domingo, 1 de diciembre de 2013

Rojo y negro


Bryan Palmer* escribe sobre Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World, de Steven Hirsch y Lucien van der Walt. Panorámica de los rebeldes de la izquierda libertaria, de América Latina a Ucrania, de El Cairo a Corea.

Para los historiadores clásicos del movimiento anarquista, el acto culminante del drama se situó en España. Tanto el libro de George Woodcock, Anarchism[1] (1962), como el de James Joll, The Anarchists[2] (1964), tras respetuosas reverencias a Godwin y Proudhon, empezaban describiendo el incansable trabajo de Bakunin y sus discípulos, Fanelli, Malatesta y demás, para establecer secciones de la Primera Internacional —la Asociación Internacional de Trabajadores de Marx— en Italia, Suiza y España. La idea proudhoniana de producción e intercambio organizados por asociaciones obreras libres fue expandida por Kropotkin y Reclus. Tras el aplastamiento de la Comuna de París, grupos anarquistas clandestinos se dedicaron a la «propaganda por los hechos» y protagonizaron un impresionante número de golpes contra los monarcas y jefes de Estado imperantes. Pero como el propio Kropotkin escribió en La Révolte en 1891, por inspiradores que pudieran ser los actos de heroísmo individuales, «la revolución es ante todo un movimiento popular». Los primeros sindicatos habían tenido en gran medida un propósito reformista, pero los movimientos sindicalistas de masas que entraron en escena a comienzos de la década de 1900 —la CGT en Francia, la IWW en Estados Unidos, la militantemente anarquista CNT en España— movilizaron a cientos de miles de proletarios en torno a objetivos revolucionarios. La CNT tenía medio millón de afiliados cuando se declaró la República, en 1931. En el levantamiento popular contra Franco en 1936, los obreros de la CNT de Barcelona se hicieron con el control de las fábricas y las calles. Para Woodcock y Joll, la trágica épica de Cataluña en 1936-1937 siguió siendo la experiencia fundamental de la revolución anarquista; el telón cayó cuando el fascismo franquista ahogó en sangre la bandera roja y negra.

En años recientes, sin embargo, este punto de vista está siendo objeto de debate. La investigación sobre los primeros movimientos obreros y las primeras luchas anticoloniales ha descubierto pruebas de organización anarquista y anarcosindicalista en una esfera mucho más amplia. Una contribución fundamental fue la de Arif Dirlik, Anarchism in the Chinese Revolution (1991). El desigual compendio de Peter Marshall, Demanding the Impossible (1994) contenía páginas sobre Latinoamérica y Asia; Jason Adams ofrecía en Non-Western Anarchisms (2003) una visión desde Johannesburgo; Benedict Anderson rastreaba en Under Three Flags[3] (2006) los hilos de la solidaridad anarquista y anticolonial que enlazaron Cuba y Filipinas en la década de 1890 a través de Barcelona, Bruselas y Hong Kong. Esta impresionante recopilación de artículos efectuada por Steven Hirsch y Lucien van der Walt resulta una buena aportación a este trabajo. Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World, 1870-1940 surgió de un panel acerca del «Anarquismo en el Sur global: Latinoamérica en perspectiva comparada» presentado en un congreso de historia social celebrado en Ámsterdam en 2006. Sus estudios sobre las redes argentinas, brasileñas, peruanas y mexicano-caribeñas están complementados con artículos sobre África, el Este asiático y zonas «coloniales» de Europa, Irlanda y Ucrania, con un prefacio sobre las relaciones entre anarquismo y comunismo redactado por Benedict Anderson. El artículo preliminar de cuarenta páginas escrito por los editores, que incluye una amplia bibliografía, constituye de por sí una significativa aportación a la historiografía anarquista.

Hirsch y Van der Walt sostienen que «el anarquismo no es una doctrina europea difundida hacia el exterior. Por el contrario, el movimiento emergió de manera simultánea y transnacional, creado por activistas interrelacionados en tres continentes». Es necesario explorar su historia más allá de la idea convencional del «excepcionalismo español», que ha primado la importancia de la Península Ibérica. Su recopilación también pretende investigar la función desempeñada por el anarquismo y el anarcosindicalismo en las luchas anticoloniales; el análisis de las experiencias del Este asiático —coreana, china, japonesa—, así como de la sudafricana y la egipcia, examina de qué modo el anarquismo intentó superar las cuestiones divisivas del nacionalismo, la raza y la religión. Un breve resumen de este material —buena parte del cual será nuevo para los no especialistas— nos dará una idea del libro.

El Egipto del siglo XIX puede parecer un emplazamiento insólito para una sección de la Primera Internacional; pero, como señala Anthony Gorman, anarquistas italianos que formaban parte de la comunidad de obreros inmigrantes de Alejandría apoyaron en 1882 la revuelta de Urabi contra el dominio británico. Italianos, griegos, judíos y alemanes eclipsaron al principio la participación de los propios egipcios hablantes de árabe en los porfiadores círculos de la izquierda libertaria de El Cairo y Alejandría. La propaganda mediante la palabra triunfó sobre la de los hechos: en 1901 se fundó en Alejandría una breve pero influyente Universidad Popular Libre que daba clases en árabe e italiano; uno de los profesores atacó el «alcoholismo intelectual» del catolicismo y el brahmanismo, que predicaban «obediencia ciega y pasiva». A comienzos de la década de 1900, las organizaciones sindicales crecieron con rapidez entre los sastres, los zapateros y los cigarreros egipcios. Los líderes de los zapateros eran cinco egipcios, cinco griegos, dos sirios, un italiano y un armenio; la lengua franca de la solidaridad obrera era una amalgama de árabe, francés, griego, italiano y alemán. El capitalismo fue declarado enemigo común: «Los obreros no tienen fronteras ni idiomas». En este contexto, anarquismo y socialismo eran difíciles de distinguir entre sí. El levantamiento nacional contra el dominio británico en 1919 fue acompañado por huelgas insurreccionales anarcosindicalistas; muchos de estos militantes fueron atraídos a la sección egipcia de la Tercera Internacional en 1923. Como muestra Gorman, habían explorado nuevas formas de radicalismo en las dos décadas anteriores a la de 1920, luchando contra el colonialismo pero negándose a condescender con las fuerzas nacionalistas conservadoras.

La lucha contra el imperialismo japonés fue la cuestión central para el anarquismo coreano surgido en la década de 1920. La península estaba aislada bajo la feroz represión de la policía colonial pero, paradójicamente, la propia Tokio sirvió de punto de conexión para el radicalismo del Este asiático en este periodo. El artículo de Dongyoun Hwang explica de qué modo se forjaron redes transnacionales a través de proyectos educativos y la organización obrera. En Tokio había un grupo anarquista coreano activo desde 1921, y publicaba una revista, Ola negra. El sindicalista coreano Kim Taeyeob, organizador de los obreros coreanos en Japón, se radicalizó al asistir a un curso de «Conferencias públicas sobre el trabajo» impartido por socialistas y anarquistas japoneses. Los estudiantes coreanos residentes en Shanghai redactaron un manifiesto kropotkinista, en el que describían la disolución de las divisiones entre lo rural y lo urbano después de la revolución anarquista: las aldeas dispondrían de los servicios de las ciudades, y estas, del verdor de las aldeas agrícolas, se aboliría el dinero y la sociedad en su conjunto se volvería artística.

El anarquismo japonés se contempla más ampliamente en la aportación de Arif Dirlik. Uno de los primeros protagonistas fue Kotoku Shusui, izquierdista encarcelado por oponerse a la Guerra ruso-japonesa en 1905. En la cárcel Kotoku leyó Campos, fábricas y talleres de Kropotkin y se convirtió al anarquismo. Lideró las protestas en torno a la mina de cobre de Ashio, llevando a secciones del Partido Socialista Japonés a una línea de acción directa. En 1911, en medio de una represión creciente, fue condenado bajo la acusación falsa de planear asesinar al emperador Meiji, y ejecutado. Su muerte provocó un «periodo invernal» hasta la «primavera » de 1919; pero durante esos mismos años, la caída de la dinastía Qing creó más espacio para el anarquismo chino, en buena medida en el movimiento obrero, en rápido crecimiento, del sur de China. Entre los chinos que estudiaban en el extranjero se habían formado dos tendencias anarquistas: el grupo de París, que editaba la revista Nueva Era, era ultramoderno y lanzó una sarcástica batalla contra el confucianismo; el grupo de Tokio, organizado en torno a las revistas Justicia natural y Equilibrio, se inclinaba a ver posibilidades anarquistas en la cultura tradicional china, en especial el taoísmo. Pero, como señala Dirlik, el grupo de Tokio era más radical en la cuestión del antiimperialismo y en la «cuestión de la mujer» que los parisinos; de hecho, el anticomunismo de estos acabó situándolos a la derecha del Kuomintang (KMT). El anarquismo nipponsei, por su parte, plagado de conflictos faccionarios entre los sindicalistas y los denominados «anarquistas puros», fue obligado a pasar a la clandestinidad por la peculiar combinación del gun-fuashizumu (fascismo militar) y la restauración nacionalista de Showa Ishin, que estructuró la política represiva en la década de 1930.

La historia del gobierno anarquista de Néstor Majnó en el sur de Ucrania en 1918-1921 está bien contada por Aleksandr Shubin. Tras el Tratado de Brest-Litovsk, Majnó movilizó un ejército de 20.000 campesinos contra los ocupantes alemanes de Ucrania y sus colaboradores kulak, cuyas brutales expropiaciones de grano y restituciones de tierras suscitaron el antagonismo de las masas. Anarcocomunista que fundió el poder de los soviets rurales, la autodeterminación ucraniana y el control por parte de obreros y campesinos, Majnó fue apoyado al principio por los bolcheviques. Pero la hostilidad de los campesinos ucranianos al bolchevismo, tachado (aunque no por Majnó) de «conspiración judía», ayudó finalmente a situar a Majnó en un rumbo de colisión con sus aliados del Ejército Rojo y amenazó con ponerlo en manos de los contrarrevolucionarios blancos. Los majnovistas gradualmente se disolvieron: algunos desertaron para pasarse al bolchevismo, otros sufrieron la derrota y se rindieron a las tropas de Trotski. Majnó consiguió huir a Budapest y finalmente a París. Allí ayudó a redactar en 1927 la Plataforma Organizativa de la Unión General de Anarquistas, una declaración de internacionalismo antiautoritario y revolución social de clase, demasiado «bolchevique» como para gustar a la mayoría de los anarquistas. Shubin describe a Majnó como «un espejo de toda la revolución rusa», que reflejaba la «colisión trágica» entre las agendas revolucionarias y las aspiraciones populares.

En Irlanda, la autodeterminación y el socialismo no se fundieron en iniciativas campesinas, como en Ucrania, sino en las prácticas proletarias. La clase obrera rebelde oscilaba entre el nacionalismo y el sindicalismo revolucionario, con tendencia a «unir estas concepciones en su conciencia revolucionaria », de acuerdo con una evaluación efectuada por Trotski en 1916. Emmet O’Connor muestra lo decisivamente que Jim Larkin y James Connolly figuraban en esta narración de la militancia: los contrariados patronos denominaron «larkinismo» al culto al agitador y a la confianza en la huelga solidaria. Las milicias de piquetes se convirtieron en un ejército en miniatura, y Connolly fue ejecutado por su participación en el abortado Alzamiento de Pascua de 1916. Su recuerdo perduró en el James Connolly Labour College [Universidad Obrera James Connolly], una de las muchas instituciones de posteriores «días de banderas rojas», cuando la fe en la idea de la república obrera animaba a sectores de la clase obrera irlandesa. Entre 1918 y 1920, tres huelgas generales sacudieron Irlanda. La última agitación, una exigencia, que prosperó, de que se liberase a los presos políticos en huelga de hambre, fue coordinada por consejos obreros de estilo soviético. Indicaba en qué medida «lo que sobrevivía de revolucionarismo en el movimiento obrero», en palabras de O’Connor, «siguió a Larkin al comunismo».

Los artículos sobre Latinoamérica se basan en una extensa investigación sobre la historia de los trabajadores, buena parte de ella en español. Los primeros grupos anarquistas de Argentina fueron fundados por inmigrantes italianos; Malatesta creó una edición bilingüe en español e italiano de La Questione Sociale durante su estancia en el país a finales de la década de 1880. A comienzos del siglo XX, la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), de tendencia anarcosindicalista, tenía un cuarto de millón de afiliados. Geoffroy de Laforcade ofrece un fascinante estudio sobre los estibadores que componían sus secciones más militantes. Durante las grandes oleadas huelguistas de 1905 y 1906 se organizaban asambleas diarias en el Teatro Verdi, las cantinas comunales servían comida donada por tenderos, y el sindicato de barberos ofrecía cortes de pelo gratuitos a los huelguistas. La FORA mantenía una biblioteca anarquista en su sede central y organizaba lecturas teatrales y de poesía al aire libre. De modo similar, en Brasil, fue un anarquista italiano, propietario de un café, quien fundó el primer periódico libertario en São Paulo, Gli Schiavi Bianchi (Los Esclavos Blancos), en 1892. Los obreros italianos que emigraron de Italia a São Paulo formaron el núcleo de las federaciones anarcosindicalistas que lucharon por la jornada de ocho horas en 1907 y lideraron las huelgas generales insurreccionales de 1917 a 1919.

El anarquismo peruano, por el contrario, tenía raíces españolas. Steven Hirsch, coeditor del libro, detalla los periódicos anarquistas que surgieron repetidamente en Perú a partir de 1904: Los parias, La simiente roja, El hambriento, El oprimido, El ariete, El volcán, La escoba. Los anarcosindicalistas peruanos que organizaron las enormes huelgas generales de 1918 y 1919 también establecieron bibliotecas, agrupaciones musicales, asociaciones deportivas y clubes teatrales obreros. Por último, un asombroso artículo de Kirk Shaffer explora la importancia de dos duraderos periódicos anarquistas —el habanero ¡Tierra! y Regeneración, editado por los revolucionarios mexicanos Ricardo y Enrique Flores Magón desde Los Ángeles— para coordinar las luchas obreras y campesinas en todo un enorme arco, que se extendía desde el canal de Panamá, pasando por Cuba, Puerto Rico, Florida y Baja California, hasta Ciudad de México, con anarquistas partidarios de la lucha armada que pelearon con valentía para reclamar el territorio fronterizo anexionado a Texas.

No cabe duda de que la amplitud del alcance y el detalle erudito de Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World lo convertirán en un recurso indispensable para futuros estudios en este terreno. En la actual reconstrucción de la izquierda del siglo XXI proporcionará una lectura minuciosa y un sostenido compromiso crítico. No pretende proporcionar una imagen total, de modo que puede considerarse que cualquier omisión —por ejemplo, las relaciones entre los anarquistas latinoamericanos y las formas de mutualismo y solidaridad indígenas o afrobrasileños— constituye un acicate para seguir investigando. No obstante, la evaluación preliminar debe abordar tanto el argumento historiográfico planteado por Hirsch y Van der Walt como la perspectiva política que proporcionan.

Tomemos primero la cuestión historiográfica: ¿es convincente su afirmación de que el movimiento anarquista mundial «emergió de manera simultánea y transnacional» en los tres continentes? Los propios estudios de casos parecen contradecirla. Por lo que muestran, fueron los emigrantes italianos y los communards franceses exiliados quienes introdujeron el anarquismo en Argentina, fundando la rama bonaerense de la Asociación Internacional de Trabajadores a comienzos de la década de 1870. Oleadas de anarquistas españoles huyeron al extranjero para escapar de la feroz represión de Cánovas en 1896; fue esta generación la que fundó los primeros periódicos anarquistas en Cuba. El extraordinario Errico Malatesta, otro bakuninista italiano, hizo de Johnny Appleseed del anarquismo, fundando grupos entre los emigrantes obreros italianos casi en todos los lugares que visitó en las décadas posteriores a su exilio inicial de 1877: Alejandría, Siria, Turquía, Grecia, Rumanía, Buenos Aires —Woodcock cuenta la anécdota, quizás apócrifa, de que estibadores napolitanos amigos transportaron a Malatesta en un carguero, dentro de un bulto, para ayudarle a evitar a la policía— y después Niza, Londres y Ancona.

En el Este asiático, el punto de referencia fundamental para los anarquistas citado en el estudio de Hwang era Kropotkin, que había viajado extensamente por Siberia oriental y Manchuria en sus investigaciones geográficas, y cuyos escritos políticos y Memorias fueron traducidos en Tokio a comienzos de la década de 1900, y devorados por jóvenes chinos y coreanos que estudiaban allí. En Sudáfrica, el anarquismo fue introducido en la década de 1880 por un radical inglés, Henry Glasse, que había colaborado con la Freedom Press de Kropotkin en Londres. En cuanto al anarcosindicalismo, los syndicats que movilizaron a tantas personas a comienzos de la década de 1900 tomaron forma por primera vez en Francia en 1895; la CGT y las bolsas de trabajo, o bourses du travail, remodelan la antigua tradición de mutualismo artesano que Proudhon había admirado entre los obreros textiles lioneses en la década de 1840. Los obreros catalanes adoptaron enseguida la idea de Francia; los emigrantes españoles llevaron el anarcosindicalismo a los pozos petrolíferos y a las zonas industriales de México a comienzos de la década de 1900. Durante este mismo periodo, como aclara el artículo de Edilene Toledo y Luigi Bondi publicado en este volumen, los emigrantes italianos en São Paulo formaron la espina dorsal del movimiento anarcosindicalista brasileño.

En segundo lugar, ¿en qué medida consigue Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World contradecir la importancia de España, el «homenaje a Cataluña» que tradicionalmente ha constituido el elemento central de la historia anarquista? Como aclaran Hirsch y Van der Walt, la Península Ibérica no fue el único lugar en el que los anarquistas controlaron territorios e intentaron aplicar sus ideas. Magonistas y wobblies mexicanos capturaron parte de la Baja California en 1911 y la conservaron durante seis meses, antes de ser expulsados por las fuerzas de Madero. El Ejército Negro de Néstor Majnó distribuyó tierras entre los campesinos en las áreas del sur de Ucrania que controló entre 1919 y 1921. En la provincia manchú de Shinmin, el «Majnó coreano» Kim Jwa-Jin estableció un gobierno anarquista de 1929 a 1931, cuando fue derrocado por los japoneses (es una pena que los dos artículos de este volumen dedicados al Este asiático lo hayan omitido). La insurgencia campesina igualitarista de Zapata en el sur de México también se ha comparado con la de Majnó.

Pero no hay pruebas de que la profundidad y la complejidad de la influencia anarcosindicalista en Cataluña fuese superada en alguna otra parte. En ciertos aspectos la España de la década de 1930, incluso en las profundidades de la Gran Depresión, ofrecía un terreno más propicio para la transformación social que la Rusia zarista sacudida por la guerra. Los obreros y los campesinos españoles heredaron una tradición ininterrumpida de organización anarquista que se retrotraía al siglo XIX; las repetidas oleadas de huelgas insurreccionales y revueltas campesinas habían servido de ensayos generales. Cuando los obreros de Barcelona se levantaron, en julio de 1936, para defender su ciudad contra las fuerzas franquistas, no necesitaron instrucciones de la sede central de la CNT para tomar fábricas, tiendas y oficinas, los sistemas de transporte y las comunicaciones telefónicas. En los más de treinta meses que siguieron, se puso a prueba la creencia anarcosindicalista en que la captura de los medios de producción e información bastaba para establecer el control obrero. La valentía y la imaginación de estos militantes, así como las lecciones aprendidas en el fragor bélico, merecen ser recordadas.

Al evaluar la perspectiva política que Hirsch y Van der Walt plantean, vale la pena resaltar en qué medida anarquistas, socialistas y sindicalistas revolucionarios compartían el escenario de la posible revolución social, al menos hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. Un ejemplo fundamental procede del primer y mayor país «poscolonial», inexplicablemente omitido de la recopilación de Hirsch y Van der Walt. «¡Viva el anarquismo!» fueron las últimas palabras emitidas por los mártires de Haymarket —Albert Parsons, August Spies, Adolph Fisher y George Engel— ahorcados en noviembre de 1887 en la cárcel del condado de Cook, Chicago. En cuestión estaba su dudosa culpabilidad en la muerte de varios policías durante un choque tumultuoso entre policías y manifestantes obreros en Haymarket Square, Chicago, el 4 de mayo de 1886. El juicio fue un acto de feroz anarcofobia, con vistas judiciales caracterizadas por irregularidades en serie. Pero los sucesos de Haymarket impulsaron protestas socialrevolucionarias en todo el mundo: se convocaron manifestaciones en Londres, La Haya, Róterdam, Viena, Bruselas, Lion, Marsella y Tolón; pronto los monumentos para conmemorar las atrocidades de Haymarket se fundieron con el establecimiento del Primero de Mayo como celebración internacional de las exigencias de la clase obrera. Los discursos pronunciados en el tribunal por los anarquistas convictos, traducidos a muchos idiomas, no sólo circularon por América y Europa, sino también por China, Japón, Egipto e Irán. En una gira por la Europa continental en 1895, el patriarca de la American Federation of Labor [Federación Americana del Trabajo], Sam Gompers, señalaba, no del todo feliz, que difícilmente podía entrar en una sede sindical sin ver imágenes de los ejecutados con la leyenda «los mártires obreros del capitalismo estadounidense». Los Ocho de Haymarket eran partidarios de «la idea de Chicago». Como lectores de Marx, eran socialistas ardientes además de anarquistas. Parsons, director del periódico anarquista Alarm, definió su posición personal como «antiestado, antidirigentes, antidictadores, antijefes», y no vio contradicción en mezclarla con un respaldo al socialismo, «una organización más precisa, más ordenada y más armoniosa de las relaciones sociales de la humanidad que la que ha prevalecido hasta ahora». La «idea de Chicago», planteada en la década de 1880, preveía una transformación social provocada por los enfrentamientos en el lugar de producción, de los cuales nacería una nueva sociedad civil, alimentada en el armazón de las desfasadas relaciones de clase. Prefiguraba el anarcosindicalismo que explotaría después de 1900.

Los cruciales cambios que siguieron a 1914 —la desintegración de la Segunda Internacional bajo la presión de los chovinismos nacionales, la Revolución bolchevique, la oleada insurreccional planetaria entre 1919 y 1921— necesitaban nuevas direcciones. Por una parte, grandes secciones se acercaron a los recientemente formados partidos comunistas o a las crecientes socialdemocracias; fue el caso de Argentina, Brasil, China, Egipto y Sudáfrica. Por otra, los trabajadores se enfrentaban a un embate represivo, que variaba desde el «pánico a los rojos» y los juicios estatales hasta la imposición del terror fascista, como en Italia y España. El eclecticismo fundamental y la amplia fe en la revolución social se vieron sacudidos. Se produjo una división en lo que había sido una compleja dialéctica de unidad diferenciada en la izquierda. Los negros y los rojos, que con anterioridad habían trabajado unidos, se marcaron como divergentes, incluso opuestos.

El diestro prefacio de Benedict Anderson a Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World deriva de esta división calcificada y establece el marco analítico para lo que sigue. Anderson recalca adecuadamente el élan utópico del anarquismo y sus convicciones internacionalistas, pero la imagen que ofrece del marxismo, derivada de la opinión actual, priva a este de imaginación y creatividad, así como de todo contenido libertario o vanguardista. Es fácil cargar contra la República Popular Democrática de Corea con jocoso menosprecio; pero para un estudio serio de cómo el marxismo en sus diversas formas, incluido el leninismo, ha contribuido históricamente a las luchas anticapitalistas y al proyecto utópico, esto sería una pista muy equívoca. Conduce con demasiada facilidad a la dicotomización por la que Anderson presenta el anarquismo como una política de disensión viva (si bien en algunos aspectos aislada de la realización efectiva de la revolución), mientras que el comunismo es poco más que una letra merecidamente muerta, con independencia de las «imponentes aportaciones teóricas» de Marx. Dicha lectura del pasado desde el presente consigue eludir la influencia fundamental de esas décadas en las que «la revolución fue traicionada», asumiendo que lo ocurrido en la Unión Soviética bajo la mano directriz de Stalin, ese «gran organizador de derrotas », fue meramente una extensión del leninismo, la continuidad que los ideólogos de derecha predican desde hace mucho tiempo. Las complejas relaciones entre negros y rojos mientras luchaban por la hegemonía en el periodo abarcado por esta recopilación quedan reducidas a un simplificado antagonismo. Esto no sólo nos deja mal equipados para captar la naturaleza de las movilizaciones previas, sino también para captar la disposición de nuestros propios tiempos políticos, a los que se dirige el prefacio de Anderson. Medio en broma, Anderson retrata las dos corrientes como la liebre (marxista) y la tortuga (anarquista), esta última avanzando aún lentamente adelante, mientras que la primera se ha hundido. Pero la fábula de Esopo no ofrece espacio a la solidaridad contra un enemigo común.

Desnudemos la política de protesta contra la austeridad económica en Grecia, por ejemplo, y es probable que muchos de los que participan en la lucha en la calle se consideren comunistas. Los manifestantes contra el G-8 no sólo están vestidos con la indumentaria del bloque negro; muchos blanden la hoz y el martillo rojos. En India, Brasil, Nepal y otras partes, fuerzas políticas y culturas identificablemente comunistas siguen prosperando, ejerciendo una influencia considerable; afirmar, como hace Anderson, que «sólo quedan unos cuantos lugares en los que sigan existiendo partidos seriamente comunistas» pasa por alto muchas cosas. Los grupos anarquistas que figuran en las batallas complementarias, además, están complementados por una gama de cuadros marxistas, algunos de los cuales interactúan de manera muy productiva con sus homólogos antileninistas. En el ala del movimiento Occupy en Oakland, Advance the Struggle [Avanzar la Lucha], de tendencia anarquista, Black Nationalists [Nacionalistas Negros] y marxistas arraigados en el medio trotskista se han unido para encabezar formas de solidaridad que se remontan a la «idea de Chicago»: plataformas de lucha de clase en los sindicatos, crítica a los dirigentes sindicales oficiales, campañas que unen a trabajadores organizados, desempleados, jóvenes de la calle, estudiantes y personas de color. En el contexto de luchas como estas, una diferenciación rígida del anarquismo, el anarcosindicalismo y el marxismo podría no ser tan fácil, ni tan útil, como algunos sugieren.

Esta sensibilidad separatista, por no decir sectaria, desfigura un poco el por lo demás interesante análisis de Van der Walt sobre el sindicalismo revolucionario, el comunismo y la cuestión del racismo y el nacionalismo en Sudáfrica. Van der Walt basa su artículo en un rechazo de lo que él denomina la «escuela comunista» de la historia obrera sudafricana, un conjunto de textos muy restringido, publicados principalmente en las décadas de 1980 y 1990, que en apariencia transmiten la opinión de que el Partido Comunista de Sudáfrica ha sido «el único depositario de la respuesta socialista revolucionaria a la cuestión nacionalista». A buen seguro, dicho punto de vista subestima la importancia de anarquistas, anarcosindicalistas y otros socialistas, y encasilla injustamente a muchos activistas iniciales como transigentes con la supremacía blanca, menospreciando la función de organismos como la Federación Socialdemócrata en la organización de sindicatos en todo el espectro racial. A dichas interpretaciones sesgadas, Van der Walt les proporciona una correctivo útil. Pero la incansable polémica contra el hombre de paja comunista lo lleva a algunos callejones sin salida dudosos, principalmente debido a su insistencia en que las fuerzas posteriormente consideradas protobolcheviques eran de hecho anarcosindicalistas. Así, contempla la International Socialist League como «claramente anarcosindicalista». La ISL abogaba de hecho por los sindicatos de industria, pero también lo hacían todo tipo de partidos de izquierda, incluidos muchos que firmarían los Veintiún Puntos de la Internacional Comunista. La ISL contenía toda una serie de cuadros, incluidos algunos partidarios del sindicalismo revolucionario y otros del sindicalismo de industria, al mismo tiempo que demostraba ser un centro para muchos finalmente atraídos por el bolchevismo a comienzos de la década de 1920.

El análisis que Van der Walt efectúa del Socialist Labor Party de Daniel DeLeon es erróneo. Afirma que el SLP se «califica a menudo equivocadamente de organización "marxista"» y llama a DeLeon «el líder del IWW estadounidense», cuando en realidad encabezó una escisión muy marginal del IWW en Detroit. Es más adecuado representar a DeLeon como un marxista ortodoxo de la época anterior a la Primera Guerra Mundial y, como el propio Lenin señalara, muy importante, además. No obstante su defensa del sindicalismo de industria, DeLeon escribió con perspicacia sobre cómo variaba el significado político del sindicalismo en diferentes contextos. En 1909, en The Daily People, el órgano del SLP, condenó el antisindicalismo automático que podía detectarse en el tibio electoralismo de algunas secciones del movimiento socialista. Al mismo tiempo, sostenía que, aunque el sindicalismo revolucionario tenía una función en su ámbito francés original, en un país como Estados Unidos en el que el capitalismo a gran escala había «alineado al proletariado en batallones para una insurrección industrial», estaría tan fuera de lugar «como un mono en el Norte helado o un oso polar en la espesura de las zonas tórridas». DeLeon advertía a sus lectores que no debían aportar «grano al chiflado molino de la anarquía». Como afirmaba en otra parte, los trabajadores necesitaban el escudo de la organización económica y la espada del partido. Resumir a DeLeon en una tradición puramente anarcosindicalista es indicativo de una tendencia, que puede encontrarse en otras partes de este libro, a intentar forzar las diversas corrientes de la izquierda libertaria para meterlas en casilleros anarquistas o anarcosindicalistas en los que simplemente no encajan. Quizá debería señalarse que los historiadores clásicos del anarquismo nunca sucumbieron a esta tentación. Y el rico, informativo y todavía indispensable Anarchism de Woodock tampoco es tan «eurocéntrico» como se afirma; incluye un interesante capítulo sobre Latinoamérica, y la edición de 1985 está actualizada y abarca la contracultura anarquista de la década de 1960.

No obstante, Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World merece plenamente un lugar junto al anterior en la estantería. De alcance propiamente intercontinental, la recopilación de Hirsch y Van der Walt es un saludable recordatorio de una época en la que la pluralidad de las iniciativas anarquistas, socialistas y anarcosindicalistas internacionales abandonaron los estrechos confines de la política nacional para enfrentarse al capitalismo, al colonialismo y al racismo por igual. Es un depositario vital del pensamiento y la práctica revolucionarios, y será mucho más valioso si puede ayudar a recuperar la apreciación de que los negros y los rojos no siempre estuvieron encerrados en una oposición sectaria. Los gritos de «viva el anarquismo» lanzados por los mártires de Haymarket tienen un claro eco en las calles y las plazas ocupadas de la actualidad. El momento de la lucha anarcosindicalista estuvo preñado de posibilidades en las que el marxismo y el anarquismo coexistieron, si no siempre de manera pacífica, sí ciertamente en tensión creativa y productiva. Es necesario desde hace mucho tiempo volver a examinar esa experiencia y sus lecciones para la praxis contemporánea.



NOTAS:
    * Steven Hirsch y Lucien van der Walt (eds.), Anarchism and Syndicalism in the Colonial and Postcolonial World, 1870-1940, Leyden y Boston, Brill, 2010, 431 pp.
     [1] Ed. cast.: El anarquismo: historia de las ideas y movimientos libertarios, Barcelona, Ariel, 1979 [N. del T.].
     [2] Ed. cast.: Los anarquistas, Barcelona, Grijalbo, 1978 [N. del T.].
     [3] Ed. cast.: Bajo tres banderas, Madrid, Akal, 2008 [N. del T.].

sábado, 30 de noviembre de 2013

La migración anual de ñús se adelanta de forma inesperada

28 de noviembre de 2013

La migración animal más grande sobre la Tierra —el movimiento anual de más de un millón de ñús desde Tanzania hacia Kenia— ha comenzado de forma inesperada muchos meses antes de lo habitual.

Los animales normalmente regresan de los llanos del Serengeti (Tanzania) para pastar en la reserva de animales Masai Mara (Kenia) en abril, pero han empezado a volver ya a causa de la sequía en Tanzania.

El coordinador del ecosistema Mara-Serengeti, Nicholas Murero, dijo que nunca antes había visto algo igual.

Esta migración ha sido calificada como la séptima maravilla del mundo y el espectáculo más grandioso sobre la Tierra.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Una mutación genética aumenta el riesgo de Parkinson vinculado a pesticidas



Un equipo de investigadores ha dado nueva claridad a la imagen de cómo las interacciones entre los genes y el medio ambiente pueden matar las células nerviosas que producen dopamina, que es el neurotransmisor que envía mensajes a la parte del cerebro que controla el movimiento y la coordinación. Sus descubrimientos, que se describen en un artículo publicado en la edición digital de este miércoles de Cell, incluyen la identificación de una molécula que protege las neuronas contra el daño de los plaguicidas.

«Por primera vez, hemos utilizado células madre humanas derivadas de pacientes con enfermedad de Parkinson para demostrar que una mutación genética combinada con la exposición a los pesticidas crea un escenario de 'doble golpe', produciendo radicales libres en las neuronas que desactivan las vías moleculares específicas que causan la muerte de las células nerviosas», explica Stuart Lipton, MD, Ph.D., profesor y director de Del E. Webb Centro de Sanford-Burnham Medical Research Institute for Neuroscience, el envejecimiento y Stem Cell Research y autor principal del estudio.

Hasta ahora, el vínculo entre los pesticidas y la enfermedad de Parkinson se basaba principalmente en estudios en animales e investigaciones epidemiológicas que demostraron un mayor riesgo de patologías entre los agricultores, las poblaciones rurales y otras personas expuestas a productos químicos agrícolas.

En el nuevo estudio, Lipton, junto con Rajesh Ambasudhan, profesor asistente de investigación en 'Del E. Webb Center', en Arizona, y Rudolf Jaenisch, miembro fundador del Instituto Whitehead para la Investigación Biomédica, en Cambridge, Massachusetts, y profesor de Biología en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, en sus siglas en inglés), usaron células de la piel de los pacientes de Parkinson que tenían una mutación en el gen que codifica una proteína llamada alfa-sinucleína.

Alfa-sinucleína es la proteína principal que se encuentra en los cuerpos de Lewy, grupos de proteínas que son el sello patológico de la enfermedad de Parkinson. Mediante el uso de células de la piel de los pacientes, los investigadores crearon células humanas pluripotenciales inducidas (hiPSCs) con esa mutación y luego corrigieron la mutación alfa-sinucleína en otras células.

A continuación, los autores de este trabajo reprogramaron todas estas células para convertirlas en el tipo específico de célula nerviosa que está dañada en la enfermedad de Parkinson, las neuronas llamadas A9, creando así dos conjuntos de neuronas idénticas en todos los aspectos excepto para la mutación alfa-sinucleína que contienen dopamina.

«La exposición de las neuronas normales y mutantes a los pesticidas, incluyendo paraquat, maneb y rotenona, crearon excesivos radicales libres en las células con la mutación, causando daños a las neuronas que contienen dopamina que llevaron a la muerte celular», reveló Frank Soldner, investigador científico en el laboratorio de Jaenisch y coautor del estudio.

El investigador en 'Del E. Webb Center' y autor del trabajo, Scott Ryan, agregó que se observaron efectos perjudiciales de estos pesticidas con exposiciones cortas a dosis muy por debajo de los niveles aceptados por la agencia de protección ambiental de Estados Unidos (EPA, en sus siglas en inglés).

Tener acceso a las neuronas genéticamente compatibles con la excepción de una única mutación simplifica la interpretación de la contribución genética a la muerte neuronal inducida por los plaguicidas. En este caso, los investigadores lograron determinar cómo las células con la mutación, cuando se exponen a los pesticidas, interrumpen una vía mitoncodrial clave llamada MEF2C-PGC1alpha, que normalmente protege a las neuronas que contienen dopamina.

Los radicales libres atacaron la proteína MEF2C, que conduce a la pérdida de la función de esta vía, que de otro modo habría protegido las células nerviosas de los pesticidas. «Una vez que comprendimos la vía y las moléculas que fueron alteradas por los pesticidas, usamos una prueba de alto rendimiento para identificar moléculas que podrían inhibir el efecto de los radicales libres en la vía», dijo Lipton.

Una de las moléculas que se identificaron fue isoxazol, que protegía las neuronas mutantes de la muerte celular inducida por los pesticidas analizados. Varios medicamentos aprobados por la agencia norteamericana del medicamento (FDA, en sus siglas en inglés) contienen derivados de isoxazol, lo que sugiere que estos hallazgos, según Lipton, pueden tener implicaciones clínicas potenciales para la reutilización de estos medicamentos para tratar el Parkinson.

Aunque el estudio muestra claramente la relación entre una mutación, el medio ambiente y el daño causado a las neuronas que contienen dopamina, no excluye que otras mutaciones y vías sean también importantes. El equipo planea explorar los mecanismos moleculares adicionales que demuestran cómo los genes y el entorno interactúan para contribuir a la enfermedad de Parkinson y otras patologías neurodegenerativas, como el Alzheimer y la esclerosis lateral amiotrófica.

«A partir del conocimiento de las mutaciones que predisponen a un individuo a estas enfermedades, esperamos predecir en el futuro quién en particular debe evitar una exposición al medio ambiente. Además, vamos a ser capaces de detectar a los pacientes que pueden beneficiarse de un tratamiento específico que pueda prevenir, tratar o posiblemente curar estas enfermedades», concluyó Lipton.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Siria. Demonización e izquierda

Por EDUARDO LUQUE

La guerra «humanitaria» llevada a cabo en Libia ha mostrado bien a las claras la manipulación perfectamente organizada que se efectúa desde departamentos expresamente creados para ello. Algo que vemos de nuevo repetido en el caso del conflicto sirio. Pero ni muchos intelectuales, ni en general la izquierda política, parecen darse cuenta plenamente de ello.

«A la rapiña, el asesinato y el robo los llaman por mal nombre
gobernar y donde crean un desierto, lo llaman paz.»
TÁCITO


La izquierda intelectual

Conseguir que alguien o algo represente el mal absoluto, es, en palabras de Diego Fusaro, un arduo trabajo de desinformación. El filósofo italiano define ese proceso como «la demonización preventiva». Cuando las potencias imperiales definen objetivos políticos o militares, las divisiones blindadas del pensamiento único se ponen en marcha. Todos los diarios, todas las transmisiones televisivas, las webs, ahora You-Tube o las redes sociales se utilizan en una campaña coordinada.

Como es un pensamiento totalitario, cuyo método es la manipulación organizada, ha de abarcar tanto a los medios de derechas como a los supuestamente de izquierdas; esto le otorga una pátina de legitimidad, neutralidad política y homogeneidad interclasista. La condición del mensaje es que ha de ser único y uniforme, sin matices ni discusiones. Hoy Siria y su presidente representan la esencia del mal absoluto; no hay matices, no hay análisis de contexto... Armas químicas, violación de los derechos humanos, dictadura, corrupción... son las acusaciones del coro mediático.

La industria de la propaganda cultural hace ya mucho que está en movimiento. Según los correos de Wikileaks es muy anterior al 2006. La campaña, minuciosamente organizada, pretende «formatear a la opinión pública» para crear las condiciones de una intervención humanitaria, sea ésta el «bombardeo humanitario» o la ayuda a los rebeldes. De poco sirve el razonamiento, la relación de las múltiples mentiras utilizadas, las pruebas que se acumulan desde fuentes neutrales… Al-Assad (el demonio sobre la tierra) ha utilizado contra su propio pueblo el gas sarín.

La demonización del gobierno sirio no alcanzaría tal preeminencia si no fuera por la aportación de algunos reconocidos intelectuales de la izquierda. Los ejemplos se multiplican. En un artículo titulado «Contra la intervención militar extranjera, apoyo a la revuelta popular siria» firmado por Gilbert Achcar y publicado en Rebelión el 09-09-2013, el antaño anti-imperialista, ahora dedicado a la justificación de las intervenciones militares en Libia o Siria, afirmaba:

«… Pero el hecho de que el régimen sirio posea armas químicas y los medios para lanzarlas (para montar un ataque con cohetes y artillería de gran envergadura, como ocurrió) está fuera de toda duda, como también lo está su disposición, al modo de un frío asesino en serie, a utilizarlas contra la población civil.»

Es el mismo personaje que en una intervención pública en Madrid, junto a Esther Vivas y Santiago Alba Rico, llegó a decir que la «OTAN había bombardeado poco en Libia». Santiago Alba Rico añadió, en aquella conferencia, que la «OTAN había salvado vidas» en ese país gracias a sus bombardeos. Este autor, que en el caso sirio parece imbuido sin duda del don de la profecía, escribía el 01-09-2013:

«La de los que pretenden que Bashar Al-Assad no ha usado armas químicas. Un asesino que bombardea y lanza misiles a su propia población, que tortura sistemáticamente a su pueblo y degüella a mujeres y niños, es sin duda capaz de arrojar gas sarín o cualquier otra sustancia letal sobre sus ciudadanos.»

Todo ello mucho antes de que los inspectores de la ONU certificaran que se había usado gas. El documento de la ONU se presentó el día 16-09-2013. Sus conclusiones: no sabemos quién utilizó el gas, ni siquiera dónde, ni cuántas víctimas hubo, ni siquiera sabemos por qué se manipularon las imágenes de los afectados. Las únicas pruebas sólidas presentadas, tanto procedentes de expertos rusos como de la misma población civil señalan a la «oposición al gobierno». Expertos en comunicación han demostrado que algunos de los niños que aparecen en los vídeos son en realidad las mismas personas en escenarios diferentes. Algunos niños «gaseados» en Ghouta habían sido previamente degollados; incluso algunos cadáveres llevaban en la muñeca la bandera nacional siria, no la colonial. John Kerry, secretario de Estado, presentó fotos de los cadáveres de la masacre de Ghouta a senadores y congresistas de EEUU. Las instantáneas se habían tomado en realidad hacía 13 años y correspondían a la matanza del ejército estadounidense en la guerra del Golfo, como denunció su autor Marco di Lauro. Estas mismas fotografías habían sido utilizadas por la BBC tres meses antes para ilustrar otra más de las masacres del gobierno sirio... Sin embargo, para los referidos escritores, todo esto carece de importancia. Con una capacidad de visualización más allá del tiempo y el espacio, ya han obtenido todas las respuestas, tienen todas las certezas.


Hay también reporteros que desde su neutralidad proporcionan otras visiones de la guerra en Siria. El reputado corresponsal de guerra Robert Fisk, autor entre otras cosas de La gran guerra por la civilización, y en absoluto proclive al régimen de Al-Assad describe en una de sus crónicas, recogidas por el diario Al-Manar, cómo el documento de más de 100 páginas analizando el ataque con gas en Ghouta y presentado en el Consejo de Seguridad por Rusia no ha sido publicado aún por la ONU; cómo las primeras sospechas de que los rebeldes habían obtenido gas tóxico de Occidente (específicamente de Arabia Saudí e introducido vía Jordania) han dejado de convertirse en hipótesis para tener amplios visos de verosimilitud. François Houtart, en un documento analítico publicado sobre la realidad siria llega a la misma conclusión.[1]

Hay casos de manipulación que son extraordinariamente burdos. Yassin Al-Hajj Saleh, refiriéndose a las manifestaciones contra el presidente Al-Assad en el verano del 2011, hace estas afirmaciones en un artículo publicado en Rebelión el 20-12-2011:

«Las protestas siguieron extendiéndose y a lo largo del verano, centenares de miles de personas se aglomeraron en la plaza del río Orontes, en Hama y en Deir Ezzor, y otros cientos de miles y decenas de miles se reunían en distintos puntos de Siria...»

El autor parece haber recogido la información suministrada directamente por la prensa anti Assad, sin haberse molestado en contrastar ni siquiera las fotografías que ilustraban los comentarios. En esos días, distintos diarios españoles (ABC, El País, El Mundo o Público) en algunas de las ediciones de agosto del 2011 publicaban reportajes haciéndose eco de las manifestaciones contra el gobierno de Al-Assad. La realidad era todo lo contrario. En esos días, las hemerotecas están llenas de imágenes de manifestaciones a favor del gobierno pero que los titulares señalan que son contrarias: en Hama, Homs, en la Plaza Saadallah al-Jabri, en Damasco... Que el desconocimiento de los reporteros y su parcialidad sean tan evidentes no es de extrañar, para eso cobran. Pero que supuestos intelectuales de izquierda se hagan eco de la propaganda y sobre ella construyan un edificio de mentiras, es algo que aterra.

En general, la posición de los intelectuales de izquierda es una política que debilita los sentimientos contra la guerra y pone el acento positivo en una rebelión que Occidente apoya militar y económicamente. Una de las consecuencias de las múltiples declaraciones y peticiones transformadas en gestos vacíos es acabar, como Almudena Grandes, pidiendo y justificando la intervención occidental. El magnífico artículo de Ángeles Díez Rodríguez: «La complicidad de algunos intelectuales en la guerra imperial contra Siria», es, en este sentido, clarificador. Se pierde la brújula y se acaba por perder hasta el sentido común. ¿Es menos dictador Sadam Hussein que Al-Assad? Entonces, ¿por qué Almudena Grandes, la conocida escritora, apoyó en su momento el «NO a la guerra» y ahora pide el bombardeo humanitario?... tal vez porque antes había miles de manifestantes en las calles y ahora no. ¿Cómo justifican las matanzas de la oposición yihadista, los coches bomba contra la Universidad de Alepo en pleno período de exámenes? ¿Cómo pueden justificar el saqueo de los impresionantes sitios arqueológicos de Aphamea, Palmira o Bosra, desde donde los «rebeldes» están arrancando los restos arqueológicos con excavadoras para venderlos en Turquía o Jordania? Obviamente los autores no dirán que ellos «apoyan» a los extremistas violentos. Es difícil justificar los actos de canibalismo de sectores de la oposición. En general, orillarán el tema; sencillamente, no se manifestarán, y no lo harán porque es una realidad muy incómoda que no se ajusta a sus teorías. Este pseudo-discurso progresista acaba afirmando que el pueblo sirio se ha quedado sólo aunque, en realidad, el flujo constante de armas y dinero, proveniente de Occidente, se ha visto incrementado a medida que pasaban los meses pasaban.

El 11-04-2013, también en el digital Rebelión, se publicaba un documento titulado «Solidaridad con la lucha por la Dignidad y la Libertad Siria» y la «Declaración sobre la revolución siria de las fuerzas de izquierda participantes en el Foro Social Mundial». En ambos casos los llamamientos a la solidaridad con la «Revolución siria» son continuos. Pero la pregunta queda en el aire: ¿a quién apoyan? Se menciona a unos supuestos «revolucionarios sirios», que nadie sabe dónde se encuadran, ni cuál es su nivel de representatividad, y especialmente qué peso específico tienen entre las decenas de miles de combatientes opositores, la inmensa mayoría extranjeros, que han acudido a la llamada de la «yihad islámica».

Algunos de los autores firmantes de la petición van más lejos. Valoran como muy positivo que el embajador de Estados Unidos en Siria haya participado en manifestaciones en contra del gobierno, pero muy negativamente que el presidente Obama no haya querido implementar «un corredor aéreo humanitario». Algunos de los autores antes referidos sostuvieron la misma proposición en la guerra de Libia, sin que los casi 120.000 muertos que ocasionaron las decenas de miles de bombas caídas sobre el país les hayan empujado a reflexionar, ni mucho menos a reconocer su enorme error. Hoy sabemos, porque el personaje alardea de ello, que fue Soliman Bouchuiguir (actualmente embajador de Libia en Suiza y ex presidente de la Liga Libia por los Derechos Humanos) quién generó el paquete de mentiras que justificaron la intervención humanitaria de la OTAN. Él fue, con apoyo de los medios occidentales, quien inventó que la aviación de Gadafi estaba masacrando a su pueblo. Él invento las «supuestas matanzas de civiles» en Bengasi. El propio embajador ha reconocido este hecho, aunque a nuestros «intelectuales» no parece preocuparles excesivamente esta incongruencia.

El esquema que se está utilizando es ya clásico; nos lo recuerda el filósofo Domenico Losurdo. Posiblemente el primer caso evidente fue la caída del presidente rumano Ceaucescu. Se justificó el Golpe de Estado por las imágenes brutales de cadáveres desmembrados, atados con alambre de espino... en la ciudad de Timisoara, (1989). Hoy sabemos que en realidad se cogieron cadáveres de la morgue o se desenterraron, para posteriormente mutilarlos, presentarlos delante de las cámaras de las TV y atribuirlos a una represión policial tal que justificara la destrucción del estado rumano y la privatización de sus recursos.

Para el filósofo italiano Giorgio Agabem el caso de la ciudad rumana es el «Auschwitz de la sociedad del espectáculo. Incluso se ha dicho que si después de Auschwitz es imposible escribir y pensar como antes, después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera».

El esquema desarrollado en la ciudad rumana sirvió de modelo para hechos posteriores. Se repitió en Racak, en enero de 1999, en los Balcanes. Las «supuestas matanzas» de civiles, desautorizados por los mismos forenses enviados por la ONU, que demostraron que había sido un combate entre fuerzas militares enfrentadas, sirvieron para justificar el bombardeo de Serbia y promover la independencia de Kosovo. Gracias a eso EEUU pudo instalar la mayor base militar en Europa en el nuevo país independiente. El método se perfeccionó en Irak, Kuwait, Libia, ahora en Siria... Pero el esquema siempre es el mismo: la reductio ad Hitlerum («la reducción a Hitler», término creado por Leo Strauss, como nos recuerda en su artículo Diego Fusaro). Básicamente es construir en torno al objetivo de turno la imagen de un nuevo «Hitler» rodeado de la aureola de la maldad absoluta. Allí se mezclará todo el mundo, desde Sadam Hussein a Gadafi, de Chávez a Ahmadinejad. Todos son nuevos Hitler y donde aparece el nuevo nazismo, siempre tiene que haber la nueva Hiroshima, es decir, el bombardeo «legítimo» y «ético».

Pasamos así a justificar «la guerra humanitaria»; esta tiene varios objetivos; el primero es autojustificarse; el segundo, de cara a la opinión pública, es arrebatar al enemigo su condición humana, lo que permite hacer aceptable la intervención militar «puntual», tal y como en un principio señalaban Obama, Hollande o Cameron. La falta de alternativas al discurso dominante, la claudicación de los que tendrían que ser referentes alternativos y críticos acentúa esa realidad.

La memoria del ciudadano es corta como la de los peces; cree «a pies juntillas» aquello que ve en horas de máxima audiencia, repetido por los medios ad nauseam. El objetivo es alcanzar así «el uso estratégico de lo falso». En el 2010 algunos de los papeles de Wikileaks revelaron la preocupación del Departamento de Estado y los servicios secretos por la respuesta social a la guerra de Irak. Narran los e-mail filtrados la puesta en marcha de una campaña sistemática de penetración en organizaciones políticas y sociales que permitiera paralizar las protestas. Es un hecho conocido que determinados gobiernos, entre los que destaca el israelí, están contratando, mediante subvenciones directas o indirectas, a licenciados en informática o blogueros para que, a través de las redes sociales, puedan extender los conceptos y la filosofía de los gobiernos de turno.

La izquierda política

Si, como hemos señalado, la posición de algunos intelectuales «críticos de izquierda» es una mezcla que transita entre el deseo y la fantasía, hay en cambio posiciones en sentido contrario muy importantes, como la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, con figuras tan reconocidas como Pérez Esquivel, Frei Betto, Ramsey Clark o Atilio Borón, firmantes de un documento titulado «Frente a la agresión extranjera contra Siria, levantemos nuestras voces», donde se denuncia la agresión contra Siria.

La posición de las fuerzas políticas progresistas es en general confusa. Tenemos desde partidos políticos de carácter internacional que, como el Partido Comunista Griego (KKE), se posiciona contra la guerra, hasta el Partido Comunista Francés, que sostiene las mismas posturas belicistas que el presidente Hollande o el Partido Socialista Francés. En paralelo, el Partido Laborista inglés, sumando apoyos desde la derecha conservadora, consiguieron derrotar al primer ministro Cameron, que planteaba la intervención militar.

Mientras en España el PCE, IU, PSUC-Viu, PCPE o Red Roja se han manifestado contra la intervención, contra la guerra y a favor de la solución política al conflicto. El PSOE, como no podía ser de otra forma, ha dado apoyo a la intervención alineándose con el gobierno del PP y con las fuerzas imperialistas. Otras fuerzas políticas, la mayoría de matriz trotskista como Izquierda Anticapitalista o Revolta Global, se ven en una situación comprometida, así mismo el PCC, de matriz prosoviética-ortodoxa pero maniatado por sus dependencias institucionales en EUiA e ICV intenta, sin conseguirlo, mantener una cierta «neutralidad». Su propia retórica les lleva a condenar la intervención occidental, pero al mismo tiempo siguen criticando al presidente sirio. Pero los opositores sirios ¿a quién defienden?, ¿dónde están los revolucionarios pro-democracia? Desde el comienzo del conflicto, hace dos años y medio ya, las banderas que ondea la oposición son las de la antigua colonia, ¿cuál es en realidad su objetivo político?

Para estas formaciones trotskistas españolas, el hecho de que la oposición democrática interna haya participado en las elecciones municipales o haya apoyado el referéndum constitucional es una cuestión absolutamente baladí. Otras organizaciones como Corriente Roja van mucho más lejos y piden el flujo continuo de armas a los rebeldes, presentados poco menos que como héroes internacionalistas. Eso incluye a los que bombardean diariamente a la población civil en Damasco, los que practican el canibalismo o aquella otra oposición que se vanagloria de degollar a los herejes...


El movimiento contra la guerra, antes tan activo, hoy se encuentra terriblemente debilitado. La campaña mediática lanzada por los gobiernos occidentales y apoyados en parte por esa «izquierda» proclive al bombardeo humanitario ha llevado a estas organizaciones a la práctica desaparición como referente político. La posición de alguna de estas organizaciones a favor del bombardeo de Libia las ha llevado a acrecentar sus contradicciones internas, provocando una auténtica parálisis frente al nuevo ciclo de guerra en Siria.

Al margen de las fuerzas políticas antes mencionadas, otras como ICV, en su declaración del 04-09-2013, buscan una especie de equidistancia política. Es el refugio de las buenas conciencias, aunque en la práctica se iguale así al agresor y al agredido. Frente a unos estados que amenazan a otro, nos declaramos neutrales, somos «ni-nis». La formación ecosocialista basa gran parte de su estrategia política en la guía que le proporcionan las encuestas electorales; su oportunismo político y la presión de los medios para convertirla en una formación socialmente creíble hacen el resto. Así la declaración de los ecologistas centra su crítica en el gobierno sirio «... ICV condemna la violència del régim d’Al Assad, responsable de l’escalada del conflicte, així com dels altres bel-ligerants...».

En general todas estas fuerzas proclaman su apoyo a los «pueblos revolucionarios» y su rechazo a la intervención imperial. Nuevamente nos hemos de remitir a las hemerotecas. Desde el inicio fueron las potencias neocoloniales las primeras en apoyar esas «revueltas». Desde el primer día, los gobiernos occidentales, en paralelo a la campaña mediática orquestada, sacaron resolución tras resolución haciéndose eco de su apoyo a los «pueblos oprimidos». Para las formaciones políticas de izquierda es una contradicción casi irresoluble. ¿Cómo dar soporte a la «primavera siria» cuando ésta es apoyada por las potencias imperiales que desean apropiarse del país?, y ¿qué decir cuando son los propios «revolucionarios sirios», al igual que hicieron los «rebeldes libios», los que piden la intervención militar? ¿Quién es ese pueblo revolucionario que pide el bombardeo humanitario?, ¿a quién representa?

La falta de claridad en las propuestas de esta formación, la más importante de la izquierda catalana, se hace más y más evidente. Se critica la acción militar en ciernes de EEUU, puesto que ella se hace sin el apoyo de la ONU pero, si tuviera tal apoyo como en el caso libio, ¿serían justificables las decenas de miles de muertos que ocasionaría la intervención?

La deriva de la izquierda española es en cierta medida fruto y consecuencia de los aires que recorren la izquierda europea, donde el PCF —cabeza dominante en el PIE (Partido de la Izquierda Europea)— da apoyo a las propuestas del presidente Hollande a favor de la intervención militar. La declaración en el Foro Social de Túnez, apoyando a la «revolución siria» debemos medirla por el rasero de sus promotoras, la mayoría, como hemos señalado, de base trotskista, y algunas una mera página en Internet. La izquierda italiana, a través de sus medios de comunicación como L’Unità o La Repubblica, se alinea con la ideología dominante. Mientras, los gobiernos progresistas latinoamericanos han dado apoyo sin ambages al gobierno de Al-Assad.

Siria constituye hoy una síntesis de las contradicciones de la izquierda intelectual y política. Una izquierda que frente a una situación compleja en lo nacional y lo internacional tiene enormes dificultades para orientarse en los nuevos escenarios especialmente dinámicos que la decadencia de un Imperio y el ascenso de otros evidencian.

EL VIEJO TOPO
Nº 310, Noviembre 2013.



Nota

jueves, 21 de noviembre de 2013

El más alto de todos los tiempos (1640-1660)

Por CHRISTOPHER HILL

En el siglo anterior a 1640 el régimen Tudor y la situación insular del país dieron a Inglaterra una paz y un orden que no conocía casi ninguna potencia continental. Las clases comerciantes y un gran sector de la gentry y la yeomanry, sobre todo en zonas de la órbita del mercado londinense, se beneficiaron del auge inflacionario del siglo XVI. En 1540 Inglaterra estaba muy rezagada económicamente con respecto a Italia y Alemania, pero en los cien años siguientes el capitalismo avanzó con más rapidez en Inglaterra que en ninguna otra parte de Europa, exceptuando los Países Bajos. La decadencia de la aristocracia estaba relacionada con este gran avance de las clases comerciales y de la gentry y la yeomanry, que suministraban ovejas o productos agrícolas al mercado.

La Iglesia y la Corona, los dos terratenientes más poderosos, compartían las dificultades de los grandes terratenientes aristocráticos para adaptarse al nuevo mundo del capitalismo. La inflación, que planteaba problemas a todos los Gobiernos, hizo más daño a Inglaterra porque el Gobierno inglés dependía del Parlamento en su política fiscal. Por su insularidad, la defensa de Inglaterra estaba encomendada a la flota: la Corona nunca consiguió una burocracia o un ejército permanente comparables a los de Francia o España, cuyos reyes podían cobrar impuestos contra la voluntad de sus contribuyentes. Los aristócratas recurrían a la corte para conseguir subsidios con que mantenerse. Los Estuardo habrían querido complacerles, pero no tenían dinero.

Jacobo I (1603-1625) intentó, con desastrosos resultados, ganar para la Corona una parte de los beneficios del comercio textil (el Proyecto Cokayne, que acabó con el auge de ese comercio). Contrató los servicios de un importante comerciante, Lionel Cranfield, para reorganizar las finanzas oficiales, pero los cortesanos resultaron demasiado fuertes contra los esfuerzos reformistas de Cranfield, como habían sido demasiado fuertes contra el intento de Robert Cecil por vender la prerrogativa de la wardship (derecho de tutela) a la gentry en el Parlamento en 1610.

Impuestos contraproducentes

Los diversos recursos financieros de los once años de Gobierno personal de Jacobo I: renacimiento de los monopolios, extensión de las multas de wardship, multas por cultivo de tierras forestales y el Ship Money (derecho de navegación), enajenaron a grandes sectores de la población. Los Gobiernos Estuardo llegaron a considerar a la City de Londres como fuente inagotable de créditos, y cuando los acreedores comenzaron a poner dificultades hubo que vender tierras de la Corona, lo que redujo sus futuras rentas. Se tomaron medidas punitivas contra la City en forma de una multa de setenta mil libras, en apariencia por no haber sabido colonizar el Ulster, y Laud recibió estímulo oficial para aumentar los diezmos de los londinenses. El Gobierno llegó a depender completamente de empréstitos procedentes de un reducido círculo de administradores fiscales y monopolistas privilegiados, completamente aislado de los comerciantes y artesanos de la City.

Carlos I intentó también organizar un ejército, dándole derecho de hospedaje sobre la población civil: la respuesta del Parlamento fue la Petición de Derechos (1628). El rey trato entonces de gobernar sin el Parlamento y con el Ship Money casi consiguió imponer un impuesto anual fuera del control del Parlamento. Entretanto Strafford estaba preparando un ejército en Irlanda. El precio que hubo que pagar fue la abdicación en asuntos exteriores y cuando surgieron complicaciones en Escocia, por el intento de reforzar allí la autoridad episcopal, Carlos no pudo organizar fuerzas en Escocia para defender su régimen. El Gobierno estaba muy endeudado y la guerra escocesa reveló su bancarrota moral, además de financiera.


Cuando Carlos, por fin, tuvo que convocar el Parlamento en 1640, se vio enfrentado no sólo a una gentry impaciente por desmantelar todo el andamiaje del Gobierno personal —abolir la Cámara Estrellada y la Alta Comisión y declarar ilegal toda imposición fiscal sin consentimiento parlamentario—. Detrás de las clases sociales que tenían representación en el Parlamento estaba una hostil City de Londres y un populacho descontento, ofendido por las concesiones que Laud había hecho, según ellos, al papado en materia religiosa, por las brutales sentencias formuladas contra héroes populares como Prynne, Burton, Bastwich y Lilburne, por los monopolios que hacían subir el coste de la vida, por la conscripción y los impuestos que había traído consigo la guerra escocesa, y todo ello, en apariencia, para nada. La disolución de este Gobierno causó la guerra (civil), escribía James Harrington en 1656, no la guerra, la disolución de este Gobierno.

Esquema revolucionario

La Revolución Inglesa sugiere analogías con las revoluciones francesa y rusa. Hay grandes diferencias entre estas revoluciones clásicas y la inglesa, derivadas de la historia de estos tres países, muy distinta en cada caso, pero son muy útiles de considerar después de haber tenido en cuenta las semejanzas. Todos tendemos a pensar que la historia de nuestro propio país es única. Hubo, en ciertas épocas, una ideología específica de la exclusividad y superioridad de los ingleses. Sólo los extranjeros tenían revoluciones en el malvado continente europeo; el genio inglés por el compromiso formaba parte innata de su carácter nacional.

Pocos historiadores sostienen ahora estas tonterías: se reconoce que el carácter nacional es la consecuencia y no la causa de la historia, pero puede ser útil, creo yo, para considerar la Revolución inglesa como una de la serie de las grandes revoluciones que pusieron fin a la Edad Media.

Muchos historiadores han esbozado un esquema de la revolución, que puede aplicarse en particular a las revoluciones inglesa, francesa y rusa. Comienza con un Gobierno en quiebra amenazado por un revuelta de los nobles, es decir la clase dirigente se da cuenta de que no se puede seguir gobernando a la manera tradicional. Se convoca una asamblea representativa (en el caso de Inglaterra el Parlamento Largo, 1640-1648), que se convierte en el foco de la oposición y cuya existencia desata un movimiento popular.

En una atmósfera próxima al pánico y de presión popular se da una nueva constitución (la legislación de 1641 en Inglaterra). Pero entonces el movimiento popular amenaza ir demasiado lejos para el gusto de aquellos que iniciaron el movimiento reformista. El gobierno del antiguo régimen cobra valor, adquiere un partido, trata de repudiar las concesiones que se ha visto obligado a hacer.

Sigue una guerra civil, a veces, aunque no en el caso de Inglaterra, exacerbada por la intervención extranjera, que convierte a los revolucionarios en patriotas. La lucha trae al frente a grupos sociales inferiores y la jefatura se desvía hacia la izquierda: los independientes sustituyen a los presbiterianos, como los jacobinos a los girondinos y los bolcheviques a los mencheviques. Pero las divisiones entre los revolucionarios persisten y afloran a la superficie una vez que la guerra civil ha sido ganada y hay que llegar a un acuerdo.


Después de llegar a un clímax (la ejecución de Carlos y la proclamación de la república en 1649) la ola revolucionaria cede entre recriminaciones y purgas. Una desviación hacia la derecha es seguida por una dictadura militar que controla a los enemigos de la derecha y a la izquierda, mientras los triunfos de la revolución se van consolidando. En las revoluciones inglesa y francesa este gobierno militar trata de ganar popularidad por medio de guerras de conquista extranjera.

A medida que va restableciéndose la normalidad, a medida que los revolucionarios radicales sociales son aplastados o exiliados, los seguidores derrotados del antiguo régimen llegan a un acuerdo con el régimen nuevo. Esta reunión de moderados de ambos partidos acaba por conducir, tanto en Inglaterra como en Francia, a una restauración de la monarquía y la Iglesia, y en el caso de la Unión Soviética al estalinismo (a veces, escribe Isaac Deutscher, la Unión Soviética parece llena de una capacidad moral-psicológica de restauración que no puede llegar a ser una realidad política).

Camino del Imperio

Pero en Inglaterra y en Francia el antiguo orden de cosas no fue restaurado: cuando Jacobo II o Carlos X trataron de gobernar a la antigua usanza fueron expulsados sin demora. Para 1688 se había consolidado ya el acuerdo constitucional que Carlos I había rehusado aceptar, junto con todos los beneficios económicos e ideológicos del periodo intermedio.

La revolución creó un mundo de nuevas posibilidades económicas. En Inglaterra el Acta de Navegación de 1651 fue confirmada en 1660, y se convirtió en la base de la política imperial durante todo el siglo siguiente y, más aún, dio a Inglaterra un monopolio comercial junto a un creciente imperio colonial. Los comerciantes llevaban largo tiempo soñando con esto, pero nunca antes de la revolución había habido un poder estatal suficientemente sensible a sus intereses para adoptarlo o lo bastante fuerte para imponerlo. Porque el Acta de Navegación significaba guerra con los holandeses, entonces el poder colonial dominante. Holanda no fue derrotada en la primera guerra, pero para fines del siglo se había convertido en un satélite inglés.

En 1655 la guerra contra España condujo a la conquista de Jamaica, base de la futura expansión en las Indias Occidentales y del comercio de esclavos negros que iba a enriquecer a Bristol y Liverpool. Esta guerra anunciaba una lucha que iba a durar ciento cincuenta años más, hasta que Inglaterra quedara firmemente establecida como la primera potencia industrial y colonial del mundo.

La revolución facilitó el desarrollo del capitalismo inglés de muchas otras maneras. Los intentos reales de regular la economía y de interferir en el libre desarrollo económico terminaron con la consolidación de la supremacía del Parlamento. El poder estaba ahora seguro en manos de hombres sensible a las presiones de los intereses comerciales. Los monopolios industriales y los empréstitos obligatorios desaparecieron, la política fiscal fue reorganizada de manera que recayera sobre las clases terratenientes y los muy pobres.

Para 1688 el interés de los adinerados tenía suficiente confianza en el gobierno como para financiar las guerras coloniales sufragando la deuda nacional: el Banco de Inglaterra fue fundado en 1694. La conquista de Irlanda permitió la explotación de una colonia vecina a Inglaterra. La Unión con Escocia (1652-60, renovada en 1707) extendió el área del mercado londinense. La revolución comercial, que transformó a Inglaterra a fines del siglo XVII, preparó la primera revolución industrial en el mundo del siglo XVIII.

Revolución agrícola

Los arrendamientos feudales fueron abolidos en 1646 y la confirmación de esta medida fue el primer asunto que ocupó la Cámara de los Comunes en 1660, después de tomar la decisión de llamar a Carlos II. En 1610 Jacobo I había pedido una compensación de doscientas mil libras anuales por abolir los arrendamientos feudales, Carlos II consiguió solamente cien mil libras per annum, a pagar no por los terratenientes que se habían beneficiado, sino por una imposición fiscal que perjudicaba a los consumidores más pobres. Los grandes terratenientes disfrutaban ahora de la propiedad absoluta de sus fincas, y podían venderlas o hipotecarlas como quisieran, lo cual facilitaba la planificación a largo plazo de las tierras.

Como no se habían conseguido las mismas ventajas para los arrendamientos de copyhold de los agricultores más pobres, a pesar de las campañas de los Niveladores (Levellers) y de otros grupos radicales durante la revolución, el campo quedó a merced de los grandes capitalistas. Los escasos esfuerzos de los gobiernos Tudor y Estuardo para impedir los cerramientos de las fincas (enclosures) y proteger a los más pobres de la codicia de los capitalistas rurales, terminaron ahora. Las confiscaciones rurales de la revolución y la redistribución de riqueza por medios fiscales contribuyeron a acabar con las relaciones patriarcales entre terratenientes y arrendatarios. Que ni el amor ni la amistad ni el favor te induzcan a renunciar a tus ganancias, aconseja el monárquico Sir John Oglander a sus descendientes, diez libras esterlinas harán más por ti que el amor de la mayor parte de los hombres.

La consiguiente revolución agrícola iba a proporcionar parte del capital necesario para la revolución industrial inglesa y buena parte del mercado nacional para sus productos. Una masa laboral menos numerosa produciría suficientes alimentos para mantener un proletariado a medida que la mano de obra excedente abandonaba el campo para trabajar en las fábricas.

Las décadas revolucionarias presenciaron el gran esfuerzo de las capas bajas de la ciudad y del campo por conseguir derechos semejantes a los ganados por sus superiores sociales. Hubo revueltas contra las expulsiones y esfuerzos por ganar seguridad de arrendamiento para los copyholders, ambos apoyados por los Niveladores. Lo mismo ocurrió con los artesanos de las ciudades, que querían organizarse contra los comerciantes capitalistas que estaban explotándoles. Los Niveladores deseaban una reforma más radical de la ley y la constitución, para restringir la libertad de desarrollo capitalista mediante limitaciones al poder de los más ricos. El pequeño grupo de los Diggers quería abolir el trabajo asalariado completamente, poniendo en su lugar la propiedad y cultivo de la tierra colectivos. La derrota de estos movimientos radicales desbrozó el camino para el desarrollo capitalista incontrolado en las ciudades y en el campo.


El Parlamento había considerado que no podía ganar la guerra civil con un ejército de tipo tradicional, leal a su provincia y cuyos oficiales eran escogidos por su categoría social. Una de las innovaciones del Nuevo Ejército Modelo consistía en que sus oficiales ascendían por méritos, cualesquiera que fuesen su categoría social o sus opiniones políticas y religiosas.

Bajo la Commonwealth se intentó reformar los sueldos, de modo que los funcionarios del gobierno no tuvieran que depender de honorarios, sobornos y ventajas. Este reconocimiento del mérito no duro más allá de 1660, pero el final del siglo XVII fue una época de grandes funcionarios, científicos y economistas.

La Real Sociedad es otro legado de la revolución. Antes de 1640 el auge del capitalismo había estimulado un rápido desarrollo de la astronomía (para navegantes), las matemáticas (para artesanos e inspectores de fincas), la química (para la industria). La llegada de nuevas drogas de ultramar estimuló el desarrollo de la medicina. La nueva ciencia carecía aún de ayuda gubernamental o universitaria y no disponía de instituciones propias, aparte del centro de educación para adultos del Colegio Gresham en Londres, donde se enseñaba astronomía y matemáticas a artesanos y navegantes. En esto, como en tantas otras esferas, la revolución introdujo cambios.

El nuevo estado de cosas fomentó la especulación intelectual a todos los niveles. En la quinta década del siglo XVII Oxford se convirtió en el centro de la ciencia avanzada por primera y última vez hasta el siglo XX actual. El conservadurismo reconquistó las universidades después de 1660, pero los científicos expulsados se agruparon en torno al Colegio Gresham y tuvieron suficiente influencia para ganarse la protección de Carlos II. La Real Sociedad que consideraba la modernización de la economía como parte de su tarea, creó también un clima intelectual que permitió a un inglés, Isaac Newton, deducir una síntesis que resumió la revolución científica internacional.

La desaparición de la censura y el establecimiento de la tolerancia religiosa en los años cuarenta hicieron posible unas libertades de publicación, discusión y debate únicas en la historia del mundo moderno. Las herejías, particularmente las ideas políticas de los Niveladores y los Diggers, de Milton, Hobbes y Harrington, y el radicalismo social de los Cuáqueros aterrorizaron a las clases pudientes y condujeron a una reimposición de la censura en 1660, y a una persecución dirigida no ya por clérigos fanáticos, sino por la gentry desde el Parlamento.

A pesar de todo, como dijo el marqués de Halifax, la libertad de estos últimos tiempos dio a la gente tanta luz y la difundió tan universalmente entre el pueblo, que ya no es tan fácil manejarles como en otra época menos crítica. Para 1688 la persecución había conseguido sus fines y los radicales peligrosos estaban muertos o exiliados. Las sectas, aplastadas por una generación de persecución, aunque esporádica, económicamente asfixiante, habían decidido que el reino de Cristo no era de este mundo y habían abandonado la política, volviéndose relativamente aceptables.

Los argumentos económicos a favor de la tolerancia, esgrimidos por hombres como Petty y Locke, eran más fuertes que los temores políticos que habían suscitado desde la revolución. No quedaba nada del libre comercio que las ideas de Milton y Roger Williams habían propugnado, pero desde 1695 fue reconocido el derecho a editar libros para venderlos como cualquier otro producto en el mercado.

Consolidación parlamentaria

La transferencia del poder político es menos evidente en la Revolución Inglesa que en la Francesa, porque la clase dirigente inglesa, antes y después de la revolución, fue principalmente la gentry, cuya institución representativa era el Parlamento, pero en cuanto reflexionamos un poco vemos que la revolución contribuyó considerablemente al auge del sector capitalista de esa gentry. Antes de 1640, este sector había ido progresando gradualmente y con su avance había aumentado la fricción entre el Parlamento y el Gobierno. La mayor parte de los caballeros del sur y del este de Inglaterra que tenían probabilidades de ganar escaños en los Comunes eran productores agrícolas o arrendaban tierras a este tipo de productores.

En el Parlamento de 1640, el señor Rabb observó que los muchos diputados con inversiones en compañías comerciales eran los que se mostraban más activos en el Parlamento. Pero el poder de la Iglesia y la Corona equilibraban la balanza contra el sector capitalista hasta que la Revolución abolió la Cámara Estrellada y la Alta Comisión, consolidó el control parlamentario de la Iglesia, la política fiscal y exterior y liberó a los J.P: (Justicias de la Paz) de la supervisión del Consejo Privado).

De la misma manera que el Parlamento pasó a representar al sector capitalista de la gentry, la ley (Common Law) se adaptó a las necesidades de una sociedad capitalista y a la protección de la propiedad pues la mayoría de los abogados y los jueces procedían de familias de la gentry o compraban tierras. De aquí la importancia del triunfo, gracias a la revolución, de la Common Law sobre las prerrogativas y los tribunales eclesiásticos. De esta forma, incluso sin la evidencia de líneas divisorias en la guerra civil, el desarrollo y las consecuencias de la revolución me llevan a pensar que habían intervenido factores sociales de largo alcance, y que la aparición de condiciones favorables al desarrollo capitalista posrevolucionario no fue enteramente fortuita.

Aclaremos lo que quiero decir. No sugiero aquí que Pym y Oliver Cromwell trataran deliberadamente de preparar a Inglaterra para el capitalismo, aunque cabría subrayar que hubo factores subconscientes, como las relaciones comerciales de Pym y sus vínculos con la City, y las actividades de Cromwell como ganadero. Pero para Oliver Cromwell la ciudad de Dios era más importante que la City de Londres.


Tampoco pretendo afirmar que el sector capitalista de la gentry se pusiera enteramente del lado parlamentario, y los otros del rey. Lealtades personales, relaciones familiares y escrúpulos constitucionales y religiosos, así como el deseo de mantenerse neutral hasta verse forzado a escoger bando, el temor a la subversión social y otros factores indudablemente influyeron en la gente más que la ideología o los intereses económicos. Algunos historiadores muestran triunfantes contra este tipo de argumento el hecho de que algunos de los principales comerciantes apoyasen a Carlos I. Sin embargo, los más fuertes de éstos fueron los mismos que obtuvieron privilegios monopolísticos del Gobierno, como lo habían hecho durante siglos en la sociedad medieval. Lo nuevo en 1640-42 era que el Gobierno ya no podía protegerles en sus privilegios y que el grupo dominante de monopolistas y administradores de impuestos en Londres estaba aislado de las masas y era odiado por ellas. En diciembre de 1641, con el apoyo tácito de la Cámara de los Comunes, hubo una revolución en la City que trajo a nuevos hombres al poder, justo a tiempo para dar refugio seguro a los Cinco Diputados cuando Carlos trató de detenerles en enero de 1642. En la escalada de tensiones y agravios entre el monarca y el Parlamento, éste exigió y obtuvo la expulsión de los obispos de la Cámara de los Lores. La represalia real fue acusar de alta traición a los Cinco Diputados: Hampden, Holles, Pym, Strode y Haselrig, pidiendo su inmediata entrega para juzgarles. Como se negara el Parlamento, mandó Carlos I fuerzas para detenerles, pero no lo consiguieron gracias a la protección que les brindó la población londinense. Este incidente marcó el comienzo de la guerra civil. A partir de entonces, Londres apoyó firmemente al Parlamento y lo financió.

Saldo revolucionario

Menos aún puedo sugerir que la masa de las clases media y baja apoyara a los grupos radicales, cuyo programa parecía expresar sus intereses. Ciertamente el problema de los Niveladores estribaba en que eran demócratas sin una democracia. En tres años de intensa actividad política, después de terminada la guerra civil, hicieron todo lo posible por educar al pueblo inglés para la democracia, aunque sin demasiado éxito, excepto en Londres y en el ejército. El poder de la gentry y el clero sobre el campesinado ignorante era demasiado grande. Si se hubiera conseguido el electorado más amplio que propugnaban los Niveladores es probable que hubiera enviado al Parlamento una mayoría de terratenientes conservadores y monárquicos.

Cualesquiera que fuesen los intereses subjetivos de los revolucionarios, la Revolución Inglesa del siglo XVII constituye una transición del régimen atado aún a una economía medieval, agrícola en gran parte, al que permitió a Inglaterra convertirse en la primera gran potencia imperialista del mundo moderno, el centro de la primera revolución industrial. Creó la posibilidad de un gobierno parlamentario en el sentido moderno de la palabra, un gobierno representativo de las clases dominantes en la sociedad de su tiempo y que fue capaz, cuando las presiones le forzaron a ello, de adaptarse a una sociedad cambiante.

Permitió una sociedad más libre que ninguna otra de las entonces existentes en Europa, aunque sus libertades no eran compartidas por las clases más humildes. Estableció una sociedad en la que Milton, Locke y Newton podían pensar más libremente que en el resto de Europa.

El precio de este avance económico y político, de esta libertad para los propietarios, fue la subordinación política y económica de las clases pobres de Inglaterra, una serie de guerras coloniales, la conquista de Irlanda y la India, los horrores de la trata de esclavos y, finalmente, el sistema fabril. Es importante tener en cuenta las dos caras de la moneda cuando llegamos a la conclusión de que, para bien o para mal, la Revolución Inglesa fue el acontecimiento más significativo que ha tenido lugar hasta ahora en la historia de Inglaterra; cuando nos mostramos de acuerdo con Thomas Hobbes, que no era parlamentario, en que sí, en el tiempo, como en el espacio, hubiera grados de altura y bajura, creo realmente que el más alto de todos los tiempos sería aquel que pasó entre 1640 y 1660.

HISTORIA 16
Nº 138 (Octubre 1987).