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martes, 22 de octubre de 2019

Principio de Kropotkin


Por CARLOS DE CASTRO CARRANZA


«¡No compitas! … la competición es siempre
perjudicial para las especies, y tú tienes
cantidad de recursos para evitarla»


Ante el problema de la evolución y el comportamiento de la naturaleza en relación a la moralidad humana existen tres posturas posibles. La de Huxley, en la que la naturaleza nos puede ayudar como guía moral para saber justo lo que no debemos hacer. El principal objetivo social sería evitar o mitigar la lucha por la existencia darwinista. El tópico de la lucha de la existencia visto como nos cuenta el verso de Tennyson «la naturaleza roja en dientes y garras», lo que nos ayuda es a saber a qué se debe sobreponer nuestra moral. Danilevsky critica nuestra tradición filosófica y política diciendo que la guerra de todos contra todos de Hobbes se transforma en la competencia de la teoría económica de Adam Smith. Malthus la aplica a las poblaciones humanas y finalmente Darwin la extiende al mundo orgánico, a la naturaleza entera.

La moral pues lo tendrá difícil, pues debe sobreponerse a nuestras raíces biológicas, a nuestra «naturaleza».

En respuesta a esta filosofía pesimista, surgen o existen dos visiones diferentes. Una, quizás la que tendría el propio Darwin, es aquella en la que se concluye que no debemos extrapolar el comportamiento que interpretamos en la naturaleza a la moral humana. En esta visión, no tiene sentido, por excesivamente antropocéntrico, hablar de crueldad o de amor entre los organismos o en la naturaleza; lo que es metáfora o debe serlo, frecuentemente se usa como si la naturaleza fuese así. En este sentido no se debería hablar de egoísmo o de generosidad; e incluso es peligroso pues hablar de competencia, conflicto o cooperación.

Darwin advertía que él entendía la lucha por la existencia en un sentido metafórico, el éxito en la reproducción o la supervivencia de los nietos puede ser por cooperación entre organismos; pero la realidad es que él mismo se olvida luego de ésta última forma de verlo y, quizás por ser más visual, sencilla o llamativa, los ejemplos que abundan son los de la competencia pura y dura. Y sus primeros intérpretes y defensores, como Huxley, perdieron el carácter metafórico y lo convirtieron en el dogma que apoyaba indirectamente ciertas visiones del capitalismo liberal, de ahí que Huxley dijera que los más fuertes, los más rápidos y los más inteligentes vivían para luchar al siguiente día[*].

Por esto, y por la oposición ideológica al capitalismo económico, surgen opositores al darwinismo en el mundo ruso de finales del siglo XIX y principios del XX. A Tolstoi no le gusta el darwinismo por razones morales. A Kropotkin, exponente del anarquismo, por razones ideológicas.

Pero este último caso, el de Kropotkin, es muchísimo más interesante de lo que se suele imaginar. Kropotkin no niega del todo el darwinismo, lo que niega es que la relación fundamental que se establece entre organismos sea una relación de competencia bajo la visión sobre todo de Huxley. En 1902 publica su Mutual Aid (Ayuda Mutua) como una teoría de la evolución basada en la selección natural pero en la que la cooperación es la relación fundamental entre los animales. Para Kropotkin la lucha por la existencia conduce en general a la ayuda mutua y no al conflicto. Es la cooperación la que permite casi siempre el éxito reproductivo. Gould nos advierte del porqué las propuestas de Kropotkin, lejos de ser las ideas descabelladas de un anarquista, son las de un observador atento de la naturaleza. La diferencia, según Gould, del énfasis de Darwin en la competencia y del de Kropotkin en la cooperación, se debe a que el primero fue influido por los ecosistemas tropicales exuberantes de organismos. En ella, la competencia en todo caso estaba entre organismos. Los organismos en Siberia morían de inanición, por tormentas, por frío, no por competir contra otro organismo. Al revés, era mejor colaborar para resolver los problemas que enfrentaban.


Para Kropotkin además, en los organismos dentro de cada grupo son superiores aquellos que más cooperan. Escribe: «así, encontramos entre los superiores de cada clase de animales, a las hormigas, los loros y los monos, todos combinando la más grande sociabilidad con el más grande desarrollo de la inteligencia». La cooperación lleva el avance. El más apto es el que más y mejor ayuda, no el que compite mejor. Se es más apto cuanto más sociable se es. La sociabilidad no solo asegura el bienestar de la especie sino que, indirectamente, favorece el crecimiento de la inteligencia. La inteligencia, al menos como capacidad de adaptación, es pues para Kropotkin una consecuencia de la cooperación y la evolución.

Kropotkin busca infructuosamente, en aquellos sitios de abundancia de vida que visitó, la lucha competitiva entre individuos de la misma especie.

En su libro, Kropotkin nos regala ejemplos que serían rocambolescos de explicar bajo el principio de la competencia, pero muy sencillos de entender bajo el principio de cooperación:

¿Cómo explicar que durante más de dos horas varios cangrejos traten de voltear a otro cangrejo que se había quedado de espaldas y que «viendo» que no consiguen su objetivo va a llamar más cangrejos para la tarea?

¿Cómo explicar el comportamiento de la hormiga que da de comer a otra hormiga «enemiga» y que a partir de entonces ésta es considerada amiga?

¿Y los nidos conectados de termitas donde conviven dos o tres especies diferentes?

¿Y los escarabajos enterradores que se ayudan para enterrar a un ratón aunque solo uno de ellos depositará los huevos en él?

Y mi favorito, que extrae del propio Darwin:

¿Cómo explicar aquel pelícano ciego alimentado por otros pelícanos que tenían que recorrer más de 50 km para hacerlo?

¿No vemos estas cosas a menudo en los documentales porque son conductas raras?

¿Cuántas veces hemos visto en cambio pelearse a los leones por la comida?

El caso es que las ideas de Kropotkin son ignoradas, aunque muchas de ellas fueran equilibradas y razonables, porque provenían de un anarquista.

Hoy deberíamos de hablar de 'kropotkismo' o del Principio de Kropotkin, por su valor científico. Y lo estaríamos haciendo, sin duda, si el mundo fuera «regido» por el anarquismo. O incluso por las ideas políticas de Thoreau, Tolstoi o Gandhi.

Una vez rescatado a Kropotkin, alguien debería preocuparse de algunas observaciones naturales inquietantes que hace. Repetidas veces dice que la sociabilidad de los animales tiende a perderse por las perturbaciones del ser humano, cita muchos ejemplos, entre ellos a la comadreja, el zorro ártico y los osos. Algunos proceden de observaciones suyas y otras de otros naturalistas.

El Principio de Kropotkin y su ley de la naturaleza

Hemos llamado Principio de Kropotkin a la idea de que los organismos huyen por todos los medios de tener que competir. Es un principio pues de inteligencia adaptativa. Así, la naturaleza «inventa» la cooperación, la coordinación, la migración[**], el sexo (que reduce la tasa de crecimiento geométrico), la misma complejidad e incluso la muerte de los organismos. Todos ellos efectos de este principio.

La naturaleza, siempre que pueda, tratará de no competir entre sus partes (organismos, ecosistemas, células,…) y solo si las relaciones entre sus partes están muy simplificadas será casi inevitable la competencia. Dijimos que la competencia se daba en los estados iniciales del desarrollo de un ecosistema o del cerebro humano. Pero una vez maduro, las relaciones competitivas desaparecen o eran totalmente secundarias.

Si esto es así, el mundo actual esconde una cierta paradoja. Al simplificar la mayoría de los ecosistemas, especialmente durante el último siglo, el ser humano, sobre todo en las sociedades industrializadas capitalistas y excomunistas, ha provocado un retroceso en las relaciones de la naturaleza y las ha llevado hacia la competencia. Es, como dijimos ya, la profecía que se autocumple. El darwinismo competitivo aplicado a la economía mundial ha ayudado a crecer geométricamente (exponencialmente) el impacto ambiental. Este impacto ha sustituido ecosistemas complejos y maduros por ciudades, carreteras, centrales hidroeléctricas, campos de (mono)cultivo, pastos, deforestación, sobrepesca y un largo etcétera que suponen una simplificación de los ecosistemas primigenios. Así, los científicos actuales quizás estén observando más competencia de la que durante millones de años previos a nuestra llegada explosiva hubo. No debemos minimizar la capacidad simplificadora del ser humano, ya en la época de Kropotkin este observa: «cuando los rusos tomaron posesión de Siberia, ellos la encontraron tan densamente poblada de ciervos, antílopes, ardillas y otros animales sociables, que la verdadera conquista de Siberia no fue otra cosa que una expedición de caza». Observación que se puede hacer también para la conquista del Oeste americano, donde una población de 150 millones de bisontes se llegó a reducir un millón de veces a base de tiros (o donde se extinguió en 1914, también por la caza, a la paloma migradora, que contaba con más de 2.000 millones de individuos en 1810).


Hacemos pues una predicción: en aquellos ecosistemas menos perturbados o más complejos, habrá menos relaciones competitivas que en los más distorsionados o sencillos. Teniendo en cuenta que aún hoy, la mayoría de los observadores científicos de la naturaleza son occidentales educados en países donde la distorsión ecológica es enorme, uno sospecha que se tenderán a buscar incluso en las zonas menos distorsionadas las relaciones competitivas. Muchos más sencillas además.

Esto explicaría las observaciones de Kropotkin en las que antiguamente se daban más comportamientos gregarios entre aves y mamíferos.

La ley de la naturaleza es para Kropotkin la tendencia hacia la sociabilidad: «a parte de unas pocas excepciones, aquellas aves y mamíferos que no son gregarios ahora, vivieron en sociedad antes de que el hombre se multiplicara sobre la tierra». Pero si esta tendencia es cierta, una vez simplificado el ecosistema, aquellos organismos que consigan adaptarse a los ecosistemas humanos —la mayoría de los terrestres en la actualidad— terminará volviendo al gregarismo, a formar sociedades. Quizás la cigüeña, los estorninos, las palomas y las ratas de nuestras ciudades que son consideradas plagas lo están haciendo.

Como consecuencia de la tendencia a la cooperación, surge la sociabilidad y, para Kropotkin, esto supone un incremento inevitable de la inteligencia, la compasión y la sensibilidad: las relaciones sociales cooperativas al ser más complejas, exigen más inteligencia y sensibilidad. El ejemplo de los pelícanos que alimentaban al pelícano ciego, desde una visión antropocéntrica, se describirían con un comportamiento compasivo, que exige una percepción de lo que pasa a su alrededor muy superior a la que exigiría la competencia. Y para Kropotkin, inteligencia, sensibilidad y compasión son previos a los sentimientos morales.

La evolución lleva a la formación de sociedades y a la inteligencia. No nos engañemos al pensar que solo el Homo sapiens es inteligente. Su alto grado de autoconciencia quizás sea nuestro rasgo más importante. Pero chimpancés, elefantes y delfines parecen mostrar también un cierto grado de autoconciencia.

Los elefantes, por ejemplo, tienen un comportamiento que nos recuerda a la añoranza, en este caso hacia sus muertos. En cualquier caso, no hemos sido la única especie plenamente inteligente que ha existido, el neandertal y quizás el actualísimo hombre de la isla de Flores, han sido en este sentido también humanos, y aunque sean de nuestro mismo género, están extintos y son especies distintas de la nuestra.

Y esta tendencia hacia la sociabilidad y la inteligencia, no se da solamente entre vertebrados superiores como sabemos por la elevadísima sociabilidad de los insectos sociales. Ya hemos dicho que la sociabilidad en los insectos se ha inventado más de una docena de veces distintas. Es tan elevada esta tendencia a la socialización, que en la actualidad se le llama atractor biológico, del lenguaje de la Teoría del Caos.


Las termitas son tan gregarias que sabemos que viven más y mejor juntas que separadas, incluso en condiciones extrañas y extremas. Un sencillo experimento nos enseña esto. Se colocó en situación de privación de recursos (en tubitos de ensayo cerrados) a números distintos de termitas. A pesar de que el primer factor de escasez era el oxígeno, y por lo tanto este debería a priori desaparecer antes en los tubos con mayor número de termitas, el resultado fue que en los tubos con menos termitas éstas morían antes que en los tubos con más termitas. Si las relaciones fueran competitivas el resultado habría sido el asesinato. ¡Lo que en cambio mataba a las termitas aisladas era el estrés de verse solas! ¡Las termitas necesitaban más a sus compañeras que a la luz, al agua o al mismo aire!

Por último señalemos que la sociabilidad hace más difícil la especiación en el sentido darwiniano, pues el aislamiento reproductivo necesario se reducirá.

El origen de Gaia.
Una teoría holista de la evolución
(2008)


  NOTAS:

    [*] Bastian, el protagonista de la Historia Interminable, aprende casi al final de su aventura que: «no quería ser el más grande, el más fuerte o el más inteligente. Todo eso lo había superado. Deseaba ser querido como era, bueno o malo, hermoso o feo, listo o tonto, con todos sus defectos… o precisamente por ellos». ¿Contra inspiración de Ende?
   [**] Una especulación: ¿acaso las plantas, que nos parecen menos evolucionadas que los animales, lo son porque tienen menos oportunidades para evitar la competencia?

martes, 19 de marzo de 2019

Charles Darwin (obituario)

 Unos meses antes de ser arrestado y encarcelado Kropotkin, durante una breve estancia en Inglaterra coincidió con la muerte de Darwin (19 de abril de 1882); días después para su periódico LE RÉVOLTÉ escribió una necrológica en honor al inglés. Considerado erróneamente como el 'padre de la Evolución', otros naturalistas la describieron antes que él; en realidad fue el coautor (junto a Wallace) de la teoría de la selección natural. Aunque Darwin y el darwinismo están relacionados, no son lo mismo. Kropotkin ya lo manifestó años después, vinculándolo al lamarckismo.

La visión competitiva y violenta de la naturaleza del darwinismo fue refutado por el mismo Kropotkin en una serie de escritos que dieron al libro EL APOYO MUTUO, a finales del siglo XIX. Pero en este escrito ya se vislumbraba su oposición a tal observación. Además reconocia que el pensamiento y los modelos teóricos científicos no son obra de un solo hombre, sino de varios, de su tiempo.


   Por P. KROPOTKIN

La humanidad acaba de perder en la persona de Charles Darwin a un sabio que no solo dio una dirección verdaderamente científica y racional a las investigaciones sobre la ley del desarrollo de los seres organizados, sino también a aquel que contribuyó más eficazmente, quizá sin quererlo, a derribar los prejuicios religiosos y que ejerció una mayor influencia sobre el desarrollo del espíritu crítico y de demolición de nuestro siglo.

En su obra El origen de las especies y en toda la serie de trabajos que la siguieron, Darwin demostró y estableció científicamente que la inmensa variedad de formas animales y vegetales que podemos observar sobre nuestro globo terrestre no es la obra de un creador que se habría divertido en crear hoy un polípero, mañana un pez y pasado mañana un mono o un hombre. Darwin demostró que toda esta variedad de formas fue el resultado natural de la acción de las fuerzas físicas actuando durante miles y millones de siglos, primero sobre las células más simples, después sobre las aglomeraciones de células y más tarde sobre los vegetales y los animales —simples al principio y cada vez más complejos conforme pasaban los siglos—, diversificándose según los diversos climas y medios en los que vivían y se propagaban.

Darwin demostró que el hombre, que siempre ha querido situarse fuera y por encima del mundo animal, ha tenido exactamente el mismo origen que el resto de los animales. La especie humana no es más que una especie de animales perfeccionados en relación con sus antepasados —no siendo este perfeccionamiento sino una mejor adaptación al medio ambiente y un desarrollo de facultades y de estructuras favorables en la lucha por la existencia—. Durante un período de muchos centenares de siglos, el hombre y el mono tuvieron por antepasado común una especie animal que, al desarrollarse en direcciones diferentes, desembocó por un lado en el mono y por otro en el hombre. De este modo, el hombre y el mono son primos hermanos como lo son el caniche y el terranova. Pero lo que el arte ha logrado realizar con estas dos razas de perro lo ha hecho el desarrollo natural al producir estas otras dos especies: el hombre y el mono.

Hace veinte años, cuando los ateos discutían con los creyentes, estos últimos formulaban una pregunta que resultaba muy difícil de responder recurriendo a la ciencia. ¿Cómo es posible explicar que los animales y las plantas estén tan admirablemente adaptados al medio que habitan? ¿Cómo es posible que la garza esté tan bien hecha para habitar las marismas, el águila para la caza, el camello al desierto, el pez al agua, etc.? Darwin demostró que esta organización, adaptada al medio, es una consecuencia de la «selección natural», ayudada por la «lucha por la existencia». La influencia del medio produce primero ciertos cambios de organización; estos cambios se transmiten luego a las crías y en ellos se acentúan. La gacela que es un poco más ágil que las otras, el águila que tiene un ojo un poco más preciso o el camello un poco más capaz de soportar la sed tienen más posibilidades de sobrevivir en la lucha por la existencia y de dejar una descendencia que, al heredar sus cualidades, las desarrollará más ampliamente. Si hoy en día el camello está tan bien hecho para el desierto y la garza para la marisma es porque todos los que nacen mal adaptados al medio ambiente perecen o tienen menos oportunidades de dejar descendencia, mientras que los mejor adaptados sobreviven y dejan a sus pequeños, que se les parecen. El espíritu de un creador o de la naturaleza no tiene ningún papel aquí. Es el simple resultado de causas naturales.

La burguesía ha buscado convertir la «lucha por la existencia» en un argumento contra el socialismo. Es comprensible: suele hacer leña de todo árbol caído. Pero —sin entrar en desarrollos que el formato de Le Révolté no admite— baste decir que los hechos establecidos por Darwin son absolutamente contrarios a las teorías que pretende sostener la burguesía. «Los mejor adaptados al medio son aquellos que mejor sobreviven en la lucha por la existencia» dice la ciencia. Pero ¿quién está mejor adaptado al medio? ¿El que lo produce todo, el que inventa, el que es capaz de trabajar con sus manos y la cabeza, de dominar su existencia y desarrollarse —el obrero, en una palabra—, o bien ese ser abyecto que no sabe hacer otra cosa que reproducirse, que desprecia el trabajo, que no sabe hacer otra cosa que despilfarrar lo que otros han producido? Este ser está condenado por la naturaleza a morir, y morirá, ya está muriendo. Esto es lo que dice la ciencia.

Por otra parte, si bien Darwin no lo dijo él mismo, otros, aplicando sus métodos y desarrollando sus ideas, han demostrado que las especies son sociables, en las que todos los individuos son solidarios los unos con los otros, son precisamente las que más prosperan, se desarrollan y se propagan, mientras que las especies que viven del robo, como por ejemplo el halcón, están en decadencia en toda la superficie del globo. La solidaridad y el trabajo solidario es lo que consolida a las especies en la lucha que deben mantener contra las fuerzas hostiles de la naturaleza para asegurar su existencia. Esto es lo que nos dice la ciencia. Las investigaciones de Darwin y sus sucesores, lejos de justificar la explotación —lo cual les resultaría imposible—, son por el contrario un excelente argumento para demostrar que el mejor modo de organización de una sociedad animal es la organización comunista-anarquista.


Como sabio y como inglés, Darwin no llegó por sí mismo hasta las últimas consecuencias de sus investigaciones. Pero otros han desarrollado sus ideas y han explicado su auténtica significación, y sus ideas han dado un nuevo empuje al movimiento ateo. En Rusia ha contribuido poderosamente (en la medida en que una idea científica puede contribuir) al desarrollo del movimiento revolucionario y a conformar el espíritu crítico del nihilismo.

Analizar la influencia de Darwin sobre el desarrollo de las ciencias naturales no es nuestro campo. Sin embargo, aún nos quedan dos hechos que dar a conocer en nuestra pequeña nota.

El primero concierne a la influencia nociva de los «sabios» oficiales sobre la ciencia. Cuando Darwin publicó su libro en 1859, todos los sabios (con muy pocas excepciones) se pusieron en su contra; mientras que todo el público, la gran masa, se puso a su favor. Durante diez, quizá quince años, los sabios no dejaron de decir: «Las hipótesis del señor Darwin son muy ingeniosas, pero no tiene base científica». Las academias rechazaban abrirle sus puertas. Sin embargo la masa, el público, los jóvenes, obligaron a los sabios a aceptar las ideas de Darwin. Hoy sería difícil encontrar a diez de ellos que dudasen de la exactitud de sus ideas.

Darwin fue un gran trabajador. Al comprobar la inmensidad de las investigaciones que llevó a cabo, se comprende que tuvo que indagar duramente durante toda su vida para reunir ese acervo formidable de hechos sobre los cuales basó sus teorías. No en vano, tardó treinta años en recogerlos antes de publicar su obra. En la sociedad del futuro, cuando todo el mundo tenga la educación que Darwin tuvo al comienzo de sus estudios y la posibilidad de dedicarse a la ciencia, cuando cualquiera pueda concebir una hipótesis y necesite recoger grandes cantidades de datos para verificarla, este trabajo podrá llevarse a cabo en pocos años gracias a los esfuerzos colectivos. En una sociedad comunista no pasarán treinta años entre la enunciación de una hipótesis y su constatación científica mediante pruebas necesarias: se logrará en dos, tres años. Y la idea, lanzada al mundo, encontrará millones de cerebros dispuestos a hacerse con ella, a desarrollarla, a hacerla dar sus frutos.


Una última observación. Tenemos la vieja costumbre de decir: «Teoría de Darwin». Designar las teorías por el nombre de su autor refleja la pervivencia de un lenguaje surgido del régimen de la propiedad privada. En efecto, sería un gran error que fue el cerebro de Darwin el que descubrió la bella teoría de la «selección natural». Como todo gran descubrimiento, esta teoría estaba ya en el ambiente de nuestro siglo. Los sabios de la Francia revolucionaria del siglo pasado la habían previsto, y en el mismo momento en que Darwin publicaba su libro, otro sabio, Wallace, publicaba una obra sobre el mismo tema y Spencer llegaba a conclusiones análogas por otras vías. Lo que debemos a Darwin es haber elaborado esta teoría bajo todos sus aspectos, haber elucidado hechos que parecían contradictorios y haber acumulado formidables masas de pruebas para apoyarla. Pero la teoría sobre el origen de las especies no es la obra de un solo individuo, es la obra del siglo XIX.

LE RÉVOLTÉ
Nº 5/29 abril 1882

domingo, 3 de marzo de 2019

Evolución, especiación y adaptación

Por DANIEL HEREDIA DOVAL

VISIÓN GENERAL PERSONAL

Tradicionalmente se consideran a los fenómenos de adaptación, especiación y evolución como un proceso continuo derivado de la actuación de la selección natural sobre las poblaciones, las mutaciones puntuales que aparecen en su seno y la reproducción diferencial de los más adecuados. Sin embargo, es un error inaceptable considerar bajo una lupa reduccionista la diversidad de la vida, admitiendo que todo se debe a la extrapolación de un único y omnipotente proceso de gran simplicidad.

Además, los análisis procedentes de distintas disciplinas establecen diferencias entre la adaptación, la especiación y la evolución (comúnmente llamada «macroevolución» debido al caos terminológico en que nos situamos).

He aquí mi visión personal de tres aspectos fundamentales, relacionados pero no concatenados.

Adaptación

La adaptación es el proceso por el cual los organismos y las especies responden al ambiente y se adecuan a este, permitiendo la supervivencia de los/las mismas frente a cambios en su ambiente.

La adaptación implica pequeñas variaciones en la morfología y fisiología de los organismos que pueden ser o no heredables. Estas variaciones pueden apreciarse en mayor o menor medida, pero en ningún caso pueden dar lugar a la aparición de especies nuevas. Este ajuste de las poblaciones es, sin embargo, fundamental para la vida y puede explicar algunas características claramente ligadas al entorno de los organismos.

La adaptación no heredable se debe a la capacidad de respuesta al ambiente que presentan los seres vivos, que permite una relativa, pero fundamental, plasticidad ante cambios ambientales y puede dar lugar a ecotipos (conjunto de organismos de una especie con características particulares, no heredables genéticamente, en respuesta a un ambiente concreto).

Por otra parte, la adaptación con resultados genéticamente heredables ha sido y es el principal fenómeno estudiado en relación a la adaptación de las especies en términos «evolutivos». Desde el punto de vista neodarwinista, la adaptación es el resultado de la actuación de la selección natural, es decir, la supervivencia de los más adecuados en cada ambiente y momento. Este supuesto, no ocurre de forma natural en las poblaciones por medio de la competencia, sino que en todo lugar sería el resultado de un efecto de cuello de botella, en el que la aparición de un efecto nocivo limitante produce un sesgo en la población. Sin embargo, aunque podría decirse que la población se ha «adaptado» a la nueva condición, en verdad no ha aparecido ninguna novedad para hacer frente al problema, sino que han sobrevivido caracteres preexistentes que formaban parte de la variabilidad de la población. De igual modo, otras modalidades de deriva genética (efectos insulares y fundadores) pueden explicar ciertos rasgos heredables de una población, aunque en realidad no se pueda considerar una verdadera adaptación.


Sin embargo, existen numerosos casos concretos que no pueden ser explicados mediante procesos de reducción de la variabilidad existente en pos a la supervivencia de la especie, sino que deben haber requerido la implicación de mecanismos concretos de adaptación heredable por respuesta al ambiente. De esta forma, las poblaciones se adaptarían como consecuencia de la adaptación al unísono de los organismos que la componen en respuesta al ambiente. El problema fundamental consiste en encontrar el mecanismo viable capaz de provocar que dichos cambios sean heredables, como son la mayoría de las características de tipo adaptativo. Así pues, podrían ser candidatos a este puesto fenómenos epigenéticos, de supresión génica y duplicaciones selectivas de genes estructurales y reguladores.

La aparición de nuevos caracteres por mutaciones compatibles con la vida (pigmentación principalmente) podría provocar, en casos concretos, un efecto inverso al de adaptación, en el que los organismos anómalos deberían encontrar un ambiente propicio (para la cripsis) o morir.

La adaptación, en resumen, permite la supervivencia de las especies, pero no su formación. Los cambios que se dan lugar en los organismos y las poblaciones son reversibles, no heredables, o preexistentes en la variabilidad de la especie o producen pequeños cambios genéticos incapaces de acumularse o generar, de forma general, una incompatibilidad reproductiva real.

Especiación

La especiación es, literalmente, la formación de nuevas especies a partir de otras preexistentes.

Un problema fundamental consiste en definir el concepto de especie. Así pues, en los organismos con reproducción sexual, esta categoría implica siempre, además de cierto parecido morfológico, un aislamiento reproductivo total (animales) o relativamente alto (plantas) con respecto a todos los individuos no pertenecientes a su especie. En organismos procariotas, se establece como especie a aquellos conjuntos de bacterias con una homología genética superior al 97%, aunque por supuesto este es un criterio artificial, al igual que la separación de bacterias en especies. Por esto último, al hablar de especiación de aquí en adelante sólo se considerará a los organismos con reproducción sexual.


La visión neodarwinista afirma que las mutaciones puntuales, surgidas al azar y favorecidas por la selección natural, se acumulan en las poblaciones generando diferencias que, con el tiempo, acaban por establecer incompatibilidad genética para la reproducción con otros grupos poblacionales de su misma especie. Sin embargo, la acumulación de nuevos caracteres como vía de formación de las especies es más que cuestionable, debido a que mientras existe compatibilidad reproductiva entre los individuos, estos caracteres tienden a disgregarse o difundirse en la población, no creando aislamiento alguno y, en el mejor de los casos, aumentan la variabilidad de la especie creando polimorfismos. Así pues, la especiación simpátrida, por lógica la de mayor frecuencia, carece de credibilidad bajo las premisas neodarwinistas.

La especiación requiere de aislamiento reproductivo, y este a de darse de forma prioritaria por una barrera de aparición brusca. Los reordenamientos cromosómicos y del genoma completo provocan un aislamiento reproductivo postcigótico inmediato, y como resultado de un cruce con el genotipo ancestral o emparentado surgen híbridos estériles o abortivos. Los análisis cariológicos demuestran que existen reordenamientos cromosómicos están ligados especies emparentadas, como en nuestro caso, Homo sapiens, donde existe una homología genética de más del 98% con los chimpancés (escasas diferencias genéticas) pero se si observan claros reordenamientos en varios cromosomas, al igual que con otros grandes simios:

«Excepto por las diferencias en la heterocromatina no genética, los cromosomas 6, 13, 19, 21, 22 y X tienen patrones de bandas idénticos en las cuatro especies (orangutanes, gorilas, chimpancés y humanos). Los cromosomas 3, 11, 14, 15, 18, 20 e Y tienen el mismo aspecto en tres de las cuatro especies (gorilas, chimpancés y humanos) y los cromosomas 1, 2p, 2q, 5, 7, 10, 12, y 16 son iguales en dos especies. Los cromosomas 4 y 17 son diferentes entre las cuatro especies. La mayoría de las diferencias cromosómicas entre las cuatro especies involucran cambios locales en el cromosoma que se han invertido o intercambiado de un extremo a otro. Esta es una ocurrencia relativamente común entre muchas especies, y ha sido documentada en humanos.»

Además, las regiones implicadas en reordenamientos parecen estar asociadas con duplicaciones a gran escala.

De igual manera, la poliploidización genera aislamiento postcigótico inmediato. Este fenómeno es común en plantas e insectos, aunque también se conocen casos en vertebrados (anuro Odontophrynus americanus) que dan lugar a «poblaciones con aislamiento reproductivo simpátrido». Analizando los genomas de los teleósteos se ha concluido que las duplicaciones completas de genoma pudieron ser fundamentales en la radiación de estos peces.

Por otra parte, pueden formarse barreras reproductivas precigóticas que impiden que se produzca la fecundación. En los erizos de mar, existe una gran especificidad entre los receptores de huevos y espermatozoides, así como de las moléculas quimiotácticas que permiten el encuentro de los gametos. Las especies emparentadas mantienen características similares, aunque la hibridación es evitada por estos mecanismos. La aparición de una nueva variedad de señalización implicaría un aislamiento reproductivo.

En todo caso, estos mecanismos carecen de utilidad bajo las premisas neodarwinistas, donde las variaciones viables surgen en un sólo individuo. La aparición de cualquier mecanismo de aislamiento inmediato en un único individuo traería como consecuencia la incapacidad para reproducirse con ningún otro espécimen y, por supuesto, no se formaría especie alguna. Por ello, la especiación es un proceso que requiere una reorganización análoga en varios individuos, ya sea porque se dé en individuos clónicos, inducida por influencias ambientales en una generación o por existir una predisposición estructural de que ocurra ese cambio concreto.

La especiación es un fenómeno que incrementa la diversidad de especies de un taxón, pero no necesariamente la disparidad, puesto que no siempre conlleva grandes cambios estructurales en la biología de los organismos (evolución). Tras la formación de una especie, a parte de los cambios derivados de la reorganización cromosómica, pueden acumularse características (ahora incapaces de mezclarse con la población original), procedentes de la adaptación y la deriva genética, que conforman diferencias más o menos leves (aunque apreciables) con respecto a otras especies emparentadas. Hablando coloquialmente, la especiación per se produce «variaciones sobre un mismo tema», como las que se observan entre las especies de saltamontes, antílopes o pinos. La aparición de nuevos patrones biológicos (nuevos «temas»), aunque también lleve implícito el aislamiento reproductivo, es lo que podemos considerar, en sentido estricto, evolución.

Evolución

La evolución es el cambio de un estado a otro, la aparición de planes biológicos completamente nuevos, claramente distintos de los organismos precursores. Evolución implica un cambio representativo en la organización general de un patrón y que origina nuevos taxones reconocibles.

La evolución se establece como un proceso gradual de trasgresión de las especies, dando lugar a formas nuevas por medio del continuo proceso adaptación-especiación-evolución. Sin embargo, esta serie no parece tener validez real. Por otra parte, el registro fósil no muestra infinitas formas intermedias, como sería de esperar, sino especies definidas que perduran durante unos millones de años para desaparecer y ser suplantadas por otras de forma abrupta (el Equilibrio puntuado de Eldredge y Gould).

Además, los grandes cambios evolutivos parecen estar relacionados con eventos de extinción de gran magnitud, achacados principalmente a fenómenos de gran inestabilidad ambiental. Tras estos fenómenos es corriente que se observen en el registro fósil «radiaciones adaptativas», es decir, la aparición rápida de una gran cantidad de taxones nuevos. La explicación «ortodoxa» a este fenómeno es contradictoria con las propias premisas neodarwinistas: tras una extinción masiva, muchos nichos ecológicos quedarían «vacíos» y la ausencia de competencia favorecería la rápida, pero gradual, adaptación (?) de las especies dando como resultado radiaciones adaptativas. ¿Cómo es posible que si la competencia es el brazo ejecutor de la selección natural, motor de la evolución, su ausencia dé lugar a la rápida aparición de gran cantidad de formas nuevas?

La evolución ha de ser, al igual que la especiación, un fenómeno rápido y que afecte por igual a varios individuos. Sin embargo, además deben aparecer grandes cambios biológicos en los individuos, resultantes de un mayor reordenamiento del genoma. Las reorganizaciones se deben no solo a la redistribución de cromosomas, sino a otros fenómenos como la asimilación de información foránea (simbiosis y transferencia horizontal genética) y, principalmente, a la actividad de los elementos transponibles y otros elementos repetidos no codificantes de proteínas.

La importancia de los elementos transponibles ha sido ignorada hasta la década de los 90 debido a su prejuiciosa calificación como «ADN basura», debido a que no codifican proteínas. Posteriormente se les tachó retorcidamente de «ADN egoísta», por su insólita capacidad de moverse y copiarse a lo largo de los cromosomas (lo que se quiso interpretar como un «esfuerzo» por perpetuarse como polizones de los genomas en que residen). Sin embargo ahora se empieza a reconocer la gran importancia de estas secuencias en los genomas eucariotas y en su evolución. Las secuencias repetidas no codificantes de proteínas, constituidas o derivadas de elementos transponibles en gran medida y abundantes en los genomas eucariotas, parecen ser fundamentales en muchos aspectos: constituyen las regiones pericentroméricas de los cromosomas, permiten la movilización de exones y secuencias promotoras, son fundamentales para la estructura de los cromosomas, contienen secuencias no codificantes de proteínas pero sí de ARNs que intervienen en la regulación y supresión génica; en nuestra especie, docenas de genes humanos parecen haber derivado de elementos transponibles y unos cientos de genes usan las terminaciones transcripcionales de retrotransposones del tipo LTR, otros genes usan los elementos reguladores derivados de elementos repetidos…


Pero además, es un hecho constatado la influencia del estrés ambiental en estas secuencias, produciendo su activación y provocando grandes duplicaciones, pero también inversiones, deleciones, translocaciones e inversiones cromosómicas debidas a la interacción entre elementos homólogos (apareamiento ectotópico). Parece ser que existen, además, sitios preferenciales de inserción, estableciendo cierta variabilidad predeterminada que puede influir en la probabilidad de que un mismo suceso ocurra en varios individuos por separado.

Por otra parte existen evidencias de la gran importancia que ha tenido la integración de información procedente de otros sistemas biológicos por medio de simbiosis celular, como la aparición de las células eucariotas y de gran cantidad de protistas posteriores, y por transferencia horizontal por medio de vectores víricos. Con su reactivación, un retrovirus puede llevarse consigo parte del ADN del lugar de inserción y propagarla por sus nuevos huéspedes, pudiendo traspasar la barrera de la especie.

En referencia a este último caso, el análisis inicial del genoma humano (2001) reveló que cientos de genes humanos parecen ser el resultado de transferencia horizontal desde bacterias en algún punto del linaje vertebrado. Muchas de estas nuevas adquisiciones han establecido papeles fundamentales en nuestro metabolismo (hidrolasas, deshidrogenasas, MAO). Observaciones similares en el genoma de la lombriz indican una probable transferencia horizontal linaje-especifica.

Recapitulando, los grandes eventos extincionales y el gran estrés ambiental al que están ligados podrían ser los desencadenantes de los fenómenos evolutivos por medio de la activación de elementos móviles dentro de los genomas y fuera, en su forma libre de retrovirus. Así pues, se producirían grandes reordenamientos en los genomas que afectarían a su estructura interna y a su regulación general. El resultado final sería en muchos casos abortivo, al fin de al cabo se trata de una extinción, y no quedaría constancia fósil de estos intentos fallidos. No obstante, los organismos viables presentarían características notablemente diferentes a las de sus progenitores, y puesto que existe cierta variabilidad predeterminada en las inserciones de elementos móviles, es de esperar que más individuos presenten sus mismas características y la nueva especie pueda perpetuarse. Finalmente, la viabilidad de las nuevas formas dependería de su compatibilidad con la vida y la capacidad de integrarse en la compleja red de relaciones ecológicas de su ecosistema.

viernes, 1 de febrero de 2019

Convergencia evolutiva en artrópodos

'Mantis religiosa' aunque no posee
una anatomía grotescamente transformada
para el mimetismo como otros insectos
tratados en el texto, es una maestra del camuflaje.

Por ENDIKA ARCONES

Los Homo sapiens somos una especie fundamentalmente curiosa. Desde las cuevas, hace varias decenas de miles de años, exploramos el mundo que nos rodea con fruición, atónitos ante la magnificencia de los astros, los minerales, los colores de las rocas, las plantas y los animales. No obstante, aquel ser humano incipiente era incapaz de alcanzar a comprender que el mundo que lo rodeaba era un mundo dinámico. Siempre fluyendo y transformándose tanto él mismo como lo que en él habita. Desde lo microscópico y efímero, hasta lo enorme y dilatado en el tiempo. Lapsos de días o de cientos de miles de años.

Aquello que sucedía en tiempos más cortos que la esperanza de vida media de nuestra especie era detectable por nuestras mentes profanas. Lo inabarcable, lo exageradamente lento, excedía nuestras capacidades. Los procesos geológicos, como la erosión y afloramiento de rocas ígneas formadas en la antigua cámara magmática de un volcán, suceden en tiempos tan largos como decenas de miles de vidas humanas. Asimismo, la evolución de los seres vivos es un proceso lo suficientemente lento como para que nosotros, sin las herramientas y conocimientos de que disponemos en la actualidad, fuéramos incapaces de observarlo directamente.

A día de hoy, gracias a la teoría de la evolución de las especies de Darwin [y antes con Lamarck] y todos los descubrimientos que se han ido sucediendo hasta nuestros días en este campo, podemos dibujar en nuestra mente, siguiendo analogías con fósiles y seres vivos actuales, los distintos escalones por los que muchos grupos taxonómicos transitaron hasta llegar a ser lo que son hoy, incluida nuestra propia especie. Si visualizamos esa secuencia de imágenes y lo hacemos con varios grupos faunísticos, acabaremos notando cómo especies filogenéticamente muy distintas, han adquirido características similares. Es lo que los biólogos llaman evolución convergente. Para comprenderlo, valga un caso paradigmático. Supongamos que somos un reptil de principios de la era Mesozoica, y nos movemos de árbol en árbol para alcanzar nuestra comida o escapar de nuestros depredadores. Quizá necesitemos unas alas que, dadas nuestras características morfológicas de reptiles arcaicos, evolucionarán siguiendo un camino determinado. La selección natural [mejor dicho, la evolución], ha «dotado» de alas a un reptil. Es el ejemplo del pterosaurio.

Seguidamente, imaginemos un mundo invadido por dinosaurios y otros reptiles gigantes, en el que los peligros acechan por tierra y aire. Otro animal, un dinosaurio —un reptil moderno—, comienza a emplear sus extremidades recubiertas de una novedad curiosa entonces, las plumas, para impulsarse en pos de capturar presas voladoras o huir con mayor presteza. Con el paso de muchas generaciones, ese reptil, al igual que le sucedió al arcosaurio o reptil arcaico del que derivaron los pterosaurios, se «deshizo» de todos los elementos pesados y prescindibles de los que su cuerpo disponía —dientes, cola ósea, huesos densos— para ganar en ligereza; y desarrolló alas. Es el ejemplo de las aves.

Las aves, como el gorrión alpino 'Montifringilla nivalis',
comparten el desarrollo de las alas con los murciélagos y
los extintos pterosaurios. 'Los quirópteros es un orden de
mamíferos que adaptó su morfología a la vida aérea.

Por último, situémonos a principios del Cenozoico, en la era de los mamíferos, cuando animales parecidos a roedores adquirieron hábitos arbóreos, permitiendo a unos pocos seguir el camino que anteriormente recorrieron otros vertebrados: el camino de la adaptación a la vida aérea. Es el ejemplo de los quirópteros o murciélagos. Evidentemente, nada es tan simple como se ha contado aquí, ni a los animales se les proporcionan características o habilidades que nosotros entendemos como útiles. Es un proceso largo, complejo y que implica múltiples interacciones entre la especie, el entorno, el clima, los eventos catastróficos y el resto de seres vivos.

Sirva como ejemplo el de los vertebrados que aprendieron a volar, transformando sus extremidades anteriores en alas, partiendo desde morfologías distintas, sin mediar estrechas relaciones de parentesco, para entender este concepto biológico.

Por tanto, la convergencia evolutiva trata de resolver problemas similares con soluciones similares. De la misma manera que reptiles y mamíferos, frente al problema de alzar el vuelo, desarrollaron una resolutiva adaptación: las alas.

Entre los artrópodos también existen numerosos ejemplos que pueden ilustrarnos acerca de la evolución convergente. Desde la equivalencia entre las colonias sociales de termitas y hormigas, hasta el fascinante parecido entre isópodos y gloméridos. Analicemos varios casos con detalle.

Mariposas diurnas y colibrís

Ambos grupos de animales, tan filogenéticamente distantes, comparten un mismo requerimiento alimenticio: el néctar. Por tanto, deben salvar un problema básico consistente en buscar una manera eficiente de localizar las flores, viajar hasta ellas, situarse próximos a la corola y extraer su contenido. Singularmente, las esfinges colibrí Macroglossum spp. llevan la evolución convergente con las aves de la familia Trochilidae [troquílidos] hasta límites raramente hollados.

¿Quién no ha observado con atención una extraña criatura de velocísimo batir de alas y prolongados cernidos con la incredulidad del neófito que cree estar viendo un colibrí? Sin embargo, estas aves son oriundas de América, siendo las esfinges colibrí, en cierta manera, los colibrís del Viejo Mundo, donde no existen otros animales que aprovechen el nicho ecológico que supone visitar más de mil flores al día sin posarse en sus inmediaciones.

Un primer obstáculo que plantea la extracción del néctar para estos seres es la separación que mantienen respecto a la flor, para lo cual necesitan percibir las distancias de forma precisa, lo que consiguen con mecanismos visuales equivalentes. Cuando el viento mece la flor o al animal, logran corregir la posición rápidamente, gracias a la vista y a su gran capacidad de maniobrar en el aire. Para esto último es muy útil batir las alas a velocidades superiores a varios aleteos por segundo, pudiendo incluso volar hacia atrás —habilidad rara en las aves que solo poseen los colibrís—. Una vez en la posición adecuada, debido a esa distancia que los separa de su objetivo, necesitan una prolongación que les ayude a extraer el alimento con celeridad. Los colibrís han desarrollado largos picos y lenguas con los que absorben el néctar como si hicieran uso de una «pajita»; algo parecido poseen las esfinges colibrí, cuya espiritrompa —estructura bucal que comparten todas las mariposas nectarívoras— es de mayor longitud que su propio cuerpo.

La larguísima espiritrompa de la esfinge colibrí
'Macroglossum stellatarium' tiene su análogo
en el pico de los colibrís.
Una vez extraído el energético líquido, deberán volar hasta la siguiente flor, y así sucesivamente hasta cubrir sus altísimos requerimientos energéticos. La percepción visual de los colores y una cierta capacidad de aprendizaje sobre qué flores son más nutritivas o menos, ayudarán a estos dos grupos tan variopintos de animales voladores a sobrevivir un día entero con la dificultad de recuperar lo gastado en sus vuelos de alto consumo.

Gloméridos e isópodos

En el caso de estos dos grupos de animales, la confusión es aún mayor que en colibrís y esfinges colibrí, siendo muy habitual tomar erróneamente a todos ellos como miembros de un mismo grupo conocido vulgarmente como 'bichos bola'. Sin embargo, pertenecen a subfilos bien distintos: miriápodos y crustáceos.

Los primeros, los gloméridos, son parientes próximos de los milpiés, y también –aunque algo más lejanos– de los ciempiés. Como ellos, sus cuerpos están divididos en dos regiones –cabeza y tronco– surcadas por numerosos segmentos que, sin embargo, son menos que en el resto de miriápodos, lo cual acorta su longitud y les permite enrollarse de forma muy distintiva como método de defensa: es la llamada conglobación o volvación. Así, protegen sus partes vitales en el interior de la «bola», dejando al descubierto la dura coraza quitinosa que conforman sus segmentos. Con estas características han explotado con garantías su nicho, fundamentalmente, lugares húmedos con abundantes detritos que aprovechan con éxito compartiendo espacio con especies de isópodos del suborden Oniscidea.

Los oniscídeos forman un heterogéneo grupo de especies de crustáceos terrestres y marinos, externamente semejantes a los ya descritos gloméridos. En el caso de los terrestres, como Armadillidium spp., la ausencia de telson —así es como se le llama a la cola en crustáceos como quisquillas, langostas o isópodos marinos— permite que la posibilidad de confundirlos con los milpiés sea muy alta; pero basta fijarse en si las patas están situadas por pares o no para determinar su ubicación taxonómica. Una conformación de las extremidades por pares evidencia que estamos ante un miriápodo glomérido; en caso distinto, estaremos ante un isópodo oniscídeo.

Curiosamente, aparte de compartir una más que apreciable semejanza externa, poseen comportamientos equivalentes, como la técnica defensiva de la conglobación. Quizá el desarrollo de este medio de defensa provoca ese parecido morfológico.

Los isópodos marinos también son capaces de enrollarse en una bola, pese a vivir en un medio totalmente diferente y hacer frente a depredadores de muy dispar naturaleza. Tal fue su éxito en el mar que existe una especie cuyo tamaño alcanza el medio metro de longitud: Bathynomus giganteus. Todos ellos viven de aprovecharse de los detritos del mar y de la tierra, es decir, comparten una dieta que les ha llevado a desarrollar herramientas para la supervivencia equivalentes, por medio de la convergencia evolutiva.
 
Glomérido de la especie 'Glomeris marginata'.
Isópodos de la especie 'Cubaris murina'.
Las termitas soldado se pueden distinguir a simple vista,
pues poseen una enorme cabeza en comparación con las obreras.
Hormiga 'Messor capitatus' afanada en sus labores.
Termitas y hormigas

Lo que en algunos casos parecen ser simples similitudes externas, profundizando resultan ser la antesala de excepcionales parecidos comportamentales; así sucede en el caso de hormigas y termitas. No solo son insectos sociales con morfologías análogas, sino que su estructura social basada en la división del trabajo es muy parecida.

El ciclo de vida de una termita alada comienza con la salida del termitero en una especie de enjambre donde encontrará su pareja, con la que se reproducirá, formando así la base sobre la que se asentará una nueva colonia. La hembra, que es ahora la reina, pondrá sus huevos engendrando toda una serie de castas de obreras, soldados y reproductoras que fundarán, a su vez, otras colonias. Entre todas ellas desempeñarán múltiples labores como construcción del nido, defensa del nido, exploración y un largo etcétera. El macho que fecundó a la hembra será el rey, cuya función será la procreación.

Las hormigas, en cambio, inician su ciclo con la reproducción de machos alados sexuados, que no tienen permitida la entrada a la colonia, y la reina. De este paso nacerá toda una generación de hormigas obreras que desempeñarán funciones en tal número que pueden llegar a ser hasta 29 distintas, como en el caso de Atta sexdens. Muchas hormigas carecen de soldados, pero estas habitantes de las selvas tropicales de América comparten este tipo de casta con las termitas, llevando la convergencia evolutiva al máximo entre isópteros (termitas) e himenópteros (hormigas).

Ambos grupos han logrado explotar un nicho, en principio, inconcebible para animales tan aparentemente simples: el cultivo de hongos. Mientras las hormigas, desarrollaron esta capacidad hace 30 millones de años en las regiones tropicales del Nuevo Mundo; las termitas hicieron lo propio en el trópico del Viejo Mundo. No obstante, no son dos casos exactamente idénticos. Cada grupo utiliza a los hongos con un propósito distinto. Los miembros de la subfamilia Macrotermitinae son incapaces de digerir la lignina y la celulosa de las plantas, valiéndose de los hongos que cultivan para degradar estos biopolímeros hasta que puedan ser aprovechados. De esta forma, tanto termitas como hongos se benefician de esta interacción, estableciendo una relación simbiótica que también se da en las hormigas, aunque con distinto desenlace, ya que las hormigas se alimentan directamente del hongo.

Cangrejos y escorpiones

Como en el caso de las alas de los vertebrados, estos dos grupos de artrópodos comparten un par de extremidades transformadas en una útil herramienta: las pinzas o quelas. Con ellas, tanto los cangrejos decápodos como los escorpiones, se desenvuelven con soltura por sus respectivos medios.

Si bien la vida terrestre de los escorpiones difiere de la esencialmente acuática de los cangrejos, el uso que le dan a sus pinzas es prácticamente el mismo. Además, se especula con la posibilidad de que estos arácnidos primigenios evolucionaran de los sí marinos euriptéridos y xifosuros, por lo que estas herramientas versátiles habrían tenido, en cualquier caso, su origen en el mar. Los escorpiones, como bien es conocido, emplean las pinzas para capturar e inmovilizar a sus presas, inoculándoles veneno por medio del aguijón; para excavar galerías o defenderse de sus predadores. Los cangrejos, a su vez, hacen un uso similar, atrapando con sus duras quelas peces, poliquetos, moluscos y otros organismos marinos; o enterrándose en la arena o bajo guijarros.
 
Los escorpiones por excelencia son los miembros
del género 'Buthus', con varias especies ibéricas.
La nécora 'Necora puber' es un cangrejo común
en las regiones intermareales cantábricas.
En el mundo de los cangrejos decápodos, la diversidad de pinzas es extraordinaria, y dependiendo de su función dentro del nicho ecológico de la especie o grupo en cuestión, serán más grandes, más delgadas, más fuertes, con capacidad para cortar o con capacidad para aplastar.

En algunos, se han reducido hasta casi desaparecer, como en la langosta Palinurus elephas; los centollos Maja spp., por su parte, poseen unas alargadas y estrechas pinzas que les son útiles para su alimentación a base de algas, moluscos y equinodermos; los cangrejos sastre Galatheidae han estirado su par de patas anterior hasta límites extravagantes; y, por último, los cangrejos depredadores, como las nécoras Necora púber o bueyes de mar Cancer pagurus, han desarrollado unas pinzas afiladas en el primer caso, y fuertes y enormes en el segundo.

De igual manera, las pinzas de los escorpiones, aunque no tan diversas, también sufren de especie a especie cambios en tamaño y forma, siendo algunas verdaderamente enormes —en proporción al tamaño del cuerpo— con quelas potentes que nada tienen que ver con las finas pinzas de nuestros Buthus spp., como en el caso del escorpión Hadogenes troglodytes.

Moscas y estrepsípteros

Las moscas o dípteros son perfectamente conocidas por todo el mundo. No así los estrepsípteros, diminutos insectos cuya vida es particularmente curiosa. Las hembras de este grupo de neópteros son parásitos sin alas que viven en el interior de larvas de escarabajos, abejas y avispas. Los machos, por el contrario, son voladores cuya vida dura aproximadamente una hora, tiempo que deben emplear en buscar un hospedador ocupado por una hembra parásita para fecundarla.
 
Los halterios de los dípteros son esa estructura clara
que tiene aproximadamente bajo las alas la mosca
'Musca domestica' de la fotografía.

Estos machos, por medio de la evolución, han desarrollado una forma similar a las moscas para mantener el equilibrio en el aire: los halterios o balancines. En los estrepsípteros, estos órganos se desarrollaron a partir de las alas anteriores, quedando los halterios muy adelantados en el cuerpo; los dípteros, por otro lado, poseen los halterios detrás de las alas, fruto de la transformación de las alas posteriores.

Sin estos órganos en forma de maza, ambos grupos de insectos serían incapaces de volar, cayendo de espaldas al menor intento.

Fásmidos y otros imitadores

Una de las capacidades más fascinantes que desarrollan los animales en general y los insectos en particular es el mimetismo. Los fásmidos son indudablemente unos maestros en el arte del engaño, imitando hojas, ramas y corteza, logrando que su localización por parte de los depredadores se torne complicada, siendo un mecanismo de defensa eficaz.

Otros, en cambio, utilizan el engaño con otros propósitos, imitando exactamente los mismos elementos que los miembros de los citados Phasmatodea, como en el caso de las mantis hoja y las mantis palo, cuya fisionomía las convierte en expertas en los ataques por sorpresa. Empusa pennata y Choeradodis stalii se colocarán allí donde su camuflaje se funda completamente con el entorno, ya sean tallos o ramaje de matorral bajo en el primer caso, o arbustos tropicales en el segundo; de tal forma que el infortunado insecto que vaya a parar con sus patas en el emplazamiento no detectará al trapacero imitador, cayendo sin remedio en las garras de su letal captor.
 
'Trachythorax maculicollis' ofrece una buena aproximación
al exitoso camuflaje de los fásmidos. Una muestra de la
extravagancia mimética de 'Phyllium bioculatum'.
Para animales más «pacíficos» como los saltamontes hoja Stilpnochlora couloniana y los saltamontes palo Acrida ungarica, este tipo de camuflaje es el componente esencial para eludir la muerte mientras descansan, cantan o forrajean, confundiendo el paisaje con su propio cuerpo, aprovechando alas, patas y cabeza para acentuar su habilidad para el engaño.

De igual modo, la corteza es otro elemento básico muy utilizado para el camuflaje en el mundo animal, siendo en nuestra península aves como los chotacabras Caprimulgus europaeus o los torcecuellos Jynx torquilla buenos ejemplos de ello. En el mundo de lo diminuto y articulado, la mariposa nocturna Phalera bucephala da una verdadera lección a cualesquiera criaturas cuya evolución haya sido conducida hacia la senda del embuste.

Mantis y mantíspidos

Las archiconocidas mantis tienen, contra todo pronóstico, un grupo de imitadores fantásticos dentro del orden Neuroptera. Extraños parientes de las crisopas que adoptan la postura del «rezo» típica de los mántidos, adecuada para lanzar sus patas a velocidad vertiginosa en dirección a su presa y atraparla en una especie de abrazo mortífero: los mantíspidos.

Algunos miembros de esta familia de insectos son peculiares mezclas entre mantis y avispas, conformando un ejemplo idóneo la especie Climaciella brunnea, que además posee una particular forma de sobrevivir en estado larvario: parasitando huevos de otros ilustres depredadores como las arañas. Depredadores cuyas larvas se alimentan de otros depredadores en desarrollo; poco lugar queda para dudar de su destreza como cazadoras.

Nº 3 – Febrero 2018.




BIBLIOGRAFÍA
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