(28/11/2012)
viernes, 30 de noviembre de 2012
Las condiciones de vida y las conductas adictivas
(28/11/2012)
miércoles, 26 de octubre de 2011
Mafias albanesas
Por Janire Rámila
Antes de desgranar el mundo de la mafia albanokosovar, es necesario realizar dos aclaraciones. La primera, que en lugar de emplear el término albanokosovar, lo más acertado sería hablar de mafia albanófona, ya que bajo esa nomenclatura se encuadran los grupos criminales procedentes de Albania, Montenegro, Macedonia, Serbia y Kosovo. Y la segunda que, contra la creencia popular, su vida no nació en la guerra de los Balcanes, sino mucho antes. De hecho, su historia ha estado ligada íntimamente a las mafias italianas y a la turca, por ser los Balcanes zona de paso obligada en el comercio de estupefacientes y de personas entre el oeste y el este de Europa.
En los años 80, la represión del régimen comunista propició la huida de miles de albanokosovares que recalaron principalmente en Suiza, Alemania, Bélgica, Suecia y Estados Unidos, desarrollando las mismas prácticas mafiosas aprendidas en su tierra. Fue una primera diáspora a la que le seguirían otras dos más multitudinarias: la vivida con la caída del muro de Berlín y la experimentada a inicios de la primera década del siglo XXI, tras la llamada «guerra de los 78 días», en la que las tropas de la OTAN lograron que Kosovo se independizara de Serbia, pero dejando tras de sí más de 5.000 muertos y 10.000 heridos. Esa guerra trajo la independencia a la zona, pero no la estabilidad, como demuestran los 15 clanes mafiosos que en estos instantes actúan allí casi impunemente.
De estos 15 clanes, el más numeroso y peligroso es el conformado por la mafia albanesa, que se ha convertido en una amenaza real para el futuro de su país de origen. Así lo expresó un informe de la Comisión de las Comunidades Europeas publicado en 2003: «Se estima que la mafia está introducida en los centros de poder político y económico del país. Esta situación puede truncar las perspectivas de una implantación satisfactoria del Estado de Derecho y las oportunidades de Albania de disfrutar de un desarrollo saludable y duradero, y de adherirse a la Unión Europea».
Lo que la Unión quería denunciar era la tremenda complicidad existente entre mafiosos y políticos albaneses, constatada en numerosas ocasiones. Una de ellas en el verano de 2004, cuando diputados de diferentes partidos se opusieron a la adopción de una ley que permitiese la creación de unidades especiales de policía para luchar contra el crimen organizado. Fue entonces cuando los clanes, para evitar futuros imprevistos, decidieron ocupar personalmente puestos políticos, hasta el punto de que algunos expertos en el mundo del crimen, como Jean-François Gayraud, aseguran que «la mayoría de las fuerzas políticas del Estado albanés y de Kosovo son una fachada de estos clanes». Palabras corroboradas por el propio ministro albanés del Interior en 2004, Igli Toska: «El crimen organizado en Albania es un peligro real. Después de haber blanqueado el dinero, los traficantes intentan limpiar su reputación mediante la participación en política o la compra de medios de comunicación».
Y es que el dinero que se juegan estos grupos es demasiado elevado como para no asegurar su control. Sólo el valor de la droga que pasa por Albania con destino a Europa supera los 1.500 millones de euros anuales, representando el 25% del mercado europeo de estupefacientes. Otros negocios no tan lucrativos, aunque sí muy rentables, son el tráfico de personas y de tabaco, la venta de vehículos robados, la adjudicación ilegal de contratos públicos y la prostitución. Sobre este último, la policía británica calcula que el 70% de la industria del sexo de Londres está en manos de bandas albanesas, repartidas por los barrios de la ciudad en función de su origen geográfico: el clan Pequini de la ciudad de Elbasan, los clanes Rama y Markaj de Tirana, los clanes Sheu y Boria de la localidad de Fier…Otra de las características capitales de las mafias balcánicas es la tremenda violencia que despliegan en sus actuaciones y la falta de un código de honor interno tan estricto como el de la Cosa Nostra o el de las mafias asiáticas, lo que las convierte en volátiles e impredecibles.
Si la situación no se remedia, apuntan los expertos, la entidad albanokosovar corre el riesgo de convertirse en una Colombia europea.
domingo, 3 de agosto de 2008
Nébeda, la droga de los gatos
jueves, 12 de abril de 2007
Epi y Blas en Amsterdam
Es poco serio, pero sirve para romper la "monotonía".
sábado, 24 de marzo de 2007
Sobre el mito de la heroína
Pero si uno de los mitos de la heroína concierne a su abuso obligado, otro, quizá más relevante, concierne a su toxicidad. «No hay droga que no tenga efectos tóxicos», afirma uno de los principales libros de texto de farmacología contemporáneos, aunque oscilen de la trivialidad a la letalidad. El término toxicidad se refiere naturalmente a los efectos perjudiciales o dañinos que una droga puede producir. Según la sabiduría popular, la toxicidad de la heroína es muy grande y suele calificársela de «droga asesina». Esta ominosa reputación se debe en parte a las fuentes oficiales de información sobre el abuso de drogas que relacionan habitualmente el consumo de heroína con el espectro de las «muertes por sobredosis».
Las cifras son ciertamente espeluznantes. Durante 1971, por ejemplo, se registraron unas 1.200 muertes relacionadas con los opiáceos, solamente en Nueva York. En la mayor parte de estos casos se trataba de heroína, la droga que aparecía con mayor frecuencia en los decesos de varones comprendidos entre los quince y los treinta y cinco años. No puede dudarse como Jerome H. Jaffe ha subrayado, de que «la tasa promedio de mortalidad entre los adultos jóvenes adictos a la heroína es varías veces superior a la de no adictos de similar edad y entorno étnico». Lo que no indican estas alarmantes estadísticas, sin embargo, es que tan sólo una pequeña parte de las muertes relacionadas con la heroína puede achacarse a la heroína propiamente dicha, incluyendo las así llamadas muertes por sobredosis, en razón de que hace falta una dosis muy grande de heroína para matar a una persona y de que además no hay heroína pura en el mercado negro de la calle.
Es obvio que una dosis lo suficientemente grande matará incluso al adicto de mayor tolerancia, pero podría afirmarse que los opiáceos se encuentran entre las drogas con menor toxicidad intrínseca de las conocidas por la farmacología. A diferencia del alcohol, que en cantidades relativamente pequeñas es sumamente tóxico para el hígado y otros órganos internos, la heroína no produce daño tisular aparente, ni grandes trastornos en el juicio o en la coordinación, ni el consumidor se siente inclinado a conducirse violentamente. Por lo que respecta a quienes la consumen habitualmente, el mecanismo de tolerancia mismo incrementa el volumen de la dosis necesario para producir toxicidad o letalidad.
La heroína no es una droga asesina, pero en la sociedad americana contemporánea resulta frecuente que la gente que la consume termine muerta. ¿Por qué? Sobre todo en razón de las circunstancias, clandestinas y delictivas, que invariablemente rodean su producción, distribución y uso. La gran mayoría de las muertes calificadas de «muertes por sobredosis», por ejemplo, son atribuibles a las impredecibles fluctuaciones en la composición de lo que se vende como heroína en el mercado negro, a las sinergias (interacciones) con otros productos consumidos simultáneamente, tales como el alcohol y los barbitúricos, o la alteración («cortado»), con quinina, talco u otros productos pulverulentos, práctica rutinaria que sirve para aumentar el «bulto» de lo que se vende. Otros factores potencialmente tóxicos o letales incluyen el uso comunal y antihigiénico de agujas, jeringuillas u otros adminículos que pueden ser vehículo de transmisión de hepatitis u otras enfermedades infecciosas, así como la posibilidad de salir herido o muerto en una disputa relacionada con la droga o de una redada de la policía. Cuando se producen muertes por las causas que acabamos de enumerar, son clasificadas oficialmente como «muertes ligadas al consumo de narcóticos», pero aun en el caso de todas y cada una de las 1.200 muertes fueron atribuibles a la heroína per se, su estatus de droga asesina no sería particularmente elevado. En la ciudad de Nueva York, en 1971, hubo una droga implicada en más de 6.000 muertes (cantidad cinco veces superior a las muertes relacionadas con los narcóticos): el alcohol.
No deseo que esto se considere una defensa del uso gratuito o indiscriminado de los opiáceos. Si he pasado revista a los aspectos farmacológicos precedentes ha sido únicamente a fin de mostrar que no hay demasiado que justifique la selección de la heroína como objetivo principal de los esfuerzos de prevención del abuso de drogas. Puede decirse en realidad que existen muchas drogas, incluyendo los barbitúricos, las anfetaminas o el alcohol, cuyos efectos potencialmente perjudiciales para el organismo y la conducta humanos podrían ser, más apropiadamente, el principal motivo de preocupación. La razón por la que esto no es así es porque en la guerra contra la heroína el tema real es el delito...
Stephan L. Chorover, Del Génesis al genocidio, 1979.