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viernes, 25 de abril de 2014

La noche que Portugal revolucionó al mundo cumple 40 años

 

En apenas 24 horas, un grupo de jóvenes militares acabó con la dictadura más longeva de Europa y puso fin a 13 años de guerra colonial. La Revolución de los Claveles conmemora este 25 de abril su aniversario.


«Mis señores, como todos saben, hay diversas modalidades de Estado. Los sociales, los corporativos y el estado al que llegamos. Ahora, en esta noche solemne, vamos a acabar con el estado al que llegamos. De manera que quien quiera venir conmigo, vamos para Lisboa y acabamos con esto. Quien quiera ser voluntario, que salga y forme. Quien no quiera salir, que se quede aquí». Salieron todos.

Los 240 hombres que escucharon estas palabras del capitán Salgueiro Maia aquella madrugada, la del 24 al 25 de abril de 1974, le acompañaron hasta la capital para levantarse contra el régimen salazarista. La misión fue cumplida con éxito. La dictadura impuesta 48 años antes por un golpe militar era derrocada por otro, pero de signo contrario. El país vivía en una situación de tensión latente.

Aquellas 24 horas en las que Portugal revolucionó su historia y la del mundo entero llegan precedidas por momentos y causalidades clave. El 16 de marzo de ese mismo año, el fracasado golpe de Caldas tuvo dos lecturas. Triunfó la del joven capitán Otelo Saraiva de Carvalho, que reflexionó en clave optimista cuando todos parecían ver lo contario. «Entonces, ¿éstas son las fuerzas que el Gobierno dispone para oponerse al movimiento?», observó ante la escasa respuesta gubernamental. Saraiva fue el encargado de perfilar los últimos flecos para nueva intentona militar: la definitiva, la del 25 de abril.

«Los muchos norteños que en el fin de semana avanzaron hasta Lisboa soñando con la victoria acabaron por retirarse, desilusionados por la derrota. El adversario de la capital, mejor organizado y equipado (sobre todo bien informado de su estrategia), contando aún con una asistencia fiel, fue a abortar los intentos de los hombres del norte. Parafraseando lo que en tiempos dijera un astuto comandante, se perdió la batalla, pero no la guerra». Aquella crónica futbolista con la victoria del Sporting de Lisboa frente al visitante Oporto sirvió al periodista Eugénio Alves para comentar lo sucedido en Caldas. La censura pasó por alto el argot futbolístico de un artículo que entre líneas rebosaba de mensajes implícitos; «era optimista y estimulante», afirma Saraiva.

Estas lecturas cargadas de optimismo y segundos sentidos no resultaron tan obvias para el bando oficialista. «Le pido que no se preocupe, pues está todo sosegado y no hay ningún problema en ningún punto del país». Militares situados la madrugada del 24 al 25 de abril en el puesto de comando interceptaron esta conversación entre el ministro del Ejército y el de Defensa. El régimen lo ignoraba pero la revolución ya estaba en la calle. Y era imparable.

Apoyo popular

«La guerra fue una de las razones por las que se movilizaron los militares», confirma el periodista portugués Adelino Gomes. El conflicto colonial se alargaba desde hacía 13 años y Portugal estaba en un callejón sin salida. Naciones Unidas había emitido varias resoluciones, instando a conceder la independencia de las colonias y a acatar el derecho de autodeterminación de los pueblos.

«Teníamos contacto con los soldados, que para mí representaban el pueblo; eran chavales de 21 o 22 años que venían de las clases más desfavorecidas, cumplían el servicio militar obligatorio y eran enviados para misiones a ultramar», recuerda Saraiva en el salón de su casa. Y añade: «Se fue alimentando el sentimiento de que aquella guerra tenía que acabar. Sabíamos que no podía ser ganada militarmente y que el pueblo anónimo detestaba el poder, tenía miedo y no hablaba. Tenía que haber una solución política».

Todo fue muy rápido. Los acontecimientos desbordaron incluso las previsiones más optimistas. «Llamamos a la puerta y entramos», recuerda el capitán Santos Coelho, que tomó la radio desde donde se emitieron todos los comunicados del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), una organización clandestina dentro del Ejército formada en su gran mayoría por oficiales de baja graduación. «Nos habían cortado la energía pero dejaron con línea los teléfonos públicos, así que bajábamos a la cabina. La gente nos traía comida y bebida», resume así las 48 horas que un grupo de ocho militares estuvo encerrado en la emisora.


«La movilización civil provocó que el golpe de Estado se convirtiera en una revolución», recuerda Nuno Santa Clara Gomes, coronel de infantería jubilado y uno de los militares que se alzó contra la dictadura. El pueblo salió a la calle a pesar de las recomendaciones y las peticiones de los capitanes. La respuesta popular sorprendió al alrededor de 200 cargos medios implicados en el levantamiento y a los 5.000 soldados que les acompañaron, que nada sabían de los planes de sus superiores hasta el mismo día de la revolución.

«Ese mismo pueblo portugués que soportó durante casi medio siglo la más larga dictadura del continente —abatido, postrado hasta resignado— aprendió en meses, encontró en semanas y, en algunos momentos, descubrió en días aquello que décadas de salazarismo no le había permitido siquiera desconfiar: la dimensión de su fuerza», escribe el profesor de Historia Valerio Arcary en el libro Revolución o transición: Historia y memoria de la Revolución de los Claveles.

Aquella fue la noche más larga en la historia de Portugal. El día también fue intenso. Rozando ya el mediodía, el MFA informó de que la situación estaba dominada: «En breve llegará la hora de la liberación». Sólo faltaba la rendición del primer ministro, Marcelo Caetano, un profesor universitario que sustituyó a Salazar al mando del país cuando el dictador enfermó. Se había recluido en un cuartel del Largo do Carmo, una zona estrecha, rodeada de callejuelas que se convirtió en una jaula. Todavía hoy los sublevados se preguntan por qué decidió refugiarse en este lugar de Lisboa.


Poco después de las tres de la tarde, Salgueiro Maia solicita, megáfono en mano y en una atestada plaza, la rendición en diez minutos. Fueron las horas más complicadas de la Revolución de los Claveles. Negociaciones mediante, Caetano entregó el poder alrededor de las seis de la tarde. Los soldados formaron un cordón para que fuera posible la salida con seguridad del ya expresidente.

Un programa político truncado

«El Movimiento de las Fuerzas Armadas, que acaba de cumplir con éxito la más importante de sus misiones cívicas de los últimos años de nuestra historia, proclama a la nación su intención de llevar a cabo, hasta su completa realización, un programa de salvación del país y de la restitución al pueblo portugués de las libertades de las que había sido privado». El mensaje del MFA llegaba a las ocho de la tarde. La salida de los cuarteles era el primer paso de un largo proceso que tenía por objetivo entregar el poder a la sociedad civil. «Una revolución como ésta no tiene sólo éxito por lo militar sino también por lo político», recuerda Santa Clara.

Llegó el turno del PREC (Proceso Revolucionario en Curso), en el que se celebraron las primeras elecciones democráticas por sufragio universal masculino y femenino de la historia portuguesa, se negoció la independencia de las colonias y se formó el sistema de partidos. Todo ello, en medio de una gran participación popular. Se caminaba hacia una transición al socialismo, con nacionalizaciones y reformas agrarias. «Lo que nos preguntábamos todos los periodistas asombrados que visitábamos Portugal por aquellos días era cómo los militares de una dictadura infame habían llegado a comprender que todo cambio era imposible sin una integración real con el pueblo», escribió Gabriel García Márquez.

Pero pronto llegaron los problemas y las disensiones. El 25 de noviembre de 1975, un nuevo golpe militar de los sectores moderados del Ejército, que contaban con el apoyo de socialistas y socialdemócratas, inició una nueva etapa, la que desembocó en la vigente Constitución de 1976 y en la instauración de la tercera República. «El hecho es que los promotores y protagonistas mayores de aquella revolución casi poética fueron relegados, si no al olvido, al menos a la penumbra», escribió el Premio Nobel de Literatura.

La investigadora del Instituto de Historia Contemporánea de Universidad Nova de Lisboa Raquel Varela destaca de hecho dos rupturas entre 1974 y 1976: primero se pasó de un régimen fascista a un periodo revolucionario y, después, de éste a otro democrático liberal, que se comienza a formar a partir de noviembre de 1975. «Después del 76 son años de recuperación de los sectores más conservadores de las Fuerzas Armadas, que no habían hecho el 25 de abril e incluso se habían opuesto. Los mismos hombres que habían protagonizado la revolución acabaron siendo tragados por el reflujo antirrevolucionario», explica el historiador Manuel Loff.

Mª ÁNGELES FERNÁNDEZ | J. MARCOS (LISBOA)

jueves, 24 de abril de 2014

Portugal repite los síntomas de la Revolución de los Claveles


REVOLUCIÓN DE LOS CLAVELES, 40 AÑOS

Cuando se cumplen 40 años del golpe de Estado militar que derrocó la dictadura salazarista, la situación del país luso guarda similitudes con la de 1974. La disparada deuda pública, el récord de emigración forzada o las cifras del desempleo hacen que muchos expertos comparen ambas etapas. Se vive en la austeridad de los recortes desde el rescate financiero ejecutado por la 'troika' en mayo de 2011.

22 abril 2014

Es temprano. Los turistas aún no colapsan la céntrica plaza del Comercio. Una decena de alumnos y sus profesoras se han citado en la estatua de José I, habitual punto de encuentro, con dos exmilitares portugueses. Recordar y explicar lo que pasó hace 40 años es el objetivo de la jornada. «Los jóvenes no saben lo que es la guerra, la falta de libertad, la censura, la policía política...», justifica Aniceto Afonso, coronel de artillería jubilado.

Portugal revive estos días el 40 aniversario de la Revolución de los Claveles, la que derrumbó la dictadura de Salazar, la que trajo la libertad, la democracia y la que puso fin al colonialismo y a las guerras en África. «Era un país muy triste y empobrecido. Todas las familias tenían a algún joven en la guerra», continúa el exintegrante del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), la organización protagonista de aquel golpe de Estado que finalizó con la entrega del poder a la sociedad civil.

Han pasado cuatro décadas desde que el punto neurálgico no sólo de Lisboa sino del país se convirtiera en el eje de la revolución que cambió la historia de Portugal. «Aquí estaban varios ministerios clave, como el del Ejército, el de la Marina, el de Finanzas..., además del Banco de Portugal y otros organismos del Gobierno», explica a los chavales Afonso, también investigador de Historia en la Universidad Nova de Lisboa. Aquella mañana, la del 25 de abril de 1974, la diáfana y concurrida plaza, conocida como Terreiro do Paço, se convirtió en la avanzadilla de la revolución: una unidad de diez carros blindados llegó al corazón del régimen desde el municipio de Santarém antes de las seis de la madrugada. A las pocas horas y sin apenas derramamiento de sangre (hubo cuatro muertes), el primer ministro Marcelo Caetano entregaba el poder. Había caído una de las dictaduras más largas de Europa.

Emigración forzada y desempleo

Los turistas van llegando poco a poco a este desenlace de calles abierto al río Tajo. En la ciudad de la luz el turismo aporta siempre un tono diferenciado, mientras maquilla la roja economía del país. Portugal vive en la austeridad de los recortes desde el rescate financiero ejecutado por la troika en mayo de 2011. «La sensación de regresión es tan evidente que está produciendo una exasperación que recuerda a la del 74», explica el historiador Manuel Loff.

Sin guerras como las coloniales de por medio, la situación del país tiene mucho en común con la de los últimos años de la dictadura. Y los recuerdos van y vienen. Los claveles, símbolo del cambio de régimen, son habituales en las constantes manifestaciones que salpican la geografía lusa. La canción Grândola, vila morena, cuya emisión en radio la noche del 24 de abril sirvió para confirmar a los integrantes que comenzaba la operación, es la banda sonora que acompaña toda reivindicación que se precie. «Hay memoria de lo que pasó, y más en estos momentos», apunta el coronel e investigador. Los expertos hablan incluso de dos dictaduras civiles: la nacionalista de Salazar y la «internacionalista y despersonalizada» actual, escribe el catedrático de Sociología de la Universidad de Coimbra Boaventura de Sousa Santos: «Ambas llevaron la pobreza al pueblo portugués, al que dejaron a la zaga de los pueblos europeos».

Los números consolidan los paralelismos. La deuda pública es hoy la herida abierta en la economía, alcanzando el 130 por ciento del PIB, mientras que hace cuatro décadas los gastos de la guerra, que duró trece años, desangraban el 40 por ciento del presupuesto nacional. Ambas situaciones dejaban y dejan escaso margen para las inversiones y el gasto social.

Y está el drama de la emigración forzada. Loff apunta que si entre 1968 y 1973 salieron de Portugal unas 120.000 personas, desde 2010 «se están batiendo récords de emigración» ya que se han marchado entre 150.000 y 200.000 personas. La mirada a la coyuntura internacional ilustra otras analogías: mientras la crisis del petróleo de 1973 también dejó su huella en el Portugal aislado de entonces, la crisis financiera que estalló en el verano de 2007, hoy profundizada y encallada, envuelve al país ibérico en un contexto complicado. Las altas cifras de desempleo y la caída de la Bolsa de Lisboa son también compartidas.

«Una nueva encrucijada histórica». Así tilda la Asociación 25 de Abril, a la que pertenecen muchos de los militares que tumbaron la dictadura, el momento actual que vive el país; «de captura del Estado por intereses particulares», apunta en el manifiesto del aniversario de este año, en el que también se pide una respuesta popular.


«El régimen que nos mantiene como el más pobre país europeo es el resultado de un largo proceso de reacción de las clases propietarias y sus aliados en las clases medias propietarias. La insurrección militar se agigantó como una revolución democrática, cuando las masas populares salieron a las calles, que enterró el salazarismo y fue victoriosa. Pero la revolución social que nació del vientre de la revolución política fue derrotada», escribe el profesor de Historia Valerio Arcary en el libro Revolución o transición: Historia y memoria de la Revolución de los Claveles.

Una Constitución socialista

La revolución trajo una ruptura en el más hondo significado de la palabra: nacionalizaciones de bancos, ocupaciones de latifundios agrícolas, asambleas ciudadanas frecuentes, ocupaciones de fábricas... y el final del imperio portugués (que incluía Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Cabo Verde, Santo Tomé y Príncipe, Timor y Macao y sumaba más de dos millones de kilómetros cuadrados). Fueron los primeros resultados visibles de un proceso que duró alrededor de dos años, en el que también hubo pasos para atrás y que estuvo marcado por las luchas entre la derecha y la izquierda militar. A pesar de la derrota de esta última, y de las siete reformas posteriores, la Constitución portuguesa de 1976 está muy marcada por ideas socialistas, pues incluso su Preámbulo habla de «abrir camino hacia una sociedad socialista».

«La democracia portuguesa sigue siendo a pesar de todo reflejo de la Revolución. Llevamos tres o cuatro años de fuerte contestación social debido al austeritarismo en el que vivimos. Es el ciclo más intenso de participación política y social desde la Revolución», considera Manuel Loff. «La democracia portuguesa, en aquello que tiene de esencial, es una democracia conquistada y no otorgada», añade el catedrático y presidente del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidad Nova de Lisboa, Fernando Rosas, en el libro Revolución o transición.

La memoria del mes abril, para muchos robada, es también un centro neurálgico de Portugal. Para bien y para mal. Para un lado y para otro. «La derecha se siente siempre muy incómoda con la memoria del 25 de abril», sostiene Loff. Al coraje de los militares que hicieron la Revolución de los Claveles apeló hace poco el primer ministro, el conservador Pedro Passos Coelho, quien recalcó que la Historia se enfrenta «a un momento en que hay que tomar decisiones arriesgadas y difíciles».

«La situación que tenemos es muy semejante a la que teníamos antes del 25 de abril, en cuanto a la energía que respira el pueblo. Las personas por aquel entonces estaban sedientas de que sucediera alguna cosa, y ahora también falta ese clic. Estoy convencido de que si hubiera alguna cosa, las personas van a reaccionar fuerte y positivamente con un acto recuperador de los valores de abril para acabar con esta tristeza», reflexiona Vasco Lourenço, presidente de la Asociación 25 de Abril y uno de los tres dirigentes del MFA.

Primera hora de la tarde. Los turistas llenan las terrazas del Largo do Carmo, en el lisboeta barrio del Chiado. Llegan los estudiantes y los dos exmilitares para visitar el cuartel de la Guardia Nacional Republicana: «El más importante de nuestra historia», subraya Aniceto Afonso. Y es que, fue precisamente aquí donde hace cuatro décadas se decidió la Revolución. Aunque hayan desaparecido de la fachada las marcas de los pocos disparos de aquel día.

Mª ÁNGELES FERNÁNDEZ | J. MARCOS (LISBOA)


lunes, 21 de abril de 2014

Gabo y la Revolución de los Claveles

[Ya que recientemente ha fallecido Gabriel García Márquez y para recordarlo, y como el próximo 25 de abril se celebra el XL Aniversario de la Revolución de los Claveles, que supuso el fin de la dictadura salazarista (entonces la más larga de Europa) en nuestro vecino, y hermano, país ibérico que es Portugal... En 1983 este mundialmente reconocido autor colombiano escribió un artículo periodístico sobre el país luso a nueve años de su revolución de 1974.]


 Portugal, nueve años después

Por GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Uno se pregunta qué fue de aquella pléyade de militares portugueses de alto rango que en abril de 1974 hicieron la jubilosa revolución de los claveles. La foto de una muchacha poniendo una flor en el cañón del fusil de un soldado amigo no sólo dio la vuelta al mundo por su belleza, sino que se impuso de inmediato como un símbolo de una vida nueva. Portugal era una fiesta. Nadie dormía, nadie tenía un horario de trabajo fijo, y el tiempo apenas si alcanzaba para celebrar la victoria sobre una de las dictaduras más antiguas y crueles del mundo, y para disfrutar, en plena calle y a voz en cuello, de la libertad recobrada. «Nadie puede entendernos mejor que ustedes», le dijo por aquellos tiempos un miembro del Consejo de la Revolución a un grupo de periodistas latinoamericanos. «Los europeos, aun los más comprensivos, tratan de interpretarnos con una óptica de país desarrollado y no encuentran cómo meternos a la fuerza dentro de sus esquemas». Por motivos históricos y geográficos, siendo uno de los países más pobres del mundo, pero con una posición estratégica esencial para las potencias occidentales, Portugal estaba obligada a sentarse a la mesa de los países más ricos de la Tierra, pero hablando un idioma nuevo que nadie entendía porque a nadie le convenía entenderlo, y con los fondillos remendados y los zapatos rotos, pero con la dignidad que le imponía el haber sido en otro tiempo el dueño casi absoluto de todos los mares.

La presión tremenda de ese drama se reflejaba en todos los aspectos de la vida portuguesa. Todo se había vuelto político. Desde la plaza del Rossio, en el corazón de Lisboa, hasta el rincón más remoto y olvidado de la provincia no había un centímetro de pared, ni un anuncio de carretera, ni el pedestal de una estatua que no tuviera pintado un letrero político. «Unidad sindical», pedían a brocha gorda los comunistas, mientras acusaban a los socialistas de querer dividir la clase obrera para dejarla a merced de la socialdemocracia europea. «Socialismo, sí; pero con libertades», decían sin más explicaciones los socialistas. «Fuera el ímperialismo capitalista y el socialimperialismo», decía un partido de extrema izquierda, cuyo radicalismo intransigente se confundía con la línea de candela de la provocación. «Viva Cristo Rey», gritaba la reacción católica. «El voto es el arma del pueblo», decían los liberales. Y los anarquistas, con su ingenio incansable, corregían en la pared de enfrente: «El arma es el voto del pueblo». De día, en medio del desorden alborozado, los militantes del Ejército de Salvación tocaban el trombón en la puerta de los grandes almacenes y fomentaban el pánico con sus diatribas pavorosas contra el alcohol y el sexo. Muy tarde en la noche, cuando el cansancio doblegaba por fin el activismo desaforado, la reacción hacía reventar bombas de alto poder y envenenaba al mundo con el rumor infame de que al hermoso e idílico Portugal de las canciones se lo había llevado el carajo.

En medio del estruendo ensordecedor, había una inteligencia distinta: el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), dirigido por una cosecha de oficiales jóvenes, y cuyo poder político, unido a su poder de fuego y a su popularidad inmensa, hacía de ellos mucho más que árbitros simples de la situación. Los pesimistas por la ruina de la economía nacional, decían con un gran desprecio: «Portugal no produce sino portugueses». Los dirigentes del MFA replicaban: «La mayor riqueza de un pueblo es su población». La mayoría de ellos eran antiguos universitarios reclutados por la dictadura como carne de cañón para las guerras coloníales. Trabajaban sin horarios, sin pausas, lo mismo en la Administración pública que en las campañas de politización de los campesinos. La democracia había empezado por los cuarteles: oficiales y soldados se tuteaban, dormían en el mismo cuarto y comían la misma comida en la misma mesa. Por primera vez en la historia de la humanidad las tropas tenían derecho a desobedecer una orden si sus oficiales no les decían para dónde iban y con qué propósito. La respuesta a todos los niveles era la misma: «Vamos para un socialismo inventado por nosotros mismos, de acuerdo con nuestras condiciones propias, independiente de todo centro internacional de poder y, al mismo tiempo, construido con imaginacíón y humanidad».

Lo que nos preguntábamos todos los periodistas asombrados que visitábamos Portugal por aquellos días era cómo los militares de una dictadura infame habían llegado a comprender que todo cambio era imposible sin una integración real con el pueblo, y cómo habían tomado conciencia de esa realidad. El proceso, en verdad, fue muy simple. Cuando la guerra se agudizó contra los movimientos de liberación de las colonias africanas —y en especial Angola y Mozambique—, los oficiales de la dictadura, que eran aristócratas de solemnidad, decidieron improvisar una oficialidad de clase media que sirviera de carne de cañón en los dominios sublevados. Para eso abrieron, en primer término, las puertas de la academia militar, donde se formaban los oficiales de carrera, y en segundo término, empezaron a reclutar universitarios para convertirlos en oficiales milicianos con el grado inmedíato de subtenientes. De modo que en el curso de pocos años cambió por completo la composición de la clase de los mandos medios. «Fue muy fácil», dijo un oficial a los periodistas, «que nuestra promoción, con una edad promedio de 28 años, sufriera una transformación ideológica en el sentido de las aspiraciones populares». Otro oficial decía: «Nuestra conciencia se formó en las largas noches de reflexión en los campamentos de África, conversando con los soldados, que en realidad eran universitarios unifórmados, y con los prisioneros que capturábamos entre las guerrillas y que nos estremecieron con el ejemplo de su decisión y su claridad». Los nombres de los militares que dirigían el cambio llegaron a ser legendarios: Vasco Gonçalves, Costa Gomes, Melo Antunes, Otelo de Carvalho, Vasco Lourenço, Correia Jesuino, Rosa Cutinho. Todos pertenecían al Consejo de la Revolución, que era el organismo rector del proceso, y ocupaban cargos claves en el Gobierno. Melo Antunes, un fumador nervioso y sonriente que pasaba casi sin darse cuenta de una conversación política a una discusión sobre literatura, era considerado por sus compañeros como uno de los ideólogos más antiguos y lúcidos del MFA. Sin embargo, tal vez fue Otelo de Carvalho el más carismático de todos y el que pareció más decidido a asumir la responsabilidad política del país para llevar el proceso de cambio hasta sus últimas consecuencias. Qué fue lo que se lo impidió y qué fue lo que se llevó a Portugal por un camino distinto es algo muy difícil y, sobre todo, muy largo de establecer. Pero el hecho es que los promotores y protagonistas mayores de aquella revolución casi poética fueron relegados, si no al olvido, al menos a la penumbra. De ahí que sea tan significativa una noticia a la cual no se le ha dado, ni siquiera en Portugal, la atención que merece. Me refiero a la creación de la Asociación 25 de Abril, integrada no sólo por todos los miembros del Consejo de la Revolución original, sino por más de 1.500 oficiales de las fuerzas armadas. Mil trescientos de ellos son todavía activos, o sea, la cuarta parte de la oficialidad actual. «Se trata de ampliar y profundizar el espíritu democrático de las fuerzas armadas», ha dicho en privado uno de sus fundadores. «No tenemos aspiraciones políticas inmediatas ni queremos intervenir en las condiciones actuales». Pero la mayoría de ellos están de acuerdo en que las fuerzas de la reacción son cada vez más activas e influyentes en Portugal y que la vigilancia insomne de los héroes en reposo del MFA puede impedir, llegado el caso, que Portugal regrese a su pasado sombrío. Ante las acusaciones de que se trata de una organización subversiva, sus promotores señalan que se ajusta del todo a la Constitución vigente y que es tan legal y pública como otras muchas de diverso carácter que existen en Portugal. Más aún: uno de sus miembros más distinguidos es el propio presidente de la República, el general Eanes. Lo cual demuestra, una vez más, lo que desde hace tantos siglos se sabe, y es que Portugal es un país muy raro. Por decir lo menos.

15-JUNIO-1983

jueves, 26 de abril de 2012

Manifiesto «Abril no se desarma»

Leído por el teniente coronel Vasco Lourenço.
[Traducción de Pedro A. García Bilbao]


Hace 38 años los Militares de Abril se levantaron en armas para liberar al Pueblo de la dictadura y la opresión y crear las condiciones para la superación de la crisis que se vivía entonces.

Lo hicieron con la convicción cierta de que estaban asumiendo el papel que los propios portugueses esperaban de ellos.

Cumplidos sus objetivos, pusieron fin a su intervención directa en los asuntos políticos de la nación, y la gran mayoría de ellos se unió en la Asociación el 25 de Abril, depositaria, por tanto, del que fue aquel espíritu liberador inicial.

Hoy en día, sin abdicar de nuestra condición de ciudadanos libres, conscientes de las obligaciones patrióticas que nuestra condición de militares nos imponen, sentimos la necesidad de tomar una posición en la vida cívica y el marco político de la Constitución portuguesa, ante la actual crisis nacional.

Nuestro sentido ético y moral nos imponen igualmente dar una respuesta.

Lo hacemos como ciudadanos de pleno derecho, integrados en la asociación cultural y cívica que fundamos y que siguió felizmente un camino de plena integración en la sociedad portuguesa.

Consideramos que…:

- Portugal no está siendo tratado como un igual en el desarrollo de las instituciones comunitarias europeas.

- Portugal está siendo tratado con arrogancia por potencias extrajeras, algo que nuestros dirigentes nacionales aceptan sin protestar y aun asumen con satisfacción un papel de subordinados.

- Nuestra situación real es ahora la un «protectorado» con dirigentes nacionales que carecen de capacidad autónoma para actuar en defensa de nuestro destino.

- El contrato social establecido en la Constitución de Portugal ha sido roto por el poder.

- Las medidas y los sacrificios impuestos a los ciudadanos portugueses van más allá de los límites de lo soportable. Las inaceptables condiciones de bienestar social afectan ya a la seguridad y la dignidad de la persona humana.

- Sin una justicia capaz, con líderes políticos para quien la ética es una palabra vacía, Portugal es ya el país de la UE con mayores desigualdades.

- El curso político seguido protege los privilegios, agrava la pobreza y la exclusión social, devalúa el trabajo.

Consideramos que es conveniente adoptar una postura clara en contra del caos, el miedo y el conformismo instalados en nuestra sociedad y proclamar en voz alta, ante todos los portugueses, lo siguiente:

- La línea política seguida por el poder político actual ya no representa el régimen democrático heredero del 25 de Abril configurado en la Constitución de la República Portuguesa.

- El poder político que actualmente gobierna Portugal, establece un nuevo ciclo político que está en contra del 25 de Abril, sus ideales y sus valores.

En consecuencia, la A25A anuncia que:

- No participaremos en los actos oficiales del 38º aniversario nacional del 25 de Abril.

- Sí tomaremos parte en las celebraciones populares y otros actos locales de celebración del 25 de Abril.

- Continuaremos conmemorando y celebrando el 25 de Abril con miras a rescatar su celebración como acción liberadora y con el fin de luchar por la realización de sus ideales, teniendo en cuenta la autonomía de decisión y elección de los ciudadanos, en sus múltiples expresiones.

Debido a que todavía creemos en la democracia, porque seguimos creyendo que los problemas de la democracia se resuelven con más democracia, aclaramos que nuestra actitud no cuestiona las instituciones democráticas de la soberanía popular y no las confunde con los que actualmente las ocupan y detentan el poder.

Por esta razón, la Asociación el 25 de Abril, y en particular las Fuerzas Armadas de Abril, proclaman que hoy como ayer, no pretenden asumir protagonismo político alguno, algo que solo compete al Pueblo Portugués en sus distintas expresiones y manifestaciones.

En este sentido, declaramos ser plenamente conscientes de la importancia de la institución militar, como recurso último en las encrucijadas decisivas de la historia de nuestro Portugal. Por eso declaramos nuestra confianza en que la misma sabrá mantenerse firme en defensa de nuestro País y de su Pueblo. Por eso manifestamos aquí también nuestro respeto por la institución militar y nuestro compromiso por su dignificación y prestigio público de su patriótica misión.

Por tanto, en esta hora difícil para Portugal, queremos:

1. Reafirmar nuestra victoria en la victoria futura, por encima de dificultades, de los valores de Abril en el marco de una alternativa politica, económica, social y cultural que se corresponda con los anhelos profundos del Pueblo portugués y la consolidación y permanencia de la Patria Portuguesa.

2. Apelar al Pueblo Portugués y a todas sus expresiones organizadas para que se movilicen y actúen, en patriótica unidad, para salvar Portugal, su libertad y su democracia.

¡Viva Portugal!

Manifiesto leído por el teniente coronel Vasco Lourenço*, presidente de la Asociación 25 de Abril, el día 23 de abril de 2012.

«Abril não Desarma»

* Vasco Lourenço (Castelo Branco, 1942) es teniente coronel del Ejército portugués en la Reserva y fue uno de los principales dirigentes de la Revolución de los Claveles, perteneciendo a la Comisión Política del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA). Como tal, fue miembro del Consejo de la Revolución, órgano consultivo del Estado nacido del proceso revolucionario, y suprimido en 1982 con el desmantelamiento final de algunas de las estructuras nacidas del mismo.