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martes, 25 de junio de 2024

La huida

 

Por HELENO SAÑA

La llegada del verano no es sólo uno de los muchos fenómenos cíclicos de la naturaleza, sino que se ha convertido entretanto en un acontecimiento sociológico de primera magnitud. Lo primero que hace el común de la gente es interrumpir en cuanto puede su ritmo habitual de vida y huir a ámbitos y espacios geográficos más o menos distantes, según los gustos, la edad, el estado de salud y la disponibilidad monetaria. Se trata de una desbandada general que ya por su carácter masivo, precipitado y casi angustioso da la sensación de ser una liberación; de ahí que se inicie con un profundo suspiro de alivio. La gente vuelve en efecto la espalda a su mundo cotidiano como si éste fuera un odiado enemigo. Para muchos lo es, precisamente para quienes por falta de medios no pueden costearse un viaje de vacaciones, por muy módico y modesto que sea. Cambiar de aires no está tampoco al alcance de la mayoría de ancianos, inválidos o enfermos crónicos y, por supuesto, de los empleados para quienes el estío es tiempo de trabajo.

La fiebre viajera que se apodera de mucha gente corresponde ciertamente al deseo natural de liberarse por unos días o semanas del estrés, de las temperaturas sofocantes, del aire contaminado, del ruido de los centros urbanos o del trabajo agotador o desagradable, pero tiene también mucho de rito puesto de moda por la sociedad de consumo, es una forma del consumo de masas. Quizá desempeñe también un papel importante lo que Max Horkheimer llamaba «nostalgia de lo completamente distinto», aunque lo distinto se revele a menudo como una variante de lo rutinario y de lo archisabido. Pero es un rito que hay que cumplir porque es de buen tono hacerlo, y ello al margen de las molestias, los quebraderos de cabeza o decepciones que pueda causar, desde el hacinamiento en las playas y las quemaduras cutáneas a los malos hoteles y las enfermedades infecciosas, sin hablar ya de las incomodidades del viaje, sea por carretera, aire o vía férrea. A la gente le cuesta cada vez más quedarse en un sitio de costumbre y gozar de las ventajas del hogar y de la morada interior de que hablaba Santa Teresa. Prefiere el movimiento, el dinamismo, la acción y los escenarios externos y espectaculares, y ello lo más lejos posible del lugar donde se ha nacido o reside. Pasados unos días o semanas, claro, se acaban las delicias de la fuga y llega la hora implacable del retorno al temido ayer, el ayer del trabajo, de los empujones y de la monotonía cotidiana. Pero en sentido profundo no hay escapatoria posible; esté donde esté, el hombre permanece prisionero del mundo inhóspito que él mismo ha creado. Este es el reverso de la civilización surgida en el curso de los últimos siglos, la venganza de la naturaleza o de los dioses. No encontrarse a gusto en ningún sitio es en todo caso un fenómeno cada vez más extendido, y recurrir a la terapéutica del viaje para contrarrestar este síndrome se está convirtiendo en un procedimiento cada vez más dudoso, ya que por muy lejos que se marche, el hombre encuentra lo mismo o casi lo mismo en todas partes, desde el malhumor y la mala educación al mal gusto y la vulgaridad, fenómenos que no desaparecen por el solo hecho de que uno cambie la indumentaria de invierno por el bañador.

Yo creo que en vez de idealizar lo lejano y exótico y potenciar con ello al máximo el turismo de masas, sería más cuerdo intentar mejorar lo cercano, esto es, el hábitat en el que uno pasa la mayor parte de su tiempo. En este aspecto los gobiernos y las administraciones municipales han hecho muy poco, lo que explica que las ciudades sean cada vez más feas, más incómodas, más ruidosas, más caras y más inhabitables, sin hablar del gran escándalo de la especulación inmobiliaria, de la corrupción ligada a ella y del encarecimiento de la vivienda. Mejor sería también intensificar el trato interhumano con los vecinos y la gente del lugar donde uno vive que sumarse a cualquiera de las multitudes abstractas y cosmopolitas que se forman en los centros turísticos de todo el mundo y que son la caricatura burda del enriquecimiento intercultural, reñido de antemano con las aglomeraciones y el espíritu de rebaño. Todo lo cuantitativo acaba engendrando alguna monstruosidad, como está ocurriendo desde hace años con la moda y la manía de abandonar en verano el entorno propio y huir a cualquier parte. En el fondo todo es publicidad, colonización mental y negocio. Ya por este sólo motivo prefiero quedarme en casa.

La Clave
Nº 225 / 5-11 agosto 2005

miércoles, 1 de mayo de 2024

La izquierda ha muerto

 

Por HELENO SAÑA

¿Es la izquierda española la 'más ultra' de Europa? Esto es exactamente lo que afirmó José María Aznar en una jornadas sobre Antonio Maura celebradas hace algunas semanas (en enero de 2008). ¿Es su enjuiciamiento correcto? La respuesta depende de lo que Ortega llamaba «perspectivismo», esto es, del punto de mira de cada respectivo observador. Desde su ubicación conservadora, es casi lógico que el expresidente del Gobierno llegue a su fulminante conclusión. Partiendo de mi personal punto de vista, me es difícil compartir su tesis, ya por el previo de que tanto en España como en los demás países europeos la izquierda ha dejado esencialmente de existir, aunque queden algunos restos de ella, como en nuestro país IU. De ahí que seguir utilizando este término es incurrir en pura fantasmagoría tanto conceptual como terminológica. Por lo demás, el señor Aznar no hace más que utilizar con fines polémicos un concepto del que sus rivales políticos se sirven para cubrirse de gloria. Lo que por inercia mental o por conveniencias logísticas sigue denominándose izquierda es una pseudo o falsa izquierda que no tiene nada o muy poco que ver con lo que esta cataloguización significó en el siglo XIX y parte del XX, que es la fase histórica en la que la izquierda adquiere carta de naturaleza e irrumpe en el escenario histórico con la decidida voluntad de plantar cara a la burguesía y sustituir el sistema capitalista por un sistema socialista, anarcosindicalista o comunista, según las preferencias ideológicas de cada bando. Y la primera prueba de que la izquierda ha pasado a mejor vida es que en Europa han terminado las luchas de clases, no porque las clases hayan desaparecido, sino porque ha desaparecido la voluntad de poner fin a ellas. Los problemas y conflictos sociales y laborales siguen estando al orden del día, pero el asalariado y sus organizaciones sindicales han dejado de defender sus intereses y derechos con el mismo ímpetu de otros tiempos. Esa tibieza reivindicativa explica la facilidad con que el capitalismo de casino ha podido imponer en las últimas décadas su hegemonía global, fenómeno que a la vez ha conducido a una reproletarización parcial de las clases trabajadoras, a la pérdida o estancamiento de su poder adquisitivo real, a un deterioro creciente de las condiciones de trabajo y a una multiplicación del empleo precario y mal retribuido. Si en España existiera la izquierda ultra a la que el ex hegemón del PP alude, es difícil creer que aceptaría con los brazos cruzados las injusticias socioeconómicas que acabo de señalar, a las que se podrían añadir otras muchas, entre ellas el misérrimo nivel millones de pensiones y salarios mínimos. Y si el PSOE fuera fiel a las siglas que todavía detenta, sería el primero en no tolerar este estado de cosas.

La despotenciación de la izquierda se inició ya en parte en el periodo de entreguerras, pues si en Rusia los bolcheviques se convertían en amos y señores de la nación, el proletariado italogermano no logró impedir el triunfo del nazifascismo. El descenso de la izquierda siguió su curso en las primeras décadas de la posguerra, y ello por dos motivos fundamentales. Primero, porque el totalitarismo brutal practicado por el estalinismo y el neoestalinismo en la Europa del Este puso fin a las ingenuas ilusiones que no pocos sectores obreros se habían hecho del marxismo-leninismo. El colapso moral (y material) de la Unión Soviética y sus satélites coincidió, además, con la rápida recuperación económica de la Europa occidental y el advenimiento de una época de relativa prosperidad y estabilidad social y laboral. Contentos y deslumbrados por lo que Galbraith llamó «sociedad de la abundancia» y Ludwig Erhard «bienestar para todos», las clases trabajadoras trocaron pronto sus antiguos sueños redencionales y revolucionarios por el consumismo y el materialismo.

La izquierda histórica ha perdido no sólo la batalla económica y política, sino también su identidad cultural, razón última de que haya renunciado a luchar por el advenimiento de un modelo de vida y de sociedad que responda a sus necesidades e ideales emancipativos. La clase dominante dicta las reglas de juego no sólo en los centros de producción, sino también a extramuros de ellos, esto es, en el ámbito del tiempo libre, del ocio y de los hábitos de vida. Con pocas excepciones, el obrero ha perdido la conciencia de sus propios valores y asumido miméticamente la ideología de 'pan y circo' difundida por los mass media; de ahí su conformismo y su escasa predisposición a liberarse de la condición subalterna y humillante a que el sistema le condena.

La Clave
Nº 363 – abril 2008

sábado, 13 de abril de 2024

Exilio de la filosofía

 Por HELENO SAÑA

Profundamente impresionado por la conducta serena de su maestro Sócrates horas antes de beber la cicuta, Platón escribió su obra Fedón para demostrar que la filosofía sirve no sólo para llevar una vida virtuosa, sino también para morir con dignidad y grandeza. Esta es, también, por lo demás, la lección que Platón nos quiere transmitir: educar al hombre para que éste pueda afrontar siempre con altitud moral los desafíos, embates y reveses del humano vivir.

Filosofar es siempre tener en la mente un ideal o telos que rebase la facticidad del mundo, parte, a priori, de una concepción o intencionalidad teleológica. Todo proceso reflexivo digno de este nombre está impulsado siempre por la búsqueda de lo todavía no-alcanzado. En este sentido es trascendencia de lo dado, o si se quiere, metafísica, esto es, meditación sobre temas y anhelos situados más allá de la physis o realidad física que nos circunda. «¿Quiénes sino los filósofos pueden guiarnos?» se preguntaba con razón Hannah Arendt en uno de sus escritos póstumos.

El pensamiento antiguo concebía la sabiduría como madurez y perfección moral, teleiosis. En esa fase genética del pensamiento universal, la labor teórica tenía como meta la purificación moral o katharsis. Y todo sistema de ideas que no partiera de este planteamiento era considera como vano e indigno.

Hoy nos encontramos a mil leguas de este idealismo. Lo que caracteriza el pensamiento moderno no es la preocupación por lo que en lenguaje pre-moderno se llamaba 'camino de perfección', sino la obsesión de dominar el espacio externo por medio de la ciencia y la técnica. O para decirlo con las palabras de Erich Fromm: «Mientras que en los comienzos de la cultura occidental tanto griegos como judíos veían en el perfeccionamiento de las cosas».

Una filosofía consagrada a elevar moralmente al ser humano, existe hoy sólo a escala residual. De ahí que lo que predomina tanto dentro como fuera de los recintos académicos sea el pragmatismo, el empirismo, el materialismo y el neopositivismo. Subsiste ciertamente una filosofía profesional que ex officio sigue teorizando sobre las grandes cuestiones de la humanidad, pero se trata de una actividad que en general no trasciende del reducido ámbito pedagógico en que se desenvuelve.

El pensamiento filosófico atraviesa desde hace mucho tiempo una profunda crisis, pero ello no impide que algunos de sus representantes logren convertirse en celebridades públicas y adquirir fama de grandes pensadores. Pero con escasas excepciones se trata de productos comerciales fabricados en común por los departamentos de marketing de las grandes casas editoras y los medios de comunicación de masas. Y lo mismo cabe decir de las modas filosóficas que determinados círculos y grupos de presión lanzan al mercado con gran despliegue publicitario. Eso explica que la cultura esté dominada cada vez más por lo que Adorno y Horkheimer denominaron 'industria de la cultura'.

Lo que en todo caso escasea de manera creciente es una filosofía consagrada desinteresadamente a la búsqueda de la verdad y el bien, y lo que todavía queda de ella es silenciado y condenado al ostracismo. De ahí que verdadera filosofía y exilio se hayan convertido en sinónimos.

No se trata en absoluto de un fenómeno nuevo. El drama de la filosofía ha consistido, desde sus orígenes, en concebir modelos emancipativos muy alejados del horizonte histórico y mental de la época en que se gestan. Precisamente porque la filosofía aspira siempre a un mundo mejor y más humano, está en conflicto permanente con el statu quo.

Pero es paradójicamente en épocas a la deriva como la nuestra que la filosofía es más necesaria que nunca. No voy a decir que el mundo debería estar regido por los filósofos, como pensaba Platón, pero sí digo que un mundo que destierre la filosofía al desván de los trastos inútiles está condenado a hundirse en el reino de las sombras tan magistralmente descrito por Platón en su Politeia.

 La Clave
Nº 42, 1-7 febrero 2002

viernes, 1 de marzo de 2024

Patricentrismo y matricentrismo

 

Por HELENO SAÑA

La emancipación de la mujer es uno de los temas más debatidos de nuestro tiempo, también y quizá especialmente en nuestro país. En general —como demuestran los sondeos demoscópicos— la mayoría de los varones son partidarios de la igualdad de derechos entre ambos sexos y rechazan, por ello, la discriminación de la mujer. Aunque en la práctica la mujer siga siendo víctima de toda clase de vejaciones, agresiones y abusos —tanto en el plano físico como psíquico—, es esperanzador que el sexo masculino vaya reconociendo que no tiene el menor motivo para tratar a la mujer como un ser inferior. Hay que preguntarse, de todos modos, si la mujer habrá alcanzado su plena emancipación cuando haya dejado de ser discriminada por el hombre. Creo que no. Creo efectivamente que la emancipación de la mujer presupone no sólo la paridad de derechos con el hombre, sino la superación de todo el sistema patricéntrico de valores que ha regulado hasta ahora y sigue regulando la vida occidental y demás regiones del globo. Este patricentrismo, basado esencialmente en la voluntad de poder, el afán de dominio, la violencia, las guerras y otras patologías, es el origen y causa de la civilización inhumana y brutal en la que estamos inmersos.

Hoy como ayer existe un inmenso exceso de patricentrismo y un terrible déficit de matricentrismo, término este último que empleo como sinónimo de amor, de ternura, de espíritu de paz y de voluntad de reconciliación. Con ser más que justas, las reivindicaciones del movimiento feminista predominante me parecen asombrosamente superficiales y restrictivas, ya por el solo hecho de que pretenden conseguir la emancipación de la mujer sin salirse del sistema de valores hoy vigente. Y lo que digo sobre el movimiento feminista en general, reza también para los varones que favorecen la emancipación de la mujer sin plantearse al mismo tiempo la necesidad de poner fin a las estructuras represivas del orden actual, condición previa para la liberación tanto de la mujer como del hombre. A esta progresía masculina de clase media ilustrada y de medias tintas ideológicas, pertenece en lugar destacado el señor Zapatero, que por algo ha declarado públicamente ser un feminista. Desgraciadamente y en contradicción abierta con el supuesto feminismo de que alardea, la política realizada hasta ahora por él es patricentrista de los pies a la cabeza. Patricentrista porque está al servicio de un macrocosmos económico, social y político basado no sólo en la desigualdad entre ambos sexos, sino en la desigualdad entre unas personas y otras. Auténtica emancipación es algo más que poder ser ministra en un Gobierno o ganar lo mismo que el colega en la fábrica o en la oficina; significa vivir en un mundo humano y justo en el que se hayan eliminado o reducido al mínimo las lacras de la sociedad actual, desde los principios agresivos de competencia y rivalidad a la explotación de unas clases por otras. Mientras subsistan estas injusticias, la mujer vivirá, lo mismo que el hombre, en estado de alineación y dependencia, aunque no sea maltratada por ningún varón y gane más que ahora. La mujer sigue siendo hoy víctima de la violencia del varón, pero lo es también de la violencia estructural ejercida por el modelo vigente de sociedad, un tema, este último, que tanto el movimiento feminista al uso como los medios de comunicación y las tribunas supuestamente 'progresistas' silencian o relegan a segundo plano. Existe no sólo la discriminación y la opresión de la mujer a nivel interpersonal, sino también la que ejerce el sistema a través de su dominio sobre la totalidad social. Se ha comparado a menudo —no sin razón— el movimiento feminista con la lucha reivindicativa del proletariado en la época clásica de la lucha de clases, en la que por cierto participaron también las mujeres. Pero mientras el feminismo actual sólo lucha contra la discriminación de la mujer sin cuestionar los principios del orden imperante, la clase obrera no se limitaba a exigir condiciones laborales y retributivas más justas, sino que su meta final era la supresión del capitalismo, un criterio que era compartido también por la militancia femenina más representativa de entonces, desde Louise Michel a Rosa Luxemburg.

No me queda más que decir que la liberación de la mujer sólo es factible por medio de una lucha en común con el hombre, y viceversa, el hombre no podrá liberarse sin unirse a la mujer. El sistema hace todo lo posible por separarlos, pues sabe que mientras ambos sexos se opongan uno al otro, no se opondrán contra él. Una vez más, divide et impera.

La Clave
Nº 266, 19-25 mayo 2006

sábado, 17 de febrero de 2024

Libertad o libertinaje

Por HELENO SAÑA

A la libertad pertenecen no sólo derechos, sino también deberes, en primer término el de respetar la de los demás. No cumplir con esta segunda dimensión de la libertad significa atentar contra la de los otros, como nos enseñan no sólo las teorías políticas basadas en el concepto de democracia, sino también las reglas más elementales de la educación, el civismo y la convivencia interhumana. Por desgracia aumenta el número de personas que se saltan a la torera estos imperativos éticos y se creen autorizadas a hacer lo que les da la real gana, sin importarles lo más mínimo las consecuencias que su conducta puedan tener para sus semejantes y conciudadanos. La tan cacareada 'sociedad civil' se está convirtiendo de manera creciente en un sociedad incivil dominada por la desconsideración, el atropello y la arbitrariedad. El «todo está permitido» de Iván Karamazov ha dejado de ser una frase de novela para convertirse en pura realidad.

Todo dentro de la ley, se comprende. Para eso estamos en la sociedad permisiva, ¿no? Y lo peor es quizá que nos estamos acostumbrando a ello, como si los malos modales, el egoísmo, los empujones, la grosería o la agresividad verbal o física fueran consustanciales a la naturaleza humana. ¿Qué ha pasado, qué está pasando? Muchas cosas que quienes hemos alcanzado cierta edad no podíamos prever. Sí, tenemos la libertad política que bajo la dictadura echábamos de menos y añorábamos, pero en cambio estamos asistiendo desde hace tiempo a un visible deterioro de la libertad en el ámbito de lo cotidiano, convertida cada vez más en libertinaje. No sé si me equivoco pero pienso que una vida colmada significa algo más que poder ejercer sin trabas los derechos políticos e incluye cosas no menos importantes y decisivas como la de sentirse a gusto con la gente que uno trata y se relaciona, sea en la calle, en el lugar de trabajo, en el seno de la familia, en la escuela, en el barrio donde uno vive, en la tertulia de café o en los parques y lugares de recreo. La felicidad presupone ante todo la paz interior, la cual, a su vez, depende en alto grado de la paz que reine en el entorno social en que uno está inmerso. Ese entorno funciona hoy como una guerra sorda de todos contra todos, y eso explica que quien más quien menos viva en estado de crispación, alteración y preocupación casi permanente. Ya el simple acto de salir a la calle como peatón, como conductor de coche o como usuario de los transportes públicos va unido al riesgo potencial de ser víctima de algún percance desagradable y de tropezar con el malhumor, la insociabilidad y la mala baba de alguno de los muchos conciudadanos que insatisfechos de sí mismos y de su vida se dedican a fastidiar al prójimo. Las carreteras, las aceras y el asfalto de las ciudades se han convertido en una jungla salvaje llena de las amenazas y los peligros más insospechados. También en las grandes urbes de nuestro tiempo el «hombre es un lobo para el hombre», como según Hobbes ocurría en la fase primitiva de la historia. De ahí el desasosiego, la tensión nerviosa y la desconfianza reinantes. Pero también el hogar y el recinto familiar están dejando de ser el remanso de paz que fueron en otros tiempos, como en otras cosas demuestra el número ascendente de matrimonios rotos, la violencia de género y los antagonismos a menudo insalvables y definitivos entre padres e hijos.

El signo distintivo de la libertad bien entendida —que es la única forma legítima de libertad—, radica en su autolimitación voluntaria. Hoy se tiende, por el contrario, a acentuar y reclamar su carácter ilimitado, una exigencia que inevitablemente aboca al abuso. La desmesura que Simone Weil asignaba a la vida moderna reza también y especialmente para la libertad. Está sucediendo lo que Kant quería evitar: que el prójimo fuera degradado a mero objeto de nuestros fines egoístas. El ego del individuo medio es cada vez mayor, mientras disminuye la disposición a reconocer y tener en cuenta el de los otros. La libertad pierde con ello su esencia original para degenerar en una variante más de la prepotencia.

No sé adónde vamos a parar ni veo una salida al problema que estoy analizando aquí someramente. Lo único claro es que no podemos seguir así, a menos que nos pongamos de acuerdo para echar definitivamente por la borda el resto de cultura y de civismo que nos queda. Y eso es lo que probablemente ocurrirá si no hacemos un esfuerzo último para comprender que la libertad es un bien común y no un privilegio o monopolio de quienes no vacilan en abusar de ella

La Clave
Nº 224, agosto 2005

lunes, 9 de mayo de 2022

El vicio del poder

Por HELENO SAÑA

Es inveterado hábito de los gobernantes afirmar que sus medidas, leyes y ordenanzas no tienen ni persiguen otro fin que el del bien común. No cabe duda que ello ocurre de vez en cuando, pero lo habitual ha sido que las decisiones tomadas por los detentadores del poder no hayan tenido otro trasfondo motivacional que el de satisfacer sus pasiones, intereses, resentimientos, fobias o ambiciones personales. Entre las numerosas anomalías, flaquezas y deformaciones de la naturaleza humana, el afán de mandar sobre o contra los demás, ocupa un lugar especial, y ello ya porque sus repercusiones cuantitativas suelen ser mayores y más graves que las de otros vicios. ¿Cuántas tiranías y regímenes de oprobio tienen su origen y raíz en la obsesión de acumular poder? Se trata además de un vicio muy difícil de curar, lo que explica que quienes padecen de él hacen todo lo imaginable para seguir gozando de sus cargos y puestos de mando. Y si algún día se marchan no es voluntariamente, sino porque les echan. Es también vicio muy frecuente y extendido, lo que explica la feroz competencia que reina entre los aspirantes a jefes y mandamases.

Desde Platón y Aristóteles a los teóricos de la democracia moderna, los grandes tratadistas de la 'res publica' han compartido unánimemente el criterio de que el objeto de toda república o comunidad es el bienestar y la felicidad de sus miembros. Bueno será, pues, el gobernante que se atenga a este fin, malo el que no. La experiencia histórica nos enseña infortunadamente que los gobernantes que más abundan pertenecen a esta segunda categoría. Ello fue así en el pasado y sigue siéndolo hoy, tanto en nuestro país como en los demás. La casta política procura en primer lugar velar por su propia felicidad y bienestar, mientras que el sufrido ciudadano de a pie tiene que conformarse con lo que sobra, que en general es insuficiente. Que en sus discursos, mítines y demás actos de propaganda los detentadores del poder afirmen lo contrario, forma parte consubstancial de su oficio, uno de cuyos elementos centrales es el de ocultar o tergiversar la verdad, única manera de conseguir el consenso que necesitan para seguir tirando de la rifita. Lo primero que hacen para seducir al electorado es alardear de idealistas y afirmar que sirven a una causa noble, todo ello desinteresadamente y por puro amor al prójimo, naturalmente. Este supuesto desprendimiento no les impide vivir de la política y acaparar para sí el mayor número posible de privilegios materiales, desde sus opíparos sueldos a las condiciones escandalosamente ventajosas de sus jubilaciones, sin hablar de los cargos y sinecuras que la economía privada suele ofrecerles cuando 'motu propio' o a la fuerza tiene que poner fin a su carrera política. Ello no puede sorprender, ya que al vicio del poder pertenece intrínsecamente el cálculo de sacar provecho material de él. Los desventurados que padecen de este mal quieren no sólo mandar, sino ganar dinero lo más fácil y cómodamente posible. Esta es la dimensión parasitaria de su vico. No fue siempre así. La instrumentalización de la política como medio de vida es un fenómeno relativamente nuevo. En tiempos todavía no muy lejanos, los políticos vivían no del erario público, sino de su profesión, tanto los de clase media como los obreros. Si consagraban su tiempo y sus energías a la 'res publica' era por vocación, no para pasar a formar parte de lo que Proudhon llamó en su día «la casta de los improductivos», como ocurre con los políticos profesionales hoy. Es la diferencia entre una época que tenía ideales y una época cínica que ha perdido el pudor y se guía por la expedita y comodísima moral del «anything goes» y del todo está permitido.

Hace ahora casi quinientos años, nuestro gran clásico Antonio de Guevara escribía en una de sus Epístolas familiares al conde de Acuña: «Porque los príncipes y poderosos señores no se pueden llamar grandes por los soberbios estados que tienen, sino por las grandes mercedes que hacen». Con muy pocas excepciones, los políticos de la nueva hornada obran a la inversa; de ahí que en vez de destinar sus mercedes a los gobernados, como sería su obligación, se las adjudican a sí mismos. Y lo que digo de los políticos vale también para los partidos. Me permito afirmar, sin la menor vacilación, que en el mundo no existe ningún partido mayoritario o representativo que se plantee en serio y con todas las consecuencias servir a la humanidad y, sobre todo, a su parte más necesitada, débil, desprotegida y falta de pan y de trabajo, razón principal de que todo lo importante vaya de mal en peor.

19 marzo 2019

 Fuente: https://joseluisbalbin.es/el-vicio-del-poder/

lunes, 4 de abril de 2022

Gente corriente

Por HELENO SAÑA

Llamo así al sector mayoritario y anónimo de población que trabaja, que no gana mucho dinero, que lleva una vida sencilla y poco espectacular, que no ocupa cargos importantes, que carece de poder, que obedece más que manda y que no tiene otra ambición que la de vivir en paz y ser feliz a su manera. A pesar de que esta gente corriente, la que sostiene en sus hombros el peso de la sociedad y nos asegura el funcionamiento de todo lo que necesitamos para vivir y sobrevivir, se habla poco de ella, como si se tratara de un factor subalterno del metabolismo social. En cambio, los medios de comunicación nos invaden días tras días y hora tras hora con toda clase de noticias, reportajes, chismes y habladurías sobre las minorías improductivas y parasitarias cuyo único mérito es el de haber sabido convertirse en personajes de moda y de relumbrón, desde los futbolistas y las estrellas de televisión, los políticos de turno y demás 'beatiful people'. Es la moral propia de lo que Guy Débord llamaba «sociedad del espectáculo», un espectáculo cada vez más deprimente y chabacano, también más escandalosamente injusto.

No se trata sólo de que la gente corriente esté mal pagada y gane infinitamente menos de lo que se embolsan los pavos reales fabricados por los «mass media», la publicidad y la industria del entretenimiento; lo peor es que se la ignore y el silencio que se guarda sobre ella, sobre sus apuros materiales, sobre la inseguridad creciente de sus empleos o sobre su miedo a engrosar el ejército de reserva de la población activa, como denominaba Marx a los obreros sin trabajo. La nuestra es una época cada vez más impúdica. No de otra manera puedo calificar a un modelo de civilización que niega el pan y la sal a sectores humildes de la sociedad y reserva el «maná» a sus estratos privilegiados. Y encima tienen el cinismo de afirmar que vivimos en una democracia basada en la igualdad de oportunidades y derechos.

Me entristece que la gente no se rebele contra este vergonzoso estado de cosas y acepte resignadamente su suerte. No fue siempre así. Hubo momentos históricos en los que la gente del montón supo hacer frente a sus amos y pedirles cuentas por su innoble y canallesca conducta. Desgraciadamente, el pueblo llano de hoy no es el de otros tiempos. Se ha vuelto manso y dócil. De ahí, que en vez de dar rienda suelta a su descontento, opte por interiorizarlo y sepultarlo en el fondo de su conciencia. Y cuanto más calla y obedece más puntapiés recibe de sus mandamases de turno. La gente corriente ha dejado de ser una fuerza colectiva coherente para convertirse en masa amorfa y manipulable. Y los que le queda de organización vertebrada no es más que una pálida y cadavérica sombra de lo que fue antaño. Me refiero, claro está, a los sindicatos, cada vez más débiles, más burocratizados y más integrados en el sistema.

En cuanto a los viejos y nuevos partidos políticos de izquierda, o se han pasado con armas y bagajes a sus antiguos enemigos de clase o llevan una existencia esperpéntica. Lo que en tiempos menos conformistas que el nuestro se llamaba «la voz del pueblo» ha enmudecido, se ha quedado sin discurso propio. Y porque la gente corriente ha renunciado a hablar por sí misma, consume la desinformación y el pan y circo que ofrecen los medios de información al servicio del 'statu quo' y de la «political correctness».

¿Qué ha ocurrido? Pues sencillamente que la gente corriente, llamada en otros tiempos proletariado o clase trabajadora, ha asumido el mismo individualismo insolidario pregonado y practicado por sus amos. Por eso cada uno tira por su lado en vez de unirse para defender los derechos e intereses comunes a todos ellos. La vieja táctica del «divide et impera» cosecha también aquí nuevos triunfos, con la sola diferencia de que esa táctica se llama hoy competencia. ¿Pero qué es la competencia sino una nueva forma de dividir e enemistar a unos contra otros? La ideología neoliberal hoy dominante ha logrado hacer creer a la gente corriente que lo mejor que puede hacer es olvidarse de todo lo que huela a cooperación y ayuda mutua y elegir el camino de la lucha de todos contra todos, recomendada ya por cierto por Hobbes, el primer teórico de la moral burguesa. Y a esa inhumana, estúpida y retorcida opción se la llama hoy autorrealización, cuando no es más que la forma contemporánea y capitalista de la alienación.

7 febrero 2020

Fuente:  https://joseluisbalbin.es/gente-corriente/


lunes, 15 de marzo de 2021

Lo primero y lo último

Por HELENO SAÑA

El pensamiento antiguo se ocupaba de las causas y las cosas primeras, el de hoy, de lo nuevo y último. Es la diferencia entre una época profunda y una época superficial. Nietzsche, admirador de la cultura griega, concebía la historia humana como el «eterno retorno de lo mismo», la ideología hoy en boga no tiene otra preocupación que la de inventar modas y novedades. Platón consideraba que la verdad se halla en el fondo de nuestra alma, hoy la gente opta en general por buscarla en el aturdimiento, el bullicio y la dispersión. El ideal griego era el de elevarse a las alturas de lo bueno, lo bello y lo verdadero, la aspiración del hombre contemporáneo la de divertirse y pasarlo bien. Hemos entrado de lleno en un estadio histórico irreverente que ha perdido todo respeto a los valores eternos y vive sin principios estables y sólidos.

El culto a lo nuevo es, originariamente, un producto del mesianismo o profetismo hebreo. A la inversa de los griegos, que tienen una concepción positiva y cíclica del cosmos, los judíos, insatisfechos de sí mismos y de su adverso destino aquí en la tierra, viven pendientes de la llegada del mesías. Lo verdadero no es el aquí y ahora, sino lo que un día llegará en forma de redención, una visión escatológica que el cristianismo asume plenamente. Liberado de su contexto religioso y debidamente secularizado, el mesianismo judío se convertirá, a través de la dialéctica ascendente y apologética de Hegel y Marx, en profecía revolucionaria.

Tras el fracaso de la utopía hegeliano-marxista, el fetichismo de lo nuevo ha pasado a manos del capitalismo, y dentro de éste, de Norteamérica, un país sin raíces históricas profundas cuyo pasado más lejano es el de los comienzos de la Modernidad europea, de la que hereda y potencia al máximo el culto a la técnica y a los descubrimientos científicos, pero sin asumir, su trasfondo cultural. ¿Qué es el 'american way of life' sino la versión vulgar y simplificada del culto moderno al progreso? Los antiguos griegos entendían por progreso el perfeccionamiento humano, moral e intelectual de la persona, una concepción compartida por el humanismo renacentista y la Ilustración; para la cosmovisión vigente el progreso consiste en inundar cada vez más aceleradamente el mercado con toda clase de productos y artículos de consumo, y ello con el solo objeto de ganar dinero, el ideal contemporáneo por antonomasia. Para la cultura universal, lo primero ha sido siempre el espíritu; la sociedad tardocapitalista lo ha degradado a último lugar, elevando en cambio a 'summum bonum' la posesión y el goce de los bienes materiales. El lema básico de los estoicos era el de vivir de acuerdo con las leyes de la naturaleza, 'secundum naturam vivere'; el de hoy, seguir las leyes del reino artificial creado por el marketing, el mercado y la publicidad, una trasformación de todos los valores que la 'doxa' al servicio del sistema ha bautizado de pluralismo y diversidad.

El reverso de la medalla es el mundo irracional, conformista, agónico y sin rumbo fijo que el gran filósofo franco-griego Cornelius Castoriadis ha descrito hace poco en su libro Une societé à la derive, publicado 'post mortem'. Es el precio que hay que pagar por el intento de vivir al margen o en contra de la ética, el instinto de conservación, el buen gusto y lo que los antiguos llamaban 'phronesis' o discernimiento y cordura. La factura nos viene en forma de vacío y malestar interior, miedo, frustración, resentimiento y agresividad general.

Por muy alienado que el hombre esté, no puede ignorar que está malgastando y despilfarrando estúpidamente su vida, cada vez más absurda y carente de sentido. No creo que hayamos venido al mundo para autodegradarnos y sucumbir a nuestros instintos más bajos, sino más bien para superarlos y dar a nuestro paso por la tierra la máxima elevación moral posible. No intentarlo me parece una traición a lo que en lenguaje alemán se llama bellamente 'Bestimmung', término que en castellano significa una síntesis entre destino, determinación y vocación. Ser fieles a esta 'Bestimmung' es, por lo demás la condición previa para vivir reconciliados con nosotros mismos y con nuestros semejantes. O esto o la guerra de todos contra todos que tenemos ahora. Soy plenamente consciente de que lo que estoy diciendo suena a rancio y anacrónico, incluso a sermón dominical. Pero aparte de que admiro más lo antiguo que lo moderno, pienso, como uno de los personajes de Dostoievski, que a veces hay que tener el valor de cubrirse de ridículo.

LA CLAVE
Nº 287 / 13-19 octubre 2006

lunes, 26 de noviembre de 2018

La felicidad


Por HELENO SAÑA

Cuanto más viejo me hago y más experiencia acumulo, más persuadido estoy de que la vida sólo adquiere su pleno sentido cuando la vinculamos a un ideal que trascienda el área escueta y limitada de nuestro yo. Pensar sólo en sí mismo me ha parecido siempre una forma de la autorreducción y la autonegación. He vivido y moriré con la profunda convicción de que lo único que puede darnos la paz de espíritu que siempre anhelamos es el intento de ser buenos. Y creo asimismo que todo modo diferente u opuesto de conducta no conduce más que al extravío y la alienación, como le ocurre hoy frecuentemente al individuo medio de la sociedad de consumo.

No se trata de seguir o asumir miméticamente los principios de una doctrina religiosa, de un sistema de ideas o de una ideología, sino de elegir voluntariamente y por convicción propia una determinada manera de ser y de obrar. La moral deontológica, desde la mosáica a la kantiana, es por sí sola insuficiente para movilizar nuestra buena voluntad y nuestros buenos sentimientos, ya por el hecho de que nos llega en forma de imposición externa. Sin nuestra participación interior, toda moral o credo religioso acaba por convertirse en letra muerta o en rito mecánico. También en el plano de la conducta ética, la verdad se halla en el interior del hombre, como sabía ya San Agustín, o en las «raisons de coeur» de que nos habla Pascal.

He llegado desde hace tiempo a la conclusión de que la forma más bella de ser felices es la de contribuir a la felicidad de nuestros semejantes. Quienes no comprendan este principio ético o norma de conducta no comprenderán tampoco lo que es la verdadera dicha. Yerran quienes creen que la felicidad es un bien fundamentalmente individual o solipsista; se trata, al contrario, de un bien vinculado intrínsecamente a los demás. Si recuerdo todo esto es porque el mundo moderno ha conducido a un embotamiento de nuestra sensibilidad comunitaria. El culto al egoísmo y al propio Yo no ha hecho olvidar que vida verdadera y digna de este nombre es siempre vida compartida y en común.

El concepto de lo que Aristóteles llamaba vida buena o lograda se ha externalizado y perdido la dimensión interior y espiritual que el Estagirita —siguiendo aquí a Sócrates y Platón— le adjudicaba. La mayoría de la gente parte del supuesto de que la felicidad consiste en tener éxito, y ello en sentido estrictamente cuantitativo y externo. Ello es por lo demás lógico en una sociedad que lo reduce todo a números, estadísticas, sondeos demoscópicos, estudios de mercado, gráficos comparativos, términos medios y listas de 'best sellers', esto es, a competencia y lucha de todos contra todos. Lógico es asimismo que esta misma sociedad tenga a menos todos aquellos atributos y modos de ser que no se dejan contabilizar, como la conciencia moral, el amor al prójimo, la honestidad, el espíritu de sacrificio, la humildad, la generosidad o la grandeza de espíritu. A diferencia de las actividades externas y tasables, estas virtudes no afloran a la superficie y permanecen alojadas en el interior de las personas que las ejercen. Quien obra bien no compite, sino que sigue únicamente los impulsos de su corazón y los dictados de su conciencia. Y quien espera recompensa o trofeos por sus buenas acciones tampoco comprenderá lo que es la verdadera felicidad, cuya esencia es la de no buscar otra compensación que la de haber hecho el bien. Eso es también lo que pensaba Montaigne: «Pero las acciones virtuosas son demasiado nobles de por sí para buscar otra recompensa que la de su propio valor» (Ensayos, II). El gran solitario francés, imbuido de estoicismo y de cultura clásica, no hacía más que expresar lo que había proclamado siempre la 'philosophia perennis', una tradición interrumpida por la llegada de la burguesía y su apología del individualismo posesivo y de la codicia material. Es a partir de ese momento que el valor del hombre empieza a ser medido por el volumen de su cuenta bancaria.

Freud adjudicaba al hombre dos instintos básicos: el erótico y el tanático. Pero no menos profunda es su inclinación a la vulgaridad y a la autodegradación. Eso explica que haya un gran número de personas que no viven realmente, sino que se limitan a vegetar y a contentarse con el 'Ersatz' (sustituto) que la moda y la publicidad le ofrecen. Son quienes no comprenden que existe una jerarquía de valores y que renunciar a lo elevado y hermoso significa renunciar a la verdadera plenitud.

LA CLAVE
Nº 294 / 1-7 diciembre 2006