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miércoles, 13 de junio de 2012

El CSIC pone en duda la veracidad de 24 publicaciones científicas

El Comité de Ética cree que un investigador fantasma firma en nueve estudios

El hombre que imaginaba la ciencia (17-03-12)

RAFAEL MÉNDEZ - El País

Jesús Ángel Lemus en las Hoces del Duratón en 2007

El Comité de Ética del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha calificado como«sospechosos» 24 de los 36 estudios de la investigación sobre Jesús Ángel Lemus, el científico al que denunciaron compañeros y superiores por temer que inventaba datos. Esto implica que, previsiblemente, la mayoría serán retirados de las revistas científicas, algunas internacionales, que las publicaron. Aún falta para el informe oficial del CSIC.

El caso estalló el pasado 23 de diciembre, cuando compañeros y superiores llevaron a Lemus, becario posdoctoral en la Estación Biológica de Doñana, al Comité de Ética del CSIC. Dudaban de la veracidad de sus trabajos. Los investigadores mostraban que en datos aportados por Lemus había «una gran falta de congruencia» y pedían asesoramiento sobre cómo actuar sobre «las publicaciones que ya han visto la luz».

El Comité de Ética del CSIC comenzó una investigación detallada. La conclusión llegó el pasado 1 de junio, en la que puede ser la última reunión de sus miembros, pues la mayoría cumple los cuatro años de mandato. De ahí salió un avance del informe que fue enviado a los autores principales de los artículos más polémicos por si querían hacer una última alegación.

El dictamen preliminar detalla que tras analizar 36 estudios científicos firmados por Lemus entre 2006 y 2011 hay 24 considerados sospechosos, seis «fiables» y cinco defendidos por dos de los coautores. Un último estudio ya había sido retirado de la revista científica. Aunque el avance enviado por el comité no cita los artículos, hay publicaciones en revistas como Science, PLoS ONE, Environmental Research, Animal Conservation, Environmental Pollution y Journal of Applied Ecology.

El avance de dictamen sostiene que «hay dudas en algunos casos sobre la fiabilidad de los datos realizados (o supuestamente realizados) por el doctor Lemus en la determinación de patógenos en las cotorras y en las chovas». Sí admite que «los procedimientos descritos en los trabajos se ajustan a los parámetros correctos en este tipo de medidas». Este diario intentó ayer, sin éxito, obetener la versión de Lemus, que en marzo defendió su trabajo.

Como segundo punto, el comité afirma que «existen dudas sobre la procedencia de los datos», ya que «las instituciones o empresas donde supuestamente se realizaron los análisis no reconocen su autoría en los citados datos». El Hospital Puerta de Hierro, la Complutense de Madrid, la Universidad de Utrech y la empresa Ingenasa «no reconocen haber trabajado con el doctor Lemus. Solo algunos de sus miembros reconocen, en algún caso, el conocer a esta persona de la universidad y haber realizado una colaboración anterior». Casualmente, Lemus decía que encargaba informes a Ingenasa, la empresa de Carmen Vela, hoy secretaria de Estado de Ciencia.

El Comité añade que «por último, existen dudas razonables sobre la existencia de un supuesto colaborador en la obtención de los datos y por tanto, firmante de varios de los trabajos: J. Grande». Javier Grande firma en nueve artículos, unas veces como investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) y otras en el Instituto de Recursos Cinegéticos (IREC), pero no consta que haya pasado nunca por estas instituciones. Es un fantasma.

El resultado es que hay 24 publicaciones que, «aunque podrían ser correctas, sin embargo están sujetas a sospecha, bien por la presencia de un autor desconocido, bien por las dudas sobre la institución donde se realizaron los análisis o por ambas razones».

Lemus, licenciado en Veterinaria por la Complutense de Madrid, se especializó en especies exóticas. En 2010 recibió una beca para la Estación Biológica de Doñana, pero apenas aparecía por allí. Trabajaba desde casa. Se encargaba del análisis molecular de las muestras que los investigadores tomaban en el campo. Así, firmó artículos sobre la presencia de patógenos (virus, bacterias y hongos) en multitud de aves: quebrantahuesos, águilas imperiales, buitres, cuervos…

El Comité asegura que «hay algunos artículos [seis] de los que puede afirmarse que son fiables». El publicado en la revista de mayor impacto, el de Science, se ha salvado de la limpia porque Lemus apenas contribuyó a él aunque figura como firmante. Es un trabajo de 2011 sobre la decoración de los nidos de milano negro.

En otros casos destaca que los científicos que han colaborado afirman que «serían muy difíciles, por su estructura, de falsificar». Aun así, el comité opina que «siempre hay una duda sobre el lugar donde se realizaron los análisis o existe un autor desconocido. Por tanto, deberían considerarse a revisar».

El comité teme «el daño colateral que se realizaría a los científicos más jóvenes, firmantes de los trabajos, si se retiraran estos, ya que verían afectado su currículo sin ser responsables de este problema». Y para evitarlo, recomienda que se repitan los análisis en los casos en los que aún quedan muestras congeladas: «Aunque se trate de un procedimiento costoso y largo, los resultados de estos análisis nos darían una idea de la fiabilidad de los datos obtenidos por el doctor Lemus».

sábado, 17 de marzo de 2012

ATENCIÓN | La timidez y la rebeldía podrían empezar a considerarse trastornos de la conducta

PROYECTO GOLIATH
(25/febrero/2012)

La timidez y la rebeldía podrían empezar a considerarse trastornos de la conducta si los especialistas se ciñen al nuevo Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM) que se prevé publicar el próximo mes de mayo en EE UU. Ante tales planteamientos, más de 11.000 profesionales de la salud han firmado ya un documento pidiendo que este nuevo sistema de categorización no se presente y mucho menos se ponga en práctica. Psicólogos, psiquiatras y otros expertos coinciden en señalar que las nuevas categorías son «preocupantes y peligrosas».

«Millones de personas sanas serían etiquetadas incorrectamente como enfermos psíquicos. Gente introvertida, apática o excéntrica de repente se convertirían en enfermos mentales», afirma Peter Kinderman, del Instituto de Psicología de la Universidad de Liverpool (Londres, Reino Unido). «No es humano ni científico y tampoco ayuda a nadie», añade.

«¿De qué depende que consideremos la timidez como un trastorno mental? Hay personas que lo viven como un problema y piden apoyo porque quieren ser más extrovertidos, pero otros se sienten bien. La salud mental depende de la adaptación del individuo al medio», argumenta Fernando Chacón, profesor titular de Psicología Social y miembro del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, al comentar esta noticia. «¿Por qué cuantificarlo como enfermedad?».

Lo mismo ocurre con la tristeza y la apatía de una persona. «¿Por qué tiene que ser una enfermedad depresiva cuando pierdes a un ser querido?, por ejemplo. Lo anormal sería lo contrario», cuestiona el experto español. En cuanto a la rebeldía de los niños, continúa Chacón, «la desobediencia sistemática puede deberse a un trastorno, pero no lo es en sí misma».

Lo que la Asociación Americana de Psiquiatría propone en esta nueva revisión de lo que se asume como la biblia de los trastornos mentales (DSM) es extender la consideración de trastorno mental a este tipo de conductas, unas más habituales que otras, pero «las que no lo son tampoco tienen que suponer un trastorno», subraya Chacón.

Todo el mundo sería objeto de intervención psiquiátrica

Hay gente más introvertida y más extrovertida. «Si definimos como normal sólo un tipo único de persona, todo lo demás será trastorno. Todo el mundo sería objeto de intervención psiquiátrica y esto no refleja la realidad». Si ya de entrada, dice Chacón, «la categorización en salud mental es un problema porque no hay límites claros (no es como una enfermedad física), si añadimos conductas que no son trastornos, se pueden crear muchos problemas».

En esta línea están de acuerdo otros especialistas de la Asociación británica de psicólogos, como Peter Kinderman, quien considera que de seguir adelante con este nuevo manual, «se exacerbarán los problemas». Sobre todo teniendo en cuenta que el nuevo sistema de categorización incluye las parafilias del violador. «Esto es darle una salida al violador múltiple. Si se considera enfermedad, le da un eximente», apunta el psicólogo español.

Los especialistas británicos, al igual que Chacón, se preguntan si todas estas etiquetas son necesarias. De 59 trastornos que se reconocían en 1917 se pasó a 227 en 1980 y a 350 en 1994. Los expertos creen que ampliaría «imprudentemente» las fronteras de la psiquiatría, causaría más medicación de lo normal, con los gastos que conlleva, e incluso criminalidad. Detrás de todo esto podría estar la industria farmacéutica, apuntan algunos expertos. Como argumenta el psicólogo español, «la hiperactividad ha existido toda la vida y sólo se incluye como trastorno cuando aparece un medicamento. En el momento en que hay un tratamiento farmacológico para tratar un problema de conducta, entonces la industria farmacéutica presiona para que sea reconocido como una enfermedad y, por lo tanto, se facilite el uso de la medicación».

domingo, 1 de enero de 2012

El criminal como error de la Naturaleza, o el mono que algunos llevamos dentro

Por STEPHEN JAY GOULD

W.S. Gilbert dirigió su poderosa sátira contra toda forma de pretensión tal y como él la veía. En la mayor parte de los casos continuamos aplaudiéndole: los aristócratas pomposos y los poetas amanerados siguen siendo blancos legítimos, Pero Gilbert era un victoriano acomodado de corazón, y buena parte de lo que él etiquetaba como pretencioso nos parece hoy en día brillante —en particular la educación superior para las mujeres.

¡Una escuela superior para mujeres! ¡Locura de locuras!
¿Qué pueden las muchachas aprender entre sus cuatro paredes digno de conocerse?

En Princess Ida, la profesora de Humanidades de Castle Adamant invoca una justificación biológica para su proposición de que el «hombre es la única equivocación de la Naturaleza». Cuenta la historia de un simio que amaba a una mujer bellísima. Para ganarse su afecto, intentó vestirse y actuar como un caballero, pero necesariamente en vano, ya que:

El Hombre Darwiniano, aun con buenos modales
Sólo es, en el mejor de los casos, un mono afeitado.

Gilbert produjo Princess Ida en 1884, ocho años después de que un médico italiano, Cesare Lombroso iniciara uno de los movimientos sociales más poderosos de su época con la afirmación, esencialmente similar, realizada con toda seriedad ante un grupo de hombres, de que los criminales natos son esencialmente simios que viven entre nosotros. Ya más entrado en años, Lombroso rememoraba el momento de la revelación:

En 1870 llevaba yo realizando desde hacía varios meses investigaciones en las prisiones y manicomios de Pavía sobre cadáveres y personas para determinar la existencia de diferencias sustanciales entre los dementes y los criminales, sin demasiado éxito. Súbitamente, una sombría mañana de diciembre, descubrí en el cráneo de un delincuente una gran serie de anomalías atávicas… El problema de la naturaleza y el origen de los criminales quedó para mí resuelto; los caracteres de los hombres primitivos y de los animales inferiores debían estar reproducidos en nuestros tiempos.

Las teorías biológicas sobre la criminalidad no eran precisamente algo novedoso, pero Lombroso otorgó a la cuestión un sesgo novedoso, evolutivo. Los criminales natos no son personas simplemente alteradas o enfermas; son, literalmente, saltos hacia atrás hacia una fase evolutiva anterior. Los caracteres hereditarios de nuestros antecesores simiescos y primitivos permanecen en nuestro repertorio genético. Algunos hombres desafortunados nacen con un número desacostumbradamente grande de estos caracteres ancestrales. Su comportamiento podría haber resultado apropiado en el salvaje del pasado; hoy en día, lo consideramos criminal. Podemos compadecernos del criminal nato, ya que no puede evitar serlo; pero no podemos tolerar sus actividades. (Lombroso creía que el 40 por ciento de los criminales pertenecían a esta categoría de lo biológicamente innato —a los criminales de nacimiento—. Otros cometían felonías por causa de la ambición, los celos, la ira exacerbada y así sucesivamente —los criminales ocasionales—).

Cuento esta historia por tres razones que se combinan para hacer de ella mucho más que un ejercicio de anticuario de un pequeño rincón de la olvidada historia de finales del siglo XIX:

1) Una generalización acerca de la historia social: Ilustra la enorme influencia de la teoría evolutiva en terrenos muy alejados de su núcleo biológico. Hasta los científicos más abstractos distan de ser agentes independientes. Las grandes ideas tienen extensiones notablemente sutiles y de enorme alcance. Los habitantes de un mundo nuclearizado deberían saberlo a la perfección, pero hay aún muchos científicos que no han captado el mensaje.

2) Un aspecto político: La invocación de la biología innata en busca de explicaciones del comportamiento humano ha sido algo que se ha producido con frecuencia en nombre del conocimiento. Los defensores del determinismo biológico argumentan que la ciencia puede solventar el problema de la superstición y el sentimentalismo instruyéndonos acerca de nuestra verdadera naturaleza. Pero sus afirmaciones han tenido normalmente un efecto fundamental bien diferente: han sido utilizadas por los líderes de sociedades estratificadas en clases para aseverar que debe prevalecer un determinado orden social, al ser una ley de la naturaleza. Por supuesto, no debe rechazarse ningún punto de vista simplemente porque nos disgusten sus implicaciones. La verdad, tal y como la comprendemos, debe ser el criterio fundamental. Pero las afirmaciones de los deterministas siempre han resultado ser especulaciones cargadas de prejuicios, no datos verificados, y la antropología criminal de Lombroso es el mejor ejemplo que conozco.

3) Una nota contemporánea: el tipo de antropología criminal de Lombroso está muerto y enterrado, pero su postulado básico sigue vivo en la idea de genes o cromosomas de la criminalidad. Estas encarnaciones modernas tienen aproximadamente el mismo valor que la versión original de Lombroso. Su capacidad de llamar nuestra atención ilustra tan sólo el desafortunado atractivo del determinismo biológico en nuestro continuo intento de exonerar a una sociedad, en la que tantos de nosotros florecemos, a base de culpar a la víctima.

El año 1976 marcó el centenario del documento fundacional de Lombroso, posteriormente ampliado en el famoso L'uomo delinquente. Lombroso comienza narrando una serie de anécdotas para afirmar que el comportamiento habitual de los animales inferiores es criminal con arreglo a nuestros patrones. Los animales asesinan para apaciguar revueltas; eliminan a sus rivales sexuales; matan guiados por la ira (una hormiga, impacientada por un áfido recalcitrante, lo mató y lo devoró); forman asociaciones criminales (tres castores comunales compartían el territorio con un individuo solitario; el trío visitó al solitario y fue bien tratado; cuando éste devolvió la visita, fue asesinado por su solicitud). Lombroso llega incluso a calificar la captura de moscas por parte de las plantas carnívoras de «equivalente a un crimen» (aunque no alcanzo a ver en qué se diferencia de cualquier otra forma de comer).

En la siguiente sección, Lombroso examina la anatomía de los criminales y encuentra los signos físicos (estigmas) de su status primitivo, como salto atrás hacia nuestro pasado evolutivo. Dado que ya ha definido como criminal el comportamiento normal de los animales, las acciones de estos primitivos vivientes deben surgir de su propia naturaleza. Los rasgos simiescos de los criminales natos incluyen unos brazos relativamente largos, pies prensiles con pulgares móviles, una frente baja y estrecha, grandes orejas, cráneo grueso, mandíbula grande y prognata, abundancia de pelo en el pecho del varón, y una baja sensibilidad al dolor. Pero los saltos atrás no se detienen al nivel de los primates. Unos grandes caninos y un paladar plano traen a la mente un pasado aún más distante entre los mamíferos. ¡Lombroso llega incluso a comparar el incremento en la asimetría facial, de los criminales natos con la condición normal de los pleuronectiformes (peces planos con los dos ojos al mismo lado de la cabeza)!

Pero los estigmas no son solamente físicos. El comportamiento social del criminal nato le alía también con los simios y los salvajes humanos vivientes. Lombroso puso especial énfasis en los tatuajes, una práctica común tanto entre las tribus primitivas como entre los criminales europeos. Produjo voluminosas estadísticas acerca del contenido de los tatuajes de los criminales y consideró que éste era obsceno, sin ley o exculpatorio (aunque uno de ellos rezaba, como tuvo que admitir, Vive la France et les pommes de terre frites: «Viva Francia y las patatas fritas»). En el argot criminal encontró un lenguaje, por derecho propio, acentuadamente similar al lenguaje de las tribus salvajes en rasgos tales como las onomatopeyas y la personalización de los objetos inanimados: «Hablan de modo diferente porque no sienten igual; hablan como salvajes, porque son verdaderos salvajes en el seno de nuestra esplendorosa civilización europea».

La teoría de Lombroso no era un trabajo científico abstracto. Fundó y encabezó de modo activo una escuela internacional de «antropología criminal» que fue la cabeza de lanza de uno de los más influyentes movimientos sociales de finales del siglo diecinueve. La escuela «nueva» o «positiva» de Lombroso hacía vigorosas campañas en favor de una modificación de los mecanismos de imposición de la ley y de las prácticas penales. Consideraba sus criterios mejorados para el reconocimiento de los criminales natos como una contribución fundamental a la imposición de la ley. Lombroso llegó incluso a sugerir una criminología preventiva, la sociedad no tenía por qué esperar (y sufrir) la comisión del acto delictivo en sí, ya que los estigmas físicos y sociales definen al criminal en potencia. Puede ser identificado y apartado de la sociedad a la primera manifestación de su naturaleza irrevocable (Lombroso, que era un liberal, prefería el exilio antes que la muerte). Enrico Ferri, el colega más próximo a Lombroso, recomendaba que «los tatuajes, la antropometría, la fisonomía… la actividad refleja, las reacciones vasomotrices (los criminales, según él, no se sonrojan), y el horizonte de visión» fueran utilizados como criterios de juicio por los magistrados.

Los antropólogos criminalistas también hacían campaña en favor de una reforma básica en las prácticas penales. Una ética cristiana ya obsoleta mantenía que los criminales debían ser sentenciados por sus acciones, pero la biología declaraba que debían ser juzgados por su naturaleza. Adecuar el castigo al criminal, no al crimen cometido. Los criminales ocasionales, carentes de estigmas y capaces de reformarse, debían ser encarcelados el tiempo necesario para garantizar su arrepentimiento. Pero los criminales natos están condenados de antemano por su naturaleza: «La ética teórica pasa por alto el cerebro enfermo, como aceite sobre mármol, sin penetrar en él». Lombroso recomendaba la detención irrevocable y de por vida (en un entorno agradable, pero aislado) para todo reincidente estigmatizado. Algunos de sus colegas eran menos generosos. Un influyente jurista le escribió a Lombroso:

Nos ha mostrado usted lúbricos y feroces orangutanes de rostro humano. Es obvio que como tales no pueden actuar de otro modo. Si violan, roban y matan es por virtud de su propia naturaleza y de su pasado, pero esto constituye aún mayor razón para destruirles, una vez demostrado que siempre seguirán siendo orangutanes.

Y el propio Lombroso no descartaba la «solución final»:

El hecho de que existan seres como los criminales natos, dotados originariamente para el mal, reproducciones atávicas, no ya de hombres salvajes tan sólo, sino incluso de los animales más feroces, lejos de hacernos sentir mayor compasión hacia ellos, como ha venido manteniéndose, nos endurece frente a toda misericordia.

Debemos mencionar otro impacto social de la teoría de Lombroso y su escuela. Si los salvajes humanos, como los criminales natos, conservaban rasgos simiescos, entonces las tribus primitivas —«razas inferiores carentes de ley»— podían ser consideradas esencialmente criminales. Así, la antropología criminal suministró un poderoso argumento en favor del racismo y el imperialismo en el momento culminante de la expansión colonial europea. Lombroso, dando cuenta de la reducción de la sensibilidad al dolor entre los criminales, escribió:

Su insensibilidad física recuerda mucho la de los pueblos salvajes capaces de soportar, en los ritos de la pubertad, torturas que un hombre blanco jamás sería capaz de tolerar. Todos los viajeros conocen la indiferencia de los negros y los salvajes americanos al dolor: los primeros se cortan las manos y se ríen para poder huir del trabajo; los segundos, atados al poste del tormento, cantan alegremente las alabanzas de su tribu mientras son quemados a fuego lento. (No puede derrotarse a priori a un racista. Piensen en la cantidad de héroes occidentales que murieron valientemente en medio de dolores insoportables: Santa Juana quemada, San Sebastián atravesado por flechas, otros mártires descuartizados. Pero cuando un indio se niega a gritar y suplicar misericordia, tan sólo puede significar que no siente el dolor.)

Si Lombroso y sus colegas hubieran sido un fanático grupo de proto-Nazis, podríamos dejar de lado el problema como una manipulación de unos demagogos conscientes de lo que estaban haciendo. No transmitiría entonces otro mensaje que una petición de vigilancia en contra de los ideólogos que hacen mal uso de la ciencia. Pero los líderes de la antropología criminalista eran socialistas «iluminados» y socialdemócratas que consideraban su teoría como cabeza de lanza de una sociedad racional y científica basada en las realidades humanas. La determinación genética de la actividad criminal, argumentaba Lombroso, es tan sólo la ley de la naturaleza y de la evolución:

Estamos gobernados por leyes no manifiestas que jamás dejan de operar y que gobiernan la sociedad con mayor autoridad que las leyes escritas en nuestros libros de estatutos. El crimen parece ser un fenómeno natural… como el nacimiento o la muerte.

Vista retrospectivamente, la «realidad» científica de Lombroso resultó ser la imposición de sus prejuicios sociales sobre un estudio supuestamente objetivo, antes incluso de haber sido éste emprendido. Sus ideas condenaron a multitud de inocentes a un enjuiciamiento a priori que a menudo funcionaba como una profecía autorrealizadora. Su intento de comprender el comportamiento humano a base de cartografiar unas potencialidades innatas retratadas en nuestra anatomía tan sólo sirvió como arma en contra de la reforma social depositando toda la culpa sobre la herencia de un criminal.

Por supuesto, nadie toma en serio hoy en día las afirmaciones de Lombroso. Sus estadísticas eran defectuosas hasta lo increíble; tan sólo una fe ciega en la inevitabilidad de las conclusiones pudo llevarle a tanta manipulación y ocultamiento. Además, nadie consideraría hoy en día un signo de inferioridad el tener brazos largos o una mandíbula prominente; los deterministas biológicos modernos buscan una seña más definitiva en los genes y los cromosomas.

En los 100 años transcurridos entre L'uomo delinquente y nuestra celebración del Bicentenario han pasado muchas cosas. Ningún advocador serio de la criminalidad innata recomienda la detención o el asesinato de los desafortunados afligidos, ni siquiera afirma que una inclinación natural al comportamiento criminal pueda llevar necesariamente a actos criminales. Aún así, el espíritu de Lombroso sigue estando con nosotros. Cuando Richard Speck asesinó a ocho enfermeras en Chicago, la defensa argumentó que no pudo evitarlo porque tenía un cromosoma Y supernumerario. (Las hembras normales tienen dos cromosomas X, los machos normales un cromosoma X y otro Y. Un pequeño porcentaje de machos tiene un cromosoma Y de más, XYY). Esta revelación inspiró toda una epidemia de especulaciones; artículos acerca del «cromosoma criminal» inundaron nuestras revistas populares. El planteamiento, ingenuamente determinista tenía pocas cosas a su favor aparte de lo siguiente: los machos tienden a ser más agresivos que las hembras; esta característica podría ser genética. Caso de serlo, debe residir en el cromosoma Y; todo aquel que posea dos cromosomas Y tiene una dosis doble de agresividad y podría verse inclinado hacia la violencia y la criminalidad. Pero la información recogida a toda prisa acerca de los machos XYY en las cárceles parece ser desesperantemente ambigua, e incluso el propio Speck resultó ser después de todo un varón XY. Una vez más, el determinismo biológico da la nota, crea una oleada de discusiones y cacareos de cóctel y seguídamente se disipa por falta de corroboración. ¿Por qué nos intrigan tanto las hipótesis acerca de las disposiciones innatas? ¿Por qué queremos trasladar la responsabilidad de nuestra violencia y nuestro sexismo a los genes? Las señas de identidad de la humanidad no son sólo nuestra capacidad mental sino también nuestra flexibilidad mental. Hemos construido nuestro mundo y podemos también cambiarlo.

Desde Darwin. Reflexiones sobre Historia Natural
(1977)

sábado, 10 de septiembre de 2011

Walter Freeman, el hombre del picahielo

El psiquiatra Walter Freeman fue protagonista de uno de los episodios más negros de la historia de la ciencia del siglo XX. Freeman era un iluminado que creía haber encontrado la panacea científica de erradicar la locura. Para ello, armado de un vulgar picahielo, lobotomizó de 1935 a 1950 a alrededor de 35.000 norteamericanos, entre ellos a la hermana del presidente John Fitzgerald Kennedy y, dicen (aunque hay quien lo discute), que también a la actriz Frances Farmer. En efecto, el hombre del picahielos, durante aquellos años dorados de la psiquiatría somaticista, se forró viajando de un sitio a otro en su “lobotomóvil” (su furgoneta) para improvisar operaciones de lobotomías en lugares tan insospechados como habitaciones de hotel y a veces con presencia de la prensa pues el hombre del picahielo era todo un fenómeno mediático. La consecuencia de la “lobotomía transorbital”, consistente en introducir golpeando con un martillo un picahielo por un ojo y cortar las conexiones del lóbulo frontal (donde Freeman creía que anidaba la locura) con el resto del cerebro, en la mayoría de los casos traía consigo la inhabilitación mental del paciente de por vida.



Walter Freeman, campeón de la psiquiatría "on the rocks",
en acción



En el siguiente vídeo podemos conocer algunas de las personas lobotomizadas por Freeman. Algunos eran ciertamente casos graves (suicidas en potencia, personas agresivas, etc.). Pero otros eran simples niños traviesos a los que su madrastra no soportaba, como en el caso de Howard Dully, lobotomizado a los 12 años; otros, como Rosemary Kennedy, lobotomizada a los 23, era una mera víctima de las presiones de una familia competitiva y enferma de poder que se avergonzaba de que uno de sus vástagos obtuviera en los test de inteligencia una puntuación ligeramente por debajo de la media. Aquí vemos cómo la familia es pieza clave en el complot psiquiátrico contra los que son catalogados por ésta como “locos” y cómo la institución psiquiátrica se pone siempre del lado del que tiene más poder.







Muchos pensarán que esto no es verdadera ciencia porque de hecho la propia ciencia lo denunció. Se equivocan: este argumento no puede ser más falaz ya que de 1935 a 1950, el establishment científico permaneció bastante en silencio ante este genocidio psiquátrico (no se me ocurre otra expresión mejor) perpetrado por este "hombre de ciencia". En efecto, los primeros en movilizarse contra estas prácticas bárbaras no fueron científicos sino familiares de pacientes lobotomizados ante el estado en que quedaban sus seres queridos tras padecer los sutiles métodos terapéuticos de Freeman. Sólo a partir de 1950, cuando a Freeman se le fue la mano con el picahielo y mató a un paciente, le fue retirada la licencia para ejercer la medicina. A pesar de eso, Freeman siguió visitando a sus pacientes lobotomizados hasta su muerte en 1972, porque en el fondo nunca tuvo conciencia de haber hecho nada malo: él hizo ciencia y la ciencia es infalible.

Pero Freeman no era un caso aislado. Sus crueles prácticas tenían un precedente claro en el neurólogo portugués Egas Moniz. Moniz, nacido en el seno de una familia aristocrática portuguesa, en realidad se llamaba António Caetano de Abreu Freire pero se hacía llamar Egas Moniz porque, según él, descendía de un ayo del rey Alfonso I. Este fascista e imperialista portugués, que fue ministro de Asuntos Extranjeros de Portugal entre 1918 y 1919, inventó en 1936 la “leucotomía”, que era como él llamó a la lobotomía, para "erradicar la locura". Para ello Moniz y su colega el cirujano Almeidas Lima usaron las observaciones realizadas en un sólo caso clínico, que para colmo ni siquiera era humano (era un chimpancé [1]). Como en el caso de Freeman, el establishment científico durante muchos años no se pronunció en contra de los nefastos métodos terapéuticos de Moniz, más bien al contrario: en 1949 el Premio Nobel se le concedió el premio Nobel. Y como en el caso de Freeman, fue el pueblo llano, especialmente parientes de los lobotomizados los que primero alzaron la voz contra las lobotomías. Es más, aún hoy un grupo de descendientes aquellos cuyas mentes fueron aniquiladas por el psiquiatra portugués luchan por que le sea retirado a título póstumo el Nobel. Y como muestra de cómo la élite científica, conservadora y sedienta de poder como cualquier otra élite (p. ej. la Iglesia Católica), no sólo no pide perdón por sus atropellos a la dignidad humana en el pasado sino que está deseosa de seguir cometiéndolos, aquí dejo un vídeo en el que un grupo de científicos portugueses actuales hacen apología de Moniz y continúan abogando por la inhabilitadora práctica de la psicocirugía...




La lobotomía, no obstante, se práctico de manera legal hasta 1967. Por suerte, en la década de los 60 y buena parte de la de los 70, coincidiendo con un periodo de generalizado incremento de la conciencia social en los países occidentales (protestas contra la guerra del Vietnam, el mayo del 68, el fin de las dictaduras en Portugal, Grecia y España) la psiquiatría empezó a humanizarse y a llenarse de voces críticas contra prácticas como la lobotomía o los electroshocks (que fueron introducidos, por cierto, en psiquiatría durante la dictadura de Mussolini por el italiano Ugo Cerletti, tras visitar un matadero donde sacrificaban cerdos con descargas eléctricas). Con todo, los electroshocks aún se utilizan en “casos graves” y las lobotomías también, aunque no se reconozca públicamente. Ahí está el caso de la que fuera niña prodigio en los años 60, la cantante escocesa Lena Zavaroni que, víctima de la anorexia nerviosa, fue lobotomizada en fecha tan poco remota como 1999, a la edad de 35 años, muriendo a consecuencia de una neumonía que contrajo en quirófano. No actuemos contra las causas sociales de la anorexia... ¡Escindamos cerebros! Esto es a lo que conduce creer en la infalibilidad de la ciencia como el que cree en la infalibilidad del Papa.



Lena Zavaroni, en sus últimos
años de vida, ya muy castigada
por la anorexia nerviosa
.

NOTA:

[1] Anteriormente, en 1928, el Dr. John Fullton de la Universidad de Yale, había lobotomizado a dos chimpancés, a los que tenía por "neuróticos", chimpancés que no sobrevivieron a la operación.