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miércoles, 12 de julio de 2017

Henry David Thoreau (bicentenario)


Por S. GEIST

Nació el 12 de julio de 1817 en Concord, donde murió el 6 de mayo de 1862. A lo largo de toda su vida profesó un gran afecto a su localidad natal, «cuna de la Revolución norteamericana»; este sentimiento es el único susceptible de ser denominado amor en un temperamento como el de Thoreau, que parecía a cualquier vínculo afectivo. Su padre era un modesto fabricante de lápices, y su madre una mujer de origen noble que tenía establecida una especie de pensión. La visión de los campos, los bosques, los ríos y torrentes de Nueva Inglaterra y los libros influyeron más que nada en su formación. Fueron sus lecturas los textos clásicos griegos, latinos e ingleses, y, entre estos últimos, los de los poetas metafísicos en particular, en cuyas paradójicas fusiones de los sentidos con el espíritu y de lo cotidiano con lo cósmico reconocióse en gran parte.

Pocos literatos norteamericanos han actuado como Thoreau sobre un conocimiento de la literatura tan amplio y profundamente asimilado. La educación formal de nuestro autor acabó en Harvard. Vuelto a Concord, ganóse las simpatías de su vecino Emerson, entonces en el punto culminante de sus facultades. El sabio del pueblo tomó al jovencito bajo su protección, y luego, durante algún tiempo, le tuvo en su casa. Pero al contrario de lo que ocurrió con Emerson, Thoreau poseyó unos sentidos (todos, salvo los del campo sexual) tan agudos como los de un vigía indio o de un tuberculoso; llegó al conocimiento del espíritu mediante la vista, el tacto, el oído y el olfato. Para este naturalista metafísico las peñas de Concord fueron, al mismo tiempo, rocas, milagros y revelaciones, y no recobraron su verdadera condición hasta más tarde, cuando Thoreau reconoció que la historia natural era un «ciencia».

Durante algunos años se ganó la vida mediante el ejercicio de la enseñanza; sin embargo, rebelábase contra las restricciones puestas a la libertad de estudiar, meditar y observar. Estas actividades, junto con la composición literaria, constituían sus verdaderas vocaciones naturales; y así, en beneficio de su cultivo se contentó con las ganancias que podía obtener de la fabricación de lápices. Frugal hasta el ascetismo, poseía unas necesidades materiales mínimas. Era uno de aquellos hombres, no raros en Nueva Inglaterra, para quienes el vino es simplemente una bebida alcohólica que aturde, en tanto el agua pura y fresca una fuente de indescriptible voluptuosidad sensual. Salvo en lo referente a un breve idilio, formado esencialmente por silencios, las mujeres no tuvieron parte alguna en la existencia de Thoreau; lo mismo cabe afirmar de los hombres, considerados sólo extraños motivos de observación y reflexión. Sus únicas amistades íntimas fueron las palabras y las cosas.

Las reflexivas exploraciones de la región situada en torno a Concord se vieron interrumpidas por ocasionales Excursiones llevadas a cabo mucho más lejos. Una de ellas dio lugar, en 1849, a Una semana en los ríos Concord y Merrimae; otras inspiraron los libros que sus amigos sacaron de las páginas del Diario tras la muerte del poeta: Los bosques del Maine, Un yanqui en Canadá, Primavera temprana en Massachusetts, etc. Los únicos acontecimientos importantes de la existencia de Thoreau fueron los anuales retornos del verano, el otoño, el invierno y la primavera. No obstante, algunas de sus actividades han alcanzado en todo el mundo un carácter de símbolo y ejemplo.


Su experiencia (1845-47) respecto del individualismo autónomo, referida en Walden, llevó hasta sus límites extremos el principio tradicional de Nueva Inglaterra de «vida sencilla y elevados pensamientos», y acabó pareciendo (lo fue en parte) una afirmación general de los derechos del espíritu individual frente a todas las instituciones sociales, políticas o intelectuales, tendentes a la limitación de su autonomía absoluta.

La negativa de Thoreau (1846) al pago del impuesto electoral a un gobierno al que moralmente no aprobaba, y su conferencia de 1847 sobre la «desobediencia civil», han inspirado a los dirigentes de varias revoluciones; y su denuncia (1854) tanto del esclavismo del sur como de la complicidad nordista en el mismo se ha esgrimido repetidamente como ejemplo de valor político.

A causa de una irónica paradoja, Thoreau, quien tendió siempre a la universalidad de la verdad espiritual, ha llegado casi siempre a ser universal precisamente en un ámbito —el de las relaciones de los hombres entre sí— en el cual se mostró menos competente. La vida de este hirsuto provinciano —una existencia que, desde el principio hasta el fin, no fue sino una persistencia en una posición espiritual angulosa, provincial y extrañamente noble— conoció un final prematuro; el poeta murió a los cuarenta y cuatro años, víctima de tuberculosis. Dejó varios centenares de páginas, entre millares de otras escrupulosamente escritas, cuya punzante y casta belleza no ha sido superada.

DICCIONARIO BOMPIANI DE AUTORES LITERARIOS
(1987)

jueves, 20 de agosto de 2015

La naturaleza según Unamuno

Por JOAQUÍN ARAUJO

Miguel de Unamuno sólo entendía el verdadero patriotismo cuando se había dormido al raso, con los huesos acostados sobre la dura yacija de la tierra y el cielo estrellado por único techo. Desde los valles vascos hasta la sierra de Gredos, Unamuno se pateó el país entero de punta a rabo y, con sus prodigiosa capacidad de análisis, supo intuir las profundas transformaciones que aguardaban a los campos y montes españoles.

Confesémoslo. Unamuno es nuestro escritor más hondo. Por imitarle diríamos que es telúrico, es decir, de lo profundo, de la raíz de las cosas, de lo que sacude al mundo. Por eso toda su obra provoca emociones en cadena, la mayoría todavía vigentes. No podía ser de otra forma si se acerca uno a un espíritu rebelde con todo, comprometido con los débiles y atormentado por la trascendencia, amante de la libertad y solidario con las grandes causas.

Cierto que se equivocó, apoyando sólo durante unos meses a los franquistas cuando había sido uno de los más señeros líderes republicanos. Pero pronto se percató también del horror de la represión de derechas y rectificó. Protagonizó incluso uno de los más crudos e intensos debates públicos con el legionario Millán Astray, al que espetó aquello de «Venceréis, pero no convenceréis». Frase que, por cierto, se podría repetir a diario en este mundo.

Lo anterior lo recordamos casi todos, pero no tanto que Unamuno fue un gran naturalista, un gran defensor de la vida, como cualquiera de nosotros. Y que a lo largo de toda su vida creativa, compuesta por unas doscientas obras mayores y un par de miles de artículos que suponen más de 30.000 páginas, encontramos centenares de llamamientos a la serena contemplación de la naturaleza. Es más, de su pluma salieron algunos llamamientos que hoy consideraríamos netamente conservacionistas.

Tal vez el más explícito, por resultar idéntico al que ha movido tantas acciones ecologistas, sea este: «Estas robustas matriarcales encinas castellanas, de secular medro, que van siendo sustituidas —¡lástima!— por esos pinos quejumbrosos —¡queixumes dos pinos!— y resinosos». Confieso que, a partir de la lectura de esta frase, incorporé a mi léxico la palabra parricidio como sinónimo de tala, incendio o sustitución forestal.


¡Ah, la encina! ¡La encina inmoble al viento como si fuese árbol metálico,
robusta y recia, de hoja perenne y de corteza que es como una armadura;
la encina de crecer lento; la encina que arraiga en las rocas, en las entrañas
pedernosas de la tierra, y de éstas toma jugo para fraguar su corazón
melodioso, y para ofrecer al sol, al sol desnudo de Castilla, sus candelas
como en oficio litúrgico, y dar luego el dulce y sazonado fruto de bellota!
Un encinar es como un templo. En él se sueñan misterios druídicos.

Pero no menor es la profundidad de otras manifestaciones de Unamuno, un provocador de pensamientos como pocos: «Hace falta la suficiente locura para no caer en la estupidez de los humanos». La inconformidad, cuando se ha llegado a lo más alto de una profesión, como llego Unamuno —rector, escritor universal— adquiere condición de alivio para todos, «los integrados y los apocalípticos». Al menos cabe el consuelo de que un íntegro no se integró (¡¡Dios, como lo cambia todo un solo acento!!).

Nadie mejor que él se pregunto por lo íntimo: de los comportamientos, de las palabras, de los paisajes. Su rigor en el uso del lenguaje, y con el verdadero sentido de las palabras, es toda una propuesta revolucionaria. Ya sólo por eso estaríamos a su lado si entendemos, como entendemos, que la contaminación empieza cuando a las palabras clave —naturaleza, paz, democracia, solidaridad— les quieren dar decenas de interpretaciones, incluso las totalmente contrarias a las más amplias y aceptadas.

Los por entonces conatos de todo lo que hoy nos afecta, ya fueron denunciados por don Miguel, desde la lenta arterioesclerosis de la democracia hasta el papel de los medios informativos, desde la pérdida de identidad cultural hasta las sustituciones forestales, desde la prisa para todo —para nada— hasta la mercantilización del universo. Daría, pues, más bien para un regular volumen el Unamuno naturalista que para este breve recordatorio. Por eso, de todo lo muchísimo que se podría citar, entresaco lo que considero resulta más fácilmente interpretable por los seguidores de estos asomos de nuestro pasado.

«Así es como el sentimiento estético de la naturaleza, nacido del agradecimiento a los favores que nos hace, sólo se perfecciona y acaba a medida que nos hacemos dueños de estos favores mismos, de los que antes éramos esclavos».

«Cóbrase en tales ejercicios y visiones de ternura para con las rocas, con los ríos; se siente que son de nuestra raza también, que son españoles».

«El agua es, en efecto, la conciencia del paisaje».

«Y yo cada día odio más la información y me interesa menos la noticia. Uno de los mayores encantos allá en las alturas de Gredos era carecer de diarios, no recibir cartas».

«Hay algo de religioso en la majestad de ciertos alcornoques —honni soit qui mal y pense— y nunca he podido verlos desollados, con San Sebastianes vegetales, sin profunda emoción. Como hay otra cosa en el bosque que me sobrecoge siempre, y es el cadáver, el esqueleto de un árbol».

Y, ante todo, algo que he convertido en uno de los más utilizados finales de mis charlas: «El sentimiento de la naturaleza, el amor inteligente, a la vez que cordial, al campo, es uno de los más refinados productos de la civilización y la cultura». «El que verdaderamente ama la naturaleza, no ve perdices en ella».

En eso estamos todos, en recuperar esa cima de la cultura que el cuidar de esos campos que llevan tantos siglos dándonoslo todo.

Revista Quercus
Cuaderno 81 – Noviembre 1992.

sábado, 19 de julio de 2014

El planeta de los simios

Una epopeya simiesca inacabable

Por RICHARD MILNER

«¿Puedo besarte?», pregunta agradecido Charlton Heston a una chimpancé hembra que le ha salvado la vida. Ella le ofrece la mejilla intentando no mostrar su evidente desagrado ante semejante contacto físico con un ser humano. «Lo siento —dice—, pero, ¡sois tan feos!»

Una ingeniosa novela satírica del escritor francés Pierre Boulle (que ya había obtenido un éxito cinematográfico con El puente sobre el río Kwai) fue el inicio de una serie enormemente popular de películas de acción sobre el «planeta de los simios». Su novela corta El planeta de los simios (1963) fue una parábola humorística con una leve trama de aventura y acción. La versión cinematográfica desvió su atención principalmente hacia la acción violenta y se prolongó a través de numerosas continuaciones altamente rentables.

Los orangutanes, chimpancés y gorilas de la parábola originas de Boulle, no actúan tanto como especies diferentes, sino como caricaturas de nuestras propias subculturas sociales y vocacionales. Los chimpancés son los auténticos intelectuales. Ven cualquier asunto con claridad, intentan actuar con decencia y son flexibles e innovadores, lo que a menudo les lleva a tener problemas con la clase dirigente de los simios. La ortodoxia intelectual y política es mantenida por orangutanes excesivamente dignificados, presentes en todas las comisiones y consejos de administración. Los gorilas son brutales y estúpidos y obedecen bien las órdenes; forman una policía estatal o una casta militar. Una de las imágenes más llamativas de la película son las legiones de gorilas a caballo armados y revestidos de corazas.

Los seres humanos han «degenerado» en su mundo hasta la condición de animales indefensos. Aunque anatómicamente son iguales a nosotros, han perdido la capacidad del lenguaje y el dominio sociocultural. Lo que diferencia a simios y humanos no es el aspecto, pues sus cuerpos son lo bastante parecidos como para intercambiarse en sus funciones. La diferencia decisiva reside en su pensamiento, sus medios de comunicación y su comportamiento (como había propuesto lord Monboddo en el siglo XVIII). Ese subtexto de la serie El planeta de los simios refleja, en la cultura popular, la nueva posición de los simios en la ciencia. De no ser por el don del lenguaje y el uso de símbolos, ese sería nuestro destino.

El argumento original de Boulle nos lleva a replantearnos la manera de tratar a los simios. En El planeta, los simios hablan y van vestidos, mientras que los seres humanos, desnudos, son agrupados y enjaulados para la realización de experimentos médicos. Cuando el astronauta Taylor (Charlton Heston) intenta protestar, descubre que ningún simio quiere creer que los humanos sean capaces de hablar, pues la mayoría de los individuos vistos por ellos han degenerado hasta la condición de animales mudos.

Durante un juicio con jurados para determinar si Taylor posee inteligencia, los tres jueces simios, forman un cuadro de «no oigo, no veo, no hablo» que, según Douglas Murray, autor de obras de ciencia ficción, podría ser un «homenaje al Juicio del Mono contra Scopes y sus persistentes consecuencias».

En 1968 se proyectó la primera versión filmada de El planeta de los simios, con guión de Rod Serling (creador de la serie clásica de televisión Twilight zone [La dimensión desconocida]) y Michael Wilson, guionista incluido en la lista negra durante el periodo de MacCarthy. La película, producida por Arthur Jacobs, estaba interpretada por Charlton Heston, Roddy McDowall, Kim Hunter, Maurice Evans, James Whitmore y Linda Harrison.

John Chambers, que había ideado un procedimiento para ayudar a veteranos de guerra desfigurados, creó el maquillaje especial para los rostros de los simios. Sus máscaras tuvieron tanto éxito (y fueron tan costosas) que los moldes se utilizaron en muchos casos en distintas continuaciones, amortizando así su costo. Los diseños fueron también la base de juguetes, maquetas y otros productos famosos.

Beneath the Planet of the Apes (Regreso al planeta de los simios), la primera de cuatro continuaciones, fue presentada dos años después (1970). Aunque se basaba en una premisa carente de solidez (una nave espacial enviada en rescate de los astronautas humanos cae en la misma distorsión temporal), fue una de las continuaciones de mayor éxito dentro del género.

La expedición de rescate descubre que los simios utilizan seres humanos como blancos de prácticas y como criaturas experimentales en la preparación de una gran guerra. Un culto de seres humanos inteligentes que ha sobrevivido venera a La Bomba, la divinidad destructora de la especie. Al final, hombres y simios intentan hacerla estallar y lo consiguen. (En el guión original, un simio mutante debía surgir de un mundo parcialmente en ruinas y matar de inmediato a una paloma que aparecía anidando. Los productores cambiaron la escena por algo que consideraban menos duro: un holocausto general y completo).

A partir de aquí, las continuaciones fueron irremediablemente confusas y penosamente rebuscadas (Escape from the Planet of the Apes, 1971; Conquest of the Planet of the Apes, 1972; Battle for the Planet of the Apes, 1973). Los personajes resucitan, las distorsiones temporales dan lugar a idas y venidas del pasado al futuro, y Roddy McDowall termina representando el papel de su propio hijo.

A pesar de la puerilidad de los argumentos, aplastados rápidamente por escenas de batallas y «aventuras de acción», la popularidad de estas fantasías refleja un cambio en la idea general sobre los simios. El simio cinematográfico no es ya un monstruo (King Kong), un payaso (Cheetah, Bonzo) o un «hombre primitivo» (2001: Una odisea en el espacio). Los simios desempeñan funciones sociales, pero son también individuos —conformistas y brutales casi siempre, pero a veces también rebeldes y heroicos—; están pidiendo que los tomemos en serio.

DICCIONARIO DE LA EVOLUCIÓN

En la popular serie de aventuras fantásticas titulada
El planeta de los simios, basada en la sátira antropológica
de Pierre Boulle, se capturan cobayas humanos para ser estudiados
por los chimpancés científicos. Aquí, el actor Charlton Heston y su
compañera son arreados hasta el centro de investigación
por gorilas miembros de las fuerzas de seguridad.

domingo, 8 de junio de 2014

Charles Dickens en América


En 1842 Charles Dickens viajó a Estados Unidos, visita de la que posteriormente dio cuenta en los libros American Notes y Martin Chuzzlewit. Los estadounidenses consideraron que ambas obras eran profundamente hostiles por su despiadada denuncia de la esclavitud, de la violencia generalizada y la hipocresía de la vida nacional, además de la superficialidad y sensacionalismo de los medios, entre otras muchas cosas. Para entender la crítica de Dickens conviene recordar que él era simplemente uno más de los numerosos observadores europeos que viajaron a Estados Unidos esperando encontrar una versión mejorada y ampliada de Inglaterra. Sin embargo, en vez de eso, para su sorpresa, encontraron una sociedad radicalmente diferente, con sus propios defectos y virtudes. Es justamente esa mezcla de familiaridad y extraña rareza la que tan a menudo ha resultado desconcertante, y en no pocas ocasiones, aterradora, a los europeos. Pero la explicación radica tanto en las expectativas por ellos creadas como en la realidad con la que se encontraron.

PHILIP JENKINS
Breve historia de Estados Unidos (1997)




En 1842, Dickens realizó un primer viaje a América, país donde creía que los principios de la Revolución francesa habían sido aplicados de manera integral. La realidad le produjo una fuerte desilusión, Notas americanas y la novela Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit, ambos textos escritos al regresar a su patria, provocaron violentas reacciones en América, y sólo tras una segunda visita, en 1867, los norteamericanos llegaron a reconciliarse con el escritor que tan ásperamente les había descrito.

CARLO IZZO
Diccionario Bompiani de Autores y Literarios
Ed. Planeta-De Agostini (1987)

lunes, 21 de abril de 2014

Gabo y la Revolución de los Claveles

[Ya que recientemente ha fallecido Gabriel García Márquez y para recordarlo, y como el próximo 25 de abril se celebra el XL Aniversario de la Revolución de los Claveles, que supuso el fin de la dictadura salazarista (entonces la más larga de Europa) en nuestro vecino, y hermano, país ibérico que es Portugal... En 1983 este mundialmente reconocido autor colombiano escribió un artículo periodístico sobre el país luso a nueve años de su revolución de 1974.]


 Portugal, nueve años después

Por GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Uno se pregunta qué fue de aquella pléyade de militares portugueses de alto rango que en abril de 1974 hicieron la jubilosa revolución de los claveles. La foto de una muchacha poniendo una flor en el cañón del fusil de un soldado amigo no sólo dio la vuelta al mundo por su belleza, sino que se impuso de inmediato como un símbolo de una vida nueva. Portugal era una fiesta. Nadie dormía, nadie tenía un horario de trabajo fijo, y el tiempo apenas si alcanzaba para celebrar la victoria sobre una de las dictaduras más antiguas y crueles del mundo, y para disfrutar, en plena calle y a voz en cuello, de la libertad recobrada. «Nadie puede entendernos mejor que ustedes», le dijo por aquellos tiempos un miembro del Consejo de la Revolución a un grupo de periodistas latinoamericanos. «Los europeos, aun los más comprensivos, tratan de interpretarnos con una óptica de país desarrollado y no encuentran cómo meternos a la fuerza dentro de sus esquemas». Por motivos históricos y geográficos, siendo uno de los países más pobres del mundo, pero con una posición estratégica esencial para las potencias occidentales, Portugal estaba obligada a sentarse a la mesa de los países más ricos de la Tierra, pero hablando un idioma nuevo que nadie entendía porque a nadie le convenía entenderlo, y con los fondillos remendados y los zapatos rotos, pero con la dignidad que le imponía el haber sido en otro tiempo el dueño casi absoluto de todos los mares.

La presión tremenda de ese drama se reflejaba en todos los aspectos de la vida portuguesa. Todo se había vuelto político. Desde la plaza del Rossio, en el corazón de Lisboa, hasta el rincón más remoto y olvidado de la provincia no había un centímetro de pared, ni un anuncio de carretera, ni el pedestal de una estatua que no tuviera pintado un letrero político. «Unidad sindical», pedían a brocha gorda los comunistas, mientras acusaban a los socialistas de querer dividir la clase obrera para dejarla a merced de la socialdemocracia europea. «Socialismo, sí; pero con libertades», decían sin más explicaciones los socialistas. «Fuera el ímperialismo capitalista y el socialimperialismo», decía un partido de extrema izquierda, cuyo radicalismo intransigente se confundía con la línea de candela de la provocación. «Viva Cristo Rey», gritaba la reacción católica. «El voto es el arma del pueblo», decían los liberales. Y los anarquistas, con su ingenio incansable, corregían en la pared de enfrente: «El arma es el voto del pueblo». De día, en medio del desorden alborozado, los militantes del Ejército de Salvación tocaban el trombón en la puerta de los grandes almacenes y fomentaban el pánico con sus diatribas pavorosas contra el alcohol y el sexo. Muy tarde en la noche, cuando el cansancio doblegaba por fin el activismo desaforado, la reacción hacía reventar bombas de alto poder y envenenaba al mundo con el rumor infame de que al hermoso e idílico Portugal de las canciones se lo había llevado el carajo.

En medio del estruendo ensordecedor, había una inteligencia distinta: el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), dirigido por una cosecha de oficiales jóvenes, y cuyo poder político, unido a su poder de fuego y a su popularidad inmensa, hacía de ellos mucho más que árbitros simples de la situación. Los pesimistas por la ruina de la economía nacional, decían con un gran desprecio: «Portugal no produce sino portugueses». Los dirigentes del MFA replicaban: «La mayor riqueza de un pueblo es su población». La mayoría de ellos eran antiguos universitarios reclutados por la dictadura como carne de cañón para las guerras coloníales. Trabajaban sin horarios, sin pausas, lo mismo en la Administración pública que en las campañas de politización de los campesinos. La democracia había empezado por los cuarteles: oficiales y soldados se tuteaban, dormían en el mismo cuarto y comían la misma comida en la misma mesa. Por primera vez en la historia de la humanidad las tropas tenían derecho a desobedecer una orden si sus oficiales no les decían para dónde iban y con qué propósito. La respuesta a todos los niveles era la misma: «Vamos para un socialismo inventado por nosotros mismos, de acuerdo con nuestras condiciones propias, independiente de todo centro internacional de poder y, al mismo tiempo, construido con imaginacíón y humanidad».

Lo que nos preguntábamos todos los periodistas asombrados que visitábamos Portugal por aquellos días era cómo los militares de una dictadura infame habían llegado a comprender que todo cambio era imposible sin una integración real con el pueblo, y cómo habían tomado conciencia de esa realidad. El proceso, en verdad, fue muy simple. Cuando la guerra se agudizó contra los movimientos de liberación de las colonias africanas —y en especial Angola y Mozambique—, los oficiales de la dictadura, que eran aristócratas de solemnidad, decidieron improvisar una oficialidad de clase media que sirviera de carne de cañón en los dominios sublevados. Para eso abrieron, en primer término, las puertas de la academia militar, donde se formaban los oficiales de carrera, y en segundo término, empezaron a reclutar universitarios para convertirlos en oficiales milicianos con el grado inmedíato de subtenientes. De modo que en el curso de pocos años cambió por completo la composición de la clase de los mandos medios. «Fue muy fácil», dijo un oficial a los periodistas, «que nuestra promoción, con una edad promedio de 28 años, sufriera una transformación ideológica en el sentido de las aspiraciones populares». Otro oficial decía: «Nuestra conciencia se formó en las largas noches de reflexión en los campamentos de África, conversando con los soldados, que en realidad eran universitarios unifórmados, y con los prisioneros que capturábamos entre las guerrillas y que nos estremecieron con el ejemplo de su decisión y su claridad». Los nombres de los militares que dirigían el cambio llegaron a ser legendarios: Vasco Gonçalves, Costa Gomes, Melo Antunes, Otelo de Carvalho, Vasco Lourenço, Correia Jesuino, Rosa Cutinho. Todos pertenecían al Consejo de la Revolución, que era el organismo rector del proceso, y ocupaban cargos claves en el Gobierno. Melo Antunes, un fumador nervioso y sonriente que pasaba casi sin darse cuenta de una conversación política a una discusión sobre literatura, era considerado por sus compañeros como uno de los ideólogos más antiguos y lúcidos del MFA. Sin embargo, tal vez fue Otelo de Carvalho el más carismático de todos y el que pareció más decidido a asumir la responsabilidad política del país para llevar el proceso de cambio hasta sus últimas consecuencias. Qué fue lo que se lo impidió y qué fue lo que se llevó a Portugal por un camino distinto es algo muy difícil y, sobre todo, muy largo de establecer. Pero el hecho es que los promotores y protagonistas mayores de aquella revolución casi poética fueron relegados, si no al olvido, al menos a la penumbra. De ahí que sea tan significativa una noticia a la cual no se le ha dado, ni siquiera en Portugal, la atención que merece. Me refiero a la creación de la Asociación 25 de Abril, integrada no sólo por todos los miembros del Consejo de la Revolución original, sino por más de 1.500 oficiales de las fuerzas armadas. Mil trescientos de ellos son todavía activos, o sea, la cuarta parte de la oficialidad actual. «Se trata de ampliar y profundizar el espíritu democrático de las fuerzas armadas», ha dicho en privado uno de sus fundadores. «No tenemos aspiraciones políticas inmediatas ni queremos intervenir en las condiciones actuales». Pero la mayoría de ellos están de acuerdo en que las fuerzas de la reacción son cada vez más activas e influyentes en Portugal y que la vigilancia insomne de los héroes en reposo del MFA puede impedir, llegado el caso, que Portugal regrese a su pasado sombrío. Ante las acusaciones de que se trata de una organización subversiva, sus promotores señalan que se ajusta del todo a la Constitución vigente y que es tan legal y pública como otras muchas de diverso carácter que existen en Portugal. Más aún: uno de sus miembros más distinguidos es el propio presidente de la República, el general Eanes. Lo cual demuestra, una vez más, lo que desde hace tantos siglos se sabe, y es que Portugal es un país muy raro. Por decir lo menos.

15-JUNIO-1983

viernes, 21 de marzo de 2014

Bakunin visto por Valle-Inclán


Ángel J. Cappelletti

Riccardo Bacchelli, novelista italiano, presunto heredero de Manzoni, predilecto de una pequeña burguesía bien pensante que no renuncia a la sensualidad, autor de novelas históricas (Il mulino del Po), psicológicas (Lo sguardo di Gesú), presenta a Bakunin como «el diablo en Pontelungo». La imagen del personaje está construida, en partes iguales, por la incomprensión histórica y por el prejuicio clerical fascista. Un gran poeta español, orfebre de la lengua, dramaturgo originalísimo en sus «esperpentos», renovador cuasi-cinematográfico de la novela histórica, Ramón del Valle-Inclán, nos ofrece una visión antitética del mismo personaje, como «el apóstol de la revolución universal». La imagen es generada, en este caso, por una profunda simpatía y por una aguda penetración histórico-psicológica.

En Baza de espadas, novela que forma parte del ciclo El ruedo ibérico, narra Valle-Inclán los prolegómenos de la revolución de 1868 en Cádiz, puerta de España, y en alta mar, en un barco inglés que navega rumbo a Londres. Se trata de una novela casi tan dialogada como La Celestina, aunque con un diálogo infinitamente más movido, con un lenguaje donde el brillo de insólitos sustantivos y de verbos restallantes no es obstáculo al giro popular o la germanía, sino que más bien se realza con ellos.

El esteticismo, la búsqueda del arte por el arte, no impide a Valle-Inclán (como tampoco a sus contemporáneo Wilde) una fina captación de los valores éticos y sociales. Más aún, como Wilde, se muestra capaz de exaltar el heroísmo a través de la belleza «moral» de ciertos caracteres, sin apologética y sin retórica, pero con eficaz sinceridad. Así como el autor del De profundis dice que entre las vidas humanas más perfectas que tuvo ocasión de observar está la del príncipe Kropotkin, el autor de El ruedo ibérico pinta a Bakunin como «un dulce gigante, con la sonrisa barbuda, campesina y jovial de los santos románticos». En Bakunin representa la antítesis del Tirano Banderas, el antitirano por excelencia. En realidad, nos ofrece un magnífico tríptico bizantino: en el centro el Apóstol, a cada lado un discípulo. Estos representan, a su vez, las dos caras de la revolución. Uno de ellos, el famoso Nechaiev, es la faz violenta y sanguinaria; el otro, Salvochea, la faz del amor y la santidad. El primero, el Boy, es «un mozalbete huraño, desmedrado, greñudo, los ojos suspicaces bajo el entrecejo de un rojo almagreño, la máscara de calmuco». El segundo, el compañero Salvochea, «pasó por el mundo austero y candoroso, como los pescadores que escucharon la sagrada palabra, a la sombra roja de las velas, en el lago de Tiberiades». En el relato dialogal de Valle-Inclán es el mismo Bakunin quien percibe el contraste. Se dirige a Fermín Salvochea: «El Boy debe permanecer ajeno… Procurará espiarte, sonsacarte… No te dejes aprisionar en sus redes. Engáñale sin escrúpulos… ¡Guárdate del Boy!». Salvochea replica: «Nunca seremos amigos».

Y el Maestro, estrechando su mano, le obsequia este retrato del joven terrorista ruso:

«No es un canalla, pero cuando cree actuar en provecho de la causa, nada le detiene. Introducido en tu intimidad, te espiará, te calumniará, abriría todos tus cajones, leería tu correspondencia, y cuando una carta le pareciese interesante, es decir, comprometedora, no vacilará en robártela. Si le presentases a un amigo, inmediatamente se propondría enemistaros. Su primer móvil e siempre sembrar el odio y la discordia. Si tienes una hija o una hermana, intentará seducirla, hacerle un chico para arrancarla a las leyes morales de la familia e inducirla a una protesta revolucionaria contra la sociedad. Su única excusa es su fanatismo: Ha identificado completamente su propia persona con la causa de la revolución. Es un gran ambicioso, pero no un egoísta atento al medro personal, porque lleva una vida de mártir, de privaciones, de trabajo. Cuando hay que servir a la causa, no vacila ni se detiene ante nada. Es un fanático abnegado, pero al mismo tiempo un fanático peligroso…».

Al poner en boca de Bakunin estas palabras, utiliza Valle-Inclán una carta auténtica del propio Bakunin, referida a Nechaiev. Todos los rasgos (inclusive el sobrenombre de «Boy») pertenecen, sin duda a ésta. Pero Valle-Inclán no lo menciona nunca por su nombre, sino que lo llama simbólicamente Arsenio Petrovich Glebov (hijo de la Gleba). Sabe, sin duda, que Nechaiev, nacido en Moscú en 1847, no salió de Rusia sino en 1869, cuando acosado por la policía zarista, decidió exiliarse. Mal no podía haber estado, pues, con Bakunin a bordo del Omega, navegando entre Cádiz y Londres, en 1868. Durante ese año Nechayez estudiaba en la universidad de San Petersburgo, junto con Cherkesov. Su concepción de la lucha revolucionaria había hecho de él un individuo perfectamente amoral. No sólo creía en la santidad del robo sino también en la pureza del engaño. Más tarde seduciría a Natalia, la hija de su amigo Herzen, para obligarla a romper con la familia y con los valores éticos de la burguesía. Cuando organizó la sociedad «La justicia del pueblo», hizo que sus miembros se espiarán mutuamente y los impulsó sin escrúpulo alguno a practicar la extorsión. Y cuando uno de ellos, el estudiante de agronomía Ivanov, se negó a seguir sus órdenes, simplemente lo asesinó. Narra el profesor Avrich:

«En la noche del 21 de noviembre de 1869, Ivanov fue atraído hacia una gruta en el parque de la Academia de Agricultura bajo el pretexto de desenterrar una imprenta clandestina. Allí fue acorralado y le fue dada una paliza por Nechaiev y cuatro cómplices. Nechaiev trató de estrangularlo, pero fue rudamente mordido en la mano; entonces sacó una pistola y le disparó a Ivanov en la cabeza. El cuerpo fue amarrado con piedras y tirado dentro de un hoyo de hielo en un cercano estanque. De esta manera Nechaiev se libró de un enemigo potencial, y a la misma vez involucraba a sus camaradas para asegurarse la obediencia a su autoridad. Fue un ejemplo extremo de su técnica en ganarse sumisión a través de la complicidad de sus camaradas de crimen. Su única víctima, sin embargo, no era un agente de autocracia, sino uno de ellos mismos que había despertado el antagonismo de su líder».

El autor del Catecismo revolucionario (falsamente atribuido a Bakunin por los marxistas y por los panteras negras), encarnado por Dostoievski en su personaje Verkhovenski en Los endemoniados, era sin duda un ultrajacobino, pero no un anarquista. Precisamente por todo esto era el personaje idela para ponerlo a un costado de Bakunin y para contraponerlo a Fermín Salvochea.

S. Nechaiev, M. Bakunin y F. Salvochea.

La figura de este último pudo estar allí donde el novelista la ubica. Miembro de una rica familia andaluza, Fermín Salvochea, el de las cuidadas manos, había sido republicano en su primera juventud, pero estuvo entre los primeros adeptos de la Internacional en España. En 1892 se le acusó de promover una insurrección en Jerez de la Frontera (cuando, en realidad, estaba en la cárcel). Hasta su muerte, en 1907, trabajó infatigablemente por la causa proletaria y por el anarquismo en España. Como Anselmo Lorenzo, fue Fermín Salvochea uno de los «santos laicos» del anarquismo español. No sólo había renunciado a la cómoda posición que su familia y su clase social le aseguraban, sino que vivió toda su vida en la pobreza, con austeridad digna de un asceta, dedicado en cuerpo y alma a la salvación de su prójimo, esto es, a la búsqueda de la igualdad y la libertad pata todos. Valle-Inclán lo presenta defendiendo a una pecadora contra quienes la explotan y quienes la desprecian. Esa misma mujer reconoce en él a un «santo». Y ciertamente rasgos hagiográficos son frecuentes en la vida real del personaje.

El doctor Pedro Vallina, médico anarquista no hace muchos años fallecido en México, narra por ejemplo, en su obra autobiográfica, Mis Memorias, su encuentro con Salvochea en Madrid:

«Un matrimonio obrero, de condición económica muy modesta, le había subarrendado el pequeño local que ocupaba: dos habitaciones corridas, estrechas como un corredor, con un balconcito a la calle… Aquel matrimonio lo tenía en la estima que merecía y se extrañaba de lo que ocurría con un niño grandecito, su único hijo. El muchacho era muy díscolo y no había manera de que se dejase bañar, ni con ofrecimientos ni con amenazas, pero intervenía Salvochea y se convertía en un modelo de humanidad, dejándose desnudar y meter en el agua, tal era el poder persuasivo de Fermín con su extrema bondad».

La pureza, el desinterés, la total entrega a la causa de la revolución, identificada con la liberación de la humanidad, son los rasgos esenciales del personaje de Valle-Inclán, que también aquí logra recrear poéticamente una figura histórica sin dejar de traducir con exactitud su personalidad real.

En la novela valleinclanesca, el papel de Fermín Salvochea se mueve entre la devoción al Maestro y la defensa de una mujerzuela, cifra y compendio de la explotada y sometida humanidad.

También Bakunin, sin duda, asume su defensa, no con la ternura del ácrata andaluz sino con la majestad de un ángel bizantino. El chulo ha maltratado, de palabra y de obra, a la prójima:

«"¡Salop!" La voz resonó en las profundidades del sollado: En un camastro vecino se erguía la barbuda cabeza del Maestro: Se arrancó de los labios la pipa apagada, levantándola como una maza. El chulo se volvió tanteándose la herramienta: "¿Qué se ofrece?" El Maestro se incorporó: Su cabeza tocaba el techo: Siempre enarbolaba la pipa, avanzó algunos pasos: Injuriaba al rufián con voces de sochantre: Repetía las mismas imprecaciones en ruso, en alemán, en italiano, en francés. Indalecio había sacado la herramienta y picaba una tagarnina con bravucona jactancia: "Tío papamoscas, hable usted en cristiano". Echaban lumbre los azules ojos del gigante… Tornó a retirar la pipa de la boca, y golpeando con ella en la palma, barboteó en francés: "¡Oh! ¿Es qué se puede maltratar así a una mujer? La pareja humana tiene los mismos derechos"».

Sin embargo, este ángel bizantino, que ha padecido largos años en las prisiones del zar y en el destierro siberiano conviviendo con toda clase de hombres, buenos y malos, héroes y criminales, es un hombre humanísimo. Compadece también al chulo, pues ve sin duda también en él a una víctima, y acaba compartiendo su tabaco:

«Aquel gigante barbudo le contempló con sonrisa de ogro benévolo. Cargo la pipa, le puso lumbre y fue en busca de la coima, que se lavaba la sangre: Tomándola de la mano, la condujo y amonestó en francés, con el barbolleo de un pope ruso: "Yo os conjuro para que os deis un ósculo de perdón"».

Esta santidad del gigante Bakunin, cuyos ojos «tenían una claridad de azules infancias», está hecha, para Valle-Inclán, «de poder de olvido» y también «de inconsciencia y de ilusiones». En todo caso no excluye el humor, la jovialidad, la ingenua malicia. Sabe que el chulo y su acompañante son dos brigantes, pero no deja de abrigar la esperanza de ganarlos para la causa: «¡Qué diablos, las revoluciones no se hacen con obispos!» No deja de traer a colación su larga experiencia revolucionaria:

«El 23 de junio de 1848 señala una fecha sangrienta en las luchas del proletariado. ¡He sido testigo de los combates librados en las calles de París! El primer disparo partió de cuartel de los Montañeses. Yo estaba allí entre los Amigos del Pueblo. Las masas proletarias, después de una lucha heroica, cayeron vencidas por la dictadura militar, que más tarde había de prostituirse bailando el cancán en las orgías del Segundo Imperio».


La idea de la revolución que Bakunin defiende, en la ficción de Valle-Inclán, delante de los revolucionarios españoles, corresponde, sin duda, a la idea que efectivamente defendió en la realidad:

«Las nuevas revoluciones no son contra los reyes, sino contra la burguesía. Una revolución es como el soplo del espíritu eterno, que no destruye y no suprime sino por ser fuente de toda vida. La pasión de la destrucción es una pasión creadora. Urge educar al pueblo, imbuirle el sentido de la divinidad humana».

Son palabras casi literalmente copiadas de los escritos de Bakunin, pero que Valle-Inclán sabe situar en un adecuado contexto emotivo. Los oyentes se entusiasman, llegan al éxtasis revolucionario, se abrazan todos y sellan «obligaciones fraternales, con un entusiasmo candoroso por el ritual del triángulo». Por fin, acompañan al Maestro hasta su camarote «y urgidos por la apostólica y barbuda sonrisa», reinician «las letanías revolucionarias».

Muy pocos narradores dentro de la literatura europea (sin excluir la rusa) ofrecen un retrato tan vivo y simpático del gran anarquista como Valle-Inclán; muy pocos han captado como él los rasgos esenciales de su personalidad y de su carácter y, aun descontando la lícita deformación poética, bien quisieran para sí tanta precisión histórico-psicológica algunos eruditos y obtusos historiadores, como Carr.

Caracas, 1982.

viernes, 7 de marzo de 2014

La palabra «esquizofrenia» o la destitución del sentido


LEOPOLDO MARÍA PANERO

Decía el ya muerto Vallejo Nájera que la esquizofrenia se distinguía por su mal olor —«algo huele a esquizofrenia»— o lo que es lo mismo por una sospecha. Sospecha en que, como ya dijimos en otro lugar, se basa el interrogatorio psiquiátrico tanto como el interrogatorio policial, duda metódica que Derrida dijera situaba ya el pensamiento cartesiano al borde de la locura (Cogito et histoire de la folie). Ahora bien, allí donde la duda comienza por dudar de que existo, ésta se termina en que también el otro es, esto es, en un cogito de dos conciencias: si existes tú, existo yo, y no a la inversa: por el contrario, el estatuto de la esquizofrenia es un estatuto de no-existencia, de no-experiencia, lejos de esa política profetizada por Laing como política de la experiencia, y por Cooper como gramática de la vida, a la que falta un código lo mismo que a la locura. Ahora bien, la vida no es un destino, por cuanto es un devenir, o al menos un clinamen democritiano, un eterno retorno basado en la diferencia.

Es una espiral, una aufgehoben del tiempo cíclico: una profecía, un sueño premonitorio, o un déjà vu, futuro y pasado de otras existencias, pasadas o futuras a través del ciclo de las reencarnaciones.

Y nos está permitido hablar de reencarnación, sólo allí donde existe el alma, espíritu, yo o conciencia, como asimismo el sustento material de aquella, que es el halo o el aura o lo que también se llama campo bioeléctrico, que dibuja el fuego fatuo después. Después, quiero decir de muertos, y próximos ya, como en el dibujo de Blake, Death’s door, a reencarnarnos en un niño, porque el misterio del infierno no es para siempre: como decía Borges, ni la vida de un tirano exige castigos infinitos. También lo decía Heráclito: «los mortales son inmortales, los inmortales mortales, aquéllos viven el sueño de los otros, y éstos la vida de aquéllos».

Ahora bien, el pozo donde se aparece la verdad, el significante del que hablara Lacan al decir «el hombre olvida al significante pero el significante no le olvida a él» es el dolor y la catástrofe de la locura: el dolor como placer reprimido, la locura como búsqueda de la verdad en el lenguaje; aquélla cifrada en el olvido de las palabras, las erratas y el lapsus linguae: y ello si es verdad que cuando hablábamos del inconsciente estructurado como un lenguaje, aquello, como yo decía en mi seminario Encore n’a rien á voir avec le champú de la linguistique, sino de ese balbuceo infinito que es la langue, o el lenguaje universal de los anuncios: el niño que no sabe francés y que sin embargo intuye dotado de sentido al letrero de la nevera «Zanussi Europe»: como ça nuit Europe, designando con el nombre de Europa a la mujer que acaricia su pene.

Con todo lo cual quiero decir que somos todos superhombres, si es verdad que cualquiera entiende ese extraño lenguaje de los anuncios, esa mirada que es objeto a minúscula, o inconsciente escópico, reto de lo íntimo a lo nulo, de David al gigante, y de Ulises a la locura, cuando aquél afirma que no es nadie, y que nadie es su nombre. Es así que se ensanchan los límites del significante, y gracias a él —pero no sólo gracias a él, sino al signo gestual, al metalenguaje del cuerpo— los límites de la percepción y de la conciencia.

Y no habrá ahora sino esa materia, ese bello Pesanervios, nervadura material y neurastenia —en la interpretación de ésta por Wilhem Reich—, intensidades de conciencia como dijera Roberto Novoa Santos, el primer genio que intuyó que nada distingue el alma del cuerpo, y al que sin citarle repitió Winnicott —en el libro llamado igualmente Cuerpo y espíritu— al afirmar que la materia biológica es autoperceptiva, siendo esto lo que aclara el misterio de las mutaciones animales, además de la adaptación del cuerpo animal a su entorno, con lo que no contradecimos sino superamos —en el sentido de la aufheben hegeliana— ese libro perfecto sobre el cuerpo que se titulara para siempre El origen de las especies.

Ahora bien, el animal es telépata, y no sólo eso, promiscuo, y tiene sólo una vaga función del yo en el falo del pavoneo sexual: y ello refiriéndome a los animales más desarrollados de la escala biológica, los vertebrados superiores; y si es así el peligro que late en el cuerpo humano que aún demora animal, uñas, dientes, etc., es el retorno a la nada y al olvido del tabú, que en un principio, para acabar con ese mana salvaje de la promiscuidad y de la empatía salvaje, consistía en no orinar a tal hora en casa de tal vecino, etc.

Y es aquí cuando por fin la esquizofrenia huele a esquizofrenia, es decir, a vivencia entendida y razonada: he aquí que la verdad en boca de Freud agarra al toro por los cuernos: por los cuernos de Taurus y del retorno infantil al totemismo, del que hablara Freud, dibujando amablemente para Jung el origen animal y corporal de sus arquetipos. Jung añadiría a aquél el concepto de Synchronicity, casualidad sincrónica o serial por donde el magma alquímico se desarrollara como flor de referencia, anillo de la suerte o de la providencia, casualidad mágica en donde lo que va a ocurrir y lo que ha ocurrido no volverá a ocurrir nunca más. Voluntad de suerte contra delirio de autorreferencia, pan-significación de la locura y pan-significación freudiana.

Es decir, panpsiquismo freudiano reenviado al primitivo, y a su omnipotencia mágica del pensamiento, que no otra cosa es que una conciencia transitiva, húmeda, que por ser material puede actuar sobre la materia —ya hablábamos de intensidades de conciencia, hablaremos ahora de idées-force, de líbido del pensamiento, del lenguaje utilizado como vehículo de intensidades, que era para Deleuze la lógica del Anticristo, fundado en la repetición de la palabra A (del otro, de sus mil formas, desde el Autre imaginaire hasta el que puede llamarse prójimo o semejante por cuanto está ahí: y L’inconsciente c’est le discours de l’Autre avec une grand A), de voz que ya no es para nadie, cuando se termina la página y vuelve la oscuridad.

Porque si hay alguna razón para la existencia del inconsciente, ésta es el dolor de la conciencia al mismo tiempo que los engaños del otro, que es lo que permite a la palabra vacía perpetuarse en su vaciedad: —qui non dupe erre— quien no engaña erra: en el nombre del Padre [1].

Revista Archipiélago



NOTA
[1] Recuerdo aquí el juego de palabras de Lacan: qui nom du père —quien en el nombre del padre— y qui non dupe erre —quien dice la verdad.

lunes, 22 de abril de 2013

Pasternak: Zhivago y Marburgo (prosa y poesía)

 
  
Álvaro Cepeda Neri

Se anuncia una nueva traducción acreditada a Marta Rebón (en el ensayo periodístico de José María Ridao «La titánica coartada de Boris Pasternak», El País, 22 de enero de 2011) de la grandiosa novela El doctor Zhivago, del prosista y poeta Boris Pasternak. En ella, «siguiendo el texto considerado como definitivo que fijó el hijo del escritor [ruso], se han incluido las poesías de Zhivago como un capítulo más, el último, de esa reciente y magnífica traducción». El caso es que ya en 1991, con traducción de Fernando Gutiérrez, aparecieron esas poesías y que, como en toda la novela, el personaje femenino Lara es la inspiración (que en la vida real fue la amante de Pasternak, Olga Ivinskaya) y a quien están dedicadas con el amor-pasión (¡oh, Stendhal!) que las ha convertido en creaciones del más puro romanticismo de quienes han homenajeado a la mujer: la de carne y hueso, la del «eterno femenino», la del enamoramiento imposible.

Pasternak dejó inconcluso su Ensayo de autobiografía.

Pero su idilio, que comenzara a través de cartas con la alemana Renata Schweitzer –que al principio le escribiera con motivo de la publicación de El doctor Zhivago y tras el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura en 1958–, se consumó. Ambos se enamoraron y vivieron sentimental y físicamente ese amor, cuando ella lo visitaba en los alrededores de Moscú. Nacería entonces un libro que se titula Cartas a Renata. Hay, además, otros escritos que nos muestran su prosa. Y su libro Poesías recoge su obra versificada. Boris Pasternak (1890-1960) fue preso de las dos primeras guerras mundiales y exiliado en su propio país tras la Revolución de Octubre, hasta el final del estalinismo. Dentro de ese lapso publicó sus poemas El año de 1905 y su libro Sin temor de castigo, donde cuenta sus años de formación en Alemania durante su breve estancia en aquel país (que Gerd Ruge nos relata en su Pasternak, biografía ilustrada; y que es en la ciudad y Universidad de Marburgo, donde estuvieran pensadores y profesores de la talla neokantiana de Hermann Cohen, Ernst Cassirer, Pablo Natorp, etcétera). Pero El doctor Zhivago es su creación sublime, donde se mezclan el amor-matrimonio con su esposa, su amor-pasión con Lara (o la realidad llamada Olga Ivinskaya) y su amor-arrebato por Renata.

Lara, la de Zhivago, es Olga Ivinskaya, quien escribió Rehén de la eternidad (las memorias de su vida con Pasternak y que, perseguida por el estalinismo, hubo de devolver los archivos del escritor a la nuera de éste). Ella, empero, permanece en la novela que es, también, crítica política del totalitarismo estaliniano. Una prosa con su poesía donde el autor muestra su formación neokantiana para explicarse su concepción del mundo y del mundo de su literatura que continúa esplendorosa para sus lectores. El doctor Zhivago es, dijo Isaiah Berlin, una obra maestra donde se describe el amor de una forma auténtica. Y así es. Zhivago, en un filme con todas sus limitaciones, fue llevado a grandes audiencias que después buscaron la novela que, edición tras edición, vuelve a las librerías. Pasternak es otro inmortal en la historia de la creación de belleza por medio de la poesía y la prosa.

Contralinea
PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN

martes, 12 de marzo de 2013

Centros de Salud Sexual del 'Walden Tres'

En su novela Walden Tres —inspirada en Walden Dos (otra novela utópica de B.F. Skinner)— Ruben Ardila nos describe un país tropical gobernado conjuntamente por un militar y un psicólogo, creando un sociedad utópica experimental que bajo el lema «¡Ni Marx ni Jesús!» defienden un tipo de socialismo humanista. Del capítulo 11, titulado «Familia y sexualidad» recojo un extracto en el que nos hablan de unos Centros de Salud Sexual...


Teníamos clubes de solteros, donde podía ir un hombre o una mujer solos, a encontrar un compañero sexual para una noche, para un fin de semana o para toda la vida. Eran clubes similares a los que ya existían en otros países, pero el hecho de que los hubiera en el trópico le ponían los pelos de punta a la gente respetable.

Claro que lo que más escándalo causó fueron los Centros de Salud Sexual, que se fundaron en la capital y luego en otras ciudades. Los planeamos con gran cuidado y esmero. Se parecían a los clubes de «swingers» de Estados Unidos, o a los baños turcos de Europa. Allá una persona —hombre o mujer— mayor de edad, entraba y permanecía el tiempo que quisiera. Tenía un cuarto para su uso personal, podía tomar un baño, caminar desnudo por los corredores y salones, descansar, hacer el amor con quien quisiera, tomar un trago, comer, dormir. No eran realmente casas de placer, aunque abundaban las orgías y lo que en la terminología anterior a la Nueva Era se denominaba «desenfreno sexual». ¡Obviamente que nadie cobraba por sus «servicios» sexuales!

Una persona podía entrar al terminar su trabajo, y hacer el amor con cuatro o cinco personas diferentes. El compañero sexual podía tener nombre o no tenerlo, ser joven o viejo, atractivo o feo. Cada uno decidía con quién acostarse. En la cama hacían lo que quisieran, y en terminología psicoanalítica se podía decir que se trataba de una sexualidad «perversa y polimorfa». Nada más lejos de nosotros que hacer una evaluación de tales conductas.

El problema en los Centros de Salud Sexual, como en los sitios análogos, eran las enfermedades de transmisión sexual. Habíamos hecho lo imposible por erradicarlas, pero en nuestro bello país tropical volvían a aparecer, a pesar de nuestros esfuerzos. La medicina estaba socializada, no se cobraba nada por los servicios médicos ni por las drogas, se hacía propaganda a favor de la salud, pero a pesar de ello seguían apareciendo enfermedades venéreas. Las gentes que frecuentaban estos Centros donde podía convertirse en realidad sus más secretas fantasías sexuales, decían que realmente pocas veces existía el riesgo de adquirir una enfermedad venérea. Al menos casi nadie confesaba que la había adquirido. Llegaría el día en que tales enfermedades hubieran desaparecido del mundo. ¡O al menos de nuestro mundo!

Como los Centros de Salud Sexual eran algo que se discutía a los cuatro vientos, y acerca de lo cual hablaban mucho los visitantes, yo me opuse a que se admitieran extranjeros en tales Centros. Después de todo, sitios similares ya existían en los países más industrializados, pero nunca se tenía tanto cuidado con la prevención de enfermedades de transmisión sexual como teníamos nosotros. De todos modos el asunto de los Centros de Salud Sexual fue algo de lo cual se habló en los más importantes periódicos del mundo (y en otros no tan importantes como Playboy). Yo creo que a lo mejor hemos debido establecer tales Centros pero no hacerles mucha difusión. Los extranjeros se morían de ganas por hacer un «estudio de campo» en tales sitios...

La familia no se hizo pedazos porque un hombre o una mujer pudieran ir a estos Centros, pasar unas horas con tres compañeros sexuales diferentes, que no tenían nombre, sino sólo sexo, en la mayor parte de los casos, y volver a casa con el marido o la esposa a quien realmente amaban. Las relaciones se fortificaron en lugar de debilitarse.

Dentro de la reforma de la familia un lugar de gran importancia lo ocuparon los ancianos. Sus potencialidades se utilizaron para el bien de la sociedad y para el bien de cada uno de ellos. Los ancianos tuvieron mucha importancia en la Nueva Era, se valoraron, se cuidaron y se buscó que pasaran una existencia plena y feliz, sin dedicarse a rumiar las angustias del pasado ni tampoco a sufrir por la inminente llegada de la muerte.

RUBEN ARDILA   
Walden Tres (1979)

domingo, 16 de diciembre de 2012

MENTIRA PODRIDA.




(TEXTO EXTRAIDO DEL RELATO: "EXCURSIÓN", DE JUAN CARLOS ONETTI).

(.........)  Acaso no fuera posible vivir siempre allí. Pero en cuanto comenzara a insinuarse la primavera... Huir de la ciudad, meterse en una casita cualquiera, perdida en los costados de la cuchilla que se azulaba en la distancia. Solo. Hacerse la comida con sus manos, cuidar los árboles... Se veía, medio cuerpo desnudo, altas botas, tostado el rostro dentro de la barba. ¿Que necesitaría? Un caballo, tal vez un perro, una escopeta, su pipa, libros. Trabajar por la mañana en lo que quisiera; dulzura de las uvas, piel de durazno, aroma de plantas y tierra bajo el sol. Dejarse llevar por el caballo lejos, tirándose a descansar a la sombra que encontrara propicia. Hacer correr al animal sudoroso, suelto su pelo al aire, la camisa abierta, excitándose con el golpear de los cascos. Desensillar con las primeras estrellas en la pureza del cielo, una mueca de cansancio feliz en la boca. El sillón junto a la noche campesina, llena de estremecimientos, que se extendía por la tierra en descanso, abandonado en los pliegues del terreno, en las charcas vidriosas de la blancura de los caminos silenciosas de luna. La pipa y un libro. Absoluta soledad de su alma, fantástica libertad de todo su ser, purificado y virgen como si comenzara a divisar el mundo. Paz; no paz de tregua, sino total y difinitiva. Paz como una dulzura resbalando en las venas, mientras el sueño iba aflojándole el cuerpo encima del sillón y los ojos perezosos dejaban el libro para seguir la curva de los escarabajos alrededor de la luz amarillenta.


(........) Se sentó en la vereda de pasto, bajo la sombra cambiante de una hilera de árboles. Tiró el sombrero a un lado e hizo una almohada con el saco. El último recuerdo suyo que se llevó, antes de irse tras su mirada al cielo luminoso, fueron sus zapatos opacos de polvo.
  Nubecillas de contornos indecisos que se transformaban a cada instante, rodaban por el cielo como pelotones de humo. A veces formaban bandadas de cisnes curvando lentamente sus largos cuellos. Otras, pájaros fabulosos; albos veleros con viento en popa; caballeros de lances medievales; manos enormes con exceso de dedos; desmelenados perfiles femeninos; almenas de ciudades brumosas tras la niebla del amanecer; bosques de lanzas en tiempo de gesta; graciosas figuras danzando junto al mar, flotando blandamente los cándidos velos.
      Aflojó la corbata con un movimiento maquinal y aspiró el aire fuerte y áspero. Ésta era la vida. Todo lo demás, mentira. Monstruosa mentira la civilización, la falsa y sórdida civilización de los mercaderes. Tan burda la mentira que bastaba llenarse un momento los pulmones y el cerebro con la atmósfera de un pedazo de campo, para que apareciera evidente.  


      Mentira los edificios grotescos con el guiño de los sangrientos letreros luminosos. Mentira la superficie pulida de las calles. Mentira los trenes veloces y trepidantes. Mentira las fábricas de chimeneas audaces, ensuciando dia y noche los arrabales. Mentira las máquinas brillantes, mostrando con impudicia sus entrañas de acero. Mentira las calmas veladas de familia bajo la dorada araña eléctrica del comedor. Mentira el juego estúpido de los ascensores, rebotando incansables en la planta baja para subir hasta el 9º o el 22º y volver a caer. Mentira las ediciones milenarias de los periódicos, con sus groseros titulares retintos. Mentira los movimientos acompasados de las grúas eléctricas encima de los barcos de carga. Mentira la lluvia metálica de las máquinas de escribir en las oficinas. Mentira la multitud de las calles, de los campos de deportes, de los hipódromos, de los teatros, de las manifestaciones erizadas de estandartes, de los lentos paseos crepusculares por las calles de moda. Todo una canallesca mentira, una farsa hábilmente dirigida. "Pioneers", progreso, cultura, directores, honestidad comercial, hombres austeros, mujeres honestas.....Rió sin maldad ni odio, bajo la transparencia del cielo redondo.


    El viento le movía el cabello como la caricia de una mano distraída. Sí, camarada. En la ciudad no se vivía. Se producía dinero, se ganaba dinero, se compraba, se vendía.... La verdad estaba allí, en la naturaleza. En los frutos de los árboles, en las tetas de las vacas, en la miel de los panales. Tener la fuerza de huir de la ciudad, romper con ella para siempre. Reintegrarse a la tierra negra, al pasto verde, al cielo azul. Ir arrancándole a pedazos, día a día, las costras que la ciudad había segregado sobre su alma, lavarse en el aire limpio las mugres ciudadanas. Y levantarse una mañana, intacto, puro, fuerte, delante del paisaje luminoso y dilatado. Ser él íntegramente. Recordar el Jason cien por ciento de la infancia, sin urbanidad, sin falsas maneras corteses, sin convenciones, sin influencia, sin literatura. Limpia la cabeza, alegre el corazón, cosquilleante la audacia en los testículos.
     Quitóse un insecto de la mejilla y se acarició el rostro con la mano. Sí; más audacia en los testículos. La ciudad iba castrando a los hombres, neutralizando su virilidad, domesticando sus almas. Se nacía y la ciudad lo tomaba a uno y lo iba haciendo a su antojo


      Sí; erguirse un amanecer en el campo, desnudo, cobrizo, musculoso, lleno de una sencilla alegría animal explotando en carcajadas. Fuerte y alegre, desnudo y musculoso..... Sentía el viento tocarle la cara como un fino lienzo. Se movió un poco, restregando la espalda en la tierra, tragando fuertemente el aire.
      Se puso de costado, aspirando calmosamente el olor de la tierra. Algo se había metido en sus pulmones y lo fue dejando escapar poco a poco. Algo de perfume y de pasto, tierra húmeda, un viento muy suave, la frescura de la sombra y el cuchicheo de las hojas más altas de los árboles. Sonrió apenas.
       Sí; era eso, precisamente. Su cuerpo desnudo en mitad del paisaje, como si él fuera el centro de la naturaleza, el núcleo creador. Y como si la naturaleza toda, los árboles rumorosos, la cuchilla de lomo curvado, la tierra de los caminos ondulantes, estuviera fluyendo de él, de su cuerpo desnudo y musculoso bajo la matemática curva del cielo. Desnudo en el centro del paisaje. La imagen del cuerpo moreno, aquietado en una actitud de sosiego y naturalidad. Plenitud; una paz que era casi pereza, contento de corazón y unas ganas de abandonarse para siempre.

    
     Pasó la mirada por el camino ondulante y se sintió golpeado bruscamente por un pensamiento. De improviso, sin preverlo, se encontraba frente a la palabra que escribía para él la carretera. Partir. Una vida tan libre como nunca había soñado. Dejar todo a sus espaldas, definitivamente, para siempre. Dudas, vacilaciones, tristezas. Todo su pasado de tanteos y búsquedas quedaría en la ciudad. Tirado como un caballo muerto de improviso en mitad de la jornada. Sentía saltar el corazón en su pecho, le parecía que toda su vida no había sido más que la lenta preparación de aquel momento. Todas sus meditaciones, el prólogo de aquella sencilla idea. Irse. Jason, el vagabundo, sobre el camino público. Los maizales de oro, los arrollos veloces, los chiquillos sucios de las chacras, las tropas mugientes, la fruta robada en la noche, la sed satisfecha boca abajo, el sueño cubierto por las estrellas temblorosas, el despertar con el sol lamiéndole la cara. Todo eso era el camino ancho y sin vereda. Eso era partir, tener la sinceridad de irse, romper con su vida estúpida y sin color. Trazar con la mano un amplio y rotundo adiós al recuerdo de sus días y salir en busca de otros. (...............).