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sábado, 28 de junio de 2014

Stonewall


Por VANESSA BAIRD

«No íbamos a aguantar más esta mierda. Habíamos hecho tanto
por otros movimientos. Ya era hora (...) Recuerdo que cuando
alguien lanzó un cóctel molotov, pensé: “¡Dios mío,
ha llegado la revolución! Al fin ha llegado la revolución”.»
Sylvia Rivera, acerca de las revueltas
de Stonewall, junio de 1969. [1]

En una noche calurosa y húmeda, el 28 de junio de 1969, un bar gay del Greenwich Village de Nueva York saltó a los titulares y se convirtió en un icono mundialmente famoso. Imaginemos la escena: el Stonewall está lleno a rebosar de hombres gays, lesbianas y drag queens en todo su esplendor. De repente, sobre la una de la madrugada, las luces empiezan a parpadear. La gente deja de bailar: es una redada policial. La Patrulla Moral está de vuelta. Los clientes son conducidos afuera y «puestos en fila» contra los furgones policiales. Les empujan contra verjas y vallas. No es un suceso inusual. Pero esta noche, en lugar de entrar obedientemente en los furgones policiales que les aguardan, algunos clientes comienzan a arrojar monedas. Luego, botellas. Los clientes del Stonewall ofrecen resistencia. Hay gritos de «poder gay». Los sorprendidos policías se atrincheran en el edificio. Es la primera vez que sucede algo parecido. Piden refuerzos. Los manifestantes arrancan un parquímetro y lo usan como ariete contra la puerta.

Para muchos de los que estuvieron allí, como la transexual Sylvia Rivera, fue un momento embriagador e inolvidable y quizás menos sorprendente de lo que pudo parecer para la policía:

«Siempre creí que contraatacaríamos. Sabía que contraatacaríamos. Sólo que no sabía que iba a ser esa noche».[2]

Las protestas continuaron en pie durante varias noches, y fueron seguidas de más protestas y marchas.

Las Revueltas de Stonewall son consideradas con frecuencia el punto de ignición, el Motín del Té de Boston del Movimiento de Liberación Gay en Occidente. De hecho, se les atribuye una importancia casi sagrada en la historia gay. Pero éste no fue realmente el primer suceso de esta índole. París y Ámsterdam habían vivido brotes similares el año anterior.

Tal vez era de esperar. Los sesenta habían sido una década de radicalismo. La influencia del movimiento de los Derechos Civiles Negros fue enorme, como lo fue también la del Movimiento de Mujeres unos pocos años después. Mientras los activistas negros luchaban contra el racismo con consignas tales como «Lo negro es bello» y las feministas examinaban y cuestionaban el sexismo y proclamaban «la hermandad de mujeres es poderosa», era, de hecho, el momento de cuestionar el prejuicio contra los homosexuales. Un tiempo para una consigna que acabó por llegar: «Lo gay es bueno».

Pero tampoco estos actos de rebelión de gays y lesbianas de mediados del siglo XX provinieron de la nada. Tuvieron sus precursores. Un siglo antes, Karl Heinrich Ulrichs, un abogado y periodista alemán, exigía la derogación de todas las leyes que penalizaban la actividad homosexual. Hubo otros pioneros, como Karoly Maria Kertbeny, John Addlington Symonds, Edward Carpenter y escritores como Oscar Wilde y Radclyffe Hall.

En lo relativo a crear un movimiento, el alemán Magnus Hirschfeld fue más operativo. Fundó el Instituto para la Ciencia Sexual en Berlín, que llegó a ser una fuente de información e inspiración para las personas gays internacionalmente. Su biblioteca contenía 12.000 libros, 35.000 fotos e innumerables manuscritos, todos destruidos por los estudiantes nazis el 6 de mayo de 1933.[3]

La presión sobre los homosexuales durante y después de la Segunda Guerra Mundial provocó otra oleada de activismo político. En los Estados Unidos las Hijas de Bilitis y la Sociedad Mattachine organizaron a las lesbianas y a los hombres gays para apoyarse mutuamente. Estos grupos eran conocidos como «movimientos homófilos». La Campaña por la Igualdad Homosexual en Gran Bretaña es un ejemplo de grupo activista anterior a Stonewall.

Con el surgimiento de facciones más militantes, la liberación gay recibió una oleada de energía desde finales de los sesenta. La timidez de los movimientos homófilos fue sustituida por una mayor osadía a medida de que la gente «salía del armario». La liberación gay no iba a ser conseguida por élites hablando en voz baja en los pasillos del poder, sino por gente corriente echándose a las calles y reclamando despenalización y libertad. Las marchas públicas abrieron paso a la fuerza al problema dentro de la conciencia pública heterosexual, no sólo en Norteamérica, Australasia y Europa, sino también en países del Sur, como México y Argentina.[4] Algunas de las protestas callejeras más radicales por la liberación LGBT están teniendo lugar actualmente en Asia y Latinoamérica, donde la violencia contra las personas LGBT, sobre todo a manos de la policía o movimientos paramilitares de extrema derecha, es una preocupación continua para los grupos de derechos humanos. El espíritu de Stonewall está vivo y coleando en muchas partes del mundo hoy en día.

Sexo, Amor y Homofobia,
Amnistía Internacional (2004)




NOTAS:
[1] Leslie Feinberg, Trans Liberation, Beacon Press, 1998.
[2] Ibid.
[3] Martin Bauml Duberman, Martha Vicinus, George Chancey (editores), Hidden from History: Reclaiming the Lesbian and Gay Past, Penguin Books, London, 1991.
[4] Barry D. Adam. Jan Willem Duyvendak, André Krouwel (editores), The Global Emergence of Gay and Lesbian Politics, Temple University Press, Philadelphia, 1999.
[5] Joan Nestle, A Restricted Country, Sheba, 1988.

lunes, 9 de junio de 2014

Intersexualidad


Por VANESSA BAIRD

«Si soy así, Dios sabrá por qué... Si me siento bien, ¿por qué querría cambiar?
Así es como crecí, ¿por qué buscar algo distinto?».

Bonny, un intersexual o guevedoche, en la República Dominicana,
hablando con Rolando Sánchez en el documental Guevote.[1]

En muchas partes del mundo están en marcha campañas contra la mutilación genital femenina (MGF), también conocida como circuncisión femenina. Las organizaciones de derechos humanos describen la práctica como una violación de los derechos de niñas y mujeres. La MGF ha constituido un motivo para conceder peticiones de asilo.

Sin embargo, existe una forma de mutilación genital que continúa realizándose hoy en día en muchos países del mundo, con más frecuencia en el rico Occidente. Muchos de nosotros ni siquiera sabemos que está pasando. Tiene lugar en condiciones de secreto, oculta bajo la respetabilidad de la práctica médica occidental. Se suele realizar a los niños pequeños, quienes no pueden dar su consentimiento, y es llevada a cabo legalmente por profesionales médicos. Algunas veces no se informa correctamente a los padres.

Estamos hablando de la mutilación genital intersexual o MGI. En los círculos médicos se suele llamar «cirugía correctiva» y ha sido practicada durante más de cuarenta años en la mayoría de los países industrializados.

¿Cirugía «correctiva» o mutilación?

Las personas intersexuales, antiguamente llamados «hermafroditas», nacen normalmente con genitales a medio camino entre lo masculino y lo femenino. Estos nacimientos son más frecuentes de lo que la mayoría de la gente imagina. Según la Sociedad Intersexual de Norteamérica, uno de cada 2.000 bebés nace con genitales ambiguos, lo que puede deberse a muchas causas. Más de dos mil «operaciones correctivas» se realizan a estos pacientes en los Estados Unidos cada año.[2] La cirugía comienza normalmente con bebés de menos de 18 meses y puede continuar durante toda la vida del paciente. No es raro que los pacientes intersexuales tengan que pasar por 30 operaciones o más, muchas de ellas para corregir los efectos de anteriores operaciones.

Durante su infancia los intersexuales pasan por múltiples exámenes, operaciones, dolores e infecciones sin recibir explicaciones. En muchos casos estos niños se «pierden en el seguimiento» de la profesión médica. Esto quiere decir que no hay datos médicos fiables para valorar los efectos de la cirugía o para proporcionar consejo para el futuro.

Pánico social

Los grupos reivindicativos y de apoyo a los intersexuales están al menos agrupando a personas a ambos lados del Atlántico. Sus conclusiones cuestionan directamente muchas de las presunciones de la profesión médica.

Los cirujanos admiten que están respondiendo a una «emergencia psico-social» más que médica. Sólo en contadas ocasiones se reúnen las condiciones en las que «corrigen» a vida o muerte o siquiera por necesidad médica. Algunos padres puede que ni siquiera hayan detectado un problema.

Éste es el proceso usual: los bebés que nacen con genitales ambiguos pasan por muchos exámenes para determinar qué sexo debe asignárseles. La decisión está basada en criterios tales como la habilidad para crear genitales cosméticamente unívocos y funcionales con los tejidos existentes. El tamaño de los genitales es muy importante. Los criterios de normalidad son: un pene de al menos 2,5 centímetros, un clítoris de menos de 0,9 centímetros. Una vez que se ha realizado la determinación, se les pone un nombre a los bebés y se rellena la partida de nacimiento. Se da instrucciones a los padres para que traten al bebé como corresponde al sexo escogido, sin ninguna ambigüedad. La cirugía se realiza antes de los 18 meses para lograr que los genitales cuadren, tanto como sea posible, con el sexo asignado. A menudo la cirugía se realiza en bebés muy pequeños: las niñas de seis semanas pueden operarse para profundizar sus vaginas. Y esto es sólo el comienzo: a menudo les espera un rosario de operaciones que dura toda la vida.

La bibliografía médica se refiere a los genitales ambiguos como «deformes» antes de la cirugía y «corregidos» después Pero la experiencia detallada por los intersexuales que pasaron por ello en su infancia sugiere más bien lo contrario. Muchos hablan de una sensación de estar «intactos» antes de la cirugía y mutilados después. Dieron su consentimiento en pocas ocasiones —la mayoría eran demasiado jóvenes en cualquier caso— y con frecuencia se les mintió para conseguirlo.

Un ejemplo bastante típico es el que narra una mujer a la que, cuando su cuerpo comenzó a cambiar a los doce años, le dijeron que necesitaba operarse para extirpar sus ovarios porque tenía cáncer. Lo que sucedió en realidad durante la operación fue que le extirparon el clítoris y los testículos que acababan de descender.[3] Este ejemplo muestra cuán profundo es el pánico social en lo referente al género. ¿Qué otra cosa podría inducir a adultos responsables a decir a una niña que tenía cáncer a sabiendas de que no era cierto?

Los profesionales médicos que practican la MGI argumentan que ellos sólo tratan de ayudar a los niños y a sus padres. Laurence Baskin, profesor asociado de urología y pediatría estadounidense, afirma: «La mayoría de estos pacientes han hecho bien. Nunca hubieran sido fértiles como varones. Hubieran tenido un pene pequeño no funcional. Si les dejas un clítoris grande no parecerán niñas. La mayoría de los pacientes no quieren un clítoris que parece un pene. La gente quiere parecer normal. Estoy tratando de ayudar a los chicos». Añade que tener un hijo intersexual es también «muy perturbador para los padres».


Cheryl Chase nació «intersexual» en 1956, con órganos sexuales ambiguos
que le fueron operados. Después de conocer su pasado, Chase fundó
la Sociedad Intersexual de Norteamérica, en 2000, esperando poner fin a la
vergüenza y al secreto que rodea a la intersexualidad y acabar con el tipo
de cirugía que la dejó marcada e incapaz de tener un orgasmo.

En esto está de acuerdo Cheryl Chase, fundadora de la Sociedad Intersexual de Norteamérica: «Es muy perturbador. Y cuando la gente está realmente perturbada, no es el momento de tomar decisiones importantes irreversibles».[4]

La Sociedad Intersexual no se opone solamente a la cirugía. Propone también que los padres reciban asesoramiento y que se les ponga en contacto con otros padres de niños intersexuales. Cree que se debería asignar un sexo al niño, darle un nombre que se corresponda con el sexo y educarle dándole explicaciones acerca de su condición adecuadas a su edad. Según Howard Devore, psicólogo de San Francisco que también nació intersexual: «El niño afirmará su identidad de género entre los seis y los diez años». Y también hay que mencionar la cuestión ética del consentimiento, como señala Chase:

«El paciente es el niño, ¡no los padres! El género no es tan frágil como para que se necesite cirugía cosmética tan pronto. La identidad de género no se derrumbaría por preguntarle al niño sobre ello».

Hay cuestiones legales también. En 1999 la Corte Constitucional de Colombia se pronunció en dos decisiones que restringen significativamente la capacidad de padres y médicos para recurrir al bisturí cuando los niños nacen con genitales atípicos. Era la primera vez en cualquier parte del mundo que un alto tribunal consideraba que la Mutilación Genital Intersexual es una violación de los derechos humanos. El tribunal colombiano iba aún más lejos al reconocer a las personas intersexuales la condición de minoría, que disfruta de protección del estado contra la discriminación, y que todo individuo tiene el derecho constitucional a definir su propia identidad sexual. Es interesante que el tribunal colombiano basase su dictamen en la Convención de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas. La corte afirmó:

«Los estados intersexuales interpelan entonces nuestra capacidad de tolerancia y constituyen un desafío a la aceptación de la diferencia. Las autoridades públicas, la comunidad médica y los ciudadanos en general tenemos pues el deber de abrir un espacio a estas personas, hasta ahora silenciadas (...) A todos nosotros nos corresponde escuchar a estas personas y aprender no sólo a convivir con ellas sino aprender de ellas». [5]

Sydney Levy, de la Comisión Internacional de Derechos Humanos de Gays y Lesbianas (IGLHRC), respondió: «Esperemos que los activistas de los derechos humanos en todo el mundo sigan el mandato de la corte. La mutilación es una tortura se mire como se mire».

Viva la diferencia

Los niños intersexuales no son rechazados ni «corregidos» en todas partes del mundo. Las reacciones a los genitales ambiguos varían de acuerdo con la cultura y en los países menos ricos, menos industrializados y con menos medios sanitarios la gente tiende a ser más receptiva.

En la India los hijras tienen una larga historia. Conocidos como una casta del «tercer género», «hijra» se traduce como hermafrodita, eunuco u «hombre-mujer sagrado y erótico». Algunos nacen intersexuales, otros son castrados. Muchos hijras de nuestro tiempo trabajan en la prostitución. Otros viven como cobradores de deudas. Y algunos han entrado en la política. Una política hijra famosa es Shabna Nehru, quien afirma pertenecer a ambos sexos, aunque fue educada como niña. Según Nehru, la condición dehijra no es obstáculo para la vida política. «Se necesita cerebro para la política, no genitales. » Sostiene que los hijras son menos susceptibles de corrupción nepotista que las personas más convencionales.[6]

En la otra punta del mundo, en la República Dominicana, se da la aceptación cultural de la diversidad de género. En los años 70 se descubrió una forma exótica de pseudohermafroditismo en un grupo de habitantes de una zona rural. Veintitrés familias completas estaban afectadas.[7] La familia del intersexual Chi Chi es una de ellas. En el documental Guevote, del cineasta Rolando Sánchez, la madre de Chi Chi explica que de sus diez hijos, tres son niñas, tres son niños y cuatro son «de esa condición especial».

«Sabía que esta clase de cosas existía antes de tener mis propios hijos. Pero jamás pensé que me pasaría a mí. (...) les dije que aceptaran su destino, pues Dios sabe lo que hace y les dije que los hombres de verdad a menudo no consiguen tanto como aquellos que nacieron como muchachas. Y así fue. Mis hijos que son hombres verdaderos no han conseguido tanto como los otros».

La explicación médica para este fenómeno es que, mientras están en el útero, algunos bebés masculinos son incapaces de producir la testosterona que ayuda a desarrollarse a los genitales externos masculinos. Nacen con un escroto parecido a labios, un pene parecido a un clítoris y testículos que no han descendido. De primeras estos niños son tomados por mujeres y educados como tales. Pero como genéticamente son varones, comienzan a desarrollar características masculinas en la pubertad, con crecimiento del pene y descenso de los testículos. Por esta razón son conocidos localmente como guevedoche o «huevos a los doce».

Afortunadamente, estos niños no llamaron la atención de la profesión médica occidental con su obsesión por la «cirugía correctiva». Un equipo de investigadores dirigido por Julliane Imperato-McGinley los estudió y concluyó que en un ambiente tolerante sin intervención social, el niño desarrollaría naturalmente una identidad de género masculina en la pubertad, a pesar de haber sido educado como mujer. De hecho, algunos lo hicieron y otros, no. Chi Chi y Bonny lo hicieron, pero una tercera, Lorenza, no. Como explica Bonny, Lorenza «tenía más oportunidades como mujer. Muchos hombres se enamoraron de ella. Ella siempre vestía como mujer y tenía el cabello muy largo. A ella le gustaba cuando los hombres se enamoraban de ella. Por eso ella quiso quedarse como una mujer y no volverse un hombre».

La aceptación social de personas como Chi Chi en la comunidad se refleja en sus palabras: «Yo soy lo que yo siento. Nací como chica y esa chica murió un día y nació un chico. Y el chico nació de esa chica en mí. Estoy orgulloso de lo que soy. De hecho, mucha gente nos envidia».

Resistiéndose al bisturí

El mundo rico y feliz con el bisturí podría aprender muchas cosas del planteamiento de dejar vivir de culturas más tolerantes. Los activistas de los Estados Unidos y Europa se apoyan mutuamente para romper el silencio. Un hombre que contribuye a la Asociación Intersexual del Reino Unido descubrió ya de adulto que tenía un primo y un tío de la misma condición en los Estados Unidos. Nadie en su familia había pensado en contárselo.

En 1994 Cheryl Chase y otros comenzaron a reunir historias en un boletín llamado Hermaphrodites with Attitude. Más gente está tratando de completar sus propias historias sobre lo que les ocurrió de niños. Es irónico que uno de los mejores ejemplos de la locura de la «cirugía correctiva» en los niños sea el mismo ejemplo que se suponía que debía probar su éxito. En 1963, un equipo aconsejado por el profesor John Money, de la Universidad John Hopkins, de los Estados Unidos, practicó la cirugía correctiva a un bebé que había perdido su pene en un accidente durante la circuncisión. Al niño se le practicó cirugía plástica para hacer que sus genitales parecieran femeninos y en la pubertad fue tratado con hormonas femeninas. Entre 1973 y 1975 Money comunicó un resultado completamente favorable y este fue el caso de referencia durante las dos siguientes décadas de tratamientos. El caso del niño se convirtió a partir de entonces en un caso de «seguimiento perdido».

Lo que sucedió en realidad fue que, a pesar de la cirugía y la educación como niña, el niño no se sentía una niña en absoluto. A la edad de doce años abandonó las píldoras de estrógenos que le prescribían. Rechazó la cirugía para profundizar su vagina que le habían abierto cuando tenía 17 meses. A la edad de 14 años convenció a los médicos locales para que le realizaran una mastectomía, una faloplastia y le proporcionaran hormonas masculinas. Ahora vive como hombre.



NOTAS:
[1] Zachary I. Nafaf, «Whatever I feel», New Internationalist, abril de 1998.
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] Althaea Yronwode, «Intersex individuals dispute wisdom of surgery on infants», www.luckymojo.com, publicado el 11 de marzo de 1999 en Synapse, periódico del campus de la Universidad de California en San Francisco, Escuela Médica.
[5] Informe mundial de la ILGA, comunicado de prensa conjunto
ISNA/IGLHRC/NCLR, 26 de octubre de 1999.
[6] Vanessa Baird, «Out South», New Internationalist, octubre de 2000.
[7] Zachary I. Nafaf, op cit.

viernes, 1 de junio de 2012

Matrimonio

Por VANESSA BAIRD

«¿De qué tratáis de defender el matrimonio? No hay una
cantidad de amor limitada en Iowa. No es una fuente no
renovable. Si Amy y Barbara o Mike y Steve se aman, eso
no quiere decir que John y Mary no puedan también.»

Representante del Estado Ed Fallon, oponiéndose a la legislación
que prohíbe
el reconocimiento de matrimonios gays
celebrados en otros estados.


En diciembre de 1996 la prensa malaya andaba revuelta con la sensacional historia de una mujer de 21 años en el estado de Kelantan, que se hizo pasar por hombre para casarse con su amante, otra mujer. Después de ser recibido como el primer incidente de este tipo en la historia de Malasia, el caso continuó siendo fuente de noticias durante más de tres meses. Cada ángulo de la historia fue analizado.

Se dijo que la acusada, Azizah Abdul Rahman, había engañado a todo el mundo: a su novia, Rohana, al imán local, al funcionario del registro y a los testigos de la boda.

Todos declararon que no tenían ni idea de que Azizah fuera una mujer. No sólo se parecía y comportaba como un hombre, sino que había tomado también un nombre de hombre y poseía un documento de identidad masculino. A las tres semanas de su detención fue acusada y condenada a dos años de cárcel por dos cargos: el primero y más grave, por hacerse pasar por hombre y el segundo, por usar el documento de identidad de otra persona.

La cobertura mediática del caso de Azizah y Rohana creció y creció con descripciones detalladas de su aspecto (más parecida a un chico que a un hombre) y de su indumentaria (pantalones negros y una camisa morada). Se citaba al funcionario del registro que decía que tal vez el incidente era un signo de que el mundo estaba llegando a su fin.

Como consecuencia del caso, el gobierno anunció que endurecería el Estatuto de la Familia Islámica para evitar que tengan lugar matrimonios entre mujeres.

César Cigliutti y Marcelo Suntheim felicitados por amigos fuera del
Ayuntamiento de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 18 de julio de
2003. Su ceremonia matrimonial es la primera unión civil de una
pareja gay en Latinoamérica.

Viejas costumbres

El matrimonio entre personas del mismo sexo puede ser más noticiable en estos días, pero no es nada nuevo. Existía en la antigua Roma, aunque se creía que había desaparecido hasta el siglo XX. El trabajo de los antropólogos, sin embargo, ha revelado varios ejemplos de «matrimonio consuetudinario» en una gama de culturas diferentes.

En el antiguo Dahomey, hoy Benin, el antropólogo Herskovits halló pruebas de matrimonios de mujeres entre las guerreras amazonas del rey de Fon. Más recientemente, la antropóloga Saskia Wieringa contactó con una mujer local que estaba tratando de investigarlo a pesar de la desaprobación de su familia y las amenazas de su marido. Esta mujer reveló que su abuela había tenido de hecho dos mujeres. La historia cuenta que las Amazonas de Fon se dispersaron después de la conquista francesa de Abomey en 1894, narrada por Audre Lorde en su poema 125th Street and Abomey.

También en Lesoto los matrimonios voluntarios entre mujeres no eran extraños en los años 50, a menudo en paralelo con matrimonios heterosexuales obligatorios con hombres. La antropóloga Judith Gay escribió en 1985:

«informantes de edad avanzada me contaron que habían existido relaciones especiales afectivas con intercambio de regalos entre chicas y mujeres “en los viejos tiempos” de su juventud».

De la narración de Mpho Nthunya en su libro de 1997, Singing away the hunger. The autobiography of an African Woman, se podría colegir que las relaciones duraderas, amorosas, íntimas y eróticas entre mujeres eran la norma en el Lesoto rural de aquella época y eran reconocidas y honradas públicamente con fiestas y celebraciones. Parece que era un asunto vergonzoso para las generaciones más jóvenes. Gay describe cómo cuando tres mujeres mayores le estaban describiendo esto, fueron interrumpidas con palmadas por una nuera de 24 años:

«¿Por qué das palmadas?», preguntó sin rodeos una mujer de 97 años. «¿Nunca te has enamorado de otra chica?».

Hoy en día tales relaciones, o al menos su aceptación cultural y social, no parece existir por más tiempo.

El derecho humano al matrimonio

La Declaración Universal de los Derechos Humanos afirma que todos los hombres y mujeres tienen el derecho a casarse y a formar una familia. Prohibir el matrimonio de parejas del mismo sexo o de personas transgénero podría parecer que constituye una discriminación en el derecho a la vida privada y familiar, así como una negación del principio de igualdad ante la ley.

A primera vista, las normas de derechos humanos no excluyen la idea del matrimonio del mismo sexo. Pero hasta ahora la legislación de derechos humanos ha interpretado el concepto de matrimonio como estrictamente heterosexual. En las leyes internas de la mayoría de los países el matrimonio se define como la unión entre un hombre y una mujer. Esta restricción, según se argumenta cada vez con más frecuencia, niega los derechos humanos de las personas gays.

Negarse a reconocer las relaciones del mismo sexo en la ley es más que simbólico, puede tener consecuencias crueles y de largo alcance.

La falta de reconocimiento puede afectar al acceso a un compañero que está recibiendo tratamiento médico. Ha habido casos desgarradores en los que familias homofóbicas han sido capaces de impedir al compañero gay ver a su amado moribundo o gravemente enfermo en el hospital. Puede poner en la calle a personas gays al negarles el derecho a subrogar el arrendamiento de la vivienda a la muerte de su pareja. La falta de reconocimiento incide en el derecho a heredar y en los derechos a beneficios laborales para el cónyuge, a pensiones y a beneficios fiscales.

Mayormente como resultado de campañas de grupos de activistas, las relaciones del mismo sexo están comenzando a obtener reconocimiento legal en un número creciente de países y estados en todo el mundo.

El primer reconocimiento legal de las parejas del mismo sexo tuvo lugar en Dinamarca en 1989, cuando el estado permitió a los ciudadanos LGBT registrar sus relaciones con una ceremonia civil que confería muchos de los derechos asociados al matrimonio. Entre ellos, los derechos de propiedad, sucesión, inmigración, fiscales y de seguridad social. Desde entonces más países han incorporado el reconocimiento legal de las relaciones gays, aunque ha sido un proceso muy lento y parcial. A menudo las medidas han despertado protestas, especialmente de organizaciones religiosas y grupos de extrema derecha.

«Han robado el matrimonio. [Éste es ahora] el problema moral de nuestra civilización», fue la respuesta de la Coalición por los Valores Tradicionales encabezada por el reverendo Lou Sheldon, después de que en 1993 el Tribunal Supremo de Hawai dictaminara que impedir el matrimonio gay era una discriminación por motivos de sexo.

En 2001 Holanda se convirtió en el primer país del mundo en abrir la institución existente del matrimonio civil pleno a las parejas del mismo sexo. Bélgica lo hizo a continuación y después Canadá en 2003 y España en 2005. Más de veinte países o autoridades locales han aprobado alguna forma de legislación que proporciona reconocimiento legal a las parejas del mismo sexo. Entre ellos, Alemania, España, Gran Bretaña, Francia, Finlandia, Groenlandia, Hungría, Islandia, Noruega, Suecia y algunos estados de Estados Unidos.

En Sudáfrica, aunque los gays han conseguido los mismos derechos para las parejas del mismo sexo en los planes de salud y de pensiones del estado, los grupos de derechos gays se han guardado de presionar por el matrimonio gay reconocido por el estado por miedo a provocar a los grupos religiosos y a los grupos de presión de extrema derecha. Tampoco el partido gobernante, el Congreso Nacional Africano, ha estado preparado para aprobar legislación a favor de la igualdad de los gays, a pesar de las obligaciones constitucionales del país.

Algunos grupos gays de Brasil han emprendido una línea más osada: en 1995 algunos grupos de Rio de Janeiro y del estado de Bahía apoyaron su petición de reconocimiento de las parejas del mismo sexo con la amenaza de identificar a 18 personas gays del Congreso y a 50 de la iglesia católica local. La legislación para permitir contratos de unión civil para las parejas del mismo sexo fue aprobada.

Reconocidas o no por la ley, muchas personas LGBT celebran «bodas» gays igualmente. En diciembre de 2002, Brenda Fassie, la tempestuosa Reina del Pop de Sudáfrica, se «casó» con su pareja Sindi Nkambule en una boda espectacular en Yeoville, Johannesburgo.6 Otros se han procurado ceremonias religiosas. Los cuáqueros imparten bendiciones desde hace varios años, pero ceremonias similares en la Iglesia anglicana en Canadá han suscitado fuerte controversia.

En algunos países a las personas transexuales se les ha negado el derecho al matrimonio con su nueva identidad de género. A algunos transexuales operados los tribunales les han incluso ordenado divorciarse de sus ya cónyuges del mismo sexo. Pero en algunos casos la prohibición ha supuesto una ventaja. Por ejemplo, cuando una transexual británica de hombre a mujer quiso casarse con su pareja lesbiana a finales de los 90, pudo hacerlo porque su partida de nacimiento todavía la identificaba como hombre. Su pareja lesbiana vistió un elegante traje mientras que ella, la transexual de hombre a mujer, lucía un completo y largo vestido tradicional de novia.

Igualdad sin adornos

Los puntos de vista dentro de las comunidades LGBT están divididos. Algunos lo ven como un derecho legal y simbólico por el que se debe luchar y ganar. Otros ven el matrimonio como una institución opresora que imita las normas heterosexuales y tiene connotaciones mayormente negativas. Las personas homosexuales han sufrido durante siglos las rígidas concepciones acerca de la importancia del matrimonio y la familia nuclear. Muchos argumentan que la legislación antidiscriminación e igualitaria, independientemente del estado civil, el género o la orientación sexual, es un paso más apropiado hacia delante.

martes, 1 de mayo de 2012

'We are a family'

Por VANESSA BAIRD

«Hay niños que se niegan a sentarse conmigo durante la comida.
Me llaman fea. Algunos se levantan justo delante de mis narices y
me llaman marica porque hablo en contra de la homofobia. Pero
intento mantener la cabeza alta porque sé de muchos otros niños
que tienen padres gays pero no se sienten seguros para salir del armario
(...) Quiero llevar mi arco iris para que sepan que hay alguien más ahí fuera.»
Sol Kelley-Jones, «portavoz infantil» de los derechos gays, quien a la edad
de diez años declaró ante el Comité Legislativo de Wisconsin en relación a
una ley para prohibir el matrimonio entre personas del mismo sexo. Sus
madres son lesbianas que llevan juntas veinte años y no entendía por qué su
familia no debería tener los mismos derechos que la de cualquier otro niño.


La idea de que las personas lesbianas o gays o transgénero puedan disfrutar de los mismos derechos que las personas heterosexuales es considerada a menudo una amenaza para «la familia», algo que puede incluso destruirla.

Los comentaristas anti-gays, sean periodistas, dirigentes religiosos o políticos, deslizan casi indefectiblemente la emotiva palabra que comienza con «F» en sus argumentos. En los Estados Unidos los grupos dedicados a agitar la guerra contra la «agenda homosexual» han adoptado nombres como Foco en la Familia y Consejo de Investigación sobre la Familia. Estos grupos creen que la humanidad existe para reproducirse, que ese es el propósito fundamental del sexo. Afirman que la unidad natural para la reproducción es la familia nuclear heterosexual. La homosexualidad no produce niños. Desde su punto de vista es, por tanto, antinatural y una amenaza para la familia natural. Sostienen que la familia gay corroe los cimientos de la familia y de los valores familiares y son por tanto enemigos de «La Familia».

Lo que se escapa a este tipo de pensamiento es que las personas LGBT tienen también familias. Son la hija o el hijo o el tío o la tía o el sobrino o la sobrina o el primo de alguien. Y también pueden ser los padres o abuelos de alguien.

Hay muchos padres y madres lesbianas, gays o transgénero en el mundo hoy en día. A medida que los prejuicios se erosionan en algunas partes del mundo, y las leyes se vuelven menos discriminatorias, es probable que haya muchos más en el futuro. En Gran Bretaña, Australia, Holanda, España y Canadá las parejas del mismo sexo pueden criar y adoptar niños. Las actitudes más abiertas de mente en relación con la custodia, los derechos de los padres no biológicos y el acceso a los servicios de donación de semen han hecho en el transcurso de unos pocos años más fácil a las personas LGBT ser, o querer ser, padres y madres. En otras partes del mundo la realidad está muy lejos todavía de todo esto.

«Me convertiría en un demonio a sus ojos»

Tendai vivió con su marido e hijos en casa de sus padres en Zimbabue durante cinco años. Después de un tiempo se dio cuenta de que le atraían las mujeres y no podía fingir por más tiempo. A través de un amigo en Sudáfrica se enteró de la existencia de GALZ, una organización de gays y lesbianas en Zimbabue. Se hizo miembro y comenzó a recibir la revista trimestral de la organización. Su padre encontró las revistas, comenzó a sospechar y presionó a Tendai hasta que reconoció que era «uno de ellos». La echaron de su familia inmediatamente y le dijeron que no volviera jamás. Sus hijos tuvieron que quedarse con su padre y durante los tres años siguientes se negó a Tendai cualquier contacto con ellos. «¡Fue tan doloroso!» —dice—. «Pero no puedo cambiar».

Para Irena, una lesbiana rusa, la familia y el Estado conspiraron para romper el vínculo con su hijo. Esto a pesar de que, de hecho, la homosexualidad no es ilegal en Rusia:

«En 1995 a Irena (...) sus hermanas le ordenaron que les entregara la custodia de su hijo y que se sometiera a tratamiento psiquiátrico para "curarla" de su homosexualidad. Su madre amenazó con revelar la orientación sexual de Irena a las autoridades a menos que aceptara. Sus padres contrataron a dos detectives privados. Los detectives intentaron chantajearla afirmando que tenían un vídeo en el que Irena y su pareja mantenían relaciones sexuales. Cuando ésta acudió a la policía para quejarse, el oficial respondió acosándolas sexualmente. Los detectives privados la secuestraron a punta de navaja y la violaron. No lo denunció a la policía por su experiencia previa con ellos».

Irena consiguió asilo finalmente en los Estados Unidos.

Los miedos recurrentes para los padres y madres LGBT, sobre todo para las lesbianas, es que puedan perder a sus hijos, ser expulsados de la familia o de la comunidad y convertirse en indigentes por ello. Su mejor estrategia es a menudo guardar silencio. Ming, que vive en China, oculta su relación con su vecina casada:

«¡No hay lesbianas aquí! ¿Cómo se puede ser lesbiana en este país? Me casé hace diez años cuando tenía 26 años; ahora tengo un hijo de nueve años. ¿Qué puedo hacer? Si "salgo del armario" con mi marido y mis padres, me convertiría en un demonio a sus ojos, no tanto por mi tongxinglian (homosexualidad) como por fallar en mi obligación y responsabilidad como esposa, hija y madre».

Padres y madres adecuados

Los que se oponen a la igualdad de los gays a menudo sostienen que las personas LGBT son «inadecuadas» y que los niños sufrirán daños por la experiencia de ser criados por ellos. A las lesbianas se las acusa a menudo de ser demasiado inestables; a los hombres gays, de ser demasiado promiscuos. Se afirma que los hijos de lesbianas y gays se sentirán confusos en su identidad y en su papel de género. Serán «corrompidos» para volverse también homosexuales. Serán rechazados por la sociedad e incapaces de establecer relaciones sociales normales.

Pero numerosos estudios científicos, principalmente en Estados Unidos y Gran Bretaña, han seguido casos desde la infancia a la edad adulta y no aportan pruebas que sustenten estas afirmaciones. De hecho, encuentran que los hijos de lesbianas y gays crecían de forma bastante parecida a sus homólogos en hogares heterosexuales. Una diferencia era que los hijos en hogares no heterosexuales tendían a estar más abiertos a las posibilidades de distintos tipos de relaciones. A pesar de ello, no tenían más probabilidades de ser homosexuales que el resto de la población en su conjunto.

El problema principal al que se enfrentan los hijos de padres y madres LGBT son las actitudes de prejuicio dentro de la sociedad. Kate Mariat relata este diálogo con su hija de once años:

«Mi hija no podía asociarme, ni a otras lesbianas que había conocido y que le habían caído bien, con el odio y el rechazo hacia las lesbianas que encontraba en la escuela y en los juegos. Recuerdo una conversación peculiar con ella cuando estaba en su primer año de la escuela secundaria. Vino a casa después de jugar y me encontró en el piso de arriba ordenando la ropa.

—No me gustan las lesbianas.
—Yo soy una lesbiana.
—No me gustan las lesbianas.
—Pero te caen bien... [nombré a varias amigas].
—Sí —calló un momento—. No me gustan las lesbianas.

Y volvió a salir a jugar. Cuando leyó este párrafo discutimos si debería incluirlo o no. Aunque somos sensibles a ello, ilustra un punto importante. No era que no le gustaran las lesbianas, lo que sucedía era que lo que ¡as otras personas pensaban de las lesbianas te hacía sentirse mal».


Sin embargo, «lo que las otras personas piensan» puede cambiar y puede cambiarse. Esta chica británica de catorce años tiene una situación familiar inusual y sin embargo encuentra apoyo en la política que ha adoptado su escuela:

«En realidad tengo tres mamás, pero vivo entre dos hogares. Hay muchas ventajas, porque significa que tengo un espectro más amplio de vida, y citando discuto, puedo hablarlo con cualquiera de mis otras mamás. Es agradable vivir con lesbianas porque implica que te acostumbras a tomar decisiones acerca de tu propia identidad. A todos mis amigos les gustan mis mamás, y en la escuela tenemos una política de igualdad de oportunidades para las familias diferentes, así que no hay bromas o nada parecido. El único inconveniente de vivir entre dos hogares es que a veces me olvido cosas...».

En Occidente una generación —si no más— de niños ha sido educada por familias diferentes, abriendo un nuevo camino hacia delante, tan lleno de amor y apto para la educación como el modelo más tradicional. Hasta hace poco el centro de atención ha estado principalmente en las madres lesbianas. Pero el deseo de las parejas masculinas de convertirse en padres es cada vez más frecuente. A veces las parejas lesbianas y gays se juntan para criar a los hijos, es más fácil en lugares con una comunidad grande de lesbianas y gays. Pero hay otras formas. En un caso que tuvo mucha publicidad en 1999, la pareja gay formada por Barrie Drewitt y Tony Barlow tuvo gemelos merced a un acuerdo con una madre de alquiler en los Estados Unidos y ganó una histórica batalla legal para conservar a sus hijos.

En diciembre de 1999 el Tribunal y la Comisión de Derechos Humanos Europeos sentenciaron que Portugal había incumplido el artículo 8 —derecho a la privacidad— en el caso de un hombre portugués que había perdido la custodia de su hijo por motivo de su homosexualidad y se le permitía el acceso sólo con la condición de que ocultara su orientación. Ésta fue una victoria significativa al conseguir que el Tribunal Europeo reconociera al fin los derechos de las familias lesbianas y gays. Pero para miles de personas que viven en países donde la homosexualidad es todavía un delito, o donde las actitudes sociales son violentamente hostiles, tales familias parecen un sueño lejano.


Kylie Ahlers, de trece años, escribe una carta al presidente del senado del estado de Massachussets, Robert Travaglini. Ella y otros hijos de padres gays y madres lesbianas
se unieron a una protesta de defensores del matrimonio entre personas del mismo sexo
en el Parlamento de Massachusetts (febrero de 2004). Kylie vive con su madre y la compañera lesbiana de su madre, que dicen que se casarán por el bien de Kylie tan
pronto como se permita a las parejas del mismo sexo casarse legalmente en el estado. El senador presidente Travaglini se negó a recibir a los niños o a sus padres y madres.

domingo, 8 de abril de 2012

Homofobia y sus raíces

Por VANESSA BAIRD

«La homosexualidad es un crimen contra la humanidad»
Doctor Paul Cameron, del Consejo de Investigación sobre la Familia

Tres hombres jóvenes entran charlando en un bar llamado Fireside Lounge. Tienen poco más de veinte años. Dos de ellos se conocen. El tercero, un estudiante llamado Matthew Shepard, no conocía a los otros de antes. Es gay y piensa que los otros también lo son. Unas horas después, Mathew está agonizando, con el cráneo destrozado, moratones hasta en la ingle y la cara interna de sus muslos y el cuerpo atado a una verja.

El motivo que dio uno de sus jóvenes asesinos para golpear al estudiante con una pistola hasta la muerte fue que Mathew había coqueteado con él. La gente del pueblo que protestaba en su funeral en Casper, Wyoming, apoyaba a los asesinos, Aaron McKinney y Russell Henderson. Llevaban carteles que decían «Dios odia a los maricones» y «Matt al infierno».

Tales incidentes no son sólo una peculiaridad de la América rural del Cinturón Bíblico. La violencia homofóbica puede brotar incluso en los lugares más aparentemente tolerantes. En una tarde cálida de primavera de 1999, David Copeland colocó un letal aparato explosivo lleno de clavos en el abarrotado pub Admiral Duncan, un conocido lugar de ambiente gay en el Soho, Londres. La explosión mató a tres personas y provocó decenas de horribles heridas. Al día siguiente, la organización LGBT Stonewall recibió más llamadas homofóbicas en unas pocas horas que en los seis meses precedentes. Una de las llamadas decía: «¡Debería haberos pillado a todos!».

Es imposible, dado el bajo número de denuncias debido a los tabúes que rodean a la homosexualidad, dar una cifra precisa del número de asesinatos homofóbicos que tienen lugar en el mundo. Pocos casos llegan alguna vez a los tribunales: en Brasil sólo es juzgado el cinco por ciento de un promedio de alrededor de 90 asesinatos de personas LGBT al año.

Las raíces del odio

En 1972 el escritor estadounidense George Weinberg fue uno de los primeros en acuñar la expresión «homofobia», definiéndola como «el temor a estar cerca de los homosexuales». Mark Freedman la describió después como «una reacción extrema de ira y miedo hacia los homosexuales». La definición de la poeta Audre Lorde en 1978 resultaba más compleja: «Miedo a los sentimientos de amor por los miembros del propio sexo y por consiguiente odio hacia esos sentimientos en los demás».

Pero, ¿cuál es el fundamento de ese miedo? Muchos aducen que tiene que ver con la percepción de que la homosexualidad destruye el orden sexual y de género de la llamada ley natural. No sigue las normas o, en las palabras del Papa Juan Pablo II, es «desordenada». Los homosexuales son percibidos como «diferentes» en aspectos que despiertan temor o malestar. Quizás la homosexualidad evoca los temores primarios acerca de la continuidad de la raza, de la tribu o de los genes. La naturaleza no procreadora del sexo homosexual (como la masturbación) puede verse como un derroche y, por tanto, indeseable.

Pero la homofobia tiene todavía un tanto de misterio, cuyas raíces parecen complejas y mudables. Tal como se han percatado los historiadores, las objeciones a la homosexualidad tienen una capacidad de mutar de acuerdo con las cuestiones dominantes del momento. En tiempos de pánico moral la homosexualidad ha sido considerada «pecaminosa» y «antinatural». En tiempos de epidemia ha sido considerada una «plaga» y «malsana». En tiempos de guerra, «degenerada» e incluso «antipatriótica».

En su historia del prejuicio, Homofobia, Byrne Fone detalla las múltiples acusaciones que ha sufrido la homosexualidad, incluso provocar terremotos y eclipses. Los sodomitas han sido acusados de amenazar a la familia, al estado, al orden natural y a la propia supervivencia de la raza humana. La reacción anti-gay en los albores de la epidemia del sida formaba parte de una larga tradición.

La homofobia está unida con frecuencia a otros prejuicios, racismo o xenofobia, por ejemplo. Y las reacciones hostiles hacia los hombres gays pueden estar relacionadas con actitudes sexistas hacia las mujeres. Si los hombres normalmente desprecian a las mujeres porque creen que son débiles, irracionales o inferiores, también pueden despreciar a los hombres que (según su punto de vista) se comportan «como mujeres».

¿Es personal, psicológico?

En nuestro nivel más básico, la mayoría de nosotros hemos sido condicionados, hasta cierto punto, para ser homófobos. Se puede cuestionar esto creando entornos y culturas que se enfrenten y rechacen activamente el prejuicio. Pero a menudo la homofobia fluye profunda y puede ser poderosa y compleja a un nivel personal.

Entre las diversas teorías psicológicas que tratan de explicar qué hace a un individuo ser especialmente homofóbo, la más corriente es la que sugiere que está suprimiendo su propia homosexualidad latente. La homofobia tiende realmente a ser más visible en grupos estrechamente unidos de hombres machistas en los que el homoerotismo se palpa en el aire pero la homosexualidad está estrictamente prohibida y castigada. Estos hombres pueden sentir la necesidad de negar cualquier componente sexual a sus vínculos y de aumentar su solidaridad mostrándose violentos hacia «bujarrones» y «maricones». Este fenómeno se encuentra especialmente en pandillas de adolescentes, policías y soldados. Al atacar a una persona gay, el individuo trata de hacer una distinción clara entre él (o ella) y la temida sexualidad.

Pero los motivos para agredir a los gays pueden ser también muy simples. Un estudio sobre los jóvenes que atacaban con violencia a los gays en San Francisco mostraba que lo hacían porque les gustaba la emoción y por «hacerlo juntos». Algunos decían que no tenían nada en contra especialmente de los gays: simplemente eran blancos fáciles. También, fundamentalmente, sentían que podían escaparse impunemente con facilidad. Agredir a los «maricones» no suscitaría desaprobación social de la misma forma que golpear a mujeres o a miembros de minorías étnicas.

Los sentimientos anti-gay pueden ser también tan sólo una moda. Las letras de las canciones del artista hip-hop Eminem destilan homofobia y sin embargo muchos de sus admiradores afirman que no creen que sea realmente anti-gay. Es un provocador, dicen, alguien que simplemente escupe palabras para provocarnos y hacer un manifiesto sobre la censura.

«Vosotros, maricones, no paráis de provocarme.
Hasta que os tenga al alcance de mi cuchillo, ¿me suplicaréis que pare? (…)
Mis palabras son como una daga con filo dentado
Que se os clavará en la cabeza si eres marica o lesbiana
U homosexual, hermafrodita o travestido».
(Eminem, The Marsháil Mathers LP)

Incluso la revista gay The Advocate publicó un artículo lleno de admiración que argumentaba que la gente que se ofende lo toma demasiado al pie de la letra: Eminem está en realidad dando una imagen del pensamiento homofóbico más que abogando por él. Cuando Kurt Loder, de la MTV, le preguntó por qué escribía letras homofóbicas, el músico contestó:

«Marica para mí no se refiere necesariamente a las personas gays. Marica para mí quiere decir (…) quitar tu hombría, tires una nenaza. Eres un cobarde. Estás siendo un calzonazos o lo que sea…».

Michael Bisogno, un joven activista gay que vive en Teaneck, Nueva Jersey, no se siente tranquilizado:

«Muchos chicos gay le adoran porque es impetuoso. Él usa la palabra "maricón" constantemente, pero algunas personas dicen que no es homófobo, que no lo dice en ese sentido, Me asusta que estemos viendo esto y aceptándolo. Es un prejuicio socialmente aceptable».

Algunos asistentes que trabajan con adolescentes gays y lesbianas sostienen que el sentimiento anti-gay en la cultura juvenil refleja un deseo de agradar y encajar más que un verdadero sentimiento anti-gay. Otros ven una relación más causal. «Ese tipo de letras incita a la violencia contra las personas gays y lesbianas». El doctor Joyce Hunter, un investigador científico del Centro Médico de la Universidad de Columbia, declaraba a Rolling Stone: «Incita a los niños de las escuelas a acosarles. La gente dice que pueden cantar estas letras y que no quiere decir nada. Quiere decir algo».

En Jamaica algunos músicos promueven activamente la homofobia. En un concierto en enero de 2004 en St. Elizabeth, los intérpretes, Capleton y Sizzla entre ellos, cantaron casi exclusivamente sobre hombres gays, instando al público de alrededor de 30.000 personas a «matarles, maricones muertos, tiros de pistola en su cabeza (…) quien quiera verlos muertos que levante la mano».

¿Es político?

Aunque puede ser cierto que los tradicionalistas son más proclives a ser políticamente conservadores y menos proclives a ser receptivos a la idea de los derechos LGBT, la historia del siglo XX nos previene contra las generalizaciones precipitadas.

Los nazis de Alemania persiguieron y ejecutaron a miles de personas gays. También sufrieron persecución a manos de los fascistas en España. Pero también sucedió en la China comunista. Después de la revolución maoísta de 1949 los gays fueron perseguidos y ejecutados. Las lesbianas que pertenecían a hermandades exclusivamente femeninas huyeron al exilio. Se proclamó que no existía la homosexualidad.

Los Estados Unidos capitalistas y la Rusia comunista podrán haber sido polos opuestos en la ideología, pero en lo relativo al tratamiento de las minorías sexuales tenían mucho en común. Ambos sometieron a sus ciudadanos gays y lesbianas a la cárcel y a tratamientos médicos forzosos. Mientras la Rusia estalinista ponía la homosexualidad al mismo nivel que el bandidaje, las actividades contrarrevolucionarias, el espionaje y el sabotaje, los macartistas en los Estados Unidos se aseguraron de que más de 600 «pervertidos sexuales» fueran purgados de su trabajo de funcionarios basándose en que representaban una amenaza para la seguridad nacional.

En América Latina entre los 60 y los 80 se dio una situación similar. Los gobernantes militares de extrema derecha de Argentina torturaron y asesinaron a activistas lesbianas y gays: al menos 400 «desaparecieron». En la Cuba comunista Fidel Castro denunció la homosexualidad como resaca de la era corrupta de Batista. Los gays fueron encarcelados en campos de rehabilitación desde los 60 y expulsados como parte del éxodo de «indeseables sociales» de Mariel en 1983.

Más recientemente, la conservadora baronesa británica Janet Young continuó la campaña del gobierno de Thatcher contra la igualdad para lesbianas y gays. El objetivo declarado de Young era proteger la institución de la familia. En ello estaba de acuerdo con el antiguo marxista, anti-británico a ultranza y anti-gay dirigente de Zimbabue, Robert Mugabe.

Chivos expiatorios y autoridad

El motivo más obvio y simple por el que dirigentes políticos de cualquier cuerda inician una campaña contra las minorías es tan antiguo como el mundo: encontrar un chivo expiatorio. Se puede ver en el encarcelamiento del oponente político Anwar Ibrahim, acusado de sodomía por el dirigente malayo Mahaímir Mohamad, y el subsiguiente aumento de apoyo al precario gobierno de Mahatmir. Robert Mugabe, de Zimbabue, acosado por la precariedad económica y la creciente inestabilidad política, se ha volcado sobre toda una lista de chivos expiatorios, gays y granjeros blancos entre ellos.

El segundo motivo es el autoritarismo. Los países con un estilo autoritario de gobierno son casi siempre más homófobos. La explicación psico-social más frecuente para esto es que la cohesión social depende de un cierto grado de «represión sexual» o «restricción». Desde este punto de vista, ciertas formas de comportamiento sexual se consideran antisociales y deben ser rechazadas por el orden social para sobrevivir. Todos los regímenes políticos responsables de los ejemplos de la sección anterior —sean comunistas, maoístas, fascistas, macartistas, militaristas o conservadores de extrema derecha— tienen algo en común. Llevaban el sello del autoritarismo.

Familia y género

Hoy se puede ver una intolerancia autoritaria similar en movimientos que, aunque puedan afirmar que no son políticos, poseen sin embargo una potente agenda e impacto político. En los Estados Unidos, las organizaciones religiosas de extrema derecha que son fuertemente anti-gay se presentan a sí mismas como campeonas y defensoras de la familia tradicional, adoptando nombres como «Foco en la Familia» o «Consejo de Investigación sobre la Familia». Para ellas las personas LGBT son agresores destructivos y poderosos. Anthony Falzarano, del Consejo de Investigación sobre la Familia afirma: «Básicamente, el homosexual (…) se dedica a destruir el matrimonio tradicional, el matrimonio heterosexual...».

Aunque la amenaza a la familia sea una de las expresiones ideológicas más comunes de la homofobia, la objeción real puede que tenga que ver más con las ideas fijas acerca del género. La desviación de las normas heterosexuales es amenazadora porque parece cuestionar las reglas convencionales que rigen los papeles masculino y femenino. Esto podría minar el control autoritario que a menudo subyace con fuerza en las divisiones y obligaciones de género claras en una sociedad ordenada.

La amenaza de la alternativa

La homosexualidad por sí misma no puede plantear una amenaza real a ningún régimen u orden social establecido. Después de todo, muchos regímenes de todos los colores políticos han tolerado homosexuales en el armario dentro de sus filas. La amenaza real, según argumenta Jeffrey VVeeks, surge cuando las actividades de la minoría sexual se convierten en un modo alternativo de vida:

«Cuando la gente suscribe la idea del pluralismo sexual, está también implícitamente suscribiendo el pluralismo social y político. Cuando afirman sus identidades lesbianas y gays, cuando afirman su sentimiento de pertenencia a movimientos sociales y comunidades organizados en torno a sus preferencias sexuales, están realizando una declaración política. La homosexualidad se convierte entonces en algo más que peculiaridad individual o una elección privada. Se convierte en un desafío a los valores absolutos de todo tipo. A los regímenes autoritarios no les gusta eso».

El movimiento LGBT en algunos estados de Estados Unidos ha tenido mucho éxito creando un espacio político y social para las personas pertenecientes a una minoría sexual. San Francisco, Nueva York y muchas otras grandes ciudades tienen florecientes comunidades de minorías sexuales. Lesbianas, gays, bisexuales y transexuales son visibles como nunca antes habían sido. Para algunos esto es motivo de alarma. Judith Reisman, de movimiento anti-gay Ex-Gay, advierte:

«Os advertiría de que aunque la población homosexual puede ser ahora el uno o el dos por ciento, contened la respiración, porque el proselitismo es poderoso: es patente, está en todas partes. Yo diría que veréis un veinte por ciento o con más probabilidad un treinta por ciento, o incluso más, de la población joven convirtiéndose-a la actividad homosexual».

El mensaje de estas organizaciones es que los homosexuales son peligrosos: quieren destruir todo lo que aprecias; sobre todo quieren pervertir a tus hijos y a tus nietos.

Es fácil rechazar puntos de vista como éstos considerándolos teorías conspirativas histéricas. Pero estas organizaciones proporcionan una lógica para los crímenes de odio contra las personas LGBT. Y el cierre de filas de los diversos elementos homofóbicos, combinada con la bofetada política que pueden sacudir en conferencias de las Naciones Unidas para oponerse a la igualdad de las personas LGBT, es motivo de preocupación. Aunque ha habido algún avance en la legislación de derechos humanos, esto no debería hacernos olvidar que la persecución arruina la vida de cientos de miles de personas pertenecientes a una minoría sexual en todo el mundo hoy en día.

La homofobia ha estado presente en el ambiente mucho tiempo. Crece profunda y se necesitará mucha legislación, concienciación, educación y práctica para erradicarla. También requiere acción continuada, compromiso y vigilancia para impedir que la homofobia destruya vidas como las de Matthew Shepard y un número incontable, incontado, de muchos otros.

Sexo, Amor y Homofobia,
Amnistía Internacional (2004)

miércoles, 7 de marzo de 2012

No en nuestra cultura


Por VANESSA BAIRD


«El enemigo aún intenta regresar con maniobras y trucos siniestros llamados lesbianas y
homosexualidad y globalización (...) Nos colonizaron y ahora enarbolan los derechos
humanos cuando les condenamos y rechazamos. En Namibia no quedará ni una lesbiana
ni un homosexual. Aquellos que lo quieran [continuar con las actividades homosexuales]
deberán hacer el equipaje y regresar a Europa.»
Presidente Nujoma de Namibia, hablando a los simpatizantes del SWAPO en el
exterior del Centro de Mujeres Okuryangava, Windhoek, 23 de abril de 2001. [1]


Poliyana Mangwiro tenía catorce años cuando se dio cuenta de que era «una mujer que amaba a las mujeres». Pero no se lo dijo a nadie:

«No estaba segura de lo que me sucedía. No conocía la palabra "lesbiana". Nadie en la zona rural en la que vivía la habría conocido.»

Así que Poliyana hizo lo que la mayoría de las chicas del campo hacen en Zimbabue: se casó. A los 17 años ya tenía dos niños. A la edad de 20 años huyó de su marido y se fue a la capital, Harare. Allí se unió a la recién creada organización de gays y lesbianas GALZ (Gays y Lesbianas de Zimbabue). Trabajaba de voluntaria para la organización en la Feria Internacional del Libro de Harare cuando el puesto fue atacado por un grupo anti-gay. El incidente tuvo mucha publicidad. La foto de Poliyana se extendió por los periódicos y comenzó a recibir amenazas. Por motivos de seguridad, abandonó Harare y regresó a su pueblo. Pero su fama la precedió y fue rechazada por su comunidad. «Dijeron que no pertenecía a allí porque era gay y eso era de los blancos». Poliyana insiste, sin embargo, en que ser «lesbiana o gay forma parte de nuestra cultura. Existe incluso una palabra para ello en nuestra lengua Shona: ngo-chani».[2] Poliyana Mangwiro, una directa defensora de los derechos de gays y lesbianas en Zimbabue, murió de Sida en 2001.

Las afirmaciones de que la homosexualidad «no forma parte de nuestra cultura» son comunes. A menudo se ha descrito como la enfermedad, el pecado, el crimen, el hábito o el problema de otros. Como algo extranjero que amenaza con contaminar la pureza de la nación, de la comunidad, de la raza o de la clase. El Antiguo Testamento apodaba al lesbianismo el «vicio egipcio», los misioneros españoles del siglo XVI llamaban a la sodomía el «vicio japonés» o el «pecado de los caribes». Durante siglos los árabes culparon de la homosexualidad a los persas.

Este modo de pensar está todavía vivo hoy en día, sobre todo en partes de África y Asia. Forma parte de un cóctel explosivo, homofobia más xenofobia. Por subsistencia los gays y lesbianas africanos y asiáticos están luchando contra ello. Las reacciones homofóbicas pueden ser feroces: los grupos LGBT son vistos como un ejemplo de la corrupción occidental; el ciudadano homosexual es rechazado como un intruso, una amenaza a la cultura, un enemigo (o un agente del enemigo) que debe ser expulsado. Y las expulsiones han tenido lugar, bien por la fuerza como en Uganda, o por medio de coerción, empujando a los ciudadanos gays a buscar el exilio y el asilo, como en Zimbabue y Namibia.

Muchos líderes africanos han salido a la palestra con declaraciones y políticas anti-gays. Entre ellos están Sam Nujoma de Namibia, Robert Mugabe en Zimbabue, Yoweri Museveni en Uganda y Frederick Chiluba en Zambia. El ex presidente de Kenia Daniel Arap expresaba el punto de vista generalizado de una manera muy sucinta: «La homosexualidad está en contra de las normas y tradiciones africanas».[3]

La prensa popular en estos países ha sido rápida captando el mensaje con opiniones que describen la homosexualidad como «algo blanco» impuesto a los negros, que contribuye al daño y a la decadencia de la cultura negra. La señora Mangwe, de Zimbabue, dirigente de la Liga de Mujeres del ZANU, lo explicaba así: «Nuestro camino consiste en proteger nuestra cultura. No destruirla permitiendo que la homosexualidad se extienda dentro de ella. No pertenece a nuestra cultura negra y no la queremos».[4]

Tradiciones gays africanas

Los investigadores, sin embargo, han mostrado que la homosexualidad precedió largamente al colonialismo en África. Según el antropólogo Edward Evans-Pritchard, ésta y otras formas de erotismo hacia el mismo sexo eran indígenas. Unas pinturas rupestres de dos mil años de antigüedad del pueblo sudafricano San muestran a hombres copulando. En las culturas guerreras, sobre todo, hay indicios de relaciones sexuales entre hombres. Y existen tradiciones de mujeres que se casan entre ellas en varias culturas africanas, entre otras en Ghana, Lesoto y Kenia.

En el pueblo azande, que vive en la actualidad en el suroeste de Sudán, el norte de la República Democrática del Congo y la esquina suroriental de la República Centroafricana, se practicaba desde hace tiempo y hasta el comienzo del siglo XX una forma intergeneracional de homoerotismo. Las mujeres azande también practicaban un erotismo hacia el mismo sexo. La homosexualidad transgenérica está documentada en el pueblo nuba en Sudán. Según el antropólogo S.F. Nadel, existían nombres para los hombres que practican el erotismo homosexual e incluso los matrimonios del mismo sexo. Los varones homosexuales y transgénero tenían su papel como funcionarios espirituales en numerosas culturas africanas, entre ellas el pueblo lango de Uganda, los merus de Kenia, los ilas de Zambia y los zulúes de Sudáfrica.[5]

La afirmación de que la homosexualidad no es africana es una «mentira», dice el activista y escritor sudafricano Shuaib Rahim. «La verdadera importación europea imperialista es la tradición homofóbica de la ley británica». Recuerda cómo les insultaban cuando él y sus compañeros gays crecían en la Sudáfrica del apartheid:

«Pero quizás lo peor de todo lo que nos llamaban era "no africanos". El primero de mis antepasados llegó a África en el siglo XVII. Vinieran de todas partes: Java, Malasia, Dinamarca y la India. Nuestra familia ha vivido desde entonces en este país. Y soy un "moffie" (palabra despectiva en afrikaans para designar a un gay). ¿Me convierte esto en no africano? Debo admitir que pensé que era cierto... [Entonces] comencé a leer nuestra historia y descubrí muchos hechos interesantes. Simón Nkoti fue un gran héroe de la lucha por la liberación. Era un activista del Congreso Nacional Africano y pasó cuatro años en prisión bajo el apartheid. Mientras estaba en la cárcel "salió del armario" como "moffie" ante sus compañeros reclusos y le aceptaron. Después de su liberación se convirtió en el rostro de la lucha por los derechos de lesbianas y gays en África. Desafío a cualquiera a que me diga que Simón Nkoli no era africano en todos los sentidos de la palabra».[6]

Herencia gay hindú

Con el creciente activismo gay y lésbico en África y Asia, las cuestiones LGBT están cada vez más en el punto de mira. El furor causado en India por la película Fuego tuvo cobertura internacional. La historia de Deepa Mehta acerca de dos mujeres, casadas con dos hermanos, que desarrollan una relación entre ellas en las congestionadas calles de la Nueva Delhi de la clase media, fue permitida por la Junta de Censores. Pero los extremistas hindúes atacaron un cine que la proyectaba y los parlamentarios conservadores tuvieron su día de gloria condenándola. Pramod Navalkar, ministro de Cultura del estado de Maharashtra, contó a los periódicos que el lesbianismo era «una tendencia pseudofeminista occidental y no forma parte de la feminidad india».

Tales provocaciones, sin embargo, produjeron una salida del armario ingente y sin precedentes de lesbianas indias que tomaron las calles en protesta. Ashwiní Sukthanker relata:

«Cientos de personas salieron a la luz. Por primera vez las lesbianas eran visibles (...) Entre el mar de carteles sobre derechos humanos, secularismo, autonomía de las mujeres, libertad de expresión, un letrero pintado con los colores de la bandera nacional rezaba: "India y lesbiana". ¿Quién hubiera pensado que plantear una demanda tan atrevida a nuestro orgullo nacional podría causar tal furor?»

Pero lo hizo. El subdirector del semanario India Today expresaba su consternación personal porque «el movimiento gay militante, que hasta ahora ha operado como ramificaciones de una desagradable tendencia occidental a través de páginas Web, no podía revelarse en los estandartes directos y ostentosos en Delhi sugiriendo que el "lesbianismo forma parte de nuestra herencia"». Continuaba diciendo: «El robo, el fraude, el asesinato y otros [delitos penales] tienen una larga historia. Eso no los eleva a la categoría de herencia».[7]

Los intentos de negar o incluso eliminar toda tradición positiva de la homosexualidad en la India cuentan con precedentes. Desde los años veinte hasta los cuarenta Mahatma Gandhi dirigió una campaña para borrar todas las referencias positivas al transgenerismo y al deseo hacia el mismo sexo en la cultura india, sobre todo en la hindú. Durante aquellos años Gandhi envió pelotones de sus fieles a destruir las representaciones eróticas, especialmente las homoeróticas y lésbicas, esculpidas en templos que datan del siglo XI.[8]

El escritor y filósofo Rabindranath Tagore fue capaz de parar esta acción violenta. Sin embargo, la campaña para borrar la historia de la diversidad de género y sexual fue continuada por el Primer Ministro Jawaharlal Nehru, quien estuvo en el cargo de 1946 a 1964. Como Gandhi, había sido educado en Inglaterra, y como él deseaba transmitir el mensaje de que eran los ingleses los que habían traído la homosexualidad a la India. Se sintió desconcertado cuando su amigo Alain Daniélou publicó fotografías de esculturas tradicionales de la India que representaban homoerotismo y personas transgénero. La poderosa comunidad de miles de hijras (o eunucos) tiene una tradición en la cultura india que se extiende dos mil años atrás.

Gays en el mundo musulmán

«La cultura no siempre está contra nosotros y existen ejemplos positivos de relaciones del mismo sexo que se pueden encontrar en diferentes culturas musulmanas», escribe Anissa Helie.[9] Cita el ejemplo de teatros itinerantes tradicionales y grupos musicales en Pakistán, en los cuales las parejas masculinas vivían sus relaciones bastante abiertamente, y señala un cuerpo de literatura local y urdu que está basada en el amor masculino, yaari.

El musulmán británico Raza Griffiths escribe acerca de la situación en nuestros días: «A pesar de la impresión creada por las ejecuciones de homosexuales en los estados islámicos de la línea dura (...) en la mayoría de los países musulmanes, los musulmanes, sobre todo los hombres, tienen considerable libertad para tener sexo gay en privado siempre que no se revelen públicamente como gays».[10]

Varias organizaciones LGBT se han creado en los últimos años, algunas en condiciones difíciles. El grupo Homan aboga por los derechos de los gays y lesbianas iraníes y tiene sedes en los Estados Unidos, Gran Bretaña, Noruega y Suecia. Publica una revista Web en farsi e inglés en www.homan.cwc.net. Al-Fatiha —que quiere decir «apertura» o «comienzo» en árabe— organiza conferencias internacionales y tiene sedes en los Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña. En palabras de uno de sus portavoces: «Como musulmanes gays marginados podemos despertar el espíritu del amor dentro del Islam».

A pesar de las protestas de sus dirigentes y de sus medios de comunicación, la frase «no forma parte de nuestra cultura» sencillamente no suena a cierta para miles de personas LGBT en todo el mundo.

Sexo, Amor y Homofobia,
Amnistía Internacional (2004)

NOTAS:

[1] The Namibian, 23 de abril de 2001, www.mask.org.za.

[2] Poliyana Mangwiro, entrevistada por Vanessa Baird en «Taboo Breakers», New Internationalist, octubre de 2000.

[3] Mark Gevisser, «Mandela’s Stepchildren» en Peter Drucker (editor), Different Rainbows, Gay Men’s Press, 2000.

[4] Ibid.

[5] Randy P. Conner, David Hatfield Sparks, Mariya Sparks, Cassell’s Enciclopedia of Queer Myth, Symbols and Spirit, Cassell, London y New York. Reimpresión 1998.

[6] Shuaib Rahim, «Out in Africa», New Internationalist, octubre de 2000.

[7] Ashwini Sukthanker, «For people like us», octubre de 2000.

[8] Vanessa Baird, No-Nonsense Guide to Sexual Diversity, Verso/NI, 2001.

[9] Anissa Helie, «Holy hatred», New Internationalist, octubre de 2000.

[10] Raza Griffiths, Out and Muslim in the United Kingdom, Pink Paper, septiembre de 1999.

domingo, 26 de febrero de 2012

¿«Curar» la homosexualidad!

Clitoridectomía y otras curas

Por VANESSA BAIRD

«Me encerraron solo en una institución mental durante 72 horas
con pornografía supuestamente gay y me dieron medicamentos
para hacerme vomitar y provocarme incontinencia. No había lavabo
ni suministro de agua en la habitación. Me dijeron que la siguiente parte
del tratamiento consistía en aplicar electrodos a mis genitales.
Después de tres días, supliqué que me dejaran salir.»

Peter Price, locutor gay de radio en Liverpool,
Reino Unido, describiendo su experiencia de
«terapia aversiva» como adolescente en los 60.


Peter Price había aceptado pasar por un tratamiento porque su madre no podía soportar la idea de que su hijo de 18 años fuera homosexual. Desde que reveló su experiencia en 1999, más de 700 personas han contactado con él para comentarle que habían recibido un tratamiento similar. Muchos de ellos le contaron que no se habían recuperado del trauma.

«Todavía recibo a personas derivadas a mi consulta a las que se las había dicho que su sexualidad es una enfermedad, y todavía atendemos a personas que están desequilibradas por intentos de tratamiento», declaró Mike King, profesor de psiquiatría del Royal Free Hospital de Londres en 1999.[1]

Se podría suponer que en países donde la homosexualidad es ahora legal y disfruta de un nivel de aceptación social mayor que nunca, tales intentos de «curarla» serían una cosa del pasado. No es cierto. Todavía en 1999 John Kellet, un especialista en psiquiatría del hospital de St. George, Sur de Londres, usaba las páginas de la revista médica Trends in Urology para describir una terapia aversiva que acababa de administrar con éxito a un soldado de 24 años que deseaba tener una vida «normal», con esposa e hijos. Estas terapias, ofrecidas por la Seguridad Social británica, normalmente conllevaban intentos de inducir repugnancia hacia el sexo gay.

Movimiento de Ex-Gays

En los Estados Unidos la campaña para volver heterosexuales a los homosexuales se ha acelerado en los últimos años con la aparición del Movimiento de Ex-Gays. El grupo más conocido, Exodus, tiene alcance internacional.

En 1998 varios grupos estadounidenses, la mayoría religiosos y conservadores, financiaron una campaña de anuncios en periódicos a toda página a nivel nacional ofreciendo una «cura» para la homosexualidad. La cura ofrecida se denomina Terapia Reparadora, otra palabra para denominar la terapia de «conversión». La idea que subyace es que la homosexualidad es un tipo de enfermedad social y psicológica, cuyas causas más frecuentes son la disfunción familiar y las relaciones fracasadas entre padres e hijos y madres e hijas.

Una de las organizaciones más conocidas de las que llevan a cabo terapia reparadora es la Asociación Nacional para la Investigación y Terapia de la Homosexualidad (NARTH, en inglés), una asociación profesional de salud mental. Su página Web dice:
«Los adolescentes en peligro y los padres tienen el derecho a saber que la homosexualidad se puede prevenir y es tratable, y que cuanto más pronto tenga lugar la intervención, mejor es el pronóstico.»[2]
Grupos cristianos como los Ministerios de Coral Ridge y Foco en la Familia sostienen que estas terapias tienen un alto índice de curaciones. Pero la mayoría de las organizaciones profesionales de salud mental están preocupadas por el uso no regulado de estas terapias y el daño que pueden estar haciendo a las personas gays. Raymond Fowler, director ejecutivo de la Asociación Americana de Psicología, afirma:
«La orientación sexual no es una elección y no puede cambiarse. Los grupos que intentan cambiar la orientación sexual de las personas por medio de la llamada terapia de conversión están mal encaminados y corren el riesgo de causar mucho daño psicológico.»[3]
Muchos psiquiatras informan de casos de gays y lesbianas que han sufrido serias depresiones después del fracaso de su terapia; algunos se han suicidado. Los «ex-ex-gays» están también colgando sus experiencias en la Red. El doctor Rob Killian, por ejemplo, describe cómo su terapia incluía no sólo psicoterapia, cantar himnos y vestir ropas ajustadas en la cama, sino también casarse con una mujer. Según él:
«La terapia reparadora no proporciona salud. Busca compartimentar el sentimiento no deseado dentro de una parte odiada del ser de uno que luego se entierra e ignora (…) Mi experiencia personal no sólo no me condujo a la salud mental y espiritual: me dio más motivo aún para odiar a mi padre y no hizo nada para ayudarme a amar más a mi esposa (…) La terapia reparadora es peligrosa.»[4]
Una historia de curaciones

La gente que trata de «curar» la homosexualidad no aporta ninguna novedad. Tiene una historia larga y sangrienta detrás.

Antes del siglo XIX la homosexualidad era considerada un pecado y un delito. La solución consistía en librarse de la gente que la practicaba. Al sugerir que podría haber una razón científica para la homosexualidad, pioneros como Karl Heinrich Ulrichs, John Addington Symonds y Havelok Ellis esperaban que siguiese una mayor comprensión y tolerancia social. Hasta cierto punto, eso fue lo que sucedió. Pero la búsqueda de una explicación científica de la homosexualidad fue un arma de doble filo: con ella llegó la búsqueda de una curación científica. Científicos, profesionales médicos y otros han intentado curar la sexualidad «desviada» de una amplia manera de formas. Entre ellas, cirugía, tratamiento hormonal, terapia aversiva, tratamiento de electrochoque, psiquiatría, hipnotismo y terapias psico-religiosas.

Durante todo el siglo XX y a ambos lados del Atlántico se imaginaron todo tipo de remedios. Algunos de los más absurdos y divertidos son:
● Una dieta especial de coles de Bruselas para proteger a los niños de volverse homosexuales.

● Terapia de belleza para lesbianas.

● Encuentros con prostitutas para hombres gays.

● Matrimonio combinado con estudio de disciplinas abstractas como las matemáticas.
Otras terapias que han sufrido personas gays y lesbianas no son tan divertidas. Han supuesto violaciones extremas de sus cuerpos, mentes y sus derechos humanos. Quizás la forma más violenta de terapia ha sido la cirugía. Se practicaron clitoridectomías e histerectomías a lesbianas en los Estados Unidos hasta los años 50.[5] En la Unión Soviética se hicieron experimentos para extirpar los testículos a hombres homosexuales para sustituirlos por otros de heterosexuales. En los campos de concentración nazis los hombres gays fueron empleados de manera extensiva para la experimentación.[6] En los Estados Unidos se favoreció la lobotomía hasta los años 50: cortando fibras nerviosas en la región frontal del cerebro se eliminaban los impulsos homosexuales (y la mayoría de las demás reacciones sexuales y emocionales).[7]

Algunos científicos buscaban la causa de la homosexualidad en las hormonas, creyendo que las lesbianas tenían niveles más altos de testosterona, hormona masculina, y que los hombres gays tenían niveles más altos de estrógenos, hormona femenina. La teoría ha sido refutada desde entonces. Se diseñaron terapias hormonales que empleaban esteroides para «masculinizar» a los hombres gays y «feminizar» a las lesbianas, con poco efecto, salvo aumentar el impulso sexual de los gays, aunque su orientación siguió siendo la misma.

En su búsqueda de una cura, científicos estadounidenses trataron incluso de usar terapia de radiación en los homosexuales.[8]

Psiquiatras

La psiquiatría proporcionó otra línea de ataque. Quizás la «enfermedad» de la homosexualidad no radique en el cuerpo, sino en la mente. La terapia electroconvulsiva (ECT), que había sido diseñada por Ugo Cerletti en 1938, se convirtió en un método usual para tratar de curar a los homosexuales. Fue empleada hasta bien entrados los 60 en Gran Bretaña. La terapia aversiva era más popular: la excitación heterosexual era recompensada y la atracción homosexual, castigada. A menudo se hacía aplicando descargas eléctricas o eméticos. En España, bajo el régimen del general Franco los homosexuales eran encerrados en centros de «rehabilitación» donde sufrían estos tratamientos.[9] Durante los años 70 y 80 se obligó a «sospechosos» de ser gays o lesbianas en las Fuerzas Armadas de Sudáfrica (SADF) a sufrir «terapia de conversión» y otras formas de tratamiento sin su consentimiento. Entre ellas, la terapia aversiva y la «castración química», en las que empleaban medicamentos que eliminaban el impulso sexual.[10]

Menos violento, pero dañino en cualquier caso, era recurrir al psicoanálisis. En los años 50 el psiquiatra estadounidense Edmund Berger hablaba de la homosexualidad como un «tipo de masoquismo psíquico en el cual el inconsciente coloca a la persona en una carrera de autodestrucción». Si se encuentra la causa, una madre dominante, por ejemplo, se podría encontrar la curación.[11]

Hoy en día algunas personas dentro de la profesión médica en Estados Unidos aún ven la homosexualidad como algún tipo de desorden. El más destacado es Charles Socarides, psiquiatra y autor de Homosexuality: a Freedom too Far («Homosexualidad: Una libertad de más») (1995). Este autor considera la homosexualidad masculina una «adaptación neurótica» resultado de «madres asfixiantes y padres ausentes». Existen diversas variaciones sobre el mismo tema. Los psiquiatras a favor de la curación sostienen que tratan a aquellos «que desean cambiar»; que trabajan por el interés de los pacientes al intentar liberarles de un desorden que causa desazón, discriminación y estigmas sociales. El filósofo estadounidense Edward Stein afirma:
«La terapia de conversión no es una respuesta más apropiada a las condiciones sociales a las que se enfrentan las lesbianas y los hombres gays que decolorar la piel de los no-blancos es una respuesta apropiada a la injusticia racial».[12]
La afirmación de que los homosexuales pueden someterse voluntariamente a un tratamiento no puede aceptarse al pie de la letra. A menudo las lesbianas y los gays pueden estar sometidos a considerable presión familiar para visitar al psiquiatra o solicitar tratamiento. A los individuos se les puede obligar a la aversión sin que organizaciones locales de derechos humanos levanten un dedo para oponerse a tales violaciones. En abril de 2001 la Comisión Nacional de Derechos Humanos de la India se negó a considerar un caso que le habían presentado relativo a terapia aversiva involuntaria y otras formas de abuso psiquiátrico dirigidas a homosexuales. La comisión explicó su decisión afirmando que los derechos de una «minoría sexual» no entraban dentro de la esfera de los derechos humanos.[13]

Tratamiento obligatorio y abuso

El tratamiento de la homosexualidad como enfermedad mental persiste incluso en países donde la homosexualidad no está penalizada. En Rusia se sabe que la policía ha encerrado a lesbianas en hospitales psiquiátricos en contra de su voluntad sólo por motivo de su orientación sexual, algunas veces por petición de miembros de su familia o amigos. Alla Pitcherskaia, por ejemplo, declaró que había sido acusada reiteradamente del delito de «vandalismo» y detenida por la milicia rusa por su orientación sexual. Cuando visitó a su novia, que estaba siendo retenida a la fuerza en una institución psiquiátrica, ella misma fue registrada como «sospechosa de lesbianismo» y le dijeron que acudiera a su clínica local. En su lugar, huyó del país y pidió asilo en los Estados Unidos. Su solicitud fue rechazada inicialmente porque la intención de las autoridades rusas era «tratar» o «curar», no castigar. Esta decisión fue revocada posteriormente.[14]

Muchas de las violaciones de los derechos humanos de las personas LGBT en el mundo se realizan en el contexto —o con el pretexto— de «curas». Las lesbianas jóvenes son violadas y obligadas a casarse, especialmente en sociedades donde el matrimonio es prácticamente obligatorio. La violación de lesbianas bajo arresto se acompaña a menudo del comentario de que eso las «curará» de su lesbianismo. Y la percepción de que la homosexualidad es un desorden que necesita ser «enderezado» sirve para legitimar tal violencia.

Sexo, Amor y Homofobia,
Amnistía Internacional (2004)

NOTAS:

[1] Sunday Times, 20 de junio de 1999.

[2] Richard Fitzgibbon, doctor en medicina, página Web en NARTH
http://narth.com/ (2003)

[3] http://www.angelfire.com/ok2/sxethic/homos.html
http://www.religioustolerance.org/hom_rite.htm
[4] http://adoctortravels.blogspot.com/2008/04/reparative-therapy-avoid-at-all-costs.html

[5] Monika Reinfelder (editora), Amazon to Zami, Cassell, London, 1996.

[6] Martin Bauml Duberman, Martha Vicinus, George Chancey (editores), Hidden from History: Reclaiming the Lesbian and Gay Past, Penguin Books, London, 1991.

[7] Don Romesberg, «Thirteen Theories to “cure” Homosexuality» en Lynn Witt et al. (editores), Out in All Directions: A Gay and Lesbian Almanac, Warner Books, 1995.

[8] Ibid.

[9] Barry D. Adam, Jan Willem Duyvendak, André Krouwel (editores). The Global Emergence of Gay and Lesbian Politics, Temple University Press, Philadelphia, 1999.

[10] Amnistía Internacional, Crímenes de odio, conspiración de silencio, EDAI, 2001.
http://www.hartza.com/homofoby.pdf

[11] Don Romesberg, op cit.

[12] Edward Stein, The Mismeasure of Disere: The Science, Theory and Ethics of Sexual Orientation, Oxford University Press, Oxford y Nueva York, 1999.

[13] Human Rights Watch, Informe Anual 2002.
http://www.hrw.org/

[14] Amnistía Internacional, op cit.