrania

Por JACQUES SAPIR*

Son graves los hechos ocurridos la noche del 23 al 24 de febrero de 2022 entre Rusia y Ucrania. La decisión de Rusia de intervenir militarmente de forma masiva y de llevar a cabo operaciones militares en todo el territorio ucraniano es injustificada y, por tanto, inadmisible.

La defensa de las poblaciones de Donetsk y Lugansk de ninguna manera justifica tal escalada y tal operación. Por supuesto, la ONU había establecido que la gran mayoría de las víctimas de los enfrentamientos en la «línea del frente» eran personas bajo la autoridad de las «autoproclamadas» Repúblicas Independientes. Entre 2018 y 2021 habían muerto 381 civiles, incluidos 310 en el territorio de las dos repúblicas. Debe recordarse que las provocaciones provenientes de las unidades militares ucranianas estaban fuera de toda duda. Pero estas provocaciones estaban claramente en declive y, sobre todo, no tenían ninguna dimensión de «genocidio». La exageración de la declaración socava la credibilidad de la historia rusa.

La presencia de tropas rusas en la línea del frente, incluso los ataques dirigidos a los medios desplegados por las fuerzas ucranianas en esta zona de contacto, medios que, según los Acuerdos de Minsk-2, deberían haber sido retirados, tenían la naturaleza suficiente para restaurar la calma.

Del mismo modo, el gobierno ruso habla de la «desnazificación» de Ucrania. La presencia de movimientos nacionalistas neonazis en Ucrania es una realidad conocida y documentada. Pero estos movimientos siguen siendo minoritarios entre la población y el gobierno ucraniano. La realidad de Ucrania es más un régimen oligárquico, altamente corrupto, en gran parte penetrado por intereses privados extranjeros y en parte de Estados Unidos, que un régimen neonazi. Aquí, nuevamente, con este comunicado el gobierno ruso se desacredita al usar tal término.

El gobierno ruso está jugando plenamente la carta del precedente de la intervención de Kosovo. Cabe recordar que la actuación de Estados Unidos y la OTAN allí constituyó un verdadero quiebro para el gobierno ruso. Evgueny Primakov, de camino a Washington, desvió su avión para regresar a Moscú cuando comenzaron los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado (1999). Los países de la OTAN se cobijaron, en su momento, bajo la ficción del concepto de «guerra humanitaria» e inundaron la prensa occidental con fake news. Pero la guerra de facto que libraron contra Serbia no tuvo nada que ver con el humanitarismo y constituyó una patente violación del Derecho Internacional, una violación en la que, por desgracia, Francia estaba en connivencia. El poder implantado en Kosovo en los furgones de la OTAN multiplicó las exacciones (tráfico de órganos y limpieza étnica), unas más horribles que otras.

Entonces, por mucho que este precedente pueda validar el reconocimiento unilateral de la independencia de las dos Repúblicas de Donetsk y Lugansk, que he dicho y escrito en varias ocasiones, no puede aplicarse a las operaciones que se han llevado a cabo desde la mañana del 24 de febrero. Decir que la OTAN y los Estados Unidos llevaron a cabo operaciones injustificadas y, por lo tanto, indescriptibles en Serbia no puede justificar de ninguna manera el derecho de Rusia a hacer lo mismo en Ucrania. Lo que es injustificado e incalificable en un caso lo es en el otro.

El Derecho Internacional ha sido grave y constantemente violado por Estados Unidos y sus aliados desde finales de la década de 1990. Desde Kosovo, por lo tanto, hasta la agresión contra Irak en 2003 y las operaciones en Libia, incluso en Siria, lo que erróneamente llamaron el «campo occidental» a menudo se ha liberado libremente de las reglas y prácticas del Derecho Internacional, con consecuencias desastrosas para las poblaciones, como sabemos en Irak en particular, y consecuencias igualmente desastrosas para la estabilidad regional e internacional. Por eso, las condenas de los países de la OTAN y de Estados Unidos a la actual acción rusa, incluidas las de Francia y los líderes franceses, tienen un fuerte sabor a hipocresía y se basan en una apuesta por la amnesia colectiva de las acciones pasadas.

Pero, cuando un país, como Rusia, se posiciona a favor de la restauración de un orden jurídico internacional, y que se relea sobre este tema el muy acertado discurso del presidente Putin en la Conferencia sobre Seguridad de Munich en 2007, no puede permitirse repetir punto por punto lo que con razón había denunciado. En lugar de ser una norma, ciertamente imperfecta, ciertamente adolecida de excepciones, el Derecho Internacional se convierte de hecho en un trozo de papel rasgado y al mismo tiempo esgrimido por unos y otros. Esto solo puede empeorar la seguridad de todos, incluida la de Rusia.

Rusia tenía preocupaciones de seguridad sobre la expansión oriental de la OTAN que eran y siguen siendo totalmente legítimas. Lo vuelvo a decir y mantengo. Son los líderes de los Estados Unidos y de ciertos países de la OTAN los que tienen la responsabilidad de este aumento del problema de la seguridad en Europa. La falta de respuesta sobre el fondo del gobierno estadounidense al proyecto de pacto presentado por Rusia a principios de año, el propio texto de la respuesta de Estados Unidos presentada el 26 de enero de 2021, fue un factor agravante, incluso decisivo, en la percepción de la situación por parte del gobierno ruso. Esto fue capaz de convencer a los tomadores de decisiones, porque, no se equivoquen, la decisión fue colectiva, que no tenían nada más que esperar de la otra parte.

Pero debe recordarse que estos problemas se resuelven mediante la diplomacia y el despliegue en suelo ruso de medios militares adecuados. No solo no justifican en modo alguno las operaciones llevadas a cabo contra Ucrania desde la mañana del 24 de febrero, sino que, además, estas operaciones pueden resultar contraproducentes para los intereses de seguridad a largo plazo de Rusia. Es por ello que estas operaciones deben ser fuertemente condenadas.

Dicho esto, los hilos de la diplomacia deben reconectarse lo antes posible. Las tropas rusas deben detener sus acciones de guerra lo más rápido posible y retirarse de Ucrania, excluyendo, por supuesto, las dos Repúblicas de Donetsk y Lugansk. Este es un punto fundamental, incluso un requisito previo, para la reanudación de las negociaciones. Pero, los Estados Unidos y los países de la OTAN deben acordar imperativamente tomar en cuenta seriamente los intereses de seguridad de Rusia. El 6 de marzo de 1991, los Secretarios de Estado del Departamento de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania se reunieron en Bonn para discutir la seguridad de Polonia y otros países de Europa del Este. Alemania, por su parte, habiéndose reunificado poco antes, no estaba preocupada. Los británicos, estadounidenses, alemanes y franceses coincidieron en este importante punto: la pertenencia a la OTAN de países de Europa del Este era «inaceptable». Los resultados de esta reunión fueron comunicados a Mijaíl Gorbachov.

Hasta que los países de la OTAN y Estados Unidos admitan que el incumplimiento de esta decisión es la raíz de la creciente desconfianza de Rusia hacia ellos, una profunda desconfianza mutua obstaculizará cualquier negociación. Les guste o no, corresponderá a los países de la OTAN ya Estados Unidos dar aquí el primer paso y demostrar que su deseo de lograr la estabilidad en el continente europeo es sincero.

FRONT POPULAIR
24 febrero 2022

* Miembro extranjero de la Academia Rusa de Ciencias, Jacques Sapir es uno de los observadores más relevantes del mundo ruso, su economía y su historia.

jueves, 7 de febrero de 2019

El control ideológico en las sociedades democráticas


Por JEAN BRICMONT

La ideología es especialmente importante en las sociedades democráticas, en las que puede convertirse en la forma principal de control social. La ideología dominante es muchísimo más poderosa en los Estados Unidos, con su libertad de expresión, de lo que llegó a ser en la Unión Soviética, donde el obvio monopolio de la expresión política, reforzado por la represión, propició un escepticismo generalizado. En sociedades más autocráticas, se mantiene a la gente en el lugar que se quiera mediante el temor. En una sociedad donde la gente es libre de manifestarse y de votar, el control de «corazones y mentes» necesita ser mucho más profundo y más constante.

En nuestras sociedades, el reforzamiento de la ideología dominante está en manos de lo que se ha dado en llamar el 'clero secular', por analogía con el clero religioso de las sociedades tradicionales. Ese clero tradicional se presentaba como el intermediario entre lo humano y lo divino y legitimaba el poder de los estratos sociales dominantes mediante la apropiada interpretación de la voluntad divina. Al hacerlo, se aseguraba su propia posición social privilegiada bajo la protección del poder temporal.

Con la Ilustración y las revoluciones democráticas en Europa, el papel de la religión como justificadora del poder se ha ido desdibujando. Las declaraciones de Lord Salisbury invocando la democracia que citábamos anteriormente tienen una resonancia más contemporánea que las de la Santa Alianza invocando la religión. Aun alguien tan ostentosamente religioso como George W. Bush no justifica sus guerras principalmente en nombre de la religión sino en nombre de la democracia y los derechos humanos. Merece la pena destacar que a sus partidarios en Europa a menudo les resulta embarazosa su faceta religiosa, prefiriendo que se ciña estrictamente al discurso por los derechos humanos.

Francis Fukuyama y Samuel P. Huntington, ejemplo
del nuevo 'clero secular' del mundo capitalista.

El actual 'clero secular' está constituido por los creadores de opinión, los filósofos mediáticos y una gran variedad de académicos y periodistas. Son ellos quienes en gran medida monopolizan el debate público, conduciéndolo en determinadas direcciones y fijando los límites de lo que puede decirse, pero aparentando siempre que se trata de un libre intercambio de ideas. Uno de los mecanismos de reforzamiento ideológico más comunes consiste en centrar el debate en los medios empleados para conseguir los fines supuestamente altruistas que defienden quienes están en el poder, en lugar de preguntarse si los fines tienen derecho a hacerlo. Para poner un ejemplo reciente: se planteará si los Estados Unidos tienen suficientes medios e inteligencia para imponer la democracia en Oriente Medio o, eventualmente, si el precio a pagar (la guerra) no es demasiado alto. Tales discusiones no harán otra cosa que reforzar la idea de que las intenciones proclamadas (liberar a los pueblos, propagar la democracia) son el verdadero propósito, mientras que las consecuencias menos nobles, como el control del petróleo o el fortalecimiento de la hegemonía estadounidense (globalmente) e israelí (localmente) no son más que efectos colaterales de una generosa empresa.

Para quienes detentan el poder, es muy importante centrar el debate público dentro de los estrechos límites de si los medios y las tácticas son o no efectivas, soslayando el cuestionamiento de la naturaleza y la legitimidad de los fines y las estrategias. En una sociedad autocrática tales debates no estarían permitidos. En nuestras sociedades son, sin lugar a dudas, de gran utilidad. La izquierda «respetable» juega un papel fundamental en este proceso de legitimación al centrar el debate en el primer tipo de cuestiones (medios y efectividad) y marginando al segundo (la naturaleza y la legitimidad de los fines). Por el contrario, podemos anticipar que cualquier análisis de poderes pretéritos o antagónicos, como el Imperio Romano, Napoleón o la Unión Soviética, incluirá una visión crítica de sus mecanismos de legitimación sin conceder valor alguno a sus declaraciones de principios. Es solo cuando se habla de nuestras sociedades actuales que tal interpretación es considerada banal.

Otro mecanismo ideológico utilizado frecuentemente por la izquierda respetable es la denuncia ritual de los sistemas de adoctrinamiento «totalitarios», casi siempre con la religiosa referencia a Orwell, y enfatizando particularmente aquellos rasgos característicos diferentes a los nuestros. Esto fomenta la noción de que los mecanismos para el control y la manipulación de las mentes pueden encontrarse en cualquier parte, excepto en nuestras sociedades.

Por otra parte, cuando los críticos con este sistema, como los comunistas en el pasado, sostienen que no se diferencia de los sistemas totalitarios, son fácilmente refutados pues la simple libertad para manifestar esas críticas supuestamente demuestra que son diferentes. Ese tipo de crítica solo contribuye a dificultar la comprensión de cómo el control ideológico funciona aquí y ahora, dando la impresión de que los únicos mecanismos de adoctrinamiento son aquellos que no se encuentran en nuestras sociedades.

Es importante destacar que ideología no equivale a mentira. Los miembros del 'clero secular' frecuentemente creen en lo que dicen. Es más, esa interiorización de la ideología es esencial para que logren ser eficaces. Esto se confirma al contrastar su discurso con el de aquellos que simplemente defienden una ideología en la que no creen.

Blair, Bush y Aznar: 'el trio de las Azores',
responsables de la guerra de Iraq y sus consecuencias.

Cuando se trata de individuos que poseen un poder real, sea político o económico, la cuestión es algo más complicada, pero aun así la hipocresía del cinismo generalizado no es plausible. La ideología tiene la ventaja de permitir a la gente vivir en un confort mental en el que pueden evitar hacerse demasiadas preguntas. Esto significa que criticar la falta de sinceridad de quienes están en el poder o de los integrantes del 'clero secular' debe hacerse con precisión: el problema no es que estén mintiendo o que estén ocultando sus verdaderos fines, sino que espontáneamente adoptan una visión sesgada del mundo y de la historia que les permite aprovecharse de su situación de privilegio con absoluta consciencia. Es este un fenómeno que puede observarse en la vida cotidiana: las proclamas altruistas y la adhesión a determinados valores van a menudo acompañados de un análisis de la realidad que hace posible identificar los intereses personales con los imperativos morales. La genuina sinceridad no es simplemente una cuestión de creer en lo que uno dice, sino preguntarse honestamente si las acciones que uno emprende sirven realmente a los nobles fines que supuestamente nos guían. Desafortunadamente, no hay nada nuevo en todo esto y aquellos que critican la actual organización social, de un modo u otro, tienen mucho en común con Blaise Pascal o Jonathan Swift cuando criticaban la injusticia y la hipocresía de las sociedades en las que vivían.

Por muy banal que pueda parecer esto, no deja de ser importante pues implica que las representaciones ideológicas del mundo, al no ser simples mentiras, pueden tener consecuencias imprevistas y, a veces, cuando son defendidas con el suficiente fanatismo, llegar a ser perjudiciales para los mismos poderes a los que supuestamente legitiman. Todavía es prematuro decir si el ataque estadounidense a Iraq es un ejemplo de esa situación, pero tanto la invasión alemana a la Unión Soviética en 1941, como la obstinada guerra de EEUU en Vietnam, ambas con la idéntica finalidad de «liberar a los pueblos del comunismo», son ejemplos claros de la búsqueda de fines ideológicos que han acabado en desastre.

Imperialismo humanitario:
El uso de los Derechos Humanos para vender la guerra
(2005)