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lunes, 3 de julio de 2017

Un viejo anarquista en el Congreso Eugénico de Londres

Piotr A. Kropotkin (1842-1921):
geógrafo, naturalista, librepensador
y anarquista.

Por ÁLVARO GIRÓN SIERRA

Es un hecho conocido que Piotr Kropotkin (1842-1921) fue uno de los líderes y teóricos anarquistas más importantes del periodo que va desde finales de los años 1870 a comienzos de la Gran Guerra. También es sabido que fue un eminente geógrafo, pero su memoria ha perdurado, entre otras cosas, por haber publicado en 1902 un libro —Mutual Aid. A Factor of Evolution— que no pocos ha visto como el ejemplo clásico de refutación de ese dudoso artefacto que hemos convenido en llamar darwinismo social. Pero Kropotkin no sólo escribió sobre darwinismo. Una vida especialmente agitada no impidió que abordara una temática amplísima en sus escritos: urbanismo, teoría del valor, revolución francesa, glaciación, estructura de las cordilleras y mesetas del este de Asia, literatura rusa, y ética. De hecho, fue esta última el gran motor de su obra, si no de su entera biografía. Y esto lo hacía en una época en que los debates sobre evolucionismo y ética no eran precisamente infrecuentes.

Evidentemente, evolucionismo, ética y eugenesia tienen no pocos puntos de contacto. Sin embargo, por lo que sabemos hasta ahora, Kropotkin sólo se pronunció sobre la eugenesia públicamente en contadísimas ocasiones y su correspondencia privada indica que en la más importante de ellas —el Congreso Internacional de Eugenesia celebrado en Londres en 1912— no lo hizo de manera especialmente premeditada, llegando a decir privadamente: «tal vez daré una vuelta por el Congreso». Sin embargo, a tenor del contenido de su intervención allí, sería poco inteligente no intentar dejar constancia de lo que dijo, así como intentar indagar cuáles eran las posibles razones subyacentes de sus argumentos. Ésta es la materia misma de esta contribución, aunque en el resbaladizo terreno de los porqués, es necesario decir que todavía se está en una fase meramente prospectiva.

Kropotkin —a la altura de julio de 1912 acababa de cumplir 70 años— era un anciano cuyas severas enfermedades crónicas le habían obligado a abandonar su respetable vida suburbial en Londres e invernar en Italia y Suiza, vigilado por sus amigos médicos. Aunque probablemente era el anarquista con más influencia teórica dentro y fuera del movimiento libertario, su papel como líder organizador había entrado en declive, en un momento en que 'anarcosindicalismo' era la palabra de moda entre los jóvenes anarquistas. Sin embargo, hay que tener muy en cuenta que Kropotkin habían también adquirido un aura de respetabilidad personal, intelectual —y para pocos científica— completamente insólitas para un libertario. Ello se materializó, entre otras cosas, en que este miembro de la Royal Geographical Society, colaborador habitual de Nature, la Enciclopedia Británica y The Times —entre otras muchas organizaciones científicas y publicaciones— tenía acceso a audiencias normalmente vetadas para cualquier otro líder libertario. No resulta extraño, pues, que su corta pero enjundiosa intervención en el Congreso de Londres fuera reflejada en un periódico de irreprochable pedigrí conservador como The Times. Dicho de otra forma: no es descabellado pensar que lo que dijera Kropotkin sobre la eugenesia, como sobre otras muchas cosas, sería tomado en serio por un público que trascendía las filas ácratas.

Programa del 29 de julio de 1912
del Primer Congreso Eugenésico.
.

Entremos en concreto en la intervención de Kropotkin. El 29 de julio de 1912, en la Universidad de Londres, y presidido por Leonard Darwin, se dio continuidad a las sesiones del Congreso Eugénico Internacional que habían comenzado el 25 de julio. A lo largo de ese día intervinieron, entre otros, Alfredo Niceforo cuya intervención —significativamente— versaba sobre la «Causa de la Inferioridad de los caracteres físicos y mentales de las clases sociales inferiores» y Achile Loria, quien disertó sobre la élite psicosocial y la élite económica. Kropotkin, por su parte, aprovechó a fondo los siete minutos concedidos a aquellos que no habían enviado por escrito y con anterioridad papers u observaciones sobre el orden del día. El ruso comenzó agradeciendo a Achile Loria y al entomólogo y biólogo evolucionista Vernon Kellogg el haber ensanchado la cuestión en un Congreso que en su opinión no había tenido en cuenta hasta entonces las amplias zonas de contacto que existían entre eugenesia e higiene social. De hecho, llegó a criticar abiertamente al presidente de las sesiones —seguramente Leonard Darwin— que al parecer había indicado la necesidad de concentrarse en los aspectos puramente hereditarios de la Higiene Social. Kropotkin afirmó, con cierta sorna, que el Congreso con ello corría el riesgo de esterilizar sus propios debates, ya que al ignorarse las consideraciones sobre la influencia del medio en aquello que es transmitido hereditariamente —y aquí asoma claramente la posición neolamarckiana de Kropotkin— se estaba ofreciendo una imagen tanto de la Genética como de la propia Eugenesia totalmente falsa. Para él, la separación entre herencia y medio era totalmente absurda.

Ahora bien, para Kropotkin, como para otros muchos, la verdadera pièce de résistance del Congreso fue el tema de las esterilizaciones. Ello debe ser entendido en el contexto de una Gran Bretaña donde se estaba en proceso de aprobar la legislación orientada a impedir el matrimonio entre los llamados débiles mentales: The Mental Deficiency Act. Kropotkin estaba convencido de que éste era el asunto principal que se iba a abordar en el Congreso. Dos semanas antes de su celebración comentaba en una carta a su amiga Marie Goldsmith que estaba convencido que allí, fundamentalmente, se hablaría

«de la interrupción generacional, me refiero a los descendientes de todos los 'feeble-minded', a los cuales, de acuerdo con el borrador de la Ley de McKenna, pertenecen todos aquellos que 'no son capaces de ganarse la vida', a excepción, claro está, de los miembros de la Familia Real, funcionarios y 'herederos'».

No le faltaba razón. El pretexto para atacar el asunto en el Congreso lo ofreció la intervención de Bleecker Van Wagenen, representando al Committee of the Eugenic Section of the American Breeder’s Association. En dicha alocución se informaba sobre los resultados de las leyes autorizando o recomendando la esterilización de ciertas clases de individuos defectuosos, degenerados y criminales en 8 estados de los Estados Unidos. Un año después, y con triste ironía, el príncipe anarquista manifestaba que sobre los resultados fisiológicos de tales esterilizaciones dicho informe no decía absolutamente nada, afirmándose —eso sí— que muchos de los esterilizados estaban encantados.


Cartel del Segundo Congreso de 1921.

A la luz de todo ello se entienden mejor las razones de por qué Kropotkin declaró abiertamente en el Congreso que era verdaderamente lamentable que se abogara por los certificados matrimoniales, el maltusianismo, la notificación de las enfermedades contagiosas y —especialmente— la esterilización de aquellos que eran considerados como indeseables. Entre otras cosas porque, según él, se estaban sacando conclusiones de orden práctico de una supuesta ciencia —la eugenesia— que no tenía todavía fundamentos sólidos y que en un sentido estricto no existía todavía como tal. Le parecía especialmente chocante que se propusieran medidas que, además, iban en contra de la naturaleza misma del ser humano. Para Kropotkin, la opinión científica mayoritaria del momento no consideraba que lo que se debía hacer fuera, por un lado, rendir un homenaje meramente verbal a la parte de nuestra naturaleza que nos impulsa a tomar partido por los débiles, y luego, por el otro, actuar en una dirección francamente opuesta. Entre otras cosas —y aquí asomo parte del argumento básico que Kropotkin había desplegado en su Mutual Aid— porque los actos de apoyo mutuo o incluso de altruismo mencionados por Charles Darwin en The Descent of Man son fundamentales en la preservación de la raza, alimentando esos actos de benevolencia el instinto de sociabilidad sin el que ninguna especie podría sobrevivir en la lucha que sostiene contra las fuerzas hostiles de la naturaleza. Además se preguntó, contando al parecer con la aprobación ruidosa de parte de los asistentes, quiénes eran aquellos indeseables a quienes se quería esterilizar:

«¿A los trabajadores o a los indolentes? ¿A las mujeres de las clases trabajadoras que amamantan a sus hijos o las mujeres de las clases superiores que al negarse a hacerlo muestran su ineptitud para la maternidad? ¿Aquellos que producen degenerados en los barrios degradados o aquellos que lo hacen en los palacios?».

Con igual vehemencia cargó contra la parte del informe de la American Breeder’s Association que abogaba por la esterilización como elemento disuasorio contra los crímenes de carácter sexual. Kropotkin respondió como ya había hecho hace más de veinte años antes en su libro Las Prisiones, cuando ironizaba con respecto a la teoría del «criminal nato», preguntándose retóricamente si lo que se heredaba era una joroba de criminalidad. El criminal era, para él, un producto manufacturado por la sociedad misma, y ésa —y no otra— era la conclusión de la ciencia moderna. Insistió en lo que ya señalaba sobre el efecto corruptor de las prisiones (él proponía su abolición pura y dura). A esto añadió que las aberraciones sexuales —citando expresamente a Krafft-Ebing— eran frecuentemente el efecto de la influencia del ambiente carcelario, y que en el caso de que el germen de este tipo de desviaciones estuviera presente en algunos prisioneros, el encarcelamiento no haría sino agravarlas. La esterilización, en estos casos, no sólo sería inútil, sino también inmoral. Crear o agravar este tipo de perversiones en las cárceles para luego castigarlas con las medidas propuestas en el Congreso, era, según él, un gran crimen. Eliminaba además la fe en la Justicia, destruía el sentido de mutua obligación entre sociedad e individuo, y sobre todo, atacaba la solidaridad de la raza humana (su mejor arma en la lucha por la existencia).

Cómic irónico sobre la eugenesia
de ese mismo año.

Finalmente, se preguntaba si antes de garantizar a la sociedad el derecho de esterilizar a personas afectadas por enfermedades, débiles mentales, individuos que han tenido poco éxito en la vida o simplemente epilépticos (mencionaba como uno de ellos, no sin cierta ironía, al admirado Dostoievski) no sería un deber sagrado el abordar el estudio detallado de las raíces sociales de tales enfermedades. Y siendo, según su criterio, causas sociales las que estaban detrás de todos esos males, las soluciones lógicamente también debían ser sociales, aunque éstas se quedaran en los límites —necesariamente insatisfactorios para un anarquista como Kropotkin— del «Municipal Socialism» tan en boga en aquellos años en la Gran Bretaña. Y ese cambio, como buen neolamarckiano, Kropotkin pensaba que habría de afectar necesariamente al material hereditario de grandes poblaciones, siendo por ello una alternativa infinitamente más beneficiosa que la esterilización de linajes humanos concretos:

«Destruid los barrios degradados, construid viviendas saludables, abolid la promiscuidad entre niños y adultos, y, no se asusten, como tan frecuentemente lo hacen ahora, de 'hacer socialismo'; recuerden que pavimentar las calles, traer suministro de agua a las ciudades, es lo que ya comienzan a llamar 'hacer socialismo' y entonces habrá mejorado el plasma germinal de la siguiente generación mucho más de lo que hubiera hecho cualquier dosis de esterilización».

«Piotr Kropotkin contra la eugenesia: siete intensos minutos»
(2010)

lunes, 16 de julio de 2012

Un gusano pequeño, ciego y sordo ayuda a resolver el debate entre genes y ambiente

La conducta es el resultado de la interacción entre la experiencia, las emociones, el ambiente y los genes. El estudio del cerebro humano es extremadamente complejo y una buena aproximación es investigar un sistema parecido pero más simple. El gusano Caenorhabditis elegans es uno de los modelos animales más exitosos para dilucidar hasta qué punto influyen los genes en la toma de decisiones humanas.

Agencia SINC


Cori Bargmann, investigadora de la Universidad de Rockefeller, en Nueva York (EE UU) ha presentado hoy en el Congreso de la Federación Europea de Sociedades de Neurociencia (FENS) sus últimas investigaciones sobre el gusano Caenorhabditis elegans. «Este animal es muy pequeño, del tamaño de una coma en un texto. Vive en nuestros jardines, es ciego y sordo, y aunque tiene un sistema nervioso mucho más simple que el nuestro es muy inteligente», explica a SINC Bargmann.

El funcionamiento del cerebro humano, con más de mil millones de neuronas «es increíblemente complicado de comprender», comenta la neurocientífica. Una buena aproximación es estudiar un sistema similar pero más simple, como el del gusano C. elegans, con unas 302 neuronas. «A pesar de su simplicidad, este animal puede percibir el mundo, tomar decisiones y modificar su comportamiento mediante aprendizaje —apunta Bargmann—. Además, comparte la mayoría de genes con los humanos».

Los experimentos del Bargamnn y su equipo parten de que toda conducta animal es el resultado de la interacción entre los genes y el ambiente. «Los genes son como las letras, son imprescindibles para formar palabras, pero es el ambiente el que construye las frases y les da sentido», señala Bargmann.

Su objetivo final es conocer cuál es exactamente la influencia de los genes, ya que muchas alteraciones del comportamiento humano, como el síndrome de Down, la depresión o la esquizofrenia tienen un componente genético muy determinante.

Ambiente versus genes

El debate sobre hasta qué punto el comportamiento animal está determinado genéticamente lleva años sobre la mesa. En su ponencia, Bargmann ha ejemplificado el poder de los genes explicando que unas proteínas llamadas vasopresina y oxitocina determinan las conductas de apareamiento en los humanos y en el resto de mamíferos. En su laboratorio, Bargmann ha obtenido gusanos mutantes que carecen de estos neuropéptidos y ha observado que los machos no sienten ninguna necesidad de aparearse, demostrando así la influencia de los genes en la conducta.

Pero la experta señala que también hay situaciones en las que el comportamiento de C. elegans «depende absolutamente del ambiente que le rodea». Una de sus líneas de investigación es analizar porque los gusanos se agrupan entre ellos. «La agregación de individuos es común en todos los animales, las leonas van a beber juntas, los humanos tenemos amigos, los pájaros migran en grupo, etc.» y en gusanos esta agregación depende totalmente de factores de estrés ambiental.

Aunque en este experimento el ambiente sea determinante, la experta afirma que los gusanos se agrupan porque implícitamente hay un reconocimiento de especie y eso depende de feromonas que a su vez dependen de los genes. «Si tuviera que cuantificar cuánto influyen los genes en la conducta diría que en un 100% y el ambiente otro 100%», afirma Bargmann.

Factores externos y emociones humanas

«En nuestros experimentos la influencia del ambiente se limita a alterar factores externos, pero eso es una simplificación», afirma la experta. A la hora de extrapolar los resultados a humanos Bargmann recuerda que las vivencias también dependen también de la experiencia pasada y de las emociones, «nuestras reacciones son distintas si tenemos hambre, estamos de malhumor o estamos enamorados», señala.

El cerebro humano se reajusta continuamente a las señales externas, «es demasiado simple pensar en el cerebro como un ente que espera un estímulo y responde ante él», señala. Los resultados de Bargmann y su equipo sugieren que tanto la variación genética como ambiental afectan el comportamiento: «Los genes son esenciales para elaborar una respuesta pero no la determinan», concluye Bargmann.

sábado, 21 de abril de 2012

La larga sombra de Darwin

«Charles Darwin, al leer una parte de Hereditary Genius,
escribió a Galton: “Has hecho de un opositor un converso,
en el siguiente sentido: siempre había defendido que, a excep-
ción de los idiotas, las personas no difieren mucho en cuanto
a inteligencia, sino sólo en lo relativo a la dedicación y el
trabajo duro; y todavía pienso que se trata de una diferencia
eminentemente importante”. Galton disintió, con todos
los respetos, insistiendo en que “el carácter, incluida la
capacidad para el trabajo, es hereditario, como
cualquier otra facultad”.»
RICHARD MILNER,
Diccionario de la evolución (1995).

Por JAVIER BARRAYCOA

El darwinismo ha tenido una influencia notabilísima hasta nuestros días en muchos ámbitos científicos. Y sin él, aunque parezca extraño, apenas podríamos entender por qué se cometieron genocidios a lo largo del siglo XX. Sin embargo, y ha sido motivo de largas discusiones, la obra de Darwin por sí misma no hubiera dado lugar nunca a determinadas políticas eugenésicas. Ello no quita que en escritos como El origen del hombre, Darwin afirmara que prefería descender del mono que no de los negros. Tras el darwinismo siempre ha estado latente alguna forma de racismo. Así, las interpretaciones que se hicieron de esa teoría sí que permitieron la creación de un ambiente intelectual que, a la larga, llegaría a legitimar «científicamente» los genocidios. Quizás el más famoso entre los darwinistas sea Herbert Spencer, que desarrolló lo que ha venido a denominarse el «darwinismo social». Spencer proponía que las sociedades tienen sus propios mecanismos espontáneos de selección y progreso social. Por tanto, los gobiernos debían limitarse a «gobernar poco» y a dejar que la naturaleza social siguiera su curso, ya que la propia naturaleza elabora mecanismos de eliminación de los «no aptos». En su principal obra sociológica, Primeros Principios, afirmaba que «eliminado al enfermizo, al deforme y al menos veloz… se impide toda degeneración de la raza». Ésta es la «verdadera» forma de «progreso». En su obra Social Statistics asocia las clases sociales más desfavorecidas a un problema de herencia genética, por tanto a una «inferioridad innata» contra la cual no se puede luchar. Por eso, la sociedad elimina a esos individuos relegándoles primero a clases sociales inferiores y luego haciéndoles desaparecer. El espencerismo facilitó un marco teórico para que fueran arraigando las tesis liberales del laissez-faire y de la selección social.

Otro personaje menos conocido que Spencer, pero de una influencia notabilísima en el mundo político, fue el inglés Francis Galton. Partiendo de las tesis darwinistas, propició teorías de selección natural bajo criterios de herencia genética. Para Galton, las enfermedades y los desajustes sociales (pobreza, criminalidad, etc.) se heredaban. La solución a los problemas sociales, por tanto, consistiría en controlar eugenésicamente a enfermos y delincuentes. En otras palabras, no había que permitir que se reprodujeran. Completaba su teoría afirmando que las razas y sus características eran fruto de las presiones ambientales. Ello le permitía explicar por qué la raza blanca —expuesta a duras condiciones ambientales— era «superior» a otras, pues ésta se había tenido que esforzar para sobrevivir. En cambio, la raza negra, habituada a un clima benevolente, pudo vivir durante milenios sin esforzarse. Ello explicaría, según él, la «escasa inteligencia de los negros». Galton realizó investigaciones para intentar probar que las clases sociales superiores transmitían los [más altos] coeficientes de inteligencia y desarrolló estudios antropométricos para intentar demostrar «científicamente» los «rasgos físicos» de la inteligencia en el tamaño de la cabeza.

Los mitos actuales al descubierto, 2008.

domingo, 1 de enero de 2012

El criminal como error de la Naturaleza, o el mono que algunos llevamos dentro

Por STEPHEN JAY GOULD

W.S. Gilbert dirigió su poderosa sátira contra toda forma de pretensión tal y como él la veía. En la mayor parte de los casos continuamos aplaudiéndole: los aristócratas pomposos y los poetas amanerados siguen siendo blancos legítimos, Pero Gilbert era un victoriano acomodado de corazón, y buena parte de lo que él etiquetaba como pretencioso nos parece hoy en día brillante —en particular la educación superior para las mujeres.

¡Una escuela superior para mujeres! ¡Locura de locuras!
¿Qué pueden las muchachas aprender entre sus cuatro paredes digno de conocerse?

En Princess Ida, la profesora de Humanidades de Castle Adamant invoca una justificación biológica para su proposición de que el «hombre es la única equivocación de la Naturaleza». Cuenta la historia de un simio que amaba a una mujer bellísima. Para ganarse su afecto, intentó vestirse y actuar como un caballero, pero necesariamente en vano, ya que:

El Hombre Darwiniano, aun con buenos modales
Sólo es, en el mejor de los casos, un mono afeitado.

Gilbert produjo Princess Ida en 1884, ocho años después de que un médico italiano, Cesare Lombroso iniciara uno de los movimientos sociales más poderosos de su época con la afirmación, esencialmente similar, realizada con toda seriedad ante un grupo de hombres, de que los criminales natos son esencialmente simios que viven entre nosotros. Ya más entrado en años, Lombroso rememoraba el momento de la revelación:

En 1870 llevaba yo realizando desde hacía varios meses investigaciones en las prisiones y manicomios de Pavía sobre cadáveres y personas para determinar la existencia de diferencias sustanciales entre los dementes y los criminales, sin demasiado éxito. Súbitamente, una sombría mañana de diciembre, descubrí en el cráneo de un delincuente una gran serie de anomalías atávicas… El problema de la naturaleza y el origen de los criminales quedó para mí resuelto; los caracteres de los hombres primitivos y de los animales inferiores debían estar reproducidos en nuestros tiempos.

Las teorías biológicas sobre la criminalidad no eran precisamente algo novedoso, pero Lombroso otorgó a la cuestión un sesgo novedoso, evolutivo. Los criminales natos no son personas simplemente alteradas o enfermas; son, literalmente, saltos hacia atrás hacia una fase evolutiva anterior. Los caracteres hereditarios de nuestros antecesores simiescos y primitivos permanecen en nuestro repertorio genético. Algunos hombres desafortunados nacen con un número desacostumbradamente grande de estos caracteres ancestrales. Su comportamiento podría haber resultado apropiado en el salvaje del pasado; hoy en día, lo consideramos criminal. Podemos compadecernos del criminal nato, ya que no puede evitar serlo; pero no podemos tolerar sus actividades. (Lombroso creía que el 40 por ciento de los criminales pertenecían a esta categoría de lo biológicamente innato —a los criminales de nacimiento—. Otros cometían felonías por causa de la ambición, los celos, la ira exacerbada y así sucesivamente —los criminales ocasionales—).

Cuento esta historia por tres razones que se combinan para hacer de ella mucho más que un ejercicio de anticuario de un pequeño rincón de la olvidada historia de finales del siglo XIX:

1) Una generalización acerca de la historia social: Ilustra la enorme influencia de la teoría evolutiva en terrenos muy alejados de su núcleo biológico. Hasta los científicos más abstractos distan de ser agentes independientes. Las grandes ideas tienen extensiones notablemente sutiles y de enorme alcance. Los habitantes de un mundo nuclearizado deberían saberlo a la perfección, pero hay aún muchos científicos que no han captado el mensaje.

2) Un aspecto político: La invocación de la biología innata en busca de explicaciones del comportamiento humano ha sido algo que se ha producido con frecuencia en nombre del conocimiento. Los defensores del determinismo biológico argumentan que la ciencia puede solventar el problema de la superstición y el sentimentalismo instruyéndonos acerca de nuestra verdadera naturaleza. Pero sus afirmaciones han tenido normalmente un efecto fundamental bien diferente: han sido utilizadas por los líderes de sociedades estratificadas en clases para aseverar que debe prevalecer un determinado orden social, al ser una ley de la naturaleza. Por supuesto, no debe rechazarse ningún punto de vista simplemente porque nos disgusten sus implicaciones. La verdad, tal y como la comprendemos, debe ser el criterio fundamental. Pero las afirmaciones de los deterministas siempre han resultado ser especulaciones cargadas de prejuicios, no datos verificados, y la antropología criminal de Lombroso es el mejor ejemplo que conozco.

3) Una nota contemporánea: el tipo de antropología criminal de Lombroso está muerto y enterrado, pero su postulado básico sigue vivo en la idea de genes o cromosomas de la criminalidad. Estas encarnaciones modernas tienen aproximadamente el mismo valor que la versión original de Lombroso. Su capacidad de llamar nuestra atención ilustra tan sólo el desafortunado atractivo del determinismo biológico en nuestro continuo intento de exonerar a una sociedad, en la que tantos de nosotros florecemos, a base de culpar a la víctima.

El año 1976 marcó el centenario del documento fundacional de Lombroso, posteriormente ampliado en el famoso L'uomo delinquente. Lombroso comienza narrando una serie de anécdotas para afirmar que el comportamiento habitual de los animales inferiores es criminal con arreglo a nuestros patrones. Los animales asesinan para apaciguar revueltas; eliminan a sus rivales sexuales; matan guiados por la ira (una hormiga, impacientada por un áfido recalcitrante, lo mató y lo devoró); forman asociaciones criminales (tres castores comunales compartían el territorio con un individuo solitario; el trío visitó al solitario y fue bien tratado; cuando éste devolvió la visita, fue asesinado por su solicitud). Lombroso llega incluso a calificar la captura de moscas por parte de las plantas carnívoras de «equivalente a un crimen» (aunque no alcanzo a ver en qué se diferencia de cualquier otra forma de comer).

En la siguiente sección, Lombroso examina la anatomía de los criminales y encuentra los signos físicos (estigmas) de su status primitivo, como salto atrás hacia nuestro pasado evolutivo. Dado que ya ha definido como criminal el comportamiento normal de los animales, las acciones de estos primitivos vivientes deben surgir de su propia naturaleza. Los rasgos simiescos de los criminales natos incluyen unos brazos relativamente largos, pies prensiles con pulgares móviles, una frente baja y estrecha, grandes orejas, cráneo grueso, mandíbula grande y prognata, abundancia de pelo en el pecho del varón, y una baja sensibilidad al dolor. Pero los saltos atrás no se detienen al nivel de los primates. Unos grandes caninos y un paladar plano traen a la mente un pasado aún más distante entre los mamíferos. ¡Lombroso llega incluso a comparar el incremento en la asimetría facial, de los criminales natos con la condición normal de los pleuronectiformes (peces planos con los dos ojos al mismo lado de la cabeza)!

Pero los estigmas no son solamente físicos. El comportamiento social del criminal nato le alía también con los simios y los salvajes humanos vivientes. Lombroso puso especial énfasis en los tatuajes, una práctica común tanto entre las tribus primitivas como entre los criminales europeos. Produjo voluminosas estadísticas acerca del contenido de los tatuajes de los criminales y consideró que éste era obsceno, sin ley o exculpatorio (aunque uno de ellos rezaba, como tuvo que admitir, Vive la France et les pommes de terre frites: «Viva Francia y las patatas fritas»). En el argot criminal encontró un lenguaje, por derecho propio, acentuadamente similar al lenguaje de las tribus salvajes en rasgos tales como las onomatopeyas y la personalización de los objetos inanimados: «Hablan de modo diferente porque no sienten igual; hablan como salvajes, porque son verdaderos salvajes en el seno de nuestra esplendorosa civilización europea».

La teoría de Lombroso no era un trabajo científico abstracto. Fundó y encabezó de modo activo una escuela internacional de «antropología criminal» que fue la cabeza de lanza de uno de los más influyentes movimientos sociales de finales del siglo diecinueve. La escuela «nueva» o «positiva» de Lombroso hacía vigorosas campañas en favor de una modificación de los mecanismos de imposición de la ley y de las prácticas penales. Consideraba sus criterios mejorados para el reconocimiento de los criminales natos como una contribución fundamental a la imposición de la ley. Lombroso llegó incluso a sugerir una criminología preventiva, la sociedad no tenía por qué esperar (y sufrir) la comisión del acto delictivo en sí, ya que los estigmas físicos y sociales definen al criminal en potencia. Puede ser identificado y apartado de la sociedad a la primera manifestación de su naturaleza irrevocable (Lombroso, que era un liberal, prefería el exilio antes que la muerte). Enrico Ferri, el colega más próximo a Lombroso, recomendaba que «los tatuajes, la antropometría, la fisonomía… la actividad refleja, las reacciones vasomotrices (los criminales, según él, no se sonrojan), y el horizonte de visión» fueran utilizados como criterios de juicio por los magistrados.

Los antropólogos criminalistas también hacían campaña en favor de una reforma básica en las prácticas penales. Una ética cristiana ya obsoleta mantenía que los criminales debían ser sentenciados por sus acciones, pero la biología declaraba que debían ser juzgados por su naturaleza. Adecuar el castigo al criminal, no al crimen cometido. Los criminales ocasionales, carentes de estigmas y capaces de reformarse, debían ser encarcelados el tiempo necesario para garantizar su arrepentimiento. Pero los criminales natos están condenados de antemano por su naturaleza: «La ética teórica pasa por alto el cerebro enfermo, como aceite sobre mármol, sin penetrar en él». Lombroso recomendaba la detención irrevocable y de por vida (en un entorno agradable, pero aislado) para todo reincidente estigmatizado. Algunos de sus colegas eran menos generosos. Un influyente jurista le escribió a Lombroso:

Nos ha mostrado usted lúbricos y feroces orangutanes de rostro humano. Es obvio que como tales no pueden actuar de otro modo. Si violan, roban y matan es por virtud de su propia naturaleza y de su pasado, pero esto constituye aún mayor razón para destruirles, una vez demostrado que siempre seguirán siendo orangutanes.

Y el propio Lombroso no descartaba la «solución final»:

El hecho de que existan seres como los criminales natos, dotados originariamente para el mal, reproducciones atávicas, no ya de hombres salvajes tan sólo, sino incluso de los animales más feroces, lejos de hacernos sentir mayor compasión hacia ellos, como ha venido manteniéndose, nos endurece frente a toda misericordia.

Debemos mencionar otro impacto social de la teoría de Lombroso y su escuela. Si los salvajes humanos, como los criminales natos, conservaban rasgos simiescos, entonces las tribus primitivas —«razas inferiores carentes de ley»— podían ser consideradas esencialmente criminales. Así, la antropología criminal suministró un poderoso argumento en favor del racismo y el imperialismo en el momento culminante de la expansión colonial europea. Lombroso, dando cuenta de la reducción de la sensibilidad al dolor entre los criminales, escribió:

Su insensibilidad física recuerda mucho la de los pueblos salvajes capaces de soportar, en los ritos de la pubertad, torturas que un hombre blanco jamás sería capaz de tolerar. Todos los viajeros conocen la indiferencia de los negros y los salvajes americanos al dolor: los primeros se cortan las manos y se ríen para poder huir del trabajo; los segundos, atados al poste del tormento, cantan alegremente las alabanzas de su tribu mientras son quemados a fuego lento. (No puede derrotarse a priori a un racista. Piensen en la cantidad de héroes occidentales que murieron valientemente en medio de dolores insoportables: Santa Juana quemada, San Sebastián atravesado por flechas, otros mártires descuartizados. Pero cuando un indio se niega a gritar y suplicar misericordia, tan sólo puede significar que no siente el dolor.)

Si Lombroso y sus colegas hubieran sido un fanático grupo de proto-Nazis, podríamos dejar de lado el problema como una manipulación de unos demagogos conscientes de lo que estaban haciendo. No transmitiría entonces otro mensaje que una petición de vigilancia en contra de los ideólogos que hacen mal uso de la ciencia. Pero los líderes de la antropología criminalista eran socialistas «iluminados» y socialdemócratas que consideraban su teoría como cabeza de lanza de una sociedad racional y científica basada en las realidades humanas. La determinación genética de la actividad criminal, argumentaba Lombroso, es tan sólo la ley de la naturaleza y de la evolución:

Estamos gobernados por leyes no manifiestas que jamás dejan de operar y que gobiernan la sociedad con mayor autoridad que las leyes escritas en nuestros libros de estatutos. El crimen parece ser un fenómeno natural… como el nacimiento o la muerte.

Vista retrospectivamente, la «realidad» científica de Lombroso resultó ser la imposición de sus prejuicios sociales sobre un estudio supuestamente objetivo, antes incluso de haber sido éste emprendido. Sus ideas condenaron a multitud de inocentes a un enjuiciamiento a priori que a menudo funcionaba como una profecía autorrealizadora. Su intento de comprender el comportamiento humano a base de cartografiar unas potencialidades innatas retratadas en nuestra anatomía tan sólo sirvió como arma en contra de la reforma social depositando toda la culpa sobre la herencia de un criminal.

Por supuesto, nadie toma en serio hoy en día las afirmaciones de Lombroso. Sus estadísticas eran defectuosas hasta lo increíble; tan sólo una fe ciega en la inevitabilidad de las conclusiones pudo llevarle a tanta manipulación y ocultamiento. Además, nadie consideraría hoy en día un signo de inferioridad el tener brazos largos o una mandíbula prominente; los deterministas biológicos modernos buscan una seña más definitiva en los genes y los cromosomas.

En los 100 años transcurridos entre L'uomo delinquente y nuestra celebración del Bicentenario han pasado muchas cosas. Ningún advocador serio de la criminalidad innata recomienda la detención o el asesinato de los desafortunados afligidos, ni siquiera afirma que una inclinación natural al comportamiento criminal pueda llevar necesariamente a actos criminales. Aún así, el espíritu de Lombroso sigue estando con nosotros. Cuando Richard Speck asesinó a ocho enfermeras en Chicago, la defensa argumentó que no pudo evitarlo porque tenía un cromosoma Y supernumerario. (Las hembras normales tienen dos cromosomas X, los machos normales un cromosoma X y otro Y. Un pequeño porcentaje de machos tiene un cromosoma Y de más, XYY). Esta revelación inspiró toda una epidemia de especulaciones; artículos acerca del «cromosoma criminal» inundaron nuestras revistas populares. El planteamiento, ingenuamente determinista tenía pocas cosas a su favor aparte de lo siguiente: los machos tienden a ser más agresivos que las hembras; esta característica podría ser genética. Caso de serlo, debe residir en el cromosoma Y; todo aquel que posea dos cromosomas Y tiene una dosis doble de agresividad y podría verse inclinado hacia la violencia y la criminalidad. Pero la información recogida a toda prisa acerca de los machos XYY en las cárceles parece ser desesperantemente ambigua, e incluso el propio Speck resultó ser después de todo un varón XY. Una vez más, el determinismo biológico da la nota, crea una oleada de discusiones y cacareos de cóctel y seguídamente se disipa por falta de corroboración. ¿Por qué nos intrigan tanto las hipótesis acerca de las disposiciones innatas? ¿Por qué queremos trasladar la responsabilidad de nuestra violencia y nuestro sexismo a los genes? Las señas de identidad de la humanidad no son sólo nuestra capacidad mental sino también nuestra flexibilidad mental. Hemos construido nuestro mundo y podemos también cambiarlo.

Desde Darwin. Reflexiones sobre Historia Natural
(1977)

viernes, 26 de diciembre de 2008

Darwinismo social

Lo que habitualmente se denomina darwinismo social fue la fusión, en la década de 1879, de las ideas evolucionistas con un programa político conservador, al elevar a la categoría de «ley natural» las virtudes tradicionales de la confianza en la capacidad propia, la austeridad y la industria, gozó de un especial favor entre los hombres de negocios norteamericanos. Sus abogados, que se basaron más en los escritos de Herbert Spencer que en los de Charles Darwin, instaban a la implantación de la política del laissez-faire dirigida a eliminar a inadaptados, ineficientes e incompetentes.

Uno de los portavoces destacados del darwinismo social, William Graham Sumner, de la universidad de Princeton, creía que los millonarios eran los individuos más «aptos» de la sociedad y merecían los privilegios de que disfrutaban. Habían sido «seleccionados naturalmente en el crisol de la competencia». Andrew Carnegie y John D. Rockefeller estaban de acuerdo con esas ideas y se adhirieron a concepciones similares, pues pensaban que proporcionaba una justificación «científica» a los excesos del capitalismo industrial.

El darwinismo, al igual que otras grandes verdades, parecía prestarse a los programas políticos más salvajemente contradictorios según quién fuera su intérprete. Edward Bellamy, el crítico social utópico, pensaba que la total eliminación de la competencia aceleraría la perfección evolutiva. La cooperación y el socialismo podrián producirse por pasos lentos; al fin y al cabo, Darwin había enseñado que la «naturaleza no da saltos». La respuesta de Sumner fue que el socialismo era «un plan para nutrir a los menos aptos y, no obstante, progresar en civilización», lo que equivalía a una imposibilidad evolucionista.

Karl Marx escribía a su amigo Friedrich Engels que la teoría de Darwin era la base «requerida en historia natural» para la filosofía llamada por él «socialismo científico». En el «materialismo» de Darwin encontró Marx la munición contra el «derecho divino» de los reyes y la jerarquía social sostenida por la religión. Y la idea de que la evolución es una historia de conflicto competitivo casaba bien con su ideología de la «lucha de clases».

Marx envió a Darwin un ejemplar de su obra principal Das Kapital (El capital), publicada en 1867, pero el naturalista nunca lo leyó (las páginas no fueron cortadas). Tanto comunistas como capitalistas declaraban ser «darwinistas sociales», aunque sus razones eran muy diferentes. Engels elogió a Marx afirmando que había descubierto las leyes de la sociedad humana, como Darwin había descubierto las de la naturaleza.

Cuando la genética mendeliana se puso de moda, hacia 1900, la idea de saltos evolutivos discontinuos en la naturaleza sugirió un fundamento para la revolución en el ámbito social. Algunos ideólogos se apoderaron de ella como el antídoto frente a los «cambios lentos y constantes» de Darwin. Sin embargo, tras la Revolución rusa, los «mendelistas» fueron denostados por los científicos doctrinarios soviéticos. Ahora, mediante la «mejora» del campesinado, se lograría una nueva sociedad que produciría un «progreso» genético acumulativo. Bajo la tiranía de la «demostración» de la «herencia por uso», falsificada por Lysenko, los científicos doctrinarios se negaron a creer que cada generación debía ser educada de nuevo.

Los anarquistas, cuyo portavoz fue Piotr Kropotkin, un príncipe ruso que despreciaba los excesos de la nobleza, proclamaron otra filosofía darwiniana. Kropotkin partió de la conducta social cooperativa de los animales y de ciertos pasajes de la obra de Darwin Descent of Man (Origen del hombre) (1871). Según él, la cooperación social natural era la verdadera forma del darwinismo social.

En su libro Apoyo mutuo (1902), Kropotkin mantenía que la evolución había generado muchos comportamientos sociales en el seno del mundo natural; la supervivencia dependía a menudo de que los individuos cooperaran en beneficio mutuo. Su filosofía anarquista no consistía simplemente en una ausencia de reglas y orden en que todos y cada uno camparían por sus respetos. Kropotkin creía profundamente que, si la humanidad se liberaba de instituciones opresivas y corruptoras, se impondría por sí mismo un orden natural y armónico. La cooperación para el bien común en una sociedad sin clases era, pensaba él, la base de la naturaleza humana en su estado natural.

Los teólogos liberales vincularon el darwinismo con el progreso social como parte del plan divino. Muchos cristianos descubrieron en la evolución un inevitable «ascenso» de la humanidad. El hombre no era un ángel caído, sino un simio elevado que todavía progresaba hacia lo alto.

El reverendo Henry Ward Beecher, el predicador protestante más popular de Norteamérica, enseñaba que el plan de Dios consistía en perfeccionar al ser humano de manera continua. Todavía quedaría por delante el progreso moral hacia un tipo de ser superior y los pecados serían meros deslices que nos retrotraerían a un comportamiento más animal. Mientras los teólogos cristianos se liberaban de la culpa y el pecado original, los darwinistas sociales, como William Graham Sumner, parecían estar tan movidos por su rígido deber para con la «competición» evolucionista, como pudo haberlo estado cualquier calvinista por su deber para con Dios.

Thomas Henry Huxley consideraba la evolución en la naturaleza como algo sanguinario y despiadado, pero pensaba que el ser humano está obligado a dejarla tras de sí y buscar una vía mejor. Huxley enseñaba que las personas tienen la posibilidad de no aceptar la «ley de la jungla», y deben, en cambio, luchar por una sociedad compasiva y humana.

Ernst Haeckel, el destacado evolucionista alemán, pensaba, por el contrario, que el hombre debe «amoldarse» a los procesos de la naturaleza, al margen de su carácter despiadado. Los «más aptos» no han de obstaculizar nunca las leyes del progreso evolutivo. En su formulación extrema, esta idea social fue utilizada por la Alemania nazi para justificar la esterilización y el asesinato masivo de las «razas no aptas», «incompetentes» e «inferiores».

Las ideas de Darwin en política eran liberales (a veces radicales) para su época; su compasión hacia los desamparados era excesiva para un darwinista social en el sentido anglonorteamericano del término. En cierta ocasión se rió de una observación satírica según la cual él «habría demostrado que “la fuerza tiene la razón” y que, por tanto, Napoleón está en lo cierto, así como también cualquier comerciante marrullero». Darwin se opuso apasionadamente a la esclavitud, fue conocido por su gran indulgencia como juez, hizo campaña en contra de las prácticas abusivas del trabajo infantil y fue admirado entre sus paisanos por sus actividades filantrópicas.

No obstante, se había resignado al sometimiento de los pueblos tribales considerados «inferiores» por la mayoría de los ingleses. Había sido testigo directo del exterminio de los indios sudamericanos por el ejército argentino y pensaba que la masacre de los indígenas australianos y tasmanos era el resultado inevitable del choque entre razas «avanzadas» y «salvajes».

A veces, los ingleses constructores del imperio hablaban de las «cargas del hombre blanco» que pesaban sobre ellos; el deber de las naciones «civilizadas» de llevar el progreso material y moral a las razas «retrasadas». En una carta personal a un amigo, Darwin observó con ironía que la mejora de muchas poblaciones nativas estaba consistiendo en «barrerlas de la faz de la Tierra».

Richard Milner, Diccionario de la Evolución.

jueves, 2 de agosto de 2007

La naturaleza humana del monstruo

Por Stephen Jay Gould

Un antiguo proverbio latino nos dice «guardaos del hombre de un solo libro» (cave ab homine unius libri). Pero Hollywood sólo conoce un tema a la hora de hacer películas de monstruos, desde el arquetípico Frankenstein de 1931 hasta el reciente megaéxito Jurassic Park. La tecnología humana no debe ir más allá de un orden asignado, decretado por Dios o establecido por las leyes de la naturaleza. Con independencia de lo benevolentes que sean los propósitos del transgresor, esta arrogancia cósmica sólo puede llevar a tomates asesinos, conejos enormes con dientes afilados, hormigas gigantes en las cloacas de Los Ángeles, o incluso burujos todavía mayores que se tragan ciudades enteras a medida que crecen. Pero estos filmes suelen utilizar libros mucho más sutiles y, al hacerlo, distorsionan el original más allá de todo reconocimiento temático.

La tendencia empezó en 1931 con Frankenstein, la primera gran película hablada de monstruos (aunque Boris Karloff sólo gruñía, mientras que Colin Clive, en su papel de Henry Frankenstein, actuaba con demasiada emoción). Hollywood decretó que este era su tema elegido mediante la más «frontal» de todas las estrategias concebibles. La película empieza con un prólogo (incluso antes de que aparezcan los títulos), en el que en un escenario, frente a un telón, aparece un hombre bien vestido que a la vez advierte acerca del miedo potencial y anuncia que el tema más profundo del filme es el relato de «un hombre de ciencia que quiso crear a un hombre a su propia imagen sin tener en cuenta a Dios».

En la película, el doctor Waldman, antiguo profesor de Henry en la facultad de medicina, habla de la «insana ambición de crear vida» de su pupilo, diagnóstico que confirman las propias palabras febriles de entusiasmo de Frankenstein: «La creé. La hice con mis propias manos a partir de los cuerpos que tomé de tumbas, de la horca, de cualquier parte».

La mejor de una caterva de secuelas, La novia de Frankenstein (1935), hace todavía más explícito este tema predilecto en un prólogo en el que aparece Mary Wollstonecraft Shelley, que publicó Frankenstein en 1818, cuando sólo tenía diecinueve años de edad, en conversación con su marido Percy y su camarada Lord Byron. Mary Shelley dice: «Mi propósito fue escribir una lección moral del castigo que le ocurrió a un hombre mortal que se atrevió a emular a Dios».

El Frankenstein original de Shelley es un libro rico en muchos temas, pero en él puedo encontrar poco que apoye la lectura de Hollywood. El texto no es una diatriba sobre los peligros de la tecnología ni un aviso sobre la ambición desmesurada contra un orden natural. No encontramos fragmentos acerca de la desobediencia a Dios, un tema improbable para Mary Shelley y sus amigos librepensadores (Percy había sido expulsado de Oxford en 1811 por publicar una defensa del ateísmo). Víctor Frankenstein (no sé por qué razón Hollywood cambió su nombre por el de Henry) es culpable de un gran defecto moral, como veremos más adelante, pero su crimen no es la transgresión tecnológica contra un orden natural o divino.

Podemos encontrar algunos pasajes sobre el pasmoso poder de la ciencia, pero estas palabras no son negativas. El profesor Waldman, un personaje simpático en el libro, afirma, por ejemplo: «Ellos [los científicos] penetran en los escondrijos de la naturaleza, y muestran cómo funciona en sus lugares recónditos. Ascienden a los cielos; han descubierto cómo circula la sangre, y la naturaleza del aire que respiramos. Han adquirido poderes nuevos y casi ilimitados». Nos enteramos de que el ardor sin compasión o consideración moral puede causar problemas, pero Shelley aplica este argumento a cualquier esfuerzo, no especialmente al descubrimiento científico (en realidad, todos sus ejemplos son políticos). Víctor Frankenstein dice:

Un ser humano en perfección debiera siempre conservar una mente calmada y en paz, y no dejar nunca que la pasión o un deseo transitorio perturbara su tranquilidad. No creo que la búsqueda del conocimiento sea una excepción a esta regla. Si el estudio al que uno se dedica tiene tendencia a debilitar las propias afecciones… entonces este estudio es ciertamente ilegítimo, es decir, no es conveniente para la mente humana. Si siempre se observara esta regla… Grecia no hubiera sido esclavizada; Cesar hubiera perdonado a su país; América habría sido descubierta de forma más gradual, y los imperios de México y Perú no hubieran sido destruidos.

Las propias motivaciones de Víctor son completamente idealistas: «Pensé que, si yo pudiera conferir animación a la materia inanimada, podría en el transcurso del tiempo (aunque ahora lo encuentro imposible) renovar la vida allí donde la muerte ha entregado aparentemente el cuerpo a la corrupción». Finalmente, mientras Víctor yace moribundo en el Ártico, emite su afirmación más vigorosa sobre los peligros de la ambición científica, pero sólo se zahiere a sí mismo y a sus propios fracasos, mientras afirma que otros bien pudieran tener éxito. Víctor dice sus últimas palabras al capitán del barco que lo encontró sobre el hielo polar: «¡Vaya con Dios, Walton! Busque la felicidad en la tranquilidad, y evite la ambición, aunque sea solamente la aparentemente inocente de distinguirse en al ciencia y los descubrimientos. Pero ¿por qué digo esto? Yo he visto mis esperanzas destrozadas, pero puede que otro tenga éxito».

Pero Hollywood hizo enmudecer estas sutilezas hasta la fórmula más sencilla: «el hombre no debe ir más allá de lo que Dios y la naturaleza pretendieron» (casi se tiene que utilizar el antiguo lenguaje sesgado en cuanto al género para un arcaísmo tan simple); y desde entonces ha seguido pisando sus propias huellas. La última encarnación, Jurassic Park, sustituye a un Karloff remendado a partir de fragmentos y pedazos de cadáveres por un Velociraptor recreado a partir de ADN antiguo, pero apenas altera una pizca el argumento.

El Frankenstein de Karloff contiene una distorsión todavía más grave e igualmente prominente de un tema que considero como la primera lección del libro de Mary Shelley, y que es otro lamentable ejemplo del sentimiento de Hollywood según el cual el público norteamericano no puede tolerar ni el más mínimo ejercicio de complejidad intelectual. ¿Por qué es malvado el monstruo? Shelley proporciona una respuesta matizada y sutil que, para mí, plantea el tema central de su libro. Pero Hollywood optó por una solución simplista, tan exactamente opuesta a la intención de Shelley que la película ya no puede afirmar que está relatando una fábula moral (a pesar de las protestas del hombre frente al telón, o de la propia Mary Shelley en la secuela), y en cambio se convierte, como supongo que los productores pretendieron todo el tiempo, en un simple filme de horror.

James Whale, director del Frankenstein de 1931, dedicó las largas y sorprendentes escenas iniciales de la película a esta inversión de la intención de Shelley, de manera que es evidente que los productores consideraban básica esta alteración. La película empieza con un entierro en un camposanto. Los miembros de la comitiva fúnebre se van, y Henry, con su obediente criado, el perverso jorobado Fritz, desentierran el cadáver y se lo llevan. Después descienden de la horca a otro hombre muerto, pero Henry exclama: «El cuello está roto. El cerebro es inservible; hemos de encontrar otro cerebro».

La escena cambia ahora a la Facultad de Medicina de Goldstadt, donde el profesor Waldman está impartiendo una lección sobre anatomía craneal y comparando «uno de los ejemplares más perfectos de cerebro normal» con «el cerebro anormal de un criminal típico». Waldman localiza con seguridad la depravación del criminal en las malformaciones heredadas de su cerebro; la anatomía es destino. Adviértase, dice Waldman, «la escasez de circunvoluciones de los lóbulos frontales y la patente degeneración de los lóbulos frontales medios. Todas estas características degeneradas encajan de manera sorprendente con la historia del hombre muerto que se halla ante nosotros, cuya vida estuvo llena de brutalidad, de violencia y de asesinato».

Fritz aparece una vez los estudiantes se han marchado y roba el cerebro normal, pero el sonido de un gong lo asusta y deja caer el precioso objeto, con lo que el frasco se rompe. Entonces Fritz tiene que coger en su lugar el cerebro criminal, pero no se lo dice a Henry. El monstruo es malvado porque Henry, inconscientemente, lo crea a partir de materia malvada. Más adelante en el filme, Henry expresa su sorpresa por el desagradable comportamiento del monstruo, porque hizo su criatura a partir de los mejores materiales. Pero Waldman, que finalmente se da cuenta del origen del comportamiento del monstruo, se lo cuenta a Henry: «El cerebro que fue robado de mi laboratorio era un cerebro criminal». Entonces Henry responde con una de las mayores tomas dobles de la historia del cine, y finalmente consigue emitir una débil réplica: «¡Oh!, bueno, después de todo, sólo es un fragmento de tejido muerto». «De él únicamente puede surgir el mal ―contesta Waldman—; habéis creado un monstruo y os destruirá.» Lo que es bastante cierto, al menos hasta la secuela.

El monstruo intrínsecamente malo de Karloff resulta condenado por el mismo determinismo biológico que ha limitado de forma tan trágica, y tan falsa, las vidas de millones de seres que no cometieron otra transgresión que pertenecer a una raza, sexo o clase social despreciados. Las acciones de Karloff registran su estado interno. Consigue emitir algunos gruñidos y, en La novia de Frankenstein, incluso aprende algunas palabras de un ciego que no puede ver su fealdad, aunque el monstruo no va nunca mucho más allá de «comer», «humo», «amigo» y «bueno». El monstruo de Shelley, en cambio, es un tipo notablemente culto. Aprende francés por asimilación después de esconderse, durante varios meses, en la cabaña de una familia noble que temporalmente pasa por aprietos. Sus tres libros favoritos alegrarían el corazón de cualquier profesor inglés de instituto que pudiera persuadir a sus estudiantes a leer y a disfrutar siquiera de uno solo: las Vidas paralelas de Plutarco, las Desventuras del joven Werther de Goethe y el Paraíso perdido de Milton (del que la novela de Shelley es una evidente parodia). La amenaza retumbante del monstruo original encierra ciertamente más vitalidad que los lamentables gruñidos de Karloff: «Llenaré las fauces de la muerte, hasta que esté ahíta con la sangre de los amigos que os quedan».

El monstruo de Shelley no es malvado por su constitución inherente. Nace informe, portador de las predisposiciones de la naturaleza humana, pero sin los comportamientos específicos que sólo pueden establecer la crianza y la educación. Es el hombre de esperanza de la Ilustración, al que el saber y la compasión pueden moldear hasta la bondad y la sabiduría. Pero es también víctima del pesimismo posterior a la Ilustración cuando el rechazo cruel de sus compañeros naturales lo llevan a la furia y a la venganza. (Incluso como asesino, el monstruo sigue siendo quisquilloso y deliberado. Víctor Frankenstein es el origen de su cólera, y sólo mata a los amigos y amantes cuyas muertes producirán el mayor dolor en Víctor; no se dedica, como Godzilla o el Burujo, a alborotar en las ciudades.)

Mary Shelley eligió cuidadosamente sus palabras para tomar una posición adecuadamente matizada en un punto fructuosamente intermedio entre naturaleza y educación, mientras que Hollywood optó exclusivamente por la naturaleza para explicar las malas acciones del monstruo. La criatura de Frankenstein no es intrínsecamente de «sólo la naturaleza», no distinta por su modo de explicación de la versión opuesta de Hollywood. Por el contrario, nace capaz de bondad, incluso con una inclinación hacia la amabilidad, en el caso de que las circunstancias de su crianza produzcan esta respuesta favorable. En su confesión final al capitán Walton, antes de dirigirse al Norte para inmolarse en el Polo, el monstruo dice:

Mi corazón fue moldeado para ser susceptible al amor y a la simpatía; y, cuando se vio forzado por el sufrimiento hacia el vicio y el odio, no soportó la violencia del cambio sin tortura, de una manera que usted no puede siquiera imaginar. [Las cursivas son mías para resaltar la cuidadosa redacción de Shelley en términos de potencialidad o inclinación, y no de determinismo.]

Después añade:

Hubo un tiempo en que mi fantasía se vio consolada por sueños de virtud, de fama y de gozo. Hubo un tiempo en que esperé ilusoriamente encontrarme con seres que, perdonando mi forma externa, me amaran por las excelentes cualidades que yo era capaz de producir. Me alimenté de elevados pensamientos de honor y devoción. Pero ahora el crimen me ha degradado por debajo del más ruin de los animales… Cuando recuerdo el espantoso inventario de mis acciones, no puedo creer que sea aquel cuyos pensamientos estuvieron una vez llenos de visiones sublimes y trascendentes de la belleza y la majestad de la bondad. Pero así es; el ángel caído se convierte en un demonio maligno.

¿Por qué, pues, el monstruo se convierte al mal en contra de una inclinación innata por la bondad? Shelley nos proporciona una interesante respuesta que parece casi trivial al invocar una razón tan superficial, pero que resulta profunda cuando captamos su teoría general de la naturaleza humana. Desde luego, se vuelve malo porque los seres humanos lo rechazan de manera tan violenta e injusta. La soledad que resulta de ello se hace insoportable. Afirma:

¿Y qué es lo que yo era? De mi creación y de mi creador, yo era absolutamente ignorante; pero sabía que no tenía dinero, ni amigos, ni ningún tipo de propiedad. Además, estaba dotado de una figura terriblemente deforme y repulsiva… Cuando miraba a mi alrededor, no veía no oía a nadie como yo. ¿Acaso era un monstruo, un borrón sobre la Tierra, del que todos los hombres huían y al que todos los hombres repudiaban?

Pero ¿por qué es así rechazado el monstruo, si sus sentimientos lo inclinan hacia la benevolencia, y sus actos a la bondad evidente? Ciertamente, intenta actuar de manera amable, al ayudar (aunque sean en secreto) a la familia de la cabaña que le sirve de escondrijo:

Me había acostumbrado, durante la noche, a robar una parte de sus provisiones para mi propio consumo; pero cuando vi que al hacerlo así infligía dolor a los veraneantes, me abstuve, y satisfacía mi hambre con bayas, nueces y raíces, que recogía en un bosque cercano. También descubrí otro medio por el que pude ayudar en sus tareas. Descubrí que el joven pasaba una gran parte de cada día recolectando leña para el fuego familiar; y, durante la noche, yo solía tomar sus herramientas, cuyo uso pronto averigüé, y traía a casa leña suficiente para el consumo de varios días.

Shelley nos cuenta que todos los seres humanos rechazan e incluso odian al monstruo por una razón visceral de superficialidad literal: su fealdad verdaderamente terrorífica; es esta una razón a la vez desconsoladora por su enorme injusticia, y profunda por su precisión biológica y su perspicacia filosófica sobre el significado de la naturaleza humana.

El monstruo, según la descripción de Shelley, apenas podía haber tenido un aspecto menos atractivo. Víctor Frankenstein describe la primera visión de su criatura viva:

¿Cómo puedo describir mis emociones ante tal catástrofe, o cómo puedo retratar al desgraciado al que con tantas penas y cuidados infinitos me había esforzado por formar? Sus extremidades eran proporcionadas, y yo había seleccionado sus rasgos como hermosos. ¡Hermosos! ¡Gran Dios! Su amarilla piel apenas cubría el trabajo de músculos y arterias bajo ella; su pelo era de un negro lustroso, y suelto; sus dientes de una blancura de perlas; pero estas exuberancias no hacían otra cosa que formar un contraste más horrible con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las cuencas blancogrisáceas en las que estaban engastados, su complexión arrugada y sus labios rectos y negros.

Además, con su altura superior a la de un pívot de la NBA, de 2,40 metros, el monstruo aterroriza a todos los que le echan los ojos encima.

El monstruo pronto se da cuenta de este origen injusto del miedo humano y planea una estrategia para superar las reacciones iniciales, y para convencer por la bondad de su alma. Se presenta al anciano padre ciego de la cabaña que hay sobre el lugar en que se esconde y causa una buena impresión. Espera ganar la confianza del hombre, y así conseguir una presentación favorable al mundo de los que ven. Pero, en su alegría por la aceptación, se queda allí demasiado tiempo. El hijo del hombre vuelve y expulsa al monstruo… pues el miedo y el odio superan cualquier inclinación para escuchar acerca de la decencia interior.

Finalmente el monstruo reconoce su incapacidad de vencer el miedo visceral ante su fealdad; la desesperación y la soledad resultante lo llevan a acciones malvadas:

Soy avieso porque soy miserable; ¿acaso no me evita y me odia toda la humanidad?... ¿He de respetar al hombre cuando éste me menosprecia? Que viva conmigo en el intercambio de bondad y, en lugar de agravios, le concederé todos los beneficios con lágrimas de gratitud por su aceptación. Pero esto no puede ser; los sentidos humanos son barreras infranqueables a nuestra unión.

Nuestra lucha para formular una idea benévola y precisa de la naturaleza humana se centra en las posiciones adecuadas entre los polos falsos y estériles de la naturaleza y la educación. El puro nativismo (como en la versión hollywoodiana de la depravación del monstruo) conduce a una teoría cruel e inexacta del determinismo biológico, origen de mucho sufrimiento y de una supresión generalizada de la esperanza en millones de seres pertenecientes a razas, sexos o clases sociales desfavorecidos. Pero el puro «educacionismo» puede ser igual de cruel, e igual de erróneo; como en la culpa que, en los días ya pasados del freudianismo desenfrenado, se hacía recaer en los amantes padres, por los fracasos en la crianza como origen putativo de enfermedades o retrasos mentales cuyo origen genético ahora podemos identificar. Porque todos los órganos, incluido el cerebro, están sujetos a enfermedades innatas.

La solución, como todas las personas atentas reconocen, debe residir en combinar adecuadamente los temas de predisposición innata y moldeo a través de las experiencias de la vida. Esta fructífera unión no puede tomar la falsa forma de porcentajes que sumen 100 (como en «la inteligencia es un 80 por 100 naturaleza y un 20 por 100 educación», o «la homosexualidad es en un 50 por 100 innata y en un 50 por 100 aprendida», y otras cien afirmaciones perniciosas del mismo ridículo formato). Cuando se mezclan dos extremos de un tal espectro, el resultado no es una amalgama separable (como barajar dos barajas de cartas con diferentes reversos), sino una entidad completamente nueva y superior que no puede ser descompuesta (del mismo modo que los adultos no pueden ser separados en una contribución materna y otra paterna a su totalidad).

La mejor guía para una integración adecuada reside en reconocer que la naturaleza proporciona normas de ordenación y predisposiciones generales (con frecuencia fuertes, desde luego), mientras que la educación modela manifestaciones específicas sobre un amplio abanico de resultados potenciales. Cometemos «equivocaciones de categoría» clásicas cuando atribuimos a la naturaleza demasiada especificidad, como ocurre en la sociobiología popular de los supuestos genes para fenómenos sociales muy complejos como la violación y el racismo; o cuando consideramos que estructuras profundas son meros artefactos sociales, como en las antiguas afirmaciones de que incluso las reglas más generales de la gramática deben ser contingencias aprendidas sin ninguna universalidad intercultural. Las teorías lingüísticas de Noam Chomsky representan el paradigma de los conceptos modernos de la integración adecuada entre naturaleza y educación: los principios de gramática universal tienen la forma de reglas de aprendizaje innatas, las peculiaridades de cualquier idioma particular son el producto de las circunstancias culturales y del lugar de crianza.

La criatura de Frankenstein se convierte en un monstruo porque se ve cruelmente atrapada por una de las predisposiciones más profundas de nuestra herencia biológica: nuestra aversión instintiva hacia los individuos gravemente deformes. (Konrad Lorenz, el etólogo más famoso de la última generación, basaba gran parte de su teoría en la primacía de esta regla innata.) Ahora nos sentimos consternados por la injusticia de una tal predisposición, pero este sentimiento moral digno es un recién llegado desde el punto de vista evolutivo, impuesto por la consciencia humana sobre un modelo mamiferiano (antepasado de los mamíferos) mucho más antiguo.

Casi con seguridad hemos heredado dicha aversión instintiva a las malformaciones graves, pero recuérdese que la naturaleza sólo puede suministrar una predisposición, mientras que la cultura moldea resultados específicos. Y ahora podemos comprender (porque Mary Shelley nos presentó el tema de manera tan sagaz) la verdadera tragedia del monstruo de Frankenstein, y el desamparo moral del propio Víctor. La predisposición a la aversión hacia la fealdad puede ser superada por el aprendizaje y la comprensión. Confío en que todos nos hemos ejercitado en esta forma esencial de compasión, y en que todos hemos trabajado duro para suprimir este frisson de rechazo (que en los momentos honestos todos admitimos sentir), y para juzgar a las personas por sus cualidades del alma, no por sus apariencias externas.

El monstruo de Frankenstein era un buen hombre en un cuerpo asombrosamente feo. Sus paisanos podían haber sido educados para aceptarlo, pero la persona responsable de tal instrucción (su creador, Víctor Frankenstein) se zafó de su deber primordial y abandonó a su creación a las primeras de cambio. El pecado de Víctor no reside en el mal uso de la tecnología, o en la arrogancia de querer imitar a Dios; no podemos encontrar estos temas en el relato de Mary Shelley. Víctor fracasó porque siguió una predisposición de la naturaleza humana: la repugnancia visceral ante el aspecto del monstruo, y porque no acometió el deber de todo creador o padre: enseñar a su propio pupilo y educar a los demás en aceptabilidad.

Pudo haber escolarizado a su criatura (y no dejar que el monstruo aprendiera idiomas espiando y obteniendo libros a escondidas en un lugar retirado bajo una cabaña). Podía haber dicho al mundo lo que había hecho. Podía haber presentado su monstruo benévolo y educado a personas preparadas para juzgarlo según sus méritos. Pero echó un vistazo a su obra y huyó para siempre. En otras palabras, se sometió a un aspecto rastrero de nuestra naturaleza común, y no aceptó el deber moral concreto de nuestra educación potencial:

Yo había trabajado duro durante casi dos años, con el único propósito de infundir vida a un cuerpo inanimado. Por ello me había privado de descanso y de salud. Lo había deseado con un ardor que excedía con mucho la moderación; pero ahora que había terminado, la belleza del sueño se había desvanecido, y el horror y la repugnancia sofocantes llenaban mi corazón. Incapaz de soportar el aspecto del ser que había creado, salí huyendo de la habitación… Una momia dotada de nuevo de animación no podía ser tan espantosa como este desgraciado. Lo había mirado cuando todavía no estaba terminado; entonces era feo; pero cuando estos músculos y articulaciones fueron capaces de movimiento, se convirtió en una cosa que ni siquiera Dante pudo haber concebido.

Con frecuencia se ha interpretado erróneamente la primera línea del prefacio de Frankenstein: «El doctor Darwin, y algunos de los escritores fisiológicos de Alemania, han supuesto que el acontecimiento en el que se basa esta ficción no es del todo imposible». La gente supone que este «doctor Darwin» ha de ser Charles, el famoso inventor de la teoría de la evolución. Pero Charles Darwin nació el día del aniversario de Lincoln [el 12 de febrero] en 1809, y apenas tenía 10 años cuando Mary Shelley escribió su novela. El «doctor Darwin» es el abuelo de Charles, Erasmus, uno de los médicos más famosos de Inglaterra y un ateo que creía en la base material de la vida. (Shelley se está refiriendo a su idea de que podrían domeñarse fuerzas físicas tales como la electricidad para avivar la materia inanimada, pues la vida no tiene un componente espiritual innato, y por lo tanto puede surgir de sustancias no vivas si se les infunde la energía suficiente.)

Sin embargo, terminaré con un aserto moral de Charles Darwin que es mi favorito; éste, como Mary Shelley, destacó asimismo nuestro deber de fomentar las especificidades favorables que la educación puede controlar. Mary Shelley escribió un cuento moral, no acerca de la arrogancia o de la tecnología, sino sobre la responsabilidad para con todas las criaturas sensibles y con los productos surgidos de nuestras manos. El sufrimiento del monstruo surgió del fracaso moral de otros seres humanos, no de su propia constitución innata e invariable. Más tarde Charles Darwin habría de invocar la misma teoría de la naturaleza humana para recordarnos los deberes para con todas las gentes en lazos universales de hermandad: «Si la desgracia de nuestros pobres estuviera causada no por las leyes de la naturaleza, sino por nuestras instituciones, grande sería nuestro pecado».
S. J. GOULD, Un dinosaurio en un pajar, 1995.