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lunes, 25 de noviembre de 2013

Siria. Demonización e izquierda

Por EDUARDO LUQUE

La guerra «humanitaria» llevada a cabo en Libia ha mostrado bien a las claras la manipulación perfectamente organizada que se efectúa desde departamentos expresamente creados para ello. Algo que vemos de nuevo repetido en el caso del conflicto sirio. Pero ni muchos intelectuales, ni en general la izquierda política, parecen darse cuenta plenamente de ello.

«A la rapiña, el asesinato y el robo los llaman por mal nombre
gobernar y donde crean un desierto, lo llaman paz.»
TÁCITO


La izquierda intelectual

Conseguir que alguien o algo represente el mal absoluto, es, en palabras de Diego Fusaro, un arduo trabajo de desinformación. El filósofo italiano define ese proceso como «la demonización preventiva». Cuando las potencias imperiales definen objetivos políticos o militares, las divisiones blindadas del pensamiento único se ponen en marcha. Todos los diarios, todas las transmisiones televisivas, las webs, ahora You-Tube o las redes sociales se utilizan en una campaña coordinada.

Como es un pensamiento totalitario, cuyo método es la manipulación organizada, ha de abarcar tanto a los medios de derechas como a los supuestamente de izquierdas; esto le otorga una pátina de legitimidad, neutralidad política y homogeneidad interclasista. La condición del mensaje es que ha de ser único y uniforme, sin matices ni discusiones. Hoy Siria y su presidente representan la esencia del mal absoluto; no hay matices, no hay análisis de contexto... Armas químicas, violación de los derechos humanos, dictadura, corrupción... son las acusaciones del coro mediático.

La industria de la propaganda cultural hace ya mucho que está en movimiento. Según los correos de Wikileaks es muy anterior al 2006. La campaña, minuciosamente organizada, pretende «formatear a la opinión pública» para crear las condiciones de una intervención humanitaria, sea ésta el «bombardeo humanitario» o la ayuda a los rebeldes. De poco sirve el razonamiento, la relación de las múltiples mentiras utilizadas, las pruebas que se acumulan desde fuentes neutrales… Al-Assad (el demonio sobre la tierra) ha utilizado contra su propio pueblo el gas sarín.

La demonización del gobierno sirio no alcanzaría tal preeminencia si no fuera por la aportación de algunos reconocidos intelectuales de la izquierda. Los ejemplos se multiplican. En un artículo titulado «Contra la intervención militar extranjera, apoyo a la revuelta popular siria» firmado por Gilbert Achcar y publicado en Rebelión el 09-09-2013, el antaño anti-imperialista, ahora dedicado a la justificación de las intervenciones militares en Libia o Siria, afirmaba:

«… Pero el hecho de que el régimen sirio posea armas químicas y los medios para lanzarlas (para montar un ataque con cohetes y artillería de gran envergadura, como ocurrió) está fuera de toda duda, como también lo está su disposición, al modo de un frío asesino en serie, a utilizarlas contra la población civil.»

Es el mismo personaje que en una intervención pública en Madrid, junto a Esther Vivas y Santiago Alba Rico, llegó a decir que la «OTAN había bombardeado poco en Libia». Santiago Alba Rico añadió, en aquella conferencia, que la «OTAN había salvado vidas» en ese país gracias a sus bombardeos. Este autor, que en el caso sirio parece imbuido sin duda del don de la profecía, escribía el 01-09-2013:

«La de los que pretenden que Bashar Al-Assad no ha usado armas químicas. Un asesino que bombardea y lanza misiles a su propia población, que tortura sistemáticamente a su pueblo y degüella a mujeres y niños, es sin duda capaz de arrojar gas sarín o cualquier otra sustancia letal sobre sus ciudadanos.»

Todo ello mucho antes de que los inspectores de la ONU certificaran que se había usado gas. El documento de la ONU se presentó el día 16-09-2013. Sus conclusiones: no sabemos quién utilizó el gas, ni siquiera dónde, ni cuántas víctimas hubo, ni siquiera sabemos por qué se manipularon las imágenes de los afectados. Las únicas pruebas sólidas presentadas, tanto procedentes de expertos rusos como de la misma población civil señalan a la «oposición al gobierno». Expertos en comunicación han demostrado que algunos de los niños que aparecen en los vídeos son en realidad las mismas personas en escenarios diferentes. Algunos niños «gaseados» en Ghouta habían sido previamente degollados; incluso algunos cadáveres llevaban en la muñeca la bandera nacional siria, no la colonial. John Kerry, secretario de Estado, presentó fotos de los cadáveres de la masacre de Ghouta a senadores y congresistas de EEUU. Las instantáneas se habían tomado en realidad hacía 13 años y correspondían a la matanza del ejército estadounidense en la guerra del Golfo, como denunció su autor Marco di Lauro. Estas mismas fotografías habían sido utilizadas por la BBC tres meses antes para ilustrar otra más de las masacres del gobierno sirio... Sin embargo, para los referidos escritores, todo esto carece de importancia. Con una capacidad de visualización más allá del tiempo y el espacio, ya han obtenido todas las respuestas, tienen todas las certezas.


Hay también reporteros que desde su neutralidad proporcionan otras visiones de la guerra en Siria. El reputado corresponsal de guerra Robert Fisk, autor entre otras cosas de La gran guerra por la civilización, y en absoluto proclive al régimen de Al-Assad describe en una de sus crónicas, recogidas por el diario Al-Manar, cómo el documento de más de 100 páginas analizando el ataque con gas en Ghouta y presentado en el Consejo de Seguridad por Rusia no ha sido publicado aún por la ONU; cómo las primeras sospechas de que los rebeldes habían obtenido gas tóxico de Occidente (específicamente de Arabia Saudí e introducido vía Jordania) han dejado de convertirse en hipótesis para tener amplios visos de verosimilitud. François Houtart, en un documento analítico publicado sobre la realidad siria llega a la misma conclusión.[1]

Hay casos de manipulación que son extraordinariamente burdos. Yassin Al-Hajj Saleh, refiriéndose a las manifestaciones contra el presidente Al-Assad en el verano del 2011, hace estas afirmaciones en un artículo publicado en Rebelión el 20-12-2011:

«Las protestas siguieron extendiéndose y a lo largo del verano, centenares de miles de personas se aglomeraron en la plaza del río Orontes, en Hama y en Deir Ezzor, y otros cientos de miles y decenas de miles se reunían en distintos puntos de Siria...»

El autor parece haber recogido la información suministrada directamente por la prensa anti Assad, sin haberse molestado en contrastar ni siquiera las fotografías que ilustraban los comentarios. En esos días, distintos diarios españoles (ABC, El País, El Mundo o Público) en algunas de las ediciones de agosto del 2011 publicaban reportajes haciéndose eco de las manifestaciones contra el gobierno de Al-Assad. La realidad era todo lo contrario. En esos días, las hemerotecas están llenas de imágenes de manifestaciones a favor del gobierno pero que los titulares señalan que son contrarias: en Hama, Homs, en la Plaza Saadallah al-Jabri, en Damasco... Que el desconocimiento de los reporteros y su parcialidad sean tan evidentes no es de extrañar, para eso cobran. Pero que supuestos intelectuales de izquierda se hagan eco de la propaganda y sobre ella construyan un edificio de mentiras, es algo que aterra.

En general, la posición de los intelectuales de izquierda es una política que debilita los sentimientos contra la guerra y pone el acento positivo en una rebelión que Occidente apoya militar y económicamente. Una de las consecuencias de las múltiples declaraciones y peticiones transformadas en gestos vacíos es acabar, como Almudena Grandes, pidiendo y justificando la intervención occidental. El magnífico artículo de Ángeles Díez Rodríguez: «La complicidad de algunos intelectuales en la guerra imperial contra Siria», es, en este sentido, clarificador. Se pierde la brújula y se acaba por perder hasta el sentido común. ¿Es menos dictador Sadam Hussein que Al-Assad? Entonces, ¿por qué Almudena Grandes, la conocida escritora, apoyó en su momento el «NO a la guerra» y ahora pide el bombardeo humanitario?... tal vez porque antes había miles de manifestantes en las calles y ahora no. ¿Cómo justifican las matanzas de la oposición yihadista, los coches bomba contra la Universidad de Alepo en pleno período de exámenes? ¿Cómo pueden justificar el saqueo de los impresionantes sitios arqueológicos de Aphamea, Palmira o Bosra, desde donde los «rebeldes» están arrancando los restos arqueológicos con excavadoras para venderlos en Turquía o Jordania? Obviamente los autores no dirán que ellos «apoyan» a los extremistas violentos. Es difícil justificar los actos de canibalismo de sectores de la oposición. En general, orillarán el tema; sencillamente, no se manifestarán, y no lo harán porque es una realidad muy incómoda que no se ajusta a sus teorías. Este pseudo-discurso progresista acaba afirmando que el pueblo sirio se ha quedado sólo aunque, en realidad, el flujo constante de armas y dinero, proveniente de Occidente, se ha visto incrementado a medida que pasaban los meses pasaban.

El 11-04-2013, también en el digital Rebelión, se publicaba un documento titulado «Solidaridad con la lucha por la Dignidad y la Libertad Siria» y la «Declaración sobre la revolución siria de las fuerzas de izquierda participantes en el Foro Social Mundial». En ambos casos los llamamientos a la solidaridad con la «Revolución siria» son continuos. Pero la pregunta queda en el aire: ¿a quién apoyan? Se menciona a unos supuestos «revolucionarios sirios», que nadie sabe dónde se encuadran, ni cuál es su nivel de representatividad, y especialmente qué peso específico tienen entre las decenas de miles de combatientes opositores, la inmensa mayoría extranjeros, que han acudido a la llamada de la «yihad islámica».

Algunos de los autores firmantes de la petición van más lejos. Valoran como muy positivo que el embajador de Estados Unidos en Siria haya participado en manifestaciones en contra del gobierno, pero muy negativamente que el presidente Obama no haya querido implementar «un corredor aéreo humanitario». Algunos de los autores antes referidos sostuvieron la misma proposición en la guerra de Libia, sin que los casi 120.000 muertos que ocasionaron las decenas de miles de bombas caídas sobre el país les hayan empujado a reflexionar, ni mucho menos a reconocer su enorme error. Hoy sabemos, porque el personaje alardea de ello, que fue Soliman Bouchuiguir (actualmente embajador de Libia en Suiza y ex presidente de la Liga Libia por los Derechos Humanos) quién generó el paquete de mentiras que justificaron la intervención humanitaria de la OTAN. Él fue, con apoyo de los medios occidentales, quien inventó que la aviación de Gadafi estaba masacrando a su pueblo. Él invento las «supuestas matanzas de civiles» en Bengasi. El propio embajador ha reconocido este hecho, aunque a nuestros «intelectuales» no parece preocuparles excesivamente esta incongruencia.

El esquema que se está utilizando es ya clásico; nos lo recuerda el filósofo Domenico Losurdo. Posiblemente el primer caso evidente fue la caída del presidente rumano Ceaucescu. Se justificó el Golpe de Estado por las imágenes brutales de cadáveres desmembrados, atados con alambre de espino... en la ciudad de Timisoara, (1989). Hoy sabemos que en realidad se cogieron cadáveres de la morgue o se desenterraron, para posteriormente mutilarlos, presentarlos delante de las cámaras de las TV y atribuirlos a una represión policial tal que justificara la destrucción del estado rumano y la privatización de sus recursos.

Para el filósofo italiano Giorgio Agabem el caso de la ciudad rumana es el «Auschwitz de la sociedad del espectáculo. Incluso se ha dicho que si después de Auschwitz es imposible escribir y pensar como antes, después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera».

El esquema desarrollado en la ciudad rumana sirvió de modelo para hechos posteriores. Se repitió en Racak, en enero de 1999, en los Balcanes. Las «supuestas matanzas» de civiles, desautorizados por los mismos forenses enviados por la ONU, que demostraron que había sido un combate entre fuerzas militares enfrentadas, sirvieron para justificar el bombardeo de Serbia y promover la independencia de Kosovo. Gracias a eso EEUU pudo instalar la mayor base militar en Europa en el nuevo país independiente. El método se perfeccionó en Irak, Kuwait, Libia, ahora en Siria... Pero el esquema siempre es el mismo: la reductio ad Hitlerum («la reducción a Hitler», término creado por Leo Strauss, como nos recuerda en su artículo Diego Fusaro). Básicamente es construir en torno al objetivo de turno la imagen de un nuevo «Hitler» rodeado de la aureola de la maldad absoluta. Allí se mezclará todo el mundo, desde Sadam Hussein a Gadafi, de Chávez a Ahmadinejad. Todos son nuevos Hitler y donde aparece el nuevo nazismo, siempre tiene que haber la nueva Hiroshima, es decir, el bombardeo «legítimo» y «ético».

Pasamos así a justificar «la guerra humanitaria»; esta tiene varios objetivos; el primero es autojustificarse; el segundo, de cara a la opinión pública, es arrebatar al enemigo su condición humana, lo que permite hacer aceptable la intervención militar «puntual», tal y como en un principio señalaban Obama, Hollande o Cameron. La falta de alternativas al discurso dominante, la claudicación de los que tendrían que ser referentes alternativos y críticos acentúa esa realidad.

La memoria del ciudadano es corta como la de los peces; cree «a pies juntillas» aquello que ve en horas de máxima audiencia, repetido por los medios ad nauseam. El objetivo es alcanzar así «el uso estratégico de lo falso». En el 2010 algunos de los papeles de Wikileaks revelaron la preocupación del Departamento de Estado y los servicios secretos por la respuesta social a la guerra de Irak. Narran los e-mail filtrados la puesta en marcha de una campaña sistemática de penetración en organizaciones políticas y sociales que permitiera paralizar las protestas. Es un hecho conocido que determinados gobiernos, entre los que destaca el israelí, están contratando, mediante subvenciones directas o indirectas, a licenciados en informática o blogueros para que, a través de las redes sociales, puedan extender los conceptos y la filosofía de los gobiernos de turno.

La izquierda política

Si, como hemos señalado, la posición de algunos intelectuales «críticos de izquierda» es una mezcla que transita entre el deseo y la fantasía, hay en cambio posiciones en sentido contrario muy importantes, como la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, con figuras tan reconocidas como Pérez Esquivel, Frei Betto, Ramsey Clark o Atilio Borón, firmantes de un documento titulado «Frente a la agresión extranjera contra Siria, levantemos nuestras voces», donde se denuncia la agresión contra Siria.

La posición de las fuerzas políticas progresistas es en general confusa. Tenemos desde partidos políticos de carácter internacional que, como el Partido Comunista Griego (KKE), se posiciona contra la guerra, hasta el Partido Comunista Francés, que sostiene las mismas posturas belicistas que el presidente Hollande o el Partido Socialista Francés. En paralelo, el Partido Laborista inglés, sumando apoyos desde la derecha conservadora, consiguieron derrotar al primer ministro Cameron, que planteaba la intervención militar.

Mientras en España el PCE, IU, PSUC-Viu, PCPE o Red Roja se han manifestado contra la intervención, contra la guerra y a favor de la solución política al conflicto. El PSOE, como no podía ser de otra forma, ha dado apoyo a la intervención alineándose con el gobierno del PP y con las fuerzas imperialistas. Otras fuerzas políticas, la mayoría de matriz trotskista como Izquierda Anticapitalista o Revolta Global, se ven en una situación comprometida, así mismo el PCC, de matriz prosoviética-ortodoxa pero maniatado por sus dependencias institucionales en EUiA e ICV intenta, sin conseguirlo, mantener una cierta «neutralidad». Su propia retórica les lleva a condenar la intervención occidental, pero al mismo tiempo siguen criticando al presidente sirio. Pero los opositores sirios ¿a quién defienden?, ¿dónde están los revolucionarios pro-democracia? Desde el comienzo del conflicto, hace dos años y medio ya, las banderas que ondea la oposición son las de la antigua colonia, ¿cuál es en realidad su objetivo político?

Para estas formaciones trotskistas españolas, el hecho de que la oposición democrática interna haya participado en las elecciones municipales o haya apoyado el referéndum constitucional es una cuestión absolutamente baladí. Otras organizaciones como Corriente Roja van mucho más lejos y piden el flujo continuo de armas a los rebeldes, presentados poco menos que como héroes internacionalistas. Eso incluye a los que bombardean diariamente a la población civil en Damasco, los que practican el canibalismo o aquella otra oposición que se vanagloria de degollar a los herejes...


El movimiento contra la guerra, antes tan activo, hoy se encuentra terriblemente debilitado. La campaña mediática lanzada por los gobiernos occidentales y apoyados en parte por esa «izquierda» proclive al bombardeo humanitario ha llevado a estas organizaciones a la práctica desaparición como referente político. La posición de alguna de estas organizaciones a favor del bombardeo de Libia las ha llevado a acrecentar sus contradicciones internas, provocando una auténtica parálisis frente al nuevo ciclo de guerra en Siria.

Al margen de las fuerzas políticas antes mencionadas, otras como ICV, en su declaración del 04-09-2013, buscan una especie de equidistancia política. Es el refugio de las buenas conciencias, aunque en la práctica se iguale así al agresor y al agredido. Frente a unos estados que amenazan a otro, nos declaramos neutrales, somos «ni-nis». La formación ecosocialista basa gran parte de su estrategia política en la guía que le proporcionan las encuestas electorales; su oportunismo político y la presión de los medios para convertirla en una formación socialmente creíble hacen el resto. Así la declaración de los ecologistas centra su crítica en el gobierno sirio «... ICV condemna la violència del régim d’Al Assad, responsable de l’escalada del conflicte, així com dels altres bel-ligerants...».

En general todas estas fuerzas proclaman su apoyo a los «pueblos revolucionarios» y su rechazo a la intervención imperial. Nuevamente nos hemos de remitir a las hemerotecas. Desde el inicio fueron las potencias neocoloniales las primeras en apoyar esas «revueltas». Desde el primer día, los gobiernos occidentales, en paralelo a la campaña mediática orquestada, sacaron resolución tras resolución haciéndose eco de su apoyo a los «pueblos oprimidos». Para las formaciones políticas de izquierda es una contradicción casi irresoluble. ¿Cómo dar soporte a la «primavera siria» cuando ésta es apoyada por las potencias imperiales que desean apropiarse del país?, y ¿qué decir cuando son los propios «revolucionarios sirios», al igual que hicieron los «rebeldes libios», los que piden la intervención militar? ¿Quién es ese pueblo revolucionario que pide el bombardeo humanitario?, ¿a quién representa?

La falta de claridad en las propuestas de esta formación, la más importante de la izquierda catalana, se hace más y más evidente. Se critica la acción militar en ciernes de EEUU, puesto que ella se hace sin el apoyo de la ONU pero, si tuviera tal apoyo como en el caso libio, ¿serían justificables las decenas de miles de muertos que ocasionaría la intervención?

La deriva de la izquierda española es en cierta medida fruto y consecuencia de los aires que recorren la izquierda europea, donde el PCF —cabeza dominante en el PIE (Partido de la Izquierda Europea)— da apoyo a las propuestas del presidente Hollande a favor de la intervención militar. La declaración en el Foro Social de Túnez, apoyando a la «revolución siria» debemos medirla por el rasero de sus promotoras, la mayoría, como hemos señalado, de base trotskista, y algunas una mera página en Internet. La izquierda italiana, a través de sus medios de comunicación como L’Unità o La Repubblica, se alinea con la ideología dominante. Mientras, los gobiernos progresistas latinoamericanos han dado apoyo sin ambages al gobierno de Al-Assad.

Siria constituye hoy una síntesis de las contradicciones de la izquierda intelectual y política. Una izquierda que frente a una situación compleja en lo nacional y lo internacional tiene enormes dificultades para orientarse en los nuevos escenarios especialmente dinámicos que la decadencia de un Imperio y el ascenso de otros evidencian.

EL VIEJO TOPO
Nº 310, Noviembre 2013.



Nota

miércoles, 2 de enero de 2013

Respuesta a la izquierda anti-antiguerra

Por JEAN BRICMONT 

Incapaz de concretar su necesaria reconstrucción ideológica después de la desaparición del «hermano mayor» soviético, la izquierda europea se pierde hoy en día en luchas sobre los valores e instituciones de la sociedad ya existente, en el plano interno, y a favor del intervencionismo humanitario, en materia de política exterior. Hundida de lleno en la incoherencia, esa izquierda está llamando al imperialismo estadounidense a «garantizar» la protección de los pueblos. Pero, ¿cómo se puede pretender proteger a los demás cuando uno mismo ha renunciado a su propia libertad?




Desde los años 1990, y sobre todo después de la guerra de Kosovo, en 1999, los adversarios de las intervenciones occidentales y de la OTAN han tenido que enfrentar lo que pudiéramos llamar una izquierda (y una extrema izquierda) anti-antiguerra, en la que se inscriben la socialdemocracia, los Verdes y la mayor parte de la izquierda «radical» (como el Nuevo Partido Anticapitalista [1], diferentes grupos antifascistas, etc.) [2]. Es una izquierda que no se declara abiertamente favorable a las intervenciones militares y que a veces llega a criticarlas (aunque en general, critica únicamente las tácticas aplicadas y las intenciones, vinculadas al petróleo o de orden geoestratégico, atribuidas a las potencias occidentales), pero que dedica la mayor parte de sus energías a «advertir» contra las supuestas derivas del sector de la izquierda que se mantiene firmemente opuesto a esas intervenciones.

Esa izquierda anti-antiguerra nos llama a apoyar a las «víctimas» en contra de los «verdugos», a ser «solidarios con los pueblos en contra de los tiranos», a no ceder ante un «antiimperialismo», un «antiamericanismo» o «antisionismo» simplificadores y, sobre todo, a no convertirnos en aliados de la extrema derecha. Después de los albaneses de Kosovo —en 1990—, nos ha dicho que «tenemos que proteger» sucesivamente a las mujeres afganas, a los kurdos iraquíes y, más recientemente, a los pueblos de Libia y de Siria.

No se puede negar que esa izquierda anti-antiguerra ha resultado extremadamente eficaz. La guerra contra Irak, presentada como la lucha contra una amenaza imaginaria, suscitó una oposición pasajera, pero sólo ha habido una débil oposición en las filas de la izquierda ante las intervenciones presentadas como «humanitarias», como la de Kosovo, los bombardeos contra Libia o la actual injerencia en Siria. Toda reflexión sobre la paz o el imperialismo ha sido simplemente barrida por la invocación del «derecho de injerencia», de la «responsabilidad de proteger» o del «deber de ayuda a un pueblo en peligro».

Una extrema izquierda nostálgica de las revoluciones y las luchas de liberación nacional tiende a analizar cualquier conflicto interno en determinado país como una agresión de un dictador contra su pueblo oprimido que aspira a la democracia. La interpretación, compartida por la izquierda y la derecha, sobre la victoria de Occidente en la lucha contra el comunismo ha tenido un efecto similar. 

¿Quién es ese «nosotros» al que se llama a «proteger e intervenir»? 

La ambigüedad fundamental del discurso de la izquierda anti-antiguerra reside en saber quién es ese «nosotros» que debe proteger, intervenir, etc. Si se trata de la izquierda occidental, de los movimientos sociales o las organizaciones de defensa de los derechos humanos, habría que hacerles la misma pregunta que hizo Stalin al referirse al Vaticano: «¿Con cuántas divisiones cuentan ustedes?» Efectivamente, todos los conflictos en los que se supone que «nosotros» debemos intervenir son conflictos armados. Intervenir significa entonces intervenir militarmente. Y para intervenir militarmente, hay que disponer de medios militares.

Medios que, evidentemente, la izquierda europea no tiene a su disposición. Podría recurrir cuando más a los ejércitos europeos, en vez de recurrir a las fuerzas armadas de Estados Unidos. Pero los ejércitos europeos nunca intervienen sin un apoyo masivo de Estados Unidos, lo cual implica que el verdadero mensaje de la izquierda anti-antiguerra es el siguiente: «Señores americanos, ¡hagan la guerra, no el amor!» Peor aún, dado que después de su debacle en Afganistán e Irak los estadounidenses no van a arriesgarse a mandar fuerzas terrestres, lo que se le pide a la US Air Force, y únicamente a ella, es que bombardee a los países violadores de los derechos humanos.

Se puede argumentar, por supuesto, que el porvenir de los derechos humanos debe ponerse en manos del gobierno de Estados Unidos y depender de su buena voluntad, de sus bombarderos y de sus drones. Pero lo importante es entender que ese es el verdadero significado de los llamados a la «solidaridad» y las exhortaciones de «apoyo» a los movimientos secesionistas o rebeldes implicados en las luchas armadas. Esos movimientos, en efecto, no tienen ninguna necesidad de eslóganes coreados en «manifestaciones de solidaridad» en Bruselas o en París y no es eso lo que piden. Lo que quieren es armamento pesado y bombardeos contra sus enemigos y eso sólo puede proporcionarlo Estados Unidos.

Si fuese honesta, la izquierda anti-antiguerra tendría que asumir esa opción y llamar abiertamente a Estados Unidos a bombardear allí donde se violen los derechos humanos. Pero tendría que asumir esa opción hasta sus últimas consecuencias. O sea, reconocer que la clase política y militar que supuestamente debe salvar a los pueblos «victimas de sus tiranos» es precisamente la misma que desató la guerra contra Vietnam, que impuso el embargo y las guerras contra Irak, la misma que impone sanciones arbitrarias contra Cuba, contra Irán y contra todos los países que le desagradan mientras que sostiene a toda costa a Israel, la misma que se opone por todos los medios —incluyendo los golpes de Estado— a todos los reformadores surgidos en América Latina —desde Arbenz hasta Chávez, pasando por Allende, Goulart y tantos otros— y que explota desvergonzadamente los recursos y trabajadores en todas partes del mundo. Hace falta una enorme cantidad de buena voluntad para ver en esa clase política y militar el instrumento de la salvación de las «víctimas». Sin embargo, eso es, en la práctica, lo que predica la izquierda anti-antiguerra ya que, debido a la correlación mundial de fuerzas, no existe ninguna otra instancia capaz de imponer su voluntad por medios militares.

Por supuesto, el gobierno de Estados Unidos apenas sabe de la existencia la izquierda anti-antiguerra. Cuando Washington decide si se mete o no en una guerra lo hace únicamente en función de sus propias posibilidades de éxito, de sus propios intereses, de la oposición interna y externa a la guerra, etc. Y cuando desencadena una guerra, Washington quiere ganarla cueste lo que cueste. Así que no tiene ningún sentido pedirle a Washington que solamente emprenda intervenciones buenas, únicamente contra los malos de verdad y con medios amables que garanticen las vidas de civiles e inocentes.

Quienes llamaron a la OTAN a «mantener los progresos de las mujeres afganas», como hizo Amnesty International USA en la reunión de la OTAN en Chicago [3], de hecho están llamando a Estados Unidos a intervenir militarmente y, entre otras cosas, a bombardear a los civiles afganos y a enviar drones a violar el espacio aéreo de Pakistán. Y no tiene ningún sentido pedir a Estados Unidos que proteja y que no bombardee, porque eso va en contra del modo de funcionamiento de los ejércitos.

Uno de los temas favoritos de la izquierda anti-antiguerra es llamar a quienes se oponen a las guerras a no «apoyar a los tiranos», en todo caso a no apoyar al tirano del país atacado. El problema es que toda guerra exige un masivo esfuerzo de propaganda, y que esta última se basa en la demonización del enemigo, sobre todo de su dirigente. Para oponerse eficazmente a esa propaganda, no se puede hacer otra cosa que denunciar las mentiras de la propaganda, contextualizar los crímenes del enemigo y compararlos a los de nuestro propio bando. Tarea necesaria pero ingrata y arriesgada para quien la realiza ya que el menor error le valdrá eternos reproches, mientras que las mentiras de la propaganda de guerra siempre se olvidan al término de las operaciones.

Ya en tiempos de la Primera Guerra Mundial, Bertrand Russell y los pacifistas británicos eran acusados de «apoyar al enemigo», sin tener en cuenta que si se dedicaban a desmontar la propaganda de los Aliados no era porque les gustara el Kaiser si no porque defendían la paz. La izquierda anti-antiguerra adora denunciar «el doble rasero» de los pacifistas coherentes que denuncian los crímenes de su propio bando pero que contextualizan o refutan los crímenes atribuidos al enemigo del momento (Milosevic, Gadafi, Assad, etc.). Pero ese «doble rasero» no es otra cosa que el resultado de una opción deliberada y legítima: la de luchar contra la propaganda de guerra allí donde nos encontramos, o sea en Occidente, propaganda que a su vez se basa en una demonización constante del enemigo atacado y en la idealización de quienes lo atacan.

La izquierda anti-antiguerra no goza de la menor influencia sobre la política estadounidense, lo cual no quiere decir que carezca de efectos. Por un lado, su retórica insidiosa ha permitido neutralizar todo movimiento pacifista o antiguerra, pero también ha hecho imposible toda posición independiente de parte de un país europeo, como la de la Francia de De Gaulle, o al menos como la de la Francia de Jacques Chirac o la Suecia de Olof Palme. Hoy en día ese tipo de posición se vería inmediatamente bajo el fuego de la izquierda anti-antiguerra, que dispone de una resonancia mediática considerable y que tildaría esa actitud de «apoyo al tirano», de política digna de la época del Pacto de Múnich y de «crimen de indiferencia».

Lo que ha logrado la izquierda anti-antiguerra es destruir la soberanía de los europeos ante Estados Unidos y liquidar toda posición de izquierda independiente ante las guerras y el imperialismo. También ha llevado a la mayoría de la izquierda europea a adoptar posiciones que contradicen por completo las de la izquierda latinoamericana y a erigirse en adversaria de países que, como China y Rusia, están tratando —de forma totalmente justificada— de defender el derecho internacional.

Una extraña característica de la izquierda anti-antiguerra es que siempre es ella la primera en denunciar las revoluciones del pasado como acontecimientos que condujeron al totalitarismo (Stalin, Mao, Pol Pot, etc.) y que constantemente nos advierte contra la repetición de los «errores» cometidos por la izquierda de aquellos tiempos al respaldar a los dictadores. Sin embargo, ahora que la revolución es cosa de los islamistas se supone que tenemos que aplaudir y creer que todo va a ir bien. ¿Y si la «enseñanza que tenemos que sacar del pasado» fuese más bien que las revoluciones violentas, la militarización y la injerencia extranjera no eran la única ni la mejor manera de realizar cambios sociales? 

En vez de reclamar intervenciones, exijamos el estricto respeto del derecho internacional 

A veces se nos responde que hay actuar «con urgencia» (para salvar a las víctimas). Aún admitiendo ese punto de vista, lo cierto es que después de cada crisis la izquierda no ha emprendido ninguna reflexión sobre cómo llegar a una política diferente, que no consista en el respaldo a la intervención militar. Una política de ese tipo exigiría un viraje de 180 grados en relación con la política que predica la izquierda anti-antiguerra. En vez de reclamar más intervenciones, tendríamos que exigir a nuestros gobiernos el estricto respeto del derecho internacional, de la no injerencia en los asuntos internos de los Estados y la sustitución de la confrontación por la cooperación. La no injerencia es mucho más que la simple no intervención en el plano militar. Incluye también la no injerencia en el plano diplomático y en el plano económico: cero sanciones unilaterales, cero amenazas durante las negociaciones y aplicación estricta del principio de igualdad de tratamiento para todos los Estados.

En vez de «denunciar» constantemente a los pérfidos dirigentes de países como Rusia, China, Irán o Cuba invocando los derechos humanos —como le encanta hacer a la izquierda anti-antiguerra— más bien tendríamos que oírlos, dialogar con ellos y poner sus puntos de vista políticos al alcance de la comprensión de nuestros conciudadanos.

Por supuesto, esa política no resolvería los problemas de los derechos humanos en Siria ni en Libia ni en ninguna parte. Pero, ¿acaso se han resuelto hasta ahora? La política de injerencia está agravando las tensiones y la militarización mundial. Los países que se sienten amenazados por esa política, que son muchos, tratan de defenderse como pueden. Las campañas de demonización impiden las relaciones pacíficas entre los Estados, así como los intercambios culturales entre sus ciudadanos y también, de forma indirecta, el desarrollo de las ideas liberales que los partidarios de la injerencia dicen querer promover. A partir del momento en que la izquierda anti-antiguerra renunció a toda política alternativa a esa política, de hecho renunció a ejercer cualquier influencia sobre los problemas del mundo. Contrariamente a lo que afirma, no es cierto que con eso esté «ayudando a las víctimas». En realidad, no hace más que destruir aquí toda resistencia al imperialismo abriendo así el camino a los únicos que realmente actúan, que son a fin de cuentas los gobiernos estadounidenses. Confiarles el bienestar de los pueblos es una actitud absolutamente desesperada.

Esa actitud es un aspecto de la reacción de la mayoría de la izquierda ante la «caída del comunismo», y esa reacción consiste en apoyar precisamente lo contrario de las políticas que siguieron los comunistas, sobre todo en materia de cuestiones internacionales, en las que toda oposición al imperialismo y toda forma de defensa de la soberanía internacional es considerada por la izquierda como una forma de arqueo-estalinismo.

La política de injerencia es una política de derecha, al igual por cierto que la construcción de la Unión Europea, otro importante ataque contra la soberanía nacional. La primera respalda los intentos hegemónicos de Estados Unidos. La segunda apoya el neoliberalismo y la destrucción de los derechos sociales. Ambas se justifican en gran parte con discursos «de izquierda» que invocan los derechos humanos, el internacionalismo, el antirracismo y el antinacionalismo. En ambos casos, una izquierda desorientada por la desaparición del comunismo se ha refugiado en un discurso «humanitario» y «generoso», totalmente carente de análisis realista de la correlación mundial de fuerzas. Con esa izquierda, la derecha prácticamente no necesita ideología, le basta con invocar los derechos humanos.

Sin embargo, esas dos políticas —la injerencia y la construcción europea— están hoy en un callejón sin salida: el imperialismo estadounidense enfrenta enormes dificultades, tanto en el plano económico como en el diplomático, y la política de injerencia encuentra la oposición de una gran parte del mundo. Ya casi nadie cree en otra Europa, en una Europa social, y la Europa que realmente existe, neoliberal (porque es la única posible), no entusiasma a los trabajadores.

Por supuesto, esos fracasos benefician a la derecha y a la extrema derecha, pero es únicamente porque la mayor parte de la izquierda ha creído que el camino hacia la democracia pasa por el abandono de la defensa de la paz, del derecho internacional y de la soberanía nacional. 

Fuente: www.michelcollon.info 



[1] A propósito de esa organización, ver «Colonialiste d’«extrême gauche»?», de Ahmed Halfaoui, 

[2] Por ejemplo, en febrero de 2011, en un volante distribuido en Toulouse (Francia) el tema de Libia y las amenazas de «genocidio» atribuidas a Gadafi se abordaba en los siguientes términos: «¿Dónde está Europa? ¿Dónde está Francia? ¿Dónde está América [Estados Unidos]? ¿Dónde están las ONGs?» y «¿Es más importante el valor del petróleo y del uranio que el pueblo libio?» O sea, los autores del volante, firmado entre otras organizaciones por Alternativa Libertaria, Europa Ecología-Los Verdes, Izquierda Unitaria, Liga de Derechos Humanos, Lucha Obrera, Movimiento por la Paz (Comité 31), MRAP, NPA31, OCML-Vía Proletaria Toulouse, la organización local del Partido Comunista Francés, el Partido Comunista Tunecino, Partido de Izquierda 31, acusaban a los occidentales de no intervenir por razones de interés económico. ¿Qué habrán pensado los autores de ese volante cuando el Consejo Nacional de Transición libio prometió vender a Francia el 35% del petróleo libio? Independientemente de que se haya respetado o no esa promesa o de que el petróleo haya sido o no la verdadera causa de la guerra contra Libia. 

[3] Ver, por ejemplo, «Why I Had to Challenge Amnesty International-USA’s Claim That NATO’s Presence Benefits Afghan Women», de Jodie Evans.

sábado, 20 de agosto de 2011

Más allá de las imposturas intelectuales

«Confieso que soy un viejo izquierdista impenitente que nunca ha entendido cómo se supone que la deconstrucción va a ayudar a la clase obrera. Y soy también un viejo científico pesado que cree, ingenuamente, que existe un mundo externo, que existen verdades objetivas sobre el mundo
y que mi misión es descubrir algunas de ellas.»


ALAN SOKAL

Por Joaquim Prats

Publicado en Escuela (Nov.2010)

Alan Sokal protagonizó, a mediados de los noventa, una sonada anécdota que el famoso físico y matemático definió como una broma a la comunidad científica. Sokal envió un artículo a la acreditada revista Social Text, con el enrevesado título: Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica. El artículo se «coló» fácilmente en la prestigiosa publicación científica.

El escrito estaba plagado de absurdos e insensateces, postulaba un relativismo cognitivo extremo y trufaba todo el texto de formulas y propuestas matemáticas todas ellas sin sentido y expuestas, pretendidamente, sin claridad expositiva. Una gran parte de las frases del artículo procedían de conocidos intelectuales franceses y norteamericanos apóstoles del posmodernismo (Michel Serres, François Lyotard, Jacques Lacan, Jacques Derrida y otros) lo que lo convertía en una antología de «frases celebres» de estos autores.

La intención de Sokal era demostrar que, en determinadas publicaciones muy reputadas en el mundo académico, todo valía. Era el momento del posmodernismo rampante, especialmente en los campos científicos menos desarrollados y con más miseria teórica, como la pedagogía y en otros ámbitos del conocimiento social.

Desvelado el experimento —tan poco ortodoxo— el escándalo que se produjo fue mayúsculo. Los corifeos del posmodernismo, que no sus primeras espadas, corrieron a anatemizar a un «positivista» tan osado. Sokal aceptó las interpelaciones de las que era objeto y publicó un libro titulado Imposturas Intelectuales (1997) que tuvo una gran repercusión avivando la polémica de la ciencia contemporánea. En Imposturas Intelectuales se pretende analizar las propuestas de algunos de los más reputados intelectuales posmodernos, partidarios de las ideas relativistas, que rechazan la tradición racionalista de la Ilustración y que consideraban la ciencia como una «narración» o una construcción social entre muchas.

Sokal desveló en su libro las insuficiencias de conocimientos científicos de muchos de estos autores (Lacan, Braudrilland, Kristeva, etc.) y lo que denominaba su «pedante artificiosidad», y el deliberado abandono de la ciencia como «conocimiento» más objetivo. «En muchos ámbitos —nos dice Sokal— se da por supuesto que todos los hechos están construidos socialmente, las teorías científicas son meros mitos o narraciones, los debates científicos se resuelven mediante la retórica y la formación de coaliciones, y la verdad es sinónimo de acuerdo intersubjetivo».

No era el primero en denunciar el desmantelamiento de las ciencias sociales y los desatinos y logomaquias de muchos gurús del posmodernismo (lo habían hecho con más virulencia Mario Bunge, y con más matices Noam Chomsky, George Steiner o Umberto Eco, entre otros), pero sus objeciones se tomaron por algunos como un ataque a la izquierda hecha por un «físico prepotente».

Trece [once] años después, Sokal ha vuelto a la carga con una nueva obra titulada: Más allá de las imposturas intelectuales. Ciencia, filosofía y cultura (2008). En esta ocasión se trata de un libro en el que denuncia las consecuencias tan desastrosas que ha supuesto el posmodernismo para el pensamiento progresista y de izquierdas. Esta corriente es caracterizada, como también lo hace Eric Hobsbawm, como uno de los fenómenos intelectuales más reaccionarios del pensamiento contemporáneo.

En Más Allá… se tratan de las graves implicaciones sociales y políticas que ha tenido el abandono, por parte de cierta izquierda académica, de una visión científica del mundo. El núcleo duro de esta posición lo resume Noam Chomsky que considera hiriente que algunos intelectuales, que se autocalifican de izquierdas, priven de la posibilidad del conocimiento científico de lo social como un instrumento de emancipación propagando que «proyecto de los Enciclopedistas» está muerto, y «que hemos de abandonar las "ilusiones" de la ciencia y de la racionalidad. Será un mensaje, señala Chomsky, que hará felices a los poderosos, satisfechos de monopolizar estos instrumentos para su propio uso.»

Sokal se plantea qué importancia puede tener el que se difundan las teorías posmodernas. «Para la ciencia natural, dice Sokal, ninguna, nunca les harán caso. Para las ciencias sociales sí, sus efectos negativos son: una pérdida de tiempo en discutir acerca de necedades, pudiendo emplearse ese valioso tiempo en trabajos más útiles; una confusión que favorece el oscurantismo, al renunciar (debido al relativismo) a una herramienta» que puede ayudar a desmontar los mitos y manipulaciones. El posmodernismo causa un grave perjuicio para las causas de izquierda, por las dos razones: si se pierde el tiempo discutiendo estupideces, el intelectual se aísla en su "torre de marfil" y pierde el contacto con la realidad del mundo y sus problemas; por otra parte, si todo es relativo, si todas las ideas son igual de válidas en su contexto, etc., ¿cómo decir que el racismo o el sexismo están "equivocados"?».

La buena noticia es que se está produciendo una refundación de la «modernidad» después del sarampión relativista. Quizá debemos hacer caso a Mario Bunge cuando responde en una reciente entrevista por el secreto de su longevidad. La receta para llegar a los noventa años es clara: «No leer a los posmodernos, no fumar, no beber alcohol y no hacer demasiado deporte. Mantener ágil el cerebro. Si uno deja de aprender, el cerebro deja de funcionar». Tomo nota.

martes, 5 de julio de 2011

¿Decrecimiento o revolución?

Extraído de Lucha Internacionalista

[Este artículo critica
, desde una perspectiva marxista, la tesis del decrecimiento propuesta por Taibo, Amorós y otros popes de la izquierda posmoderna actual. ¿Consumir menos para vivir mejor? Algunos ya tenemos sueldos francamente decrecidos. ¿Y por qué no decrecer los beneficios a nuestros empleadores?]

1.- ¿El crecimiento como motor de la economía capitalista?


Los autores que defienden el decrecimiento parten de identificar el crecimiento como motor/objetivo del sistema capitalista. Así lo define Carlos Taibo: “La visión dominante en las sociedades opulentas sugiere que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los males.” (1) O como sugiere Raúl García-Duran “El capitalismo ha adoptado el crecimiento como “norma de conducta” (2). O aun más cuando se pone el norte en el consumismo, como explica Luís González, al fijar el “incremento constante de la acumulación individual” como la premisa sobre la que se basa el sistema económico (3).

Efectivamente, los discursos de los economistas y políticos capitalistas afirman buscar el crecimiento, y también permitir una mayor acumulación de bienes para cada individuo.

Pero lo esencial es definir lo que realmente mueve la economía capitalista. Al capitalista no le importa desarrollar o destruir producción si con cualquiera de las dos acciones genera beneficio, porque es éste y no cómo conseguirlo lo que mueve su economía. Tampoco le preocupa la cantidad mayor o menor de bienes que queden en manos de la gente en sí misma: si desarrolla el consumismo es tan sólo como un medio para ampliar sus ventas y beneficios; pero de nuevo, ante situaciones de caída de venta de su producción, destruirá una parte de la misma antes que entregarla para satisfacer necesidades, pues el objetivo es preservar la tasa de beneficio, no el aumento del consumo en sí.

En periodos de desarrollo, la forma normal de obtener este beneficio es la “reproducción ampliada de capital” que analizaba Marx, que supone un incremento constante de la producción. Pero no siempre es así. Hemos vivido la aplicación de los acuerdos de la UE sobre las cuotas de producción en el sector primario, con subvenciones por vaca sacrificada o por hectárea abandonada, acompañadas de un discurso “ecologista” sobre la recuperación de hectáreas de bosque. De nuevo la pregunta era: ¿crecer a toda costa como objetivo o mantener el margen de beneficio? Y la respuesta es sin duda la segunda.

En épocas de crisis como la actual, el discurso dominante es la reducción drástica de la producción, con cierres de fábricas y despidos masivos, y ya no digamos cuando nos empuja a guerras. El capitalismo ha salido de las crisis profundas o estructurales con una enorme destrucción de fuerzas productivas. Si un patrón debe optar entre el crecimiento de la producción (más consumo para la población) y el crecimiento del beneficio, no dudamos que decrecerá la producción y pedirá al consumidor que se “apriete el cinturón”.

Esa falsa identificación de ‘capitalismo = crecimiento o mayor consumo individual’ lleva a la fácil pero equivocada conclusión de que ‘anticapitalismo = decrecimiento’. Pero ese enfoque –como veremos más adelante- desarma la resistencia contra los planes de destrucción de puestos de trabajo y de capacidad productiva de las fábricas que impulsa el capitalismo en épocas de crisis como la actual, o sirve para justificar los recortes salariales que la patronal intenta imponer.



2.- ¿Vivimos por encima de nuestras posibilidades?

Hay una segunda afirmación sobre la necesidad de empezar un decrecimiento, al menos en los países imperialistas, que es la siguiente: “reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales”. (4)

Podemos acordar en la necesidad de exigir medidas para limitar las emisiones contaminantes y que reduzcan el consumo de materias primas. Pero ¿realmente vivimos por encima de nuestras posibilidades? El problema de las generalizaciones –como el de las medias estadísticas- es que reparten el consumo entre todos por un igual. Y esta formulación, así expresada, elimina sustancialmente las diferencias de clase, y entre imperialismo y pueblos semicoloniales. Para nosotros el problema es que unos consumen mucho mientras otros, por el contrario, pasan hambre o precariedad.

Para la mayoría de la población y de los pueblos del planeta lo que se impone no es el despilfarro, sino las terribles hambrunas y enfermedades que empujan a millones a la inmigración poniendo en riesgo sus vidas. La respuesta de los decrecentistas es que se debe hablar de desarrollo y no de crecimiento; pero la realidad es que sin un crecimiento real del consumo en muchas vertientes, esta población está condenada. Y ahí no vamos a hacer nosotros la lista de lo que sí pueden tener y lo que no, pero más adelante volveremos sobre este tema. Serán los propios pueblos y trabajadores/as quienes, rompiendo con la dependencia del imperialismo y las multinacionales, puedan definir cuáles son sus propias necesidades y cómo cubrirlas.

Pero hay una segunda parte de ese razonamiento que se aplica a los países imperialistas. En el informe anual sobre Protección e Integración Social del Ejecutivo comunitario, marzo del 2009, se constata que el 24% de la población del Estado español vive en la pobreza o tiene un grave riesgo de caer en ella. Esta terrible situación de deterioro es consecuencia de que en los últimos años la parte de riqueza que se queda el trabajador no ha dejado de decrecer pasando a manos del capital. Entre los trabajadores –particularmente entre inmigrantes y jóvenes- se ha precarizado al extremo el empleo, llegando a no poder comprar o alquilar un piso. Así pues, para la clase trabajadora, al menos para un amplio y creciente sector de la misma, nosotros reclamamos más estabilidad laboral y mejores salarios, y esto se traduce en mejorar su capacidad de consumo.




3.- La crisis actual.

Hay otro peligro del argumento de que “vivimos por encima de nuestras posibilidades”, y es que facilita la versión de la ideología dominante de la crisis actual, una crisis que sólo ellos y la lógica del propio capitalismo han provocado, pero de la que nos quieren hacer responsables. Nos explican que la crisis arranca de las hipotecas subprime: que los bancos prestaron a trabajadores pobres para comprar viviendas –unos trabajadores que querían vivir “por encima de sus posibilidades”- y que el error de la banca fue prestarles. Ahora, para explicar las medidas que descargan la crisis sobre los trabajadores (despidos, recortes del salario directo e indirecto) explican también que hemos vivimos “por encima de nuestras posibilidades” y ahora toca apretarnos el cinturón.

No fueron los trabajadores/as pobres los que provocaron esta enorme crisis. Lo que ocurre es que el modo de producción capitalista genera por sí mismo una contradicción que al final se vuelve irresoluble. Marx la llamó tendencia a la crisis de sobreproducción o de sobreacumulación de capitales. El responsable no es el consumo excesivo por parte de la población, sino la incapacidad del capital de reproducirse manteniendo una tasa de beneficio, porque para mantenerla, mientras con una mano aumenta la producción, con la otra hunde la capacidad de consumo de la población trabajadora.

El problema no es que vivamos por encima de nuestras posibilidades, sino que hay un aumento de las desigualdades que se vuelve monstruoso: entre países, entre clases, e incluso entre sectores de una misma clase.

4.- La huella ecológica y el agotamiento de recursos.

Pero aun no hemos contestado al otro gran argumento que justifica el decrecentismo, la “huella ecológica” de una determinada población, que viene definida como “el cálculo de la cantidad de agua y tierra requerida de forma continua para producir todos los bienes consumidos y para asimilar todos los residuos de una población” (5). Si los 6.800 millones de personas del mundo tuvieran el nivel de vida de la clase media de EE.UU. se precisarían 5, 6 o 7 tierras para asegurar su consumo, según diversos autores. En otras palabras que no hay tierra (energía, agua, materia prima…) para tanta gente, al ritmo de consumo de los países desarrollados.

En efecto, los estudios sobre hidrocarburos y el cenit del petróleo, o sobre algunos importantes minerales básicos de procesos productivos, indican que estos recursos se agotarán. Sin embargo hay mucha disparidad cuando se precisan las fechas límite y el rendimiento de extracción a costes no excesivos. Pero ciertamente el capitalismo y su sistema de producción nos llevan al desastre, en esto estamos completamente de acuerdo. Carlos Taibo define la situación: “…nos movemos - si así se quiere- en un barco que se encamina directamente hacia un acantilado, lo único que hemos hecho en los últimos años ha sido reducir un poco la velocidad sin modificar, en cambio, el rumbo” (6). Las diferencias se manifiestan de nuevo en el qué hacer ante esta situación.

Los decrecentistas ponen el acento en hacer decrecer la producción como tarea prioritaria, para algunos como tarea única. Pero esos esfuerzos no modifican tampoco el rumbo del barco, quizás sólo frenen su velocidad. Para nosotros la tarea es tomar el control del barco de manos de los monopolios y el imperialismo, así pues se trata de organizar la rebelión, la revolución que les impida seguir conduciendo el mundo hacia el desastre, a la barbarie.

En los años treinta nuestros abuelos, en la guerra civil, respondieron a otra grave crisis capitalista (la del 29 y la Gran Depresión) iniciando una revolución, tomando las fábricas y poniéndolas al servicio de las necesidades de los y las trabajadoras, y estudiando este proceso decidieron multitud de medidas de reconversión, integración de empresas… al servicio de las clases populares.

Ése es el camino. Es imposible pensar que con el capitalismo vamos a detener el proceso de destrucción de la naturaleza, que tiene una dimensión planetaria y global. Hay que integrar en la lucha de clases la denuncia de los desastres ecológicos, la defensa del medio, como un elemento más para combatir el capitalismo.

5.- Decrecimiento y nuevo malthusianismo.

Pero si no ponemos en el centro acabar con el capitalismo, la afirmación de que no hay recursos suficientes para tanta gente porque lleva a la destrucción del planeta, conduce necesariamente a un nuevo malthusianismo, en el sentido de que aquí sobra gente, que es la otra forma de igualar la ecuación entre población, consumo y recursos disponibles. Malthus (1766-1834) pastor anglicano y economista, aseguraba que el crecimiento de la población mundial iniciado por la revolución industrial era muy superior a las posibilidades limitadas de crecimiento económico y que si no se limitaban los nacimientos o se dejaba morir a los pobres se conducía, inevitablemente, a la destrucción de la Humanidad. “Un hombre que nace en un mundo que está ya completo -escribió Malthus en su “Ensayo sobre la Población”-, si no puede obtener de sus padres la subsistencia que justamente les pide, y si la sociedad no necesita de su trabajo, no tiene ningún derecho a reclamar la más mínima porción de alimento y, de hecho, está de más. En el gran banquete de la naturaleza, no existe un cubierto para él”.

Pero no hace falta que las ideas malthusianas se formulen de esa forma. Cansados estamos de escucharlas para justificar leyes de extranjería: que aquí no cabemos todos y que hay que impedir la entrada de inmigrantes… aunque en sus países se mueran de hambre. Los decrecentistas, lo formulen abiertamente o no, terminan llegando a posiciones malthusianas. De un lado, en cuanto se plantea el decrecimiento simplemente como remedio a la “huella ecológica”, se condena como mucho a la supervivencia a poblaciones enteras, como Raúl García-Durán “Se trata de que esos países se puedan desarrollar como ellos quieran, siempre que sea para satisfacer sus auténticas necesidades, que como dice otro de los economistas de un país empobrecido, el chileno Max Neff, son: afecto, creación, entendimiento, identidad, libertad, ocio, participación, protección y subsistencia, y no para el crecimiento de sus satisfactores o bienes materiales con que intentamos materializar su satisfacción, los cuales muchas veces van contra la satisfacción real”.

Pero aún y así, esto es insuficiente pues la población tiende a crecer. Sin hacer escarnio de títulos como el del artículo del referente del decrecentismo, Serge Latouche, de que “Hay que tirar al niño antes que el agua de la bañera” (“Il faut jeter le bébé plutôt que l’eau du bain” Les Nouveaux Cahiers de l’IUED, 14, publicado 06/2003), quien teje el hilo lógico que une decrecentismo y malthusianismo es otro de los teóricos decrecentistas, Ivan Illich, cuando afirma que “La honestidad obliga a cada uno de nosotros a reconocer la necesidad de una limitación de la procreación (y) del consumo”.

Dado que las sociedades desarrolladas son poblaciones envejecidas o en vías de envejecimiento, está claro que a quien hay que limitar la procreación es a los países pobres donde mayores son los índices de natalidad. Contra esas tendencias hay que responder que la propia experiencia demuestra que el mejor “control de natalidad” es la mejora de las condiciones de vida que permita no necesitar del hijo/a para sobrevivir.

Esto ocurrió en el estado español. Eran costumbre, hace poco más de cincuenta años, las familias con muchos hijos/as especialmente en el campo, no por deporte, aunque ciertamente la ideología oficial y la iglesia lo promocionaban, sino porque el hijo era un instrumento de sustento en los trabajos del campo. Lo mismo ocurre hoy en la mayor parte de países semicoloniales: son los hijos los que ayudan a sobrevivir. En la medida en que esa necesidad se acaba, la limitación se produce de forma natural. En los países más desarrollados de Europa, esta tendencia se estabilizó aún antes que en el estado español.

6.- ¿El carro delante de los bueyes?

Escribe Taibo: “Hablando en plata, lo primero que las sociedades opulentas deben tomar en consideración es la conveniencia de cerrar -o al menos de reducir sensiblemente la actividad correspondiente- muchos de los complejos fabriles hoy existentes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación o en buena parte de la de la construcción... –la cita sigue y la seguiremos analizando en el apartado del sindicalismo.

Antes de hablar de cuánto hay que producir o dejar de producir para satisfacer las necesidades sociales, hay que discutir en manos de quién está la producción, quién decide qué producimos y para quién. En el marco actual ni siquiera se puede definir cómo reorientar la producción, qué parte es superflua y producto de los medios de la publicidad capitalista. No se conoce en cuánto se reducirían las necesidades energéticas y en cuanto aumentaría su eficiencia si los recursos destinados hoy a la industria de armamento y a su investigación se destinaran íntegramente a la industria civil. Para empezar, como señala el propio Taibo, los instrumentos oficiales de medida de la riqueza en términos del PIB o de la renta son engañosos, porque en el capitalismo no se mide la riqueza o la producción en relación a las necesidades de la población, sino que se establece una contabilidad de la compra-venta de mercancías.

Alguien puede pensar que no importa el orden de estos dos factores: acabar con el capitalismo y comenzar una reestructuración de la producción, pero el orden de los factores sí altera el producto, pues la mayor parte de las medidas que ponen por delante la reducción de nuestra capacidad de consumo y la aceptación del cierre de fábricas, reducción de sueldos… en esta época de crisis, coinciden con planteamientos que hace la propia patronal para mantener el sistema capitalista y suponen una depauperación a las clases populares. Hasta que no sean los trabajadores mismos quienes controlen y decidan sobre la producción no apoyaremos la reducción de la capacidad de producción destinada al consumo. Obviamente eso no quiere decir que determinados sectores puedan ser reconvertidos en su producción, acercándola a las necesidades sociales y ambientales para asegurar la continuidad de los puestos de trabajo.

7.- ¿Dos alternativas al sistema?

Latouche, referente indiscutido del decrecimiento, lo define como una “revolución cultural que lleva una refundación de la política” lo cual implica “pasar de consumidores esclavos a ciudadanos responsables” (7). Con este criterio, es lógico que la gran mayoría de las propuestas para decrecer sean pautas de conducta individuales: sobriedad, austeridad, no consumo, reevaluar (revisar los valores), reconceptualizar términos como riqueza y pobreza, reestructurar, relocalizar, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar. Más que acabar con el capitalismo, la propuesta de la mayor parte de los decrecentistas es construir una realidad paralela, con menos trabajo, más local y autosuficiente, en la que –como dice Luis Gonzálezde forma voluntaria debemos “autolimitarnos con un modelo de vida más austero” (8).

Por el contrario, como en los años 30, de lo que estamos hablando nosotros es de un cambio sustancial de la distribución de la riqueza y de poner su control en manos de los trabajadores, antes de decidir si esa riqueza es excesiva o no. Estamos hablando de la necesidad de una revolución que continúe la tarea iniciada hace 70 años.

8.- Volviendo atrás la rueda de la historia.

Entre quienes apoyan el decrecimiento hay corrientes muy variadas. Para unos se trata de regresar a economías de subsistencia, sin lavadoras, ni neveras, ni coches, cultivando uno mismo su huerto y atendiendo sus necesidades básicas…, pero sin llegar a ese extremo, la tendencia a la autarquía económica es recurrente en casi todas. Taibo explica “la rotunda primacía de lo local sobre lo global en un escenario marcado, en suma, por la sobriedad y la simplicidad voluntaria” (9) como un medio de regresar a la tierra, reducir el gasto energético del transporte… Con el objetivo, como define Luís González, de “una tendencia paulatina hacia la autosuficiencia desde lo local.”

Nosotros veríamos ese repliegue para limitar la vida y los medios de producción y consumo al ámbito local, como un repliegue de la historia hacia varios siglos atrás. Para nosotros el problema no está en acabar con el comercio mundial para así ahorrar en transporte, sino en que la internacionalización de la economía en manos del capitalismo fue utilizada para obtener el máximo beneficio sin importar las consecuencias (hambre, desertización,…), y supone la expoliación de pueblos y su sometimiento a los planes imperialistas.

La discusión está en el modo de producción. Si el objetivo del sistema productivo se dirige a la satisfacción de las necesidades y respeta a los pueblos por igual, en un sano internacionalismo de clase, es un elemento muy progresivo. Desde esa perspectiva no son negativos el intercambio, la posibilidad de aprovechar las mejores condiciones de producción, de compartir los recursos del planeta que se dan en unas zonas y en otras no, así como el contacto entre pueblos, que necesariamente lleva aparejado un gasto de energía en transporte. Esa forma de encarar la sustitución del sistema capitalista por otro que acabe con el expolio imperialista de los pueblos, debe permitir inmediatamente que éstos recuperen sus tierras fértiles (hoy destinadas a monocultivos para la exportación) y sus recursos naturales, poniéndolos al servicio, en primer lugar, de satisfacer sus propias necesidades, sin que ello sea contradictorio con que se produzcan excedentes para intercambiar con otros pueblos en régimen de igualdad. Este planteamiento actuará por sí mismo como un reductor de las necesidades de transporte actuales. Del mismo modo, será desde la propiedad colectiva de los medios de producción y las relaciones de igualdad entre los pueblos desde donde se podrá decidir si determinados procesos productivos es más económico mantenerlos concentrados, aunque comporte gastos de transporte, o si la técnica actual permite descentralizarlos y acercarlos a los consumidores.

No siempre la producción en pequeña escala es energéticamente más eficiente. Hablando de los países semicoloniales vemos más claramente este aspecto de retorno al pasado. Taibo, recurriendo a Latouche para formular su programa para los países semicoloniales, contiene buena parte de esa añoranza:”romper con la dependencia económica y cultural con respecto del norte; reanudar el hilo de una historia interrumpida por la colonización, el desarrollo y la globalización, reencontrar la propia identidad, reapropiar ésta, recuperar las técnicas y los saberes tradicionales, conseguir el reembolso de la deuda ecológica y restituir el honor perdido.”

Compartimos la ruptura con la dependencia imperialista que permita reencontrar la propia identidad y el honor perdido -aunque no sabemos quién perdió más el honor en el proceso colonial. Pero falta un elemento decisivo. ¿Por qué recuperar sólo las técnicas y los saberes tradicionales? En todo caso si estamos contra el monopolio de la técnica y del saber en manos de las multinacionales lo que hay que hacer es poner a disposición de los pueblos el conocimiento y la técnica actuales para hacerlas universales. Lo que, por otro lado, sería retornar una deuda histórica, puesto que los logros de las multinacionales no son sino producto del expolio. Expropiar estos conocimientos y ponerlos al servicio de los pueblos y nacionalizar los recursos supondría de por sí una racionalización productiva.

Y serán estos pueblos los que libremente elijan qué saberes de la técnica tradicional y de la actual ponen en práctica, del mismo modo que serán ellos quienes decidan su desarrollo y fijen sus necesidades. Luchamos contra la explotación y opresión inherentes al modo de producción capitalista, pero esa lucha no impide reconocer el enorme desarrollo de las fuerzas productivas que éste ha permitido. La solución no pasa por el retorno al pasado, sino por aprovechar sus mejores desarrollos y ponerlos al servicio de un nuevo modo de producción que responda planificadamente a las necesidades y las limitaciones.

9. ¿Quién decide la lista?

Luis González Reyes, de Ecologistas En Acción, nos lleva a la siguiente identificación: “una sociedad sostenible será aquella que cubra las necesidades (reales, no ficticias) de toda la población presente y futura mediante una relación armónica con el entorno.” ¿Quien se atribuye la potestad de definir qué es una necesidad real y qué una necesidad ficticia? No nos corresponde a los del “norte”, en función de nuestra experiencia o sobre los criterios de lo que es útil y lo que es superfluo, ser quienes vayamos a dictar las formas y los límites del desarrollo de otros. Este mecanismo ya lo hemos vivido con otras expresiones, por ejemplo cuando, desde las ONG’s del llamado “norte”, se dictaba qué necesidades debían ser cubiertas, con qué prioridades o cómo se debían comportar… en el Sur.

Dado, además, que en muchos artículos aparecen atisbos de lista, mucho nos tememos que sean esos teóricos decrecentistas quienes vayan a completarla para decir a unos y otros cuáles han de ser sus necesidades reales,… no sabemos si nos lo dirán por internet, por TV o por paloma mensajera.

10. Sindicalismo y decrecimiento.

Cuando las teorías se bajan a la práctica es cuando se pueden apreciar en su verdadera dimensión. Taibo –en la cita iniciada en el apartado 6- habla con claridad de que hay que aceptar “la conveniencia de cerrar -o al menos de reducir sensiblemente la actividad correspondiente- muchos de los complejos fabriles hoy existentes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación o en buena parte de la de la construcción.” También afirma que hay que tener una política para la recolocación de los despedidos en otros sectores y que “Importa subrayar que en este caso la reducción de la jornada laboral bien podría llevar aparejadas, por qué no, reducciones salariales, siempre y cuando éstas, claro, no lo fueran en provecho de los beneficios empresariales.”

No estamos hablando aquí sólo para el sindicalismo en las grandes empresas de la automoción como SEAT o Wolskvagen, sino también para el de los cientos de empresas pequeñas y medianas que están en el sector y son subsidiarias de las grandes marcas. En estos últimos años hemos vivido una ofensiva de destrucción de empleo y cierre de fábricas, de exigencia de reducciones drásticas de sueldos con el chantaje de nuevos despidos. Esto ha tenido en muchos casos su concreción en EREs.

¿Cuál es la lógica que propone el decrecimiento ante esa situación? ¿Habrá que aceptar los EREs patronales asociados a reducción de la producción o cierres de fábricas, porque el fin está del todo justificado aunque las motivaciones puedan ser distintas? En el marco de la empresa capitalista, ¿cómo se pueden aceptar reducciones de sueldo (aunque estén asociadas a reducción de tiempo de trabajo) sin que la parte del sueldo que el trabajador deja de percibir quede en manos del empresario?

11. Socialismo o Barbarie

Marx escribía en El Capital que el capitalismo “agota al mismo tiempo las dos fuentes de donde brota toda riqueza: la tierra y el trabajador”. Y ese agotamiento, unido a las crisis de sobreproducción inherentes al sistema, le llevaba a definir una disyuntiva que no es “decrecimiento o crecimiento”, sino socialismo o barbarie.

Efectivamente, el capitalismo nos empuja al abismo. Es más, está echando al abismo a millones de personas que mueren por hambre, enfermedades y en condiciones de miseria extrema. No basta con empezar a construir un mundo paralelo basado en el decrecimiento, porque el mundo es único y o nos hundimos o nos salvamos todos y todas.

Socialismo es poner el control del poder político y económico en manos de la mayoría trabajadora, permitir racionalizar la producción planificando, decidir colectivamente las prioridades.

Un sistema económico basado en la igualdad y respeto entre pueblos. No negamos el avance que permite integrar las distintas economías –las aportaciones de todos los trabajadores/ as- , los descubrimientos científico-técnicos, en el marco de un sistema económico mundial, al servicio de las necesidades de la población y respetuoso con el medio. Las sociedades y la tendencia al desarrollo de las fuerzas productivas (la humanidad, la naturaleza, la técnica), junto a la lucha de clases, han sido el motor de la historia. Nosotros no creemos que esa historia se haya acabado. Mejorar las condiciones de vida de los trabajadores/ as del mundo exige un enorme desarrollo de la técnica para permitir cubrir las necesidades con el mínimo tiempo de trabajo y con la menor huella ecológica posibles, con el objetivo último de que cada uno pueda consumir según sus necesidades.

A más tiempo que pervive el capitalismo mayor es el sufrimiento de los trabajadores y capas populares, más cerca estamos de grandes catástrofes ecológicas. Por eso es urgente la tarea de acabar con este sistema económico y levantar en su lugar otro nuevo. El punto más débil que tenemos los trabajadores/as para lograr ese objetivo es la debilidad de las organizaciones políticas y sindicales revolucionarias, que no se contentan sólo con frenar la velocidad del barco sino que quieren cambiar el curso. Es por ello que en la lucha contra la crisis, los cierres y los despidos, los recortes salariales y de servicios sociales, las teorías del decrecimiento desarman ideológicamente la resistencia obrera y sindical y alteran las prioridades y los objetivos necesarios para concentrar todos los esfuerzos en deshacernos cuanto antes del capitalismo.

Notas

(1) Carlos Taibo. Profesor de Ciencias políticas de la UNAM. “Doce preguntas sobre el decrecimiento” Libre Pensamiento n. 61. Primavera 2009.

(2) Raúl García-Durán. Profesor de Economía Aplicada de la UAB. “A favor del decrecimiento”.

(3) Luís González. Miembro de Ecologistas en Acción. “La práctica del decrecimiento”. Libre Pensamiento n. 61. Primavera 2009.

(4) Carlos Taibo obra citada.

(5) Meadows D.H. –Meadows W. –Randus J.: “Más allá de los límites del crecimiento” Aguilar 1993. Citado por Raúl García en el artículo mencionado.

(6) Carlos Taibo obra citada.

(7) S. Latouche: “Petit tractat del decreixement seré” Institut del Territori 2008.

(8) Luís González. obra citada.

(9) Carlos Taibo obra citada