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viernes, 30 de noviembre de 2012

Las condiciones de vida y las conductas adictivas


Publicamos a continuación el texto que nos ha enviado una lectora. Es un texto que nos permitirá entender mejor, a la luz de los descubrimientos obtenidos en psicología social y neurología, las conexiones existentes entre las condiciones de vida y el aumento de las conductas adictivas. Al explicar los mecanismos que subyacen bajo ese aumento creciente del consumo de materias estimulantes, nefastas para el organismo, esta aportación ilustra un aspecto del callejón sin salida al que conduce el capitalismo además de todo el cinismo de la clase dominante. Es importante que seamos conscientes de la realidad de los sufrimientos generados por la explotación y la barbarie de la sociedad capitalista. El llamamiento a la “conciencia colectiva”, en referencia a estas cuestiones, es totalmente válido porque se trata de un arma de los explotados para criticar y derrocar una sociedad inhumana. Aplaudimos con fuerza la iniciativa de la compañera y la animamos a seguir por ese camino.

Son numerosos los estudios que se realizan regularmente sobre las conductas adictivas de los jóvenes y las personas sin empleo. Ponen de manifiesto cómo los seres humanos sin trabajo son constantemente difamados por su supuesta falta de voluntad para enfrentarse al consumo de sustancias psicoactivas, verdaderamente alto en esta capa de la población. Por el contrario han sido pocas las investigaciones realizadas sobre el consumo de sustancias psicoactivas entre personas con empleo, cuando empíricamente se sabe que es una realidad que afecta a numerosos trabajadores y cuyas causas son múltiples y muchas veces disfrazadas. Además, las instituciones y los organismos que crea el Estado para combatir las adicciones así como los resultados que publican son, en la mayoría de los casos, hipócritas y poco fiables o ineficaces.

El consumo en las poblaciones excluidas y su ansiedad ante el futuro

Las poblaciones profesionalmente excluidas, sin empleo, consumen ante todo tabaco, alcohol, medicamentos psicotrópicos (Ansiolíticos, antidepresivos, miorelajantes, etc.), de libre venta o recomendados por un especialista (o no) pero hay quien incluso ingiere drogas ilícitas, entre las que están las denominadas de “diseño”.

Por un estudio del INPES ([1]), realizado a 2594 desempleados el año 2005, conocemos que el 10,5% de ellos son dependientes del alcohol, el 12 % consume cannabis y el 17,4 % toman medicamentos psicotrópicos; que el 45 % de los beneficiarios acogidos a la Renta Activa de Solidaridad (RSA) ([2]) tienen dificultades con el alcohol, mientras que los trabajadores ocupados están en un 15 %.

Los jóvenes son también víctimas del exceso de consumo de sustancias psicoactivas: según los estudios de la OFDT (Observatorio Francés de Drogas y Toxicomanías) ([3]) realizados en 2002 y del ADSP (Actualidad e Informes sobre la Sanidad Pública, también en Francia)  ([4]) en 2007, el 40 % de los jóvenes mayores de 18 años consumen diariamente tabaco, frente al 29 % de personas con edades comprendidas entre los 18 y los 75 años. Es más, el 10,5 % de los jóvenes consumen bebidas alcohólicas en exceso y el 13,3 % fuma cannabis regularmente.

Adelantaremos algunas de las explicaciones que se suelen dar sobre las causas del consumo excesivo entre esos sectores de población que intentan insertarse en la vida social. Hay autores que piensan que la adolescencia y sus múltiples cambios (fisiológicos, psicológicos, madurez, etc.) es la causa principal de las conductas de riesgo entre los jóvenes y que ciertamente, los adolescentes perciben el alcohol como un medio para superar mejor el malestar que les genera esos cambios, o bien como una manera de facilitar su relación personal con los demás.

Aunque es cierto que un ambiente alegre, distendido o relajado no se asocia por los jóvenes al consumo de alcohol, sí que encuentran que es, en cierta medida, eficaz para lograr un “buen ambiente” y por supuesto más barato. Pero también se sabe que los profesionales del sector de las bebidas alcohólicas conocen este fenómeno y desarrollan estrategias de marketing entre los jóvenes consumidores, muy aficionados a los sabores dulces. Elaboran productos tipo Premix (premezclas) o Alcopops (licores comercializados en pequeñas botellas de diseño y etiquetado confuso) ya que el envase hace pensar en bebidas de bajo contenido alcohólico, para comercializarlos entre este público. Las bebidas, de alta graduación alcohólica (vodka, whisky, ron…) son mezcladas con bebidas sin alcohol pero muy azucaradas (soda o zumo de “frutas”), para enmascarar el fuerte sabor a etanol. De esta manera, aunque la cantidad de alcohol ingerida es menor que el de una bebida alcohólica tradicional, el riesgo estriba en que los consumidores se olvidan del alcohol que contienen y consumen mayor cantidad; con lo que se agravan las consecuencias para sus cerebros todavía en desarrollo ([5]).

Por otra parte, la ansiedad ante el futuro y el miedo al desempleo, ligados a la situación económica, acentúan también el consumo de substancias psicoactivas entre la población en situación precaria. Isabel Varescon ([6]) demuestra que la dependencia al alcohol es en muchos casos consecuencia del fracaso o la dificultad para realizar una tarea encomendada. Este fracaso se traduce en un sentimiento de incompetencia personal y social. Por su efecto analgésico, el consumo de substancias psicoactivas es un medio que tiene el individuo de paliar su baja autoestima.

La búsqueda de lazos sociales por medio del alcohol y del efecto analgésico de las substancias psicoactivas son estrategias de adaptación de las que los consumidores se dan cuenta demasiado tarde, cuando ya están en una situación muy precaria.

El consumo entre los trabajadores

Otra encuesta del INPES, realizada sobre una muestra de 15.994 “trabajadores en activo” de edades entre 16 y 65 años, estima que el 28,1 % de los encuestados presenta un tabaquismo regular, el 13,8 % consumen medicamentos psicotrópicos, el 8,1 % es alcohólico y el 8 % es consumidor habitual de drogas ilícitas. Esta encuesta ha mostrado también la relación que hay entre el tipo de substancias psicoactivas consumidas y el medio profesional, y se constata que, excepto el del área de las finanzas, ningún sector está excluido del consumo de estas substancias. El de la construcción y el de los transportes son los más afectados, ya que el consumo de tabaco, alcohol, medicamentos psicoactivos y drogas ilegales es superior al de todas las demás profesiones. El abuso del tabaco y de las drogas ilícitas está también muy extendido en el medio de la restauración (bares, hoteles y restaurantes, etc.). En lo que se refiere a los medicamentos psicotrópicos, los trabajadores domésticos y los administrativos presentan un consumo más elevado que el de otros sectores (industria, los servicios o el turismo).

Estudios recientes han demostrado que el abuso de sustancias psicoactivas en el medio laboral produce desazón y ansiedad en el trabajo, lo que es causa frecuente de estrés. El estrés aparece cuando el mal ambiente en el trabajo supera los recursos normales de un individuo (sus capacidades adaptativas). Para enfrentar estas situaciones de tensión los trabajadores desarrollan estrategias de adaptación. En este marco, los asalariados consumidores de sustancias psicoactivas lo hacen para poder sobrellevar su estrés o para aumentar su capacidad de trabajo. Concretamente, los trabajos experimentales de M. Niezborala (año 2000) realizados sobre una muestra de 2106 personas en activo, interrogadas con ocasión del reconocimiento periódico de salud en el trabajo, manifiestan que casi una persona de cada tres consume medicamentos psicoactivos para enfrentar las dificultades que encuentra en su empleo: «El 20 % utiliza un medicamento para estar en forma durante la jornada de trabajo, el 12 % toma medicamentos en la jornada laboral para tratar algún síntoma de agitación, el 18 % utiliza medicamentos para “mantenerse relajado si la jornada es difícil» ([7]).

Otros autores como Catherine Reynaud-Maurupt et Hoareau (2010) y Fontaine y Fontana (2003), concluyen también que el consumo excesivo de substancias psicotrópicas afecta esencialmente a los trabajadores activos que trabajan en condiciones laborales de gran dificultad donde se les obligan “a estar siempre al cien por cien, a tope”. Esta estrategia tiene una función clara: inducir a un estado de hiperrendimiento a fin de adaptarles mejor a las exigencias profesionales.

Por otro lado Ángel y colaboradores señalan que los asalariados que trabajan en condiciones físicas de gran dureza consumen, sobre todo substancias psicoactivas, en cantidades superiores a los de otros sectores laborales. El consumo de estas substancias es una estrategia de adaptación frente al estrés profesional. Este fenómeno es el resultado directo de la escasez de trabajo y de la creciente precariedad. De igual manera el aislamiento social, tanto en las empresas como en la vida privada, del que son, cada día más, víctimas los trabajadores, trae consigo el aumento de potenciales riesgos de aumento del consumo; éste permite por un lado establecer lazos sociales, porque se consume colectivamente (sobre todo tabaco y alcohol); y por otra, soportar los trastornos físicos y síquicos ligados al trabajo (alcohol, psicofármacos y drogas ilegales).

Demos una respuesta al desarrollo de las conductas adictivas

El abuso de productos que modifican la conducta (psicoactivos, substancias adictivas…), por grupos sociales que viven en situación de precariedad y por los trabajadores cuyas condiciones de trabajo ponen en peligro su salud física y mental, tiene para ellos consecuencias dramáticas. En Francia, por ejemplo, mueren cerca de 45.000 alcohólicos al año. El consumo excesivo de estas sustancias genera además toda una serie de situaciones de alto coste social y personal: accidentes de trabajo, enfermedades de larga duración o crónicas, lesiones irreparables, suicidios, etc. Especialistas de centros de diagnóstico y tratamiento como el Hassé Consultant ([8]), P. Angel entre otros, estiman que aproximadamente un 20 % de las bajas laborales están asociadas al consumo excesivo de sustancias psicoactivas; es más, del 40 al 45 % de los casos de accidente laboral con resultado de muerte son consecuencia directa de ese abuso.

Hay entidades y organizaciones creadas con el propósito de luchar contra la dependencia y la adicción, centros para drogodependientes… Son centros de carácter hospitalario que acogen a personas en estado de dependencia de algún producto psicoactivo (concretamente al alcohol y drogas ilegales). Su método de funcionamiento viene a ser así: cuando ingresan se les impone un tratamiento de desintoxicación física (es decir, se les priva totalmente de los productos que suelen consumir) durante aproximadamente una semana y después se les somete a un tratamiento psicológico más prolongado. Desde que se empezó a utilizar este tipo de tratamientos cada vez hay más instituciones que optan por informar a los pacientes sobre el funcionamiento psicológico de las dependencias; consiguiendo de esta manera que los enfermos pasen de un estado de culpabilidad, a comprender los mecanismos cerebrales que favorecen y regulan la dependencia.

Del abuso continuado de alcohol se sabe que el etanol desequilibra los llamados receptores GABA en las neuronas ([9]). Estos receptores se hacen dependientes y exigirán al consumidor durante toda la vida una cantidad creciente de etanol para satisfacerse. Acabar con el consumo de alcohol se hace extremadamente difícil en la medida en que el síndrome de privación (el llamado “mono”) aparece de manera más o menos grave según las características (tanto fisiológicas como sociales) de los pacientes. Se les recomienda la abstinencia total y de por vida pero estos receptores jamás recuperarán su funcionamiento normal; una pequeña cantidad de alcohol ingerida será suficiente para reactivar el proceso.

Es una cruel realidad que “el mono” (síndrome de abstinencia) no es nada en comparación con lo que les aguarda en el futuro a los ex-dependientes. Es mucho más duro escapar a las “celebraciones” sociales (fiestas, reuniones familiares, almuerzos de trabajo, etc.) donde todo está montado para empujar al consumo de bebidas alcohólicas. Los comercios, sus anuncios de propaganda y sus escaparates son un reclamo para atraer e incrementar los consumidores.

En cuanto a las bebidas “sin alcohol” hay que decir que, además de que no son muy “divertidas”, si que contienen buena parte de alcohol, y se lo debemos a una ¡sórdida legislación!, que permite que al lado de donde pone 1,2 grados de etanol pueda imprimirse la frase “Sin alcohol”, sin necesidad de indicar la cantidad real que contiene el recipiente; algo que debería ser imprescindible, ya que una mínima cantidad de alcohol es suficiente para una recaída.

Además, ¿son acaso más “marchosas” las juergas sin alcohol? Los industriales de bebidas alcohólicas seguro que dirán: ¡por supuesto que no! Lo mismo que habrá quien diga que las recaídas son una muestra de la ¡falta de voluntad de los adictos! En cuanto a lo que les aguarda en el trabajo, cuando se tiene, lo que pueden llegar a oír son frases como: “Está claro que a éste le ha servido de poco el tratamiento”. ¡Ah!, estos trabajadores que tienen la gran suerte de tener un empleo y un buen patrón que les resuelve su “pequeño problema personal”, siempre que se mantengan tan dóciles como antes de su curación, y, sobre todo antes de que recaigan. Todas estas indecencias serán siempre un medio de presión añadido para que el trabajo se haga rápidamente y sin rechistar.

La exclusión social va en aumento, como consecuencia de la precarización del empleo, del paro, de las dificultades financieras, etc.; las condiciones de trabajo son cada vez más penosas y el aislamiento social que se deriva de ello se acentúa y parece eternizarse. Los individuos buscan, lenta y laboriosamente, soluciones a esta degeneración que pueden tomar diferentes formas: desde la lucha contra estas condiciones de vida…, hasta el abandono.

Luchar contra ellas no debería ser, jamás, la adaptación del propio organismo a estas condiciones mediante el consumo de sustancias psicoactivas. Luchar contra el origen del problema es mucho más eficaz, pero para ello se requiere de una conciencia colectiva más que de una respuesta individual.

Agnosia, 17 setiembre

[1] http://www.inpes.sante.fr/INPES/
[2] http://www.hcsp.fr/explore.cgi/adsps?menu=11. Se trata de un subsidio mínimo para parados de larga duración que se otorga en Francia
[3] http://www.ofdt.fr/
[4]http://www.unipresse.com/magazine-review-subscription-actualite-et-dossier-en-sante-publique-adsp-.shtml
[5] http://www2.potsdam.edu/hansondj/InTheNews/UnderageDrinking/1064433210.html
[6] http://www.scienceshumaines.com/isabelle-varescon-qu-est-ce-que-l-addiction-comportementale_fr_25513.html
[7]http://www.editionsmilan.com/09616631/Michel-NIEZBORALA.html
[8] http://www.hasse-consultants.com/
[9] Pierre Angel, Patrick Amar, Marie Josee Gava, Brigitte Vaudolon, Mieux vivre en entreprise (2e édition).

miércoles, 26 de octubre de 2011

Mafias albanesas

La violencia como protagonista
Por Janire Rámila

Antes de desgranar el mundo de la mafia albanokosovar, es necesario realizar dos aclaraciones. La primera, que en lugar de emplear el término albanokosovar, lo más acertado sería hablar de mafia albanófona, ya que bajo esa nomenclatura se encuadran los grupos criminales procedentes de Albania, Montenegro, Macedonia, Serbia y Kosovo. Y la segunda que, contra la creencia popular, su vida no nació en la guerra de los Balcanes, sino mucho antes. De hecho, su historia ha estado ligada íntimamente a las mafias italianas y a la turca, por ser los Balcanes zona de paso obligada en el comercio de estupefacientes y de personas entre el oeste y el este de Europa.

En los años 80, la represión del régimen comunista propició la huida de miles de albanokosovares que recalaron principalmente en Suiza, Alemania, Bélgica, Suecia y Estados Unidos, desarrollando las mismas prácticas mafiosas aprendidas en su tierra. Fue una primera diáspora a la que le seguirían otras dos más multitudinarias: la vivida con la caída del muro de Berlín y la experimentada a inicios de la primera década del siglo XXI, tras la llamada «guerra de los 78 días», en la que las tropas de la OTAN lograron que Kosovo se independizara de Serbia, pero dejando tras de sí más de 5.000 muertos y 10.000 heridos. Esa guerra trajo la independencia a la zona, pero no la estabilidad, como demuestran los 15 clanes mafiosos que en estos instantes actúan allí casi impunemente.

De estos 15 clanes, el más numeroso y peligroso es el conformado por la mafia albanesa, que se ha convertido en una amenaza real para el futuro de su país de origen. Así lo expresó un informe de la Comisión de las Comunidades Europeas publicado en 2003: «Se estima que la mafia está introducida en los centros de poder político y económico del país. Esta situación puede truncar las perspectivas de una implantación satisfactoria del Estado de Derecho y las oportunidades de Albania de disfrutar de un desarrollo saludable y duradero, y de adherirse a la Unión Europea».

Lo que la Unión quería denunciar era la tremenda complicidad existente entre mafiosos y políticos albaneses, constatada en numerosas ocasiones. Una de ellas en el verano de 2004, cuando diputados de diferentes partidos se opusieron a la adopción de una ley que permitiese la creación de unidades especiales de policía para luchar contra el crimen organizado. Fue entonces cuando los clanes, para evitar futuros imprevistos, decidieron ocupar personalmente puestos políticos, hasta el punto de que algunos expertos en el mundo del crimen, como Jean-François Gayraud, aseguran que «la mayoría de las fuerzas políticas del Estado albanés y de Kosovo son una fachada de estos clanes». Palabras corroboradas por el propio ministro albanés del Interior en 2004, Igli Toska: «El crimen organizado en Albania es un peligro real. Después de haber blanqueado el dinero, los traficantes intentan limpiar su reputación mediante la participación en política o la compra de medios de comunicación».

Y es que el dinero que se juegan estos grupos es demasiado elevado como para no asegurar su control. Sólo el valor de la droga que pasa por Albania con destino a Europa supera los 1.500 millones de euros anuales, representando el 25% del mercado europeo de estupefacientes. Otros negocios no tan lucrativos, aunque sí muy rentables, son el tráfico de personas y de tabaco, la venta de vehículos robados, la adjudicación ilegal de contratos públicos y la prostitución. Sobre este último, la policía británica calcula que el 70% de la industria del sexo de Londres está en manos de bandas albanesas, repartidas por los barrios de la ciudad en función de su origen geográfico: el clan Pequini de la ciudad de Elbasan, los clanes Rama y Markaj de Tirana, los clanes Sheu y Boria de la localidad de Fier…

Otra de las características capitales de las mafias balcánicas es la tremenda violencia que despliegan en sus actuaciones y la falta de un código de honor interno tan estricto como el de la Cosa Nostra o el de las mafias asiáticas, lo que las convierte en volátiles e impredecibles.

Si la situación no se remedia, apuntan los expertos, la entidad albanokosovar corre el riesgo de convertirse en una Colombia europea.

Muy Historia, Nº 37 (2011).

domingo, 3 de agosto de 2008

Nébeda, la droga de los gatos


La nébeda o hierba gatera (Nepeta cataria), es una planta de la familia de la menta, a la que tienen aficción muchos gatos, no todos. El felino se acerca a la planta y la huele; luego la lame y la muerde, la mastica y se frota con ella. Después entra en trance, rueda sobre sí mismo y durante unos minutos emprende su «viaje». Actua como si fuera una droga especial para felinos.

Como dice Desmond Morris sobre sus efectos en Observe a su gato:

«Los gatos drogadictos son afortunados. A diferencia de tantas drogas humanas, la nébeda no produce perjuicios irreparables y, tras diez minutos, la experiencia termina y el gato regresa a la normalidad sin ningún efecto secundario.»

jueves, 12 de abril de 2007

Epi y Blas en Amsterdam

Ésto no es recomendable para menores, que se abstengan de verlo.

Es poco serio, pero sirve para romper la "monotonía".

sábado, 24 de marzo de 2007

Sobre el mito de la heroína

Pero si uno de los mitos de la heroína concierne a su abuso obligado, otro, quizá más relevante, concierne a su toxicidad. «No hay droga que no tenga efectos tóxicos», afirma uno de los principales libros de texto de farmacología contemporáneos, aunque oscilen de la trivialidad a la letalidad. El término toxicidad se refiere naturalmente a los efectos perjudiciales o dañinos que una droga puede producir. Según la sabiduría popular, la toxicidad de la heroína es muy grande y suele calificársela de «droga asesina». Esta ominosa reputación se debe en parte a las fuentes oficiales de información sobre el abuso de drogas que relacionan habitualmente el consumo de heroína con el espectro de las «muertes por sobredosis».

Las cifras son ciertamente espeluznantes. Durante 1971, por ejemplo, se registraron unas 1.200 muertes relacionadas con los opiáceos, solamente en Nueva York. En la mayor parte de estos casos se trataba de heroína, la droga que aparecía con mayor frecuencia en los decesos de varones comprendidos entre los quince y los treinta y cinco años. No puede dudarse como Jerome H. Jaffe ha subrayado, de que «la tasa promedio de mortalidad entre los adultos jóvenes adictos a la heroína es varías veces superior a la de no adictos de similar edad y entorno étnico». Lo que no indican estas alarmantes estadísticas, sin embargo, es que tan sólo una pequeña parte de las muertes relacionadas con la heroína puede achacarse a la heroína propiamente dicha, incluyendo las así llamadas muertes por sobredosis, en razón de que hace falta una dosis muy grande de heroína para matar a una persona y de que además no hay heroína pura en el mercado negro de la calle.

Es obvio que una dosis lo suficientemente grande matará incluso al adicto de mayor tolerancia, pero podría afirmarse que los opiáceos se encuentran entre las drogas con menor toxicidad intrínseca de las conocidas por la farmacología. A diferencia del alcohol, que en cantidades relativamente pequeñas es sumamente tóxico para el hígado y otros órganos internos, la heroína no produce daño tisular aparente, ni grandes trastornos en el juicio o en la coordinación, ni el consumidor se siente inclinado a conducirse violentamente. Por lo que respecta a quienes la consumen habitualmente, el mecanismo de tolerancia mismo incrementa el volumen de la dosis necesario para producir toxicidad o letalidad.

La heroína no es una droga asesina, pero en la sociedad americana contemporánea resulta frecuente que la gente que la consume termine muerta. ¿Por qué? Sobre todo en razón de las circunstancias, clandestinas y delictivas, que invariablemente rodean su producción, distribución y uso. La gran mayoría de las muertes calificadas de «muertes por sobredosis», por ejemplo, son atribuibles a las impredecibles fluctuaciones en la composición de lo que se vende como heroína en el mercado negro, a las sinergias (interacciones) con otros productos consumidos simultáneamente, tales como el alcohol y los barbitúricos, o la alteración («cortado»), con quinina, talco u otros productos pulverulentos, práctica rutinaria que sirve para aumentar el «bulto» de lo que se vende. Otros factores potencialmente tóxicos o letales incluyen el uso comunal y antihigiénico de agujas, jeringuillas u otros adminículos que pueden ser vehículo de transmisión de hepatitis u otras enfermedades infecciosas, así como la posibilidad de salir herido o muerto en una disputa relacionada con la droga o de una redada de la policía. Cuando se producen muertes por las causas que acabamos de enumerar, son clasificadas oficialmente como «muertes ligadas al consumo de narcóticos», pero aun en el caso de todas y cada una de las 1.200 muertes fueron atribuibles a la heroína per se, su estatus de droga asesina no sería particularmente elevado. En la ciudad de Nueva York, en 1971, hubo una droga implicada en más de 6.000 muertes (cantidad cinco veces superior a las muertes relacionadas con los narcóticos): el alcohol.

No deseo que esto se considere una defensa del uso gratuito o indiscriminado de los opiáceos. Si he pasado revista a los aspectos farmacológicos precedentes ha sido únicamente a fin de mostrar que no hay demasiado que justifique la selección de la heroína como objetivo principal de los esfuerzos de prevención del abuso de drogas. Puede decirse en realidad que existen muchas drogas, incluyendo los barbitúricos, las anfetaminas o el alcohol, cuyos efectos potencialmente perjudiciales para el organismo y la conducta humanos podrían ser, más apropiadamente, el principal motivo de preocupación. La razón por la que esto no es así es porque en la guerra contra la heroína el tema real es el delito...

Stephan L. Chorover, Del Génesis al genocidio, 1979.