Der Volksstaat,
1 de marzo de 1873

Es difícil decir cuál de las
dos ha caído más bajo, desde hace tres años, la monarquía o la república. La
monarquía —al menos en el continente europeo— marcha en todas partes, a un
ritmo cada vez más rápido, hacia su última forma, el cesarismo.
Pseudoconstitucionalismo con sufragio universal, un ejército en aumento
desbordante para apoyar al gobierno, compra y soborno como medios principales
de gobierno, así como enriquecimiento mediante corrupción y embuste como único
objetivo del mismo, suplantan por doquier, de forma irresistible, todas
aquellas hermosas garantías constitucionales, aquel equilibrio artificial de
poderes, con el que soñaban nuestros burgueses en la idílica época de Luis Felipe,
en la que hasta los más corruptos eran ángeles inocentes, comparados con los
grandes hombres de hoy. A medida que la burguesía va perdiendo cada día más el
carácter de clase momentáneamente indispensable dentro del organismo social,
que se desprende de sus peculiares funciones sociales, que se transforma en una
pura pandilla de embusteros, en esa misma medida se convierte su Estado en una
institución protectora, no de la producción, sino del robo abierto de
productos. Tal Estado no sólo lleva en sí su propia condena, sino que la
historia lo ha condenado ya en Luis Napoleón. Pero es, a la vez, la última
forma de la monarquía. Todas las otras formas de ésta quedan bloqueadas y
anticuadas. Tras él, ya sólo es posible la república como forma de Estado.
Pero la república no corre
mejor suerte. Desde 1789 hasta 1869 fue el ideal de entusiastas luchadores por
la libertad, ideal constantemente perseguido, alcanzado tras dura y sangrienta
lucha, pero apenas alcanzado, de nuevo se escapaba. Desde que un rey ha con-seguido
hacer de Prusia una república francesa, todo esto ha cambiado. A partir de 1870
—y aquí está el avance— no serán ya los republicanos quienes harán las
repúblicas —sencillamente porque ya no hay republicanos puros—, sino
monárquicos desconfiados de la monarquía. En Francia los burgueses que
simpatizan con la monarquía refuerzan la república, mientras que en España la
proclaman con el fin de evitar la guerra civil, en el primer país debido a que
hay demasiados pretendientes, en el segundo debido a que el último rey posible
hace huelga (1).
Hay en ello un doble paso
adelante.
En primer lugar, ha quedado
destruido el embrujo que hasta hoy envolvía el concepto de república. Tras los
precedentes de Francia y España, sólo un Karl Blind (2) puede permanecer atado
a la superstición de los maravillosos efectos de la república. Esta se
manifiesta, por fin también en Europa, como lo que, conforme a su esencia, es
efectivamente en América, como la forma
más acabada de dominación de la burguesía. Digo «por fin también en Europa»
porque no podemos hablar aquí de repúblicas como Suiza, Hamburgo, Bremen,
Lübeck y la ex-ciudad libre de Frankfurt —que en gloria esté—. La moderna república a la que aquí nos
referimos es la organización política de un gran pueblo, no el minúsculo centro
político de una ciudad, cantón o club de cantones que, como herencia de la edad
media, han adoptado formas más o menos democráticas, y, en el mejor de los casos,
han sustituido el dominio de los patricios por el dominio —no mucho mejor— de
los campesinos. Suiza vive medio de la indulgencia, medio del celo de sus
grandes vecinos. En cuanto éstos se ponen de acuerdo, tiene que guardarse sus
solemnes frases republicanas y bajar la cabeza. Tales países sólo subsisten
mientras no intenten entrar en el curso de la historia, por lo que también se
les impide tal entrada neutralizándolos. La era de las repúblicas europeas efectivas partirá del 4 de septiembre o
mejor, del día de Sedan, incluso si eventualmente se produjera un breve
retroceso cesarista, fuera cual fuera el pretendiente. En este sentido, puede
decirse que la república de Thiers constituye la final realización de la
república de 1792, la república de los jacobinos sin el autoengaño de éstos. A partir de ahora, la clase obrera no puede
sufrir más engaños acerca de lo que es la república moderna: la forma de Estado
en la que el dominio de la burguesía recibe su última y más acabada expresión.
En la república moderna se realiza, por fin, claramente la igualdad política,
que en todas las monarquías se hallaba todavía sometida a ciertas excepciones.
Y esta igualdad política ¿qué otra cosa es sino la explicación de que las
oposiciones de clase no atañen al Estado, de que los burgueses tienen tanto
derecho a ser burgueses como los proletarios a ser proletarios?
Pero los burgueses mismos sólo
introducen esta última y más acabada forma del dominio burgués, la república,
con la mayor aversión, se les impone por la fuerza. ¿De dónde proviene tal
contradicción? Del hecho de que la introducción de la república significa
romper con toda la tradición política, de que a toda organización política se
le exige justificar su existencia, de que, en consecuencia, desaparecen todos
los influjos tradicionales que, bajo la monarquía, sostienen el poder existente.
En otras palabras: si la república
moderna es la más acabada forma de la dominación burguesa, es, a la vez, la
forma de Estado en la que la lucha de clases se libra de sus últimas cadenas y
que prepara el campo de batalla para esa, lucha. La moderna república no es
otra cosa que este campo de batalla. Y tal es el segundo paso adelante. Por
un lado, la burguesía siente que llega su fin en cuanto desaparece bajo sus
pies el suelo de la monarquía y, con él, todo el poder conservador que residía
en la supersticiosa fe de las masas ignorantes, especialmente del pueblo llano,
en la nobleza de los príncipes. Lo mismo da que esta fe supersticiosa adore la
realeza por la gracia de Dios, como en Prusia, o al fabuloso César de los
campesinos, Napoleón, como en Francia. Por otro lado, el proletariado percibe
que el canto fúnebre de la monarquía es, simultáneamente, la llamada a la
batalla decisiva con la burguesía. En eso consiste la enorme importancia de la
república, en no ser más que el limpio escenario del grande y último combate de
la historia mundial. Ahora bien, para
que este combate entre burguesía y proletariado llegue a una decisión tienen
que hallarse también suficientemente desarrolladas ambas clases en sus
respectivos países, al menos en las grandes ciudades. En España sólo ocurre
esto en algunas zonas del país. En Cataluña, la gran industria posee, en
términos relativos, un alto desarrollo; en Andalucía y en otras zonas predomina
la gran propiedad territorial y el gran cultivo —propietarios y jornaleros—; en
la mayor parte del territorio encontramos pequeños propietarios de tierra en el
campo y pequeña empresa en las ciudades. Las condiciones de una revolución
proletaria se hallan ahí, por tanto, relativamente poco desarrolladas, y
precisamente por ello sigue habiendo todavía mucho que hacer en España en favor
de una república burguesa; ésta tiene ahí, sobre todo, la misión de dejar
limpio el escenario para la lucha de clases que se avecina.

Para ello, lo primero que hay que hacer es suprimir el ejército e introducir una milicia del pueblo. España se halla tan
afortunadamente situada, desde el punto de vista geográfico, que sólo puede ser
atacada por un vecino, y esto sólo en el corto frente de los Pirineos, un
frente que no constituye ni una octava parte de su perímetro total. Además, las
condiciones del terreno de España son de tal naturaleza, que dificultan la
guerra de movimientos de grandes ejércitos, en la misma medida en que facilitan
la irregular guerra popular. Lo hemos visto con Napoleón, que llegó a enviar
300.000 hombres a España, los cuales fracasaron una y otra vez ante la tenaz
resistencia popular; hemos visto esto innumerables veces desde entonces, y lo
vemos hoy todavía en la impotencia del ejército español frente a las escasas
partidas de carlistas en la montaña. Un país así carece de pretexto para tener
ejército. Pero resulta que, desde 1830, éste no ha sido más que la palanca de
todas aquellas conjuras de generales que cada pocos años derrocaban al gobierno
mediante una rebelión militar para poner nuevos ladrones en lugar de los
antiguos. Suprimir el ejército significa librar a España de la guerra civil.
Esta sería, pues, la primera exigencia que los obreros españoles debieran
plantear al nuevo gobierno.
Eliminado el ejército,
desaparece también el motivo principal por el que los catalanes, de modo
especial, exigen una organización estatal federativa. La Cataluña revolucionaria,
el suburbio obrero de España, por así decirlo, ha sido reprimida a base de
grandes concentraciones de tropas, igual que Bonaparte y Thiers reprimieron
París y Lyon. Por eso exigían los catalanes la división de España en estados
federales con administración independiente. Si desaparece el ejército,
desaparece el motivo principal de tal exigencia; la independencia se podrá
alcanzar también, en principio, sin la reaccionaria destrucción de la unidad
nacional y sin la reproducción de una Suiza mayor.
La legislación financiera de España, tanto en lo que se refiere a
impuestos internos como a los aranceles, es absurda de punta a cabo. En este
aspecto puede hacer muchísimo una república burguesa. Igualmente, en la confiscación de la propiedad territorial de la Iglesia, a menudo
confiscada, pero siempre vuelta a reunir, y, por último, de modo primordial, en
la construcción de vías de circulación, que en ninguna parte se hallan en mayor
descuido que ahí precisamente.
Unos cuantos años de tranquila república burguesa prepararían en España
el terreno para una revolución proletaria en unas condiciones que sorprenderían
incluso a los obreros españoles más avanzados. En
lugar de repetir la farsa sangrienta de la revolución anterior, en lugar de
realizar insurrecciones aisladas, siempre reprimidas con facilidad, es de
esperar que los obreros españoles aprovechen la república para unirse
"entre sí más firmemente y organizarse con vistas a una próxima
revolución, una revolución que ellos dominarán.
El gobierno burgués de la nueva república busca sólo un pretexto para reprimir
él movimiento revolucionario y matar a balazos a los obreros, como lo hicieron
en París los republicanos Favre y consortes. Ojalá los obreros españoles no les
den ese pretexto. (3)
(1) Alude Engels a la renuncia
de Amedeo al trono de España en febrero de 1873.
(2) Revolucionario escritor y
periodista alemán que participó el la revolución de 1848 del Gran Ducado de
Baden, inventando el eslogan: “Republica alemana, Libertad, Instrucción y Bienestar
para todos”.
(3) La MEGA (Marx-Engels–
Gesamtausgabe) atribuye a Marx y Engels este artículo, aparecido
anónimo en el Volksstaat, pero hay
muchas razones para pensar que es obra de Engels, sin excluir que pudiera
comentarlo con Marx, o incluso usar alguna información suya. El estilo es el de
Engels, y lo que más me inclina a atribuirse fundamentalmente a él es la carta
que le escribe Mesa el 11 marzo de 1873 (véase el texto en la edición de
Santiago Castillo (ed.), Construyendo el
futuro. Correspondencia, Trotta, Madrid, 1998). En cualquier caso, Mesa,
que traduce el artículo en La Emancipación (véase
el núm. 88, del 7 de marzo de 1873, p. 3, cols. 1-2), introduce algunas
modificación: donde Engels habla de Karl Blind, Mesa escribe «Castelar»; además
suprime una parte del último párrafo, desde «En
lugar de repetir la farsa...» hasta el final. Probablemente, Mesa no se
proponía en su traducción ser fiel al texto de Engels, sino servirse de la
autoridad de éste para resaltar el carácter burgués de la república. Que Mesa
no aceptara llamar «farsa» a la revolución anterior (supongo que se refiere a
la de 1868), él que la había vivido de cerca, es perfectamente comprensible.