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lunes, 18 de mayo de 2015

La ONU suspende a España por no actuar contra la tortura


El Comité contra la Tortura de la ONU señala a España que no ha adoptado las recomendaciones que ya le lanzó en 2009, que van desde adaptar la legislación hasta investigar los casos de torturas y poner medios para impedir su práctica.


El Comité contra la Tortura de la ONU publicó el pasado viernes sus observaciones finales sobre España, en las que recoge las anotaciones del informe sombra elaborado por Rights International Spain. Según explica esta organización en una nota, la institución de la ONU ha criticado en su informe que España «apenas» haya avanzado en el cumplimiento de las recomendaciones lanzadas en 2009, año del anterior examen a España sobre esta materia.

Desde la ONU señalan que en el Código Penal no se regula de forma adecuada los delitos de tortura y ni siquiera se adecúa a la definición de tortura contenida en la Convención Internacional contra la Tortura. Tampoco considera adecuadas las penas para este delito. Desde el Comité recuerdan también al Gobierno que los delitos de torturas, incluidas las desapariciones forzadas, no prescriben y le urge a tomar medidas para asegurar que los delitos cometidos durante la guerra civil y el franquismo sean investigados y juzgados.

Sobre el régimen de incomunicación para detenidos acusados de terrorismo, que puede durar hasta 13 días, la institución insta al Gobierno español a abolirlo e incluir en la Ley de Enjuiciamiento Criminal, actualmente en proceso, garantías para que se respeten los derechos de las personas detenidas, como ser asistido por un abogado de su elección o ser atendido por un médico de su confianza. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos, al igual que otros organismos internacional, también ha señalado a España que revise el régimen de incomunicación. También pide a las autoridades españolas que aseguren la grabación audiovisual en las dependencias policiales y en lugares de privación de libertad.

El Comité también señala el excesivo uso de la fuerza por parte de la Policía y Guardia Civil, tanto en manifestaciones como en las fronteras, y pide que se establezcan «normas claras y vinculantes sobre el uso de la fuerza» e investigue y lleve a juicio los actos de brutalidad policial. Sobre control fronterizo, también destaca la obligación a que el país preste asilo a personas que corran riesgo personal y previsible de ser sometida a tortura en sus países de origen y recuerda que ninguna persona puede ser expulsada, devuelta o extraditada a otro Estado sin que se evalúe antes su caso.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Rusia califica de abrumadora la postura de Ucrania sobre la lucha contra el nazismo

Soldados del Batallón Azov en Kiev.


La postura de Ucrania durante la votación en la ONU de la resolución sobre la lucha contra el ensalzamiento del nazismo es abrumadora y alarmante, indicó el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia.

«Abruma y alerta la postura de Ucrania; cuesta comprender cómo un país que sufrió la totalidad de los horrores del nazismo e hizo un aporte considerable en la victoria común pueda votar contra el documento que condena el ensalzamiento de la ideología nazi», dice el comunicado.

A favor del proyecto de la resolución que condena acciones pronazis, racista o xenófobas se pronunciaron 115 países, 55 se abstuvieron y EEUU, Canadá y Ucrania votaron en contra.

Exteriores ruso espera que la aprobación de la resolución «enviará una señal clara a los países donde urge tomar medidas firmes para luchar contra los intentos de ensalzar el nazismo cada vez más frecuentes».

domingo, 1 de julio de 2012

Nueva York y Kigali


Las gravísimas responsabilidades occidentales en el genocidio de los tutsis en Ruanda en plena guerra de los Balcanes: genocidios inventados y genocidios tolerados leídos en clave geopolítica. Colette Bareckman analiza el libro de Linda Melvern, A People Betrayed: the Role of the West in Rwanda’s Genocide (Londres, Zed Books, 2000).

Entre el 7 de abril y principios de julio de 1994, fueron asesinadas, en Ruanda, entre 500.000 y un millón de personas. No fue –como muchos dijeron entonces– el clímax sangriento de una «caótica guerra tribal» entre los tutsis y los hutus, sino una matanza deliberada y sistemática de los primeros por los segundos. Después, la «comunidad internacional» reconoció que realmente se había producido un genocidio, y alegó su ignorancia de los hechos como excusa de su pasividad. Sin embargo, como muestra Linda Melvern en su devastador informe sobre el genocidio de Ruanda, la naturaleza de los asesinatos era perfectamente visible: «En Ruanda no había trenes sellados o campos apartados. El genocidio fue retransmitido por la radio». Además, y más rotundamente, «la prueba decisiva de que un genocidio estaba teniendo lugar le fue proporcionada al Consejo de Seguridad en mayo y junio, mientras estaba ocurriendo». Durante los últimos siete años, Melvern ha ido reuniendo un amplio abanico de fuentes: los informes de las investigaciones parlamentarias belgas y francesas, un informe filtrado de las reuniones secretas del Consejo de Seguridad de la ONU, entrevistas con personajes políticos clave, así como documentos conseguidos en Kigali. Su libro es una síntesis magistral de esta evidencia.

El resultado es una revelación escalofriante de las realidades políticas que hay tras la retórica de los «derechos humanos» de las potencias occidentales de la pasada década. Mucho antes del 7 de abril –ya en 1992, en el caso de Bélgica–, a estos regímenes se les había informado de un plan coherente para la eliminación no sólo de los tutsis, sino también de los hutus moderados opuestos al gobierno de Juvénal Habyarimana. Los orígenes de dicho plan no se encuentran tanto en un odio étnico profundamente asentado como en la manipulación de las tensiones sociales por parte de chovinistas fanáticos obstinados en mantenerse en el poder a cualquier precio. Fue este mismo régimen el que invirtió los cuantiosos fondos y ayudas del Banco Mundial y del FMI en la adquisición de armas y en el entrenamiento y organización de la milicia Interahamwe, avivando la máquina de matar en lugar de los proyectos de desarrollo. De este modo «la misma comunidad internacional que hace 50 años aprobó leyes con el mandato específico de asegurar que el genocidio jamás se perpetraría de nuevo, no sólo fracasó a la hora de prevenir lo ocurrido en Ruanda, sino que, al bombear fondos con el objeto de ayudar a la economía ruandesa, en realidad contribuyó a crear las condiciones que lo hicieron posible».

Los europeos se involucraron por primera vez en Ruanda en 1894, con la llegada de un conde alemán a la corte del rey Rwabugiri. Este conde encontró que la sociedad ruandesa estaba dividida en tres grupos: los tutsis, que por lo general eran pastores de ganado y formaban el estrato más alto de la sociedad, y el grupo dirigente del país; los hutus, la mayoría campesinos, y con mucho el grupo más numeroso; y los twas, cazadores y recolectores pigmeos que constituían menos del 1 por 100 de la población. Los tutsis y los hutus compartían la lengua, la religión y una misma dieta, pero estaban –algo parecido a las castas en la India– divididos por un intrincado y draconiano orden feudal, que daba a los tutsis los poderes de una aristocracia señorial sobre los hutus, cultivadores reducidos a una servidumbre virtual. La conquista alemana no alteró esta estructura, y cuando Ruanda fue transferida a Bélgica por la victoriosa Entente en 1918, los nuevos mandatarios la reforzaron con un sistema de clasificación étnica oficial, basado en las jerarquías tutsis existentes, y generalizaron el uso del trabajo forzado hutu. La alianza de los opresores tradicionales con el poder colonial extranjero avivó los resentimientos naturales de la clase inferior hutu contra sus superiores tutsis.

Con la llegada de la política moderna a finales de la década de 1950, estas tensiones estallaron. En noviembre de 1959, la violencia hutu contra los tutsis entró en erupción y en Ruanda se instauró la ley marcial. Los belgas cambiaron el rumbo de su política histórica inclinándose a favor de los hutus, animados éstos por la Iglesia católica local, cuyos sacerdotes tuvieron un papel activo a la hora de alimentar sus aspiraciones. Cerca de unos 150.000 tutsis huyeron a países vecinos, y las elecciones de 1960 dieron como resultado un gobierno de amplia mayoría hutu, que declaró la independencia en 1962. En noviembre de 1963 se produce una invasión desde Burundi por parte de un grupo de monárquicos tutsis. El nuevo presidente Grégoire Kayibanda reaccionó ordenando la ejecución de los líderes de la oposición y así, con el gobierno lanzando por radio mensajes alarmantes que afirmaban que «los tutsis estaban volviendo para esclavizar a los hutus», dieron comienzo los asesinatos de tutsis. Melvern refiere de manera lúcida la historia de Ruanda, en el sentido de que, como indica el título de su capítulo, «El pasado es el prólogo», los asesinatos de 1963 podrían verse en realidad como un ensayo a pequeña escala de los que se produjeron en 1994. La diferencia clave estriba en que, en 1963, la opinión pública occidental estaba alarmada. Bertrand Russell, entre otros, comparó lo ocurrido con el Holocausto.

Habyarimana con su primo Kayibanda en 1970

Kayibanda gobernó hasta 1973, en un régimen de partido único con la bendición clerical. Ruanda se convirtió en el Estado africano favorito de la Democracia Cristiana europea. Parmehutu, el partido de Kayibanda, utilizó el respaldo de la mayoría hutu para mantener bajo vigilancia a los tutsis por medio de tarjetas de identidad y sistemas de cuotas. En el sur de Ruanda había existido un porcentaje significativo de matrimonios mixtos; sin embargo, la corriente nacionalista hutu del partido de Kayibanda –donde se valora la «pureza por encima de todo»– era producto del norte del país, que no había formado parte del reino tradicional tutsi; no fue conquistado por Alemania hasta 1912 y tenía una tradición de resistencia a la dominación tutsi. Juvénal Habyarimana, el general que derrocó a Kayibanda, también era del norte, al igual que su camarilla –los azaku–, cuyo núcleo lo formaban su esposa Agathe y los familiares de ésta.

Después de 1963, muchos tutsis y hutus opuestos a los gobiernos de Kayibanda y Habyarimana se exiliaron a Uganda, Burundi, Tanzania y Zaire. En Uganda, perseguidos por Milton Obote, tomaron partido por el Ejército de Resistencia Nacional de Yoweri Museveni, que derrocó a Obote en 1986. Fueron estos ruandeses, entrenados y equipados en Uganda, quienes formaron el Frente Patriótico Ruandés (FPR), que invadió el país en octubre de 1990 con la promesa de expulsar a Habyarimana e instaurar un gobierno de unidad nacional. El gobierno de Kigali, evocando 1963, lanzó el mensaje de que el FPR era un ejército tutsi decidido a masacrar a los hutus y orquestó inmediatamente matanzas locales de tutsis. A comienzos de este mismo año, Habyarimana había cedido a las presiones internacionales y autorizó la formación de partidos de oposición, lo que le permitió, cuando se produjo la invasión del FPR, hacer un llamamiento como cabeza de un «Estado democrático» y solicitar tropas a Francia, Bélgica y Zaire, y armas a Egipto y Sudáfrica. En 1990 se aprobó un programa de ajuste estructural para Ruanda que proporcionó más fondos, utilizados por Habyarimana para comprar armas. De hecho, entre los años 1990 y 1994, el régimen de Habyarimana adquirió armas por valor de 83 millones de dólares, compra facilitada de buen grado por el entonces ministro de Asuntos Exteriores egipcio, Butros Butros-Gali.

Malvern localiza los orígenes del plan del genocidio de 1994 en el período inmediatamente posterior a la invasión del FPR. Después de la invasión, el gobierno instó a los oficiales a que redactaran listas de los líderes y personas destacadas de la oposición tutsi, listas que eran actualizadas periódicamente. En los tres años de luchas intermitentes que siguieron, hay repetidos ejemplos de planes dirigidos a convertir a los tutsi, como grupo, en objetivo. Entre estos ejemplos, se incluye un informe preparado por Habyarimana en diciembre de 1991 donde identifica a los tutsis, «tanto de dentro como de fuera del país», como «el enemigo», y los califica como «extremistas nostálgicos del poder». Detrás de esto descansa el agudo miedo a la derrota militar: la superior experiencia de campo del FPR demostró vencer fácilmente a unas fuerzas más numerosas pero mal entrenadas, integradas en su mayoría por soldados reclutados atropelladamente.

Habyarimana y señora, también implicada en la matanzas

En 1992, los Estados africanos vecinos estaban tan alarmados por la situación que presionaron a Habyarimana para que entablara negociaciones de paz con el FPR en Arusha, Tanzania, diseñadas con el objetivo de llevar al gobierno ruandés y al FPR a una solución negociada. Finalmente, en agosto de 1993 se firmó un acuerdo de paz donde se estipulaba un sistema de gobierno compartido en el país, aunque resulta significativo que este acuerdo fuese visto con reservas por parte de funcionarios del Departamento de Estado. Puertas adentro, la economía ruandesa no se había recuperado del colapso producido por el Acuerdo Internacional del Café de 1989, promovido por Washington en favor de los grandes importadores estadounidenses para conseguir una disminución del precio de lo que constituía la principal exportación ruandesa. A consecuencia de los Acuerdos de Arusha, 16.000 soldados del ejército gubernamental tuvieron que ser desmovilizados, sin ningún tipo de fondos para pensiones o para una reinserción profesional, y con pocas oportunidades laborales. Los que se vieron amenazados se convirtieron en una fuente prolífica de reclutas para la Interahamwe –«quienes trabajan juntos»–, la milicia que dirigió las masacres planificadas. Al mismo tiempo que se negociaba en Arusha, Habyarimana compraba grandes cantidades de armas: el equivalente a 12 millones de dólares sólo entre agosto de 1992 y enero de 1993. Melvern proporciona una detallada descripción de los procesos de acopio y distribución de armas durante el año 1993; el nivel de implicación en el plan y la brutalidad premeditada se revelan por el número de machetes importados de China en 1993: en aquel año, se gastaron 46 millones de dólares en equipamientos para la agricultura «por compañías ruandesas que normalmente no tenían nada que ver con herramientas agrícolas». La llegada al país de tal cantidad de armas de fuego, granadas y otras armas más primitivas se vio significativamente favorecida por la insistencia en aquellos momentos del FMI en la relajación de las restricciones a las licencias que recaían sobre la importación, e incluso cuando el Banco Mundial envió misiones –cinco en total entre los años 1991 y 1993– para observar el progreso de la política de ajuste estructural, el maquillaje contable del régimen fue de un modo u otro pasado por alto.

Un mes antes de que se firmaran los Acuerdos de Arusha, comenzó a emitir una nueva emisora de radio, la Radio-Télévision Libre Mille Collines. El presidente era el mayor accionista de la emisora y sus estudios estaban conectados a los generadores del palacio presidencial; las emisiones en Kinyarwanda «no transmitían noticias de los hechos», sino que en su lugar, ocupaban completamente las ondas radiofónicas con burdas calumnias y propaganda anti-tutsi, dando los nombres de personas que «merecían morir». Viendo que el régimen se aprovisionaba sistemática y abiertamente de recursos para el asesinato en masa, activistas de derechos humanos, ONG y organismos de ayuda que trabajaban en Ruanda dieron la voz de alarma a finales de 1993 y principios de 1994. En septiembre de 1993 Butros-Gali –ahora secretario General de las Naciones Unidas– instó al Consejo de Seguridad a enviar fuerzas de la ONU a Ruanda, tal y como exigían los Acuerdos de Arusha; éstos habían exigido una de estas misiones para garantizar la seguridad en todo el país, confiscar las armas escondidas, neutralizar a los grupos armados y vigilar la repatriación de los refugiados. Estados Unidos, representados por Madeleine Albright, bloqueó cualquier moción encaminada a hacer respetar los Acuerdos o las propuestas de Butros-Gali. De hecho, intentaron incluso reducir toda la presencia de la ONU a la mera cifra simbólica de 100 soldados.

Finalmente, después de continuas obstrucciones estadounidenses, gracias a la ayuda y a instancia de Inglaterra y Rusia, en diciembre de 1993 se acordó y se envió una Misión de Ayuda de la ONU con una tropa de 2.500 soldados, un presupuesto ridículo, restringida a Kigali y con el mandato de limitarse a «supervisar» y «ayudar» a la implantación de los Acuerdos de Arusha. La UNAMIR estaba exageradamente mal equipada, con la mitad de lo inicialmente previsto, escasa de suministros básicos y paralizada por la falta de información. Cuando las tensiones comenzaron a intensificarse en los tres primeros meses de 1994, el general quebequés al mando de la misión, Roméo Dallaire, envió repetidos avisos a Nueva York de la inminencia de las masacres, solicitando un mandato con más facultades. El 11 de enero telegrafió pruebas detalladas de una próxima matanza. En la sede de la ONU, el responsable oficial de la gestión de las misiones de paz era el subsecretario Kofi Annan, claramente preferido por Washington a su superior egipcio. Annan cablegrafió de vuelta, prohibiendo cualquier tipo «de repuesta a las solicitudes de protección» sin la autorización de Nueva York, y suprimió la transmisión del aviso de Dallaire a Butros-Gali. Estados Unidos sabía más que el secretario general: un informe de la CIA de enero de 1994 pronosticó el colapso de los Acuerdos de Arusha y 500.000 muertes como consecuencia del mismo.

La noche del 6 de abril de 1994 el avión que trasladaba al presidente Habyarimana y al presidente Ntaryamira de Burundi a Kigali fue alcanzado por dos misiles tierra-aire. El misterio aún rodea las circunstancias de este ataque. Una posibilidad es que una conspiración de militares hutus descontentos con las concesiones hechas –con poca intención de cumplirlas– por Habyarimana en Arusha, decidieran matar dos pájaros de un tiro y eliminarle en una acción espectacular que podría utilizarse como pretexto para un pogromo contra los tutsis. En todo caso, a la media hora del lanzamiento de los misiles, Radio Mille Collines retransmitía las noticias y ya se habían establecido controles al mando de grupos armados por toda la ciudad. Las masacres comenzaron al día siguiente, desplegándose de manera fría y uniforme, como si estuvieran animadas por algún efecto marea desde Ntarama hacia el sur de Kigali, hasta Cyangugu cerca de la frontera congoleña y en la ciudad de Gisenyi, al noroeste, cuando las armas previamente distribuidas por el gobierno fueron tomadas y puestas al servicio del asesinato por toda Ruanda.

Mapa del genocidio

Estados Unidos cerró inmediatamente su embajada y evacuó a todos sus civiles. Dos días después, Francia envió una fuerza militar para proteger el aeropuerto de Kigali, clausuró su embajada –destruyendo cantidades ingentes de documentos confidenciales– y evacuó a sus protegidos y nacionales. El 12 de abril, Bélgica decidió retirar su contingente de la UNAMIR privando a la misión de las tropas mejor entrenadas y equipadas. El 18 de abril, Annan comenzó a defender que la UNAMIR debía ser totalmente retirada. Su delegado habló de un «asesinato étnico caótico y fortuito». Para quienes se hallaban sobre el terreno, sin embargo, estaba claro que no era un brote espontáneo de furor popular, sino una serie de operaciones cuidadosamente planeadas. En Kigali no había falta de orden o autoridad. Lo que faltó fue el más mínimo intento de parar el genocidio por parte de las potencias occidentales interesadas. El embajador de Ruanda en la ONU –que había ocupado en enero un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad– fue capaz de decir en su informe remitido a la junta responsable del exterminio, ahora en el poder, que no había apoyo para la UNAMIR en el Consejo de Seguridad: bastaría con sus propias medidas de «pacificación».

Viendo cómo se extendía la matanza, el FPR tomó la ofensiva desde su base en Mulindi el 9 de abril. Marchando hacia el sur y hacia el oeste a través de Ruanda, el 1º de julio había alcanzado Kigali. Estimando su avance, Francia envió 2.500 soldados fuertemente armados al sur del frente, aparentemente para crear una «zona segura» con el objetivo de prevenir más asesinatos. Críticos a la Operación Turquesa destacaron que casualmente ésta proporcionaba una retirada segura a los ejecutores del genocidio, fuerzas financiadas, entrenadas y equipadas por Francia. El alivio sentido por el poder extremista hutu sólo podía igualarse a la incredulidad del FPR hacia la pretendida neutralidad francesa y hacia el rápido despliegue de tropas tan bien equipadas cuando apenas unas semanas antes nadie había sido capaz de reforzar la UNAMIR. La entrada del FPR en Kigali intensificó aún más una crisis de refugiados de proporciones asombrosas al huir del país los hutus implicados en las masacres o intimidados por la propaganda de los perpetradores. Solamente entre el 14 y el 16 de julio un millón de personas cruzó la frontera con Zaire en Goma; en ese momento había otros 500.000 refugiados en Tanzania y 200.000 en Burundi. Ahora la repuesta humanitaria fue masiva y casi instantánea: 4.000 soldados estadounidenses y cientos de cooperantes llegaron a Goma en 3 días. Ahora bien, el millón de dólares al día gastado en asistir a los hutus que habían huido con la Interahamwe no servían de nada para los 1,7 millones de personas desplazadas dentro de la misma Ruanda. Los supervivientes al genocidio casi pasaron desapercibidos; Occidente ignoraba las necesidades de un país donde el 60 por 100 de su población estaba ahora «o muerta o desplazada».

Los machetes de la vergüenza

Melvern describe con terrible viveza y detalle cómo las potencias occidentales abandonaron Ruanda a su suerte. No obstante, uno de los grandes méritos de su libro es hacer visibles las valientes excepciones: Roméo Dallaire, quien resistió hasta el final con un puñado de voluntarios, Philippe Gaillard, presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja en Ruanda, y Jean-Hervé Bradol de Médicos Sin Fronteras, quienes intentaron salvar tantas vidas como pudieron. El valor de estos pocos no mitiga en absoluto la fuerza de su conclusión: «la furia y el resentimiento contra la ONU permanecerán durante décadas... No hay nada que Occidente pueda decir ahora a las personas de Ruanda para compensarlas por haber dejado de intervenir en las horas de necesidad».

El valor imperecedero del trabajo de Linda Melvern descansa en su implacable análisis de las redes de complicidad que hay detrás del genocidio y su rechazo a tratar las horripilantes estadísticas como si se tratara de una anomalía incomprensible o de una aberración. En su análisis, los asesinatos fueron el producto de una dinámica de exterminio dentro de Ruanda y, al mismo tiempo, de la apatía criminal y deliberada de las grandes potencias. Con su trabajo, Melvern deja más claro que el agua dónde están las responsabilidades principales. Si Bélgica fue el poder colonial que sistemáticamente alimentó las tensiones étnicas entre hutus y tutsis, y Francia el mecenas neocolonial que apoyó y armó a los brutales regímenes de Kayibanda y Habyarimana, Estados Unidos fue el que dio luz verde al genocidio, bloqueando en cada momento cualquier intento en la ONU de evitarlo o detenerlo. Melvern concluye acertadamente que el genocidio ruandés fue «el escándalo que define la presidencia de Clinton». El régimen estadounidense que proclamaba estar asentando nuevos criterios históricos, defendiendo los derechos humanos alrededor del mundo, asistió fríamente a la peor atrocidad de los últimos veinte años, haciendo todo lo posible para contener todos los esfuerzos de llamar al crimen por su nombre mientras estaba ocurriendo.

¿Por qué estaba la potencia estadounidense tan determinada a correr un velo sobre las masacres en Ruanda? No es difícil encontrar la respuesta. Al mismo tiempo que éstas se producían, la Administración Clinton –tras haber boicoteado el Acuerdo de Lisboa para detener el conflicto étnico en Bosnia– estaba obstinada en abrir por la fuerza en los Balcanes el camino que finalmente llevaría al ultimátum de Fontainebleau y al bombardeo de Yugoslavia. Con los medios de comunicación occidentales acosándole de cerca, Estados Unidos tenía la determinación de centrar la atención internacional en los ataques serbios a Bosnia, alegremente descritos por sus portavoces y simpatizantes como «genocidio». En este escenario no podía permitirse nada que distrajera a la opinión pública del drama que rodeaba a Sarajevo. La desproporción de escala entre los dos procesos era tan enorme que la verdad de una era inevitablemente una amenaza al mito de la otra. El genocidio real en África tenía que ser ocultado para sostener la pretensión de un genocidio ficticio en Europa, donde los asesinatos nunca se aproximaron a la destrucción de un pueblo. Invocando constantemente el deber de no permitir nunca otro Holocausto para justificar su intervención en los Balcanes, el régimen de Clinton se confabuló con el primer exterminio ocurrido después de la Segunda Guerra Mundial que era genuinamente comparable con aquél. Cuando los senadores Jeffords y Simon escribieron a Clinton, en mayo de 1994, rogándole que autorizara una acción de la ONU para ayudar a parar la matanza en Ruanda, ni siquiera se molestó en contestarles. Albright, su filibustera en el Consejo de Seguridad, continuó a la cabeza del Departamento de Estado y dirigió el frente ideológico en la guerra de los Balcanes de 1999. Annan, un apropiado sucesor de Waldheim, fue recompensado con el ascenso adecuado. Incapaz de recomendar a la ONU una operación de rescate en Ruanda, cuando existía base legal para ello, no tuvo dificultad en cubrir el bombardeo de la OTAN de Yugoslavia, absolutamente ilegal según la carta de la ONU.

Es poco sorprendente que el magnífico libro de Linda Melvern, fruto de una cuidadosa investigación, escrito con lucidez y expresado en un tono moderado, haya sido sin embargo completamente ignorado por la prensa del país donde ha sido publicado. Ella misma escribe del genocidio de Ruanda que «sólo revelando los fracasos que lo permitieron, los de las organizaciones y los individuales, puede salir algo bueno de unos hechos tan desoladores y tan terribles. Sólo con una exposición de cómo y por qué ocurrió podemos albergar la esperanza de que el nuevo siglo romperá con el sombrío historial del pasado». Hasta ahora hay pocas señales de que esto sea así. Si su libro es una interrogación particularmente valiente del pasado, contiene también una resonancia contemporáneamente trágica: las cicatrices y las consecuencias del genocidio están todavía ahí, metástasis de un cáncer de odio y violencia que todavía se extiende a través de África central.

Restos de las víctimas acumuladas en un centro recordatorio del genocidio

* Colette Braeckman: Editora para África de Le Soir (Bruselas), ha escrito Rwanda: Histoire d’un Génocide (1994) y más recientemente L’enjeu congolais: L’Afrique centrale aprés Mobutu (1999).

domingo, 29 de enero de 2012

La ONU debe pagar por el desastre que causó en Haití y dejar de mentir sobre el tema

Por MARK WEISBROT*

The Guardian, 20 de diciembre de 2011

A pesar de la abrumadora evidencia, la ONU aún no se hace responsable por la epidemia de cólera en Haití

¿Si una organización internacional hubiese traído una enfermedad letal a la ciudad de Nueva York que causara la muerte de más gente que los ataques del 11 de septiembre, cuales serían las consecuencias? ¿Podrían simplemente ignorarlo, sin que alguien los responsabilice? Obviamente, la respuesta es que «no», y lo mismo sería cierto si hubiera ocurrido en la mayoría de los países del hemisferio. Pero hasta ahora, parece que no hay consecuencias si esto ocurre en Haití.

Por alguna razón, la «comunidad internacional» piensa que se puede hacer cualquier cosa en Haití y con impunidad. Más de 7.000 haitianos han muerto desde octubre del 2010 por causa de la mortal bacteria del cólera que tropas de la ONU llevaron a Haití. Más de 500.000 habitantes han sido infectados, y ahora la enfermedad —que no habia surgido en Haití desde hace más de un siglo— está en un estado endémico en el país y seguirá matando a personas por muchos años.

La semana pasada funcionarios de la ONU negaron su responsabilidad por este desastre por segunda vez y, si fuera poco, públicamente mintieron sobre la información científica disponible, parte de la cual ya estaba incluida en el propio informe de la ONU sobre la epidemia. El jueves pasado, Nigel Fisher, el representante especial adjunto de la ONU para MINUSTAH, dijo que «la cepa de cólera que nosotros tenemos en Haití es la misma que se encuentra en América Latina y África. Todas provienen de Bangladesh en los años 1960, por lo cual todas son una cepa asiática».

Pero el propio informe de la ONU señala de manera definitiva que esto no es cierto: «la información básica bacteriológica indica que las cepas haitianas son similares a las cepas de la bacteria Vibrio cholerae que presentemente circulan en el sur de Asia y partes de África, y no las cepas aisladas del Golfo de México o esas que se encuentran en otras partes de América Latina…»

Entonces, de acuerdo a las investigaciones propias de la ONU, Fisher estaba mintiendo. Las negaciones de la ONU sobre su responsabilidad en torno a la introducción del cólera son análogas a la deshonestidad de los «negadores del cambio climático». Las pruebas sobre el origen de la epidemia son abrumadoras.

En el sistema judicial criminal de Estados Unidos, tenemos un estándar de «más allá de un duda razonable», para un sentencia de culpabilidad. En este caso, las pruebas exceden hasta este estándar, y ni decir el estándar menos riguroso que se requiere en otros tribunales civiles.

El proprio informe de la ONU fue claro en decir que «la fuente del brote del cólera en Haití se debió a la contaminación del tributario Meye del rio Artibonite, con una actual cepa patógena tipo Vibrio cholerae del sur de Asia, como resultado de actividad humana». En otras palabras, alguien desalojó material fecal humano, que contenía una bacteria mortal de cólera proveniente de Asia, en una de las mayores fuentes de agua del país. ¿Quién puede haber hecho eso?

El sospechoso número uno es el grupo de tropas de la ONU provenientes de Nepal. Associated Press dijo lo siguiente cuando se dio el brote:
Cuando los periodistas de Associated Press visitaron la zona el miércoles, encontraron tuberías rotas detrás de la base, con investigadores de la ONU tomando muestras. Había un olor abrumador de desechos humanos, y un tubo que corría hacia el tanque séptico tenía una fuga de un líquido, con olor asqueroso, que iba hacia el rio.

Los desechos son descartados al otro lado de la calle en pozos abiertos que, de acuerdo a residentes que viven a unos cuantos metros, a menudo se desbordan hacia el tributario del Artibonite que corre río abajo.
Un funcionario de la ONU le dijo a la BBC de Inglaterra que «todos sabían que la situación sanitaria en la base nepalí era deplorable».

Pero eso sólo es parte de la evidencia que se encuentra allí. Las pruebas científicas son mucho más concluyentes. El informe de la ONU proporcionó una buena cantidad de pruebas genéticas con relación al origen surasiático de la bacteria del cólera en Haití, pero intentó dejar un pequeño espacio para poder maniobriar y no parecer culpable. Pero en agosto una investigación más definitiva fue publicada por un equipo de 15 científicos que tenían acceso a muestras de la bacteria de cólera provenientes de Nepal. Este estudio usó una secuenciación de genoma, además de otros dos métodos, para comparar la composición genética de la bacteria de cólera en Haití con la bacteria de Nepal del mismo momento que el contingente de ese país llegó a Haití. Este estudio también encontró una «relación cercana» entre las cepas haitiana y nepalí de esta bacteria.

El estudio más reciente confirma lo que fue encontrado en estudios anteriores, como uno que fue publicado en la New England Journal of Medicine en enero de este año. Un microbiólogo de Harvard, John Mekalanos, es co-autor de ese artículo y comentó para Science Magazine sobre el estudio más reciente que comparaba las cepas bacterianas de Haití y de Nepal:
«Son prácticamente idénticas. Esto es lo mas cerca que puedes llegar a una prueba molecular» para un vínculo a la cepa nepalí, dijo el microbiólogo de Harvard John Mekalanos, el autor del primer estudio genómico sobre el tema. Por cierto, él ya había intentado, en vano, conseguir muestras de la cepa nepalí para sí mismo. «Los autores deberían ser felicitados por las conclusiones que han hecho sobre el caso a nivel genético-molecular.»
Estos estudios también confirman los resultados de una investigación detallada hecha por el Centro de Control de Enfermedad y Prevención de Estados Unidos, encabezada por el epidemiólogo Renaud Piarroux. Sus «resultados sugieren que la contaminación, proveniente de un campamento militar, del Artibonite y uno de sus afluentes desató el brote».

¿Cuantas más pruebas necesitamos? Puedes apostar que cualquier jurado o juez imparcial en el mundo hallaría a la ONU culpable de traer esta epidemia a Haití. Y de acuerdo a las leyes de la mayoría de los países, ellos tendrían que pagar por lo que hicieron. Es más, hasta podría haber responsabilidad criminal, ya que la contaminación fue hecha de una manera tan inconsiderada y sin preocupación alguna por la vida y la salud de las victimas. Los funcionarios de la ONU tenían que haber sabido de los peligros para Haití, donde muchos no tienen acceso a agua potable o a instalaciones de saneamiento, que podrían representar tropas procedentes de una zona donde había cólera. Tenían que haber sabido que tan importante era no dejar que una bacteria contaminara el suministro de agua del país.

¿A dónde están todas las organizaciones de derechos humanos? ¿Es la ONU tan importante, o tal vez tan influyente, que nadie puede decir lo que es obvio cuando se comete un abuso tan horrible de esta magnitud? Hasta ahora, sólo una pequeña, valiente, e independiente ONG —el Instituto para la Democracia y la Justicia en Haití— ha avisado que va usar vías legales para obligar a la ONU a pagar por daños y perjuicios. Y además, un grupo brasileño —la Facultad de Derecho de Santa Maria (FADISMA)— ha presentado una denuncia a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA. Quizás más importante que la compensación a las victimas y sus familias es que ambos grupos están exigiendo que la ONU proporcione la infraestructura de salud pública para el agua y el saneamiento que es necesaria para eventualmente hacer desaparecer el cólera en Haití.

Todos los que se preocupan por derechos humanos en este hemisferio deberían unirse para exigir que la ONU se responsabilice por este desastre.


* Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C. Obtuvo un doctorado en economía por la Universidad de Michigan. Es también presidente de la organización Just Foreign Policy.

Las Naciones Unidas como problema: el caso Haití


Por VICENÇ NAVARRO


Este artículo critica la existencia y el comportamiento (la denominada «ayuda humanitaria») de las tropas de Naciones Unidas en Haití

Las Naciones Unidas tienen, en general, buena prensa en los círculos progresistas y en los medios de mayor difusión. Ello explica que sea una de las instituciones menos analizada y criticada en tales medios. Sólo voces de la ultraderecha —como Le Pen en Francia o el Tea Party de EE UU entre otros— critican a las Naciones Unidas, haciéndolo desde un punto de vista anti-internacionalista, oponiéndose a cualquier organismo que trascienda los intereses territoriales del país en el que tales fuerzas políticas se ubican. Esta visión nacionalista de la ultraderecha es la que explica su oposición al internacionalismo que significa las Naciones Unidas.

Este monopolio de la crítica de las Naciones Unidas por parte de la ultraderecha, sin embargo, está perjudicando la habilidad crítica de las izquierdas hacia tal institución. Un ejemplo de ello es el silencio de las izquierdas europeas hacia la labor sumamente negativa que las Naciones Unidas han jugado en Haití. Mírese como se mire, su papel en Haití ha sido un desastre, empeorando la situación de aquel país de una manera muy sustancial.

Originalmente, las Naciones Unidas, muy presionadas por la Organización de los Estados Americanos (OEA), enviaron tropas (la mayoría de países de Latinoamérica) a Haití para mantener el orden, inmediatamente después del terremoto que destrozó aquel país. Los famosos cascos azules de los soldados de la ONU eran la supuesta garantía de que aquella sociedad no incurriera en un terremoto político y social.

En sí, el argumento de mantener el orden era ya sorprendente pues, al contrario de la imagen proveída en los medios de mayor difusión, Haití no era, ni antes, ni durante, ni después del terremoto, un país especialmente violento. En realidad, era de los menos violentos en la zona. Según un informe de las mismas Naciones Unidas (citado en el artículo «Two Years Later, Haitians are Worse Off due to Cholera and Lack of Accountability», del Center for Economic and Policy Research de Washington, del cual extraigo la mayoría de la información presentada en este artículo), el número de homicidios era de 6,9 por 100.000 habitantes, un porcentaje mucho menor que el existente en otros países de la región.

¿Por qué, entonces, se les envió a Haití y continúan allí? Podría justificarse si participaran en las actividades de carácter humanitario. Pero no están haciendo esto. Antes al contrario, su presencia ha creado el mayor problema de salud pública en el país: la extensión del cólera. En 2011, 3.400 personas en Haití murieron de cólera, y 171.300 fueron infectadas. En lo que va de año (2012), 7.000 han muerto y 520.000 han sido infectadas. Y varios estudios científicos han mostrado que tal cólera procede de la base (en Mirebalais) donde están asentadas las tropas de la ONU. Ello explica que varias organizaciones de derechos humanos que trabajan en Haití (procedentes de Haití, EE UU y Brasil) estén llevando a la ONU a los tribunales. Pero de todo esto, el lector español apenas ha leído nada.