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domingo, 2 de diciembre de 2012

¿Nietzsche protonazi? (Fragmentos postumos)

  «Pero ahora he vuelto al dominio moral de Kant: los guardias son estrictos y no me dejan escupir sobre el farfullante idiota que con los dedos dentro de su nariz me mira todo el día y cita: Así habló Zaratrustra, Profesor Treitzschke. Me confunde con el fanático militarista prusiano, y los idiotas del siglo próximo cometerán el mismo error, haciéndome marcar el "paso de la oca" con los imperialistas como Bismarck, a quien detesto como asesino de la cultura, un filisteo que traga cerveza y engulle salchichas.»

Esta sentencia forma parte del noveno capítulo de un libro, considerado apócrifo, de este filósofo alemán, publicado por primera vez en inglés en 1951 con el título: My sister and I («Mi hermana y yo»). F. Nietzsche lo terminó en el manicomio de Jena, y al no poder confiar el manuscrito a su madre y a su hermana, se vio obligado a entregárselo a otro paciente que iba a ser dado de alta. Pero como se ve en estas palabras ya vislumbraba la mala interpretación que iban a hacer las generaciones posteriores, y que, incluso, le llegaron a considerar como el precursor ideológico del nazismo.

Dos de las características que definen al nacionalsocialismo o nazismo alemán son el nacionalismo pangermánico y el antisemitismo racista, dos postulados que este filósofo alemán no compartía para nada y completamente despreciaba.

Para mi este intelectual tenía más de literato que de filósofo. Su elitismo aristocrático, su desprecio por la igualdad entre los seres humanos o su moral antidemocrática de los amos, me desagradan, no es «santo de mi devoción»; pero reconozco que Nietzsche ha tenido muchas interpretaciones, y los ideólogos del nazismo recurrieron a su teoría del superhombre y a la voluntad del poder. Pero el hecho de que se acogiesen a sus preceptos —como al de otros más—, no da pie para que sea considerado su predecesor directo. El fascismo italiano como el nazismo alemán anteponían la acción a la teoría, y cuando tuvieron que dar forma ideológica a sus creencias y prejuicios, mezclaron de todo: desde el nacionalismo con el socialismo y el sindicalismo revolucionario, hasta el vitalismo y el irracionalismo. «Pusieron el carro delante del burro», como hacen algunos hoy en día que confunden la causa por el efecto.

Os reproduzco un texto que salió en el número 40 de la tristemente desaparecida revista Archipiélago dedicada a este filósofo alemán en febrero/marzo del año 2000, «Nietzsche entre dos milenios», en el que se recogen algunas frases suyas sobre el nacionalismo y el antisemitismo (para que luego alguno de esos autosatisfechos ignorantes —como el gurú de la 'revolución integral' FRM— lo acuse de haber sido un protonazi).

¡Que cada cual saque sus propias conclusiones!

KRATES 



Fragmentos póstumos
sobre el nacionalismo y el antisemitismo
(1885-1888)

FRIEDRICH NIETZSCHE

      Nota aclaratoria:

Cuando se habla de política en el caso de Nietzsche, la controversia está servida. Sus textos políticos suscitan, frecuentemente, dos reacciones opuestas: una pretende redimir a Nietzsche de lo que él mismo pensó y dejó fijado por escrito; la otra le condena al peor de los infiernos. Ambas adolecen del mismo defecto: carecen de la distancia necesaria que requieren un análisis riguroso y una crítica ponderada de su obra. Para unos, un héroe; para otros, un villano; y entre unos y otros, se desdibujan los principales rasgos del pensamiento político de Nietzsche.
Esta traducción de algunos fragmentos de contenido político del «Nietzsche maduro» intenta mostrar dos aspectos de la crítica del filósofo alemán a las ideologías y movimientos políticos presentes en su época y, naturalmente, en Alemania: el antisemitismo y el nacionalismo. Junto a la democracia, el socialismo y el liberalismo, forman todos ellos el elenco de las manifestaciones políticas de la modernidad que será objeto de los ataques virulentos de Nietzsche. Son ideas sobre el hombre y la sociedad que remiten a la epifanía de los nuevos dioses que pretenden reemplazar al viejo dios muerto, con el cual, sin embargo, están íntimamente emparentados.
Junto a esta dimensión crítica de su pensamiento político, existe en el Nietzsche maduro una intención positiva, el esbozo de un proyecto político denominado «la gran política». Aunque aquí no se aporta ningún texto sobre su contenido, es necesario mencionarla, pues es el marco, insuficientemente desarrollado, donde se encuadra la crítica de Nietzsche a las ideas políticas dominantes en la época moderna. Ambigua, obscura, en ocasiones inhumana, contiene las líneas generales cuyo cumplimiento creará las condiciones para la hegemonía de un tipo superior de hombre y, más allá de él, para el advenimiento del Übermensch. Crítica y afirmación son las dos caras con las que Nietzsche suele presentarse, y ambas deben ser consideradas, si se pretende una comprensión adecuada del pensamiento político de este filósofo.
Consideramos que merece ser aludida una última cuestión sobre los fragmentos traducidos. Éstos provienen del mismo material a partir del cual se publicó un libro que Nietzsche nunca escribió: La voluntad de poder. Elisabeth Föster-Nietzsche, que poseía los derechos de la obra de su hermano, dirigió la edición de este libro fue la artífice de esta impostura literaria. Por ello, no es de extrañar que la selección de los fragmentos políticos que se incluyeron en él estuviera tan «excelentemente realizada»: se mostró una de las caras políticas de Nietzsche (aun así, se censuraron algunos rasgos incómodos de su aristocratismo para la «comunidad del pueblo» alemana) y se ocultó pudorosamente la otra, la cual, como es fácil imaginar, miraba con desprecio y repugnancia al nacionalismo en general, al del Segundo Reich en particular y al odioso antisemitismo emergente en Alemania. Prácticamente todos los fragmentos que se referían a estas cuestiones no aparecieron en esa obra tan famosa, leída y comentada que, repetimos, Nietzsche no escribió.
El material traducido pertenece a los volúmenes XI, XII y XIII de la edición crítica de la obra de Nietzsche realizada por G. Colli y M. Montinari (Sämtliche Werke. Kritischen Studienausgabe, Deutscher Taschenbuch Verlag/Walter de Gruyter, Berlín/Nueva York, 1967-77 y 1980) y se extiende desde 1885 hasta 1888. La numeración de los fragmentos es nuestra: se adjunta al final una tabla de correspondencias con la numeración establecida por Colli y Montinari (primero indicamos, en números romanos, el volumen al que pertenecen los fragmentos). Como ellos, no hemos introducido otro criterio de ordenación de los fragmentos que no sea el puramente cronológico. Las palabras en cursiva son del texto original, y los símbolos empleados tienen el siguiente significado:

— — —        Frase interrumpida o incompleta.
(( ))          Completado por los editores.
[ ]             Añadido por el traductor.


Fragmentos póstumos (1885-1888)

1[1]
Los alemanes, como pueblo atrasado, echan a perder el gran proceso de la cultura europea: por ejemplo, Bismarck, Lutero. Últimamente, cuando Napoleón quería llevar a Europa a una asociación de Estados (¡el único hombre que era suficientemente fuerte para esto!), los alemanes han  mezclado todos con las «guerras de liberación» y han provocado la desgracia de la locura nacionalista (¡con la consecuencia de la lucha de razas en países tan mezclados como los europeos!). Así detuvieron los alemanes (Carl Martell) el avance de la cultura sarracena: ¡siempre son los rezagados!

2
Juzgar el carácter del europeo según su relación con el extranjero en la colonización: crueldad extrema.

3
La misión consiste en formar una casta dominante con el alma muy amplia, capaz para los diferentes cometidos que conlleva el gobierno de la tierra. Centralizar en una naturaleza todas las capacidades individuales anteriores.
Posición al respecto de los judíos: tienen una gran práctica adquirida para la adaptación. Por ahora son los mejores actores en esto; también como poetas y artistas son los que imitan y comprenden de una forma más brillante. Lo que por otro lado les falta: si algún día el cristianismo es destruido, se hará justicia a los judíos, pues los mismos fueron los causantes del cristianismo y del anterior y supremo páthos moral.

4
«Alemania, Alemania por encima de todo» es quizá el lema más estúpido que se ha dicho ahora. Me pregunto por qué en particular Alemania, si no quiere, defiende y representa algo más valioso que lo que ha representado cualquier otro poder anterior. En sí sólo es un gran Estado más, una majadería en el mundo.

5
Nosotros no somos lo suficientemente necios para entusiasmarnos con el principio «Alemania, Alemania por encima de todo» o con el Reich alemán.

6
¿Puede uno interesarse por este Reich alemán? ¿Dónde está el nuevo proyecto? ¿Es sólo aquél una nueva combinación de poder? Tanto peor si no sabe lo que quiere. La paz y tolerancia no son en ningún modo una política que yo respete. Dominar y ayudar a vencer a los pensamientos supremos es lo único que me podría interesar de Alemania. ¿Qué me importa que existan o no los Hohenzollern? El pequeño pseudo-espíritu de Inglaterra es hoy el mayor peligro sobre la tierra. Veo una mayor inclinación a la grandeza en los sentimientos de los nihilistas rusos que en los de los utilitaristas ingleses. Necesitamos un crecimiento entrelazado de la raza alemana y la eslava; también necesitamos a los más hábiles materialistas, los judíos, imprescindibles para el dominio de la tierra.

7
Los alemanes debían crear una casta dominante. Yo reconozco que las facultades inherentes de los judíos son indispensables como ingredientes de una raza que debe aspirar a la política mundial. El interés por el dinero pide ser aprendido, heredado y de mil maneras diferentes heredado. Todavía hoy los judíos rivalizan con los americanos.

8[2]
A quien le importan las condiciones bajo las cuales la planta «hombre» va creciendo en lo que tiene más vigor, al que se ocupa de semejantes medidas, la aparición de un nuevo poder político, si éste no tiene un proyecto, no es ni siquiera un acontecimiento. Él apenas tiene tiempo para observarlo de cerca.
Que no se me interprete mal: yo quería explicar con este libro por qué la formación del Reich alemán me es indiferente. Yo veo en él un paso más hacia la democratización de Europa; nada más, nada nuevo. Pero la democracia es la forma de una decadencia del Estado, de una degeneración de la raza, de un predominio de los malogrados. Ya lo he dicho una vez.

9
Yo no hago caso de estas guerras nacionales, de estos nuevos «Imperios» y de lo que, en general, ocupa el primer lugar; lo que me interesa —puesto que veo como se prepara lenta y vacilantemente— es la unidad de Europa. El genuino trabajo colectivo de todos los hombres más importantes y profundos de este siglo era preparar aquella nueva síntesis y anticipar a modo de prueba «al europeo» del futuro; sólo en sus horas más bajas, o cuando envejecían, recaían en la estulticia nacional de las «patrias», y entonces se convertían en «patriotas». Pienso en hombres como Napoleón, Goethe, Beethoven, Stendhal, Heinrich Heine, Schopenhauer; quizá también pertenezca a este grupo Richard Wagner, sobre el cual, como sobre un tipo bien criado de la turbiedad alemana, no se puede afirmar absolutamente nada sin un «quizá» semejante. Pero lo que nace y se forma en semejantes cerebros como necesidad de una nueva unidad o ya como una nueva unidad con necesidades, secunda un gran hecho económico ilustrativo: los pequeños Estados de Europa (pienso que todos nuestros Estados e Imperios actuales) tienen que llegar a ser muy pronto insostenibles desde un punto de vista económico a causa del impulso incondicional del gran tráfico de personas y comercial hacia las últimas fronteras, hacia el tráfico y el comercio mundiales. (Ya solo el dinero fuerza a Europa a amontonarse en cualquier momento junto a un gran poder.) Pero para entrar con buenas expectativas en la lucha por el gobierno de la tierra —es evidente contra quién se dirige esta lucha—, es probablemente necesario para Europa «alcanzar un acuerdo» formal con Inglaterra: Europa necesita de las colonias inglesas para aquella lucha del mismo modo que la Alemania actual, para ejercer su nuevo papel de mediador y agente, necesita de las colonias holandesas. A decir verdad, nadie cree ya que la misma Inglaterra sea suficientemente fuerte para seguir representando su antiguo papel durante más de cincuenta años. Por estas razones, es imposible excluir del gobierno de la tierra a los hominis novi [hombres nuevos], y no tiene que haber ningún cambio de partidos para que semejantes cosas duraderas — — — Entretanto, hoy se ha de ser un soldado para no perder el crédito como comerciante. En esto, como en otras cosas, es suficiente que el próximo siglo encuentre las huellas de Napoleón, el primer y más anticipador hombre de nuestro tiempo.
La clase de «opinión pública» y de parlamentarismo actuales son organizaciones inadecuadas para la misión de los próximos siglos.

10
N.B. Contra lo ario y lo semítico.
Donde se mezclan las razas está el origen de una gran cultura.

11
me parece cada vez más que no somos suficientemente superficiales y cándidos para ayudar a ese patrioterismo hidalgo brandenburgués y cantar a coro su consigna embrutecedora «Alemania, Alemania por encima de todo»

12
El interés exclusivo que hoy se presta en Alemania a la cuestión del poder, del comercio y de las costumbres, y, como última cosa buena, de la «buena vida»; el ascenso de la estupidez parlamentaria, de los lectores de periódicos, del parlotear literario de cualquiera sobre todo; la admiración hacia un hombre de Estado que incluso sabe demasiado de filosofía y defiende (como si fuera un campesino o un estudiante de asociación) y cree hacer «aceptable» al gusto alemán (o a su conciencia) su temeraria y brutal política del instante por medio de una vetusta parafernalia de legitimismo y realismo; todo esto tiene su origen en el inquietante y a menudo fascinante año de 1815. Entonces, súbitamente, la noche se cernió sobre el espíritu alemán, que hasta ese momento había tenido un largo día gozoso. La patria, la frontera, el terruño, el antepasado: toda clase de estrechez de miras comenzó de repente a hacer valer sus derechos. En aquella época despertó la reacción y la congoja, el miedo al espíritu alemán, algo consecuente con el liberalismo y el revolucionarismo y toda la fiebre política (se comprende esta consecuencia). Desde entonces (desde la politización), Alemania perdió el liderazgo espiritual de Europa: y ahora sale bien a los alemanes, los mediocres ingleses — — —

13
Lo que todavía es joven y camina sobre débiles piernas grita siempre muy alto, pues se cae con mucha frecuencia. Por ejemplo, el «patriotismo» en la Europa actual, el «amor a la patria», que es sólo un niño. ¡No se debe tomar en serio a los pequeños chillones!

14
La locura nacionalista y la torpeza patriótica no tienen para mí ningún atractivo. «Alemania, Alemania por encima de todo» suena horrible a mis oídos, porque en el fondo quiero y deseo más de los alemanes. Su primer hombre de Estado, en cuya cabeza cuadra el buen fondo de legitimismo y cristianismo con una brutal política del instante, que no ha hablado de filosofía más que un campesino o un estudiante de asociación, suscita mi curiosidad irónica. Incluso me parece útil que haya algunos alemanes que han permanecido indiferentes ante el R((eich alemán)), ni siquiera como espectadores, sino como los que apartan la vista. ¿Adónde miran, pues? Hay cosas más importantes respecto a las cuales estas cuestiones ocupan un segundo plano: por ejemplo, la creciente ascensión del hombre democrático, el embrutecimiento, condicionado por tal motivo, de Europa y el empequeñecimiento del hombre europeo.

15
la area [era] de Bismarck (la area del embrutecimiento alemán)
de tales suelos pantanosos también crecen, a buen precio, las genuinas plantas pantanosas, por ejemplo, los a((ntisemitas))

16
ser nacional, en el sentido y grado en que hoy es exigido por la opinión pública, me parece que sería para nosotros, hombres más espirituales, no sólo un absurdo, sino una deslealtad, un aturdimiento despótico de nuestros mejores saberes y conciencias.

17
El amor a la patria es en Europa algo joven y se sostiene sobre débiles piernas: ¡se cae frecuentemente! Uno no se debe dejar engañar por el ruido que hace: ningún niño grita tan alto.

18
Máxima: no tratar a ningún hombre que participe en la charlatanería mentirosa de las razas.
(¡Cuánta mendacidad y agua pantanosa se necesita para agitar la cuestión racial en la actual E((uropa)) mezclada!)

19
Crítica del patrioterismo: quien siente valores que considera cien veces más elevados que el bienestar de la «patria», de la sociedad del parentesco de sangre y raza —valores que están más allá de las patrias y las razas, por lo tanto valores internacionales—, se convierte en un hipócrita cuando quiere jugar a «patriota». Esto es una bajeza del hombre y del alma que soporta el odio nacional (o lo admira mucho y lo venera). Las familias dinásticas se benefician de este tipo de hombre, y otra vez existen bastantes clases comerciales y sociales (también, naturalmente, esos bufones venales, los artistas) que, cuando este agua fuerte nacional obtiene el poder, salen ganando con su promoción. De hecho, una especie inferior consigue la supremacía — — —

20
El otro día me ha escrito un tal señor Theodor Fritsch[3] de Leipzig. No hay banda más sinvergüenza y estúpida en Alemania que estos antisemitas. En agradecimiento, le he respondido por carta mandándole un puntapié conveniente. Esta chusma se atreve a mentar el nombre de Z((aratustra)). ¡Asco!, ¡asco!, ¡asco!

21
Es antisemita, vulgar, de canaille [canalla] grosera, que oculten su envidia de la prudencia en los negocios de los judíos bajo fórmulas morales.

22
La apariencia hipócrita ha encubierto a todas las organizaciones burguesas, como si fueran productos de la moralidad…; por ejemplo, el matrimonio, el trabajo, la profesión, la patria, la familia, el orden, el derecho. Pero todas ellas se han fundado sobre el tipo humano más mediocre para protegerse de la excepción y de las necesidades de la excepción, de modo que, siempre que aquí se mienta mucho, se tienen que encontrar gangas.

23
¡Un poco de aire puro! ¡Esta situación absurda en la que se encuentra Europa no debe durar más tiempo! ¿Hay algún pensamiento bajo este nacionalismo de vacas? ¿Qué valor podría tener hoy, donde todo apunta a los intereses más amplios y comunes, donde todo incita a este mezquino amor propio?... ¡Y esto se llama Estado «cristiano»! ¡Y en la proximidad de las altas esferas se encuentra la canalla de predicadores de la corte[4]! Y el «nuevo Reich», fundado otra vez sobre la idea más usada y despreciable, sobre la igualdad de derechos y de voto…
¡Y esto en una situación en la que salta a la vista la dependencia espiritual y la desnacionalización, y en la que el valor y el sentido verdaderos de la cultura actual descansan en un fundirse y fecundarse recíproco!
Llega necesariamente la unificación económica de Europa, y asimismo, como reacción, el partido de la paz
La lucha por la supremacía dentro de una situación que no vale nada: esta cultura de las grandes urbes, de los periódicos, de la fiebre y de la «inutilidad».

24
El Estado o la inmoralidad organizada…
en el interior: como policía, derecho penal, estamentos, comercio, familia
en el exterior: como voluntad de poder, de guerra, de conquista, de venganza
¿cómo se logra que una gran muchedumbre haga cosas a las que nunca se prestaría el individuo?
- a través de la descomposición de la responsabilidad
- de las órdenes y su ejecución
- a través de la interposición de las virtudes de la obediencia, del deber, del amor a la patria y al príncipe
la conservación del orgullo, de la dureza, de la fuerza, del odio, de la venganza; dicho brevemente: de todos los rasgos típicos que contradicen al tipo del rebaño…
Los recursos para hacer posible acciones, reglas, afectos, que, medidos individualmente, no son «permitidos», y tampoco son «agradables»

- el arte de «hacerlas presentables», de permitirnos entrar en tales mundos «extraños»
- el historiador muestra la clase de justicia y de razón que tienen; los viajes; el exotismo; la psicología; el derecho penal; el manicomio; el criminal; la sociología
- la «impersonalidad»: con ella nos permitimos como medios de un ser colectivo estos afectos y acciones (colegio de jueces, jurado, ciudadano, soldado, ministro, príncipe, sociedad, «crítico»)… tenemos el sentimiento de que hacemos un sacrificio
La conservación de un Estado militar es el último de todos los medios para recoger la gran tradición, para mantener el tipo de hombre superior, el tipo fuerte. Y todos los conceptos que perpetúan la hostilidad y la jerarquía del Estado deben sancionarse en función de aquello…
por ejemplo, el nacionalismo, el proteccionismo, — — —



TABLA DE
CORRESPONDENCIAS
1 = XI, 25[115]                           2 = XI, 25[177]                                 3 = XI, 25[221]
4 = XI, 25[248]                           5 = XI, 25[251]                                 6 = XI, 26[335]
7 = XI, 34[111]                           8 = XI, 34[146]                                 9 = XI, 37[9]
10 = XII, 1[153]                          11 = XII, 1[195]                                12 = XII, 2[5]
13 = XII, 2[8]                              14 = XII, 2[10]                                  15 = XII, 2[198]
16 = XII, 2[199]                          17 = XII, 3[6]                                    18 = XII, 5[52]
19 = XII, 7[47]                            20 = XII, 7[67]                                  21 = XII, 10[62]
22 = XII, 10[84]                          23 = XIII, 11[235]                            24 = XIII, 11[407]


Introducción, selección y traducción del alemán de José Emilio Esteban Enguita


Archipiélago
CUADERNOS DE CRÍTICA DE LA CULTURA
Nº 40 / 2000 FEBRERO-MARZO


NOTAS

[1] Cfr. F. Nietzsche,  Ecce Homo, «El caso Wagner», &2.
[2] Cfr. F. Nietzsche,  Más allá del bien y del mal, &44.
[3] Theodor Fritsch, escritor de libelos antisemitas, editó la Correspondencia antisemita y fue el compilador del Manual sobre la cuestión judía (1887). Frecuentó el trato con Bernhard Föster, marido de la hermana de Nietzsche. Nietzsche le escribió dos cartas criticando sin contemplaciones su antisemitismo, y, por esta razón, Fritsch le atacó públicamente con dureza.
[4] Alusión al pastor antisemita Adolf Stocker.

viernes, 8 de junio de 2012

La inconfesable responsabilidad francesa en Ruanda

[Este texto sobre el genocidio ruandés tendría que ser leído por el «gurú neoanarquista y criptorreaccionario» FRM y sus serviles y repelentes seguidores, antes de pronunciarse sobre cosas que ignoran...]

Por Paul Labarique

Hace once años [dieciocho ya], entre abril y julio de 1994, el Hutu Power masacraba más de 800.000 personas, principalmente tutsis. Sólo la derrota militar de los genocidas ante los soldados del FPR de Paul Kagamé pudo poner fin al horror. Patrick de Saint-Exupéry, periodista del diario francés Le Figaro, fue testigo ocular de aquella locura sangrienta. Vio las fosas comunes, habló con Tutsis que huían y con hutus que los perseguían. Estuvo también con los soldados franceses cuando François Mitterrand finalmente decidió desplegarlos con «fines humanitarios». Regresó a Francia obsesionado por lo que había visto pero decidido a comprender por qué Francia apoyó hasta el final al régimen genocida. Publicó el resultado de sus reflexiones en un libro sorprendente: L’Inavouable. La France au Rwanda [«Lo inconfesable. El rol de Francia en Ruanda»].


Tropas francesas en Ruanda.

Al igual que otros genocidios, el de Ruanda tiene sus negacionistas. Estos tratan de poner al mismo nivel la matanza sistemática de tutsis por parte de los hutus y los crímenes de guerra que cometió más tarde el FPR contra los hutus que huían.

Algo similar es lo que hacen aquellos que niegan el genocidio judío cuando comparan el campo de exterminio de Auschwitz con el bombardeo de Dresde. Es además ese discurso, repetido al más alto nivel, lo que despertó en Patrick de Saint-Exupéry la imperiosa necesidad de contar «lo inconfesable». En septiembre de 2003, mientras escucha Radio France Internationale en su auto, en Moscú [1], oye al ministro francés de Relaciones Exteriores, Dominique de Villepin, referirse a «los genocidios» ruandeses.

Para el periodista, «ese plural parece insignificante, pero es terrible». «Me dejó paralizado», escribe. Le recuerda, en efecto, declaraciones de François Mitterrand en la cumbre franco-africana de Biarritz: durante la primera conferencia de prensa, el presidente de la República había hablado del «genocidio ruandés».

Sin embargo, en la versión escrita entregada a la prensa, se hablaba de «los genocidios». Invitado a explicar el asunto, Mitterrand respondió con frialdad: «¿Quieren decir ustedes que el genocidio terminó después de la victoria de los tutsis? Yo también me lo pregunto...»

Patrick de Saint-Exupéry se lanza de nuevo con todas sus fuerzas en la investigación sobre la implicación francesa en el genocidio ruandés, investigación que había iniciado en la primavera de 1998 mediante la publicación de una serie de artículos en el diario francés Le Figaro.

En ella se dirige directamente a Dominique de Villepin (actual Primer ministro francés), a quien desea llevar a los lugares del crimen, en un viaje imaginario que la literatura hace posible: «Será usted, señor, mi hilo de Ariadna, mi interlocutor imaginario, el punto de apoyo que me permitirá avanzar en las tinieblas, mi testigo.» Y sumerge así al lector en pleno corazón del «país de las mil colinas».

Ruanda bajo mandato: la construcción de un antagonismo étnico

Con sólo un poco más de 25.000 kilómetros cuadrados, Ruanda es un oasis templado en el seno del África Ecuatorial de los grandes lagos. El clima es suave y húmedo a causa de un relieve particularmente montañoso del cual le viene el nombre de «País de las mil colinas».

Mayormente agrícola, el territorio es muy favorable al desarrollo humano y se encuentra, por tanto, densamente poblado, con cerca de 8 millones de habitantes en diciembre de 1993. En el seno de esta población coexisten dos etnias principales: los hutus, que representan el 80% de la población total, y los tutsis, que representan el 15%. Normalmente, ésta última precisión no debería ser necesaria: en muchos países de África las etnias se entremezclan, se unen, viven juntas. En la propia Ruanda, donde hutus y tutsis son presentados hoy como enemigos irreconciliables, ambos grupos vivieron juntos durante siglos.

Como escribiera Gerard Prunier, al principio «estos grupos no respondían en lo absoluto a la definición de «tribu», o sea de micronación. En efecto, hablaban todos la misma lengua de origen bantú, vivían uno al lado del otro sin que se formara un «Hutuland» o un «Tutsiland» y los matrimonios mixtos eran frecuentes» [2].

Pero, el etnicismo se convirtió para las potencias coloniales en una forma de garantizar su dominio sobre los pueblos que controlan. Creando distinciones entre tutsis y hutus y estableciendo oposiciones entre ellos, los alemanes, y después los belgas, decidieron promover en Ruanda «una raza de señores» y apoyarse en ella para mantener el control del país [3].

Fosa común, Ruanda, 1994.

A la inversa, con la proximidad de la independencia, las potencias occidentales invierten sus alianzas. En el marco de una oposición étnica que crearon, no buscan ya en aquel entonces apoyarse en una minoría para controlar a la mayoría sino una mayoría capaz de ganar elecciones.

Además, al final de su mandato, la Iglesia Católica estimula a las autoridades coloniales a jugar la carta de los hutus. La Iglesia Católica trata de retomar el control de la Iglesia local cuyos clérigos indígenas, que formó esencialmente entre los tutsis, se le van de las manos.

Por consiguiente, los belgas se apoyan a partir de entonces en el Partido del Movimiento de la Emancipación Hutu (PARMEHUTU) de Gregoire Kayibanda, quien no es más que el secretario particular de monseñor Perraudin, el vicario apostólico suizo. En ese mismo año, 1959, tienen lugar las primeras masacres de tutsis. El 28 de enero de 1961, el país alcanza la independencia. Todas las funciones ejecutivas son puestas en manos de los hutus. La independencia se reconoce oficialmente el primero de julio de 1962.

Las bases de las tensiones étnicas ya están creadas en el aquel momento. Los miembros de la minoría tutsi, excluida del poder, abandonan el país cuando se ven posibilitados de hacerlo, sobre todo porque los abusos que cometen las milicias hutus van en aumento. Los exilados se reúnen en Burundi o Uganda.

A veces emprenden desde allí incursiones en territorio ruandés, dando lugar a acciones de represalia más violentas aún de parte del régimen de Kigali contra los tutsis que quedan en Ruanda. En el mismo momento, Francia toma el lugar de Bélgica, no sólo en Ruanda, sino en toda la región. Los franceses se presentan como defensores de la «democracia étnica» o sea, siendo los hutus la etnia más numerosa, es lógico que ocupen el poder [4]. Ya en 1962, París firma un acuerdo de cooperación civil con Kigali.

En 1973, un militar todavía más extremista, Juvenal Habyarimana, se apodera del poder como resultado de un golpe de Estado. Al igual que el dictador anterior, Kayibanda, en proceso de beatificación en Roma, el nuevo presidente se apoya en la Iglesia Católica. Pero pone en los puestos gubernamentales a representantes de las facciones militares del norte, de las que él mismo procede.

Al año siguiente, Francia firma un acuerdo general de cooperación técnico-militar con Zaire, firma después otro con Burundi [5] y finalmente un tercero con Ruanda al cabo de un safari memorable durante el cual Valery Giscard d’Estaing (ex presidente francés) sale de cacería con Juvenal Habyarimana. Francia se encarga además de proveer una ayuda en armas que alcanza 4 millones de francos al año.

Habyarimana-Mitterrand: una alianza ciega


Con el tiempo, el régimen de Habyarimana se hace cada vez más racista y totalitario. A partir de 1978, la nueva Constitución establece una clasificación étnica incluida en los documentos de identidad mientras que todos los ruandeses son inscritos, desde el momento de su nacimiento, como miembros del único partido, el MRND.

François Mitterand, presidente francés de la época.
El hombre de Estado declaró sobre Ruanda:
«En esos países, un genocidio no es tan importante».

En una desviación del sistema Umuganda tradicional, el Estado y la Iglesia Católica obligan a toda la población a hacer para ellos jornadas de trabajo siguiendo un principio que la Organización Internacional del Trabajo califica de «trabajos forzados».

Francia no reacciona ante esta situación. En 1983, cuando Therese Pujolle, jefa de la misión de cooperación civil en Kigali desde 1981, testimonia sobre las violaciones de los derechos humanos que comete el régimen, sus superiores le advierten secamente: «Los derechos humanos no son asunto suyo. Trabaje en el desarrollo».

Las relaciones entre ambos países se ven marcadas por los lazos personales que unen a sus dirigentes. Jean-Christophe Mitterrand, el propio hijo del presidente francés, es muy amigo de Jean-Pierre Habyarimana, el hijo del presidente ruandés. Therese Pujolle cuenta que «Papamadit» [Sobrenombre que se le da en Francia al hijo del presidente Mitterrand a partir de la frase «Papa m’a dit», que significa en español «Papá me dijo». Nota del Traductor.] «tenía un helicóptero a su disposición para hacer safaris fotográficos. El gendarme de la cooperación protestó, [y] perdió. Cada vez que Jean-Christophe Mitterrand llegaba, quince Mercedes lo esperaban.»

El apoyo militar francés no corresponde, por supuesto, a ninguna coincidencia ideológica, ni tampoco a intereses precisos. Refleja una división de África en zonas de influencia y la voluntad de aplicar métodos coloniales por los gobiernos autóctonos para controlar poblaciones que no serían nunca soberanas.

Durante una miniofensiva del Frente Patriótico Ruandés (FPR), organización armada de exilados tutsis, Francia desencadena la operación Noroit y envía al frente 150 hombres del Segundo Regimiento Extranjero de Paracaidistas (2º REP) estacionado en la República Centroafricana.

Durante la noche del 4 al 5 de octubre de 1990, el régimen organiza un simulacro de ataque contra Kigali con la complicidad de los militares franceses. Atribuye la responsabilidad al FPR, decreta el estado de sitio e instaura un toque de queda total. De paso, los principales opositores políticos, lo mismo hutus que tutsis, son acusados de complicidad con el FPR y se les arresta.

Además, para eliminar el apoyo popular al FPR, 10.000 tutsis son arrestados. La población civil tutsi del Mutara sufre una ola de matanzas. Al final, las tropas franco-ruandesas logran rechazar al FPR hacia Uganda.

Las amistades familiares no lo explican todo. Los viejos reflejos neocoloniales tampoco. Los intereses geoestratégicos no parecen evidentes. Sin embargo, a medida que avanzamos con Saint-Exupery en el descubrimiento de Ruanda podemos ir viendo que hay un poco de todo eso en las relaciones franco-ruandesas.

Se trata de un cóctel explosivo que contribuye a la escalada y conduce a lo peor. La versión oficial de los que toman las decisiones por el lado francés, tal y como la presentaron durante su audiencia ante la Misión parlamentaria de Información, en 1998, es que Francia no fue capaz de prever el desvío hacia el genocidio por parte del régimen que apoyaba.

Saint-Exupery demuestra precisamente lo contrario: mientras más inquietantes y amenazadoras se hacían las señales provenientes de Kigali, tanto que los documentos mencionan desde 1992 riesgos de masacres de gran envergadura, más reforzaba París su apoyo. Interrogado por Saint-Exupery, Hubert Vedrine, secretario general del presidente François Mitterrand, hace una inquietante comparación: «Si tenemos alguna responsabilidad en Ruanda, es al estilo de Nixon y Kissinger que desencadenaron el proceso que condujo al genocidio camboyano».

La escalada

A finales del año 90, Francia concede un préstamo de 84 millones de dólares «para el desarrollo» y, más tarde, un segundo préstamo, mediante la Caja Central de Cooperación Económica, de 49 millones «para la realización de diferentes proyectos».

Ambos servirán realmente al gobierno de Kigali para la compra de nuevas armas. De 1990 a 1993, las entregas de armas serán de 86 millones de dólares al año, mediante el fabricante de armas sudafricano Armscor. Sin embargo, las masacres de tutsis continúan, de forma esporádica, incluso a pesar de la apertura de las negociaciones con el FPR, que habían comenzado a principios de 1992.

Paracaidistas franceses en Ruanda.

En agosto, el Gobierno ruandés y el FPR de Paul Kagamé firman un acuerdo de cese al fuego en Arusha, Tanzania. De agosto a diciembre se desarrollan sin embargo nuevas masacres de tutsis y de opositores hutus, sobre todo por parte del Movimiento de la Juventud del Partido, las milicias Interahamwe. En noviembre, el presidente Habyarimana rompe el «papelucho» de los primeros acuerdos de Arusha durante un discurso ante el partido único.

Todo esto lo saben tanto los servicios franceses de inteligencia, como los jefes militares franceses que se encuentra en Ruanda y, por consiguiente, aquellos que toman las decisiones en París.

En octubre, el senador belga Kuypers denuncia el papel de los escuadrones de la muerte (las «redes Cero») y la política racista del régimen de Habyarimana. Sin embargo, en 1993 Francia enviará de nuevo sus tropas junto al ejército ruandés ante una ofensiva del FPR. En febrero, el capitán Paul Barril, ex responsable de la célula antiterrorista de la presidencia francesa se implica, a pedido del ministro ruandés de Defensa, en una misión clasificada con el nombre de «operación Insecticida».

Mientras tanto, las negociaciones entre Habyarimana y el FPR avanzan. El 4 de agosto se firman nuevos acuerdos en Arusha. Estos prevén las modalidades de un reparto del poder entre hutus y tutsis, el regreso de los refugiados ruandeses y la fusión de los dos ejércitos. Las fuerzas francesas desplegadas durante la operación Noroit salen por tanto del país en diciembre, poco antes de la llegada a Kigali del Tercer Batallón de elite del FPR, escogido para representar al partido en la capital.

Cuando París adiestraba a los genocidas


De regreso en París después del genocidio, Patrick de Saint-Exupery trató de comprender las razones del apoyo de Francia al régimen de Habyarimana. Habla de la cooperación militar franco-ruandesa con «un alto responsable, un hombre proveniente de nuestra diplomacia» que le responde: «¿Cómo? ¿Se imagina usted a los soldados franceses entrenando asesinos?». Sin embargo, eso fue precisamente lo que sucedió.

Campo de Kibumba, epidemia de cólera,
el ejército francés entierra los cadáveres.

Varios elementos prueban la presencia de instructores franceses encargados de adiestrar a los oficiales más radicales del ejército ruandés, que serán más tarde el núcleo del aparato genocida. Está, primeramente, el testimonio de Janvier Africa, ex miembro de los escuadrones de la muerte, la «Red Janvier». El 30 de junio de 1994, éste declara al periodista sudafricano Mark Huband, del Weekly Mail and Guardian de Johannesburgo, que él mismo fue adiestrado por instructores franceses: «Los militares franceses nos enseñaron a capturar a nuestras víctimas y a amarrarlas. Eso era en una base en el centro de Kigali. Allí era donde se torturaba y era también allí donde la autoridad militar francesa tenía su sede. [...]

En ese campamento he visto a los franceses enseñar a los Interahamwe a lanzar cuchillos y a reunir fusiles. Fueron los franceses quienes nos enseñaron —un comandante francés— durante varias semanas seguidas, en total cuatro meses de entrenamiento entre febrero de 1991 y enero de 1992.» [6]

En marzo de 1993, tiene lugar una investigación internacional sobre las masacres de tutsis en Ruanda. Un miembro de esa comisión, Jean Carbonate, afirma haber visto instructores franceses en el campamento de Bigogwe, donde «llegaban camiones repletos de civiles. Estos eran torturados y asesinados». Estos informes serán confirmados más tarde por la Misión parlamentaria de Información.

La cooperación entre ambos países llega incluso más lejos. En febrero de 1992, el ministerio francés de Relaciones Exteriores envía a la embajada de Francia en Kigali una nota según la cual «el teniente coronel Chollet, jefe del DAMI, ejercerá simultáneamente las funciones de consejero del Presidente de la República, jefe supremo de las Fuerzas Armadas ruandesas, y las funciones de consejero del jefe del estado mayor del ejército ruandés».

El responsable de las fuerzas francesas desplegadas en Ruanda se convierte así en comandante del ejército ruandés. La responsabilidad de Francia es por consiguiente mucho más grande de lo que se dice oficialmente. En el momento del desencadenamiento del genocidio que siguió al atentado contra el avión presidencial de Juvenal Habyarimana, Francia tiene en Ruanda once militares miembros del Departamento de Asistencia Militar a la Instrucción (DAMI), que prestan servicio como civiles, aunque se suponía que habían salido oficialmente de Ruanda en diciembre de 1993. El capitán Paul Barril, quien dependía de los servicios de inteligencia, también se encontraba en Ruanda.

Pánico francés


En un intento de parar el genocidio, el Frente Patriótico Ruandés (FPR) ataca al ejército regular (FAR) y gana algunas batallas. La actitud de las autoridades francesas demuestra una precipitación cercana al pánico. La embajada de Francia destruye todos sus archivos por orden del embajador Jean-Michel Marlaud. Al mismo tiempo, los ciudadanos franceses y los principales pilares hutus de la ideología del genocidio son enviados al extranjero pasando por Bangui, la capital de la República Centroafricana.

Entre ellos se encuentran la esposa del presidente asesinado, Agathe Habyarimana, sus hermanos Seraphin Rwabukumba y Protais Zigiranyirazo, y el ideólogo Ferdinand Nahimana. Contrariamente a lo que afirma hoy la diplomacia francesa, las entregas de armas continúan. Los responsables franceses reciben varias veces en Paris al gobierno interino, que se compone de los elementos más extremistas de la vieja guardia del presidente Habyarimana.

El 9 de mayo, el teniente-coronel Ephrem Rwanbalinda, consejero del jefe del estado mayor del ejército ruandés, es recibido en la Misión Militar de Cooperación por el general Jean-Pierre Huchon. Según éste último, «hay que presentar sin retraso todos los elementos que prueban la legitimidad de la guerra que libra Ruanda, para poner a la opinión internacional a favor de Ruanda y poder retomar la cooperación bilateral.

Mientras tanto, la Misión Militar de Cooperación prepara las acciones de socorro necesarias a nuestro favor». Jean-Pierre Huchon promete también enviar equipos de comunicación codificada para mantener el contacto entre las FAR y París.

Ante la sorprendente envergadura de los éxitos militares del Frente Patriótico Ruandés, Francia decide intervenir públicamente, oficialmente «por razones humanitarias». Se trata de la operación Turquoise. Las palabras del presidente François Mitterrand son claras cuando declara, el 18 de junio, que «a partir de ahora es cuestión de horas y de días. (...) Repito, cada hora cuenta». Sin embargo, el genocidio había empezado dos meses antes, lo cual implica que la urgencia no se debe al genocidio. En cambio, las fuerzas del FPR están cerca de la victoria final y Francia debe impedirla a toda costa.

Operación «Turquesa», ¿con qué objetivo?

Es tan difícil entender esa lógica como negar su existencia. Saint-Exupery trata, sin embargo, de sacar a la luz la ideología en la que se apoya esta. Su razonamiento es simple: después de dos meses de inacción, Francia despliega en nueve días varios cientos de hombres, miembros de tropas de elite y fuertemente armados, a 7.000 kilómetros de su suelo.

En Ruanda, estos hombres crean la Zona Humanitaria Segura (ZHS) que permitirá a los principales responsables del genocidio escapar hacia Zaire. Saint-Exupery pudo verificar in situ quiénes eran los soldados franceses enviados en misión humanitaria. Se encontró allí «comandos aéreos aerotransportados, que venían de Nimes, y gendarmes del Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional (GIGN), dos unidades de elite». Se dirige entonces a su interlocutor imaginario, Dominique de Villepin: «Al igual que yo, se sorprende usted, señor.

La intervención «Turquoise» (Turquesa), anunciada el 18 de junio de 1994 por el presidente Mitterrand, se dice humanitaria. Al ver a esos hombres, su armamento sofisticado, no entiende usted nada. Estos soldados parecen participar en una guerra. Vinieron a combatir contra un enemigo. ¿Cuál?». El autor va más lejos aún. Según él, «en París (...) cierta gente, dejando de lado el genocidio en marcha, como si se tratara de un simple detalle, habían planificado una reconquista. (...)

Lo que, inevitablemente, habría llevado de nuevo al poder a los responsables del genocidio. Parece inconcebible pero así fue: Francia, nuestro país, estuvo a punto de implicar a su ejército del lado de los asesinos».

De ahí los avisos que Edouard Balladur, a la sazón primer ministro, dirige al Presidente de la República, François Mitterrand. En carta del 21 de junio de 1994 señala que, para tener éxito, la operación Turquoise debe «limitar las operaciones a acciones humanitarias y no dejarse llevar a lo que se consideraría como una expedición colonial en pleno corazón del territorio de Ruanda».

En un correo del 9 de junio, Balladur precisará el carácter de su divergencia con el Jefe del Estado: «Para el presidente Mitterrand no se trataba de castigar a los autores hutus del genocidio, y no se trataba para mí de permitir que estos pudieran ponerse a salvo en Zaire».

La operación «Turquesa» llevará la marca de esta esquizofrenia proveniente de las decisiones contradictorias del ejecutivo bicéfalo de París. Los soldados franceses desplegados por «razones humanitarias» son combatientes experimentados, «capaces de pasar en pocas horas de una estricta neutralidad a un violento enfrentamiento».

Una intervención francesa en Kigali fue anulada en el último instante. La capital cae en manos del FPR el 4 de julio. Agitados debates tienen lugar entonces en el seno de la administración francesa para delimitar la ZHS. Si sus límites son amplios, el Hutu Power podrá refugiarse en ella y reponerse allí antes de pasar de nuevo a la ofensiva.

Si es reducida, no habrá esperanzas de revancha. La segunda solución se impone. Los responsables del genocidio abandonan entonces la partida y huyen a Zaire. En los puntos de control, los fugitivos son objeto de una nueva selección: se aparta a los tutsis y solamente los hutus son autorizados a continuar su camino. Se improvisan albergues al borde del camino para que los exilados puedan pasar la noche en ellos.

Varios millones de hutus llegan así a los campamentos de refugiados de Goma, donde los genocidas imponen su ley. Los verdugos se han convertido en víctimas, su sangriento crimen ha sido lavado con la sangre de sus propios hermanos. Cae el telón.

Ruanda 1994: ¿una experiencia de guerra revolucionaria?

El drama que se desarrolló en tierra ruandesa no debe sin embargo caer en el olvido. Los crímenes de guerra del FPR contra civiles hutus y la catástrofe sanitaria que tuvo lugar en los campamentos de Goma no pueden hacer olvidar la realidad de un genocidio y, ante todo, la importancia de la implicación francesa en esas masacres. Esta idea obsesiona a Patrick de Saint-Exupery desde su regreso del país. Trata de comprender qué intereses tenía Francia que defender al extremo de proteger y hasta entregar armas a los genocidas.

En un salón, Hubert Vedrine le explica la visión francesa del asunto: «al asumir mis funciones, me cuestioné la presencia francesa en Ruanda. Se me explicó que Burundi y Ruanda se habían unido a la familia franco-africana. No se les podía dejar abandonados».

En nuestros días, los «revisionistas» del genocidio ruandés prefieren ver esa carnicería que dejó más de 800.000 muertos como una serie de masacres interétnicas espontáneas. Sin embargo, interrogado sobre la cuestión por el Tribunal Penal Internacional, el jefe de los cascos azules presentes en Ruanda durante aquel período, el general canadiense Romeo Dallaire, respondió de forma extremadamente clara: «Matar un millón de personas y ser capaz de desplazar a tres o cuatro millones en tres meses y medio, sin toda la tecnología que se ha visto en otros países, representa una misión significativa. Eso exige datos, órdenes o al menos algún tipo de coordinación. Tenía que haber una metodología».

Una metodología militar. En su búsqueda de la verdad, Saint-Exupery se reúne con un suboficial francés. Este le habla de las «guerras sucias» del ejército francés, y menciona, con medias palabras, «el TTA 117, aquel reglamento interarmas que se forjó a finales de los años 1950 para la guerra de Argelia y que aún hoy permanece accesible en los archivos únicamente para quien tenga una autorización.

Sin que la palabra «tortura» sea mencionada ni una sola vez, ese reglamento condujo a su uso. Un círculo restringido de oficiales de la colonial lo utiliza aún como base de inspiración». Un ex alto responsable militar confirma la presencia de agentes clandestinos, de «contratados». Según él, «muy rápidamente, el escenario ruandés se vio invadido por los “bigotes”. Las estructuras oficiales no controlaban nada ya».

Todo comienza durante la operación Noroit. Tomando como pretexto una supuesta ofensiva del FPR contra Kigali, Paris despliega dos compañías del Segundo REP «para proteger la ciudad». Durante la noche se oyen disparos en la capital, lo cual acredita la idea de una amenaza exterior. Un oficial francés, que testimonió más tarde ante la Misión parlamentaria de Información, cuenta: «ese cuento era ridículo.

Los que nos disparaban eran nuestros «amigos» de las fuerzas armadas ruandesas. Las autoridades los habían desinformado. En efecto, la supuesta entrada de los rebeldes en Kigali no era más que una manipulación». La manipulación permite a Francia desplegar tropas de elite... que no retirará.

Según Saint-Exupery, «todas las unidades pertenecientes a las fuerzas especiales con que cuenta Francia desembarcan en Ruanda». Eso es, en todo caso, lo que se desprende del recuento de fuerzas presentes que hace un «alto responsable militar»: 150 hombres provenientes de dos regimientos de la Undécima División de Paracaidistas. «Sus unidades de origen, de vocación colonial, son el Octavo RPIMa y el Segundo REP, especializados en las operaciones secretas. El servicio de acción de la DGSE recurre a veces a los conocimientos de estos. (...)

Hay también algunos hombres del Primer RPIMa, que dependen del Comando de Operaciones Especiales (COS), así como los Comandos de Búsqueda y de Acción en Profundidad». Sin embargo, numerosos despachos confidenciales mencionan ya ejecuciones sumarias basadas en criterios étnicos que podrían «degenerar en matanza». Francia se encuentra allí, por consiguiente, con conocimiento de causa.

Contando los muertos, se calcula que entre
500.000 a un millón de personas fueron asesinadas
o a consecuencias ligadas al genocidio.

Según el testimonio de un oficial, «una estructura paralela del comando militar francés ha sido establecida. En aquel momento se ha evidente que el Eliseo quiere que se trate a Ruanda de manera confidencial». La primera preocupación de París es la cacería de rebeldes del FPR. En 1991, el coronel Gilbert Canovas, consejero oficioso del ejército ruandés, hace un balance de su acción: «el establecimiento de sectores operacionales con el objetivo de hacer frente al adversario (...); el reclutamiento en gran número de militares de rango y la movilización de reservistas, que permitió prácticamente multiplicar por dos la cantidad de efectivos; la reducción del tiempo de formación inicial de los soldados limitada al uso del arma individual de reglamento.» Subraya también que «la evidente ventaja concedida» a los rebeldes al principio de las hostilidades «fue compensada por una ofensiva mediática» que realizaron los ruandeses a partir del mes de diciembre de 1991.

Saint-Exupery deduce: «“Sectores operacionales” significa “control por sectores”. “Reclutamiento en gran número” significa “movilización popular”. “Reducción del tiempo de formación” significa “milicia”. “Ofensiva mediática” significa “guerra sicológica”.»

La participación de los militares franceses se hace especialmente visible en febrero y marzo de 1993, en el marco de la «operación Chimère». El objetivo del destacamento Chimère es «dirigir y comandar indirectamente un ejército de alrededor de 20.000 hombres». Según el informe de la Misión de Información, «un oficial francés piensa que esta misión constituye sin dudas la primera aplicación a gran escala, en veinte años, del concepto de asistencia operacional de urgencia, y atribuye ese mérito al buen conocimiento de Ruanda que tienen los hombres del Primer RPIMa».

A la cabeza de la unidad Chimère se encuentra el coronel Didier Tauzin con «una veintena de oficiales y especialistas del Primer RPIMa», una unidad que depende del Undécimo de Choque, el servicio de acción de la DGSE creado por el general Paul Aussaresses. Para Saint-Exupery, Francia no asesinó Tutsis, pero «adiestramos a los asesinos. Les entregamos la tecnología: nuestra «teoría».

Les entregamos una metodología: nuestra «“doctrina”. Aplicamos en Ruanda un viejo concepto proveniente de nuestra historia como imperio, de nuestras guerras coloniales, de las guerras que se convirtieron en “revolucionarias”, como en Indochina; que se hicieron después “psicológicas” en Argelia; “guerras totales”, con daños totales; las “guerras sucias”».

Esta ideología puesta en practica por el ejército francés en Ruanda tiene su origen en la «memoria amarilla» que se compone, para los veteranos de las guerras coloniales, de «la humillación de la derrota y la embriaguez de la guerra exótica» pero también de «una fascinación por los métodos del enemigo que hay que adoptar para esperar ganar algún día: las operaciones secretas, el arma del miedo, el control por sectores de la población civil, la manipulación de las multitudes, la propaganda».

El África francófona se ve amenazada en un mundo que se ha hecho unipolar después de la caída de la Unión Soviética. Altos responsables militares franceses quieren convencer al presidente francés de recurrir a la «guerra revolucionaria» para mantener esa zona geográfica bajo la influencia francesa. Esta se basa en seis grandes principios: «el desplazamiento de poblaciones a gran escala, el fichaje sistemático, la creación de milicias de autodefensa, la acción sicológica, el control territorial por sectores y las “jerarquías paralelas”».

Sus defensores despiertan el interés de François Mitterrand, quien fue alto funcionario durante la ocupación nazi, ministro de los Veteranos durante el conflicto de Indochina, ministro de Colonias durante la IV República y ministro del Interior al principio de la guerra de Argelia. Nace entonces una teoría del complot según la cual la Ruanda francófona estaría bajo la amenaza de la Uganda anglófona.

Se reedita el caso de Fachoda. Oficiales ruandeses recibieron entrenamiento en Fort Bragg (Estados Unidos), la escuela militar en la que varios oficiales franceses impartían, a principios de los años 1960, cursos sobre el concepto de «guerra revolucionaria» al ejército estadounidense. Eso significa que Estados Unidos quiere apoderarse de Ruanda. Para impedirlo se crea una estructura militar, fuera de toda forma de control, «una legión a las órdenes del Elíseo»: el Comando de Operaciones Especiales, bajo la autoridad directa del jefe del estado mayor ínterarmas, quien se encuentra se encuentra a su vez directamente bajo las órdenes del presidente de la República.

Campo de Kirundo, los que han logrado salvarse.

El COS tiene bajo su mando «las unidades más aguerridas de nuestro ejército, equipadas con un material sofisticado y duchas en las técnicas de las “operaciones grises”». Sus objetivos son a la vez militares y paramilitares. «Dicho claramente, el COS es una estructura “político-militar”». En 1993, el jefe del estado mayor interarmas, el almirante Lanxade, autoriza la nueva estructura a desarrollar capacidades de guerra sicológica. El laboratorio será Ruanda.

El teniente coronel Canovas establece los elementos claves de la «guerra revolucionaria». Será una guerra total: «no es una guerra de movimiento, es una guerra toda en movimientos. No es una guerra de frentes, es una guerra en la que no hay más que frentes. No es una guerra de ejércitos, es una guerra de hombres armados».

Una guerra «caníbal», para retomar el término del universitario Gabriel Peries [7]. Esta deja tantas víctimas colaterales «que hasta los más ardientes defensores del sistema acaban por verse también afectados». Esa es, en el fondo, la verdadera razón de la implicación total de Francia junto al régimen genocida de Kigali.

Hablar del genocidio hoy


Para los responsables franceses se hace difícil asumir el legado ruandés. La envergadura de las revelaciones contenidas en el libro de Saint-Exupery permite pensar que algunos de ellos tendrían que responder ante una jurisdicción internacional por «complicidad en el genocidio».

Es por ello que hemos visto, en las últimas semanas, tantas declaraciones y artículos de prensa tendientes a descartar la responsabilidad francesa.

En el centro del debate se encuentra el asesinato del presidente ruandés, acto presentado como el factor desencadenante del genocidio. Desde el primer día, los defensores del Hutu Power trataron de atribuir al FPR la autoría del atentado contra el avión presidencial, lo cual parece lógico a primera vista pero no está demostrado. Según los defensores del Hutu Power, los tutsis del extranjero mataron al presidente hutu para apoderarse del poder, lo cual provocó como reacción el genocidio contra los tutsis que se encontraban en el país. Entre los defensores de esa tesis estuvieron, sucesivamente, Paul Barril, después Pierre Péan y Christophe Nick, así como, finalmente, Stephen Smith.

Patrick de Saint-Exupéry, periodista francés.

Este último incluso acusó a la ONU, en una serie de artículos publicados en marzo de 2004, de haber mantenido deliberadamente en secreto el contenido de la caja negra del avión. Ninguno de esos artículos contiene, sin embargo, hechos concretos que acrediten la tesis que pretenden demostrar. Es por demás evidente que el análisis de la caja negra de un avión no puede revelar la identidad de las personas que lo abatieron.

El propio ministro francés de Relaciones Exteriores, Dominique de Villepin, declaró recientemente que «Francia salvó cientos de miles de vidas en Ruanda» durante la operación Turquoise. En 1994, momento del genocidio, Dominique de Villepin era director de gabinete de Alain Juppé, a la sazón ministro de Relaciones Exteriores.

Anteriormente había sido ayudante de Paul Dijoud en el ministerio de Relaciones Exteriores y había estado en Ruanda. Conocía, por tanto, la realidad de ese país. Al defender públicamente la política francesa del aquel entonces hacia África, Dominique de Villepin defiende, en realidad, en nombre de la continuidad del Estado, la continuidad de los crímenes del Estado que cometieron la Francia colonial y, más tarde, la Francia neocolonial. En momentos en que la política exterior francesa se presenta como multilateral, equilibrada y moderadora, es sin embargo primordial que Francia reconozca sus propias responsabilidades y abandone doctrinas militares que manchan su honor.

Paul Labarique


Notas:
[1] Patrick de Saint-Exupéry fue destinado después como corresponsal de prensa del diario Le Figaro a otra región.
[2] El libro: Rwanda: le génocide, de Gérard Prunier, Éditions Dagorno, 1997.
[3] Ruanda fue colonizada por Alemania a finales del siglo XIX. Durante un tiempo, las tesis raciales de Gobineau alcanzaron gran auge en Europa, los tutsis gozaban de la admiración de los colonos, que llegaron a afirmar que eran «decididamente demasiado refinados para ser "negros"».
[4] No es sino tardíamente que este punto de vista encuentra su basamento teórico mediante las interpretaciones del discurso de François Mitterrand, pronunciado en La Baule el 20 de junio de 1990.
[5] El texto del acuerdo fue publicado en el Journal Officiel el 1 de julio de 1975.
[6] Declaraciones reflejadas por Mark Huband, in The Weekly Mail and Guardian, y retomadas por Courrier International el 30 de junio de 1994.
[7] Gabriel Périès es el autor de una tesis sobre la guerra revolucionaria intitulada: «De la acción militar a la acción política, impulsión, codificación y aplicación de la doctrina de "la guerra revolucionaria" en el seno del ejército francés (1944-1960)», Universidad de Paris I.

lunes, 7 de mayo de 2012

POR UNA DEFENSA REVOLUCIONARIA DE LA CONSTITUCIÓN DE CÁDIZ. Una réplica marxista a la posición tradicionalista de Rodrigo Mora

Pablo Ojeda Déniz
Canarias Semanal, 11/04/2012


[Nueva réplica al criptorreaccionario Félix Rodrigo Mora en su intento de hacer historia-ficción entorno a la Constitución de Cádiz. No estoy al 100% de acuerdo con la postura del autor de la réplica pero sí en lo esencial: que Felix Rodrigo Mora no tiene nada de libertario y sí mucho de carlista, cosa que ya llevamos denunciado algunos de un tiempo a esta parte. La última salida de tono de este individuo es, por cierto, hacer propaganda del ayuno para fortalecer el ascetismo y la espiritualidad e invitar a la gente a pagar 380 €... ¡por no comer! Si queréis pasar un rato divertido leed esta entrada de su blog:




“Lo cierto es que la Constitución de 1812 es una reproducción de los fueros
antiguos, pero leídos a la luz de la Revolución Francesa y adaptados a las
exigencias de la sociedad moderna”.


Karl Marx: La España revolucionaria

“La Constitución de 1812 es importante […] por ser el comienzo del
constitucionalismo español y abrir la idea de que el poder no puede
ser absoluto, sino limitado, y debe responder a la voluntad general de la nación”.

Jordi Solé Tura y Eliseo Aja: Constituciones y períodos constituyentes…


Hace unas semanas leí con cierta preocupación un artículo publicado en Canarias Semanal, que llevaba por título “La Pepa fue una obra de la Iglesia y el Ejército”; las opiniones contenidas en el mismo pertenecen al historiador Félix Rodrigo Mora, quien trata de replantear la visión oficial del texto gaditano. Como veremos, posteriormente, sobre la Constitución de Cádiz siempre han existido múltiples interpretaciones a favor y en contra. Ésta es una primera imprecisión grave contenida en la argumentación de Rodrigo Mora, que puede llevar a una gran confusión en la izquierda, en un momento clave en la lucha de clases en el conjunto del Estado.

La posición de Rodrigo Mora está expuesta en los siguientes enlaces: http://www.ivoox.com/podcast-podcast-felix-rodrigo-mora_sq_f115850_1.html y http://www.youtube.com/watch?v=9MxwHBPUbMQ Ésta es en síntesis, la posición de Rodrigo Mora sobre la Constitución de Cádiz y la revolución burguesa en España:

A. "La Constitución de 1812 es obra del aparato del Estado […]. Los dos grupos sociales que la promovieron fueron el Ejército y la Iglesia, seguidos de los altos funcionarios del Estado y los abogados. La composición sociológica de las Cortes fue esa y ése fue también el bloque de fuerzas sociales que la promovió”.

B. “La Pepa, al reforzar el aparato estatal y dar un impulso decisivo al capitalismo […] chocó frontalmente con las clases populares que se resisten a la operación a través de […] la sangrienta guerra civil de 1821-1823 [sic.]”.

C. “La Constitución gaditana abrió un tiempo de conflagración civil casi permanente entre el Estado y el pueblo, entre el capitalismo ascendente y las clases trabajadoras… la guerra de 1936-1939 es el episodio mayor, pero no el único, de dicha resistencia”.

Opiniones sin desperdicio. Sinteticemos la réplica en los siguientes puntos:

1. La Constitución de Cádiz de 1812 responde a las coordenadas históricas en las que se produjo: la resistencia popular a la invasión napoleónica y el derrumbe del Antiguo Régimen en España, y la era de las revoluciones burguesas.

2. Aunque la Constitución de Cádiz sea farragosa, y su lenguaje tradicionalista, sus conceptos de fondo responden a la Ilustración del siglo XVIII: soberanía nacional, división de poderes, monarquía parlamentaria, ciudadanía e igualdad formal (al menos en España), sufragio prácticamente universal (masculino)…

3. Por estos elementos, la Constitución de Cádiz es una de las constituciones más avanzadas del período inicial de las revoluciones liberales, sólo superada por la Constitución jacobina de 1793 (Francia): ¿cómo se puede omitir esto?

4. Los conceptos de norma jurídica, jerarquía normativa y Estado de Derecho son herramientas más efectivas para la defensa de los sectores populares que los fueros de procedencia medieval. En todo caso, el proyecto de Cádiz, en concreto el decreto de agosto de 1811, lo que abole son los derechos señoriales (rentas, mayorazgos, diezmos) y abre la puerta para subordinar el fuero a la norma jurídica (Miguel Artola)… ¿Son superiores, históricamente, las conquistas populares dentro del feudalismo europeo a la democracia burguesa?

5. La Iglesia no apoya la Constitución de Cádiz; en todo caso inicialmente una parte, porque en realidad pierde con este proyecto político: aunque el Estado es confesionalmente católico, se abre la puerta al laicismo ilustrado con la creación de un Plan General de Enseñanza, la Dirección General de Estudios, la Inspección de Enseñanza Pública y la abolición de la Inquisición (decreto de febrero de 1813). Una parte de la jerarquía eclesiástica está por el retorno al Antiguo Régimen y otra por apoyarse en el bonapartismo (John L. Tone).

6. Es falso de raíz que la Constitución de Cádiz estuviera vigente todo el s. XIX: es incomprensible que se pueda llevar la manipulación a tal extremo. La Constitución de Cádiz tuvo una corta vida: 1812-1814, 1820-1823 y 1836-1837; no hay más. Ya en 1814, con la vuelta de Fernando VII a España tras la derrota de Napoleón, la nobleza y el clero dan un golpe de Estado para retornar al absolutismo y a la sociedad estamental: 69 diputados conservadores redactan el Manifiesto de los Persas para respaldar tal acción. Vamos, vamos… ¿Qué lectura merece el golpe de Estado de 1814?

7. Una de las quejas de estos diputados conservadores es que la presión popular en Cádiz fue determinante para que se aprobara la Constitución. Este ambiente ciudadano estaba alimentado por grupos liberales de matriz revolucionaria (jacobina), con sus medios de prensa: La Campana del Lugar, El Centinela de la Constitución, El Robespierre Español… (John L. Tone, Javier Tusell).

8. El Ejército que respalda las Cortes de Cádiz no es el del Antiguo Régimen: ésta es otra falsedad que no se sostiene por ningún lado. El Ejército de la monarquía absoluta se hunde con la caída de los Borbones y el ascenso de la dinastía bonapartista en España (Gabriel Cardona). La Milicia Nacional es una milicia que nace de la resistencia popular para levantar el orden liberal y su vigencia es limitada en el s. XIX sólo a los períodos revolucionarios. Es falsa la equivalencia entre Milicia Nacional y Guardia Civil: responden a épocas distintas y propósitos distintos. La Milicia Nacional es un órgano de masas de la revolución burguesa en España. ¿Por qué se niega esto? ¿Es legítimo, además, ocultar que Fernando VII depuró y disolvió el Ejército en 1814 y en 1823?

9. El s. XIX es el siglo en que se desarrolla una vía prusiana al capitalismo en España (Josep Fontana): es, por tanto, el siglo del fracaso parcial o total del proyecto de Cádiz. Lo que predominan son los proyectos conservadores (constituciones de 1845 y 1876), fundamentados en el predominio político de la monarquía, la presencia de un Senado aristocrático, la negación del sufragio universal masculino y la afirmación de la gran propiedad agraria (Miguel Artola, Solé Tura y Aja;), resortes que marcan la alianza entre un sector de la nobleza, otro sector de la burguesía y la Iglesia, quien vence sobre las ruinas de Cádiz.

10. La guerra civil que se da durante el Trienio Constitucional (1820-1823) es una guerra entre liberales revolucionarios y partidarios de la monarquía absolutista. Este período nace del pronunciamiento militar del comandante Rafael del Riego en Cabezas de San Juan (Sevilla) contra el régimen absolutista de Fernando VII y a favor de la Constitución de Cádiz. Riego subleva al ejército expedicionario español con destino a América para reprimir a sangre y fuego la resistencia de las colonias hispanas; la actuación de Riego es una actuación heroica y antiimperialista que no merece los calificativos de “genocida” y “sanguinario” que Rodrigo Mora le da. De hecho, el pronunciamiento de Riego abre un ciclo revolucionario de gran alcance en el ámbito mediterráneo: Portugal, Nápoles, Piamonte, Grecia… llegando hasta Rusia (1825), al tiempo que hace irreversible la independencia de América Latina (Cortés Salinas, Palmer y Cotton).

11. Los absolutistas, apoyados en un sector del campesinado, reclaman el apoyo de toda la reacción europea (léase: Congreso de Viena): Los Cien Mil Hijos de San Luis invaden España en 1823 y ahogan en sangre la naciente democracia hispana, en nombre de los intereses de la nobleza y del clero de España. ¿Cómo se puede afirmar, entonces, que la Iglesia estaba con el proyecto revolucionario?

12. Éste es uno de los puntos clave de mi exposición: el carlismo nunca ha sido un movimiento revolucionario. El carlismo era partidario de la monarquía absolutista, del retorno a las prácticas feudales y de la preeminencia social de la Iglesia Católica: la Iglesia bascula todo el s. XIX entre el apoyo al carlismo y a los regímenes conservadores, siendo contraria al retorno a Cádiz.

13. El carlismo, en todo caso, recibe aporte campesino por el fracaso de los revolucionarios liberales en repartir las tierras entre los campesinos y armarlos dentro de la Milicia Nacional; por eso, una parte del campesinado apoya al carlismo porque considera mejor a los fueros tradicionales. Sin embargo, estaba abierta la opción de una democracia burguesa apoyada en pequeños propietarios agrícolas y en sectores populares urbanos (vía americana), que fracasó.

14. Hay una confrontación continua entre liberales y absolutistas a lo largo del s. XIX en España, pero también entre las facciones liberales por la participación de las masas: la abolición del sufragio universal masculino no es una cuestión secundaria; es esencial y, en eso, carlistas y liberales moderados coinciden.

15. Hablar de falta de feminismo en la Constitución de Cádiz es una broma macabra: claro que es una grave carencia, pero lo es de toda la época de las revoluciones liberales. Sin embargo, ¿por qué se le reprocha esto al proyecto político de Cádiz, tachado de “patriarcal” por parte de Rodrigo Mora, autor que defiende las cartas forales de la Edad Media, que nada tenían de feminismo? ¡Qué escándalo intelectual! ¿De qué estamos hablando realmente?

Toda esta exposición de síntesis es opuesta a la posición del PP, quien como sostiene Fontana sólo va a remover la Constitución de Cádiz para sacar lo que le interesa: la posibilidad de reformar el imperialismo, ciertos elementos racistas (ej. omisión de la esclavitud, discriminación), la confesionalidad religiosa del Estado, la bandera monárquica bicolor…, nada más. La lectura del PP del s. XIX se fundamenta más en la defensa de los regímenes conservadores (posición de César Vidal), que nacen de la derrota histórica de las Cortes de Cádiz. Pero eso no cierra toda la interpretación de la derecha españolista: también está la lectura carlista de defensa del Antiguo Régimen (posición de la historiografía franquista) y, ¡cómo no!, la línea de defensa de un absolutismo moderado del valido Manuel Godoy y de Fernando VII (léase: Escuela de Navarra). Es decir, hay lecturas ideológicas de derechas fuera del marco constitucional de Cádiz. Si el sr. Rodrigo Mora pretendía una lectura libertaria de estos procesos históricos, mal hizo en anclarla en el tradicionalismo, porque esta corriente de pensamiento defiende la tradición como fundamento de un orden social jerárquico, coloca la costumbre por encima de la norma y niega, así, la democracia. Sé que ha habido una ruptura histórica en seno del carlismo, entre una vertiente conservadora y otra popular, pero aún así es muy difícil conciliar un pensamiento tradicionalista con el grueso de la izquierda. Y, particularmente, con el anarquismo, corriente que por cierto no es incompatible con la Ilustración porque es fuertemente iusnaturalista, es decir, que fija, previamente a la experiencia histórica, de forma racionalista y abstracta, las condiciones ideales de emancipación del ser humano. En esta línea, Rodrigo Mora hubiera hecho mejor con una defensa del movimiento cantonalista dentro del marco de la I República (1873-1874), en doble ruptura con el liberalismo y con el carlismo; pero no, tenía que enredar todo lo posible y más, ¿con qué propósito? Otra cuestión es que el esquema de conjunto que he trazado, basado en investigaciones científicas, se tensiona mucho en casos concretos como el del Euskadi, donde el elemento popular (foralista) pudo predominar sobre el elemento absolutista, dentro del carlismo. Pero lo que no se debe hacer nunca es un análisis a base de simplificaciones, falacias, descontextualizaciones, y ocultación de datos y documentos históricos relevantes.

Por tanto, la pretensión última de Rodrigo Mora no es más que un ataque contra la interpretación marxista del proceso de construcción del régimen liberal en España, lo cual se demuestra porque este autor ha cargado sus armas en las fuentes del tradicionalismo y ha llegado a comparar a Riego con Franco. Esto es inadmisible: Riego es jacobino y Franco, fascista; no se puede insultar con tanta alegría a uno de nuestros mártires. La II República levantó la figura de Riego contra el fascismo, quien se nutría del carlismo. El fracaso de Cádiz llevaría con el tiempo a la reformulación de la corriente liberal progresista hacia posiciones republicanas y federalistas, hasta enlazar con el movimiento obrero. No es sólo al Materialismo Histórico lo que ha atacado Rodrigo Mora; es también a la génesis histórica de la izquierda en el conjunto del Estado. Por ello, hay que oponerse, por motivos ideológicos y científicos, a cualquier intento de apoyar el eje histórico de la izquierda, tanto en el tradicionalismo popular (fueros vs. democracia) como en el bonapartismo (léase: Estatuto de Bayona, 1808).

Y para terminar, yo no celebraría el bicentenario de la Constitución de Cádiz con el PP, porque repudio su ideología y su praxis, y porque rechazo la simbología monárquica del Estado. Rendiría homenaje a Cádiz con el gorro frigio de los jacobinos y lucharía, acorde al contexto histórico actual, por la transición a la República Federal y al socialismo en España. Que nadie le pida a la izquierda, en un momento clave en la lucha de clases, volver a la Edad Media. Eso se lo dejamos para los francotiradores, formalmente progresistas, que le hacen el juego a nuestro adversario de clase para romper las filas del movimiento obrero.